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INDICE
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CAPITULO XX
Acosta se despide de París.-Cartas del Obispo de Blois, de Lafayette y de David d'Angers.-Permanencia en el Havre.-Be embarca en vía para los Estados Unidos.-En alta mar. - Una aurora boreal. - Llegada á Nueva York. - Tristes noticias de la patria.-La familia Kemble. - Escuela de West - Point. -Curiosa procesión cívica.-Acosta arregla su matrimonio. - Se embarca en el Ateniense. -La señora de Madrid y el General Rocafuerte van como pasajeros. - Espantosa tempestad -El 22 de Diciembre llegan á Cartagena. - Muerte del Libertador.
1830
Ya para el fin de Agosto Acosta tenía arreglado su viaje de regreso á América. Estuvo á despedirse del ex - Obispo de Blois, y como no lo encontrase, éste le escribió la siguiente carta que traducimos:
" Passy, 21 de Agosto de 1830.
"El señor Acosta lleva la estimación y el cariño de todas las personas que, como yo, han tenido la ventaja de apreciar sus excelentes cualidades. Hago votos por la paz y la gloria de Colombia, bajo el doble aspecto de la Religión y la Libertad. Estos sentimientos me acompañarán hasta la tumba y más allá de la vida, porque espero entrar pronto en aquella eternidad que fue siempre el objeto de mis deseos. ( |1 ).
"A cualquier parte á que lleve á usted la Providencia, envíeme noticias suyas; pues siempre le acompañarán mis buenos desees y el abrazo de un prelado cristiano.
† "GRÉGOIRE,"
Obispo de Blois.
Esta carta es muy curiosa, porque siempre se ha dicho que |Grégoire era poco religioso, á pesar de titularse Obispo. Murió al fin auxiliado por los sacramentos de la iglesia.
He aquí otra carta de despedida de persona importante:
" París, 14 de Agosto de 1830.
" Señor Capitán Joaquín Acorta.
"Mi querido amigo:
"Reciba usted mis más sinceros votos para que su viaje sea feliz. Cuando usted se encuentre en su hermosa patria, no dudo que usted se acordará algunas veces de Francia y de todos sus amigos. Usted tuvo la bondad de prometer que me escribiría, y cuento con esa señal de amistad.
"Cuando tenga tiempo, no deje usted de ocuparse del proyecto del monumento á Las Casas. Sería muy bello que se debiera á usted esa obra. Creo que la estatua debería ser de bronce y medir nueve pies de altura, sobre un pedestal de granito gris. Sobre los lados laterales de ésta llevaría bajos relieves, tomados de la vida de aquel hombre sublime; sobre los centrales se gravarían inscripciones conmemorativas, ó los nombres de los suscriptores. Los bajo relieves serían también de bronce; sin embargo, usted lo pensará, pues aquello tendría el inconveniente de servir de tentación en épocas de revolución, para que se aprovecharan de ello. Quizás el mármol sería mejor bajo el hermoso cielo de la patria de usted. De todas maneras, y de cualquiera de estas materias de que fuese hecha la estatua, no costaría más de treinta y cinco mil francos.
"En esto no se haría sino lo que conviniese, y yo tendría el mayor gusto en dar mi parte de suscripción para que se erigiese un monumento á quien tanto lo merece, á un benefactor de la humanidad.
"Usted verá si una suscripción nacional sería lo más conveniente. Sería la manera más honorable y más en armonía con nuestros principios, porque es preciso enseñar á los pueblos á que ellos mismos disciernan las recompensas.
"Apenas se decida la cuestión del monumento, yo me ocuparé en ejecutarlo; entre tanto (unos dos años poco más ó menos), se iría adelantando la suscripción.
"Adiós, mi querido amigo; consérveme usted siempre un lugar en su recuerdo, y crea en la eterna amistad de su afectísimo,
"DAVID (d'Angers).
"P. D.-Usted verá al señor Hurtado; con él hablé mucho del monumento (el de Las Casas); parecía aceptar la idea con entusiasmo; puede ser que no lo haya olvidado enteramente. Él me había manifestado el deseo de poseer una pequeña Virgen en mármol, y había quedado de escribirme sobre la materia."
La víspera de su partida el joven colombiano estuvo en casa del General Lafayette, cuyos salones estaban atestados de altos personajes de la política, de la diplomacia y del elemento militar. Allí se despidió de aquel hombre entonces lleno de gloria y popularidad, y dijo adiós á cada uno de los miembros de esa distinguida familia, los cuales siempre le habían acogido con particular estimación.
Algunos meses antes Acosta había llevado á Lafayette la |Vida de Washington, por Ramsay, para que escribiese allí algunas líneas de su puño y letra. La que esto escribe conserva ese libro con grande estimación; He aquí lo que escribió el General francés:
"Estoy sumamente complacido (touché) con el valor que el señor Acosta considera que tendrán algunas líneas de mi mano en las páginas de un libro consagrado á la memoria de mi paternal amigo; me aprovecho de esta ocasión para manifestarle la satisfacción que hemos hallado mi familia y yo en las relaciones de amistad con él, y de ofrecer á su patriotismo todos mis votos por la República colombiana, de la cual él es digno y celoso ciudadano. Él conoce también todos los que elevo por su felicidad personal, los cuales son inspirados por los sentimientos de una perfecta estimación, y del más sincero afecto.
"LAFAYETTE.
"París, 9 de Abril de 1830." ( |2 )
Desgraciadamente las repúblicas hispano -americanas no han dado por cierto el espectáculo que Lafayette esperaba encontrar en ellas, y desde que se fundaron en la América del Sur jamás han ofrecido garantías de seguridad, y por cierto su prosperidad no es la que ellas debieran tener con las mil y una ventajas de que gozan.
El 26 de Agosto Acosta se puso en marcha con dirección al Havre, en donde debía embarcarse.
"Se anuncian las cercanías de ese puerto, leemos en el Diario, con preciosas casas de campo, las cuales se van presentando como en un panorama. El día 28 á las ocho de la mañana me desmonté en el hotel |New York, el mismo adonde llegué al venir de América ahora cuatro años y ocho meses. Verifiqué el barómetro que la Sociedad de Geografía me había confiado, y lo encontré intacto. Me prometo hacer con él interesantes observaciones durante todo el curso de mi viaje."
Acosta estuvo en el teatro del Havre esa noche. El pueblo estaba entusiasmado con el nuevo orden de cosas, y en el patio había grande agitación. El público pidió á la orquesta que tocase la |Parisiense, canción compuesta por Casimiro- Delavigne, para celebrar el derrocamiento de los Borbones. Parece que en el Havre era tan popular la |Parisiense, como lo era en París la |Marsellesa. Los concurrentes cantaban en masa el estribillo.
Corno el buque en que había tomado pasaje hasta Nueva York no debía partir inmediatamente á causa del mal tiempo, pues como era de vela (como todas las naves que entonces atravesaban el Océano), dependía naturalmente del viento y según el lado de que soplaba, Acosta se fue á pasear á Saint Romain, para aprovechar los hermosos días que hacían deliciosa una estancia en el campo.
"Los negociantes del Havre, escribe en su Diario, pasan la estación de verano en preciosas casas de campo que tienen en las afueras de la ciudad. Es costumbre de casi todos los que se dedican á asuntos de comercio en las ciudades de Europa, el no tener en la población sino sus oficinas, mientras que sus familias viven fuera de la ciudad, y gustan mucho de la vida campestre."
Nuestro viajero hace descripción pormenorizada de Harfleur y de Saint Romain, así como de Comerville, etc., pueblos que visitó, yendo á pie de uno á otro, con el objeto de estudiar las costumbres y la agricultura de aquellas comarcas.
De regreso al Havre se encontró con su antiguo compañero de viaje, el señor Pío Rengifo, que también iba de camino para su patria, por la misma vía de los Estados Unidos. Los pasajeros de primera clase no eran muchos, y había gran mayoría de señores y de niños. Además, en el entrepuente iban cien suizos que emigraban á América.
Después de una demora de cinco días, el 2 de Septiembre se dio al fin á la vela el hermoso paquebote Enrique IV, el cual periódicamente hacía la travesía entre Francia y los Estados Unidos.
Tres días después de haber salido del Havre, los viajeros se vieron acometidos por un fuerte temporal que duró seis días, postrando á la mayor parte de los pasajeros en sus camarotes. Empezaba á serenarse el tiempo, cuando de nuevo se desencadenaron los vientos, y el buque saltaba impelido por ellos con loco frenesí; pero aquello no impedía a algunas señoritas inglesas que allí iban, que tocaran piano y cantaran, cosa que llamó mucho la atención de los colombianos.
Veamos algunas páginas del Diario:
" 11 de Septiembre. - A las ocho de la noche habían arriado todas las velas, y el viento silbaba con furor; las olas se estrellaban violentamente contra los costados del buque, el cual se estremecía como si estuviese vivo. A pesar de todo esto, las damas reunidas en el salón no cesaban de tocar y cantar alegres dúos. Yo estaba sobre el puente, y desde allí presenciaba las maniobras de los marineros y oía los gritos del capitán, que se perdían en medio del estruendo del mar embravecido. Aquel espectáculo grave é imponente hacía contraste con los acordes del piano, el canto y la risa de las personas que estaban en el salón, cuyo rumor llegaba por ráfagas hasta el sitio en que yo estaba...
" 29 de Septiembre.-El día era hermoso y las aguas del mar tenían hoy un hermoso color verde claro. Cada día el mar cambia de aspecto, y llama la atención con alguna nueva faz que antes no habíamos notado. No comprendo cómo es que muchos piensan que hay monotonía en el aspecto de las aguas y del cielo en una larga navegación; al contrario, el mar siempre está cambiando, y jamás lo he visto igual dos días consecutivos.
" 2 de Octubre.-Hoy hacía un viento tan fuerte, que era casi un deshecho temporal. No pude levantarme y salir de mi camarote, porque estaba con fiebre. El ruido de las olas que se estrellaban contra los costados del buque, y el mugir del viento entre las aguas, imitaban el de una catarata. Las voces confusas, el ronco gritar del capitán, las carreras precipitadas de los marineros sobre cubierta, unido á los quejidos y lamentos de los pasajeros aterrados, el romperse de la loza y los saltos angustiados de la embarcación luchando con las olas, todo aquello junto era capaz de infundir pavor al corazón más valiente.
" 4 de Octubre.-El tiempo ha cambiado. A las cuatro de la tarde avistamos el banco de Terranova.. ..
" 6 de Octubre.-A las siete de la noche nos llamaron sobre el puente para que viéramos un espectáculo que hacía muchos años que deseaba contemplar, espectáculo que probablemente no volveré á presenciar en mi vida: una |aurora boreal. Las nubes ocultaban el horizonte hasta una altura como de quince grados, y á esa elevación y en un espacio como de tres á cuatro grados, se veía el cielo al principio de un color verde claro brillantísimo, en medio del cual aparecían rayos de luz blanca, brillantísima hacia arriba y más opaca abajo; estos rayos se elevaban hasta cuarenta y sesenta grados en varias direcciones hacia lo alto, y como si partiesen de algún punto oculto bajo el horizonte. Pero lo que más me interesaba en aquel fenómeno, era un movimiento general de oscilación, movimiento que se comunicaba lateralmente entre los rayos ó ramilletes de luz, !os cuales ya brillaban con una luz intensa ó se apagaban, alternativamente encendiéndose y apagándose. Veinte minutos duró aquel magnífico espectáculo, y en seguida se extinguió. Sin embargo, hasta las ocho de la noche el horizonte conservó una luz inusitada; á esa hora un rayo luminoso partió hacia el Oriente, y al momento se oscureció todo el cielo."
Entre los pasajeros Acosta distinguió desde los primeros días una familia, compuesta de una señora inglesa, viuda, con tres hijas solteras y un niño pequeño. Con esta familia-de apellido Kemble-Acosta estrechó en breve relaciones, y á su lado pasaba las horas.
Después de mes y medio de navegación, el 15 de Octubre nuestros viajeros avistaron las costas de !os Estados Unidos. El 16 llegó el piloto á bordo, y al anochecer de ese mismo día el |Enrique IV anclaba frente á una población situada en la orilla derecha del río Hudson, en donde se hace cuarentena.
"Con la oscuridad de la noche, escribe Acosta, cada cual se retiró á su camarote, y se ocupó en prepararse para desembarcar al día siguiente. Yo permanecí sobre cubierta, silencioso y solo, pensando en las noticias que debería recibir en Nueva York de mi desdichada patria. Un triste presentimiento me anunciaba que éstas serían dolorosas.
" 17 de Octubre. - A las seis se levantaron las anclas y subimos el río remolcados por un buque de vapor que venía de la ciudad con ese objeto. En aquél había llegado un padre que iba á encontrarse con un hijo que llegaba con nosotros... Me enterneció aquel encuentro... cuando vuelva yo á mi patria, no tendré padre ni madre que me salgan á recibir!"
Refiere después cómo aquella segunda vez que desembarcó en Nueva York, esta ciudad le causó gran desilusión. La primera vez, cinco años antes, llegaba directamente de las abrasadas costas colombianas, y le había sorprendido cuanto vio; pero después, de regreso de Europa, todo lo hallaba de otro modo. Allí en donde antes creyó ver grandezas, en 1826, eso mismo le pareció en 1830 mezquino y vulgar.
Las noticias más recientes que tuvo de su patria fueron tales como había presentido, en extremo dolorosas. Colombia estaba presa de la mayor confusión, y la guerra entre hermanos parecía inminente. "¡Pobre patria, exclama; nada es más oscuro é incierto que su porvenir!" Y nosotros, sesenta y cinco años después, todavía pensamos lo mismo...
La muerte alevosa del General Sucre en la Montaña de Berruecos, ocurrida el 4 de junio de ese mismo año, noticia que ignoraba Acosta cuando salió de Francia,-tan lentas eran entonces las comunicaciones!-lo dejó anonadado. Al mismo tiempo supo que el Coronel Antonio Obando, en el Socorro, y el Coronel Joaquín Barriga, en Neiva, se habían levantado en armas, y que el señor Joaquín Mosquera, el Presidente, no había tenido fuerzas para dominar la situación, y que después del combate del Santuario (29 de Agosto), se había separado del Gobierno, y había entregado el mando supremo al General Urdaneta. Los partidos liberal y boliviano se hacían una guerra encarnizada y violentísima, los civiles y militares se odiaban, y en medio de todo aquello muchos habían vuelto los ojos de nuevo hacia Bolívar, que contemplaba aquella situación con hondísima amargura desde las playas del mar Caribe. El Libertador, herido en el alma, desalentado y profundamente desengañado con el país que con sacrificios imponderables había formado, había rechazado toda ingerencia en la política; no aceptó la Presidencia que le ofrecía Cundinamarca, ni el mando militar que los insurrectos en muchos puntos de la anarquizada República deseaban entregarle. "No, contestaba Bolívar, no quiero mando alguno, ni espero ya salud para la patria; me creo incapaz de labrar su felicidad."
Pocos días después de haber llegado á Nueva York, recibió la noticia de la promulgación del decreto que separaba definitivamente la República de Colombia en dos partes, y el Congreso de Venezuela asumía la autonomía con todas sus consecuencias.
Estas noticias no podían ser más desoladoras. Acosta refiere que al persuadirse de la verdad de todo aquello, se apoderó de él una tristeza tan profunda, que se alejó de sus compatriotas, se encerró en su aposento, y allí permaneció largas horas en un estado de abatimiento que más parecía desesperación. "¡Este es, pues, exclamaba, el resultado de tantos sacrificios, tanta sangre derramada inútilmente, tantos sufrimientos indecibles durante veinte años de lucha á brazo partido con España, y tantos combates heroicos que han costado torrentes de lágrimas! La anarquía, el deshonor, el desconocimiento de las leyes, el desmembramiento de la patria, la pobreza, la ruina...... y por galardón el desprecio con que nos contemplarán las naciones civilizadas!"
Se han pasado desde entonces más de setenta años, y el siglo entonces apenas iba por la tercera parte; ya lo hemos terminado, y todavía en las repúblicas hispano-ame ricanas sufrimos los mismos reales, pasamos por medio de iguales tempestades, y aún no hemos purgado nuestras culpas! Éstas deben de haber sido en realidad muy grandes, cuando Dios no tiene aún misericordia de nosotros, y no nos manda siquiera una tregua de paz completa y de bonanza!
Acosta había reanudado en tierra sus relaciones de amistad con las señoras Kemble, sus compañeras de viaje. Ellas se habían establecido en casa de una parienta que tenía una casa de campo en las orillas del bello río Hudson, cerca de una pequeña aldea llamada Tarry Town. Le presentaron á algunos parientes que tenían en Nueva York, entre otros á Mr. G. Kemble, rico propietario de una afamada fundición de cañones. Éste llevó al joven colombiano á que visitase el establecimiento, y en el Diario encontramos gran número de observaciones científicas acerca de los trabajos que allí vio. Estuvo en la Escuela Militar de West-Point, y de ella hace larga descripción, así como de los métodos de enseñanza que se usaban, los cuales sin duda ya deben de haber cambiado para situarse á la altura de los subsiguientes progresos.
Con las señoritas Kemble y sus parientes Acosta hacía frecuentes excursiones con el objeto de tomar vistas de los sitios más pintorescos de los alrededores, y al mismo tiempo él se gozaba en estudiar las costumbres del país, la manera de hacer las siembras y de coger las sementeras, etc. De todo aquello, así como de los paisajes, hace frecuentes descripciones en el Diario, pero que no transcribimos por no alargar demasiado este libro.
El 26 de Noviembre tuvo ocasión de presenciar una curiosa procesión cívica, que tuvo lugar en Nueva York en honor de la Revolución que había ocurrido en Francia para derrocará los Borbones.
Todas las tiendas y almacenes de la ciudad se habían cerrado, y cada gremio de artesanos se había reunido en torno de su estandarte; éstos, vestidos de una manera pintoresca, representaban algo alusivo á su oficio; por ejemplo, los carniceros iban á caballo y arrastraban un enorme buey empajado; los zapateros llevaban tirada por caballos una tienda de madera que encerraba todos los utensilios de su oficio, y dentro dos mujeres y algunos hombres, que trabajaban. Aquello pareció á Acosta bastante grotesco; pero la exposición de los impresores le gustó: llevaban en andas una imprenta portátil, dentro de la cual algunos hombres componían y tiraban rápidamente hojas volantes que arrojaban á su paso, y el pueblo las recogía y guardaba como un recuerdo de la fiesta. Exhibían también un vaporcito y varias máquinas curiosas, inventadas en la entonces infancia de las máquinas de vapor.
La procesión cívica, que ocupaba cuatro millas, desfiló durante hora y media por Broadway, y terminó con otra militar, compuesta de regimientos de caballería, artillería é infantería, además de la milicia. Todos los regimientos llevaban banderas desplegadas y arrastraban sendos cañones. Desde Canal street hasta la plaza de Washington, todas las casas estaban adornadas con ricos y vistosos cortinajes, los cuales imitaban las banderas y colores nacionales de Francia. "Las ventanas y balcones estaban coronados de elegantísimas damas, dice Acosta, todas ellas animadas por el entusiasmo; mientras que los hombres se manifestaban serios y estirados, y parecía más bien como si hiciesen parte de una comitiva de entierro que de una fiesta."
Pero corría el tiempo, y el joven colombiano se vio al fin precisado á abandonar los Estados Unidos, en donde un nuevo interés lo demoraba ya, pero no lo hizo antes de dejar arreglado su matrimonio con la señorita Carolina Kemble, una de su compañeras de viaje, que le había cautivado el corazón. El enlace debería hacerse dentro de un año, pues necesitaba antes arreglar sus asuntos de fortuna y pedir nueva licencia para salir del país.
El día 4 de Diciembre el bergantín |Ateniense se dio á la vela del puerto de Nueva York. Acosta, al embarcarse, tuvo el gusto de encontrar- entre los pasajeros á la señora María Francisca Domínguez, la viuda de su compatriota y amigo, el doctor José Fernández Madrid. Esta señora llevaba consigo los restos de su esposo, los cuales con mil dificultades había logrado sacar de Londres, llevarlos á Nueva York y embarcarlos en el |Ateniense. ( |3 ) La señora de Madrid llevaba también á su lado á su hijo Pedro, uno de los hombres más importantes que después ha tenido Colombia (entonces de tierna edad), y á su hermano, don Miguel Domínguez, quien la había acompañado en sus viajes y tribulaciones. A más, iba en el buque también el General Rocafuerte, de quien hemos hablado antes y tendremos ocasión de ocuparnos después.
No bien salieron del puerto, cuando el |Ateniense fue atacado por una espantosa tempestad, en la cual creyeron zozobrar. Antes de que lograsen arriar las velas, el viento las volvió trizas; la obra muerta del bergantín se hizo pedazos, y la barraca de la cocina, que estaba sobre "cubierta, fue sorbida por el mar con todo lo que contenía. Durante treinta horas consecutivas sopló el huracán con violencia tal, que los pasajeros y aun los marinos pensaban que á cada momento el buque se iría al fondo del mar; parecía imposible que el desdichado bergantín pudiese resistir á los embates de las olas enfurecidas v del viento aterrador. Todas las aves y animales vivos que llevaban para la alimentación, se ahogaron dentro de sus jaulas ó fueron arrastrados por las olas; el agua dulce se mezcló con la salada, de manera que durante el resto de la navegación tuvieron que tomar agua nauseabunda; no podían hacer fuego, y lo poco que comieron en esos primeros días de angustia, era frío y escaso...
Al cabo de dos días se calmó algo la fuerza del vendaval, pero continuó la agitación del mar hasta el día nueve. Entonces pudieron rehacer la cocina y lograron tomar alimentos calientes. Al entrar en la zona tórrida, el tiempo cambió completamente, y los días y las noches eran bellísimos.
El 17 vieron las costas de Puerto Rico, y entraron en el canal que separa esa isla de la de Santo Domingo. El 21 avistaron las costas de Tierra Firme, y el 22, á las nueve de la mañana, comenzaron á ver las murallas, las torres y los mástiles de los buques que se hallaban dentro de la bahía de Cartagena.
" 22 de Diciembre. -Al llegar frente á Cartagena, el capitán nos hizo notar que dentro de la bahía había un gran buque que parecía inglés, y que tenía la bandera á media asta, lo cual, dijo, probaba que debería de haber muerto alguna persona importante. A poco oímos que tiraban un cañonazo cada cuarto de hora. Creímos que serían tal vez solemnes funerales que hasta entonces le estarían haciendo al General Sucre, ó que debía de haber muerto en Cartagena algún ciudadano importante.
"A medida que adelantábamos en nuestra marcha, veíamos dibujarse con mayor claridad las palmas y los bastiones de la ciudad, lo cual revelaba su aspecto oriental. De repente se nos acercó un bote que salía de Cartagena.
"-Quién ha muerto? grité á dos negros que venían dentro del bote.
" - El Libertaró! contestó uno.
"-Aguántate, Juan Francisco! exclamó el otro al abordar el bergantín; y un instante después aquellos nuestros pardos compatriotas saltaban sobre cubierta: eran los prácticos.
"-El Libertador ha muerto! dijimos todos cuando el dolor y la sorpresa que nos causó aquella noticia nos permitió hablar.
"Aquella triste palabra, dicha por un negro casi salvaje, fue la primera que oíamos al llegar á la patria después de tantos años de ausencia."
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1
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Murió al año siguiente, en 1831, de ochenta y un años de edad. |
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2
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Dos años después, Acosta recibía en Bogotá la siguiente carta:
La Grange, 29 de Julio de 1832.
Señor Joaquín Acosta.-Bogotá.
Mi querido amigo:
Recibí con viva gratitud la atenta carta de usted que acompañaba un periódico (artículo) de Bogotá, tan honroso, tan precioso para mí. Como temo que mis anteriores misivas no hayan llegado á ésa, dirijo hoy de nuevo al General Santander las expresiones de mi gratitud, con respecto á sus respetables compatriotas. El señor Palacio (*) se ha dignado encargarse de ésta para hacerla llegar á sus manos. Los buenos recuerdos que conservo de nuestra mutua amistad durante su permanencia en Francia, me son muy gratos. Consérveme usted una amistad cuyo precio es para mí muy grande.
Los periódicos europeos dirán á usted en qué hemos parado en este hemisferio, en donde hemos consentido en cubrir las instituciones republicanas con un manto real, y que, á pesar de todo, tenemos que luchar con oposiciones, intrigas, y con el triunfo parcial y momentáneo del principio aristocrático monárquico. Pero la revolución de 1830 no claudicará, y Europa cosechará todas sus consecuencias. Importa á la causa gene-al de la Libertad, tanto en los países meridionales como en los Estados Unidos de la América del Norte, que aquellas instituciones, fundadas en el derecho natural y social, demuestren cada día más al público europeo que ellas dan las mejores garantías de seguridad y de prosperidad á las naciones y á las personas.
Reciba usted, mi querido amigo, mis votos, mi gratitud y mi sincero afecto.
LAFAYETTE.
(*) sin duda don Leandro Palacios.
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3
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Pocos meses después de la muerte de Madrid, su viuda emprendió viaje de regreso á Bogotá, trayendo consigo los restos d: su amante esposo, que no quiso dejar en tierra extraña. Para lograr su exhumación tuvo que vencer mil dificultades, así como para que :e permitiesen embarcarlos á bordo del buque en que debía hacer la travesía. Esos restos, que la señora Domínguez guardó siempre en el oratorio de la familia, reposan hoy en el Cementerio de Bogotá, al lado de los de ella misma.
( Biografía de don José Fernández Madrid, arreglada por Carlos Martínez Silva. - Bogotá, 1839). |
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