Plan de Administración en el Nuevo
Reino de Granada presentado por Nariño al Gobierno español
Instado nuevamente por el Virrey Mendinueta para que presentase
sus ideas acerca de la administración y las reformas que se
deberían llevará cabo para gobernar mejor el virreinato, Nariño
elaboró en la prisión y presentó un extenso plan, el cual suplicó
que fuese enviado á la Corte.
Si acaso este escrito presentado el 15 de Diciembre de 1797, fué
estudiado en España, el Gobierno de Carlos IV no Prestó atención
ninguna á las quejas que encerraba. Sin embargo Godoy se jacta en
sus
|Memorias de que para captar la buena voluntad de los
americanos y para que los que se hallaban en la Corte aprendiesen á
amar al Rey formó una guardia real compuesta de hispano-americanos.
Aquello sin embargo fué contraproducentem, puesto que los jóvenes
colonos que estuvieron en la Corte en aquel tiempo, como Bolívar,
Lozano, Narváez L. y otros hispano-americanos que tuvieron ocasión
de visitar frecuentemente la Corte de Carlos IV, fueron los
primeros que levantaron la bandera de la rebelión y solían
manifestar la indignación que la inmoralidad de ella les
causaba.
Ningún caso hicieron en la madre patria de la voz del pueblo
colonial que interpretaba Nariño, de ese pueblo que en el
virreinato neogranadino era entonces de carácter humildísimo y que
aún no entendía ni pedía independencia (en la cual sólo soñaban
algunos espíritus avanzados); pedía simplemente mayores libertades
para poder trabajar con fruto y desahogo y que se suprimiesen
trabas inútiles para los gobernantes mismos, como lo prueba Nariño
en su plan de administración.
Veamos, aunque sea de paso, algo de lo que allí apunta nuestro
gran patriota.
Empieza por probar que ningún país progresa, aunque sea rico en
productos naturales, ni el Estado obtiene mayores ventajas, si sus
habitantes se hallan en la inopia.
El virreinato neogranadino con una población de menos de dos
millones de habitantes, distribuídos en más se cien mil leguas
cuadradas de territorio, nada podiá ganar con las riquezas de su
rico y fértil suelo, si su comercio es casi nulo y no corresponde
absolutamente á la ventajosa situación que ocupa en América.
En medio de aquella opulencia que le dío la naturaleza al país,
la mayor parte de sus pobladores viven miserablemente, y al reverso
de otras naciones del mundo, sucede que las Provincias más pobladas
son cabalmente las más pobres.
Los habitantes de las ciudades en vez de buscar una industria
lucrativa frecuentemente las abandonan para ir á ocultar su miseria
en el fondo de los bosques.
¿Por qué así? Porque las contribuciones eran excesivas é
inadecuadas; y los estancos tan perjudiciales que las siembras se
limitaban al consumo interior; pero si se pudiera exportar, la
situación mejoraría y produciría mucho más para el real Erario la
libertad de la industria hasta cierto punto, que lo que pudieran
dar los estancos y las alcabalas.
Propone en seguida varios sistemas de contribución sobre el
tabaco, el aguardiente, la fabricación de azúcar, de manera que
aquellos renglones se puedan explotar, y al mismo tiempo que en
nada sufriría el Estado; asegura, al contrario, aquello aumentaría
la hacienda real haría progresar la Colonia.
Aprueba el estanco de la sal y el de la quina. Esta última
producción había sufrido quebranto, añade, por el descuido y
desidia de los empleados; pero pide que se supriman los impuestos
sobre los productos del país que no se pueden sacar fuera del
territorio.
Asegura que nada daría tanta popularidad al Gobierno del Rey
como la supresión de las contribuciones locales; tanto más cuanto
que aquella obra de caridad no le haría perder ni una partícula de
su renta, porque lo que dejase de ganar el Fisco en las alcabalas
lo recuperaría ampliamente sobre los efectos de exportación que se
gravasen.
Propone un impuesto de capitación de ocho pesos anuales sobre
cada hombre útil de 15 á 60 años. Con esto, hace la cuenta, el
Erario contaría con toda seguridad con de tres millones
cuatrocientos mil pesos anuales.
Pasa en seguida á la cuestión moneda, y no deja de ser curioso
saber cuál era la opinión de Nariño, tan debatida actualmente. Pide
que se introduzca en cierta proporción el papel moneda. Este, dice,
como no tendría valor fuera del país, obligaría á los comerciantes
á comprar frutos naturales para exportarlos, en lugar de enviar
dinero sonante al extranjero en cambio de sus introducciones, cosa
que indudablemente empobrece el país. Le parece conveniente que se
haga circular moneda de cobre, con el mineral que se puede sacar de
las minas de Moniquirá, cuyos productos, además, se convertirían en
una valiosísima mercancía.
Opina que se debe tomar interés en el cultivo del cacao en
grande escala y eliminar la explotación del añil, vegetal
perjudicial en alto grado. El Gobierno español no cobraba ningún
derecho para que se explotase y sin embargo los que comerciaban con
él eran pocos, porque jamás podían competir con los que sacaban á
los mercados europeos. En lugar de que del cacao, añade, se hace
cada día un uso mayor y universal. Su cultivo es fácil, no tiene
competencia fuera del país y el suelo de él es propicio para su
cultivo; es natural de esta tierra y su consumo en América y en
España se ha convertido en una necesidad. ¡Y sin embargo, observa,
las siembras del cacao son porque para exportarlo se pagan
crecidísimos derechos!
Para no alargarnos demasiado no trascribimos otras muchas
observaciones juiciosísimas y prácticas las cuales demuestran
cuánto había meditado durante toda su vida anterior acerca del bien
que se podría hacer á su patria. Nariño no era de aquellos
políticos que se usan ahora, teóricos la mayor parte de ellos,
egoístas que su único anhelo es conseguir ventajas personales sin
ocuparse realmente del engrandecimiento de la nación, la
prosperidad del país y la mejora moral y material del pueblo.
Concluye Nariño su plan de administración diciendo que aquel
escrito es simplemente un ensayo hecho á la lijera, careciendo de
la suficiente serenidad de espíritu para hacerlo, y que en él no
había dado sino una idea, superficial apenas, de algunas de las
reformas que se podrían llevar á cabo en la administración del
virreinato. Pero que si en vista de aquel escrito se juzgara que
servirían en algo sus luces y experiencia, podría el Gobierno del
Rey disponer de su persona en todo y por todo. Ofrece hacer un
estudio extenso y concienzudo sobre todas aquellas materias ya
apuntadas, una vez que tuviera á mano sus libros y que, fuera de la
prisión, gozara de completa seguridad y sociego.
En cuanto á otras mejoras materiales ofrece un trabajo largo
sobre un proyecto que tenía pensado acerca de la manera fácil de
componer los caminos, tan malos y descuidados en el virreinato;
también elaboraría uno acerca del establecimiento de ciertas
fábricas indispensables para el bien del país, y otro científico
acerca de las minas de platino y otras, y la manera de
beneficiarlas en grande escala.
Asegura que ha hecho estudios especiales acerca de la
administración de justicia apropiada á las Colonias americanas y á
impedir que se arruinen los propietarios rurales por medio de
interminables pleitos: ''puedo asegurar, añade, que los pleitos en
este Reino son un azote más destructor que los huracanes y
terremotos en las Antillas!" Este abuso, dice, se podría evitar
nombrando
|Jueces de Paz, los cuales procurarían acomodar á
los litigantes antes de que acudieran á los Tribunales.
Otra reforma indispensable que señala es la de impedir los
sufrimientos de los acusados de haber cometido algún crimen.
Cuántos infelices, dice, sufren años de prisión antes de indagarse
si realmente son criminales ó inocentes!
Para evitar semejante injusticia Nariño propone que se
establezca un
|Tribunal llamado del
|crimen, separado
del de la Audiencia, con lo cual se facilitaría el despacho pronto
de todas las causas criminales, poniendo en libertad al
inocente.
Se queja de la conducta tiránica de los Corregidores, los cuales
no solamente desatendían á los débiles y humildes, sino que los
maltrataban y abusaban de su autoridad para amparar al fuerte y al
que podía cohecharles, lucrando escandalosamente con esta conducta.
Pedía que no se nombraran para esos empleos sino hombres de
reconocida honradez, quienes deberían gozar de un sueldo
suficientemente elevado para evitarles la tentación de vender la
justicia. A los que tal hicieran se les debería castigar con tan
grande severidad que eso bastaría para atajar el mal en su
raiz.
Después de aconsejar la reforma de estos y otros abusos que
tenían descontentos á los colonos, concluye su ensayo con estas
frases: "Bendito será mil veces el sabio Ministro que á la
sombra de un gran Monarca pueda decir:
|Yo planté la paz en uno y
otro mundo; por mí respiran millares de vasallos al otro lado de
los mares; en mis días la abundancia y el contento se han derramado
en uno y otro hemisferio como el rocío de la mañana sobre las
flores marchitas."
Si el Gobierno español no hizo caso de las peticiones de Nariño
es preciso confesar que entonces se hallaba en mil apuros con la
guerra que había declarado á Inglaterra, la cual, según la
costumbre de su raza, se había aprovechado de aquellas
circunstancias para apoderarse de la importante isla de Trinidad,
sitio á propósito para fomentar toda suerte de maquinaciones contra
las colonias que en ultramar poseía su contrincante.
A pesar de la opinión del Virrey Mendinueta, como vemos en el
anterior Capítulo, de que Nariño debería ser remitido á España en
donde cree él que no tendría inconveniente en descubrir á sus
cómplices en las anteriores conspiraciones, esto parece que no fué
considerado indispensable por el Gobierno de Carlos IV, pues
permaneció preso en el Cuartel de Caballería de Santafé
probablemente con mayores libertades, puesto que entre los
documentos que se conservan de su causa no se vuelve á encontrar
otra petición del prisionero pidiendo que se le permita volver á su
hogar.
En un oficio elaborado por los miembros del Consejo de Indias de
fecha de 19 de Noviembre de 1800, éstos dan su opinión separada de
lo que juzgan que deben hacer con Nariño, Ricaurte y el impresor
Espinosa.
El
|Marqués de Bajamar opinó que se cortase la causa en el
estado en que se hallaba, imponiendo perpetuo silencio en ella,
poniendo en libertad á los procesados, reintegrándolos en sus
bienes y en el estado que antes tenían; pero que se recomiende
particularmente al Virrey que vigile la conducta de don Antonio
Nariño, Ricaurte y
|
demás complicados en la causa.
Don Jorge Escobedo, don Fernando José Mangino, clon Francisco
Requena y don Vicente Hore dijeron "que nada inclina más á
la subordinación que el uso prudente de la piedad y del perdón
oportuno de los delitos y desvíos de los hombres, y que más
corazones ha conquistado la benignidad que la fuerza y el rigor."
De allí opinan que conviene desde luego el indulto que deben gozar
don Antonio Nariño y Ricaurte y cualesquiera otros de su clase si
los hubiere de aquel tiempo, en fuerza de la oferta que se les hizo
por mediación del Arzobispo de Santafé.
Sin hacer caso de las opiniones de los miembros del Consejo de
Indias, Carlos IV mandó que se conservase en la prisión á Nariño y
á Ricaurte, etc.
Hasta aquí llegan los documentos que sobre la causa de Nariño se
hallan en la Biblioteca nacional de Bogotá, muchos de los cuales
fueron publicados por los señores Posada é Ibáñez en el 2º volumen
de la Biblioteca de Historia nacional, pero no todos como arriba
apuntamos.
La Corte dió después providencias para que el Virrey de Nueva
Granada pusiese en libertad á Nariño cuando terminase la guerra
entre España é Inglaterra. La paz fué firmada el 25 de Marzo de
1802, en Amiens, y seguramente antes de concluír ese año nuestro
gran patriota salió de su prisión y regresó al seno de su familia.
¿Qué se hicieron los escritos que indudablemente trabajó en su
quinta en las orillas del Fucha llamada después de Ramos, y en su
casa de habitación en la entones llamada plazuela de San Francisco,
hoy de Santander?...............
En cuanto al infortunado Ricaurte, cuyo único crimen fué firmar,
no escribir, la defensa de Nariño, y el desdichado impresor
Espinosa, que no hizo sino obedecer inconscientemente las órdenes
de su superior, cuando llegó la orden de que los sacaran de la
prisión, ya habían muerto lejos de los suyos y en las mayores
desdichas, víctimas del deletereo clima de Cartagena, tan nocivo
para los habitantes del interior del país!