Nariño en Francia é Inglaterra
Don Antonio Nariño salió de Madrid el l3 de junio de 1796,
disfrazado de comerciante español y llevando el nombre que rezaba
su pasaporte, el cual no abandonó durante su permanencia en Europa.
Debió llegar á París en el siguiente mes, pues entonces se viajaba
muy despacio, tanto más cuanto que para nuestro viajero todo era
nuevo y debió de detenerse en las principales ciudades francesas
para gozar de su entera libertad y además visitar sus curiosidades
y monumentos.
Imbuído en las ideas que habían producido el gran cataclismo que
acababa de trastornar á Francia; empapado en el falso filosofismo
de los enciclopedistas y demás doctrinarios subversivos, el prófugo
neogranadino llegaría á París lleno de admiración y entusiasmo y
deseoso de conocer cuanto pudiera en aquella ciudad.
A mediados del año de noventa y seis el terror había concluído;
hacía dos años que Robespierre había pagado sus crímenes en el
patíbulo; la revolución había calmado sus sanguinarios furores.
Después de haber devorado á millares de personas en todo el
territorio francés: reyes, plebeyos príncipes, lacayos, mujeres.
ancianos, jóvenes, inocentes, malvados, los miembros de todos los
partidos y las jerarquías sociales y de todas las creencias, al fin
se había fatigado de verter sangre francesa y tuvo el capricho de
derramar la de otras naciones; soltó las víctimas en Francia y la
revolución envió fuera del país sus ejércitos compuestos con los
miembros de aquel pueblo cruel que aplaudió la guillotina y cantó
hasta enronquecer las horribles callejones sanguinarias con que
acompañaba á
|
las víctimas al patíbulo. Al compás de la
|Marsellesa los ejércitos franceses allanaron territorios
extranjeros, conquistaron ciudades y provincias y se pasearon con
espada en mano por toda Europa, dejando en pos suya una huella de
sangre y de ruinas sobre el suelo y el contagio de sus ideas en las
mentes de los pueblos.
Aparecía ya en el horizonte la estrella de Bonaparte; su nombre
estaba en todos los labios y sin cesar referían sus proezas y
obedecían sus indicaciones, que empezaban á convertirse en órdenes.
La campaña de Italia, tan admirable cuanto sorprendente, ocupaba
todas las conversaciones en París: la expulsión de los austriacos
del Tirol, la toma de Milán, la rendición de Verona, el armisticio
con el Papa en Bolonia y tantas noticias de glorias militares que
llegaban cada día al directorio, producían una emoción indecible
entre los habitantes de la capital de la República francesa.
A pesar de que los vendeanos sufrían derrotas sobre derrotas,
los realistas que vivían en París veían aclararse un poco la
atmósfera y sentían que no tardaría mucho en haber alguna reacción
que les sería favorable. Ya se respiraba con cierta libertad en
aquella ciudad; abríanse algunas casas aristocráticas,
herméticamente cerradas desde que empezó el terror, y los pocos que
habían logrado que no los persiguiesen merced á un encierro
completo, recorrían las calles sin temor de que los arrestasen como
|sospechosos.
La obra de la reconstrucción de la sociedad que había
desaparecido desde que la revolución sentó sus reales en la capital
del mundo civilizado, adelantaba visiblemente. En ello tuvieron
parte tres mujeres, las cuales supieron reunir en torno suyo á los
náufragos que habían sobrevivido á la anterior tempestad
social.
La más renombrada de aquellas tres damas de que hablamos era la
célebre Baronesa de Stael, cuya reputación como escritora y mujer
de talento viril empezaba á acentuarse. Con su espíritu abierto á
todos los vientos del ingenio humano, ella sabía recibir en su
salón indistintamente á los extranjeros, á los antiguos nobles y á
los modernos republicanos de tinte moderado.
La segunda mujer de moda en París era la hechicera Josefina
Tasher de Pagerie viuda del Conde de Beauharnais, la idolatrada
esposa del joven General de los ejércitos de Italia, Napoleón
Bonaparte, el futuro Emperador. En la modesta casa en donde vivía
entonces, tenía gusto en reunir á los nobles del antiguo régimen y
á los militares compañeros de armas de su esposo, y de aquella
manera reconstituía un círculo de cultura olvidada ó desdeñada
durante el pasado cataclismo.
|
(1)
La tercera mujer influyente se llamó Teresa Cabanus, en la Corte
de Luis XVI e donde era muy adulada. Era hija del comerciante
francés Francisco Cahanus creado Conde por el Rey de España, por
haber sido el fundador del Banco de España en Madrid, destinado o á
servir al Gobierno como sirve actualmente al suyo el Banco de
Inglaterra. Carlos III le había mandado encarcelar como culpable de
malversaciones, pero su sucesor le rehabilitó y aún le nombró su
representante en el Congreso de Rastadt.
|
(2)
Teresa había nacido en Zaragoza, de madre
española. Estando en París con su padre, cuando espiraba la
monarquía, casó con el Marqués de Fontenay, de quien se separó en
breve. Estaba presa en Burdeos durante el terror como aristócrata,
pero Tallien se enamoró de ella y la salvó del suplicio si convenía
en ser su esposa. Con este carácter ejerció grande influencia en
los ánimos de los llamados
|termidoristas, y á ella se debió
la saludable crisis que tuvo por consecuencia la muerte de
Robespierre y el fin del terror y el descanso de la guillotina. A
pesar de ser la esposa del terrible Tallien, el amigo de Marat, el
enemigo de los girondinos y el que tanto odió ála nobleza, logró
por su parte que en sus salones se reuniesen sin temor muchos
aristócratas con los antiguos
|senovistas.
Probablemente fué por medio de la zaragozana Teresa Cabanus
(llamada
|Nuestra Señora de Termidor) que nuestro santafereño
Nariño logró comunicarse y visitar á Tallien. Con aquel carácter
inquieto, indagador que le distinguía, querría conocer la sociedad
del viejo Continente en todas sus faces y asistiría á alguna de
aquellas fiestas semi-paganas, semi-aristocráticas, con sus
perfiles de democráticas, que Madama TalIien ofrecía á sus amigos
en su quinta de las orillas del Sena.
|
(3)
Allí se presentaban las mujeres vestidas
(ó más bien á medio vestir) imitando estatuas griegas, envueltas en
trasparentes gasas y tules, mientras que los hombres se presentaban
ostentando esos ridiculísimos atavíos (ó disfraces más bien) que
llamaban á lo increíble. En los salones del antiguo Jacobino
nuestro americano vería reunidos los elementos más heterogéneos del
antiguo y del nuevo régimen de aquella época de transición. Unos se
vestían todavía con los sencillos
|trajes que la aristocracia
había adoptado para no llamar la atención de sus enemigos: éstos
eran los antiguos nobles que aún no tenían bien seguro su pescuezo;
otros, los jacobinos que pretendían pasar por gente educada y de
finos modales, vestían lujosísimamente, pero á pesar de todo no
podían ocultar la falta de decoro en sus modales y la tosquedad de
su lenguaje, que revelaba á leguas su baja extracción y las
compañías que habían frecuentado. Hablábase con mucha libertad del
pasado y del presente, y los nobles más audaces llevaban en señal
de luto, por los parientes que habían perdido, víctimas de la
guillotina, un lazo de crespón atado al brazo ¡obra de los mismos
con quienes compartían!
¡Qué de extrañas escenas no vería nuestro santafereño, y cómo
encontraría de objetos en qué meditar en la revuelta sociedad de
entonces! Ansioso de estudiar, de comprender, de saber lo que se
hallaba en el fondo de aquellos hombres, que unos habían sufrido
tanto con valor inquebrantable y otros que se señalaron por su
crueldad su barbarie!
Aún no se había secado la sangre en la plaza de la revolución y
ya víctimas y victimarios comían á una misma mesa y danzaban juntos
oyendo los acordes de la misma música.
Y Nariño ¿qué sacaría en limpio de aquel caos, de aquellas
viceversas de la desomajada sociedad parisiense de 1796?
No lo sabemos ni hemos podido adivinar, pues nunca según hemos
averiguado hablaba ni en sus escritos decía nada claro acerca de la
revolución francesa y sus consecuencias. No la traía á la memoria
para elogiarla ni tampoco para vituperarla, mientras que no sucedía
lo mismo con respecto á la Norte-americana: sin cesar citaba
aquella revolución así como sus instituciones y constitución.
Nariño tuvo varias conferencias con Tallien, y en ellas procuró
hablar á la vanidad de los franceses asegurándole que á ellos
tocaba proteger la libertad en Sud-América como habían ayudado á
los del Norte; que á la generosidad del pueblo francés estaba
reservada la gloria de plantear las ideas republicanas en todas las
naciones del mundo con el buen éxito que se palpaba en Francia y
que él esperaba con toda confianza que no desoirían el grito del
virreinato Neo-granadino pidiendo libertad á los franceses que
habían podido arrojar las cadenas de una monarquía.
Tallien sin duda aplaudía aquellas frases que imitaban los
discursos de la difunta Asamblea Nacional, en la cual él había
tenido tanta parte, y elogiaba el valor y la abnegación del
americano y de sus compatriotas; se vanagloriaba de que
efectivamente fuese Francia la que había preconizad o aquellas
ideas que se habían esparcido por todo el mundo.
Sin embargo, al fin Tallien le declaró que á pesar de su buena
voluntad y su deseo de auxiliar eficazmente á los hispanoamericanos
sus compañeros en el Directorio le habían hecho presente que
Francia se encontraba con las manos atadas por los tratados que se
habían firmado entre Francia y España, pero ofreció volverá
hablarles para con ellos indagar de qué manera le podían prestar su
apoyo. En una nueva conferencia que tuvo Nariño con el antiguo
jacobino, éste le dijo que no tuviera duda en que encontraría un
medio para que España se viera en dificultades para enviar
ejércitos á ultra-mar.
Esta promesa vaga afligió sobre manera á nuestro santafereño y
como lo manifestase, Tallien le aconsejó que impetrase los socorros
que pedía del Gobierno inglés, el cual tenía serios motivos para
tratar de vengarse del mal que le había hecho España ayudando á la
emancipación de Norte-América, y además se susurraba que pronto se
romperían las hostilidades entre los dos países. Era aquel el
tiempo más oportuno y que después ya no lo sería, porque una vez
declarada la guerra todo español ó persona de aquella raza podría
considerarse como espía y corría peligro de ser apresado en
Londres.
Nariño aceptó la indicación del francés, el cual sin duda, lo
que deseaba era salir de él y descansar de sus peticiones.
|
(4)
Empezaba el mes de Agosto de 1796 cuando Nariño desembarcó en la
ciudad de Londres; pues entonces se hacía generalmente la travesía
de la Mancha y se subía por el Támesis hasta arribar á la capital
de la Gran Bretaña por la vía acuática. Bien sabido es que ahora se
cruza el canal en hora y media; no entonces, cuando no había buques
de vapor, solían gastar dos ó tres días con sus noches combatiendo
con las encrespadas olas de aquel mar borrascoso, cuyos vientos
encontrados causaban la desesperación del navegante.
Provisto de cartas de introducción para algunos comerciantes
ingleses y emigrados de diversas nacionalidades, que intrigaban en
Londres, Nariño, que continuaba llamándose don Francisco Simón
Alvarez y se decía comerciante español, logró al cabo de pocos días
visitar todas las curiosidades de la capital de Inglaterra, tomar
lenguas é indagar la situación política y social y el espíritu
público de la Gran Bretaña.
"En Londres, dice el mismo Nariño,
|
(5)
me presenté como un comerciante
español, y por tal pasé con los españoles que estaban allí. Escribí
á mi llegada á nuestro Embajador, visité al Cónsul y viví con un
americano
|
(6)
y
ninguno llegó á trascender mis ideas, ni los pasos que dí. Al
principio seguí como en Francia, instruyéndome del modo posible en
la Constitución inglesa, sus fuerzas de mar y tierra, sus fondos,
su deuda nacional, etc."
Nariño quiso dirigirse al Rey Jorge III,
|
(7)
pero supo que con motivo de sus
frecuentes accesos de locura se vería en la necesidad de dejar el
Gobierno casi por entero en manos de sus Ministros, ó más bien de
su primer Ministro y Jefe de su Gabinete, el famoso Guillermo
Pitt.
A pesar de los malos ejemplos que daba el Príncipe de Gales los
cuales imitaban los nobles ingleses, Guillermo Pitt era el menos
inmoral entre todos ellos y también el hombre más talentoso de
Inglaterra. Su padre, Lord Chattam, gobernó la Gran Bretaña, como
primer Ministro, durante la mayor parte del siglo XVIII y su hijo
pesaba en la política inglesa hacía trece años
|
(8)
y entre la burguesía y el pueblo
era el hombre más popular de su país, cuyos destinos dirigió
durante diez y siete años. Le amaban, entre otros motivos, porque
no adolecía de los vicios y no tenía las malas costumbres de los
nobles; le apreciaban porque sólo se ocupaba del bienestar de sus
compatriotas; protegiendo á todo trance el comercio y las
industrias más bien que las letras y las artes. Pitt era la
encarnación del espíritu del pueblo inglés. A él se debió la
apertura del comercio con la India. Sus atrevidas empresas se
apoyaron en su asombrosa sagacidad diplomática y aquel arte que
desde entonces ha usado el Gobierno inglés para llegar á sus fines,
pagando espías en todas las Cortes, sorprendiendo los secretos de
ellas y protegiendo, cuando le conviene, las rebeliones y las
conjuraciones
|
(9)
en
el extranjero contra los gobiernos de los países que pretendía
humillar y vencer.
Cuando Nariño se convenció de que todo el poder de la nación
inglesa se hallaba en manos del primer Ministro resolvió hacer todo
esfuerzo para tener una conferencia con él, por creí que sólo él
comprendería la importancia de su petición.
Pero aquí dejaremos la palabra al mismo Nariño:
"Con este fin, dice, pasé una esquela al Ministro Pitt,
diciéndole en sustancia que yo era un americano español que tenía
que tratar asuntos de entidad con el Ministro y que para esto
solicitaba tener una audiencia privada con él. No tuve
contestación. Repetí otra y tuvo el mismo éxito. Entre tanto había
adquirido amistad con dos ingleses, el uno llamaba Campbell y el
otro Chort, negociantes muy distinguidos de Londres. Descubríme con
ellos para conseguir por su medio la audiencia que solicitaba del
Ministro y convenimos en hacer juntos un paseo al campo para tratar
el asunto con madurez y desembarazo. Después de muchas conferencias
quedamos en que la cosa no se había de tratar con Pitt sino con
Lord Liberpool, Ministro de Estado, con quien ellos tenían amistad
y que por primera vez sólo se había de hablar al Ministro en estos
términos: que había en aquella ciudad un americano español que
estaba sumamente resentido con su nación, según les había dicho;
que ellos le habían fondeado su disposición y que creían que en las
circunstancias actuales no sería un paso fuera de propósito el que
el Ministro le hablase. Hízose la cosa en estos términos y el
Ministro recibió muy bien la noticia y el pensamiento; pero les
dijo que este paso no se podía dar hasta la declaración de la
guerra, porque podía ser algún espía que iba á tentar las
disposiciones del Ministerio. Quedé tranquilo con esta respuesta,
pero no lo quedaron los dos ingleses que me veían diariamente sin
perder ocasión de hablarme sobre el asunto. Para no cansar con la
relación de todo lo que me pasó con ellos sólo diré que conocí que
sus miras se extendían á sacar de mí todo el partido posible, aun
cuando no tuviera efecto mi solicitud. Con todo, no pude prescindir
de manifestarles un estado de las fuerzas del Reino, de su
población y de sus frutos; lo primero, para hacerles ver que
procedía con conocimiento y que mi plan no era aventurado y lo
segundo, para moverlos con el interés de las grandes ventajas que
se ofrecían á su comercio, á que accedieran á mi solicitud. Les
hice ver también, que estando acostumbrados á las producciones de
Europa y no teniendo fábricas ni manufacturas, era indispensable
que una nación de Europa nos proveyese de todo, y que así, aun
cuando yo procediese de mala fe, la necesidad nos había de obligar
á comprarles todos los géneros manufacturados y á venderles las
materias que no podíamos manufacturar. Pero al mismo tiempo les
pintaba las grandes dificultades que tendría cualquiera nación de
Europa que nos quisiese tomar por fuerza, así por lo áspero y
penoso de los caminos y lo mortífero del clima
|
(10)
como porque reuniéndose las
tropas veteranas á las milicias y á los paisanos y retirándole los
víveres era imposible el que pudieran penetrar.
Vino al fin, la noticia de la declaración de la guerra y se me
abiertamente en nombre del Ministro, que siempre que redujera mi
solicitud á entregar el Reino á la Gran Bretaña tendría todos los
auxilios necesarios; que propusiera por escrito todo cuanto
contemplara conducente á este efecto, bien fuera para que se
hiciesen los armamentos en Europa, ó bien en las Colonias á donde
se darían las órdenes convenientes al Gobierno y se aprontaría una
fragata de cuarenta cañones para que se transportara con seguridad;
que en caso de mal éxito tendría un asilo en la Inglaterra y si la
cosa salía bien podía prometerme una fortuna brillante.
|
(11)
Neguéme enteramente
á esta propuesta, porque jamás fué mi ánimo solicitar una
dominación extranjera y reduje mi solicitud á sólo saber si en caso
de una ruptura con la Metrópoli, nos auxiliaría la Inglaterra con
armas municiones y una escuadra que cruzase en nuestros mares para
impedir el que entrasen socorros de España, á condición de algunas
ventajas particulares que se les ofreciesen sobre nuestro comercio.
Precedieron algunas pequeñas circunstancias y apurando yo con que
me iba a marchar se me respondió que siempre que se pusiera en
ejecución la ruptura con España, durante la guerra contásemos con
todos los socorros de armas, municiones y una escuadra que no sólo
cruzaría nuestros mares, sino que bombardearía á Cartagena, si era
menester, para que atacándolos al mismo tiempo por dentro se
rindiera y
|
sirviese para socorrer el interior con
anticipación.
Nada satisfecho con la actitud que tenía Inglaterra con respecto
á la emancipación de las colonias de Hispano-América con la cual
éstas no obtendrían independencia sino cambio de amo, resolvió
volver al continente sin haber logrado verse personalmente con
ningún miembro del Ministerio de Jorge III. Aquellos orgullosos
aristócratas ingleses, que miraban á todo extranjero con el
desprecio que ellos gastan con todo el que no es anglo-sajón, no se
tomaron la pena de hablar con un hispano-americano con el cual
ellos creían que nada tenían que ver: bastábales manifestar sus
intenciones por medio de un tercero, como vimos arriba.
Entre las cartas de introducción que Nariño consignó en París
cuando pasó á Inglaterra, debió de llevar algunas del famoso
filósofo sensualista Destut de Tracy, quien por pertenecer á una
antigua familia escosesa se había educado en Edimburgo y tenía
muchos entronques con la sociedad inglesa. Revolucionario, miembro
de la Convención, fué compañero de armas de Miranda y amigo íntimo,
como era natural por sus ideas, de Jeremías Bentham, profesó
siempre predilección por los hispano-americanos. Tanto Bentham como
Destut de Tracy fueron muy amigos del General Santander y de otros
colombianos que estuvieron en Europa después de la declaración de
la Independencia. Probablemente á esto se debió después el que se
preconizaran en la Gran Colombia y después en la Nueva Granada las
perniciosas enseñanzas de esos dos filósofos utilitaristas y
sensualistas.
Al regresar nuestro santafereño á París encontró allí un núcleo
de conspiradores que habían ido de las diferentes colonias
hispano-americanas á trabajar en la obra de su emancipación de
España.
Los principales entre éstos era Olavide y Miranda.
Don Pablo Olavide y Jáuregui nació en Lima en 1725 y cuando le
conoció Nariño había tenido va una larga vida de aventuras en
extremo curiosas, dramáticas é interesantes. Nombrado Oidor en su
ciudad natal, dice Menéndez Pelayo,
|
(12)
tuvo que ir á España á dar cuenta de
ciertos asuntos que se rosaban con aquel alto empleo. Llamó la
atención particularmente del Ministro Arandó, quien le llevó
consigo á París como Secretario de Embajada y allí se contagió con
las ideas de los enciclopedistas y á su regreso á España obtuvo
licencia para fundar colonias en la Sierra Morena. En breve se supo
que en éstas la religión católica era un tanto despreciada y el
Tribunal de la inquisición le llamó á Madrid, en donde se le siguió
un juicio como hereje y se le condenó á 8 años de reclusión en un
convento. Logró huírse de éste y pasar á Francia; pero allí no
estaba seguro y tuvo que ir á Suiza en donde permaneció hasta que
fué declarada la revolución de 1789. En París, dice Menéndez
Pelayo, se ocupó en comprar bienes nacionales y escribir contra el
clero. Nuestro gran erudito sinembargo no dice, ó lo ignoraba, que
lo que más interesaba á Olavide en los últimos años del siglo XVIII
era conspirar contra España en unión de otros americanos que habían
ido á París con ese objeto.
|
(13)
Miranda era el Jefe de aquellos patriotas. Después de haber
tomado parte en la revolución francesa y ser General en los
ejércitos de aquella nación, no hay duda que bajo Napoleón hubiera
podido hacer una brillantísima carrera, pero á pesar de esto él
abandonó honores y verdadera gloria para entregarse en cuerpo y
alma á la grande obra de la emancipación de su patria. Consideraba
imposible que los hispano-americanos se libertasen por sí solos,
sin el auxilio efectivo de otra nación poderosa. Su más ardiente
deseo era que quien les ayudase fuesen los norteamericanos, entre
los cuales tenía amigos sinceros, desde Washington hasta gran
número de empleados en el Gobierno. El sinembargo ignoraba que Juan
Adams, el hombre de más influencia en los consejos gubernativos de
la nueva república, le era adverso, que trabajaba contra sus
proyectos y aún que se burlaba de él, que le titulaba
"caballero errante y loco como su inmortal compatriota el
viejo héroe de la Mancha."
|
(14)
De los hispano-americanos decía
Adams:
"Es el pueblo más ignorante, más fanático, más
superstíecioso entre los católico-romanos del Universo." Y
añadía: "¿Era acaso probable, era posible, que el plan de
Miranda para fundar una confederación de gobiernos libres pudiese
introducirse, establecerse entre tales sujetos y en todo un vasto
continente, ó siquiera en una de sus partes?"
|
(15)
Miranda, que no sabía la triste idea que el segundo Presidente
de los Estados Unidos tenía de él y de sus compatriotas, le
escribió al tener noticia de su exaltación al solio presidencial lo
siguiente:
………….."Me felicito de ver al
frente del Poder Ejecutivo americano á un hombre que, después de
haber contribuído con valor á la independencia de su país, preside
con sabiduría un Gobierno estable, capaz de asegurar la libertad.
Nosotros nos aprovecharemos sin duda de vuestras lecciones y desde
ahora me complazco en manifestaros que el sistema de nuestras
instituciones será mixto. (Aludía á las futuras Repúblicas
suramericanas). Optaremos por un Jefe del Poder Ejecutivo
hereditario que tomará el nombre de Inca, y será escogido, con
particular agrado de mi parte, entre nuestros compatriotas mismos.
Tendremos también un Senado electivo, en el que toma asiento los
hombres de las clases principales, y una Cámara de origen y
carácter popular, pero cuyos miembros deberán ser propietarios.
"Tal es en síntesis la forma de gobierno que parece
reunir mayoría de los sufragios en el Continente hispano-americano.
El impedirá Sin duda las consecuencias fatales del sistema
republicano francés que Montesquieu llama la
|liberté
extréme…."
Adams no se dignó contestar esta y otra carta que Miranda le
escribió después.
Sinembargo á pesar de esta y otras desiluciones y desaires,
Miranda no desmayaba en sus propósitos. Pocos hombres más
sinceramente patriotas, más abnegados y más deseosos de hacer el
bien á su país! Al recorrer la historia de todos los pueblos
hallaremos siempre que los más infortunados sobre la tierra fueron
los que consagraron su existencia entera á llevar á cabo una idea
en donde consideraban que estaba la VERDAD, y esta verdad la
plantearon después otros que supieron aprovecharse del trabajo
ajeno. Jamás los que primero idearon alguna cosa, los inventores,
los descubridores cosecharon el fruto de sus desvelos: unos
siembran para que otros cosechen.
Los otros patriotas que se hallaban en París entonces eran los
siguientes, á lo menos los que hemos podido descubrir: don
|Pedro
José Caro, peruano de nacimiento, pero enviado por los
patriotas de Cuba á Europa, el cual servía á Miranda para ejecutar
ciertas misiones delicadas y diplomáticas. Del Perú había también
un enviado, un señor
|Baquijano; de Quito otro llamado
|Bejarano; un canónigo llamado
|Juan
|Pablo
Fratis estaba allí en nombre de un grupo del Paraguay y otro
sacerdote don
|José Cortés y
|Madariaga trabajaba por
los chilenos, pero al fin se ocupó más bien de la suerte de los
venezolanos y los neo-granadinos; por los mismos chilenos estaba
allí el ex-jesuita don
|Manuel Salas; otro ex-jesuita don
|José del Pozo y Sucre iba en misión del Perú.
|
(16)
Estos hispano-americanos habían tratado también, como Nariño,
con Tallien, pero viendo la inutilidad de su empeño resolvieron
pasar á Inglaterra junto con Miranda. Este creía que de Londres le
sería más fácil comunicarse con los Estados Unidos, República que
para todos ellos era tan simpática y en la cual tenían la tontería
de confiar á pesar de los desaires que habían recibido.
Nariño, quien como ya hemos visto y veremos después en el curso
de su vida, se desalentaba repentinamente y perdía las esperanzas
de llevar avante sus proyectos, resolvió abandonar por entonces
toda ingerencia en aquellos asuntos en Europa y pasar nuevamente á
América y al seno de su familia, aunque tuviera que pasar mil
riesgos de perder la vida si fuera preciso. Antes de salir de París
pidió una orden á Tallien para que le permitiesen embarcarse en un
buque francés que zarpaba de Burdeos en aquellos días, con
dirección á las Antillas y dejó sus poderes á Miranda para que
obrase también en su nombre en sus negociaciones con el gobierno
inglés y con el de Norte América.
Tardó sinembargo un año más Miranda antes de poderse entender
con el gobierno inglés, después de presentar un largo protocolo
firmado por algunos de los que trabajaban en favor de la
emancipación de las colonias hispano-americanas.
|
(17)
El Ministro Pitt ofreció al fin dar naves y las armas que se
necesitasen para pasar á la América del Sur á auxiliar á los
criollos contra la madre patria, con la condición de que el
gobierno de los Estados Unidos suministrase diez mil voluntarios.
Pero el Presidente Adams se negó á esta cláusula y escribió á un
amigo burlándose de los sud-americanos añadiendo que consideraba á
Olavid hombre de tan buen sentido que de seguro no apoyaría á los
conspiradores hispano-americanos.
|
(18)
|
(1)
|
Era una de las damas más distinguidas de la Corte de Luis XVI.
En la época del terror se manifestó valerosísima; durante el
Directorio contribuyó en mucho á despertar el sentido de la cultura
y la urbanidad francesa; en tiempo del
|Consulado sirvió de
puente de comunicación entre la antigua la nueva sociedad ; en el
Imperio mereció el siguiente elogio de Napoleón: Yo gano las
batallas, pero Josefina gana para mí los corazones."
Véase: Las francesas del siglo XVIII y XIX," por Imbert
de Saint Amand.
|
|
(2)
|
Era Cabanus, dice Alcalá Galiano, personaje de singular
ingenio, de no menos arrojo, de instrucción varia, aunque
superficial, que manejando la lengua española, para él extranjera,
llegó á escribir en ella con pureza á la par que con elegancia;
hombre osado y ligero, imbuído en las doctrinas filosóficas y
económicas francesas del siglo XVIII, y que muy celebrado por unos
y muy deprimido por otros, vino á dejar una reputación dudosa,
aunque no haya razón para tratarle de malo....."
(Historia de España por don Antonio Alcalá Galiano, tomo V, página
313).
|
|
(3)
|
Al fin del siglo XVIII toda la avenida de los campos Elíseos
hasta la aldea de Chaillot carecía completamente de casas. Allí no
había sino prados, jardines y hortalizas, divididos unos de otros
por corpulentos árboles formando alamedas solitarias y sombrías,
sobre todo una que llamaban de los
|Suspiros ó de las
|Viudas que arrancaba de los campos Elíseos é iba á morir en
las orillas del Sena.
"A la extremidad de la alameda de las
|Viudas, dice
un moderno autor francés y en la proximidad del Sena había en 1795
una quinta rústica, llamada
|la Chaumiére, rodeada de
jardines y de bosquecillos de sauces y de lilas. Allí, por capricho
había elegido su morada Madama Tallien, de manera que ese rincón de
París se había hecho de moda. Ella había mandado pintar la casa
imitando una decoración de ópera cómica sobre la cual se enredaban
sarmientos floridos y pintorescos muzgos. La bella joven á la cual
le atribuían la redención del
|Dermidor, era entonces el
ídolo de los parisienses; ya no la llamaban marquesa de Fontenag,
como su primer marido, ni Teresa Cabanus, como su padre, sino la
|ciudadana Tallien, como el hombre que la había salvado dos
veces de la guillotina y de quien era esposa desde 1794. Por la
tarde recibía en su casa rústica de la alameda de las
|Viudas
y todo París corría á sus fiestas."
(Véase
|Lenotre "Vieilles maisons, vieux
papiers." Vol. 1º página 228).
|
|
(4)
|
"Desde Francia (dice Nariño en la declaración que hizo
al Virrey ni regresar á su patria) escribí á Madrid en primer lugar
suplicando que instaran a mi apoderado para que no dejase de pedir
continuamente sobre el curso de mi causa, que yo esperaba que en la
Corte no se notaría mi falta y que así pudría volver á la primer
noticia favorable. Pasé en Francia cerca de dos meses sin recibir
ninguna noticia, siempre vacilando en la suerte de mi familia y en
mi desesperado proyecto. Todo este tiempo lo emplee en correr los
Tribunales, en examinar algunas de sus nuevas leyes, su
Constitución y la historia de su revolución, procurando adquirir
cuantas noticias pudieran ilustrarme sobre estos puntos. La
proximidad de la declaración de la guerra y
|
la noticia que
tuve de que á un guarda de corps que estaba allí con licencia lo
habían puesto preso por ir sus cartas con otro apellido, me hizo
anticipar mi marcha á Londres, por hallarme en el mismo caso que el
guardia y porque si me cogía en Francia la declaración de la guerra
me sería muy difícil el pasar á Inglaterra. Antes de partir escribí
á Madrid diciendo que pasaba á aquella Corte por curiosidad ya que
estaba tan cerca sin tener que hacerme." (Véase
|Precursor, página 224).
|
|
(5)
|
Véase
|Precursor, página 224.
|
|
(6)
|
Este era un caraqueño: don Esteban Palacios.
|
|
(7)
|
Era Jorge III hombre de pocos alcances, pero no maligno como
sus antepasados, ni pervertido como su hijo. Odiaba á los hombres
de talento, no por envidia, sino porque no los entendía y eso le
irritaba. No poseía más instrucción sino la que él consideraba útil
para su oficio de Rey: sabía bien la geografía y construía mapas
para entretenerse, con bastante acierto; conocía perfectamente las
genealogías de los reyes y príncipes europeos y las de los nobles
de Inglaterra: distinguía á las mil maravillas los uniformes, hasta
en sus menores detalles, de los diferentes batallones de sus
ejércitos; tenía conocimiento exacto de los Jueces y
|
de los
doctores en Teología de su reino; se consideraba maestro en todo lo
concerniente á la etiqueta de la Corte, desde los primeros tiempos
hasta su época; aprendía en pocos días los nombres de todos los
empleados y sirvientes de su palacio y
|
recordaba muy bien la
fisonamía de cada uno de ellos.
|Shai Keray.
Pero todo lo demás, es decir, los deberes más serios de su
encumbrada posición, los ignoraba completamente, y le bastaba que
sus Ministros los cumpliesen en su nombre. Aunque su carácter no
era malo los odios que manifestaba Jorge III eran tenaces y
constantes: oborrecía á los americanos del Norte con toda su alma,
así como á los católicos y á los irlandeses; pero era esposo
amantísimo, excelente padre y su existencia y la de su mujer sus
hijas era tan sencilla que tocaba en lo ridículo. Apenas aclaraba
el día cuando ya todos los miembros de la familia real debían estar
en pié, y sus comidas siempre iguales, eran en extremo frugales,
como sencillos sus atavíos é inocentes sus distracciones. El único
pasatiempo de que gozaban era pasear en los parques, asistir á
algunos conciertos; y por la noche jugar al naipe con sus
cortesanos, pero era prohibido que arriesgasen dinero alguno. Los
lujos varones del Rey se fastidiaban con aquella vida tan monótona
y preferían salir á la ciudad y entregarse á todos los vicios dando
penosísimo ejemplo á sus vasallos.
El heredero de la corona (el futuro Jorge IV) era el ser más
frívolo, más derrochador de los caudales públicos, el más
corrompido, el más cínico y el peor Príncipe de su época ¡y
sinembargo le llamaban el árbitro de los gentiles- hombres! Llevó
ese nombre porque se le consideraba el modelo de las modas
masculinas y la elegancia personificada, pero no en manera alguna
por su caballerosidad. Su amor á la ostentación y al lujo llegó á
tal extremo que gastaba en fiestas y en regalos á las actrices y
bailarinas millares de libras esterlinas. Era tan inconstante en
sus amistades que si un día amaba á uno al día siguiente le
desconocía, y era tal la crueldad que usó con su desgraciada esposa
que no hubo en el mundo quien no se escandalizara.
|
|
(8)
|
Desde su niñez Guillermo Pitt resolvió estudiar para profesar
la carrera política que había seguido su padre. Nunca tuvo los
pasatiempos de la niñez: a los catorce años su inteligencia estaba
completamente desarrollada; á los veinticuatro, años era el primer
orador del Parlamento. Los famosos hombres de Estado de su tiempo,
Fox y Burke, no tenían prestigio á su lado, de manera que supo
vencerlos en todos los campos, y á los treinta y siete años (en
1783) le encargó el Rey del supremo Ministerio. A pesar del odio
que le tenían el heredero de la corona y sus amigos, quienes varias
veces quisieron arrebatarle el poder, valiéndose de los accesos de
locura del Rey, nunca pudieron hacerlo, porque se apoyaba en la
nación que le adoraba.
|
|
(9)
|
Por indicación de Miranda, Pitt llamó á Inglaterra á los
miembros de la extinguida Compañía de Jesús, de nacimiento
hispano-americano, con el objeto de aprovecharse de sus
conocimientos y hacer así la guerra á España. (Véase
|Vida de
Miranda, por R. Becerra, tomo II página 474).
|
|
(10)
|
¡Al cabo de más de cien años todavía el país se encuentra en la
misma situación de atraso en todos sentidos!
|
|
(11)
|
Esta exigencia del Ministerio inglés era naturalísima puesto
que alguno años antes, como hemos visto en la primera parte de este
estudio, el Gobierno inglés había recibido propuestas espontáneas
de Vidalle, que se decía delegado de los conspiradores que en el
nuevo Reino de Granada pretendían arrojar de su suelo las
autoridades españolas y ofrecían entregarse á Inglaterra si les
ayudaban á hacerlo.
|
|
(12)
|
Véase
|Heterodoxos españoles, tercer tomo, página
205
|.
|
|
(13)
|
Biografía d
|e Miranda: por
|Ricardo Becerra.
|
|
(14)
|
Véase Vida de M
|iranda por Ricardo Becerra, primer tomo
página 47.
|
|
(15)
|
Id. id. id. id. página 50.
|
|
(16)
|
Véase Vidas de O'Higgins y de Cortés y Madariaga por Vicuña
Makena.
|
|
(17)
|
Véase en el
|Apéndice este curiosísimo protocolo.
|
|
(18)
|
Véase
|Vida de
|Miranda (ya citada) tomo 1º página
48.
|