Preliminares y
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combate en
Santafé el 9
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de Enero de 1813.
Baraya cometió la falta militar de no perseguir las fuerzas de
Nariño que se replegaron en derrota sobre Santafé y si lo hubiera
hecho con tiempo no hay duda que obtuviera un completo triunfo.
Pero es cierto que si las tropas de Cundinamarca eran bisoñas y
asustadizas
|, como toda fuerza militar recién reclutada, sin
duda tenía el mismo defecto el ejército federalista, y que mientras
Nariño con los militares de experiencia que tenía á su lado, no
descansaron día y noche enseñando á los soldados el ejercicio y los
deberes del militar, cosas que ignoraban por completo apesar del
ardor bélico que los animaba, Ricaurte hacía otro tanto con los
suyos.
A mediados de Diciembre se supo que Baraya, acompañado por la
florinata de los federalistas, avanzaba al fin por el camino de
Zipaquirá y que para animar á
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sus tropas les había ofrecido
permitirles saquear la capital y aprovecharse de sus riquezas.
Semejante noticia llenó de agitación y
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espanto á toda la
población. El Gobierno mandó fortificar los principales puntos de
los afueras de la ciudad y se mandó que todo varón de 15 á 60 años
se alistase en los cuarteles.
El Cabildo y el clero se reunieron para acordar que se enviase
una Diputación al jefe de las tropas enemigas para tratar de evitar
un rompimiento y hacer todo esfuerzo impedir que compatriotas y
|
hermanos se fueran á las armas.
Ricaurte, que comandaba la vanguardia se negó á prestarse á una
conciliación mientras que en Santafé estuviese Nariño. Igual
respuesta recibió el Cabildo Eclesiástico que se había dirigido á
Baraya, llamando á Nariño "PARRICIDA
|que había
desorganizado todas las Provincias por media de la seducción y
|el soborno," juró que mientras éste mandara jamás
podría propender por una reconciliación.
Apesar de aquellas injurias Nariño supo sobreponerse á su herida
dignidad á un justo amor propio, é inmolando todos los respetos
humanos á su acrisolado amor patrio quiso probar hasta dónde iría
el odio de Baraya, escribiéndole la siguiente nobilísima carta, que
trascribimos íntegra, por parecernos que ella más que cualquier
otro documento
|retrata el alma de Nariño.
"Antonio: permíteme por esta vez volver á tomar el
lenguaje de la amistad, aunque esté impuesto del odio personal que
me profesas: la Patria exige de mí todo sacrificio, y no debo
negarle éste, que en otros tiempos me fué tan grato. Quizás este
paso será tan infructuoso como el que de igual naturaleza de antes
del suceso de Palo-blanco; pero mi corazón fue recompensa en los
pocos momentos de sosiego de no perdonar todos los medios que me
sugiere mi amor á este desgraciado suelo. Para que puedas dar un
verdadero valor á lo que voy á decirte, es preciso que por un
momento depongas esa animosidad, ese encono y prevención siniestra
en que estás imbuído contra todo lo que hago y digo: seré un
malvado, seré todo lo que quieras, pero ni jamás ha nacido hombre
con todos los vicios que á mí me atribuyen, ni el hombre más
vicioso está desnudo de todas las virtudes. Espero con confianza
que llegará un día en que mis mayores detractores encontrarán y
confesarán en mí virtudes que ahora, por el puesto que ocupo, las
toman por vicios. Escúchame y créeme, aunque sea por un rato, para
que puedas hacer juicio con imparcialidad. Conozco que reunidos los
dos de buena fé, en las críticas circunstancias en que está el
Reino, quizás lo podríamos salvar; pero no trato de esto, porque
sería querer un imposible por las personas que te rodean. De lo que
trato es de darles un desengaño con darles gusto; voy á hacer
cuántos sacrificios se me pidan y estén era mi arbitrio; pero ponte
en mi lugar, y dime de buena fé, en mi situación, con fuerzas
suficientes para resistir y atacar y con resolución de hacer todo
género de sacrificios honrosos ¿te dejarías tratar como un
facineroso? Me parece que no habrá hombre de medianos sentimientos
que no me aconseje que muera antes mil veces, que manchar la
carrera de una vida desgraciada, sí, y trabajosa, pero jamás baja y
arrastrada. Mi amor á la libertad, mis sacrificios de veinte años,
no se pueden empañar sino mientras esté al frente de un Gobierno
que tanto se codicia; pero al instante que lo deje y que
desaparezca de entre estos mismos, que ahora tan negramente me
pintan, estoy seguro de que conocerán que sólo he hecho sacrificios
y quizá también de que había encontrado el camino de que fuéramos
libres. En el concepto, pues, de que estoy pronto á todo, menos á
sacrificar mi honor, y de que tú y el Congreso van á conseguir sus
miras, parece que sólo nos iríamos á matar, ó por el modo con que
esto se debe hacer, ó por una baja y criminal venganza : por
cualquiera de las dos cosas sería un delirio el envolver la ciudad
que nos ha visto nacer, en sangre y luto. Si es venganza personal
matémonos de hombre á hombre
|
(1)
y si no es más que en el modo acordémonos
los dos. Creo que por más interpretaciones que se den á mis
acciones, á esta propuesta es imposible que se le pueda dar otra,
que la con que suena; no obstante, si piensas que nos acordemos,
contéstame, y dime francamente lo que sientas. Yo hablé ayer con
don Fernando Caicedo
|
(2)
y quedó de escribirte á ti y al Congreso;
pero sus cartas, que me mandó abiertas, estaban tan llenas de
bajezas que las quemé en el mismo momento. Te voy á decir otra cosa
que á primera vista talvez te escandalizará: estoy tan lejos de
sentir dejar la Presidencia, que el mayor favor que me puedes hacer
es proporcionarme modo de salir de ella; pero repito que con honor.
Es preciso no confundir el que sostenga vigorosamente el puesto que
ocupo, con la gana de conservarlo. Confiésame que tú mismo me lo
vituperarías en tu corazón si me portara de otro modo, aunque mis
Principios hayan sido errados. Si me contestas, dime si te parece
que escriba al Congreso ó á don Camilo Torres; pues si no lo he
hecho ha sido porque, como no quieren entenderse conmigo, me
parecía un paso infructuoso, pues no me contestarían. Te concluyo
esta carta con dos observaciones que te ruego encarecidamente las
medites á tus solas. Recorre primero con la imaginación todo el
Reino, desde Quito hasta Caracas, y dime si hay alguna Provincia en
el estado en que se halla Cundinamarca. Vuelve los ojos luégo al
interior, y en donde he ejercido toda esa tiranía que se me
atribuye, y dime también si hoy por un milagro de la Providencia
nos abrazarnos todos olvidando lo pasado ¿qué casa se halla
arruinada? qué familia destruída? qué manantial de las riquezas
públicas agotado? Ninguno. Pero es más: cualquiera otro en mí lugar
habría quitado á sus enemigos y derramado sangre en los cadalzos:
tengo la gloria de haberlos conservado, haciéndome ellos cuanto mal
han podido, no por debilidad, sino por mis principios. Si yo
hubiera sido el autor de las revoluciones que se me atribuyen
¿habría dejado vivos á mis enemigos en medio de estos tumultos en
que impunemente me podría haber descartado de ellos? Pero mis ideas
son enteramente contrarias á las que me suponen, y la obcecación de
mis enemigos es tanta, que ni la experiencia, ni el conocimiento de
su propia existencia los persuade. Yo abandonaré este suelo
querido, por quien he sacrificado mis más floridos años, mi
sosiego, mi subsistencia y hasta la de mis hijos, y
|
el
tiempo nos dirá lo demás. Te incluyo copia del oficio que acabo de
recibir de Antioquia, por lo que pueda influir en el asunto, y te
aseguro que si la variedad de opiniones por una misma causa nos ha
conducido hasta este extremo, en mi corazón permanecen los buenos
sentimientos que hacia tu persona tengo toda la vida.
Tu afectísimo, ANTONIO NARIÑO."
La anterior carta escrita el 19 de Diciembre no tuvo
contestación sino cuando Baraya se hallaba en Chía con el grueso de
su ejército el
|
28 de Diciembre. En esa respuesta, Baraya,
tomando también el lenguaje de su antigua amistad, le aconseja que
se desengañe, y que sin oír los votos de los cuatro bribones que le
rodean por sus personales intereses, tome un partido, que siendo
decoroso, dé el consuelo á los moradores de la afligida Santafé.
"......No puedo, dice, como tú lo sabes, separarme de las
instrucciones: éstas no son, como te lo aseguro bajo mi palabra de
honor, crueles ni sanguinarias,
|en el caso de entregarse
|esa ciudad discreción, Renuncia esa autoridad en manos de la
Representación Nacional, para quitar el principal motive del odio
público, escribe con la mayor brevedad al Congreso, entrégame
inmediatamente las armas, pertrechos y municiones, que tanta falta
hacen en nuestras fronteras, y saliendo de esa ciudad, vete á Tunja
á ponerte en manos de aquel Cuerpo, si desconfías de Ricaurte y de
mí. Este es el único partido que puedes abrazar en honor tuyo y
mío. De otro modo, esa ciudad va á padecer aflicciones que jamás me
prometí causarle, convenciéndose entonces los moradores de ella que
no es la codicia, el interés, la ostentación y la cobardía los
distintivos que me caracterizan................"
Eira mucho pedir, por cierto, á Nariño que se entregara
maniatado á enemigos que tanto envidiaban su influencia, sus
talentos y el amor que en Cundinamarca le tenían. Sin embargo quiso
poner á prueba su popularidad y "una mañana, leemos en las
|Memorias de un Abanderado, tocaron á formación en el
campamento de San Victorino y se presentó Nariño en su caballo,
recorrió las filas y leyó en alta voz las proposiciones de Baraya
que, entre otras cosas, exigía que nos rindiéramos á discreción y
que se entregase la persona del General Nariño. La tropa exclamó
entonces llena de indignación: ¡Primero la muerte que entregar á
nuestro General!" Nariño, en efecto, era el ídolo del
pueblo por su afabilidad y política, por su valor, y sobre todo por
la unión y concordia que acabada de establecer entre la Iglesia y
el clero. Nariño entusiasmado, arengó elocuentemente; y
|
concluyó diciendo que éramos invencibles."
|
(3)
Empero el Presidente no quiso abandonar todavía la idea de una
reconciliación que evitara la efusión de sangre entre hermanos. Es
cierto que el enemigo empezaba á rodear la ciudad, tomando los
caminos de Usaquén, Fontibón y Puente de Bosa, con el objeto de
impedir que llegaran alimentos á Santafé, á la cual pretendían
sitiar por hambre y seguían los rumores de que las tropas del Norte
venían sedientas de venganza y de sangre, pero él influyó para que
se enviasen comisionados á Baraya pidiendo á éste que accediera á
tener una entrevista con él. El General del Ejército del Congreso
Presentaba mil dificultades y exigía doscientos requisitos para
aceptarla, hasta que Nariño hastiado con ceremonias, que
consideraba inconducentes, monta en su caballo, rehusa la escolta
que deseaban darle y á galope y solo, avanza hasta el Cuartel
general de Usaquén y se dirige á la casa en donde sabía que se
hallaba Baraya. Al querer penetrar á ella se encuentra rodeado por
cien hombres armados y llevando dos piezas de artillería; éstos
procuran cerrarle el paso, pero él no hace caso de las bayonetas
caladas con que lo amenazan en el momento en que Baraya se presenta
en la puerta rodeado de su Estado Mayor. Nariño echó pie á tierra y
saludó á su antiguo amigo y después acérrimo enemigo, con un abrazo
que el otro tuvo que devolver. Baraya entonces se ve obligado á
tener con el Presidente una conferencia secreta, quien le ofrece
dimitir la Presidencia ante un nuevo Congreso que se convocara para
tratar las cuestiones pendientes de otra manera, le dice Nariño, no
era justo que un Jefe aclamado por el Estado de Cundinamarca
pudiera abandonar con honor el destino que desempeñaba á gusto de
los cundinamarqueses. Baraya que creía tener fácilmente nuevos
triunfos por las armas, pide empero una tregua pura contestar á los
ofrecimientos dije hacía Nariño y otra entrevista para dar una
definitiva respuesta. El Presidente comprendió que aquello que le
pedía no era sino con la intención de concluír el asedio de la
ciudad con mayor seguridad y descanso. Esto quitó á Nariño todas
esperanza de reconciliación y al volver á la capital escribió á
Baraya diciéndole que comprendía que la situación no tenía remedio
y que todo esfuerzo sería infructuoso.
Concluía la carta con estas palabras:
Envolvamos pues nuestra Patria en luto, va que así lo quieres, y
quizás te desengañarás de que nada hay más incierto que tus
pretendidos triunfos (
|los
|de Palo-blanco y
|Venta-quemada). Por mi parte jamás cerraré los oídos á la
razón, cuando me la propongas.......... Adiós, quizás para
siempre.
ANTONIO NARIÑO."
El día 30 recibió Nariño dos pliegos de Baraya en uno de los
cuales asegura éste que el Congreso no ha tenido á bien ceder á las
propuestas que se le hicieron de Parte del Gobierno que presidía
Nariño, y le intimaba que depusiera la autoridad, se someta á
reconocerlo como árbitro de sus destinos y entregue cuantas armas
tiene en su poder. El segundo oficio era de Baraya á Nariño, en el
cual le exigía con altanería que se entregase á discreción y
añadía: "En las manos de usted está hoy la suerte de esa
desgraciada ciudad y esta en parte la de las Provincias nuestras
hermanas; su contestación que aguardo inmediatamente, decidirá lo
que debe venir sobre Santafé, digna de mejor suerte, si un hijo
obstinado no la quisiere envolver en lágrimas y luto.''
Nariño entonces tienta un supremo recurso para evitar ese luto y
esas lágrimas con que la amenaza Baraya. Imbuído en historia romana
pretende imitar el episodio de Coriolano, el cual después de haber
rechazado las ofertas de Roma para evitar que entrara á ella su
sangre y fuego, se rindió á los ruegos de Vitaria, su madre, y
Volumnia su mujer. Pidió á las damas de Santafé que tenían sus
padres y sus maridos en el campamento opuesto, que escribiesen á
éstos exhortándolos á la paz. Entre otras lo hizo así doña Manuela
Barona, esposa del sabio Caldas que acompañaba entonces á Baraya;
suplicóle doña Manuela en nombre de un hijo que tenía y á quien
Caldas amaba tiernamente, que influyera en sus compañeros para que
abandonasen el proyecto parricida de atacar á la ciudad de Santafé
en
|
donde estaban esas prendas de su corazón.
Pero equivocado Caldas en la apreciación del carácter y
propósitos de Nariño, cree que realmente el Presidente es
sanguinario y vengativo y le escribe una carta en que le dice que
bien puede intimidar y degollará su mujer y su su hijo, pero que
sepa que ese acto no le hará á él (á Caldas) desmayar en su
propósito, y añade (ofuscado por los decires de los enemigos de
Nariño á quien pintaban como á un tigre feroz):
|La sangre
inocente que usted va á derramar por capricho, por obstinación
y por ceguedad, subirá al Cielo á pedir venganza contra los autores
de nuestros males; esta sangre cerrará nuestros corazones á la
piedad, y nada perdonaremos; la vida de una de nuestras mujeres
costará mil vidas. No crea usted que amenazarnos en vago;
amenazamos con justicia, con fuerzas, con superioridad.........
"
|
(4)
Hasta dónde se habían enardecido las pasiones contra sus
antiguos amigos en el pecho de los que amenazaban á Santafé, cuando
el sabio Caldas, tan amante de la justicia, de la moderación y de
la piedad así se expresa!
Hé aquí la contestación de Nariño, la cual por ser larga y
repetir en ella lo que tantas veces ya había dicho no reproducimos
íntegra:
"Campo de San Diego, 31 de Diciembre de 1812.
Señor don Francisco Caldas.
Muy señor mío: ya que usted, aunque con equivocación, se dirige
á mí en contestación á la carta de su mujer, quiero valerme de esta
ocasión para que salga usted de mil errores, en que un encono
infundado lo ha precipitado contra mí. No hay aquí sangre, ni
degüellos á sangre fría; yo soy siempre el mismo Nariño que usted
conoció en Fucha, mis principios no están en una imaginación
acalorada, sino grabados en mi corazón....
Vino su mujer de usted á mi casa y otras señoras, yo les hice la
pintura de los males que se iban ya á descargar sobre nosotros y
cómo ellas serían las primeras víctimas que unos maridos, unos
padres y unos hijos inhumanos iban á inmolar. Dígame usted de buena
fe: si el hambre apura ¿no será justo que el último pan sea para
los que nos causan el mal?.......... La guerra que hoy nos vamos á
hacer, en que morirán hasta las esperanzas de ser libres, está
reducida á estas precisas palabras:
|vamos á matarnos, porque
aunque Nariño nos concede cuanto queremos, no nos lo concede del
modo que queremos; es preciso vejarlo, ultrajarlo, para vengar
unos agravios que sólo han existido en nuestras imaginaciones, y
aunque el Reino y la libertad perezcan. ¿Qué tal? ¿No nos honrarán
estos sentimientos en todo el Universo? ¿No va el nombre americano
á adquirir un nuevo lustre con esta campaña de
pasiones
|?..........Pero si usted quiere que termine esta
guerra civil del modo más glorioso al nombre americano, contribuya
con su influjo á que deponiendo bajas pasiones, á que mirando las
cosas en grande y sin esa mezquina prevención, se acceda á mis
proposiciones y que vuelvan á abrazarse los hermanos, los esposos,
los padres los hijos, haciendo sentir á toda la naturaleza el
placer de haber terminado, con un rasgo de pluma, lo que
injustamente se iba á concluír á sangre y fuego
.........."
Al mismo tiempo, por la décima vez, escribía á los enviados por
el Congreso de Tunja concluyeran esa guerra fratricida convocando
un nuevo Colegio Electoral para que hiciese las elecciones
constitucionales y la de
|
Presidente, que este Colegio,
autorizado por el Congreso, revisase el Acta Federal y entretanto
marchasen las tropas que tenía el Congreso para Cúcuta y las de
Cundinamarca para el Cauca. Que esto era lo más importan te y
urgente.
Tampoco admitió Baraya aquellas proposiciones.
Sin duda ya Caldas, en vista de la juiciosa carta de Nariño
había comprendido que éste no era el tigre sediento de sangre que
le habían pintado, pues dice el historiador Groot que improbó á
Baraya que no accediese á los arreglos que proponía el Presidente
de Cundinamarca.
Al empezar el mes de Enero, los santafereños, que ya estaban
bastante asustados con la perspectiva de un combate en las calles
de la ciudad, se aterraron muchísimo cuando se supo que el
destacamento que había situado Nariño en Monserrate había sido
atacado, derrotado, tomadas sus armas y pertrechos por Atanasio
Girardot, y que desde allí dominaba completamente la población.
''Semejante suceso (leemos en un documento oficial) difundió el
llanto, la consternación y el dolor en los habitantes de Santafé.
Estos creían su suerte en manos del enemigo, cuyas intenciones se
sabía eran las más sanguinarias, y el abatimiento, la tibieza y la
cobardía se apoderaron de los ánimos de la mayor parte de las
personas del pueblo aún de muchas de las tropas, en términos de
mirar como imposible la victoria, sin que ni las persuaciones de
algunos hombres de valor, que sabían muy bien la variedad de los
sucesos de la guerra, ni el interés por sus propias vidas, ni la
superioridad de nuestras fuerzas, que en nada se habían disminuido,
fuesen bastante para sacarlas de la apatía y desaliento en que
habían caído. Tanto el soldado como el paisano abandonan el puesto
que se les había encomendado, dejándolo á la merced del enemigo; ni
el uno ni el otro oyen las órdenes de los Jefes; los campamentos se
vieron aquella noche desamparados, por decirlo así, pues apenas los
custodiaban algunos soldados y oficiales en la ciudad se advertía
el más profundo silencio, y á esa alarma y bullicio continuo en que
había estado los días anteriores, habían sucedido la calma y el
sosiego y sus habitantes parece que temían hasta el respirar, y que
sólo deseaban esconderse en el seno de la tierra para poder allí
desahogar el dolor y sentimientos que el miedo los hacía
reprimir.''
En tan angustiosas circunstancias vino
|
el patriotismo del
clero y el de Nariño á sobreponerse al susto general de los
cándidos santafereños, los cuales jamás habían presenciado una
guerra ni habían olido el humo de la pólvora, sino durante las
fiestas religiosas y
|
las civiles en los últimos años.
El clero apeló á la religiosidad de la población asegurándole
que si ponían fe en Dios se verían con seguridad libres de
peligros.
"Se empezaron las rogativas en las iglesias, dice el
señor Groot, con gran concurso de gente. Se hacían exhortaciones á
la penitencia para que se lograse el triunfo de la causa en que
estaba interesada la religión, de la cual se quiso hacer enemigo al
Congreso, no obstante haberse instalado haciendo solemne profesión
de la fe católica y bajo los auspicios de María Santísima, y en lo
cual había procedido con la misma política de Nariño; pero algunas
providencias imprudentes que después escandalizaron y dieron qué
decir, proporcionaron á sus enemigos a ocasión para desacreditarlo
en este sentido, haciendo creer á las gentes religiosas que iba á
destruir la religión, lo que estaba muy lejos de aquellos hombres
por más que la moda filosófica los dominara.''
|
(5)
Nariño se aprovechó de esto: nombró Generalísimo de las tropas
de Cundinamarca nada menos que á Jesús Nazareno, y Sacaron la
imagen de San Agustín adornada con la escarapela del Gobierno de
Cundinamarca se repartieron divisas con el nombre de JHS á cuantos
llevaban armas ; Nariño llevó al campamento de San Diego á dos de
sus hijas con divisas militares, y una de ellas, para manifestar su
denuedo, aplicó el botafuego al cañón.
Pero fuera de estas cosas que hacía para relevar el espíritu
público, envió por vías extraviadas un cuerpo de doscientos hombres
á mando de un francés, Coronel de ingenieros, Antonio Bailly, á
sorprender al destacamento enemigo que había en Usaquén, y al mismo
tiempo suplantó ó fingió una carta de Baraya para Girardot (que
estaba en Monserrate) mandándole que permaneciera en aquel sitio,
sin moverse hasta nueva orden.
Ambos estratagemas produjeron excelente efecto; Bailly derrotó é
hizo prisioneros á casi todos los que se hallaban en Usaquén y
además se presentó en el campamento de San Diego al siguiente día
llevando en carros los pertrechos y las armas, junto con los
cautivos que había hecho al enemigo, sin que por su lado hubiese
tenido ninguna baja.
Este pequeño triunfo quitó todo temor á los santafereños, los
cuales victoriaron á los vencedores como si hubiesen sido unos
héroes, y no hubo quien no se presentase de nuevo en los
campamentos á pedir un puesto entre los defensores. Los hombres
tomaban las armas con entusiasmo, las mujeres de todas las
categorías sociales los visitaban llevándoles alimentos, ropas y
sobre todo voces de aliento.
Nariño no temía que Girardot bajase de Monserrate y sorprendiese
la ciudad por el Oriente, puesto que no había duda que obedecería á
la supuesta orden de su Jefe; así fué que concentró sus pocas
fuerzas en San Victorino y San Diego.
Estando en esta espectativa supieron que el enemigo se movía y
que una parte estaba en Fontibón, y el día 9 de Enero (de 1813) los
campamentos de San Victorino y San Diego estaban con el arma al
hombro desde las cuatro de la mañana esperando el ataque.
Baraya tenía bajo su mando más de tres mil hombres bien armados,
en gran parte con las armas que habían arrebatado al Estado de
Cundinamarca, mientras que Nariño no tenía armas sino para poco más
de mil hombres. Cuando clareó el día el enemigo se hallaba ya en la
Estanzuela, Huerta de Jaime y puente de San Victorino. A las cinco
y media de la mariana se rompe el fuego por una y otra parte.
"El enemigo (leemos en el documento antes citado)
atrincherado con las paredes de las casas y solares, que desde el
principio se habían apoderado y favorecido por la multitud, pelea
con ventajas excesivas (los nariñistas que estaban en aquellos
puntos no pasaban de 330 combatientes). Sólo el increíble valor de
nuestras tropas que despreciando muchas balas que aquél les enviaba
presenta á éllas el pecho en campo raso sin buscar trinchera que
los defienda y atendiendo no á su propia conservación sino á librar
á sus hermanos conciudadanos de los espantosos males que se les
preparaban, puede sostenerse una acción tan desigual. Dos veces
aquel numeroso ejército es rechazado por nuestros pocos
combatientes y otras tantas avanza de nuevo; pero siempre halla una
vigorosa resistencia y el que intrépido pretende contrarrestarla
encuentra en la muerte el justo castigo de su osadía.
....."Desde el Presidente del Estado que sufrió en el
campo de batalla con sus tiernas hijas el sitio y el ataque, hasta
el ínfimo recluta, todos llenaron sus misiones con la última
perfección: los Jefes comunicando las órdenes más oportunas y
obrando en muchos casos por sí mismos y los subalternos
ejecutándolas con la mayor puntualidad y acierto. Es verdad que la
mayor parte de nuestras tropas, como se ha dicho, no entró en
acción..... pero se mantuvieron firmes, defendiendo los puestos que
se les había confiado, dando con esto una prueba de su valor no
menos heroico que el de los que batieron al enemigo..... En el
momento en que las tropas de la Unión comienzan su vergonzosa fuga,
el clarín toca á degüello, y los nuestros, con la velocidad del
rayo, se arrojan sobre éllas, las acaban de destrozar y de poner en
confusión y desorden, se apoderan de una considerable parte de su
artillería, de sus municiones y de más pertrechos, hacen rendirse
al que aún resiste, cojen multitud de prisioneros y proclaman la
victoria..... El bello sexo no quiso quedar sin parte en esta
gloriosa batalla; las valerosas cundinamarquesas, que en nuestra
transformación política dieron tántas pruebas de patriotismo y de
amor á la libertad, no se distinguieron menos en esta ocasión:
éllas, despreciando la muerte y olvidándose de su natural
delicadeza, son las primeras que con espíritu verdaderamente
varonil, se apoderan de algunos cajones de pertrechos que eh
enemigo tenía hacia la Estauzuela; los conducen en hombros hasta
nuestro campamento, toman un pedrero y lo traen del mismo modo
hasta el Cuartel de Milicias, situado en la Plaza Mayor, despojan
de las armas á varios de los soldados y poniéndoles cuchillos al
pecho, los obligan á rendirse y darse prisioneros y hacen, en fin,
otras varias acciones dignas de eterna memoria, abatiendo así el
orgullo y la soberbia con que pocos días antes las tropas enemigas
habían tratado á las nuestras en el punto de
Monserrate."
Tan seguros estaban los congresistas del triunfo, que éstos así
como los hombres más importantes del Gobierno llamado de La Unión,
iban sin recelo entre las tropas y algunos se habían quedado en
Fontibón. Allí los cundinamarqueses hicieron prisioneros al
Gobernador don Juan Nepomuceno Niño y á varios Diputados que se
habían quedado atrás aguardando la hora de entrar victoriosos á
Santafé.
En el combate cayeron prisioneros los futuros Generales
Santander y Rafael Urdaneta y otra multitud de Oficiales, la mayor
parte de los cuales fueron después grandes patriotas que dieron su
sangre por la Independencia, y que habían hecho, sus primeras armas
en esa guerra civil, la cual engendró miles más que desde entonces
han despedazado el seno de la patria. Así combatían en las entrañas
de su madre antes de nacer, Rómulo y Remo, los fundadores de
Roma.
|
(1)
|
Esta idea, sin dudo, debió de tener
eco en algunos
|corazones cándidamente generosos de Santafé y
en algunos espíritus nutridos en las crónicas de la Edad Media. En
prueba de ello refiere Vergara y Vergara que don Manuel del Socorro
|Rodríguez, cubano literato que había abrazado la causa de la
Independencia, elevó un memorial al Presidente, pidiendo que se
ahorrara la sangre de los hijos de una ciudad que tanto amaba y que
se ofrecía él como campeón de Santafé para lidiar cuerpo á cuerpo
con Baraya. El Secretario de Relaciones Exteriores, don Felipe de
Vergara, substanció el memorial (añade Vergara y
|
Vergara)
así: "Admítese el desafío que propone este nuevo púgil,
pero con la condición de que en la lucha no ha de haber
zancadilla.''
(
|Historia de la Literatura,
ya citada, página 426).
|
|
(2)
|
Después Arzobispo de Bogotá. Murió en 1833.
|
|
(3)
|
|Historia de la Literatura, página 29
|.
|
|
(4)
|
|El Precursor, página 383.
|
|
(5)
|
|Historia de la Literatura, tomo 2º, página 340.
|