La posición estratégica continental de la Nueva Granada fue señalada por Pascual de Enrile en junio de 1817 en su exposición a la Junta de Indias, Madrid. Enrile afirmaba (47): “Aunque hubiera exceso de tropas en Santa Fe, es el camino natural para enviar al Perú, no solo para su seguridad, sino también para la de Chile, aumentar el ejército de Buenos Aires y atacar a Montevideo”. “Lo que en Santa Fe se encuentra —continuaba— es reserva para el Perú y aun para Guatemala y Acapulco. . . “. La privilegiada situación estratégica del Nuevo Reino no se ocultaba a la Junta de Indias, cuando después de serias discusiones se ordenó dirigir el Ejército Expedicionario no hacia el sur sino a la Tierra Firme (48). Tampoco a Morillo quien el 31 de mayo de 1816 escribía desde Bogotá al Secretario de Guerra que si se le enviasen suficientes tropas, “entonces las tropas del Rey, —y—- Numancia podrán pasar en número de 4.000 al Perú o México, embarcándolas en el Mar del Sur” (49). El 31 de agosto del mismo año consideraba: “Este Virreinato, como el centro de operaciones, es el que ha de dar tropas para lo que en sucesivo se mande para el Perú y México. . . “. Por sus puertos —declaraba— pueden embarcarse tropas “los más distantes, en menos de 20 días” (50). Señalaba que desde Buenaventura pueden enviarse refuerzos a Panamá o a Guayaquil con gran facilidad (51). Refiriéndose a la posición clave del Nuevo Reino de Granada y al nombramiento de un virrey, decía: “Hay que escoger para este punto uno que no vea solo el corto circulo de su casa” (52).

     ¿ Habíase ocultado a Bolívar esta situación estratégica del Nuevo Reino que preveían las autoridades españolas? ¿ Consideraba la liberación de la Nueva Granada como una acción local con el fin de obtener recursos destinados a libertar Venezuela, o si el Libertador desde un principio lo contemplaba corno punto de partida para la reconquista de todo el continente?

     A mi modo de ver, el deseo de presentar a Bolívar como un ser perfecto, que nace como héroe y muere como tal, ha oscurecido mucho la historia de ese hombre que se destaca no por sus variables éxitos militares, sus frecuentes equivocaciones para juzgar una situación, o por sus cambiantes y contradictorios pronunciamientos políticos, que recorren toda la escala ideológica desde la democracia republicana hasta el despotismo (53), sino por su concepto de América, la Grande.

     En Europa Bolívar era un “dandy”, un joven rico dueño de haciendas y esclavos, preocupado por conservar su posición económica y social. Con mentalidad conservadora, reacio a cualquier convulsión social que amenazara sus bienes y posición, Bolívar no podía simpatizar con la lucha por la libertad que se estaba gestando en América. Prueba fidedigna de esta mentalidad no es solo su vida despreocupada en Europa, sino la carta que el 23 de junio de 1806 dirigiera desde París a Alexander Dehollain y que en todos los epistolarios bolivarianos aparece en francés (!) pero que traducida dice: “Todas las noticias que nos vienen sobre la expedición de Miranda son bien tristes, pues se dice que tiene el proyecto de sublevar el país, lo que puede producir un gran mal a los habitantes de las colonias. Sin embargo, quisiera estar allí, pues mi presencia en el país, me podría evitar muchos perjuicios”. Se lamenta no poder viajar por falta de recursos (54).

     Vuelto a Venezuela, Bolívar tiene algunas desaveniencias con las autoridades españolas por razones netamente personales y, como la mayoría de los miembros de su clase, los mantuanos, se une al movimiento general oposicionista a las Cortes de Cádiz. Es un hombre del momento, patriota como cualquier otro y luego un militar que no desaprovecha las conexiones que sus familiares mantenían con las autoridades realistas, cuando se ve en apuros. Sus manejos —como en el caso de Miranda— hacen incluso sospechosa su entereza moral.

     Fracasado el intento de desalojar a los españoles de Venezuela, Bolívar se dirige a la Nueva Granada. Allí se inmiscuye en asuntos políticos internos, aprovecha las divergencias partidistas para lograr una posición militar destacada, y luego se embarca en Cartagena para las Antillas, ante la dificultad de organizar una expedición contra los españoles que han confiscado sus bienes y oprimen su patria. Hasta aquí la época patriótica. de Bolívar, en la cual —así como sucede en el caso de muchos patriotas— los intereses personales se entremezclan con los del país, y es difícil saber cuáles son los que prevalecen. La Nueva Granada juega el papel de un pariente rico, que podría ayudar a un pariente pobre; lo que no quiere decir que Bolívar no ha comprendido que la suerte de ambos países estaban ínti­mamente ligadas (55).

     Es en las Antillas donde el exilado político se convierte en el futuro de Bolívar. Es allí como desde una ventana, se le abre un nuevo horizonte: América como tal, en su contexto mundial, europeo y español. Es allí donde se forma también el Bolívar intelectual que se interesa por la historia de la Conquista, la del Perú, la de México, o el problema de los indios durante el régimen colonial. Sin necesidad de analizar o aceptar sus conceptos políticos, podemos observar que en sus escritos y publicaciones, no trata ya de asuntos específicos relacionados con su Patria chica ni con los de la Nueva Granada, que son accidentes dentro del problema total de la América Española. Ya no es patriota en el sentido local de la palabra, ni venezolano ni granadino. Su lucha se orienta hacia la Independencia de América como tal y refleja una nueva visión, la panamericana. Al Presidente de las Provincias Unidas habla de triunfos obtenidos por los revolucionarios de México, Quito, Chile, Buenos Aires (56), como si a estos patriotas, encerrados en su localismo y ocupados con enconadas pugnas partidistas, regionales o personales, les podría conmover la situación de las lejanas tierras. Con aguda perspicacia observa la cada día creciente oposición a Fernando VII en la España misma; cosa que favorecía a toda América. En su proclama a los españoles americanos del 31 de julio de 1817 les dice: “Vuestra península, vuestros propios hermanos combaten en el día contra el ingrato e imbécil Fernando” (57). Y el 15 de agosto: “La España que aflige a Fernando con su dominio exterminador, toca a su término... La catástrofe más espantosa vuela rápidamente sobre España” (58). “¿Qué demencia de la nuestra enemiga —diría en la célebre carta de Jamaica— pretender reconquistar la América, sin marina, sin tesoro y casi sin soldados, pues los que tiene, apenas son bastantes para retener su propio pueblo en una violenta obediencia?”. ¡No se trata de una propaganda barata! Bolívar habla con conocimiento de causa, explicando a los americanos la efervecencia política que reinaba en España y la consiguiente debilidad de su gobierno; debilidad tan favorable a la causa de América. (59). Anuncia las divergencias surgidas entre Estados Unidos y España que pronosticaban una guerra; otra situación favorable a la Independencia (60). Hace ver a los países europeos las ventajas que esta última aportaría a su desenvolvimiento económico, político y social. Defiende lo mismo a Venezuela, Nueva Granada, Perú o Buenos Aires de las acusaciones de quienes dudaban de la madurez de las colonias para regirse a sí mismas, respecto a las rencillas que surgían casi simultáneamente con la frágil independencia, entre esos caudillos revolucionarios que no veían más allá de sus patrias, regiones o personas. Trata de combatir el complejo de inferioridad que sienten los americanos frente al español peninsular, explicando sus causas históricas y sociales (61). Y ciertamente, me parece que Bolívar fue el único líder revolucionario de la época, que se sitúa en el teatro panamericano. La pastoral del Obispo de Cartagena (Documento Nº 85) lo tilda de “rey danzante, sin hogar ni casa”. “Sin hogar ni casa”, esto era Bolívar después de su conversión de un patriota en un americano, a secas.

    Hasta donde tal conversión obedecía a sus viajes a Europa, a la influencia de las guerras paneuropeas de Napoleón, a los conocimientos de la esencia universal de la revolución francesa de 1789, a su exilio en las Antillas distanciándose del patriotismo localista impuesto por esos caudillos enanos de la revolución americana, que necesitaban más de un siglo para dirimir rencillas hogareñas —y que en parte se hallan aun en ese proceso—, no cabe investigar en este lugar. Lo cierto es que Bolívar desembarcado después de su exilio era un Bolívar nuevo. El 4 de julio de 1817 declaraba que después de Guayana libertará a Venezuela, Nuevo Reino, Quito y el Perú. ¡Medio continente, cuando apenas contaba con la precaria posesión de las bocas del Orinoco! Su amanuense lo creía loco (62) y loco debieron creerle todos sus compañeros venezolanos encasillados en su espíritu lugareño. Así también le debieron creer los granadinos cuando el 24 de agosto de 1819 declaraba: “Soldados, por el norte y el sur de esta mitad del mundo (Oiganlo bien: mitad del mundo americano —es la Nueva Granada), derramais la libertad... El opulento Perú será cubierto a la vez por las banderas venezolanas, granadinas, argentinas y chilenas” (63). Y lo mismo debía sentir Santander, cuando leía su carta del 14 de noviembre de aquel año, en la que Bolívar decía: “Yo traeré cuanto hay de traer... (de Venezuela), porque estoy resuelto a despedirme de Venezuela en este verano para ir a morir a Chile, Buenos Aires o Lima” (64). ¡No era al huero romanticismo al que se debían estas frases, aunque exhaltadas y ribombantes de acuerdo con el estilo de la época! Pues a diferencia de sus compañeros, Bolívar era de la condición que Morillo reclamaba para el virrey del Reino de Granada: él no era quien veía el corto círculo de su casa”, como si lo veían otros caudillos de la hueste libertadora, ocasionando con sus pugnas una inútil prolongación de la guerra con España y las guerras civiles subsiguientes, que tanto contribuyeron al subdesarrollo político, social, económico y cultural de nuestros países latinoamericanos.

     La idea de Bolívar de ser la Nueva Granada “el centro del mundo”, es decir, centro estratégico, punto de partida para la reconquista del continente, explica por qué desvió su expedición, dirigiéndose a Santafé y abandonando Venezuela sin permiso del Congreso. La interpretación de Lecuna (65) de que lo hizo movido por la gratitud hacia los granadinos en compensación del apoyo recibido por Venezuela en su lucha por la independencia, no parece estar conforme con los hechos, pues el resultado de tal campaña no pudo ser previsto. El 12 de marzo de 1819 Bolívar escribía a Santander que no penetre al Reino sin antes conocer el resultado de su campaña contra Morillo (66). Tampoco creemos acertada la causa aducida por Lecuna de que Bolívar quiso verse libre de la “tutela” de Páez. Ningún documento comprueba esa “tutela”. En el caso de Páez se trataba simplemente de un subordinado rebelde al General en Jefe, mas nominal —según lo declaraba Barreiro— (67) que efectivo. La intención de recuperar la Nueva Granada data de tiempos atrás. El 26 de mayo Bolívar escribía a Zea: “Hace mucho tiempo que estoy meditando esta empresa” (68). La decisión de Bolívar a desviar sus tropas a Casanare y dar un golpe decisivo al gobierno de Santafé era, pues, premeditado y el momento parecía propicio. Había recibido el informe de Santander sobre el fracaso de la expedición de Barreiro a Casanare durante el mes de abril (69). La debilidad del ejército realista era patente (70). Incluír Casanare en el frente efectivo de la lucha, extendía enormemente el frente de batalla (“Desde la Salina de Chita en la cordillera de Casanare a la provincia de Barcelona” —escribía alarmado Morillo al Secretario de Guerra el 2 de julio de 1819. También jugó el papel el elemento de sorpresa.

  “Espero —escribía Bolívar a Zea en la carta arriba citada— que —la empresa— sorprendería a todos, porque nadie está preparado para oponérsela”.

 

Los cálculos de Bolívar no fallaron. En pocas semanas caía Santafé en manos del ejército patriota y “el centro del mundo”, la Nueva Granada, se convertía en el punto de partida para la reconquista de medio continente.

 

Bogotá, junio de 1969.

JUAN FRIEDE

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        (47)   Véase: Friede, Juan. España y la Independencia de América. Publ. en Boletín Cultural y Bibliográfico. Vol.                      VIII, Nº 10, Bogotá, 1965.

       (48)    Ibid., págs. 1680-1681.

(49)   Rodríguez , Tomo III, pág. 167.

       (50)   Ibid., pág. 191.

       (51)   Ibid., pág. 194.

       (52)   Ibid., pág. 195.

(53)        La inconsistencia de las ideas políticas de Bolívar se observa ya desde el comienzo de

sus actividades. En el discurso de Angostura (Proclamas, pág. 202), exclamaba: “El amor a la Patria, el amor a las Leyes, el amor a los magistrados, son las nobles pasiones que deben absorber exclusivamente el alma de un republicano”. Y unos meses después (Crónica, pág. 345) : “Es preciso que el gobierno se identifique, por decirlo así, al carácter de las circunstancias, de los tiempos y de los hombres que lo rodean. Si estos son prósperos y serenos, él debe ser dulce y protector. Pero si son calamitosos y turbulentos, él debe mostrarse terrible y armarse de una firmeza igual a los peligros, sin atender a leyes ni constituciones, interin no se restablecen la felicidad y la paz”.

       (54)   Obras, Tomo I, pág. 25.

(55)    Proclama de 15 de diciembre de 1812. (Véase: Proclamas, página 11).

(56)    Simón Bolívar. Ideas políticas y militares (1812-1830). Selección y prólogo de Vicente Lecuna, Tomo I., Buenos Aires, 1945 pág. 75.

(57)    Proclamas, pág. 159.

(58)       Ibid., pág. 189.

(59)        Véase la serie “España y la Independencia”, publ. por el autor en el “Boletín Bibliográfico

y Cultural”, Bogotá, comenzando con el Vol. VIII, Nº 11, 1965.

(60)    Obras, Tomo I, págs. 186, 303, 310.

(61)    Ibid., Tomo I, pág. 211.

       (62)   Crónica, pág. 48.

(63)      Proclamas, pág. 239.

(64)      Obras, Tomo I, pág. 401.

(65)      Crónica, págs. 232-233.

(66)    Crónica, pág. 259. Esta campaña había fracasado.

(67)    Véase cap. I.

(68)       Crónica, pág. 310.

(69)      Crónica, pág. 300.

(70)       Carta de Bolívar a Páez, el 19 de agosto de 1818. (Crónica, pá­gina 233).

 

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