INTRODUCCIÓN

 CAPITULO II

EL NUEVO REINO DE GRANADA Y SUS PACIFICADORES

 

Cuando la conversación del comodoro Perry con el vicepresidente Francisco Antonio Zea tocó el Nuevo Reino, este le comunicaba que “la provincia de la Nueva Granada estaba en un estado de rebelión”. Este ambiente de descontento general subversivo, después de haber sufrido los despóticos gobiernos de Morillo y Sámano, lo confirmaba el fiscal Agustín de Lopétedi, cuando escribía al rey —en tercera persona— (Documento Nš 120): “Desde que puso el pie en el puerto de Santa Marta —en febrero de 1819— descubrió el descontento de los habitantes, la ruina de la agricultura, el atraso del comercio, el desorden de las rutas, la miseria general... Los pueblos disgustados con los espectáculos numerosos y frecuentes de sangre..., con ver salir a otros infinitos aherrojados para los presidios u obras públicas..., con la contribución permanente de raciones, de empréstitos forzosos. . .“, etc. El efecto de tal situación fue, dice, “el retiro a los bosques y la formación de partidas de salteadores que, o robaban los pueblos y haciendas o pasaban a los Llanos de Casanare, a ofrecer sus brazos y su desesperación a los cuerpos que allí han alimentado y fomentado el fuego de la insurrección...”.

  “En estas circunstancias —continúa— Bolívar, caudillo de los insurgentes de Venezuela, contando seguramente con el descontento de los pueblos del Reino, meditó invadirlo y lo efectuó en el mes de julio de este año...”

     No menos claro se expresaba el gobernador de Cartagena, Gabriel de Torres (Documento Nš 124-A): “La pérdida del Nuevo Reino de Granada -escribía— se entreveía a través de la opresión de los pueblos, de la ninguna protección que se les dispensaba y de las contribuciones superiores a sus fuerzas con que se les gravaba”. Y concluía: “Todas estas causas han hecho desaparecer la tercera división del ejército expedicionario...”

     A estas causas económicas y políticas atribuían Lopétedi y Torres la derrota española. No así los militares, a cuyo cargo estaba la pacificación del Reino. Morillo admite la “disposición, sentimientos y opinión general de los habitantes” adversos a España (15). Sin embargo, la mente simplista del militar no se preocupa de analizar las causas de tal situación. El jefe español no comprendía el papel histórico que juega el pueblo que en el último término define el resultado. Morillo no saca las consecuencias del insólito hecho que él mismo comunica al Secretario de Guerra cuando dice: “Solo un jefe insurgente basta para reunir fuerzas muy considerables, como en estas provincias lo han hecho Mariño en Cumaná y costa de Guiría, Piar en la provincia de Barcelona y en Guayana, McGregor en Ocumare y Chaguaramas y otros muchos, que, desembarcados solos en las colonias, han levantado grandes masas de insurgentes.. .“ (16). Para un Morillo, Enrile o Sámano, el movimiento independista, su éxito o derrota, era cuestión del número de los soldados españoles. Ya a raíz de la caída de Cartagena en 1816, pedía Morillo tropas desde España y el 8 de mayo de 1817 llamaba la atención del Secretario de Guerra sobre el peligro de que en la 3Š división solo militaban pocos oficiales y sargentos españoles, mientras que los soldados eran todos criollos y no había “ninguna fuerza española que los sostenga” (17). El 1š de noviembre del mismo año ofrecía un plan de la ocupación militar del Reino con tropas españolas (18). El 12 de mayo de 1819 insistía en el peligro “que todo se halla guarnecido hasta Quito por tropas americanas, cuya confianza en estas ocasiones se sabe hasta qué punto puede llegar” (19). El 2 de julio del mismo año expresaba su intranquilidad de que la división de Barreiro no “estuviese contrapesada con algún número de europeos”. El virreinato de Santa Fe —continuaba— necesita alguna guarnición europea “y yo no puedo enviársela en mi situación actual” (20). Para esos militares solo cuentan las bayonetas. Con ellas creen poder tener en jaque indefinidamente a todo un pueblo; idea cuya falsedad podemos observar a lo largo de la historia e incluso actualmente. El empleo de la violencia solo aplaza la solución de un problema candente, pero no puede liquidarlo mientras siguen persistiendo las condiciones que lo han originado. Es cierto que si España hubiese podido enviar grandes contingentes armados a la Tierra Firme, la Independencia hubiera sido postergada. Pero el movimiento mismo nunca hubiera cesado, al persistir el sistema de coloniaje que lo originó. Con razón declaraba Bolívar en su célebre carta de Jamaica: “Y suponiendo que se lograra su pacificación, ŋno volverán a formarse dentro de veinte años los mismos patrióticos designios que ahora se están combatiendo?”.

     Fue la cerrada mente de ese grupo militar la que precipitó la Independencia; una incomprensión no solo del movimiento independista de la América Española y su carácter eminentemente popular —aunque no fue el pueblo el que lo capitalizó—, sino también de la situación en que estaba su propia patria, con su extemporáneo, atrasado y despótico gobierno, su economía sub­desarrollada, la situación internacional precaria, pueblo empobrecido por la pasada guerra napoleónica y una tensión social y política, que a la postre desembocó en la revolución de Riego en 1820 y que preveía Bolívar, como se desprende de la citada carta de Jamaica y de otras proclamas (21). Esa España no pudo ayudar a su ejército de Ultramar. En vano describía Mo­rillo la insostenible situación, en vano pedía una y otra vez el envío de refuerzos de tropas, buques y armas. Al no recibirlos, tuvo que entregar el país a las fuerzas patriotas.

* * *

La precaria situación de la Metrópoli se refleja en la falta de entusiasmo por parte de las autoridades en apoyar a Morillo. La propuesta para erigir una dictadura militar centralizada (22), era inoperante cuando faltaban buenas vías de comunicación entre provincias que vivían su propia vida. “Dividir para gobernar” era la divisa de todos los gobiernos imperialistas desde la época romana. A fines del siglo XVIII la América Española estaba dividida en regiones con intereses más locales que generales y esta situación impedía la coordinación entre los distintos jefes realistas: Morillo se negó enviar una parte de sus tropas al Perú, considerando más importante la reconquista de Cartagena (Documento Nš 1). Sámano pedía inútilmente auxilio a México (Documento Nš 116). Torres, gobernador de Cartagena, lo mismo a Cuba, con igual resultado (Documento Nš 113). Panamá pedía auxilio de la flota peruana, sin lograrlo (Documento Nš 115). Morillo no encontraba apoyo en las autoridades venezolanas. “Nadie —escribía— ha secundado mis deseos, y cuantas reclamaciones he hecho para recibir los auxilios, fueron vanas...”. “Se vive, dice, con la misma tranquilidad que en tiempos pacíficos, guardando todo un orden de lentitud y pereza que es incompatible con la guerra”. No pudo lograr la formación de una caballería para combatir a Páez, “porque dependiendo como estoy del superintendente, del capitán general y hasta del último administrador de la real hacienda... resulta que ningún auxilio se me ha suministrado”. Encontró una oposición para formar regimientos de esclavos, por las dificultades que oponían los dueños. No pudo reunir una cantidad de mulas, “a pesar de la numerosa extracción que se hace de dichas caballerías para el extranjero”. (Documento Nš 2).

     No se trataba de sabotaje, por cuanto las costas del Caribe eran generalmente realistas, debido a sus conecciones directas con España y al lucrativo negocio de contrabando, floreciente bajo el dominio español. La causa fue la inveterada política española que, pese a los 300 años de dominación, no se esforzó de crear un lazo de unión económica entre las diversas regiones de su vasto imperio colonial. La noticia de la supuesta derrota en Calabozo, escribía Morillo, “fue bastante para trastornar las provincias y que los jueces, las autoridades, los empleados de la hacienda, todo el mundo abandonase sus puestos y emigrase cobardemente” (Documento Nš 2). Por dos veces pidió ser relevado del puesto del mando supremo. (Documentos Nos. 1 y 2) (23).

     Andando el tiempo se agravó la situación del Ejército Expedicionario. Con la ocupación de Guayana y sin posibilidades de recuperarla por falta de una escuadra para bloquear el Orinoco, se abrió a los patriotas una puerta por donde afluían constantemente refuerzos del exterior, especialmente de Inglaterra, lo que indignaba a Morillo. Inglaterra, dice, supuesta amiga de España, enviaba aventureros, “que toman parte activa en las banderas revolucionarias entre hordas de asesinos” (24). Corsarios, con o sin patentes del gobierno de Angostura, recorrían impunemente el Caribe, hostilizando a cualquier barco español o contratado por España, tomándolo como “buena presa” (25). “Destruidos los corsarios, —se quejaba Morillo al Secretario de Guerra el 22 de agosto de 1818— jamás se hubiera verificado el desembarco de Bolívar, la ocupación de Guayana ni la multitud de, sucesos desgraciados de que está Vuestra Excelencia instruido... (26)”. La lejana Guayana, tan descuidada por España, le resultó fatal para la reconquista de toda la Tierra Firme. Con razón escribía Bolívar al Marqués de Toro: “Esta provincia —Guayana— es un punto capital. Tomamos la espalda al enemigo desde aquí hasta Santa Fe y poseemos un inmenso territorio en una y otra rivera del Orinoco, Apure, Meta y Arauca.. .“ (27).

     Morillo había previsto ya en 1816 que “la ocupación de Guayana llevará la pérdida de Caracas y Santa Fe” (28). Ahora, en 1818, escribía: “He conseguido detener por algún tiempo las ventajas del enemigo. Pero ŋcómo oponerse al torrente de circunstancias que por todas partes favorece la causa de estos desleales? ŋCómo oponerse con las débiles fuerzas del ejército expedicionario a tantas irrupciones ?“ (29).

     La ida de Bolívar a Casanare y su reunión con Santander hace preveer a Morillo el peligro en que se encuentra la Nueva Granada (30):

     “Este insurgente —Santander— llegó desde Guayana al Casanare con un considerable parque de armas y municiones y ha organizado en pocos días una fuerza de 1.500 fusileros y más de 1.200 caballos, introduciendo por la cordillera algunas partidas para insurreccionar los pueblos y facilitar fusiles y cartuchos a los descontentos... Trajo también muchos oficiales ingleses (31) y franceses y cuadros de sargentos y cabos que se le aumentaron con las nuevas expediciones de extranjeros, recibiendo este y otros auxilios por la fácil comunicación que tienen con Guayana y Angostura, por el Casanare, Meta y Orinoco”.

      “En esta situación, Excelentísimo Señor, —continuaba—, la más crítica y apurada en que jamás se ha visto el Ejército Expedicionario de Costa Firme, no puedo menos de dirigirme a Vuestra Excelencia para llamar su alta consideración sobre los inminentes peligros que amenazan la seguridad y conservación de estas posesiones en la obediencia del Rey, nuestro señor... La provincia de Guayana y todos los llanos del interior dominados por los rebeldes; en Margarita una fuerte expedición para desembarcar en estas costas; la plaza de Cumaná hostilizada continuamente por el traidor Bermúdez...; la Nueva Granada invadida por la cordillera de Chita; Bolívar, animado con estos sucesos, dirigiéndose allá con fuerzas respetables; la provincia del Socorro llena de grupos numerosos de enemigos; la escuadrilla de los insurgentes dominando estos mares. ŋCómo acudir a tantos países en distancias tan considerables, sin marina, sin caudales y con los pocos restos de soldados expedicionarios que han sobrevivido a los combates y a las fatigas de la guerra en este clima?... Cualquiera que conozca la situación topográfica de estas provincias y del Reino, que sepa que los rebeldes tienen la navegación libre del Orinoco, Meta y Casanare, que dominan a Guayana y los Llanos, que tienen un ejército en Chire, partidas en el interior de la montaña, podrá formar una idea del peligro inminente que amenaza a estas posesiones y sus funestas consecuencias a todas las del Rey, nuestro señor, en Améri­ca” (32).

    La carta del 2 de julio de 1819 dirigida por Morillo al Secretario de Guerra, presagia la ineludible pérdida del Nuevo Reino:

    “Subdivididos los rebeldes en pequeños cuerpos y atacando al mismo tiempo puntos distantes, como por ejemplo la Salina de Chita en la cordillera de Casanare y la provincia de Barcelona, ha sido preciso acudir a oponerse, desuniendo también las divisiones que se reunieron al principio de la campaña en el bajo Apure. Vuestra Excelencia debe conocer por todos estos acaecimientos y por nuestro estado actual, los poderosos motivos que me obligan a reclamar los auxilios de mar y tierra que tengo pedidos, y que cada vez han sido y van siendo más urgentes y precisos... Los esfuerzos y el entusiasmo más constante han sostenido hasta ahora los progresos que el enemigo ha podido hacer auxiliado por la Inglaterra con numerosos expedicionarios, buques y armas. Y al paso que este ha aumentado en poder y en opinión, las tropas de Su Majestad sin recibir auxilio ni reemplazos desde la llegada de la división del brigadier Canterac, van de día en día quedando reducidas a un verdadero esqueleto...”.

     “Desde el momento en que el ejército expedicionario no pueda obrar activamente sobre los enemigos y que nos veamos reducidos, como casi lo estamos ya en el día, a una guerra defensiva, el resultado debe ser progresivamente la pérdida de estas provincias, cuya defensa, aun a costa de muchos sacrificios, podría prolongarse algún tiempo; pero no pudiendo socorrer el virreinato de Santa Fe, este será infaliblemente presa de los facciosos. Considere Vuestra Excelencia, cuáles serán mis inquietudes actualmente, viéndolo amenazado tan de cerca con la invasión de Bolívar al Casanare, y qué trastornos pueden originarse a la causa del Rey sí este malvado logra por allí algunos sucesos” (33).

     Los informes dirigidos al Rey y al Secretario de Guerra, tanto por Morillo como por otros miembros del gobierno (Documentos Nos. 112-126) complementan una visión histórica sobre este acontecimiento clave que fue la ocupación del Nuevo Reino de Granada. Se deben a la admirable franqueza y valor con que los jefes subalternos escriben a España, no vacilando en acusar a sus superiores de una manera tan directa y sincera, como dudo se atreverían hacerlo en las democracias actuales. Las cartas de Morillo, tanto las anteriores a la derrota de Boyacá (Documentos Nos. 1 y 2) como las posteriores a la derrota (Documentos Nos. 118, 119, 123), ilustran de una manera concluyente la culpa —si de culpa puede hablarse— de la Metrópoli en el luctuoso acontecimiento. Esta dejó el Ejército Expedicionario abandonado, sin refuerzos, sin armas y sin flota para que lo sostuviese. En esos informes trasluce el convencimiento de que la guerra estaba de antemano perdida. Los desafueros de un Sámano, bien si con su política irritó al pueblo (Documento Nš 121) o porque adoptó medidas políticas ineptas (Documento Nš 124) o porque el viejo militar despreció la cooperación con las autoridades civiles (Documento Nš 125), es un incidente trágico por las victimas que ocasionó la cerrada mentalidad de ese empedernido militarista; pero aunque así no fuera, nada hubiera podido parar la rueda de la historia, como no lo ha podido la introducción de la Constitución liberalizante en la monarquía española en 1820, ni el mea culpa de Fernando VII (34). La constelación histórica era adversa a España. El colonialismo español llegaba a su fin, para abrir el continente a otras potencias más desarrolladas que España política, social y económicamente.

 

                                    image1.JPG (22196 bytes)

Bandera del Regimiento de Infantería de Línea del Batallón de Numancia.

(Enviada del Perú por el general Soublette).

 

No queremos decir con esto que el esfuerzo de los patriotas no es digno de admiración; pero sí señalar que en el contexto histórico, en la situación en que se encontraba Morillo y la España misma, la causa era de antemano perdida por el adversario. Tan perdida que ni las rencillas entre los caudillos de la revolución pudieron cambiar el resultado; aunque si lograron prolongarla a costa de muchos sacrificios en vidas humanas entre el pueblo americano. Insistir sobre el heroísmo de uno que otro caudillo, oficial o soldado, no desvirtúa el hecho de que, tal como había sucedido en la primera época de la guerra de Independencia con España ocupada por el ejército napoleónico, también en esta segunda y final fase de la contienda, todos los triunfos estaban de parte de los revolucionarios. El siempre repetido empeño de varios historiadores colombianos y venezolanos de resaltar el heroísmo de la hueste libertadora como causa única del logro de la Independencia, por cuanto encubre la influencia del movimiento emancipador, por cuanto encubre la influencia del momento histórico en que vivía Europa en aquella época, tan favorable a la emancipación de la América Española.

  ________

(15)             Rodríguez, T. IV, pág. 49.

(16)             Rodríguez, T. IV, pág. 27.

(17)             Rodríguez, T. II, pág. 384.

(18)          Rodríguez, T. III, pág. 451.

(19)             Rodríguez, T. IV, pág. 30.

(20)          Rodríguez, T. IV, págs. 45-46.

(21)      Véase, por ejemplo: Vicente Lecuna. Proclamas y Discursos del Libertador. Caracas, 1989, pág. 159 (31 de julio, 1817) y pág. 189 (15 de agosto, 1817). En lo sucesivo: Proclamas.

( 22 )      Véase: Friede, Juan. Espania y la Independencia de América. Boletín Cultural y Bibliográfico. Vol. VIII. Nš 11, Bogotá, 1965.

(23)                    Este pedido fue negado el 9 de junio de 1818 (Rodríguez, T. III, pág. 67).

(24 )          Rodríguez, T. IV, pág. 24.

(25)          Proclama de Bolívar el 6 de enero de 1817. (Proclamas. pág. 153).

(26 )          Rodríguez, Tomo II, pág. 590.

(27)    Obras, Vol. I pág. 254.

(28)          Rodríguez, Tomo III, pág. 136.

(29)          Rodríguez, Tomo II, pág. 590. Por su parte, Bolívar escribía a Páez el 15 de septiembre de 1817: “El Orinoco será siempre nuestro y nada podrá obstruír este canal por donde recibiremos por fuera y trasladaremos el interior elementos para hacer la guerra... “. (Crónica, pág. 58).

(30) Ya el 24 de agosto de 1817 escribía Morillo al Secretario de Guerra: “La prontitud con que

pueden los rebeldes del Orinoco extender sus relaciones hasta darse mano con los malcontentos de la Nueva Granada, es fácil concebir”. (Crónica, pág. 69).

(31) El decreto expedido por Inglaterra el 27 de noviembre de 1817 prohibía estos enganches; decreto que no se cumplía, porque la grave situación social por la cual pasaba aquel país a principios del siglo XIX, lo hizo inoperante. (Véase Friede, Juan: La expedición de MacGregor a Riohacha. Año 1819. Boletín Cultural y Bibliográfico, Vol. X, Nš 9, Bo­gotá, 1967). Inoperante resultó también otro decreto en el mismo sentido expedido el 23 de julio de 1819. (Rodríguez, Tomo IV, pág. 111).

(32)          Rodríguez, Tomo IV, pág. 27.

     (33) Rodríguez, Tomo IV, pág. 42.

(34)    Véase: Friede, Juan, España y la Independencia. “Boletín Cultural y Bibliográfico”, Vol. IX, Nš 5, 1966.

 

REGRESO AL INDICE

SIGUIENTE