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Documento No. 85
Archivo General de Indias.
Santa Fe, legajo 1.171.
Impreso.
El obispo de Cartagena a todos
los habitantes de la Nueva Granada.
Españoles
del Reino: mi corazón desde el retiro de esta plaza está siempre con vosotros como con
sus hermanos, sus compañeros, sus prójimos, exhalando tiernos suspiros y derramando
copiosas lágrimas sobre vuestra docilidad o vuestra ignorancia. Los vínculos más
sagrados de religión, de sociedad, de política que debían estrecharnos eternamente con
una cordialidad inalterable, los veo rotos y despedazados por la mala cizaña que el
hombre enemigo arrojó en medio de vosotros. Cuando no fueseis como sois una gran familia
bajo la dirección del padre común de todas las Españas, el grande, el alto, el
poderoso, el virtuoso y amado de los pueblos y protegido de Dios, el señor Fernando
Séptimo, los principios de la religión santa que profesamos deberían identificamos más
y más con la mayor de todas las alianzas. Cada uno no debería querer para si mas de lo
que debe querer para los otros; ni debería hacer con los otros más que aquello que
quiere hagan con él. Sobre este principio estableció Dios desde la creación del mundo
toda la armonía y concordia del género humano civilizado y santificado después por la
sangre divina del Redentor. En él embebió este Maestro Divino todo el espíritu del
Cristianismo. Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a tí mismo. Ved
aquí hermanos el compendio de todos los profetas y de todo el evangelio. ¿ Y qué cosa
más conforme a los deseos innatos del corazón humano? ¿Quién por rudo o torpe que sea
no conocerá el peso de esta verdad? ¿Quién de vosotros querrá que en el seno de la
paz, en el sagrado de su casa y en los brazos de su familia vayan a asesinarle y a robarle
el fruto de su aplicación, de su sudor, y de su trabajo? ¿Quién de vosotros quién,
cualquiera que sea su estudio, su condición, su clase, deseará injuria tamaña? Y si
nadie la desea para sí, ¿cómo es que muchos la hacen y practican con oprobio de la
razón, con españoles como ellos, con vasallos del Rey Fernando como ellos, con
cristianos e hijos de Dios como ellos, por solo el vano y frívolo pretexto de que no
nacieron en su parroquia? ¿Qué delirio es de estos hombres inhumanos? ¿Qué locura?
¿Qué barbaridad? ¿Qué furor salido del abismo y del infierno? ¿Quién os ha inspirado
moralidades tan blasfemas y sacrílegas y tan contrarias a la grandiosidad de vuestro
carácter, de vuestra religión y de vuestras leyes? ¿Los traidores? ¡Oh monstruos
insaciables de sangre humana! ¡ Oh nuevos Robespieres de Venezuela! ¡ Oh Nerones mil
veces bárbaros que el matador de Agripina! ¡Hipócritas! ¿Qué centauros pudieran
causar tanto mal a su patria como le ha causado vuestra envidia cruel y vuestra ambición
insaciable? Hermanos y compañeros, corramos el velo a este misterio de iniquidad que os
ha tenido envueltos en sus tinieblas y empecemos a ver las cosas en su propio ser y en su
verdadera imagen. Los alevosos traidores transformados en zorras malignas y embusteras han
engañado vuestra docilidad, diciéndoos que ellos nada necesitan de vosotros; que solo la
libertad de la América les ha movido a tomar las armas; que a solo este ídolo sagrado
sacrifican sus caudales, su quietud, su tranquilidad y sus conveniencias; que la guerra a
los tiranos debe ser eterna; y que perecerán gustosos por la independencia de su país.
¿Y lo creeis? ¿Y juzgais que os hablan de buena fe y que lo que dicen es una verdad
acrisolada? ¡Oh! ¡Y cómo os engañais! ¡ Oh! ¡Y cómo correis inocentes al
sacrificio! Los que nada quieren de vosotros lo quieren todo; quieren vuestra hacienda por
corta que sea, quieren vuestra libertad, quieren vuestra obediencia, quieren vuestro
respeto, quieren vuestra tranquilidad, quieren vuestra vida, vuestra sangre, vuestra
perdición y vuestra perdición eterna. Todo esto quieren esos hombres desinteresadillos.
Miradlo, sí no, en sus operaciones: unos quieren ser demagogos, otros triunviros, otros
dictadores; este, gran Landaman aquel, Rey; este otro, César. ¿Y qué recursos tienen
estos descamisados, por riquillos que sean para aspirar a tanto mando? ¿Para salir de una
condición privada a tanto resplandor? ¿Para mantener la guerra civil unos con otros y
destruír como unas fieras salvajes, los pueblos y las provincias? Luego es mentira, es
falsedad, es engaño, es hipocresía y refinadísima decir que nada quieren de vosotros,
que lo que desean es la independencia de vuestro territorio, la libertad e igualdad de
todos los ciudadanos y la ruina del tirano y del despotismo. Y para que comprendais mejor
la evidencia de esta verdad que os propongo, ¿cuál de esos traidores pudiera equipar y
mantener por un solo mes un solo batallón de su propio peculio, con sus propias rentas,
con los ahorros, de su casa? Ninguno, ni aún Bolívar cuando poseía los bienes de un
español virtuoso, aplicado y trabajador, lo adquirió con su propio sudor y con su
sangre. Y si no pudiera, siendo el más rico de todos los traidores equipar un batallón
ni mantenerlo por un solo mes, ¿cómo podrá mantener años y más años una división
por pequeña que sea? Luego, para esto necesita robar los pueblos, destruír las familias,
saquear las casas y no dejar ni en campos ni en poblaciones nada de cuanto puedan rapiñar
sus uñas. Añadid a esto que no teniendo como no tiene caudales propios, porque los
malgasto en ir a París a convertirse de cristiano en ateo, de hombre en fiera, de
español americano y dulce por sus costumbres en un Robespierre espantoso y bárbaro,
necesita de vosotros y tanto, que sin vosotros es un verdadero mendigo, tunante y
danzante, que no tiene qué comer ni qué vestir ni en dónde habitar. Y si esto es tan
cierto como la luz del día más claro y sereno, ¿cuánto os necesitará para andar a lo
de rey, a lo de César, a lo de Soberano cuyo papel únicamente quiere hacer en esta
comedía? Y si no, decidme: ¿cuándo tomó un fusil y se mezcló con vosotros en las
filas? ¿Cuándo se batió cuerpo a cuerpo en una batalla? ¿Cuándo quiso perecer antes
con vosotros que hacíais únicamente su causa, que huír cobardísimo, trocando la gorra
y dolman de general por el camisón de una aldeana para escapar del peligro? Vuestro Rey
Bolívar es el patrón araña que os arroja a la tempestad, quedándose a la rivera; os
introduce en las llamas, soplándolas él desde lejos. Vosotros caeis, vuestros hijos
mueren, vuestros pueblos se abrazan, vuestros campos se destruyen, y ese rey de copas dice
que nada necesita de vosotros, que todo lo hace por vuestro bien, por vuestra libertad,
por vuestra igualdad y por vuestra independencia? ¡ Oh embustero descomunal! ¡Oh
engañador sin frente! ¡Oh trapecista sin rubor y sin verguenza! ¿Con que nada quieres
de los americanos y te titulas ya su rey? ¿Y los tratas a todos como tus esclavos? ¡ Ah
hijitos inocentes! ¡Ah hijitos niños extraviados! ¿Y vosotros morís física, civil,
moral y eternamente para alargar dos semanas más, dos meses más esta comedia fabulosa
del Rey Bolívar? ¡ Oh desgracia lamentable para vosotros! ¡ Oh vituperio cruel! ¡ Oh
ignominia sempiterna! Hombres ilustres: ¿qué podreis esperar de un danzante Rey, sin
hogar y sin casa? ¿Y por él os rebelais contra el gran Fernando? ¿Y por él infamais
vuestro nombre y el de vuestra posteridad? ¿Y por él apagais el resplandor de vuestros
progenitores?
Sacerdotes del Altísimo, ministros
del altar y del santuario, antorchas que deben resplandecer delante del trono de Dios,
maestros y catedráticos de la moral cristiana y evangélica: el Señor os ha puesto como
a Jeremías para que seais como un muro de bronce y una columna de hierro en medio de su
iglesia, para que enseñeis al pueblo sus obligaciones, para que le separeis del peligro y
del mal y le asegureis su bien y su estabilidad futura. Pues ¿cómo es que los párrocos
y sacerdotes prostituyen su ministerio siendo los primeros que tocan la corneta de la
rebelión en sus feligresías? ¿ Cómo es que
precipitan a la perdición y al infierno aquellas almas inocentes que Dios ha puesto bajo
su dirección para que las encaminen a su fin? ¿Y su sangre no la pedirá el Señor de
vuestras manos? ¿Y qué respondereis a Su Majestad Divina cuando os pida una cuenta
estrecha de cada una de ellas? ¿Qué razones alegareis en vuestro favor? ¿Qué excusa
dareis de tamaña criminalidad? ¿Los aullidos de tantos desventurados no subirán desde
el infierno en aquel instante contra vosotros a clamar venganza? ¿Y cómo resistireis la
fuerza y poder de su razonamiento? ¡Oh qué duro, oh qué inexorable, oh qué terrible
deberá ser vuestro juicio! Vuestro hermano el obispo de Cartagena no puede creer estas
cosas de vosotros, aunque se dicen en público. Espera una satisfaccion de vuestra parte
correspondiente al agravio que se os infiere. El carácter de párrocos y sacerdotes es
muy sublime para degradarle a tales atentados. No podeis ni debeis racionalmente ser
ingratos a Dios en cuya causa pedísteis un ministerio al rey a quien jurásteis fidelidad
perpetua; al gobierno que aprobó y garantizó vuestra moral y vuestra conducta; al
prelado que os ordenó y ante quien prometísteis una obediencia constante a vuestro
arzobispo; a las leyes que son las directoras de nuestra vida civil; a vuestros
feligreses, cuya enseñanza tomásteis a vuestro cargo y cuya salvación corre en parte a
vuestra cuenta. Vosotros no podeis ignorar que unos traidores, unos ladrones, no pueden
hacer la felicidad de la América. De la libertad e igualdad que publican es una quimera
para ocultar su desmedida ambición y que ellos mismos echan a rodar con esos títulos
vanos de monarquía y de imperio. Que todo el mundo tiene reyes y emperadores legítimos y
que en cada reino hay hombres grandes, espléndidos, nobilísimos, más honrados y
sublimes que vosotros por su nacimiento, por su dignidad, por su representación, por sus
rentas, por su sabiduría y no se creen degradados ni envilecidos en la presencia de su
Soberano. Contemplad lo que sucedió al clero francés la primera vez que se oyó en el
mundo el horrendísimo grito de igualdad, independencia, derechos imprescriptibles, y
horrorisarse (a) han vuestras entrañas al ver setecientos sacerdotes
con cinco obispos y arzobispos santísimos muertos en una hora a sablazos en presencia de
otro ateo infernal como el Rey Bolívar. Y qué igualdad, qué independencia tienen los
franceses después de veintidós años de sangre y de horror. ¿Pudo figurar en aquella
escena bárbara ningún cura como vosotros? ¿Y esperais de unos principios como aquellos
mejor suerte? ¿Dónde está ya entre vosotros la hermosura de Sión y la riqueza y
belleza de Jerusalem? ¿Dónde están aquellas cortas rentas que eran el patrimonio de
muchos eclesiásticos? ¿Dónde aquellos ornamentos que la piedad de vuestros abuelos
donó como una consecuencia de su piedad para la majestad y decencia del culto divino?
¿Dónde están aquellos incensarios en que ardía la mirra más pura, aquellos candeleros
que mantenían la cera más blanca, aquellas lámparas en que ardían incesantemente los
aceites más dulces? Todo ha desaparecido. El robo, el pillaje, la rapiña, la
depredación y no la libertad e independencia de las Américas es el único fin de esta
guerra implacable. Abrid los ojos, oh hermanos míos, leed y meditad estas cortas
reflexiones, y si las hallais conforme con vuestra religión, con vuestras leyes, con la
pura y sana moral, con los principios del derecho común y con la recta razón depurada de
pasiones, odios, ambiciones, envidias, enemistades, resentimientos, abrazadlas con
fortaleza, enseñadlas a vuestros feligreses con repetición y empezareis a preparar el
camino para la paz que tanto necesitan estas provincias, a debilitar la fuerza de los
traidores, a preservar de sus insultos nuestra santa religión y sus templos, a redimir la
sangre inocente de tantos cristianos como se derrama sin fruto, a precaver los pueblos del
castigo futuro y de la ira de Dios. Así cumplireis vuestro ministerio, correspondereis a
la confianza que la iglesia hizo de vosotros, a la obediencia que ofrecísteis en el acto
de vuestra ordenación a vuestro prelado, a la fidelidad que jurásteis a su Majestad
Católica y a las leyes, y, finalmente, a vuestros feligreses de cuya buena dirección os
encargásteis. Os hallareis en circunstancias difíciles, os lo concedo. Pero ¿por qué
no abrazar el mejor partido? ¿No teneis fortaleza para resistir el imperio de la
bayoneta? ¿Por qué no sustraeros de él retirándoos a los ejércitos de Su Majestad
bajo la salvaguardia de sus generales? Así mandó lo ejecutasen sus curas el meritísimo
y virtuoso obispo de Maracaibo. ¿Y quién condenaría entonces vuestro proceder? ¿Se
hallan en el mismo caso los pueblos? ¿Por qué no aconsejarlos hagan si es posible otro
tanto y cuando no, que reciban indiferentes la fuerza estándose pasivos y obedeciendo lo
que les manden? ¿Por qué no decirles envíen la juventud a los pueblos libres, para que
los bandoleros no la arranquen y la pongan en el número de sus ladrones? En los casos
dudosos podemos resolvernos por lo mejor, por lo más honesto, por lo que tenga más
interés común, por lo que tenga más orden al servicio de Dios y del Rey y por lo que
más asegure vuestras conciencias.
Por jóvenes
que seais
no podeis ignorar que es más justo y glorioso decir: Viva el Rey, que no:
Viva un Traidor; que es más honrado y decente decir: Viva el sucesor de
setenta y cinco reyes, que decir: Viva el hijo de un polizón o de un
marinero; que es más conforme a nuestro amor propio sujetarnos a un príncipe
magnífico y virtuoso que no a un pirata cruel sin moralidad y sin talento. El primero
puede y quiere hacer nuestra felicidad, por su misma grandeza; el segundo, ni quiere, ni
puede nada por su humillación y su miseria. El primero es grande en todo sentido; el
segundo es en todo sentido pequeñuelo. El primero abate por vosotros y por la salvación
de vuestras almas la mitad de su majestad y de su resplandor; el segundo quiere elevar su
polvo a la dignidad regia con vuestra vida, vuestro sudor y vuestra sangre. El primero
honra y dignifica a todos sus súbditos; el segundo desnaturaliza y envilece a todos sus
secuaces. Las naciones grandes de Europa privan de sus derechos respectivos a todos sus
súbditos que se asocian a estos bandoleros, cualquiera que sea su clase y su condición.
En Riohacha ha sido fusilada toda la expedición de Mac Gregor y no por una violencia de
hecho y sí por un justísimo derecho sancionado y consagrado por todos los soberanos.
Luego todas las naciones del mundo creen dignos de muerte a los traidores que pretenden
turbar la pacífica posesión en que están los reyes de España de estas Américas.
Luego, si son dignos de muerte los individuos de todas las naciones que alteran la
tranquilidad de estos países, ¿dejarán de serlo los mismos vasallos del soberano? ¿Y
dejarán de serlo aquellos que mueven los pueblos a la rebelión del mismo modo que los
que la sostienen? ¿Y podrá salvarse de esta pena el carácter de curas y de párrocos a
quienes no quisieren mantener la justicia y dignidad de tales ministerios; Digo a los que
no quisieren mantener, porque no es creíble ignoren los sacerdotes que por el delito de
alta traición como es el de que hablamos, están, según todos los cánones y leyes,
desaforados los eclesiásticos. Por esta razón Hidalgo y Morelos, curas de Nueva España,
murieron como traidores. ¿Y cuántos otros no hubieran seguido su suerte si la piedad y
misericordia del Rey Fernando, elevándose como dos montañas inaccesibles, no hubiese
rechazado los gritos de venganza que pedían los derechos referidos a vista de la
humanidad degradada y envilecida con tales crímenes?
Ya es tiempo, oh hermanos. Ya es
tiempo que cesen las ilusiones, que se conozcan las cosas como son en sí, que no se crea
que un tirano que no tiene camisa puede aspirar al trono de estos países, que no es la
libertad y la independencia la que se controvierte sino la desmesurada ambición de un
hombre sin frenos, sin temor y sin ley. Ya es tiempo, sí, ya es tiempo que cesen las
pasiones, que la razón domine en todos nuestros consejos, que se economice la sangre
humana, que nos creamos hombres en el siglo de la ilustración y de la sabiduría y no
bozales africanos de los siglos de bronce y de hielo sumergidos en la barbarie de una vida
salvaje. ¿Qué diríais vosotros si los españoles de la península matasen sin
misericordia a los españoles americanos que viven en ella bien establecidos, con grandes
empleos y los matasen solamente porque no nacieron en España? ¿Qué quejas, qué
improperios, qué anatemas, que execraciones no arrojaríais contra tan criminal conducta?
Y tendríais muchísima razón, porque los vasallos de un rey, los individuos de una
nación, cualquiera. que sea el lugar de su nacimiento, son dignos por sus virtudes y sus
talentos de las consideraciones de su monarca. Así lo practica el benignísimo rey
Fernando, nuestro señor, teniendo como tiene en su real palacio en la servidumbre
inmediata de su real persona y de los señores infantes, sus serenísimos hermaos, en sus
secretarías, en sus Consejos, en sus Cámaras, en sus Oficinas, en sus Audiencias, en sus
Tesorerías, en sus Ejércitos, en sus Iglesias y Cabildos tantos americanos españoles
como españoles europeos que podreis encontrar en toda la América del
Sur. Estos viven quieta y pacíficamente, aunque no nacieron en España, en sus casas, en
su elevación, entre sus comodidades y llenos de brillantez y de resplandor tal que
pudieran dar envidia a otras almas menos sublimes que las nuestras. Y si matar a estos
hombres en medio de su fortuna porque no nacieron en España sería una impiedad e
inhumanidad abominable, ¿qué sería matarlos si fuesen pobres idos allá a buscar con su
trabajo, con su aplicación, con su economía la vida? Este es puntualmente el exceso de
barbaridad inaudita que hace cometais el desventuradísimo Bolívar, matando, asesinando,
robando los pobres españoles que han venido a esas provincias a trabajar, a sudar,
levantar sus casas y a fatigarse para hacer felices vuestros hijos, vuestros nietos,
vuestros bisnietos. Genios envidiosos, ¿hasta donde llevareis ese furor diabólico?
¿Hasta donde llegará vuestra sed de sangre? ¿ Hasta donde vuestra ignominiosa
degradación?
Eclesiásticos: esta grande obra de
remediar los extravíos de la razón, es vuestra. Los pobrecitos en sus campos y en sus
trabajos nada conocen de todas estas maniobras secretas de robar ni ejecutar tales
barbaridades, mas que maquinalmente; porque tal cual cura, tal cual clérigo, tal cual
religioso, tal cual de estos paseantes sin oficio ni beneficio, los inflaman, los
encienden, diciéndoles hacen una obra santa, caritativa, virtuosa, matando cuatro
ancianos a quienes la vejez tiene ya puestos en los umbrales del sepulcro. Decidme,
¿cuán santo ha sido el asesinato de Ocaña y cuánto tiempo gozaron del fruto de su
horrendo crimen los asesinos? Chorreaba la sangre inocente en sus sacrílegas manos cuando
se dieron a cometer, descuartizar, desmembrar, desentrañar y bajar de repente al
infierno. Decidme ¿cuán santo ha sido el asesinato del gobernador de Popayán mandado
acaso por un clérigo, y si será menor que en Ocaña la venganza de su muerte en todo el
Valle del Cauca? Decidme, ¿cuán santos son los asesinatos de Santa Fe y si los sicarios
vivirán mucho tiempo alegres y contentos en sus casas y en el seno de sus familias? ¡Ah
eclesiásticos, eclesiásticos! ¿Dice Dios que se maten así los hombres? ¿Manda Dios
tales latrocinios? ¿Manda Dios tales horrores? Y si no lo manda, ¿a quién se deberá
obedecer, a su Majestad Divina o a Bolívar que los autoriza? Y los eclesiásticos,
¿seguirán la opinión de un ateo contra las santísimas obligaciones de su destino? ¡Oh
confusión! ¡Oh descrédito! ¡Oh vilipendio de la doctrina cristiana y del sacerdocio!
Nada más ajeno de nuestro carácter, nada más oprobioso, nada más criminal. Mirad cuán
santas son estas obras y cuán recomendables los que las promueven. Los negros de los
Cayos han negado ya la hospitalidad al pirata MacGregor y no le han recibido en sus
puertos. El virtuoso cura de Jamaica no ha permitido diga misa en su iglesia el apóstata
y excomulgado canónigo Madariaga, como indigno de las funciones sacerdotales, ni hizo
honores fúnebres, ni dio sepultura eclesiástica a un regular del número de los
traidores que murió impenitente en el recinto de su parroquia. Y ¿por qué lo hará así
siendo como es un extranjero? ¿Sabeis por qué? Porque sabe su obligación, sabe
cánones, sabe la doctrina cristiana, sabe el Evangelio que ignora ese tal Madariaga y
otros muchos tan impíos como él. Sabe el derecho de las gentes y como el hombre virtuoso
es respetado en todas las naciones del mundo civil menos en el Reino Bolivariano. El
muladar espera su cuerpo, oh desventurado Jason. El infierno tiene abiertas sus fauces
para recibir tu alma; la espada de Dios vibra ya sobre tu cabeza. Teme, tiembla, pídele
misericordia, implora su bondad, da un testimonio de tu sincero arrepentimiento, sé otro
Pablo convertido en la tarde. Dichoso y feliz si sabes aprovechar el auxilio oportuno. No
te detenga ese maldito: qué dirán las gentes. Dirán que erraste como hombre y que te
reformaste como cristiano prudente; que te arrebataron las pasiones desordenadas, pero que
tu razón con mejor acuerdo te ha vuelto al camino de la justicia; que creíste por varias
lecciones de malos libros que era posible el quimera de la libertad e igualdad de los
hombres, pero que tu alma se horroriza al ver tanta sangre como cuesta un ente que no
existirá en el mundo. ¿Qué te detiene? El Rey, tu padre, te espera como al pródigo con
los brazos abiertos. Como Rey, es mayor que todos tus delitos; como padre excede en la
ternura a todas tus crueldades. Animo, pues, oh sacerdote desgraciado. Muchos con más
conocimiento han abrazado este partido y gloriosos consuelan la iglesia edificando con su
ejemplo lo que habían destruído con su condescendencia.
Cuando el Lord Almirante medite
seriamente la injuria que hacen a su dignidad, a su nación, a su rey, y la cizaña que
siembran entre los vasallos de la Gran Bretaña los traidores refugiados en su isla, los
arrojará como a indignos de su protección, como a perturbadores del orden público, como
a corrompedores de la moral universal de los hombres, como a entorpecedores de comercio
mutuo de los estados y, finalmente, como a zánganos embusteros que harán la bancarrota
de los comerciantes con los tratados de subsidios para las graciosas expediciones de la
Costa Firme. ¿De dónde pagarán los gastos de las lucidísimas empresas de Riohacha y
Portobello? Y cuando tuvieran con qué pagar los gastos, ¿con qué remediarán la muerte
de tantos hombres, infamemente engañados y llevados al sacrificio? Una hora, una hora de
meditación seria, será bastante para que no quepan en el mundo. Si Hércules, si Aquiles
apareciesen en nuestra edad ya no se verían esos centauros tan perjudialísimos al
género humano. Ellos los hubieran perseguido hasta en las entrañas de la tierra. Un
gobierno establecido bajo ciertas leyes debe ser más justo que un solo héroe para
deshacer los malandrines que dan mal ejemplo a sus súbditos, infaman su nombre y con
pretextos vanos derraman su sangre. Las fieras que abrazan su casa y beben la sangre de
sus mismos padres, no respetarán las ajenas. Ellos en nada tienen con
que se destruya el mundo, se destruyan las naciones, con tal que vean, cobardes, correr la
sangre de tantos hombres dignos de mejor suerte desde la atalaya. La policía debe
descubrirlos y castigarlos sin consideración y sin misericordia, puesto que esos tigres
desconocen tan recomendable virtud y no tienen por otra parte ninguna de las virtudes
sociales.
Tales son, oh noble y virtuoso clero
de la Nueva Granada, los agentes y factores de esta guerra descomunal y bárbara que
mantiene contra su rey y señor, ese Rey de Copas, Juan Camisón, que nada necesita de los
americanos. Volveros, oh americanos, a vuestras casas, dejad el esqueleto a este embustero
que os engaña y os mata y vereis en qué para todo su resplandor, le vereis desaparecer
como un fósforo, le vereis en manos de la justicia y le oireis decir desde la horca que
muere, ¿por qué le habeis desamparado?; que es tanto como si dijera que os lo ha debido
todo, hasta la misma vida. ¿Y dirá después sin rubor que solo desea vuestra felicidad?
¡ Oh felicidad cruel! Almas desgraciadas que ardeis en el infierno por el reino ideal del
traidor Bolívar, venid y decid a los ilusos que siguen vuestros pasos cuán felices sois,
cuán bien recompensados han sido vuestros trabajos, cuán bien satisfechos vuestros
servicios y lo que haríais (si pudierais salir de aquel hondo calabozo y libraros de
aquellas llamas implacables) con todos los autores de vuestra condenación eterna. ¡Oh, y
cómo, agitados por todo el furor de los condenados correríais a encontrarlos y a
desmenuzarlos
entre aquellas manos encendidas que en un cuadrante reducirían
en betún esos cuerpos impuros! Ahora, ahora conocereis, oh ateos trapacitas, si hay Dios
en el cielo que castigue tus crímenes! ¡Ahora, ahora verás si hay Dios justo que vengue
en tí nuestra desventura! ¡Ahora, ahora verás si hay eternidad inconsolable para los
malos! ¡Oh mal religioso insepulto! ¿Creíste que Dios fuese embustero como tú,
criminal como tu, engañador como tu? Ya llegó el tiempo, ya llegó el tiempo del
desengaño. Tú, traidor, debiste saber el Evangelio, debiste leer las Santas Escrituras,
debiste enseñarnos el camino de la virtud y de la salvación; y ¿qué hicistes,
apóstata infiel y perjuro, para cumplir tus obligaciones? Lo mismo dirán a cualquier
otro sacerdote que haya concurrido con sus exortaciones a la perdición de tantas almas.
Tarde o temprano, oh ministros del Señor, ha de llegar este momento. Evitemos su
terribilidad; esta será tanto más espantosa y severa en nosotros cuanto es mayor nuestra
instrucción y nuestro conocimiento. Estas verdades son tan tremendas, tan claras y tan
ciertas, que es necesario ser, como dice el santo rey David, malos sin entendimiento para
no conocerlas. ¿Y quién, conociendo la verdad, no la abraza, la sigue, la enseña, si no
por temor a Dios, por la rectitud natural que debe tener todo hombre de bien en el mundo?
Si hasta de presente algún mal sacerdote engañado con las ideas subersivas de Padilla,
de Rosillo y de otros tales eclesiásticos que tenían el concepto de sabios, ha
contribuído a encender el fuego de la guerra civil, opóngaseles todo el clero con
fortaleza sacerdotal, haciéndoles ver que aquellos sabios erraron en la efervecencia de
las pasiones y que arrepentidos se han reconciliado con Dios y con su rey; que hagan otro
tanto y manifestarán como ellos que obraron sin conocimiento de causa y sin libertad
completa. San Pablo persiguió la iglesia en su nacimiento; después fue su antemural
inexpugnable. Estos son los ejemplos dignos de imitación, no la obsecación y obduración
de Bolívar. Por este camino se reintegra el clero en la buena opinión que le corresponde
y que habrá perdido sin justicia por el aturdimiento de uno u otro desaconsejado. El
Señor, por quien es y por la sangre de su hijo Sumo Sacerdote y Pontífice eterno, dé
todo el incremento que deseo a estas razones, inflame vuestro corazón, ilumine vuestro
entendimiento para que enjugueis las lágrimas de la afligida iglesia por la muerte eterna
de tantos hijos como ve perderse en manos de su desesperación; para que mejoreis las
costumbres de vuestros pueblos; para que les enseñeis el santo temor de Dios, la
obediencia y respeto al Rey, nuestro señor, y a todas las autoridades legítimas, el amor
recíproco a todos los hombres como a hermanos y prójimos y que entiendan bien, para
remediar el oprobio presente de la especie humana, que la patria del hombre como hombre,
es el universo del español, americano o europeo, y todos los reinos, provincias, islas,
ciudades y pueblos del rey de España, y como hombre particular, es decir, como Pedro,
como Juan, como Antonio, lo es, o Santa Fe, o Caracas, o Cartagena, o
Madrid, o Sevilla, o Lima, o México, donde hubiere nacido. Que por esta razón infinitos
americanos viven tranquilos, como llevo dicho, en Madrid y en varias ciudades de la
península sin que sus hermanos los maten, los descuarticen, los roben porque nacieron
acá del mar. Cuando los pueblos conozcan estas cosas, entiendan su verdadero interés y
aspiren a su verdadera felicidad, desaparecerá Bolívar con sus satélites, se disiparán
las negras sombras que alteran los corazones, renacerá la verdadera alegría y la
abundancia y, enlazados y abrazados estrechamente todos los españoles, bendecirán a Dios
por sus misericordias, al rey por sus bondades y por su protección, a los generales y
magistrados por su valor y por su integridad, y a los curas párrocos y sacerdotes por su
caridad, por su enseñanza, por su predicación y por su celo.
Párrocos y feligreses del río
Magdalena: quien habla con tanto interés a los extraños, no puede olvidar vuestra
crítica situación. Mil hipócritas rapaces andarán en medio de vosotros sembrando la
discordia; mil lobos con piel de oveja estarán tramando asesinatos como los de Ocaña.
Prendedlos y remitidlos al gobierno para su condigno castigo. No os suceda otro tanto como
a aquellos desgraciados y a todos cuantos abrazan el partido de la iniquidad. Mirad,
hijos, que por momentos se estrechan las distancias de los malos y es inevitable su ruina.
El coronel Warleta cuyo valor, virtud e integridad os es bien conocida, sube con una
fuerza respetable de agua y de tierra a defenderos de los bandidos que os amenazan. El
general Calzada con cinco mil hombres a marchas forzadas viene de Popayán sobre la
capital del Reino. El general Latorre ocupa a Pamplona y al valle de Cúcuta. El general
Morales se apresura por el Guasdualito, según se dice, y la evacuación de los Llanos
ofrece el general pacificador obrar con toda su fuerza (paralizada por la inundación) en
el paraje que lo crea más oportuno. La misericordia sin límites que acompañó al
ejército podrá convertirse en otra tanta justicia, y ¿qué será de los desventurados
relapsos que como canes hambrientos han vuelto al vómito de la traición? ¿ A quién de
ellos se le perdonará la vida después de tantos argumentos de rebeldía? No debeis
comprometeros con un traidor que os trata como bestias y cree con vuestra sangre fundar el
trono pasajero a su soberbia y loca vanidad. Ese salteador famoso estará ya meditando su
fuga para escapar de la muerte dejandoos a todos en los cuernos del toro y en medio de la
plaza. Y ¿qué le importa que permanescais? Bien claro dice que, como no os engendró,
nada estima vuestra vida. ¿En qué estimará ese incipientazo vuestras almas? ¡Oh vida!
¡Oh almas preciosísimas sobre todos los tesoros! ¿Quién me dará que muera con San
Pablo por conservarlas y salvarlas. Mirad hijos, mirad qué contraste forma la religión
entre mis sentimientos y los de Bolívar. Sed vosotros los jueces y decidid la cuestión,
aunque seais muy escasos de entendimiento.
Bolívar, vano, soberbio, atrevido,
petulante, impío, sin religión, quiere privar de su corona al rey Fernando que la
heredó de sus mayores, y que Dios, por una serie de portentos se la ha conservado en
medio de los mayores peligros. Yo, cristiano rancio, me gozo de que Su Majestad la tenga,
la posea, la regente por muchos años, y por sostenerla haré cuanto alcancen mis fuerzas
y me gozo tanto de esta disposición divina que estoy más contento con que Su Majestad
sea el rey, que si yo lo fuera. Y estoy por deciros un hipérbole: que si fuera mía y
libre para donarla, se la donaría persuadido que su Majestad es como Saúl el mejor de
todos los de su pueblo. Bolívar, hipócrita, embustero os engañó diciendo que nada
quería de vosotros más que la igualdad, la independencia, los derechos imprescindibles
de todos los hombres. Y cuando os vio metidos en el berengenal, ya no se acordó más de
vosotros sino de sí propio, de su reino y de su corona. Yo os digo que jamás, ni por un
solo instante hubo hombres libres, hombres iguales, hombres independientes. Adán
obedeció a Dios, sus hijos a Adán, sus nietos y descendientes a sus padres primitivos.
Hubo reyes, hubo repúblicas, mandaron los primeros, mandaron los jefes de las segundas.
El pueblo obedeció constantemente a unos y a otros sin esa libertad quimérica. Hubo
clases, hubo órdenes, hubo distinciones que no alcanzaron a todos. Y en esa vuestra
república, ¿quién manda? Los intrigantes, los embusteros, los trapacistas. ¿Y sois
iguales con ellos? ¿Y os sentais a su mesa? ¿Y llevais sus brocados? ¿Y asistid a sus
consejos? ¿Y se ha casado alguno con vuestras hijas o vuestros hijos con las hijas de
ellos? Luego no os reconocen iguales, luego quieren cierta superioridad, luego quieren el
mando, y si alguno se lo disputa, luego le matan como mató a Piar.
No los obedescais y vereis la libertad e igualdad
por que derramais vuestra sangre. Bolívar dice que es vuestro libertador, y yo digo que
es vuestro tirano. Bolívar dice que sereis felices, y yo digo que
sereis miserables. Mirad como estabais en el gobierno dulce y paternal del rey antes de la
revolución, la abundancia, las riquezas, la paz profunda, la alegría, el contento, todo
rebozaba en este país. La prosperidad multiplicaba los matrimonios; en los hijos se
replicaban las imágenes de sus padres, crecía a manera de un torrente la población, se
dilataba el comercio; la agricultura, la descuidada agricultura empezaba ya a desarrollar
de la tierra empobrecida por el abandono; el verdadero manantial de sus riquezas que
progresivamente os hubieran hecho los hombres más ricos del universo. Cada familia, al
abrigo de las leyes, vivía en esos campos bajo su plátano o papayo, como los hebreos
antiguos bajo su higuera y su parral, sin temor y sin sobresalto. El rey, sus ministros,
sus consejos se desvelaban por vosotros, reformando los defectos que el tiempo descubría
en la antigua legislación, para que fuese más completa y satisfactoria vuestra fortuna.
Y ¿dónde están ya todos estos bienes? La revolución. Bolívar. La malhadada patria los
desapareció todos, así como el solano seca y consume la hermosura y verdor de los campos
en la primavera. La imagen de vuestro estado actual en comparación del que acabo de
referir, es más horrorosa y disforme que lo sería la desnuda y pálida muerte con todos
sus espectros o visiones al lado de una joven ninfa adornada de todas las gracias.
Bolívar quiere Ilevaros a la muerte y que perdais de un solo golpe por su capricho,
honra, vida, alma, hacienda, padres, hijos, esposas, amigos, parientes. Yo quiero que
vivais, que conserveis vuestro honor, que cuideis de vuestras parentelas, que os divertais
en paz con vuestros amigos, que aumenteis con vuestra aplicación vuestras proporciones,
que temais a Dios y salveis vuestra alma. ¿Quién de los dos os ama verdaderamente?
¿Qué consejo es más noble?
¿ Cuál para vosotros es el mejor partido? Decididlo
vosotros, contempladlo vosotros, resolvedlo vosotros. Entre tanto yo, postrado delante del
Ser Supremo le pediré, le rogaré, le estrecharé con instancia os ilumine en un negocio
de tanto interés y de tana monta.
Dado en Cartagena de
Indias, a 29 de noviembre de 1819.
Gregorio José, obispo.
Cartagena de Indias.
En la Imprenta del gobierno.
Por don Juan Antonio Calvo.
Año de 1819.
Esta circular fue enviada al Marqués de Mata Florida el 29
de marzo de 1820.
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