Documento No. 85

 

               Archivo General de Indias.

               Santa Fe, legajo 1.171.

 

Impreso.

     El obispo de Cartagena a todos los habitantes de la Nueva Granada.

     Españoles del Reino: mi corazón desde el retiro de esta plaza está siempre con vosotros como con sus hermanos, sus compañeros, sus prójimos, exhalando tiernos suspiros y derramando copiosas lágrimas sobre vuestra docilidad o vuestra ignorancia. Los vínculos más sagrados de religión, de sociedad, de política que debían estrecharnos eternamente con una cordialidad inalterable, los veo rotos y despedazados por la mala cizaña que el hombre enemigo arrojó en medio de vosotros. Cuando no fueseis como sois una gran familia bajo la dirección del padre común de todas las Españas, el grande, el alto, el poderoso, el virtuoso y amado de los pueblos y protegido de Dios, el señor Fernando Séptimo, los principios de la religión santa que profesamos deberían identificamos más y más con la mayor de todas las alianzas. Cada uno no debería querer para si mas de lo que debe querer para los otros; ni debería hacer con los otros más que aquello que quiere hagan con él. Sobre este principio estableció Dios desde la creación del mundo toda la armonía y concordia del género humano civilizado y santificado después por la sangre divina del Redentor. En él embebió este Maestro Divino todo el espíritu del Cristianismo. Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a tí mismo. Ved aquí hermanos el compendio de todos los profetas y de todo el evangelio. ¿ Y qué cosa más conforme a los deseos innatos del corazón humano? ¿Quién por rudo o torpe que sea no conocerá el peso de esta verdad? ¿Quién de vosotros querrá que en el seno de la paz, en el sagrado de su casa y en los brazos de su familia vayan a asesinarle y a robarle el fruto de su aplicación, de su sudor, y de su trabajo? ¿Quién de vosotros quién, cualquiera que sea su estudio, su condición, su clase, deseará injuria tamaña? Y si nadie la desea para sí, ¿cómo es que muchos la hacen y practican con oprobio de la razón, con españoles como ellos, con vasallos del Rey Fernando como ellos, con cristianos e hijos de Dios como ellos, por solo el vano y frívolo pretexto de que no nacieron en su parroquia? ¿Qué delirio es de estos hombres inhumanos? ¿Qué locura? ¿Qué barbaridad? ¿Qué furor salido del abismo y del infierno? ¿Quién os ha inspirado moralidades tan blasfemas y sacrílegas y tan contrarias a la grandiosidad de vuestro carácter, de vuestra religión y de vuestras leyes? ¿Los traidores? ¡Oh monstruos insaciables de sangre humana! ¡ Oh nuevos Robespieres de Venezuela! ¡ Oh Nerones mil veces bárbaros que el matador de Agripina! ¡Hipócritas! ¿Qué centauros pudieran causar tanto mal a su patria como le ha causado vuestra envidia cruel y vuestra ambición insaciable? Hermanos y compañeros, corramos el velo a este misterio de iniquidad que os ha tenido envueltos en sus tinieblas y empecemos a ver las cosas en su propio ser y en su verdadera imagen. Los alevosos traidores transformados en zorras malignas y embusteras han engañado vuestra docilidad, diciéndoos que ellos nada necesitan de vosotros; que solo la libertad de la América les ha movido a tomar las armas; que a solo este ídolo sagrado sacrifican sus caudales, su quietud, su tranquilidad y sus conveniencias; que la guerra a los tiranos debe ser eterna; y que perecerán gustosos por la independencia de su país. ¿Y lo creeis? ¿Y juzgais que os hablan de buena fe y que lo que dicen es una verdad acrisolada? ¡Oh! ¡Y cómo os engañais! ¡ Oh! ¡Y cómo correis inocentes al sacrificio! Los que nada quieren de vosotros lo quieren todo; quieren vuestra hacienda por corta que sea, quieren vuestra libertad, quieren vuestra obediencia, quieren vuestro respeto, quieren vuestra tranquilidad, quieren vuestra vida, vuestra sangre, vuestra perdición y vuestra perdición eterna. Todo esto quieren esos hombres desinteresadillos. Miradlo, sí no, en sus operaciones: unos quieren ser demagogos, otros triunviros, otros dictadores; este, gran Landaman aquel, Rey; este otro, César. ¿Y qué recursos tienen estos descamisados, por riquillos que sean para aspirar a tanto mando? ¿Para salir de una condición privada a tanto resplandor? ¿Para mantener la guerra civil unos con otros y destruír como unas fieras salvajes, los pueblos y las provincias? Luego es mentira, es falsedad, es engaño, es hipocresía y refinadísima decir que nada quieren de vosotros, que lo que desean es la independencia de vuestro territorio, la libertad e igualdad de todos los ciudadanos y la ruina del tirano y del despotismo. Y para que comprendais mejor la evidencia de esta verdad que os propongo, ¿cuál de esos traidores pudiera equipar y mantener por un solo mes un solo batallón de su propio peculio, con sus propias rentas, con los ahorros, de su casa? Ninguno, ni aún Bolívar cuando poseía los bienes de un español virtuoso, aplicado y trabajador, lo adquirió con su propio sudor y con su sangre. Y si no pudiera, siendo el más rico de todos los traidores equipar un batallón ni mantenerlo por un solo mes, ¿cómo podrá mantener años y más años una división por pequeña que sea? Luego, para esto necesita robar los pueblos, destruír las familias, saquear las casas y no dejar ni en campos ni en poblaciones nada de cuanto puedan rapiñar sus uñas. Añadid a esto que no teniendo como no tiene caudales propios, porque los malgasto en ir a París a convertirse de cristiano en ateo, de hombre en fiera, de español americano y dulce por sus costumbres en un Robespierre espantoso y bárbaro, necesita de vosotros y tanto, que sin vosotros es un verdadero mendigo, tunante y danzante, que no tiene qué comer ni qué vestir ni en dónde habitar. Y si esto es tan cierto como la luz del día más claro y sereno, ¿cuánto os necesitará para andar a lo de rey, a lo de César, a lo de Soberano cuyo papel únicamente quiere hacer en esta comedía? Y si no, decidme: ¿cuándo tomó un fusil y se mezcló con vosotros en las filas? ¿Cuándo se batió cuerpo a cuerpo en una batalla? ¿Cuándo quiso perecer antes con vosotros que hacíais únicamente su causa, que huír cobardísimo, trocando la gorra y dolman de general por el camisón de una aldeana para escapar del peligro? Vuestro Rey Bolívar es el patrón araña que os arroja a la tempestad, quedándose a la rivera; os introduce en las llamas, soplándolas él desde lejos. Vosotros caeis, vuestros hijos mueren, vuestros pueblos se abrazan, vuestros campos se destruyen, y ese rey de copas dice que nada necesita de vosotros, que todo lo hace por vuestro bien, por vuestra libertad, por vuestra igualdad y por vuestra independencia? ¡ Oh embustero descomunal! ¡Oh engañador sin frente! ¡Oh trapecista sin rubor y sin verguenza! ¿Con que nada quieres de los americanos y te titulas ya su rey? ¿Y los tratas a todos como tus esclavos? ¡ Ah hijitos inocentes! ¡Ah hijitos niños extraviados! ¿Y vosotros morís física, civil, moral y eternamente para alargar dos semanas más, dos meses más esta comedia fabulosa del Rey Bolívar? ¡ Oh desgracia lamentable para vosotros! ¡ Oh vituperio cruel! ¡ Oh ignominia sempiterna! Hombres ilustres: ¿qué podreis esperar de un danzante Rey, sin hogar y sin casa? ¿Y por él os rebelais contra el gran Fernando? ¿Y por él infamais vuestro nombre y el de vuestra posteridad? ¿Y por él apagais el resplandor de vuestros progenitores?

     Sacerdotes del Altísimo, ministros del altar y del santuario, antorchas que deben resplandecer delante del trono de Dios, maestros y catedráticos de la moral cristiana y evangélica: el Señor os ha puesto como a Jeremías para que seais como un muro de bronce y una columna de hierro en medio de su iglesia, para que enseñeis al pueblo sus obligaciones, para que le separeis del peligro y del mal y le asegureis su bien y su estabilidad futura. Pues ¿cómo es que los párrocos y sacerdotes prostituyen su ministerio siendo los primeros que tocan la corneta de la rebelión en sus feligresías?       ¿ Cómo es que precipitan a la perdición y al infierno aquellas almas inocentes que Dios ha puesto bajo su dirección para que las encaminen a su fin? ¿Y su sangre no la pedirá el Señor de vuestras manos? ¿Y qué respondereis a Su Majestad Divina cuando os pida una cuenta estrecha de cada una de ellas? ¿Qué razones alegareis en vuestro favor? ¿Qué excusa dareis de tamaña criminalidad? ¿Los aullidos de tantos desventurados no subirán desde el infierno en aquel instante contra vosotros a clamar venganza? ¿Y cómo resistireis la fuerza y poder de su razonamiento? ¡Oh qué duro, oh qué inexorable, oh qué terrible deberá ser vuestro juicio! Vuestro hermano el obispo de Cartagena no puede creer estas cosas de vosotros, aunque se dicen en público. Espera una satisfaccion de vuestra parte correspondiente al agravio que se os infiere. El carácter de párrocos y sacerdotes es muy sublime para degradarle a tales atentados. No podeis ni debeis racionalmente ser ingratos a Dios en cuya causa pedísteis un ministerio al rey a quien jurásteis fidelidad perpetua; al gobierno que aprobó y garantizó vuestra moral y vuestra conducta; al prelado que os ordenó y ante quien prometísteis una obediencia constante a vuestro arzobispo; a las leyes que son las directoras de nuestra vida civil; a vuestros feligreses, cuya enseñanza tomásteis a vuestro cargo y cuya salvación corre en parte a vuestra cuenta. Vosotros no podeis ignorar que unos traidores, unos ladrones, no pueden hacer la felicidad de la América. De la libertad e igualdad que publican es una quimera para ocultar su desmedida ambición y que ellos mismos echan a rodar con esos títulos vanos de monarquía y de imperio. Que todo el mundo tiene reyes y emperadores legítimos y que en cada reino hay hombres grandes, espléndidos, nobilísimos, más honrados y sublimes que vosotros por su nacimiento, por su dignidad, por su representación, por sus rentas, por su sabiduría y no se creen degradados ni envilecidos en la presencia de su Soberano. Contemplad lo que sucedió al clero francés la primera vez que se oyó en el mundo el horrendísimo grito de igualdad, independencia, derechos imprescriptibles, y horrorisarse (a) —han— vuestras entrañas al ver setecientos sacerdotes con cinco obispos y arzobispos santísimos muertos en una hora a sablazos en presencia de otro ateo infernal como el Rey Bolívar. Y qué igualdad, qué independencia tienen los franceses después de veintidós años de sangre y de horror. ¿Pudo figurar en aquella escena bárbara ningún cura como vosotros? ¿Y esperais de unos principios como aquellos mejor suerte? ¿Dónde está ya entre vosotros la hermosura de Sión y la riqueza y belleza de Jerusalem? ¿Dónde están aquellas cortas rentas que eran el patrimonio de muchos eclesiásticos? ¿Dónde aquellos ornamentos que la piedad de vuestros abuelos donó como una consecuencia de su piedad para la majestad y decencia del culto divino? ¿Dónde están aquellos incensarios en que ardía la mirra más pura, aquellos candeleros que mantenían la cera más blanca, aquellas lámparas en que ardían incesantemente los aceites más dulces? Todo ha desaparecido. El robo, el pillaje, la rapiña, la depredación y no la libertad e independencia de las Américas es el único fin de esta guerra implacable. Abrid los ojos, oh hermanos míos, leed y meditad estas cortas reflexiones, y si las hallais conforme con vuestra religión, con vuestras leyes, con la pura y sana moral, con los principios del derecho común y con la recta razón depurada de pasiones, odios, ambiciones, envidias, enemistades, resentimientos, abrazadlas con fortaleza, enseñadlas a vuestros feligreses con repetición y empezareis a preparar el camino para la paz que tanto necesitan estas provincias, a debilitar la fuerza de los traidores, a preservar de sus insultos nuestra santa religión y sus templos, a redimir la sangre inocente de tantos cristianos como se derrama sin fruto, a precaver los pueblos del castigo futuro y de la ira de Dios. Así cumplireis vuestro ministerio, correspondereis a la confianza que la iglesia hizo de vosotros, a la obediencia que ofrecísteis en el acto de vuestra ordenación a vuestro prelado, a la fidelidad que jurásteis a su Majestad Católica y a las leyes, y, finalmente, a vuestros feligreses de cuya buena dirección os encargásteis. Os hallareis en circunstancias difíciles, os lo concedo. Pero ¿por qué no abrazar el mejor partido? ¿No teneis fortaleza para resistir el imperio de la bayoneta? ¿Por qué no sustraeros de él retirándoos a los ejércitos de Su Majestad bajo la salvaguardia de sus generales? Así mandó lo ejecutasen sus curas el meritísimo y virtuoso obispo de Maracaibo. ¿Y quién condenaría entonces vuestro proceder? ¿Se hallan en el mismo caso los pueblos? ¿Por qué no aconsejarlos hagan si es posible otro tanto y cuando no, que reciban indiferentes la fuerza estándose pasivos y obedeciendo lo que les manden? ¿Por qué no decirles envíen la juventud a los pueblos libres, para que los bandoleros no la arranquen y la pongan en el número de sus ladrones? En los casos dudosos podemos resolvernos por lo mejor, por lo más honesto, por lo que tenga más interés común, por lo que tenga más orden al servicio de Dios y del Rey y por lo que más asegure vuestras conciencias.

Por jóvenes que seais no podeis ignorar que es más justo y glorioso decir: “Viva el Rey”, que no: “Viva un Traidor”; que es más honrado y decente decir: “Viva el sucesor de setenta y cinco reyes, que decir: “Viva el hijo de un polizón o de un marinero”; que es más conforme a nuestro amor propio sujetarnos a un príncipe magnífico y virtuoso que no a un pirata cruel sin moralidad y sin talento. El primero puede y quiere hacer nuestra felicidad, por su misma grandeza; el segundo, ni quiere, ni puede nada por su humillación y su miseria. El primero es grande en todo sentido; el segundo es en todo sentido pequeñuelo. El primero abate por vosotros y por la salvación de vuestras almas la mitad de su majestad y de su resplandor; el segundo quiere elevar su polvo a la dignidad regia con vuestra vida, vuestro sudor y vuestra sangre. El primero honra y dignifica a todos sus súbditos; el segundo desnaturaliza y envilece a todos sus secuaces. Las naciones grandes de Europa privan de sus derechos respectivos a todos sus súbditos que se asocian a estos bandoleros, cualquiera que sea su clase y su condición. En Riohacha ha sido fusilada toda la expedición de Mac Gregor y no por una violencia de hecho y sí por un justísimo derecho sancionado y consagrado por todos los soberanos. Luego todas las naciones del mundo creen dignos de muerte a los traidores que pretenden turbar la pacífica posesión en que están los reyes de España de estas Américas. Luego, si son dignos de muerte los individuos de todas las naciones que alteran la tranquilidad de estos países, ¿dejarán de serlo los mismos vasallos del soberano? ¿Y dejarán de serlo aquellos que mueven los pueblos a la rebelión del mismo modo que los que la sostienen? ¿Y podrá salvarse de esta pena el carácter de curas y de párrocos a quienes no quisieren mantener la justicia y dignidad de tales ministerios; Digo a los que no quisieren mantener, porque no es creíble ignoren los sacerdotes que por el delito de alta traición como es el de que hablamos, están, según todos los cánones y leyes, desaforados los eclesiásticos. Por esta razón Hidalgo y Morelos, curas de Nueva España, murieron como traidores. ¿Y cuántos otros no hubieran seguido su suerte si la piedad y misericordia del Rey Fernando, elevándose como dos montañas inaccesibles, no hubiese rechazado los gritos de venganza que pedían los derechos referidos a vista de la humanidad degradada y envilecida con tales crímenes?

     Ya es tiempo, oh hermanos. Ya es tiempo que cesen las ilusiones, que se conozcan las cosas como son en sí, que no se crea que un tirano que no tiene camisa puede aspirar al trono de estos países, que no es la libertad y la independencia la que se controvierte sino la desmesurada ambición de un hombre sin frenos, sin temor y sin ley. Ya es tiempo, sí, ya es tiempo que cesen las pasiones, que la razón domine en todos nuestros consejos, que se economice la sangre humana, que nos creamos hombres en el siglo de la ilustración y de la sabiduría y no bozales africanos de los siglos de bronce y de hielo sumergidos en la barbarie de una vida salvaje. ¿Qué diríais vosotros si los españoles de la península matasen sin misericordia a los españoles americanos que viven en ella bien establecidos, con grandes empleos y los matasen solamente porque no nacieron en España? ¿Qué quejas, qué improperios, qué anatemas, que execraciones no arrojaríais contra tan criminal conducta? Y tendríais muchísima razón, porque los vasallos de un rey, los individuos de una nación, cualquiera. que sea el lugar de su nacimiento, son dignos por sus virtudes y sus talentos de las consideraciones de su monarca. Así lo practica el benignísimo rey Fernando, nuestro señor, teniendo como tiene en su real palacio en la servidumbre inmediata de su real persona y de los señores infantes, sus serenísimos hermaos, en sus secretarías, en sus Consejos, en sus Cámaras, en sus Oficinas, en sus Audiencias, en sus Tesorerías, en sus Ejércitos, en sus Iglesias y Cabildos tantos americanos españoles como españoles europeos —que— podreis encontrar en toda la América del Sur. Estos viven quieta y pacíficamente, aunque no nacieron en España, en sus casas, en su elevación, entre sus comodidades y llenos de brillantez y de resplandor tal que pudieran dar envidia a otras almas menos sublimes que las nuestras. Y si matar a estos hombres en medio de su fortuna porque no nacieron en España sería una impiedad e inhumanidad abominable, ¿qué sería matarlos si fuesen pobres idos allá a buscar con su trabajo, con su aplicación, con su economía la vida? Este es puntualmente el exceso de barbaridad inaudita que hace cometais el desventuradísimo Bolívar, matando, asesinando, roban­do los pobres españoles que han venido a esas provincias a trabajar, a sudar, levantar sus casas y a fatigarse para hacer felices vuestros hijos, vuestros nietos, vuestros bisnietos. Genios envidiosos, ¿hasta donde llevareis ese furor diabólico? ¿Hasta donde llegará vuestra sed de sangre? ¿ Hasta donde vuestra ignominiosa degradación?

     Eclesiásticos: esta grande obra de remediar los extravíos de la razón, es vuestra. Los pobrecitos en sus campos y en sus trabajos nada conocen de todas estas maniobras secretas de robar ni ejecutar tales barbaridades, mas que maquinalmente; porque tal cual cura, tal cual clérigo, tal cual religioso, tal cual de estos paseantes sin oficio ni beneficio, los inflaman, los encienden, diciéndoles hacen una obra santa, caritativa, virtuosa, matando cuatro ancianos a quienes la vejez tiene ya puestos en los umbrales del sepulcro. Decidme, ¿cuán santo ha sido el asesinato de Ocaña y cuánto tiempo gozaron del fruto de su horrendo crimen los asesinos? Chorreaba la sangre inocente en sus sacrílegas manos cuando se dieron a cometer, descuartizar, desmembrar, desentrañar y bajar de repente al infierno. De­cidme ¿cuán santo ha sido el asesinato del gobernador de Popayán mandado acaso por un clérigo, y si será menor que en Ocaña la venganza de su muerte en todo el Valle del Cauca? Decidme, ¿cuán santos son los asesinatos de Santa Fe y si los sicarios vivirán mucho tiempo alegres y contentos en sus casas y en el seno de sus familias? ¡Ah eclesiásticos, eclesiásticos! ¿Dice Dios que se maten así los hombres? ¿Manda Dios tales latrocinios? ¿Manda Dios tales horrores? Y si no lo manda, ¿a quién se deberá obedecer, a su Majestad Divina o a Bolívar que los autoriza? Y los eclesiásticos, ¿seguirán la opinión de un ateo contra las santísimas obligaciones de su destino? ¡Oh confusión! ¡Oh descrédito! ¡Oh vilipendio de la doctrina cristiana y del sacerdocio! Nada más ajeno de nuestro carácter, nada más oprobioso, nada más criminal. Mirad cuán santas son estas obras y cuán recomendables los que las promueven. Los negros de los Cayos han negado ya la hospitalidad al pirata Mac­Gregor y no le han recibido en sus puertos. El virtuoso cura de Jamaica no ha permitido diga misa en su iglesia el apóstata y excomulgado canónigo Madariaga, como indigno de las funciones sacerdotales, ni hizo honores fúnebres, ni dio sepultura eclesiástica a un regular del número de los traidores que murió impenitente en el recinto de su parroquia. Y ¿por qué lo hará así siendo como es un extranjero? ¿Sabeis por qué? Porque sabe su obligación, sabe cánones, sabe la doctrina cristiana, sabe el Evangelio que ignora ese tal Madariaga y otros muchos tan impíos como él. Sabe el derecho de las gentes y como el hombre virtuoso es respetado en todas las naciones del mundo civil menos en el Reino Bolivariano. El muladar espera su cuerpo, oh desventurado Jason. El infierno tiene abiertas sus fauces para recibir tu alma; la espada de Dios vibra ya sobre tu cabeza. Teme, tiembla, pídele misericordia, implora su bondad, da un testimonio de tu sincero arrepentimiento, sé otro Pablo convertido en la tarde. Dichoso y feliz si sabes aprovechar el auxilio oportuno. No te detenga ese maldito: qué dirán las gentes. Dirán que erraste como hombre y que te reformaste como cristiano prudente; que te arrebataron las pasiones desordenadas, pero que tu razón con mejor acuerdo te ha vuelto al camino de la justicia; que creíste por varias lecciones de malos libros que era posible el quimera de la libertad e igualdad de los hombres, pero que tu alma se horroriza al ver tanta sangre como cuesta un ente que no existirá en el mundo. ¿Qué te detiene? El Rey, tu padre, te espera como al pródigo con los brazos abiertos. Como Rey, es mayor que todos tus delitos; como padre excede en la ternura a todas tus crueldades. Animo, pues, oh sacerdote desgraciado. Muchos con más conocimiento han abrazado este partido y gloriosos consuelan la iglesia edificando con su ejemplo lo que habían destruído con su condescendencia.

     Cuando el Lord Almirante medite seriamente la injuria que hacen a su dignidad, a su nación, a su rey, y la cizaña que siembran entre los vasallos de la Gran Bretaña los traidores refugiados en su isla, los arrojará como a indignos de su protección, como a perturbadores del orden público, como a corrompedores de la moral universal de los hombres, como a entorpecedores de comercio mutuo de los estados y, finalmente, como a zánganos embusteros que harán la bancarrota de los comerciantes con los tratados de subsidios para las graciosas expediciones de la Costa Firme. ¿De dónde pagarán los gastos de las lucidísimas empresas de Riohacha y Portobello? Y cuando tuvieran con qué pagar los gastos, ¿con qué remediarán la muerte de tantos hombres, infamemente engañados y llevados al sacrificio? Una hora, una hora de meditación seria, será bastante para que no quepan en el mundo. Si Hércules, si Aquiles apareciesen en nuestra edad ya no se verían esos centauros tan perjudialísimos al género humano. Ellos los hubieran perseguido hasta en las entrañas de la tierra. Un gobierno establecido bajo ciertas leyes debe ser más justo que un solo héroe para deshacer los malandrines que dan mal ejemplo a sus súbditos, infaman su nombre y con pretextos vanos derraman su sangre. Las fieras que abrazan su casa y beben la sangre de sus mismos padres, no respetarán las ajenas. Ellos —en— nada tienen con que se destruya el mundo, se destruyan las naciones, con tal que vean, cobardes, correr la sangre de tantos hombres dignos de mejor suerte desde la atalaya. La policía debe descubrirlos y castigarlos sin consideración y sin misericordia, puesto que esos tigres desconocen tan recomendable virtud y no tienen por otra parte ninguna de las virtudes sociales.

     Tales son, oh noble y virtuoso clero de la Nueva Granada, los agentes y factores de esta guerra descomunal y bárbara que mantiene contra su rey y señor, ese Rey de Copas, Juan Camisón, que nada necesita de los americanos. Volveros, oh americanos, a vuestras casas, dejad el esqueleto a este embustero que os engaña y os mata y vereis en qué para todo su resplandor, le vereis desaparecer como un fósforo, le vereis en manos de la justicia y le oireis decir desde la horca que muere, ¿por qué le habeis desamparado?; que es tanto como si dijera que os lo ha debido todo, hasta la misma vida. ¿Y dirá después sin rubor que solo desea vuestra felicidad? ¡ Oh felicidad cruel! Almas desgraciadas que ardeis en el infierno por el reino ideal del traidor Bolívar, venid y decid a los ilusos que siguen vuestros pasos cuán felices sois, cuán bien recompensados han sido vuestros trabajos, cuán bien satisfechos vuestros servicios y lo que haríais (si pudierais salir de aquel hondo calabozo y libraros de aquellas llamas implacables) con todos los autores de vuestra condenación eterna. ¡Oh, y cómo, agitados por todo el furor de los condenados correríais a encontrarlos y a desmenuzarlos entre aquellas manos encendidas que en un cuadrante reducirían en betún esos cuerpos impuros! Ahora, ahora conocereis, oh ateos trapacitas, si hay Dios en el cielo que castigue tus crímenes! ¡Ahora, ahora verás si hay Dios justo que vengue en tí nuestra desventura! ¡Ahora, ahora verás si hay eternidad in­consolable para los malos! ¡Oh mal religioso insepulto! ¿Creíste que Dios fuese embustero como tú, criminal como tu, engañador como tu? Ya llegó el tiempo, ya llegó el tiempo del desengaño. Tú, traidor, debiste saber el Evangelio, debiste leer las Santas Escrituras, debiste enseñarnos el camino de la virtud y de la salvación; y ¿qué hicistes, apóstata infiel y perjuro, para cumplir tus obligaciones? Lo mismo dirán a cualquier otro sacerdote que haya concurrido con sus exortaciones a la perdición de tantas almas. Tarde o temprano, oh ministros del Señor, ha de llegar este momento. Evitemos su terribilidad; esta será tanto más espantosa y severa en nosotros cuanto es mayor nuestra instrucción y nuestro conocimiento. Estas verdades son tan tremendas, tan claras y tan ciertas, que es necesario ser, como dice el santo rey David, malos sin entendimiento para no conocerlas. ¿Y quién, conociendo la verdad, no la abraza, la sigue, la enseña, si no por temor a Dios, por la rectitud natural que debe tener todo hombre de bien en el mundo? Si hasta de presente algún mal sacerdote engañado con las ideas subersivas de Padilla, de Rosillo y de otros tales eclesiásticos que tenían el concepto de sabios, ha contribuído a encender el fuego de la guerra civil, opóngaseles todo el clero con fortaleza sacerdotal, haciéndoles ver que aquellos sabios erraron en la efervecencia de las pasiones y que arrepentidos se han reconciliado con Dios y con su rey; que hagan otro tanto y manifestarán como ellos que obraron sin conocimiento de causa y sin libertad completa. San Pablo persiguió la iglesia en su nacimiento; después fue su antemural inexpugnable. Estos son los ejemplos dignos de imitación, no la obsecación y obduración de Bolívar. Por este camino se reintegra el clero en la buena opinión que le corresponde y que habrá perdido sin justicia por el aturdimiento de uno u otro desaconsejado. El Señor, por quien es y por la sangre de su hijo Sumo Sacerdote y Pontífice eterno, dé todo el incremento que deseo a estas razones, inflame vuestro corazón, ilumine vuestro entendimiento para que enjugueis las lágrimas de la afligida iglesia por la muerte eterna de tantos hijos como ve perderse en manos de su desesperación; para que mejoreis las costumbres de vuestros pueblos; para que les enseñeis el santo temor de Dios, la obediencia y respeto al Rey, nuestro señor, y a todas las autoridades legítimas, el amor recíproco a todos los hombres como a hermanos y prójimos y que entiendan bien, para remediar el oprobio presente de la especie humana, que la patria del hombre como hombre, es el universo del español, americano o europeo, y todos los reinos, provincias, islas, ciudades y pueblos del rey de España, y como hombre particular, es decir, como Pedro, como Juan, como Antonio, —lo— es, o Santa Fe, o Caracas, o Cartagena, o Madrid, o Sevilla, o Lima, o México, donde hubiere nacido. Que por esta razón infinitos americanos viven tranquilos, como llevo dicho, en Madrid y en varias ciudades de la península sin que sus hermanos los maten, los descuarticen, los roben porque nacieron acá del mar. Cuando los pueblos conozcan estas cosas, entiendan su verdadero interés y aspiren a su verdadera felicidad, desaparecerá Bolívar con sus satélites, se disiparán las negras sombras que alteran los corazones, renacerá la verdadera alegría y la abundancia y, enlazados y abrazados estrechamente todos los españoles, bendecirán a Dios por sus misericordias, al rey por sus bondades y por su protección, a los generales y magistrados por su valor y por su integridad, y a los curas párrocos y sacerdotes por su caridad, por su enseñanza, por su predicación y por su celo.

     Párrocos y feligreses del río Magdalena: quien habla con tanto interés a los extraños, no puede olvidar vuestra crítica situación. Mil hipócritas rapaces andarán en medio de vosotros sembrando la discordia; mil lobos con piel de oveja estarán tramando asesinatos como los de Ocaña. Prendedlos y remitidlos al gobierno para su condigno castigo. No os suceda otro tanto como a aquellos desgraciados y a todos cuantos abrazan el partido de la iniquidad. Mirad, hijos, que por momentos se estrechan las distancias de los malos y es inevitable su ruina. El coronel Warleta cuyo valor, virtud e integridad os es bien conocida, sube con una fuerza respetable de agua y de tierra a defenderos de los bandidos que os amenazan. El general Calzada con cinco mil hombres a marchas forzadas viene de Popayán sobre la capital del Reino. El general Latorre ocupa a Pamplona y al valle de Cúcuta. El general Morales se apresura por el Guasdualito, según se dice, y la evacuación de los Llanos ofrece el general pacificador obrar con toda su fuerza (paralizada por la inundación) en el paraje que lo crea más oportuno. La misericordia sin límites que acompañó al ejército podrá convertirse en otra tanta justicia, y ¿qué será de los desventurados relapsos que como canes hambrientos han vuelto al vómito de la traición? ¿ A quién de ellos se le perdonará la vida después de tantos argumentos de rebeldía? No debeis comprometeros con un traidor que os trata como bestias y cree con vuestra sangre fundar el trono pasajero a su soberbia y loca vanidad. Ese salteador famoso estará ya meditando su fuga para escapar de la muerte dejandoos a todos en los cuernos del toro y en medio de la plaza. Y ¿qué le importa que permanescais? Bien claro dice que, como no os engendró, nada estima vuestra vida. ¿En qué estimará ese incipientazo vuestras almas? ¡Oh vida! ¡Oh almas preciosísimas sobre todos los tesoros! ¿Quién me dará que muera con San Pablo por conservarlas y salvarlas. Mirad hijos, mirad qué contraste forma la religión entre mis sentimientos y los de Bolívar. Sed vosotros los jueces y decidid la cuestión, aunque seais muy escasos de entendimiento.

     Bolívar, vano, soberbio, atrevido, petulante, impío, sin religión, quiere privar de su corona al rey Fernando que la heredó de sus mayores, y que Dios, por una serie de portentos se la ha conservado en medio de los mayores peligros. Yo, cristiano rancio, me gozo de que Su Majestad la tenga, la posea, la regente por muchos años, y por sostenerla haré cuanto alcancen mis fuerzas y me gozo tanto de esta disposición divina que estoy más contento con que Su Majestad sea el rey, que si yo lo fuera. Y estoy por deciros un hipérbole: que si fuera mía y libre para donarla, se la donaría persuadido que su Majestad es como Saúl el mejor de todos los de su pueblo. Bolívar, hipócrita, embustero os engañó diciendo que nada quería de vosotros más que la igualdad, la independencia, los derechos imprescindibles de todos los hombres. Y cuando os vio metidos en el berengenal, ya no se acordó más de vosotros sino de sí propio, de su reino y de su corona. Yo os digo que jamás, ni por un solo instante hubo hombres libres, hombres iguales, hombres independientes. Adán obedeció a Dios, sus hijos a Adán, sus nietos y descendientes a sus padres primitivos. Hubo reyes, hubo repúblicas, mandaron los primeros, mandaron los jefes de las segundas. El pueblo obedeció constantemente a unos y a otros sin esa libertad quimérica. Hubo clases, hubo órdenes, hubo distinciones que no alcanzaron a todos. Y en esa vuestra república, ¿quién manda? Los intrigantes, los embusteros, los trapacistas. ¿Y sois iguales con ellos? ¿Y os sentais a su mesa? ¿Y llevais sus brocados? ¿Y asistid a sus consejos? ¿Y se ha casado alguno con vuestras hijas o vuestros hijos con las hijas de ellos? Luego no os reconocen iguales, luego quieren cierta superioridad, luego quieren el mando, y si alguno se lo disputa, luego le matan como mató a Piar.

  No los obedescais y vereis la libertad e igualdad por que derramais vuestra sangre. Bolívar dice que es vuestro libertador, y yo digo que es vuestro tirano. Bolívar dice —que— sereis felices, y yo digo que sereis miserables. Mirad como estabais en el gobierno dulce y paternal del rey antes de la revolución, la abundancia, las riquezas, la paz profunda, la alegría, el contento, todo rebozaba en este país. La prosperidad multiplicaba los matrimonios; en los hijos se replicaban las imágenes de sus padres, crecía a manera de un torrente la población, se dilataba el comercio; la agricultura, la descuidada agricultura empezaba ya a desarrollar de la tierra empobrecida por el abandono; el verdadero manantial de sus riquezas que progresivamente os hubieran hecho los hombres más ricos del universo. Cada familia, al abrigo de las leyes, vivía en esos campos bajo su plátano o papayo, como los hebreos antiguos bajo su higuera y su parral, sin temor y sin sobresalto. El rey, sus ministros, sus consejos se desvelaban por vosotros, reformando los defectos que el tiempo descubría en la antigua legislación, para que fuese más completa y satisfactoria vuestra fortuna. Y ¿dónde están ya todos estos bienes? La revolución. Bolívar. La malhadada patria los desapareció todos, así como el solano seca y consume la hermosura y verdor de los campos en la primavera. La imagen de vuestro estado actual en comparación del que acabo de referir, es más horrorosa y disforme que lo sería la desnuda y pálida muerte con todos sus espectros o visiones al lado de una joven ninfa adornada de todas las gracias. Bolívar quiere Ilevaros a la muerte y que perdais de un solo golpe por su capricho, honra, vida, alma, hacienda, padres, hijos, esposas, amigos, parientes. Yo quiero que vivais, que conserveis vuestro honor, que cuideis de vuestras parentelas, que os divertais en paz con vuestros amigos, que aumenteis con vuestra aplicación vuestras proporciones, que temais a Dios y salveis vuestra alma. ¿Quién de los dos os ama verdaderamente? ¿Qué consejo es más noble? ¿ Cuál para vosotros es el mejor partido? Decididlo vosotros, contempladlo vosotros, resolvedlo vosotros. Entre tanto yo, postrado delante del Ser Supremo le pediré, le rogaré, le estrecharé con instancia os ilumine en un negocio de tanto interés y de tana monta.

       Dado en Cartagena de Indias, a 29 de noviembre de 1819.

 

Gregorio José, obispo.

 

Cartagena de Indias.

En la Imprenta del gobierno.

                            Por don Juan Antonio Calvo.

                                       Año de 1819.

 

Esta circular fue enviada al Marqués de Mata Florida el 29 de marzo de 1820.

 

REGRESO AL INDICE

SIGUIENTE