Documento No. 118

Morillo al Ministro de Guerra

Valencia, septiembre 12 de 1819 (6).

        Excelentísimo Señor. — Por los adjuntos partes que paso a manos de Vuestra Excelencia, para conocimiento de Su Majestad (7) y oficio del Virrey de Santa Fe (8) se enterará Vuestra Excelencia de la desgraciada acción del 7 de agosto último, en que fue completamente derrotada la tercera división del ejército de mi mando, a las órdenes del coronel don José Barreiro, en las inmediaciones de Tunja, ignorándose hasta ahora la suerte de este jefe y la de todos los oficiales y soldados de dicha división, que probablemente habrán perecido a manos de los rebeldes. Ningunos detalles puedo transmitir a Vuestra Excelencia de acción tan funesta, porque hasta ahora no han llegado a mi poder otros conocimientos más de los expresados. El sedicioso Bolívar ha ocupado inmediatamente la capital de Santa Fe, y el fatal éxito de esta batalla ha puesto a su disposición todo el Reino y los inmensos recursos de su país muy poblado, rico y abundante, de donde sacará cuanto necesite para continuar la guerra en estas provincias, pues los insurgentes, y menos este caudillo, no se detienen en fórmulas ni consideraciones. Cuentan con la disposición de los habitantes y no son responsables a ninguna ley de sus procederes. — Luego que supe la marcha de Bolívar desde Guasdualito al Casanare con dirección al Reino, hice salir en posta al mariscal de campo don Miguel de La Torre, para que se encargase del mando de la tercera división y demás tropas del virreinato, según anuncié a Vuestra Excelencia en mi oficio de 2 de julio último, haciendo seguir inmediatamente al primer batallón de Navarra. Pero a la llegada de aquel jefe a la Villa del Rosario de Cúcuta, en los valles de este nombre, se encontró por el camino interceptado por numerosas partidas de rebeldes que cortaban enteramente la comunicación con el interior del Reino, y tuvo que aguardar la llegada de Navarra, que emprendiendo su marcha desde Barinas, punto más inmediato, tenía que andar sin embargo más de 200 leguas, por un país despoblado y falto de auxilios. Así es que no pudiendo llegar a tiempo de reforzar la tercera división, Bolívar continuó sus marchas, engrosando siempre su ejército con nuestros desertores, los descontentos y los hombres de todas clases y condiciones que fue sacando de los pueblos que invadía, y pudo presentarse con fuerzas tan respetables al frente de nuestras tropas, que logró derrotarlas completamente. Esta desgraciada acción entregó a los rebeldes, además del Nuevo Reino de Granada, muchos puertos en la mar del Sur, donde se acogerán sus piratas, Popayán, Quito y Pasto y todo el interior de este continente hasta el Perú, en que no hay ni un soldado —y— queda a la merced del que domina en Santa Fe, a quien al mismo tiempo se abren las casas de moneda, arsenales, fábricas de armas, talleres y cuanto poseía el Rey, nuestro señor, en todo el virreinato. Tres mil venezolanos aguerridos que formaban la tercera división, muy buenos oficiales, y cuatro o cinco mil fusiles aumentan ya el ejército de Bolívar, que con los ingleses que le acompañan y los hombres que sacará de las vastas y pobladas provincias del Reino, tendrá más que suficiente para acabar de dominar en pocos meses a todo Venezuela. Mientras Bolívar en un solo día acaba con el fruto de cinco años de campaña, y en una sola batalla reconquista lo que las tropas del Rey ganaron en muchos combates, por la disposición, sentimientos y opinión general de los habitantes, nuevas y grandes expediciones van llegando de Europa a barlovento, en refuerzo de los tres mil extranjeros que ocupan además de los naturales, las provincias de Guayana y Cumaná, cuya sola fuerza es suficiente para apoderarse en el día de todas estas provincias que apenas cuentan con dos mil europeos. Los llanos de Barcelona, los del Apure y Casanare, todos están en poder de los rebeldes y allí los insurgentes Páez, Sedeño y Monagas tienen los almacenes, los caballos y los únicos recursos con que en estos países se cuenta para hacer la guerra. Las comunicaciones de los ríos navegables les facilitan surtirse con profusión de sus grandes depósitos de armas y vestuarios establecidos en Guayana, depósitos y provisiones que pusieron allí los avaros comerciantes ingleses, y que ahora con la noticia de los nuevos triunfos de Bolívar y la certeza de asegurar sus créditos, se aumentarán más allá de lo que podían los insurgentes desear. El triste cuadro que presenta en el día el ejército expedicionario de Costa Firme próximo a su total disolución, cediendo con su exterminio a la multitud de fuerzas que cargan sobre él para apoderarse de estas provincias, está trazado por mí hace tres años, cuando desde Mompox y Ocaña, en abril de 1816, manifesté a Su Majestad, por conducto de Vuestra Excelencia, la suerte progresiva que tendrían sus reales armas en este hemisferio si no se remitían oportunamente los auxilios y reemplazos que pedía, cuya falta ha originado pérdidas y ma­les que difícilmente podrán repararse. No confío en mis talentos políticos, ni me precio de adivinador infalible en los sucesos de este continente, pero el ardiente anhelo que me anima por la justa causa de nuestro amado Soberano y la experiencia que adquirí en el conocimiento del carácter, opinión, recursos y sistema de los vasallos que aquí se rebelaron contra Su Majestad, me pusieron en el caso de hablar y de profetizar el destino de estas posesiones si no podían ser socorridas como propuse, y el término fatal a que hemos llegado, que se ha prolongado tanto tiempo por la constancia infatigable de los heroicos soldados que han resistido con damiración general al cúmulo de circunstancias reunidas para hacer inútiles sus inimitables esfuerzos. Es menester, Señor, conocer la América y particularmente Venezuela y los venezolanos, para dar importancia a esta sencilla relación, en que lo menos que pretendo es elogiar el mérito contraído por los valientes del ejército de mi mando. ¡Ojalá que ella alcance el que se pidan por Su Majestad informes a personas que conozcan la revolución y los insurgentes de estas provincias, sobre el estado difícil y apurado en que nos hallamos! —Puse en conocimiento de Vuestra Excelencia para que se dignase elevarlo al de Su Majestad, la actividad con que, armando hombres del país durante el invierno pasado, llegué a reunir sobre el Apure un ejército respetable, el terreno que con él ocupé, y los efímeros resultados que produjo la campaña de los Llanos de Arauca por la diseminación que hicieron los enemigos de todas sus fuerzas. Después de estos acaecimientos desembarcó la expedición inglesa en Barcelona, y se vió atacado a un mismo tiempo el ejército de Su Majestad en Cumaná, en los llanos del Unare, en la provincia de Barinas y en las serranías de Santa Fe, mientras millares de partidas esparcidas en todas las provincias, robaron los pueblos, cortaban nuestras comunicaciones y nos privaban de recursos. Llamada poderosamente mi atención a todas partes y, particularmente, en extremos que distan entre 600 leguas, no pude oponer más que el valor heroico de los pocos soldados que están a mis órdenes, y triunfaron gloriosamente en el Unare, la Cruz, Cumaná y Barcelona, rechazando por todas partes los bien combinados esfuerzos de un emigo audaz y aguerrido; pero el solo punto que —se— plegó a la fuerza y fue arrollado, le ha recompensado con usura sus pérdidas en las demás provincias. Juzgue Vuestra Ex­celencia de nuestra situación después de estos sucesos, y dígnese examinar qué esperanza queda de salvar y defender este país, cuando en un solo golpe, en nuestros grandes apuros, hemos perdido más de tres mil soldados que pasarán sin duda a aumentar las filas enemigas, y mayor número de armas con los recursos del virreinato de Santa Fe. Al mismo tiempo, es fácil que Vuestra Excelencia alcance cuáles serán los resultados de los nuevos combates que van a librarse por consecuencia del orgullo y poder en que se hallan los insurgentes con la conquista de aquel reino, dejándonos reducidos a un corto recinto donde no hay más que enemigos del Rey y de la España, concluídos los escasos medios con que hasta ahora habíamos podido aunque con gran trabajo subsistir, y sin más esperanzas que la de terminar nuestra existencia con honor, pero sin fruto alguno. La suerte de Venezuela y de la Nueva Granada, Excelentísimo Señor, no puede ser dudosa, y cualesquiera reflexión lisonjera que hagan a Su Majestad, en contradicción a las ingenuas y verdaderas demostraciones que tengo hechas por el Ministerio de Vuestra Excelencia en toda mi correspondencia, son tan arraigadas, que si han podido influír para desatenderlas, solo la triste experiencia y los resultados desagradables que tal vez tocamos sin remedio, probará que no me he engañado en mis predicciones, hijas del convencimiento, del buen deseo y de la obligación con que debí informar a Su Majestad de lo que podía temerse o esperarse en todos sus sublevados dominios. Todavía pudo haberse remediado el mal si al principio en este año hubiesen llegado cuatro mil hombres y buques de guerra para someter la Guayana. Con las fuerzas que logré reunir se hubiera conseguido aquella importante operación y, conquistando Guayana, se salvaba a Santa Fe, se aseguraba todo el inmenso país que hay hasta el Perú, las conquistas del mar Pacífico y la fuerte plaza de Cartagena de Indias que se halla en la actualidad tan próxima y tan terriblemente amenazada, pues preveo estará pronto reducida a sus murallas y los piratas, con los buques de guerra que continuamente reciben de Inglaterra y Norte de América, poderosos para reducirla al más estrecho bloqueo. Ahora no serán suficientes ocho mil hombres para reconquistar lo que hemos perdido en opinión y en terrenos con solo una acción desgraciada, cuando tantos triunfos conseguidos por las armas de Su Majestad anteriormente, apenas hicieron más que someter el país que pisábamos. Las funestas consecuencias de una batalla perdida por las tropas españolas en América ha demostrado la experiencia que con muchas otras ganadas después, no han podido repararse, como en estas provincias no conseguimos a pesar de tantos esfuerzos, contener las ventajas que obtuvieron los insurgentes cuando Mac-Gregor penetró en 1816 desde Ocumare hasta los llanos de Barcelona y sitió a Chacuaramas, batiendo en seguida en el Alacrán y en el Juncal al brigadier Morales y coronel López. Sucesos tan pequeños en comparación a nuestros triunfos, unidos a la batalla de San Félix que en 11 de abril de 1817 perdió el general La Torre en las inmediaciones de Gua­yana, pusieron a disposición de los rebeldes esta provincia, la costa de Guaira, el interior de la de Barcelona y los de Casanare, donde establecieron su residencia para formar y organizar el ejército que al fin ha dominado a Santa Fe. Estos prodigios, que así pueden llamarse por la rapidez con que los han conseguido, fueron obra de Bolívar y un puñado de hombres reunidos en los Cayos de San Luis, de los cuales, Piar, Mariño, Bermúdez y otros muchos desembarcando solos, bastaron para sublevar pueblos y provincias enteras, formar ejércitos numerosos y abrir el nuevo y sangriento teatro de combates que se han seguido después, llenando de desolación este país. Dígnese Vuestra Excelencia comparar las situaciones de 1816 cuando tuve el honor de hacer presente a Su Majestad lo que temía por la expedición que Bolívar organizaba en los Cayos, y lo que ahora en esta época, con el virreinato de Santa Fe en su poder, un ejército de más de 12.000 hombres, entre los que se cuentan cuatro mil ingleses y extranjeros, dueños de la Guayana y costas de barlovento, su escuadrilla preponderante en estos mares, con grandes recursos facilitados por la avaricia inglesa, el estado en que yo me hallo roducido a una pequeña parte de las provincias de Venezuela, con un cortísimo número de soldados europeos, en medio de tal miseria, que solo han percibido una cuarta parte de haber en todo este año y sin esperanzas de socorro alguno, para juzgar de la suerte que próximamente nos aguarda y de la que tendrá sin remedio esta parte de los dominios de Su Majestad. En tan angustiada situación no puedo menos de hacer salir inmediatamente a mi ayudante de campo el coronel don León Ortega para que lleve a Vuestra Excelencia estos despachos y le informe menudamente de cuanto ha ocurrido y de la urgencia que hay para hacer el último esfuerzo, a fin de que este ejército sea auxiliado sin demora alguna con siete u ocho mil hombres y buques de guerra para el apostadero de Puerto Cabello, sin cuya fuerza será imposible lograr ninguna ventaja, asegurando a Vuestra Excelencia que si llegamos a sucumbir y se pierde la Costa Firme, que es la América militar, no la volverá jamás a recuperar el Rey, nuestro señor, aunque para ello se empleen 30.000 hombres. Y bastará solo conocer un poco de historia de la revolución de este país y la sangre que en ella se ha derramado, para persuadirse de tan conocidas verdades, cuyos resultados son infalibles. Yo entretanto aeguro a Vuestra Excelencia que haré cuanto esté de mi parte por conservar estas provincias a Su Majestad, y que en ella no dominarán los insurgentes mientras exista un soldado español; pero el corto número de éstos y los enemigos formidables que nos cercan, no permitirán a lo sumo otra cosa que salvar el honor de las armas del Rey, nuestro señor, pereciendo todos en defensa de su justa causa, sin poder conservarle esta importante parte de la América meridional. Dios, etc. Cuartel general de Valencia, 12 de septiembre de 1819.

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(6)          Rodríguez Villa, Antonio. El teniente general don Pablo Morillo. Madrid, 1908. Torno VI. pgs. 49-55.

(7)          No están incluidos.

(8)          Probablemente el oficio mencionado en documento Nº 57.

 

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