I

DOCUMENTOS PRELIMINARES

Documento No. 1

De Morillo al Rey

Enero 25 de 1819.

Señor:

 

Don Pablo Morillo, Teniente General de vuestros reales ejércitos y General en Jefe del Expedicionario a esta Costa Firme, hace presente a Vuestra Majestad con el más profundo respeto y veneración: que por el capitán general interino de estas provincias le ha sido trasladada la adjunta soberana disposición, de que acompaño copia número 1ª, (1) comunicada por el Secretario de Estado y del Despacho de Hacienda al superintendente de estas provincias, don Francisco Xavier Arambarri, en que Vuestra Majestad se digna resolver sean suspendidos los efectos de la Real orden del 31 de julio del año último, en que con presencia de mis exposiciones sobre el deplorable estado de estas provincias tuvo a bien autorizarme de nuevo Vuestra Majestad con todas las facultades que se me confirieron en instrucciones reservadas del 18 de noviembre de 1814, al encargarme del mando de la expedición de Costa Firme, disponiendo que en su uso y ejercicio no me fuesen entorpecidas ni variadas, hasta tanto que diese cuenta de hallarse estas provincias en estado de volver al sistema de gobierno que rigió en ellas el año de 1808.

En ninguna ocasión, Señor, hubiera sido más importante la confirmación que Vuestra Majestad se dignó dictar de aquellas instrucciones que en la época actual, en que la situación de estas provincias, el estado miserable del ejército que me confió Vuestra Majestad y la guerra desoladora que los vasallos rebeldes nos hacen, exigían que el jefe de las tropas reales tuviese los recursos y autoridad de que se ve privado. Al llegar a estas costas con la expedición, no hubo, ciertamente, tanta necesidad de aquellas facultades, porque todas las provincias estaban sometidas, la Margarita se redujo y solo alguna miserable gavilla vagaba por los bosques del Orinoco. A pesar de ésto, si no hubiese usado los recursos que me facilitaban el uso de las expresadas instrucciones, la plaza de Cartagena de Indias no hubiera visto enarbolado el pabellón de Vuestra Majestad. Cuando pedí al capitán general, don Juan Manuel de Cagigal, y al superintendente, don Dionisio Franco, los auxilios que necesitaba el ejército para su subsistencia y marchar a establecer el bloqueo de la plaza de Cartagena, se me contestó oficialmente que se podría hacer poco menos que nada, añadiendo el gobernador de la plaza de Puerto Cabello que ni diez raciones diarias podía suministrarse a las tropas. El uso acertado que hice entonces de las expresadas instrucciones nos sacó de tantos apuros. Vivió el ejército y se aprontaron víveres para todo el bloqueo de Cartagena.

    En este mismo tiempo se me comunicaron por el extinguido Ministerio Universal de Indias, de que incluyo copia bajo el número 2º, reales órdenes muy urgentes para que enviase dos buenos regimientos al Perú en auxilio de su ejército, hallándome cuando las recibí fondeado en Cabo la Vela con solo los batallones de León y Victoria, únicos cuerpos europeos de infantería que me acompañaron a la conquista de Cartagena. También tuve entonces que tomar a mi cargo la suspensión de unas órdenes tan terminantes, y a esta circunstancia se debió la toma de aquella importante plaza.

     Después de triunfar las armas de Vuestra Majestad en tan grande empresa, redujeron —se— otra vez a la obediencia de su legítimo soberano las doce provincias del Nuevo Reino de Granada, destruyendo cuantos ejércitos rebeldes se opusieron, apoderándose del numeroso armamento y parques que habían formado durante seis años, y, superando obstáculos, peligros y trabajos de todas clases, se restableció la paz y el orden en aquella hermosa parte de los dominios de Vuestra Majestad. Todo esto fue obra en gran manera de los medios que pude manejar con arreglo a las citadas soberanas instrucciones y, a pesar de los entorpecimientos que sufrí por parte del virrey don Francisco Montalvo, de las pugnas que me suscitó a cada paso, privándome de auxilios y dejándome aislado, logré conseguir el importante fin con que Vuestra Majestad se dignó enviarme a estos países. Mis partes remitidos a Vuestra Majestad por conducto del Ministerio de la Guerra forman la historia de estos acaecimientos y ellos, con los felices resultados que se consiguieron, son el testimonio mas auténtico que puedo presentar de mi conducta y moderación.

     Jamás he abusado, Señor, de la singular confianza con que Vuestra Majestad se dignó honrarme, poniendo a mi cuidado una empresa de tanta importancia, para la cual expuse sencillamente no bastaba mi limitado talento. He hecho por corresponder a las mercedes de Vuestra Majestad cuanto ha estado a mi alcance, y si los sacrificios personales, el incesante desvelo y actividad con que he recorrido este vasto continente, acudiendo donde ha habido enemigos de Vuestra Majestad para destruirlos, no han podido conseguir cuanto se necesitaba para su tranquilidad, he manifestado a lo menos los ardientes deseos que me animan por sacrificar mi existencia en defensa de los derechos de Vuestra Majestad.

     Para facilitar a los vasallos rebeldes de Vuestra Majestad los caminos que podían conducirlos al arrepentimiento, proporcionándoles la tranquilidad y el descanso de sus hogares con el olvido de sus crímenes, he circulado proclamas e indultos antes y después de conseguir las victorias que sobre ellos se han alcanzado, quitando por este medio todo recelo acerca de la suerte que les cabría sometiéndose al legítimo gobierno.

     Cuando regresé del Nuevo Reino de Granada, me persuadí que con las fuerzas que conduje podría acabar fácilmente con los rebeldes de estas provincias, contando con hallar los auxilios que muy de antemano pedí desde Santafé al capitán general, don Salvador Moxo. Pero al penetrar en Venezuela por Guadualito (2) y San Fernando de Apure, después de la dilatada marcha de 300 leguas que hizo el ejército por los desiertos llanos de Casanare, hallé sublevada la provincia de Barinas, prisionero su gobernador y muchos de sus habitantes, con todos los de las orillas del Apure, formando un cuerpo respetable de 3.000 caballos a las órdenes del atrevido cabecilla José Antonio Páez. No hallé ningún medio de subsistencia en aquellos países, todo estaba yermo y asolado, y se vieron obligados los valientes que me seguían a combatir con gloria los poderosos enemigos que se presentaron, antes de reparar las fatigas y sufrimientos de tan penosa campaña.

     Bien pronto fui conociendo por mí mismo el ruinoso estado en que se hallaba el resto de las provincias de Venezuela, la nulidad del erario Real y los progresos que había hecho la insurrección en las provincias de Cumaná, Barcelona y costa de Guiria, que todas estaban ocupadas por el enemigo. La opinión pública se hallaba trastornada por el sistema de gobierno que se había adoptado y el mal uso que durante mi ausencia se había hecho de los fondos reales, de las respetables fuerzas que dejé en estos países, y consiguieron reducir al último extremo la seguridad de Venezuela.

     Desde entonces he trabajado incesantemente por variar su suerte y he apurado los esfuerzos de mi imaginación y de mis cortos conocimientos para conseguirlo, pudiendo asegurar a Vuestra Majestad que ni un solo momento he descansado. Pero nadie ha secundado mis deseos y cuantas reclamaciones he hecho para recibir los auxilios que han necesitado las tropas, han sido casi inútiles. Las Juntas que he reunido con las principales autoridades, las consultas repetidas que he hecho a los tribunales, mis exposiciones a la superintendencia pidiendo los recursos necesarios y otros muchos pasos de que oportunamente he dado cuenta a Vuestra Majestad, son una prueba de los que he emprendido para continuar felizmente las operaciones. Pero desgraciadamente, en medio de la guerra más destructora, cuando todo debía manejarse con una actividad extraordinaria para acudir rápidamente donde fuese preciso, se vive con la misma tranquilidad que en tiempos pacíficos, guardando todo un órden de lentitud y pereza que es incompatible con la guerra. De aquí han nacido tantos entorpecimientos como he experimentado y los males que han, poco a poco, reducido estas provincias al estado de impotencia en que se hallan en el día.

     En este tiempo, sin embargo de tantas dificultades y obstáculos, he logrado destruir en diversos puntos los rebeldes, habiendo tenido la dicha que a m inmediación, las armas de Vuestra Majestad siempre han triunfado, libertando enteramente de enemigos a las expresadas provincias de Cumaná y Barcelona, la costa de Guiria y los llanos de Caracas.

     Mientras tanto he visto con dolor circularse por el virrey de Santafé, don Francisco Montalvo, la adjunta copia número 3 de la real orden de 8 de marzo de año último en el Nuevo Reino de Granada, que ha llegado a manos de toda clase de personas. Y como en ella se desaprueba mi proceder, exigía el bien del servicio de Vuestra Majestad y la buena reputación de los jefes que mandan en estos dominios, que no se hubiese hecho tan vulgar aquella soberana disposición, la cual debía solo haber servido de gobierno al virrey y a mí, para cumplirla. ¡Qué juicio, Señor, habrán formado los pueblos de la Nueva Granada sobre mi conducta! Han visto, por la imprudente facilidad de aquel jefe en vulgarizar un documento de semejante naturaleza, que he pasado con abuso los límites de mi autoridad y se habrán confirmado en la idea de que los sediciosos se valen en estos países para persuadir que los jefes españoles obran siempre con arbitrariedad y despotismo, atrayendo por este hecho sobre mi nombre y buena reputación el odio y resentimiento de los habitantes del Reino a donde, si las circunstancias de la guerra me llevasen nuevamente, se hallaría desairada y dudosa mi representación y autoridad a los ojos de todo el mundo.

     Ahora también en estas provincias me hallo en el mismo estado, habiéndome reducido la suspensión de las facultades que Vuestra Majestad me concedía por su real orden de 31 de julio, a no poder disponer de cosa alguna y a vivir con la mayor dependencia de todas las autoridades. De suerte que para conseguir una sola ración se necesita esperar la determinación de la superintendencia y escribir sobre ello una resma de papel, sufriendo entre tanto la escasez que ofrece un país arrasado.

  El ejército, Señor, se halla sin pagar ya hace un año, subsistiendo solo con la carne que con mucho trabajo se coge en los Llanos. Inútilmente he pedido al capitán general y al intendente, desde mi llegada, que se distribuyan por igual los productos de los fondos reales. Siempre se ha seguido el mismo sistema, y mientras en Caracas y otros pueblos los empleados y personas que no salen a campaña están pagados de sus haberes, viviendo en la comodidad y en el descanso, los soldados de Vuestra Majestad que arrostran tantos peligros, fatigas y trabajos en estos climas mortíferos, perecen de miseria, mueren sin recursos en los hospitales y sobrellevan su amarga y penosa existencia con el horror que inspira la dificultad o casi imposibilidad de variar de suerte. He visto con frecuencia, después de las más sangrientas acciones, los heridos, despedazados y moribundos tendidos en el suelo sobre un hediondo cuero, sin medicinas ni alimento, expirar faltos de todo auxilio, sin otro consuelo que el de la religión y la gloria de morir defendiendo los sagrados derechos de Vuestra Majestad. Así es que en algunos cuerpos se ha notado deserción al enemigo, habiéndose marchado en estos días varios individuos de los regimientos de Navarra y Dragones de la Unión; mal que, a pesar de las fuertes medidas que he tomado para precaverlo, podrá ser muy funesto si en lo sucesivo no se alivia la situación miserable de estas tropas.

     Tal es, Señor, el verdadero estado en que me encuentro actualmente con el mando del ejército que Vuestra Majestad se dignó confiarme para la pacificación de estos países. Mis pedidos y reclamaciones no se atienden, las operaciones militares que debo emprender no pueden llevarse a cabo por falta de auxilios. Nada puedo remediar por mí mismo, porque ni tengo autoridad para ello ni se acogen mis pedidos con la eficacia y urgencia que se merecen, llegando el caso de ver ineficaces, desobedecidas y desairadas mis órdenes hasta el último teniente, justicia y de las personas menos caracterizadas de estas provincias, porque saben que ha cesado el uso de las facultades que Vuestra Majestad me confirió. Se han extendido copias de estas a todas partes y cada cual, enterado de ellas, juzga y glosa a su modo lo que quiere, creyendo que el abuso y arbitrariedad de mi proceder da lugar y es causa de la limitación por el gobierno; lo que origina el poco aprecio que se hace de mí representación.

     Señor, yo he incurrido en el delito de los hombres de bien, obrando con desinterés y rectitud. Solo el servicio de Vuestra Majestad, la pacificación de este territorio y la destrucción de los rebeldes han guiado todos mis pasos. He castigado a los traidores y no he permitido injusticias, elevando siempre mi voz contra los abusos, el desorden, la mala fe y la ambición que, posponiendo la conservación de estos dominios bajo la obediencia de Vuestra Majestad al bien particular y conveniencia propia, han trastornado y perdido en gran manera el fruto de los servicios y trabajos que ha hecho a Vuestra Majestad este ejército. Me he atraído por esta conducta recta e imparcial, el odio y el encono de los malos servidores de Vuestra Majestad que son, Señor, muchos, muy poderosos y muy hipócritas y solapados en estos países, creándome por consiguiente fuertes y temibles enemigos que procurarán ennegrecer mi memoria con los débiles recursos de la impostura.

     Por estas razones, estoy convencido de la imposibilidad de continuar mandando con felicidad en la situación en que me encuentro y veo con sentimiento desaparecer la reputación militar que me había granjeado con las desgracias que deben sucederme en adelante, reducido como lo estoy en el día, a no disponer de recurso alguno.

     Por todo lo cual suplico rendidamente a Vuestra Majestad, lleno del más profundo respeto, se digne relevarme en el mando de este ejército, admitiendo la humilde dimisión que hago de él, por no serme posible desempeñarlo cesando las instrucciones que Vuestra Majestad me ordenó observar al confiarlo a mi cuidado, teniendo en consideración que, debiendo obrar con dependencia de los capitanes generales y virreyes, pueden ser mandadas estas tropas por los mismos generales que ocupan aquellos empleos, y yo, deseoso siempre de sostener la justa causa de Vuestra Majestad defendiendo su augusto nombre, permaneceré en este mismo ejército, peleando como un subalterno con mayor utilidad del servicio de Vuestra Majestad que como un general en jefe despojado de la autoridad y representación con que lo envió a estos dominios.

     El coronel don Manuel Villavicencio, mi ayudante de campo que va encargado personalmente de entregar a Vuestra Majestad esta exposición, habiéndome acompañado en todas las campañas de América, podrá satisfacer menudamente a Vuestra Majestad cuanto desee saber acerca de estos países.

     Nuestro Señor guarde la importante vida de Vuestra Majestad dilatados años para la felicidad de la Nación. Cuartel general de Valencia, 25 de enero de 1818.

 

 

Señor.

A los Reales pies de Vuestra Majestad.

                  (Firma) Pablo Morillo

 

(1) No está incluída en el documento, como tampoco están otros señalados en esta carta.

(2) En los manuscritos aparece indistintamente Guadalito y Guasdualito.

REGRESO AL INDICE

SIGUIENTE