La antigua Recoleta de San Diego, fue
establecida por la comunidad franciscana hacía el año de 1608, de acuerdo al historiador
Daniel Ortega Ricaurte, Fray Luis de Mejorada, quien era el provincial de los padres
franciscanos en 1606, compró por 1.100 patacones unos terrenos ubicados en las afueras de
la ciudad para fundar una recoleta de su orden en un lugar apacible, propicio a la
oración y la penitencia. La primera iglesia estaba constituida por una sola nave, sin
mayores ornamentos, soportada por anchos muros apoyados en contrafuertes. Estaba coronada
por una espadaña y contaba sobre el acceso, con un arco cerrado por una reja en madera
con dos puertas que daban a la capilla central y otra a la capilla dedicada a la Virgen
del Campo, que se remonta a 1627.
Es difícil imaginar hoy en día la paz y tranquilidad que buscaron y encontraron los
padres Franciscanos en este lugar y que conservó hasta los comienzos del siglo XX, por
esta razón es importante para recrear este ambiente desaparecido citar apartes del relato
«Mi Cometa» realizado por el escritor y periodista José David Guarín (1830-1890):
«A las once de la
mañana estábamos reunidos en el zaguán de la casa todos los convidados. Disputándonos
el derecho cada cual de llevar alguna cosa, dile a uno la cuerda, a otro el rabo, a éste
el engrudo y papeles llevados a prevención, como quien dice los vendajes, para el caso de
una caída o cualquier accidente, y yo me reservé el derecho de llevar la cometa.
Aumentando el cortejo con los curiosos que se nos iban agregando a nuestro paso por la
calle Real, de Las Nieves y la de los Tres Puentes, entramos en la plazuela de San Diego
con el orgullo y la confianza de buen éxito con que los soldados de Atila, Alarico y
Breno llegaron a las puertas de Roma, sucesivamente.
Allí encontramos diferentes grupos diseminados en el llano esperando la ocasión de poder
encumbrar sus cometas; pero era el caso que el viejo Eolo estaría retozando con las
Ondinas quién sabe donde, y no había aparecido en toda la mañana. ¡Qué
desesperación! El marino a quien sorprende una calma chicha en buque de vela, escaso ya
de agua y provisiones, o el labrador que con el trigo derramado en la era abre los ojos y
escudriña por todas partes buscando alguna señal de viento, sufren menos que quién
después de tanto sacrificio se encuentra con que no puede alzar su cometa.
Las nubes posadas en los horizontes como montones de ruinas inmóviles, las hojas de los
árboles como incrustadas en un espacio de plomo y un sol que abrasa, era lo que por todas
partes se nos ofrecía. Pero por fin sopló viento
A la voz de «eche» se
alzaron las distintas cometas, otras volvieron de cabeza contra el suelo y la mía se
levantó majestuosa como una gaviota sorprendida por el cazador en el ribazo de los mares.
Cobré cuerda unas tres veces y le di sustos otras tantas, hasta que por fin logré
colocarla en una corriente de aire que la hizo cambiar de posición. Con inclinación
constante hacia el noroeste fue cobrando con tanta celeridad, que la cuerda pasaba, con
detrimento de nuestra piel, por entre las manos, como si fuese un hilo de fuego.
(
)».
Uno de los personajes
más populares de la ciudad de Bogotá de finales del siglo XIX y comienzos del XX, fue el
Padre Almansa (1840-1927), quien durante una buena parte de su existencia, como padre de
la Orden Franciscana, estuvo radicado en la Iglesia de San Diego y a quien Luis Eduardo
Nieto Caballero recordó así: «Era una delicia verlo pasar, verlo vivir, saber que
Bogotá lo tenía ahí, en la risueña iglesia colonial (San Diego), como una reliquia. Lo
sentíamos como un escudo contra la cólera celeste de que hablaban predicadores
sanguíneos y efusivos. Era nuestro pararrayos, nuestra joya, nuestro modelo, el hombre
que hubiéramos mostrado a Dios para librarnos de su castigo y el que nos mostrábamos los
unos a los otros para enseñarnos mutuamente a amar a todas las criaturas y a refrenar la
lengua».
Poco tiempo antes de
morir el Padre Almansa, parte del antiguo claustro de San Diego fue primero mutilado para
darle espacio a la Escuela Militar de Cadetes, que a su vez fue demolida para la
construcción del Hotel Tequendama, luego en la década de los años cuarenta se demolió
otro pedazo que interrumpía el trazado de la Carrera 10 y finalmente en los años
cincuenta el arquitecto José María González Concha, en colaboración con Gabriel
Serrano, desvirtuó el carácter de la iglesia y reconstruyó el desaparecido claustro, en
una ubicación diferente y a un menor tamaño. |
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