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CAPITULO IX


Con marcado aspecto de mansión señorial y de casa sola riega, se levanta en el arranque de una de las eminencias que rodean el ubérrimo Valle de Sogamoso, una casa de hacienda, alta por la parte que mira á la llanura; y de planta baja por la parte en que el piso artificial descansa sobre la cuesta. Por su frente se extiende un largo y amplio corredor, desde el cual se domina casi todo el Valle, con muchos de sus abundantes arbolados; con muchas de sus dehesas riquísimas y animadas por numerosos hatos de ganado vacuno lucio y crecido, y por las famosas yeguadas que pacen en ellas el pasto alto y tupido que en la comarca es llamado puntero;con muchas de sus huertas de frutales que abrigan casas elegantes ó rústicas; y con muchas de las hileras de sauces frondosos que dividen huertas y heredades.

Fecundiza el Valle un sol tan pródigo de calor y de luz, que quien lo ve reverberar sobre su suelo, no se maravilla de que en la antigua capital de la provincia de Iraca los indígenas le hubieran levantado el templo más rico y famoso de los de la Nación Muisca.

Unas masas de espesa vegetación le ocultan al espectador no pocas casas y poblaciones; de entre otras surgen tejados y torres; pero la vista siempre halla por donde escaparse y dar con habitaciones, estancias y pueblos. De las lomas y cerros que circundan el Valle, unos son tendidos y están empradizados hacia supie, y en ellos abundan huertas y viviendas, rústicas las más de éstas, pero risueñas; del promedio para arriba van siendo más agrestes y despobladas; y en su cima merecen ya el nombre de páramo.

Otros cerros matizados con el verde oscuro de una vegetación pobre y con manchas rojas y rojizas, limitan y entristecen la vista; pero su aspecto melancólico realza, merced al contraste, la amenidad del panorama.

El Riogrande entra al valle por el Portachuelo de Cuche, sitio peregrinamente hermoso, en que un suelo de exuberante feracidad seostenta engalanado con arboledas, césped y sembrados más frescos, tupidos y frondosos que los que lucen en otras partes de aquella privilegiada región.

El Río baña la llanura sin contribuír á embellecerla, pues va corriendo con sosiego, sin que los barrancos por entre los cuales se desliza, permitan divisarlo de lejos. Sólo en tiempo de lluvias brillan al sol sus aguas que crecen y se extienden fertilizando las campiñas.

El paraje por donde el Riogrande sale del Valle es el más pintoresco de cuantos se divisan desde la casa de que arriba hicimos mención.

Sepáranse allí las sierras, y más allá del abra, tropieza la vista con una eminencia en cuyos rellanos se escalonan varias poblaciones.

El Valle de Sogamoso es más alegre y pintoresco que la Sabana de Bogotá. Siendo mucho más reducido que ésta, en él se ven más apiñadas las poblaciones, las casas y las labranzas; y por efecto de la temperatura, un poco más alta que la de la Sabana, así como de la singular fertilidad del suelo, la vegetación se muestra más vigorosa y lozana. En ninguna de las dos comarcas falta, tierras anegadizas y pantanosas que esmalten la llanura con manchas de un verde claro y tierno.

La casa que calificamos de señorial, como muchas de las de las haciendas del Valle, está acompañada de otra destinada para varios menesteres, con especialidad para alojamiento de sirvientes y de caballos. Las pesebreras, siempre copiosamente provistas de alfalfa, dejan ver, mediante su amplitud y sus excelentes condiciones, cuál ha sido la importancia que los dueños de la hacienda á que pertenecen las casas dichas, dan á todo lo que concierne á los caballos.

Los corrales que demoran á un lado de las casas tienen tapias y grandes portadas levantadas á toda costa.

En la casa principal abundan las columnas de piedra y las piezas macizas y pesadas de buenas maderas. Toda la fábrica revela que los primitivos propietarios eran gente que se estimaba y se quería guardar contemplaciones. No obstante, merced al gusto que reinaba en los tiempos en que se levantó, se cuidó mucho más al edificarlas habitaciones de darles solidez y capacidad, que de darles comodidad y elegancia.

Actualmente contrasta el primor de algunos de los aposentos,modernizados y decorados con esmero, con el aspecto poco menos que ruinoso de otros de que los habitantes, no teniendo para qué ocuparlos, han dejado tomar posesión á las arañas, á los musgos y á otras parásitas que se extienden por las junturas de los ladrillos del pavimento, y por las grietas y otras partes de las paredes.

Gran movimiento y muchos preparativos de viaje se notaban en esacasa uno de los primeros días de Enero de 1885. Un buen equipaje cargado por excelentes mulas había tomado muy temprano la vía del Sur. En la ramada de desmontarse, que ocupaba parte de la planta baja y que se veía provista de pesebres y adornada con cabezas de venado, aguardaban á sus jinetes dos soberbios caballos, uno con galápago de señora y otro con montura de señor; y otros caballos humildes, á ojos vistas destinados para Sirvientes.

La señora aguardada por el primero de los corceles escorpulenta, coloradota y muy papujada de carnes en el cuello y debajo de las cuencas. Se la ve arreada con amazona, con sombrero y capita de montar, y con los guantes y el latiguillo en la mano. Arregazándose la larga falda y andando de puntillas, se acerca tímidamente á la puerta de uno de los aposentos; pone el oído juntoá la cerradura, y dice para si: "Nada. Como que no ha despertado. "Departe luégo con dos criadas, que se hallan también apercibidas para el viaje, sobre lo tarde que se está haciendo para emprender una jornada larga, y sobre si se animará ó nó á tocar á la puerta consabida. Al cabo de muchos titubeos vuelve á acercarse á ella; dados golpecitos y torna á retirarse y á conferenciar con las fámulas. Una de éstas observa que el cielo está encapotándose, y que mientras más tarde se emprenda el viaje, más peligro hay detener que aguantar la lluvia.

Con esto la meticulosa matrona se anima á golpear á la puerta con más ánimo,

- ¿Quién es? gritó desde adentro una voz destemplada displicente.

- Soy yo, hijo. Vengo á decirle que es muy tarde y que todo estálisto.

- ¡Cuándo no habían de venir á fregarme! Yo me levantaré cuando me parezca. He pasado mala noche y no quiero que me estén moliendo.

Transcurrió media hora. El tiempo empeoraba, y la urgencia de ponerse en marcha se hacía sentir imperiosamente.

Un mozo campesino que parecía ser el de más cuenta entre los que debían acompañar á los señores, dijo por fin:

- Nada. Yo lo llamo.

- ¿I si va y se enoja?

- Ya verán cómo no dice nada.

Y acercándose á la puerta, golpeó sin cortedad.

- ¡Caramba! (y no fue caramba lo que dijo la voz con que se contestó á los golpes). Ya he dicho que no me soben.

- Pero, patrón, es que dicen que viene gente.

¡Viene gente! Expresión aborrecida y terrorífica para todos los campesinos colombianos cuando es proferida durante una guerra intestina. Viene gente quiere decir: Va á llegar una partida de gente armada á arramblar con el ganado gordo, ó con el que se encuentre; con los caballos, yeguas y mulas y con las monturas y las enjalmas; y á llevarse reclutado á todos los varones que se le pongan delante.

Ya hemos dicho que corría el mes de Enero de 1885, y el lector habrá caído en que por entonces florecía la revolución de eseaño.

El durmiente á quien hemos oído contestar con tánto desabrimiento no tardó en salir. Aparecía á medio vestir, sincorbata, con el pelo aborrascado, y rostro abotagado y de color de greda verdosa, y los ojos verdes y lagañosos. Venía limpiando unos anteojos verdes, los que luégo se montó en la nariz. Mandó que sindilación le sirvieran el desayuno, despachó á soplo y sorbo una jícara de chocolate, y dio la orden de partir.

Montó sin aguardar que la señora y las sirvientas estuvieran á caballo, y echó á andar. Ya bastante alongado de la casa, sevolvió, y á alguna distancia de ella empezó á dar gritos para acelerar la marcha de los atrasados. Cuando lo hubieron alcanzado la señora y las criadas.

- ¡Ya empezamos! dijo; ¡ya empezamos á dar qué hacer!

- Pero, hijo, si no pudimos montar más aprisa.

- Pues ahora, apurar, apurar.

- Este estribo me ha quedado muy corto y voy tan mal.

- Aguante, mamá, aguante hasta que nos detengamos á almorzar.

- Y á yo se me va ladeando el galápago.

- Pues dejáte caer y verás cómo á zurriago te hago llegar á pieá Bogotá. Apuren ó las dejo solas. Vos, Casimiro, seguí conmigo.

El de lo verde y lagañoso era nuestro antiguo amigo Dimas. La señora era su madre, D.ª Teodolinda Ocampo.

Dimas, al ver venir la borrasca que agitó á Colombia en 1885, había tomado muy prudentes medidas á fin de parar los golpes que en aquella revuelta podían caer sobre él y sobre sus intereses.

Había hecho una venta simulada de todos sus bienes muebles y semovientes á un francesito que andaba por el Norte de Boyacá ejerciendo el comercio al por menor; pero no había hecho constar aquel contrato sin amarrar muy bien al mercachifle con una escritura como de sus manos.

De más á más, había hecho que su madre se dirigiese á las autoridades constitucionales ofreciéndoles sus servicios y enviándoles espontáneamente una suma de dinero y dos caballos; al propio tiempo que él se les había mostrado á los revolucionarios muy adicto á su causa, y les había también dado algún dinero y prometídoles mucho más.

Pero, aun abrigando la esperanza de poder hacer á todos palos,no se había creído seguro, y había dispuesto su viaje á la capital para conjurar los peligros y evitar los sustos que pudieran recrecerle viviendo en la hacienda.

En ella había residido viviendo con su madre hacía ya algún tiempo. No había conseguido, como con todas sus fuerzas y sus mafias lo había procurado, que los tribunales lo declarasen dueño de los bienes que habían pertenecido á la familia de los Ocampos; pero, ya como depositario, ya como hijo único de la presunta propietaria, había empezado á disponer de ellos sin trabas y sin escrúpulos.

Su vanidad, pasión que antes se había visto oscurecida ya cochinada por la condición y por la venganza, había sacado la cabeza y le había infundido el deseo de echar rumbos. Esponjába sefieramente al considerarse amo de aquella mansión señorial, como otros que allí se habían visto acatados y con sumisión obedecidos;y al sentirse revestido de autoridad para gobernar la hacienda. No desaprovechaba ocasión de hacer sentir su superioridad á cuantos le servían; ni las de lucir su triste pelaje sobre los soberbios bridones en que antaño cabalgara majestuosamente D. Salvador.Montaba el extinterillo con miedo y sin garbo, arreado con casco, levita, ruana muy pequeña y zamarros angostos y cortos, que no lepasaban de los tobillos.

Los mayordomos y los peones, que se habían habituado á obedecer y á respetar á hombres de pelo en pecho como D. Salvador, no veían en su indigno sobrino sino un intruso y un hacen dado ñoño y babieca, le obedecían á trágala perra, le aparejaban chascos y se burlaban de él hasta donde podían hacerlo sin incurrir en la pena de expulsión de la hacienda, pena con que Dimas gustaba mucho de amenazar.

D.ª Teodolinda se sentía también aguijada por el deseo de brillar y de tomar desquite de las humillaciones que sufriera durante la vida de su empecatado marido y durante una viudez acibarada por la pobreza; pero su hijo no se curaba de procurarle más brillo que el que pudiera reflejar sobre él mismo.

El viaje terminó en la casa situada en el camellón de Las Nieves, en una de cuyas ventanas conocimos á Matilde. Esta casa,del propio modo que la hacienda, había venido á ser una especie de propiedad de García Zorro, y era la de su habitación y la de su madre cuando residían en la capital. En ella había acumulado el mal gusto infinitas cosas de las que se ven en las habitaciones de lasgentes de pro, sin que sirvieran más que para dar testimonio de la cursilería de los que allí las habían metido. Baste decir, para daridea de ella, que en la sala había dos pianos, no obstante que, dada la ignorancia musical de D. Teodolinda y de su hijo, uno hubiera estado de más.

La estupenda y carnuda provinciana hubiera querido lucir en teatros y saraos en esta venida á la capital, primera que hacía después de enriquecida; pero, por desgracia suya, la guerra civil no permitía que hubiese en Bogotá más funciones ni espectáculos que aquel con que el inolvidable Zenardo nos gratificaba por esas calendas en el Circo Pabellón.

En un solar situado en punto central de la población, había el industrioso italiano levantado un toldo, debajo del cual había formado escenario, circo, platea y gradería. Allí íbamos los bogotanos á matar el tiempo que nos dejaba libre la tarea de pedir, recibir, comentar y fraguar noticias de la guerra. Allí gozábamosde las variadas funciones nocturnas y diurnas que con alas de cucaracha disponía el fecundo ingenio de Zenardo. ¿Quién no se acuerda de la Ceneréntola (ó sea la Puerca fregona), en cuya representación se hacía figurar como comparsas á los granujas emboladores, y que tuvo el honor deser repetida cuanto apenas lo han sido en París Giroflée-Girofla, La Mascotta, Le timbal d'argent y la Piel de sapa.

Allí, y sólo allí, le fue dado á D.ª Teodolinda Ocampo lucir suflemática persona, su vestido de seda verde y amarillo, sus manos enmitonadas y sus dedos forrados de anillos.

El doctor García Z. picaba más alto. Dándose humos de millonario, trataba de hombrearse con personas de viso; hablaba degrandes negocios como al desgaire; y conversaba sobre política con aire de suficiencia, pero tomando, eso sí, como nuevo Proteo, diferentes formas, á fin de granjearse las simpatías de cada interlocutor, fuese éste tirio ó fuese troyano.

A mal tiempo había venido la revolución. Las revoluciones tienen, entre otras nulidades, la de no acertar nunca á venir ábuen tiempo.

Sin la maldita revolución del 85, Dimas habría conseguido que en ese año se dictasen las postreras y definitivas sentencias que habían de transferir el dominio de los bienes de la sucesión de D.Siervo de Dios Del valle, á los parientes aquellos de quienes dejamos hecha mención.

García Zorro no se había servido de ellos únicamente para entorpecer el inicio de sucesión: una vez que había conseguido que fueran parte en el juicio, les había hecho presente que ellos, por sí solos, no podían seguir un pleito, ni abrigar esperanza de apañar bienes algunos de los de D. Siervo, si el mismo Dimas no tomaba cartas en el asunto. Eran los tales deudos gente rústica y desavisada, Y al leguleyo le fue fácil reducirlos á venderle sus derechos por un pan. Diremos de una vez que de este pan nunca llegaron á probar sino muy pocas migajas.

Gestionando por medio de sus agentes, que con él iban á la parte, había conseguido Dimas que los procesos marchasen de la manera más conforme con sus miras y más favorables para sus intereses

 

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