CAPITULO VII
Si el complaciente lector quiere seguirnos, tendremos el gusto de visitar con él cierta casa; Nos faltará el en ofrecerle un asiento, porque en toda ella no encontraríamos para descansar sino unos cajones puestos boca abajo y cubiertos de pegotes de mezcla seca y con chorreaduras de lechadas de cal y de yeso.
Cuide usted de no pasar por junto á las puertas y las barandas, porque varias de ellas están recién pintadas y puede usted mancharsu traje.
Las piezas resuenan con nuestros pasos y con nuestra voz, como no resuenan sino los aposentos desocupados.
En el piso de la sala, recién empapelado con un papel de fondo de color de hoja seca y con labores doradas, no hay más que polvo.
En esta otra pieza ve usted las ruanas y los sombreros de los pintores, depositados en un rincón; muchos tarros de hoja de lata, con diferentes colores; una escalera de tijera, un poco de viruta y jirones del empapelado viejo. Por todas partes, olor á cola y á aceite de linaza.
- ¿No le parece á usted que esta casa va á quedar muy remozada y muy bonita?
- Preciosa. Ni sombra de lo que era cuando vivían en ella las mariquiteñas: yo lo conocí entonces, y era una pocilga ... Pero esta obra habrá costado un sentido.
- Un sentido. Sí señor.
- ¿Y quién ha emprendido esta obra?
- Honorio Del valle.
- ¡Honorio Del valle! No lo creía yo con el riñón tan cubierto
- Buenos sacrificios le cuesta; pero hágase usted cargo: va acasarse con una joven acostumbrada al lujo, y no se atreve á llevarla á una casucha.
- Y que una casa así, exige muebles costosos.
- Por de contado. Se los están haciendo de nogal con mucho adorno de talla.
- ¡Hum! Y espejos, y arañas, y candelabros, y cortinas, y alfombras, y vajilla ...
- ¡Ah! en todo eso está Del valle gastando un caudal.
-Por fortuna dicen que el padre es muy rico.
-Sí, señor: muy rico; pero...
- Sí, pero muy tacaño: eso se dice.
Efectivamente: Honorio, Honorio, tan cuerdo y tan atentado en todo, puésto que hubo los pies en la pendiente, tuvo que dejarse llevar, cerrados los ojos, del impulso recibido.
¿Y los siete mil seiscientos? Volaverunt. Siete mil seiscientos pesos, para un novio que pretende competir con un suegro adinerado, son como una gota de agua en el mar.
Gracias á su crédito, ha podido hasta ahora salir avante. No todos los capitalistas y banqueros conocen el pero que el lector le puso á D. Siervo de Dios.
El pavimento de una de las iglesias de Bogotá está cubierto desillas de paja colocadas como renglones. El altar mayor muy endomingado, con flores, candelabros y cirios.
Al pie del presbiterio cuatro reclinatorios.
En la calle muchos grupos de curiosos. Por ella empiezan ádirigirse á la iglesia señoras y caballeros vestidos de gala, unos á pie y otros en coche.
Ya muchas de las sillas de paja están ocupadas por señoras, por caballeros y por sobretodos. Como un calofrío recorre un cuerpo, recorre el grupo aquella emoción que se apodera de una concurrencia cuando llega el momento de verificarse lo que se ha estado aguardando. Los concurrentes se ponen de pie y se vuelven hacia el centro de la iglesia, por el cual pasa una novia arrastrando la blanca cola y de brazo con un caballero de bastante edad que parece seguir trabajosamente á la que, aguijada por el rubor y el deseo de dejar á su espalda á los curiosos, se encamina al sitio ocupado por los reclinatorios. Hinca las rodillas en uno de los dos del Centro,y el caballero anciano se sienta cerca de ellos. Va á empezar la celebración del sagrado rito, y á alguna distancia del altar, se agrupan los novios, los padrinos, uno de los cuales es el caballero ya mencionado, el oficiante, el sacristán y dos acólitos. El otro padrino anciano también, llama la atención por su catadura: el rostro aciguatado y marchito, el escaso cabello, de un rubio desteñido, largo y acomodado sobre la coronilla como para cubrir su desnudez. Frac estrechísimo que deja á la vista casi todo el chaleco de piqué y los puños enteritos. Sírvele de corbata un granpañuelo blanco, que con los movimientos de la cabeza se ha subido y ha reñido con el cuello de la camisa.
No atormentaremos más la curiosidad del lector. Los novios son Matilde y Honorio. El caballero anciano es D. Salvador, que, ápesar de su postración física, ha querido concurrir; y el del pelo largo es D. Sirvo de Dios. No quiso él comprar frac, y tomó en alquiler el que le vemos lucir. D. Salvador y la madre de las Tellos son los padrinos del matrimonio; D. Siervo y D.ª Silveria, los de la velación.
Terminada la celebración del matrimonio, Matilde, ahora de bracero con el esposo, y ya cuellierguida y sonriente, corresponde con imperceptibles miradas á las salutaciones que se le dirigen. Ellos y los convidados parten para la casa de D. Salvador , y los que forman los enjambres de curiosos, se secan los ojos, pugnando por atravesar con las miradas las cubiertas de los coches, y por no perder detalles.
En la casa, abrazos y plácemes á manta de Dios. Dos criados reciben sobretodos, sombreros y bastones; varios de los jóvenes tratan de mezclarse con las niñas; otros jóvenes y todos los que han dejado de serlo se instalan en la pieza de fumar y de tomar tragos.
Los recién casados, de bracero, giran por el saloncito en que se han colocado los regalos de boda. Allí lucían varias joyas, pinturas, grabados, portabuqués, espejos de diversas dimensiones, candeleros y lámparas; una mesita, una papelera y un estantico de lata, y una mesita de ónix; un devocionario encuadernado en nácar, un monograma de oro;
La Mujeres del Evangelio, en edición costosísima; un álbum para fotografías, un crucifijo con la cruz forrada en peluche, un pila de agua bendita, un centro, un tapete, una estatuíta de bronce, caja de cubiertos, asiento de tijera, abanico y sombrilla. El regalo que no podía exhibirse allí era el de D. Siervo. D. Siervo sí se había percatado de que debía dar regalo á su nuera; y había encargado á Honorio le dijese á ella.que allá en la hacienda le iba escoger una novilla muy bonita. De esta novilla no se volvió á oír hablar sino unos meses más tarde. D. Siervo mandó decir que la novilla que iba á escoger se había muerto.
Un día de boda es casi siempre para los convidados día largo y de aburrimiento. En el de la de Matilde, la gente moza pudo matar tal cualejamente las horas que trascurrieron desde la entrada á la casa hasta la distribución del
ponqué de novia, y desde ésta hasta la del almuerzo. Las personas maduras, sobre todo las matronas, se fastidiaron bastante. Ya sentados todos á la mesa, sucedió lo propio al principio; pero luégo, á influjo de los buenos vinos, cada convidado pudo hallar materia para darle conversación al vecino; el charloteo se hizo general y festivo; reinó lo que en las revistas se llama cordialidad, y nadie á esa hora hubiera querido no haber sido invitado.
Al anochecer, con ayuda de D.ª Silveria y de las Tellos se trazaron arbitrios para que los recién casados pudieran escabullirse y partir para su casa sin que D. Salvador lo advirtiera y sin dar motivo para escenas patéticas.
Como buenos amantes que han visto coronadas sus esperanzas, Matilde y Honorio se reputan los más felices, los únicos verdaderamente felices entre todos los casados. Cada uno sabe que, entre los casados todos, él es el que más quiere á su consorte. Su ventura se extrema y se aquilata porque tienen presente que su unión ha sido un triunfo sobre obstáculos que parecieran invencibles.
¡Oh lujo, oh lujo, diablillo maléfico que, embelecando como á unos bolonios á aquellos que se juzgan más despabilados, ahuyentas la tranquilidad y la paz de los pechos en que, si tú no intervinieras, reinarían con el imperio más absoluto!
La luna de miel de Matilde y Honorio nunca hubiera podido ser delleno en lleno alegre y placentera. La enfermedad de D. Salvadorera nube que para ellos encapotaba el cielo. Pero ni la suavidad de una luna de miel, ni la dicha conyugal, consisten en un regocijo continuado: consisten en que dos corazones palpiten al unísono; enque cada uno goce ó padezca con el gozar y con el padecer del otro.
Así, de todas maneras habría podido ser envidiable la luna de miel de nuestros recién casados, si las consecuencias de la resolución que Honorio había tomado de colocarse toda costa en la categoría de hombre pudiente, no hubieran venido á amargarle los días que con tánto afán había esperado y que, con no poca razón, había mirado como los más venturosos de cuantos podía pasar en la tierra.
Como ya lo tenemos apuntado, Del valle había tomado sumas á interés; los plazos iban corriendo y volando, D. Siervo no daba señales de vida, y aquellos cuatro ó cinco mil pesos, máximum del derroche que podía llevarlo el casamiento de su hijo, nunca habían salido de su encierro. Y al mismo tiempo que las deudas turbaban el ánimo de Honorio, había que proveer al gasto de la casa con liberalidad, y sin que pudiera equilibrarse el presupuesto de gastos con el de los ingresos.
Estos males y dificultades saneó en mucha parto D. Salvador cuando menos se esperaba, exigiendo con su acostumbrada impetuosidad que Matilde y Honorio fuesen á vivir en su casa, y no transitoria y provisionalmente, sino de firme.
A Honorio no podía dejar de hacérsele duro el ir vivir
arrimado; pero la necesidad tiene cara de, hereje, y la necesidad lo obligó á aceptar sin vacilación. Para otro yerno la cosa habría sido terrible; para él no tanto, pues gracias á que no era soberbio ni arrogante y á su ingénita suavidad de maneras, podía estar cierto de que se avendría con su suegro. De una vez diremos que no se engaño.
¿Porqué había tomado D. Salvador la determinación de llamar á suhija y á su yerno?
Su cuñada D.ª Silveria era para él excelente ama de gobierno; mediana enfermera y pésima compañía. A un hombre anciano, enfermo, por manso que haya sido en su juventud y en su edad madura sólo una hija puede tolerarle sus roñas y sus caprichos. D.ª Silveria no sabía llevarle el genio su cuñado, y menos sufrirle sus arrebatos. El, como casi todos los enfermos de su condición, no pudiendo tomarla con su mal, enemigo invisible é impalpable, descargaba su mal humor en las personas que cuidaban de él. Si un medicamento nolo aliviaba, la culpa de que siguiera padeciendo, la tenía quien se lo había administrado; si su malestar no cesaba con dar cierta colocación á las almohadas, eso no se debía sino á quien las había arreglado; si un vejigatorio ó un sinapismo lo hacía trinar, culpa era de quien se lo había aplicado.
D.ª Silveria, que vivía de mal humor, no podía ni por soñación, distraer al enfermo conversándole; y el enfermo mismo miraba ya como una de sus penalidades diarias el ver que se le presentaba la que nunca venía sino á mortificarlo con los remedios.
Matilde pasaba en la casa paterna todas las horas que sus deberes de casada le dejaban libres, y en ellas acompañaba á su padre y le servía con solicitud; pero eso mismo hacía que él no empezara acostumbrarse á la ausencia de su hija.
Tenemos; pues, explicada la determinación de D. Salvador dehacer que Matilde y Honorio se trasladasen á su casa.
Lo autores de piezas dramaticas dejan á la imaginación de los espectadores el figurarse en cada entre acto los sucesos que no se representan en las tablas y que enlazan los que se han puesto la vista en el acto que ha concluido, con los que son materia del siguiente.
Nosotros, imitando á esos autores, bajaremos ahora el telón, y encomendaremos á la fantasía de los lectores el colmar un hueco que vamos á dejar en nuestra relación.
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