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CAPITULO VI



Cierto día inmediato á aquel en que el doctor Zaldívar, alcanzando de razones á D. Salvador, había defendido y ganado la causa de Honorio, quien se hubiera hallado en algún punto del camino que de la capital parte para Occidente, habría visto bajar por él, al trote de una mula flaca, de orejas y pescuezo desmayados, al señor D. Siervo de Dios Del valle. Como nada queda oculto, á sus oídos había llegado la especie de que García Zorro había excitado á D.Salvador Ocampo á volverle las nueces al cántaro á su acusador, acusándolo por calumnia. Al proviso lo había asaltado la idea de las erogaciones que podía ocasionarle la defensa, y apresuradamente se había aprestado á la fuga. Durante la marcha, iba volviendo la cabeza á menudo y como con sobresalto. Se le había escabullido á García Zorro sin haberle satisfecho parte de sus honorarios y el valor de dos hojas de papel sellado, y temía que el tinterillo fuera siguiéndole el alcance.

Al oír la confidencia qué el día de su partida le había hecho su hijo en orden al proyectado matrimonio, se le habían venido, agavillados, á las mientes, mil atosigadores recelos. Para que su hijo se casara, tendría que habilitarlo, y como el casamiento en que pensaba era con una joven de alta posición y acostumbrada allujo, sería dispendiosísimo. Él mismo - ¡perspectiva horrenda ! -tendría que comprar frac, sombrero de copa, guantes y cien otros adminículos que, después que lo hubieran atormentado por unas pocas horas, irían á consumirse improductivamente en cualquier rincón.

Y había de presentarse él, con cara de amigo, en la casa delgodo pícaro que vendría á ser consuegro suyo! No, no daría su consentimiento, aunque, con no darlo, el mundo se viniese abajo.

Con cara de vinagre y con palabras de acíbar, le había declarado Honorio su determinación; y sin dar lugar á réplicas ni á instancias, había montado en la mala y la había azotado con empeño, así porque anhelaba poner tierra en medio, como porque sentía necesidad de desfogar en alguien ó en algo la cólera que había excitado en él la comunicación que acababa de hacérsele.

Desmayado y marchito había quedado Honorio con el sofión que había recibido de su padre. Bien se le alcanzaba que podía, siendo, como era, mayor de edad, casarse sin la aquiescencia de D. Siervo;pero le inspiraba invencible repugnancia el romper con el autor desus días, y no menor el noticiarle al futuro suegro y á la novia que aquél, lejos de mirar como honroso y favorable elentroncamiento de su lujo con una familia por todos conceptos superior á la de él, lo reprobaba y lo miraba con horror.

De esto resultó que Honorio, titubeando en lo que había de resolver, empezara mostrárseles indeciso á Matilde y á D. Salvador.D. Salvador, para quien no había tormento como aguardar, ya se tratase de una calamidad, ya del bien más suspirado, ocultaba mal su impaciencia y parecía mirar con extrañeza y con disgusto la flema del que por dentro se estaba carcomiendo.

Ni á Matilde ni á D. Salvador permitía el bien parecer apurar al pretendiente. A moción del segundo, se ventiló el punto entre los dos; pero ninguno de los dos pudo sacar al otro de dudas y recelos.

Tenemos visto que sobre el embarazoso asunto no podían comunicarse directamente Matilde y su padre con Honorio; pero entre aquéllos y éste había un medio de comunicación indirecto y tortuoso. Las Tellos poseían toda la confianza de Honorio y oían ciertas confidencias suyas; Teresa Zaldívar, con motivo de su intervención en los asuntos de Honorio, había contraído amistad con las Tellos; las Tellos, exhalando la compasión que les inspirabanlos reveses de Honorio, habían tratado de excitar la de Teresa, y Teresa había desahogado la suya en conversaciones con su padre.

D. Salvador, que tánto se preciaba de diestro y expeditivo para cualquier asunto, abrigaba allá en lo hondo de su ánimo, y sin que él mismo lo supiese, una grande inclinación á echarles el muerto á otros. En los poco sufridos y demasiado enemigos de mortificarse, es harto común esa propensión; y en D. Salvador se había desenvuelto mucho desde que el doctor Zaldívar, interviniendo en aquellos asuntos de familia que tánto habían preocupado al mismo Ocampo, los había orillado y llevado á buen término.

Así fue que, hallándose en el nuevo atranco, concibió la idea de que el abogado era quien podía sacarlo de él. Pero su amor propiono lo dejaba acudir á un extraño en demanda de auxilio.

No llegó en efecto á explicarse con el doctor Zaldívar; pero siempre que éste lo visitaba, se le mostraba desasosegado y como fuera de caja. Delante de él se ponía á pasearse por el aposento,dando unos como bramidos; y manifestaba hacer poco caso de lo que se le dijera, aunque ello tuviese concernencia con lo del pleito de marras.

De este modo obligó al abogado á hacerle preguntas sobre lanueva cuita que parecía atormentarlo, y halló ocasión plausible de explicársela.

De ahí resultó que el doctor Zaldívar de partiese con su hija, y ésta con las Tellos, y las Tellos con Honorio, sobre la causa que entorpecía la marcha del noviazgo.

Y de ahí resultó que el doctor Zaldívar enterase á Ocampo de aquella causa.

Cuando el arrebatado señor hubo entendido que D. Siervo se oponía al matrimonio, entró en uno de sus accesos de furor, llamó áMatilde y, después de desahogarse lindamente en presencia suya, le comunicó la orden de romper con su pretendiente, si dentro decierto término no fijaba día para el matrimonio.

Hé ahí otra vez aniquilada la obra de la felicidad de nuestros amantes, obra amasada con tántas lágrimas, y que á costa de los más penosos esfuerzos se había visto á punto de ser coronada.

La cosa hizo ruido. No acertaríamos á decir quién la divulgó; pero no nos admiramos de que se hubiera divulgado: para todo lo concerniente á amores, noviazgos y matrimonios, sobran siempre diablos cojuelos que levanten los techos, ó que, sin levantarlos, descubran y hagan notorio lo que debería mantenerse en reserva.

La noticia se esparció allá en la comarca en que residía D.Siervo de Dios, Los tunantes que acostumbraban candonguearlo tomaron pie de tal novedad para darle cordelejo, y le decían: "¿Pero es posible que usted le haya estorbado á Honorio el enlace con una muchacha tan rica? D. Salvador Ocampo tiene sus doscientos ó trescientos mil pesos en propiedades magníficas, y dicen que está muy enfermo. Si Honorio se hubiera casado con la hija, tendría la perspectiva de heredarlo todo, y usted sería casi dueño de las propiedades. Usted no ha sabido lo que ha hecho."

D. Siervo salía con lo de godo pícaro, y no parecía darse por convencido; pero allá para su sayo decía que los que le daban broma tenían muchísima razón, y se tiraba de los pelos ponderando lo grande de la chambonada que había cometido. "¿Qué son, se decía, cuatro ó cinco mil pesos que podría costarme el tal matrimonio, comparados con las ventajas que me reportaría el ser padre de un cuasi-millonario?"

Del reconocimiento de la falta al arrepentimiento hay muy poco trecho, y éste lo franqueó D. Siervo de Dios. Del arrepentimiento á la en mienda el trecho es todavía menor, y D. Siervo lo salvó también.

¿Pero cómo enmendar el yerro? Esa era la del diablo.

En viajes frecuentes que, pasando por las haciendas de D.Siervo, hacía el doctor Casal Rivera, había contraído amistosas relaciones con el viejo tacaño y había adquirido sobre él grande ascendiente, como lo adquiría siempre sobre las personas que trataba. El doctor Casal Rivera, uno de los colombianos que se hallaban en mayor predicamento, y que había llegado hasta á desempeñar la primera magistratura de la República, gustaba de emplear su prestigio en favor de sus amigos y hasta de sus simples conocidos.

En uno de sus viajes, oyó las confidencias que, sobre lo que traía su ánimo tan turbado, le hizo D. Siervo, y se propuso trabajar á fin de tranquilizar las dos familias que, tánto tiempo hacía, habían perdido la paz.

Animábalo más á la ejecución de su buen propósito la simpatía con que de tiempo atrás miraba á Honorio, ya porque había tenido ocasiones de apreciar sus buenas prendas, ya porque este joven participaba de las aficiones que en él eran Predominantes.

No bien hubo regresado á la capital, comenzó á dar pasos con el fin indicado, y comprendió que lo mejor que podía hacer era entenderse con el doctor Zaldívar.

Zaldívar y Casal Rivera eran adversarios políticos, y más de una vez se habían emborullado uno con otro en las cámaras legislativas; pero, como hombres de educación y de mundo, sabían dejar las armas á la puerta de la liza, y cultivaban cordialmente las relaciones que de sus mismas reyertas se habían originado.

De más está decir que las maniobras de que echaron mano Casal Rivera y Zaldívar á fin de ajustar los ánimos y de componer lo que los arrebatos de D. Salvador y la sordidez del otro viejo habían echado á perder tan torpemente, se vieron coronadas por el éxito más feliz.

Dos circunstancias ayudaron á que los negociadores de la paz pudieran ajustarla á dos paletadas la de hallarse en las mejores disposiciones tres de los interesados; y la de haber vuelto Dimas García Zorro á meter las narices en el negocio.

El pobre seguía siendo victima de la única mala pasada que entoda su pícara vida le había jugado su corazón; y continuaba emberrenchinado en que Matilde, por interés, y D. Salvador, por amor á la paz, habían al cabo de allanarse á admitirlo, la una como esposo y el otro como yerno. Apenas Ocampo hubo advertido que el enemigo empezaba de nuevo á ponerse en movimiento, trinó de ira y ardió en deseos de hacerle morder el ajo, y consiguientemente, de disponer cuanto antes de la mano de su hija.

Desgraciadamente, esto no era exequible, si no se disponía de ella en favor de Delvalle; y la sangre del soberbio y linajudo D.Salvador hervía á borbotones al sentirse en peligro de ser mezclada con la del hijo de un D. Siervo de Dios.

Muy agitado se hallaba el anciano por encontrados anhelos,cuando el doctor Zaldívar inició las negociaciones; y harto alicaído también, y falto de energía, merced á que las vivas emociones que los últimos sucesos le habían hecho experimentar, habían agravado mucho su dolencia.

¿Cómo, sin tan propicias circunstancias, habría podido explicarse que el maestirico de Inglés hubiera á la postre hallado gracia delante del padre de su discípula?

En cuanto á Dimas, impuéstose que hubo en el nuevo arreglo del matrimonio de su prima, sintió exacerbarse el odio contra su tío,aunque ciertamente no parecía que en ese perverso sentimiento cupiera exacerbación.

 

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