CAPITULO IV
Volvamos ya al interrumpido relato de los sucesos que enloquecían á D. Salvador Ocampo y que mantenían á su hija en cruel apretura.
Incoada la acusación, empezó á instruírse el sumario. El público halló su comidilla en los comentarios, conjeturas y disquisiciones sobre la culpabilidad de D. Salvador. D. Salvador se escandeció con esto cuanto no es imaginable, y los negros cuidados de su hija llegaron al último extremo. La acusación era sus ojos expresión de un odio que ella nunca imaginara posible contra un hombre como su padre, y baldón que recaía sobre ella misma. Su corazón y su buen sentido le repetían que Honorio no podía tener parte en aquella maniobra y le hacían imaginar lo que él debería estar padeciendo.Pero su conciencia y su orgullo parecían imponerle el deber de interponer abismos entre ella y el hijo del que tan atrevidamente desacataba á su padre.
Por su índole y por aquella especial educación que había acertado á darse á sí misma, era enérgica y activa, y no podía permanecer inerte y en estéril aflicción á vista de los contratiempos para los cuales sabía ó imaginaba que podía haber remedio.
No ignorando que el doctor Zaldívar era hombre de gran respetabilidad y acatado por todo el mundo, ni que era el únicomortal que ejercía ascendiente sobre el señor Ocampo, pensó que ocurrir á él en demanda de consejo sería lo mejor que pudiera intentar en el crítico apuro. Para poner por obra este pensamiento, tuvo que batallar consigo misma. Ella no había tratado al doctor, y veía mucho de humillante en aquello de procurar que algo que no fuera la justicia seca, restituyera su limpieza al nombre de supadre.
Determinada al fin á obrar, echó mano, para facilitar su empresa, de un recurso muy bien escogido.
Tenía el doctor Zaldívar una hija que, desdeñando las conveniencias de que su posición pudiera hacerla gozar en la sociedad, se había consagrado al ejercicio de buenas obras y era paño de lágrimas de los atribulados de todo linaje. De ella tenía noticia Matilde, y á ella acudió á fin de ponerse en comunicación con el doctor Zaldívar. Merced á la confianza que éste le inspiró, pasada la primera entrevista, ya no hubo menester mediador para comunicarse con él.
De dicha primera entrevista resultó la promesa hecha por el abogado á Matilde de tratar de intervenir en el asunto del modo que pareciera más conveniente.
El doctor Zaldívar, antípoda de los más de sus cofrades, ponía todo su conato, no en ahondar divisiones ni en azuzar á los litigantes, sino en discurrir y emplear arbitrios para ajustar voluntades y componer las disputas. Valíase para ello, no de complicados razonamientos ni del tecnicismo de la legislación, sino de contundentes observaciones hechas casi siempre en tono familiar y con aire festivo á que prestaba suma eficacia el prestigio de que gozaba como hombre de probada integridad.
Por entonces se esperaba una sentencia en el pleito seguido por García Zorro con D. Salvador Ocampo. García Zorro tuvo fundadísimos motivos para temer que dicha sentencia echara patas arriba todos sus planes; y, como le doliese en el alma tener que renunciar á la esperanza abrigada por él y por su madre, durante largos años, de venir á ser dueños de una gran parte por lo menos, del antiguo patrimonio de los Ocampos, concibió un designio el más descabellado y atrevido. "Si yo me casara, se dijo, con Matilde Ocampo, todo quedaría en casa y no me importaría perder el pleito."
Para poner por obra este proyecto, era forzoso, ante todas cosas, reconciliarse con su tío D. Salvador, y á este intento, le escribió una carta en que, mostrándose le arrepentido de sus malos procederes, le ofrecía desistir del pleito, y convertirse en defensor suyo si en el procedimiento promovido por D. Siervo llegaba á necesitar defensor. Insinuaba asi mismo que él, con poderde D. Salvador, podría acusar por calumnia á D. Siervo si desistía de la acusación, como esperaba hacerlo desistir.
Al leer esta carta, el señor Ocampo se espirito como nunca se había espiritado, y el coraje lo puso á dos dedos de la sepultura. Por sabido se calla que la carta no tuvo contestación. Informado de todo lo cual el doctor Zaldívar, le previno á Matilde que interceptara las cartas dirigidas á su padre; que las leyera y quele entregara á él las que versaran sobre el pleito y sobre el otro proceso.
Dimas, aunque su tío no había dado respuesta á su primera carta, le escribió otra en que ya osaba hablarle de una alianza de familia que pondría término á las disensiones que por tántos años no habían dejado gozar de paz á la de los Ocampos.
De clave para descifrar lo de la alianza de familia, le sirvió á Matilde el recordar que en los últimos días García Zorro parecía haber buscado ocasiones de verla, de saludarle muy como allegado, y de mostrársele obsequioso.
Su enojo, al mirarse pretendida por aquel esperpento, guardó proporción con la osadía de éste; y desde que Matilde hubo leído lacarta, no volvió á corresponderle el saludo á su primo.
Honorio se hallaba en cruel perplejidad. Parecíale que permanecer inactivo y no hacer algún esfuerzo en favor del señor Ocampo, había de hacerlo reputar enemigo suyo, lo cual cavaba un abismo entre él y Matilde; declararse, de cualquier modo que fuese; parcial de D. Salvador, era declararse contrario á su propio padre. Siguiendo con ansiedad el curso de los sucesos, se enteró de que eldoctor Zaldívar había prometido á Matilde sus buenos oficios, y se avistó con él.
Oyéndole exponer las dificultades y pintar la situación de D.Salvador y de su hija,
- Ha llegado, le dijo al doctor, el caso de poner por obra lo que he estado meditando.
-Y qué ha sido eso.
- Declarar yo que sí he recibido la suma enviada por Centeno, y fraguar cualquier explicación ... que recibí un pliego cuyo contenido ignoraba, y que se me traspapeló; que soy muy distraído... en fin, cualquier cosa.
- Pero ¡hombre! ¿no ve que entonces la reputación que queda comprometida es la suya? Dirían que usted, procediendo de mala fe, había tratado de cobrar dos veces la suma. Al público, hambrientode escándalos y de materia de murmuraciones, no se le comulga con ruedas de molino.
- Que digan eso; y que digan cuanto quieran.
- ¿Cómo va usted á sacrificar su reputación á la de un hombre que lo ha tratado tan mal?
- Pues sepa usted que hago ese sacrificio con mucho gusto. Usted mismo me da á entender que está comprometida no sólo la reputación, sino también la vida del señor Ocampo. Me repugna incurrir en una falsedad, aunque sea con buen fin; pero el caso es muy apurado.
- Dejémoslo estar todavía. No se precipite usted. Yo pienso hablar con García Zorro, y no es difícil que el asunto se arregle ámenos costa.
El abogado se quedó pensando aquí hay gato encerrado este mozono es capaz de picardía. ¿Andarán en la danza algunos.amorcejos?
Zaldívar puso en noticia de Matilde la generosa resolución queHonorio había concebido. Al oír hablar de ella, no pudo la joven contener ciertas muestras de enternecimiento que no se escaparon á la penetración del abogado.
El corazón de la que había querido erigirse juez, se convirtió entonces en decidido defensor del procesado. Matilde adivinó el móvil que á éste impulsaba, y apreció su generosidad. Desde entonces no procuró, como por muchos días lo había procurado,evitar encuentros con Honorio; y dos ó tres veces habló con él amigablemente en la casa de las Tellos. En estas pláticas, sin que se mencionara lo de la acusación, pero refiriéndose indubitablemente á ella, Honorio ponderó las angustias que estaba pasando, y Matilde lo convenció de que no lo culpaba.
Días antes de que la conducta de Matilde y el silencio de D.Salvador le hubieran procurado á Dimas el amargo desengaño, eldoctor Zaldívar había conferenciado con él. Proponíase hacerlo entrar por vereda, ya con persuasiones, ya amenazándolo con hacerque se sacaran á relucir algunos de sus trapos; pero no tuvo necesidad de apelar á recursos extremos. Hallándose García Zorro encalabrinado en lo del enlace con Matilde, estaba dispuestísimo áromper con D. Siervo de Dios y hasta á cortar los pleitos antiguos con Ocampo.
El rompimiento se efectuó sin demora, y lo de la acusación se volvió tablas. D. Siervo, ya más que alebrestado con las socaliñastinterillescas, quería huír de su consejero y de toda la ralea de los leguleyos; y conocía demasiado que por si no había de poder darun paso en el camino que había tomado.
Cuando García Zorro se vio defraudado en la esperanza que temerariamente había osado abrigar, ..., rugió de cólera, íbamos ádecir; pero nó, él no rugía nunca. Cuando se veía burlado úofendido, callaba, y con el esmero con que se guarda un perfume exquisito, él guardaba el rencor en el pecho, aguardando la ocasión más propicia para hacerlo sentir. El que en la presente lo agitabaera rencor puro contra D. Salvador y contra Honorio. Su corazón (óla cosa que tenía en lugar de corazón) le advertía que, bien que Delvalle no le había, hasta entonces, hecho perrada de mucha monta, merecía, ó había de merecer algún día, su odio, como un santo dosvelas.
Por Matilde sentía rencor, pero un rencor peregrinamente amalgamado con la pasión de que se había hecho esclavo.
No se puede jugar con fuego,
García Zorro, únicamente por, ansia de medrar, había pensado en un enlace con Matilde. Pero una vez admitida la idea de que el ser dueño de ella no entraba en la categoría de las cosas inimaginables; una vez fijados sus ojillos verdes en los encantos de su prima, éstos se enseñorearon de su albedrío; y, aunque él cuerdamente pensó que el rendirlo podía granjearle humillaciones yservir de estorbo al más acariciado de sus proyectos, no le fuedable sofocar la pasión ni desechar los halagüeños pensamientos que ella le sugería. Tal vez llegaría el caso en que á Matilde no le quedara otro arbitrio para entrar en posesión del caudal de sus mayores, que el de compartirlo con él; y en esto del dinero estaba para él todo el busilis, tratándose de triunfar sobre las mujeres.D. Salvador era linajudo; pero por las venas del mismo Dimas corríala propia sangre que circulaba por las de Matilde, y circulaba, porcontera, mezclada con la del Capitán García Zorro. El era feo, y feo de gana; mas no era cosa del otro jueves que un feo se casaracon una bonita, aun sin aportar al matrimonio una fortuna que rescatara su fealdad.
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