CAPITULO III
Tenemos, pues, á varios de los personajes de nuestra historia figurando entre los concurrentes á San Francisco, edificio levantado en otro tiempo por la piedad para que fuese asiento y santuario de la pobreza y del desasimiento evangélico, y teatro hoy de la batalla que la justicia trabajosamente sostiene contra la codicia, el dolo y las triquiñuelas, y en que las leyes protectoras de la propiedad se ven atormentadas, retorcidas y violentadas porlos que pugnan por hacerlas cómplices de la iniquidad.
La torre de la iglesia domina aquella fábrica, y el tañido de sus sonoras campanas cubre á veces el ruido de los pasos y el bullicio de las conversaciones de los que frecuentan el recinto en que antaño reinara el recogimiento, y en que los pies calzados con humilde sandalia, hollaban sin rumor los pacíficos claustros.
La arcada que reinaba hasta hace poco en la planta baja y en el cuerpo superior del vasto patio principal, está hoy interrumpida. Los arcos del costado oriental han sido macizados, y cada uno delos dos claustros se ha convertido en una crujía de piezas. Parece que la decrepitud de que aquella parte de la fábrica comenzaba ádar muestras, hizo indispensable esa reforma.
Penetremos en un juzgado. La parte de la pieza accesible al público está separada, por una barandilla, de otra en que el Secretario escribe, despacha y atiende á los parroquianos, y en que tres ó cuatro escribientes plumean sin levantar la cabeza. Hay un
sancta sanctorum, formado por un tabique de lienzo empapelado. En él funciona el Juez, y á él son introducidos los que tienen que rendir declaración, y los privilegiados á quienes se invita á conferenciar con el Juez.
El recinto en que despacha el Secretario está provisto de estantes en que reposan los expedientes; y la parte inmediata á la entrada, de asientos y mesitas para comodidad de los que acuden aljuzgado.
Al vernos entrar, nos dice uno de los que nos han precedido:
- ¡Hola! ¡Con que ustedes por aquí! ¿Se van á meter en algún pleito?
Oigamos diálogos.
- Salud, señor Secretario.
- Qué tal, doctor.
- ¿Me hace el favor de prestarme el expedientico?
- Cuál.
- El de lo de la servidumbre de D.ª Liberata.
- Ajá. Permítame un momento.
Mientras el Secretario despacha á otros y busca el expediente,el que lo ha pedido, colocándose en la barba el puño del bastón, sepone á leer los edictos fijados en las paredes.
Llega otro.
- Señor Secretario, ¿dónde está el reparto?
- En el juzgado tercero?
- ¿ En qué estado está mis asunticos?
- Se libró el mandamiento.
- Bueno. ¿Y lo de la Méndez subirá al Tribunal?
- Quién sabe.
- Y lo de D. Carmelo?
- Se negó el recurso.
En el claustro:
- ¿Qué le parece?, doctor Ruiz. Han declarado desierta la demanda.
En este punto dio el reloj la una de la tarde, y la voz de un pregonero empezó á alternar unas veces, y á confundirse otras, con las que salían de los corrillos que se hallaban cerca del sitio en que oficiaba el pregonero:
- No era sino usufructuaria de ese terreno que había pertenecido...
- Quien quisiere, hacer postura ...
- A la viuda de Zabala ...
- A la finca que se va á rematar ...
- Conforme al testamento de su abuela ...
- Ubicada en este Municipio ...
- Y ahora resulta con una, hipoteca ...
- Que linda por el Oriente con casa de la señora Benigna Cubides...
- De la que ninguno de los interesados tenía noticia ...
En un corrillo sirve de núcleo el doctor (?) Caldas, que es un cuarentón pequeñito, lampiño, rubio, locuaz, bullicioso y de voz atipladilla, en su tiempo el más deshecho y suficiente de los demóstenes de juzgado.
- Es que la causa todavía está abierta á prueba.
- Pues que hagan absolver posiciones.
- Y pedir la compulsa.
- ¿Harían la notificación?
- Sí, menos al tutor, que está ausente.
- Para eso, están ahí los edictos.
Las campanas de la torre no permitieron oír más de este diálogo; pero, por entre los claros que dejaban sus tañidos, se percibían frases y palabras aisladas: requerimiento judicial, caducidad del contrato; pago por consignación, se surtió la actuación; incidentes, auto interlocutoria, excepciones, protocolo,articulación, asignatarios, rebeldía, título, recusación, librar despacho, efecto devolutivo.
Callaron las campanas.
- Qué tal, doctor.
- Qué tal.
El
doctor es el doctor (?) Ariza, á quien treinta años habían visto con su pechera bombeada y no muy limpia, con un invariable paletot gris, y con un mismo sombrero de copa que,aparte de mostrar en ciertos lugares el pelo como asentado co nagua, no tenía trazas de verse muy abatido por la vejez. El
doctor Ariza era panzudo, de mandíbula cuadrada, y de aire reposado. No llevaba anteojos habitualmente, pero se los ponía para examinar los expedientes y tomar notas.
- Qué le ha Parecido, continuó Ariza, la sentencia de ayer?
- ¿Cuál, la que recayó en el negocio de los Ramírez?
- No, la que condena á Gaitán al saneamiento de la finca y locondena en costas.
- Ah, sí; pero parece que apelan.
- Deben apelar. La sentencia se funda en que la finca reconocía un censo; pero la imposición de ese censo no había sido registrada.
Oigamos ahora al doctor Avilés, de cuyos voluminosos hombros y espaldas pende una bastante traída y desteñida capa antigua de las de esclavina, y de broches de cobre que representan mascarones. Elpeso de sus carnes abundantísimas y flojas parece oprimir al doctory no lo deja andar sino tomando resuello de vez en cuando. Suspárpados y su labio inferior se descuelgan pesadamente.
- Señor Secretario, dice con voz campanuda, solemne y gutural, ¿salió por fin ese autico?
- No, señor doctor. El señor juez tuvo que salir ayer á una vista de ojos.
- ¿Lo dictará hoy?
- Quién sabe. Hoy estamos de inventarios.
- Ajá: los de la mortuoria de D. Pacho.
Cerca de la puerta de uno de los juzgados de lo criminal, departen una campesina vejancona y esmirriada y un mozo defisonomía y porte no vulgares, de ojos encarnizados y dormilentos; rostro abotagado, nariz colorada y astrosa vestimenta. Toda supersona exhala olor á alcohol y á mal tabaco.
- Pero mientras no haya pruebas, le está diciendo este mozo, que es tinterillo de los de tres al cuarto, á la vieja campesina, mientras no haya pruebas, no se puede hacer nada.
- ¿Y qué más pruebas quere mi amo dotor que haiga? Ai está el probe muchacho con los ojos negros y con los cardenales de los palazos que le pegó ese forajido.
- Pero esa no es prueba de que él haya herido al otro en defensa propia.
- Pus en nostra propia defensa fue. Ai está mi compadre Lugencioque diga si ese hombre no nos la tenía jurada dende cuánto há, y sino fue él el que me mató la marranita y el que echaba sus animales á hacer daño en la orillita de maíz.
- Pero bien, ¿su compadre Fulgencio presenció la riña?
- Pus lo que es propiamente presenciarla, quén sabe. Pa qué esdicir. Yo creigo que el día de la molestia mi compadre andaba por Jatativá.
- Nada. Con lo que usted me dice no se puede defender á suhijo.
- Mire, mi amo dotorcito, hágalo por lo que más quera. Anque sepa vender mis gallinas y mi novillita, que está ya tamaña ... (y aquí hizo el ademán, extendiendo la mano y poniéndola como á cinco palmos del suelo), yo le pago bien á sumercé.
Aquí interrumpió otro cliente del mismo pergenio que lacampesina.
- Aquí está el papel sellao, mi señor dotor; por más que le rogué á ese señor no me quijo rebajar nadita: que habían de ser dos riales, y ni an un cuartillo me rebajó.
- Bien, pero los seis reales del escrito me los tiene que dara delantados.
- Ah, mi amo dotor, déjemelo Siquera en los cuatro.
Los garduñas (y también algunos abogados) suben, bajan, entran, salen, se agrupan en corros, se dispersan y pasan de juzgado á juzgado, llevando siempre sus rollos de papel. Algunos, de codos sobre la baranda de un corredor, conversan, ya con aire de reserva,ya dando seriales de aburrimiento, mirando sin ver, hacia el jardín que adorna el patio, y hacia la fuente que deja caer sobre la pila sus chorros rumorosos. El aroma y los gayos matices de las flores nada dicen, nada son para los que están allí embebidos en lo más árido, lo más adusto y lo más desapacible de todo lo que han inventado los hombres para ver de tener á raya sus pasiones, ó para ponerlas en juego.
Con los yentes y vinientes, con los salientes y entrantes, tropiezan varias mujeres que, tentando el apetito de los curiales y de los concurrentes, andan con bandejas llenas de bizcochos y dulces, y hasta de vasos de bebidas refrigerantes.
Antes faltarán de aquellos claustros las columnas que sostienen los arcos, que D. Marciano Acuña. D, Marciano no hizo estudios jurídicos, ni tenía más letras que las indispensables para entender el Código á media rienda, ni frecuentó los juzgados en los primeros años de su vida. Pero en cosa de diez y ocho pleitos que promovió contra sus coherederos, aprendió (ó creyó haber aprendido) la rutina forense, y les cobró tanta afición á los litigios, que,según corría entre los chismógrafos franciscanos, en cierta ocasión en que no había hallado deudo ni extraño con quién pleitear, y enque estaba desempeñando una curatela, había entablado una acción,en su calidad de curador, contra el Acuña no curador.
Distinguíase D. Marciano por cierto ceño con que parecía estardiciendo: "¡Chicanitas á mí! Tómen la conmigo y verán cómo salen con las manos en la cabeza."
Fuera de los interesados en los procesos, discurren por esos claustros comerciantes, industriales, médicos, literatos, hacendados y otros individuos no pertenecientes al gremio.
Uno de los tales dice á otro, sacando su reloj y mirando la muestra:
- ¡Caramba ! la una menos cuarto, y no parecen esos señores.
- Sí, señor. Estábamos citados para las doce en punto, y vea usted cómo se nos hace perder el tiempo.
En esto se llega á los interlocutores un agente de policía, y les dice:
- El señor Pacheco, que no viene al jurado; se me quería esconder, pero al fin di con él y lo cité; pero nada: dice que está excusado por enfermo.
El jurado se completa con un individuo (músico, por más señas)que pasa hacia las piezas de la Gobernación. Uno de los interesadosen que el jurado se reúna, le hace cierta indicación al juez; éste en un santiamén verifica un sorteo, y la suerte ciega designa al músico. El músico viene muy azorado á hablar con los que van á ser sus colegas, y á lamentarse, y á ponderar lo ocupado que está aquel día. Sus compañeros lo consuelan asegurándole que aquello no les hará perder sino una media hora. Trátase del hurto de un pavo, con escalamiento de un cerca de talanqueras, delito cometido diez y ocho meses antes, y con relación al cual se ha formado ya un expediente constante de trescientas cinco fojas útiles que han de leérseles á los señores del jurado.
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