CAPITULO II
A la mañana siguiente, se hallaba D. Salvador en su cuarto departiendo con su abogado. Era éste el doctor Zaldívar, anciano de buena estatura, de espaldas un poco bombeadas, de ojos claros á que la edad no había quitado vivacidad ni brillo, de cejas crecidas y canosas, y de hablar un poco ronco y muy reposados.
Contrastaba la plácida serenidad con que escuchaba é introducía observaciones breves y claras, siempre encaminadas á improbar los partidos violentos que proponía el señor Ocampo, con la exaltación con que su interlocutor se producía, ora sentado, ora de pie, oradando paseos irregulares; siempre accionando con todo el cuerpo ycon los ojos saltándosele de sus órbitas.
En el doctor Zaldívar era cosa habitual el trabajar por calmarlos ánimos de sus clientes el tratar de reducirlos á preferir los medios conciliativos al
summum jus, esto es, á los arbitrios que el rigor de las leyes ofrece á los que creen vulnerados sus derechos. Pero, en el caso presente, se esforzaba con más veras por aquietar á D. Salvador, tomando en cuenta que, como siempre lo habían hecho temer su constitución y su genio corajudo, ya había padecido un insulto de apoplejía, y corría, según los facultativos, grave peligro de padecer otro ú otros; y, consiguientemente, de morir de alguno.
¿Sobre qué sino sobre el pleito con que á la sazón estaba GarcíaZorro sofocando á su tío, había de versar aquella conferencia? Esta fue interrumpida por la entrada de un compadre de D. Salvador, que acababa de llegar de Sogamoso y que venía á dar, como dio en efecto, al señor Ocampo cierta malísima noticia acerca del remate que había tenido una empresa que, como socios, habían abrazado. Estando D. Salvador preocupadísimo con lo que acababa de oír, su compadre le dijo que ahí traía un pliego que para él enviaba un sujeto de Sogamoso. D. Salvador tomó maquinalmente el pliego y lo tiró sobre su bufete, sin dejar de hacer con gran calor comentarios sobre el suceso que se le acababa de noticiar.
Ido el compadre, prosiguió la conferencia. De algo que en ella se tocó, vino la necesidad de consultar muchos libros de cuentas, antiguos los más, que el señor Ocampo colocó en su bufete y que allí revolvió y examinó, y de los que tomó apuntamientos y sacódatos, dejando registrados algunos.
Terminó la conferencia. Ocampo salió con su abogado, y continuó aquel día y muchos de los siguientes embebido en cavilaciones, ya acerca del pleito, ya acerca del revés padecido; y atareadísimo en dar pasos concernientes á la prosecución del uno y al remedio delotro.
Mientras en el cuarto de D. Salvador pasaba lo que hemos referido, en otra pieza de su casa tenía lugar una escena mucho másatractiva.
Sentada delante de una mesa se ve una joven muy bonita que tiene abierto un libro en inglés; y que en una voz clara y dulce va traduciendo: "Oh tú que con soberana gloria coronado, miras desde tu solo dominio como el Dios de este nuevo mundo; á cuya vista todas las estrellas encienden sus disminuidas cabezas; á ti llamo... "
Un joven de mediana estatura y agraciadas facciones, está de pieá espaldas de la traductora, apoyando una mano en el respaldo del asiento que ella ocupa, y embebecido, no tanto en la contemplación de las bellezas del no muy bien traducido monólogo de Satanás, cuanto en la de una nuca que atrae sus miradas, adornada con algunas rebeldes guedejitas de cabellos finísimos que no han subido con el resto de la castaña y abundante cabellera á formar el moñoque corona la cabeza de la joven.
Con la énfasis de que los novelistas de cierta época usaban en casos idénticos al presente, diremos:
Estos jóvenes eran Matilde y Honorio.
En el segundo término del cuadro que forman maestro y discípulase descubre la figura insignificante de la tía D.ª Silveria, dueñaó rodrigón de Matilde, á quien ésta, sin dejar de mostrársele respetuosa y adicta, mira como mirará el buey forzudo á la endebleniña que lo lleva de cabestro. Dicha tía no presta maldita la atención al diabólico soliloquio, aunque parece prestar no poca á los modos de que usan maestro y discípula en su trato recíproco, y bastante á la labor que trae entre manos.
No hay que figurarse que Honorio fuera santo de la devoción del señor Ocampo. Ya tenemos dicho que si éste se empeñó en prestarle un servicio, no lo hizo por hacer bien, sino por el entremetimiento y la petulancia que eran habituales en él.
Perteneciendo D. Salvador al partido político opuesto al de Honorio, y siendo, como era, uno de aquellos banderizos que todo lo refieren á la política y que se hallan cualquier día del año del mismo temple que el día en que estalla una revolución ó que aquelen que se han perdido unas elecciones, no podía mirar á Del vallecon buenos ojos. A regañadientes había permitido á su hija que lo llamara como profesor de lengua inglesa.
El principio y el regulador de las acciones de Matilde era el sentimiento de su dignidad. No querernos dar á este sentimiento el nombre de orgullo, porque ciertamente no rayaba en lo pecaminoso.
Muy pocos años contaba esta joven cuando perdió á su madre. Su padre era agrio y severo, y jamás supo inspirarle pizca de confianza. Ella se sintió sola, y desde una edad en que no suelen prevalecer el juicio y la reflexión, ya conoció que necesitaba gobernarse y defenderse á sí misma, á fin de ser alguna vez lo que se creía llamada á ser. Sus propósitos habrían sido tal vez como todos los de los niños; pero las circunstancias le fueron favorables. En el colegio, en el que pasó muchos de sus primeros años; en el trato íntimo con las amigas, y frecuentando las casas de algunas de éstas, sin aprender nada de lo que le convenía ignorar, pudo descubrir qué era lo indigno y perjudicial de que debía precaverse, y cuáles eran los caminos que debía seguir.
Las censuras que oía hacer de otras jóvenes á quienes conocía,le sirvieron no poco para aleccionarse; y más que todo le sirvió la piedad cristiana que muchas de sus maestras lograron infundirle.
Por desgracia, pero aun más que por desgracia, por culpa de D.Salvador, la sumisión filial no era ni podía ser su virtud másculminante. Jamás se habría atrevido á faltarle al respeto, ni habría contravenido abiertamente á una orden suya. Pero el señor Ocampo no ejercía en el ánimo de su hija la influencia que los padres deben ejercer si pretenden encaminar á fin determinado su espíritu y sus afectos. Muchas veces reconvino D. Salvador á su hija por lo que había hecho; pero nunca le dijo qué era lo que debía hacer, así como nunca se mostró satisfecho de sus buenos procederes ni de los triunfos que obtuvo en sus estudios.
En materia de instrucción no habría consentido Matilde en mostrarse inferior á las demás jóvenes de sus mismas circunstancias. Así fue que, después de haber salido del último de los colegios en que estuvo colocada, quiso estudiar algo de lo queen ése y en otros no había aprendido. Hé aquí porqué la hemos visto dando su lección de inglés.
Invito al lector á visitar cierto edificio. Los ladrillos de los pavimentos, así en los claustros ó corredores, como en las piezas áque éstos dan acceso, están descompaginados y movedizos. En lasparedes, siempre empolvadas, se ven rasguños y uno que otro letrero; en las barandillas faltan balaústres. Por ninguna parte hay rastro de aquellos esmeros mujeriles que á cualquiera habitación dan el aire que hace sentir el bienestar del
chezsoi.
Entremos en una pieza. En las paredes, ningún otro adorno que unos mapas un poco desteñidos, y pendientes cada uno de un clavo.
En cuanto á muebles, un tablero que fue negro y ya es gris, con una figura geométrica medio borrada. Unos bancos en que hay esculpidas con corta plumas muchas iniciales y garambainas. Una mesano desprovista de la misma ornamentación, y delante de ella una silla. Todo empañado por el polvo vulgar y por el que ha producido la tiza con que se ha escrito y con que se han trazado figuras en el tablero.
En una pieza como la que acabamos de describir, podemos ver á Honorio sentado en la silla y esforzándose por explicar un teorema de geometría á cosa de veinticinco escolares, de los cuales unos seis escuchan atentamente al profesor; unos nueve se ocupan en aguardar pacientemente ó en acelerar con sus deseos la hora en que el tañido de la campana ha de anunciarles que quedan libres; y los restantes conversan en voz pianísima, ó por detrás de sus vecinos entregan ó reciben objetos, ó trabajan pacientemente para completarla ornamentación de los bancos.
El lector extrañaría que Honorio Del valle, hijo, y á mayor abundamiento, hijo único, de un hombre rico, como lo era D. Siervo de Dios, siguiese una carrera tan poco atractiva y lucrosa como la de profesor en colegios de Colombia, si no lo hubiéramos ya enterado de que D. Siervo era cicatero en grado heroico. Diremos,no obstante, en descargo de nuestra conciencia, que, aunque el buen señor vivía atormentado por la negra idea de que habían de faltarle recursos para pasar sus últimos días, había en sazón oportuna enviado á su hijo á estudiar en la capital. Pero cuando éste llevaba siete años de estudios, lo llamó á su lado, alegando que yano podía con los dispendios que le ocasionaba, y que era urgenteque fuese á ayudarle á trabajar.
El joven Del valle no había nacido para trabajos agrícolas nipara especulaciones mercantiles. Pronto se fastidió, y, con el beneplácito de su padre, á quien halagaba infinito el que en sucasa hubiera una boca menos se volvió á Bogotá, prometiéndose ganarla subsistencia haciendo clase en los colegios y dando lecciones encasas particulares.
Había hecho sus estudios con gran provecho y cobrado vehemente afición al de las ciencias físicas y matemáticas y al de las lenguas vivas. Entiéndase que esta afición no lo inclinaba á desentrañar lo arcano de las ciencias ni á pasar de los límites á que se habían ceñido los autores de los textos de enseñanza que solía manejar y los popularizadores de las ciencias. No era apasionado sino por lo que le parecía práctico é inmediatamente aplicable á la industria y á los usos comunes. Así, ni el latín ni la filosofía eran de su devoción.
De asuntos religiosos, políticos y morales no hablaba sino cuando su cortesía, que era exquisita, lo forzaba á mostrarse interesado en alguna conversación acerca de una de esas materias.
Sólo hablaba con animación sobre puntos pertenecientes á las que cultivaba. Si se trataba de un viaje, trazaba el itinerario como si estuviera dando lección de Geografía; si de campañas ó batallas delas nuéstras, desentendiéndose de los intereses de partido y de los resultados sociales ó políticos de aquéllas, hacía también observaciones topográficas. Si había cometa visible, eclipse ó temblor de tierra, hacía. explicaciones científicas sobre esos fenómenos. Si en la conversación se ofrecía algún cálculo numérico, él se adelantaba á hacerlo. Gustaba de emplear, siempre que se presentaba el caso, más bien el término técnico que el vocablovulgar. A todas manos hacía comparaciones entre el inglés y el castellano; y con delectación y sonrisa semejantes á las del padreque refiere gracias de su niño, contaba cómo se dicen ciertas cosas en inglés.
Quien no se arriesga no pasa el mar: Nothingventured, nothing won. Ir con el día: We live from hand to mouth.Ha dado con la horma de su zapato: He has met with hismatch.
Honorio describía fábricas y máquinas de las que no tenemos poracá, como si las hubiera visto; si oía la noticia del descarrilamiento de un tren, él, sin mostrarse insensible á los quebrantos que se hubieran seguido, entraba en conjeturas y disquisiciones sobre el mal funcionamiento de la máquina.
Pero sus aficiones se extendían á todo lo relativo á modernos descubrimientos é instituciones, siempre que en ellos veía un progreso y sobre todo una cosa práctica. Así, si se trataba de un niño que hubiera nacido, mientras los demás hablaban del bautizo, él hablaba de que convenía asegurarlo
Fue el primer bogotano que aprendió á servirse del correo urbano y de la novísima numeración de las calles.
Para completar este retrato, diremos que Honorio tenía las manos finas, un poquito coloradas y con apariencia de haber sido lavadas muy recientemente, las uñas largas, muy limpias y recortadas con arte; que no fumaba ni probaba licor ó bebida; que era pulcro y correctísimo en el vestir, si bien huía del lujo; que en días de trabajo tomaba un baño muy temprano en su casa, y los domingos en algún punto de fuera de la ciudad. Todos los días daba un paseo, y una que otra vez concurría al teatro; pero todos sus deportes tenían cierta acompasada regularidad, algo de serio y de medido. Rara vez hablaba Honorio sin sonreír. Acaso temía parecer adusto sino sonreía. Pero no se reía á carcajadas ni con estrépito, salvo que lo reputara necesario para no desairar algún chiste de su interlocutor.
Finalmente, Honorio usaba en el bolsillo una de aquellas plumas que llevan provisión de tinta, y con ella hacía muy á menudo apuntamientos en su cartera.
A Honorio y á su discípula les había acontecido lo que, dados su frecuente trato y la circunstancia de tener ambos libre el corazón, no podía dejar de acontecerles. La figura de Honorio no era ciertamente pedagógica. No era un buen mozo, pero era un mozo agraciado. Tenía un poco prominente la región de la boca y gruesos los labios; pero esta particularidad, que era acaso la que obstaba para que se le reputara buen mozo, tenía en el cierto voluptuoso atractivo.
Matilde era grácil y de formas delicadas, representación viva de aquella debilidad femenina que es tan Capaz de rendir fortalezas. En la tez fina y transparente de su rostro se dibujaban venas azules, y sus ojos se reían solos.
Quién sabe si la circunspección á que ella se creía obligada y que acertaba á guardar, la hubiera preservado de enamorarse; pero el amor es muy zorro y sabe insinuarse por medios y por caminos singularísimos. Inspiróle á Matilde á los principios compasión por su maestro. Hízole pensar que aquel jo ven tan bien parecido y tan correcto en todo, debía estar ocupando posición infinitamente mejor que la que parecía ocupar, y que probablemente estaría viviendo con estrechez.
Esto hizo que fijara más y más la atención en las prendas de Honorio. Más tarde, con la perspicacia que en ciertos asuntos distingue á las mujeres, penetró que su maestro la miraba con interés, y apreció la delicadeza con que se abstenía de prevalerse para intentos amorosos de la libertad que, como maestro, tenía de entrar á su casa, y la reserva con que cuidaba de ocultarle su afecto. Finalmente el tentador le sugirió el recelo de ir á incurrir en la debilidad de enamorarse de alguno que valiera menos que Del valle, y entonces la cabeza, haciéndose cómplice del corazón, buscó motivos que alegar en favor de Honorio; y, como deseaba hallarlos, los halló á contento.
Y, para mejor adobar la cosa, el diablillo que la estaba fraguando hizo que á las Tellos, primas y amigas de Matilde, se les antojara imitarla en lo de aprender algo de lo que no habían estudiado en el colegio, y que consultasen con Matilde sobre la elección de profesor. A Matilde no era posible que se le viniese á las mientes otro que el suyo; así fue que, mediante su consejo y su intervención, Honorio Del valle empezó á hacerles clases á las dichas primas. Eran éstas, lo mismo que su señora madre, muy francas y sociables; y no pasó mucho tiempo sin que el preceptor,menos como tal que como amigo, frecuentara su casa. Y como Matilde también solía visitarla, solía asi mismo verse en ella con Honorio y conversar con él sobre asuntos mucho menos duros de pelar que las reglas de pronunciación del inglés.
En aquellas conversaciones ejercían su natural prestigio las prendas de una mujer que se había sabido educar á si misma adivinando lo que son el mundo y la vida, y la candorosa ingenuidad de un joven educado en el trato con los libros.
Con todo, mucha agua habría alcanzado á pasar por debajo de lapuente, antes que los labios de los dos enamorados se hubieran descosido, si no hubieran sobrevenido ciertas adversidades.
La renta de que Honorio gozaba como institutor no era enteramente mezquina; pero él, aunque modestísimo en sus aspiraciones, la reputó tál desde que se vio en potencia dedisponer de un capitalejo. Así, no sin impaciencia aguardó que D.Salvador le diera cuenta del resultado de las gestiones que por él había prometido hacer en Sogamoso. Ya D. Salvador había vuelto á Bogotá después del viaje en que había llevado la comisión y el documento; se había avistado con Honorio, y no solamente había callado respecto de aquel asunto, sino que se había mostrado marcadamente indigesto para con Del valle. Esto último podría con grandes apariencias de razón atribuírse á la diferencia de opiniones políticas que entre los dos existían; máxime cuando en aquellos días las pasiones políticas hervían como hervirá la pez enlas calderas del infierno.
Honorio, allá á sus solas, formaba la resolución de preguntar á Ocampo el resultado de las gestiones de que se había encargado; pero al hallarse encarado con él, se amilanaba y dejaba la preguntapara mejor ocasión.
Don Siervo de Dios Delvalle, que tenía alguna dependencia en la capital, vino á ella aprovechando la feliz coyuntura que para hacer el viaje de balde le ofreció el haberle rogado una familia que había ido de temporada á la población en que él residía, que la acompañase en el regreso.
Don Siervo indagó qué había hecho su hijo con la obligación de Centeno; y cuando se hubo enterado de que el señor Ocampo había tomado sobre sí la cobranza y parecía no haberla intentado, hizo que Honorio dirigiese un telegrama á Centeno para preguntarle en qué estado se hallaba el asunto. He aquí la contestación que recibió: "Celebré arreglo con Ocampo. Enviéle, hace meses, suma convenida. Centeno."
¿Cómo D Siervo, hombre desconfiado y suspicaz como buen avaro, había creído que Centeno estaba insolvente, no habiéndolo estado nunca? Tenía el pobre por vecinos unos bogotanitos cafeteros, truhanes y maleantes, á quienes servía de dominguillo. Dábanlecandonga con su roñería, y trataban siempre de embocarle cuentos capaces de alarmar su codicia, á los que no solía dar crédito. Pero al cabo, poniendo en el ajo á otros vecinos que nunca habían bromeado con él, lograron hacerle tragar que Centeno, su deudor, había quebrado y salido del país.
Don Siervo de Dios, enterado de la contestación de Centeno, se enfureció y dio por hecho que D. Salvador había procedido como un bribón. Hay que saber que, ya medio arrepentido de haber hecho á Honorio la cesión de la deuda, había significado á éste que era preciso, si se cobraba, que le dejara disponer á lo menos de parte de la sumas por hallarse él en ahogos tan terribles, que hasta temía verse en la ruinosa necesidad de mal baratar alguna parte de sus propiedades.
Y estimulado por la esperanza de apañar algo de aquello que Centeno aseguraba haberle enviado á Ocampo, tomaba ahora por suya la demanda, y constriñó á su hijo pedir explicaciones á D.Salvador. Pasando mucha saliva, se atrevió por fin aquél á tocarle el punto.
- Con mucha pena, le dijo, lo molesto á usted para Preguntarle en qué estado se halla el asuntico aquel de que usted tuvo la bondad de encargarse.
- ¿Cuál asuntico? preguntó D. Salvador muy sorprendido.
- Pues el de la obligación del señor Centeno.
- ¡Ah! Yo creía haberle dicho á usted que había ofrecido entregar esa suma en Febrero.
- No recuerdo que usted me haya hablado sobre el particular.
D. Salvador, que se preciaba de no olvidarse de nada, se sintió contrariado, y se puso más fosco.
- Pues no sé cómo habrá sido eso.
- Pero bien, señor D. Salvador ... supongo que el señor Centeno no ha cumplido su promesa. Estamos ya en Mayo, y ...
- Usted debería no sólo suponerlo sino tenerlo por seguro. ¿Usted piensa que yo habría sido capaz de retener fondos ajenos?
- De ninguna manera, señor D. Salvador. No hago más que buscar la explicación de lo que ha pasado.
- ¡ Explicación ! ¿Usted me viene á pedir explicaciones? Ahí está lo que uno saca de ponerse á hacer servicios.
- Usted me permitirá le recuerde que usted mismo fue quien tomó empeño en prestarme el de que se trata; y que yo rehusaba molestarlo á usted.
- En fin, para terminar esta desagradable conversación, le repetiré á usted que nada he recibido.
Don Siervo de Dios, impuesto en el resultado del paso dado por Honorio, hizo que éste le escribiera á Centeno sobre el negocio.Centeno contestó á vuelta de correo que en la fecha estipulada había enviado á Bogotá, en efectos públicos, siete mil seiscientos pesos, suma á que ascendían el capital y los intereses que en Febrero del alto corriente debía según la obligación. Añadía que,encerrados en una cubierta se los había enviado á Bogotá á D.Salvador Ocampo por conducto del socio y compadre de éste, D.Longobardo Mujica, y que por lo pronto no se podría ocurrir al testimonio de éste, por hallarse, no se sabía por cuánto tiempo, en los Llanos de Casanare.
Don Siervo dispuso que Honorio, incluyéndole esta carta á D.Salvador, le escribiera una muy enérgica.
Honorio la escribió, no enérgica, sino muy atenta y fina; pero sí incluyó la respuesta de Centeno.
Las dos cartas levantaron una tempestad en el pecho dela trabiliario D. Salvador. Lo primero que hizo para desahogarse fue llamar á su hija y entablar con ella el siguiente diálogo:
- El maestrico de Inglés no debe volver á pisar esta casa, ¿looyes?
Matilde, encendida y con voz alteradísima, contestó:
- Qué falta ha cometido Honorio ... el señor Del valle?
- Honorio, Honorio: eso es: ya hasta te tutearás con él. ¡Qué falta ha cometido? Me hace cargo á mí, á mí, de haberle robado.
- Papá, no creo capaz á.. al señor Del valle de semejante descomedimiento. En eso debe haber alguna equivocación.
- Y lo defiendes! ¡ Defiendes al mequetrefe que ha insultado á tu padre! ¡Al compinche de mi verdugo! El saber que es un rojo pícaro debería bastarte para aborrecerlo.
La joven, cada vez más inmutada, repuso:
- Yo no sé qué será lo que ha pasado, pero Honorio ... y su voz se ahogó en llanto.
- ¡Ajá! ¿Esas tenemos? Ya yo había sospechado que ese títere te hacía cucamonas, y recelaba que fueras á prendarte de él. ¡Era loque nos faltaba!
- Papá, dijo Matilde sollozando, jamás me ha dirigido una galantería.
- Nada, nada. A mí nadie me la pega. Ese zarramplín no me vuelveá poner aquí los pies. Hasta ahora he sido un tonto dejándome embaucar con el embeleco del estudio de Inglés. Pero no más, nomás.
Y como Matilde siguiese sollozando, añadió:
- Y tú misma has de despedirlo, concluyó D. Salvador, en el colmo de la exasperación.
- Eso es muy duro, papá, replicó Matilde. Le aseguro á usted queni yo ni ... nadie ha dado motivo para ese enojo de usted ... Que álo menos no tengo yo que ...
- ¿Te me rebelas? Está bien:
yo seré quien despida á ese miserable; pero será á patadas.
Matilde nunca hubiera tomado parte en este diálogo sin doloros ay profunda conmoción; pero lo que más horrible lo hacía para ella era el acordarse del peligro que para la salud y la vida de su padre aparejaban sus arrebatos de furor. Sin esforzarse por defender más su causa, salió del aposento y se encaminó al suyo para desahogar á solas su amargo sentimiento.
Algunas horas después, D. Salvador llamó y dijo que sentíaviolento dolor de cabeza. Matilde acudió, y halló á su padre muy acobardado, pensando que ya amagaba el ataque cerebral anunciado por los médicos. A la propuesta de que se enviara por uno, accedió con suma facilidad. Matilde tuvo cuidado de hacer llamar á cierto facultativo que, por ser harto llano y chancero, le inspiraba franqueza, y cuando hubo venido le habló sin reserva y le encargó previniese á D. Salvador que, durante el día siguiente, no dejasela cama ni se expusiese á sufrir ninguna conmoción.
Matilde pensaba aprovecharse de la próxima venida de su maestro para notificarle su remoción por sí misma ó por medio de D.ªSilveria. Lo que más importaba era que D. Salvador no interviniera en el asunto.
En las horas que faltaban para aquella venida se suscitó en el pecho de Matilde una pugna entre el cariño á Honorio y la fe quetenía en sus sentimientos, y un enojo
sub conditione, encendido por la idea de que su amante hubiera efectivamente ofendido D. Salvador.
De esta batalla interior, resultó una nueva determinación: la dehacerle explicar á Honorio lo ocurrido entre él y el señor Ocampo.
Esta resolución envolvía la de erigirse Juez entre los dos. Oídas las partes, ella fallaría.
Cuando llegó la hora de la audiencia, el Juez estabainfinitamente más turbado que el presunto reo, no obstante que éstese azoró algún tanto al ver que se le recibía con una especie desolemnidad.
- Mi padre, dijo Matilde á Honorio, esforzándose por asumirtalante de Juez, se queja de que usted lo ha ofendido. Yo he esperado que en lo que haya dado origen á esa queja haya habido alguna mala inteligencia, alguna equivocación. Y como mi padre no se halla en estado de explicarme lo que ha ocurrido, he resuelto pedirle á usted que lo haga.
Jamás acertaríamos á pintar la aflicción, el anonadamiento del sindicado al oír aquellas palabras, ni la falta de ilación y de método con que la turbación lo hizo producirse en su alegato.
Pero el Juez conocía á las partes como á sus propias manos;conocía el genio irritable, arrebatado y ligero del acusador, y la moderación y suavidad del acusado: así, la defensa, fuera comofuera, hubo de producir el mismo efecto que habría alcanzado si hubiera sido el
non plus de la dialéctica y de la elocuencia.
Mas, á pesar de que lo explicado por Del valle era para Matilde la verosimilitud misma, á ella no le pareció propio de una buena hija el mostrarse sobrado indulgente con una persona á quien su padre miraba con tan fiero enojo, y cortó el coloquio poniendo enconocimiento de Honorio la determinación de suspender indefinidamente el estudio que con él estaba haciendo.
Entonces empezaron á correr para Honorio y para Matilde los días más amargos y oscuros. El primero miraba arruinadas unas esperanzas que nunca habían hecho más que halagarlo como halagan los sueños imposibles; pero que, con ser sólo imaginaciones y quimeras, eransu vida.
Matilde, viendo en su antiguo maestro una víctima inocente y resignada de la injusticia de D. Salvador, se sentía impulsada violentamente á ofrecerle reparación y desquite; y al mismo tiempo contenida por la obligación de no presentarse, ni aun en apariencia, parcial de quien era objeto de las iras de su padre. La salud de éste se quebrantaba más cada día; y cada día era más notorio el peligro de que una conmoción le fuese funesta.
D. Siervo de Dios, noticioso de que Dimas García Zorro había estado para encargarse del procedimiento contra D. Salvador,ocurrió á él. Díjole Dimas que ninguna acción civil podía intentarse sin que Honorio firmara el poder que al principio había pensado en conferirle. D. Siervo hizo por reducir á su hijo á que lo hiciese; Honorio se negó á ello. ¡Cómo había de querer presentarse como adversario del padre de Matilde!
D. Siervo se enojó tanto con su hijo, que aunque estaba muy bien hallado comiendo de pegote al lado suyo, por dos ó tres días vivió separado de él en una posada, costeando su propia manutención.
García Zorro discurrió entonces que D. Siervo podía figurar acusando criminalmente á D. Salvador como detentador de bienes ajenos. Este dictamen le cuadró á D. Siervo. Su idea de que así humillaría y vilipendiaría á un adversario político, era salsa ó aperitivo que para él acendraba el placer de perseguir una suma dedinero.
Honorio hizo lo imposible por disuadir á su padre de aquel avieso propósito; pero fue en vano.
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