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CAPITULO XIV



Negros, negros fueron aquellos días; y más negras las noches. En la nueva vivienda, mucho más distante del centro de la ciudad que la que inmediatamente antes ocupara, aquella acuitada familia sesentía más aislada y destituída de socorro que nunca.

Una vez, pasada ya la media noche, Matilde vio á su marido tan aquejado con sus dolores y con la debilidad que lo postraba, que temió verlo expirar. Pareció, le urgente llamar un médico y un confesor; no tenía de quién valerse, y salió ella misma á buscarlos. Ya había. llamado en vano á las puertas de varios médicos, cuando dieron con ella unos mozos que estaban corriendo la tuna, los cuales la hicieron objeto de sus indecentes dicharachos,y la obligaron á huír desalada hasta su vivienda.

Era una tarde que, con ser una de las de nuestro llorón mes de Abril, se mostraba tan serena como aquella en que vimos á Honorio paseando por el camellón de Las Nieves y haciendo observaciones. Ya muchos de los árboles que hoy adornan esa vía proyectaban, no obstante lo corto de su edad, larga sombra hacia el lado del Oriente.

Todo como en aquella tarde: mujeres acudiendo á las tiendas de comestibles; gente que marchaba con aire de quien va á sus incumbencias; gente que llevaba el de quien ha salido para buscar esparcimiento; jinetes de varios pelajes y condiciones; carros arrastrados por bueyes ó por caballejos; pelotones de presos que, con su escolta, regresaban al Panóptico; carros del tranvía que volvían á la ciudad ó que salían.

En uno de éstos iba el doctor Zaldívar dirigiéndose hacia SanDiego. Al pasar por frente á la casa, en una de cuyas ventanas conocimos á Matilde y á D.ª Silveria, fijó en ella una larga mirada, mirada que parecía decir algo. ¿Sería que el abogado consagraba un recuerdo á su difunto amigo D. Salvador, y traía á la memoria las desdichas de su familia? Quién sabe: el viejo era poco amigo de sensiblerías; y la mirada aquella había tenido más desocarrona que de triste.

Apeóse el doctor allí donde dos hileras de eucaliptos corren paralelas al camellón y lo separan del parque.

Emprendió incontinenti la subida del Alto de San Diego, andando con pausa, bastante encorvado, llevando el bastón sobre la nuca, y sosteniéndolo con ambas manos, sin soltar de la izquierda un rollo de papeles con que andaba a percibido. Cuando hubo ascendido por algún trecho, empezó á jadear y á apoyarse en el bastón. Iba tomando ya la una, ya la otra de las laderitas de la senda, y acortando el paso de vez en cuando, ora para tomar resuello, ora para pedir á algunos de los habitantes de los casuchos las señas de la vivienda á donde quería dirigirse. Nadie conocía por sus nombres á los individuos por quienes preguntaba, y no le costó poco trabajo llegar al término de su excursión. Este no era otro que aquella casa que había atraído la atención de Honorio en el paseo al Alto de San Diego, en que hace mucho tiempo lo acompañamos.

Pero ya en el recinto exterior no se descubrían las matas de novios y de malvabisco, y las hierbas más ordinarias crecían allí viciosamente. Los balaústres de la barandilla habían acabado de desaparecer, poco quedaba del enlucido de las paredes, y menos quedaba de las tejas con que antes se viera ribeteado el techopajizo.

En torno de la casa, y entre las hierbas, se veían desechos y basuras, como sombreros, botines y canastos desbaratados, trapos y toda especie de inmundicias.

Un niño y una niña descalzos, mal cubiertos con guiñapos, amarillos y flaquitos, se entretenían silenciosa y definítivamente sentados en el suelo del corredor exterior, enredando y desenredando unas hilachas.

Al oír que el doctor Zaldívar les preguntaba si allí era donde vivían. Honorio Del valle, huyeron despavoridos hacia uno de los costados de la casa.

El doctor tocó entonces á la puerta de la sala, y oyó en seguida que se le mandaba entrar.

Sobre un colchón tirado en el suelo húmedo y escabroso, colchón que por muchas partes dejaba escapar la lana; con las piernas estiradas y la nuca contra la pared; marchito y macilento; atado á la cabeza un pañuelo, la barba larga y desgreñada, y cubierto con un bayetón desteñido y deshilachado, se ofreció nuestro amigo Honorio, á la vista del doctor Zaldívar.

Estaba acompañado por dos de sus hijos mayorcitos, los cuales,como los otros dos, se asustaron al ver al visitante, y salieron de la salita; pero su padre pudo darles orden de que llamasen á Matilde.

Matilde estaba debajo de un saledizo que hacía de cocina, tratando de aderezar una miserable comida.

Al enterarse de que había entrado un señor, se puso á temblar. Pocas horas antes había anunciado el propietario que iba á ocurrirá la Policía, á fin de hacer desocupar por fuerza la casa, si no se le pagaban los arrendamientos que se le debían.

Ni era éste su único resquemor. Enrique, el segundo de sus hijos, que era de la piel del diablo, y que solía salir á buscarles camorra á los muchachos de la vecindad, había descalabrado á uno de éstos. La madre, mujerona soez y deslenguada, había venido á la casa, y después de insultar groseramente á Honorio y á Matilde, había anunciado que su marido vendría también y castigaría por suspropias manos al agresor dé su hijo.

Conturbada y llorosa, y andando de puntillas, se acercó Matilde á una ventana de la sala, y cuando con indecible alivio, hubo reconocido la voz del doctor Zaldívar, se tranquilizó. Dejó encomendada su tarea á una de las niñas; lavóse las manos; y,aunque temía estar oliendo á humo y á cochambre, entró á la salita.

Cuando los chicos, que habían atisbado cautelosamente, hubieron advertido que sus padres, dando tregua á las exclamaciones en que los había hecho romper la inesperada venida á su cochitril de sujeto tan respetable como el doctor, conversaban con él amistosa y familiarmente, fueron dejándose ver y penetrando en la estancia.

El doctor, informado de la situación en que se hallaba Del valle.

- Es indispensable, le dijo, que ustedes se muden á una habitación seca y abrigada.

- ¡Mudarnos, mudarnos! exclamó Matilde tristemente. Sí, tendremos que mudarnos. Mañana viene la Policía á sacarnos de aquí por fuerza. El dueño de la casa no aguarda por más tiempo el pago de los arrendamientos que se le deben. ¿Pero cómo hemos de podernos pasar á vivienda que no sea peor que ésta?

- Nada, replicó Zaldívar: Ustedes se me pasan á una casa buena. Y es menester también que vea á Honorio un médico de los afamados.

- ¿Y qué médico ha de querer venir, por pura caridad, por estos andurriales?

- Vaya. Todo se arreglará. Les he traído á ustedes unos billetes.

- No, no, por Dios, saltó Matilde. Con toda nuestra alma le agradecemos á usted su buena voluntad, pero no nos obligue á recibir dinero.

- ¡Caramba con el orgullito! ... ¿Y quién les dice á ustedes que esto es un regalo? Esto es un préstamo. Ustedes me lo devolverán después.

- ¿Y cuándo, y cómo?

- Y hasta, si no quieren deberme favor, pueden reconocerme el interés del uno por ciento mensual.

- Si usted no fuera quien es, yo diría que usted estaba burlándose de nosotros.

- Por fortuna ustedes saben que no soy capaz de eso. Vaya. Tomen ustedes esos billetes. Ahí van 500 pesos, para que mañana mismo se busque casa, y para que usted se mande hacer ropa y vaya á una notaría á firmar un poder que tiene que conferirme.

Matilde y su marido, sin resolverse á recibir los billetes, semiraron de un modo singular.

- Sí, dijo el doctor muy risueño, ustedes creen que me he vuelto loco: confiésenlo ustedes.

- No, no, doctor; no, pero ...

- Voy á explicarles la cosa. Tengo seguridad de que podemos entrar en ciertos arreglos con el primito Dimas.

- ¡Arreglos! ¡Al cabo de tántos años!

- Pues sí, señor: al cabo de tántos años. La justicia es coja, pero llega ... Se han presentado ciertas circunstancias ...¿Ustedes no han oído nada tocante á los asuntos públicos recientes?

- ¡Qué hemos de haber oído, doctor? Con nadie habla Honorio, ni lee periódicos.

- ¡Ya!

- Comoquiera que sea, continuó Matilde, á usted que ha sido nuestro único amigo, deberemos el alivio que nos hace esperar. -¿Quién sino usted se habría acordado de nosotros ?

Y se echó á llorar tierna y copiosamente.

El doctor Zaldívar nada respondió; y, por una buena pieza, se entretuvo en hacerles preguntas á los chicos, que poco á poco habían ido acercándosele y que lo miraban con no disimulada curiosidad. Los emborricaba el que hiciese caso de ellos un sujeto que les parecía de naturaleza diferente de la de cuantas personas habían visto en comunicación con sus padres.

- Y bien, prorrumpió Del valle, reanudando la plática, ¿puede usted explicarnos cuáles son esas circunstancias que hacen posible un cambio en nuestra situación?

- ¿Cómo no?

Desarrolló los papeles que había llevado, que eran unos números del Diario Oficial, y, acercándose á la puerta (porque ya escaseaba la luz).

- Voy á leerles á ustedes, dijo, dos artículos de una ley recién expedida, la 57 de este año:

Y leyó én uno de los números del Diario:

"Art. 1. Son válidos para todos los efectos civiles y políticos los matrimonios que se celebren conforme al rito católico."

El sol acababa de ponerse, y Matilde, notando que el doctor Zaldívar no había de poder continuar la lectura.

- Permítame usted, le dijo, Voy á traer una luz.

Por lo que tardó en reaparecer trayendo un cabo de vela, pudo presumirse que, para conseguirlo, había tenido que ocurrir á alguna vivienda vecina.

Colocándolo en un negro abollado candelero de hoja de lata, lo encendió y se lo acercó al doctor.

Durante el rato que se estuvo esperando la vuelta de Matilde, su marido había dicho al abogado:

- Ahora hago reminiscencia de haber oído hablar de algo muy semejante á eso á alguno que me decía que los hijos de padres unidos en matrimonio de no sé qué época en adelante, no se verían ya expuestos á una desgracia como la que cayó sobre Matilde y sobremí.

El doctor Zaldívar repitió la lectura del artículo 12, y siguió leyendo:

"Art. 19. La disposición contenida en el artículo 12 tendrá efecto retroactivo. Los matrimonios celebrados en cualquier tiempo surtirán todos los efectos civiles y políticos desde la promulgación de la presente ley."

- Es decir, saltó Matilde muy agitada y conmovida, que con ese efecto retroactivo ...

- Con ese efecto retroactivo, interrumpió el doctor, los derechos de la tía Teodolinda y del señor doctor García Zorro sevan á la punta de un cuerno.

- De manera que todo, todo lo de mi padre y lo de D.Salvador

- ¿ Todo? Tal vez no. El señor D. Dimas habrá dado cuenta de los haberes muebles; pero ahí están las haciendas y las casas. Esas no se las habrá comido; y si se las hubiera comido, se las haríamos vomitar, aunque tuviéramos que meterle la mano hasta las agallas.

Matilde y Honorio lloraban.

La primera tenía arracimados á sus hijitos entre sus brazos, ydecía:

- ¡Pobrecitos! ¡ Pobrecitos! ¡Cómo se estaban criando!

Honorio prorrumpió:

- Doctor, ¡Que Dios lo llene á usted y llene á su familia de felicidades tan grandes como ésta!

- A mí nada se me debe. A Dios es á quien ustedes deben bendecir.

 

El doctor Zaldívar, atento en esta ocasión, como en todas las análogas, á no comunicar bruscamente noticia alguna capaz de producir grandes conmociones, y absorto tal vez en la obra (tandeleitosa para todo hombre bien nacido) de hacer felices á otros,había dejado inadvertidamente pasar el tiempo. La noche había cerrado, y el regreso del anciano al centro de la ciudad no dejabade ofrecer dificultades y aun peligros.

El perjuraba que podía bajar como el mozo más ágil; pero Honorio y su mujer lo obligaron á aceptar la compañía de Salvadorcito y de Enrique. Emprendióse el descenso, no sin que al despedirse, los dos esposos se deshiciesen en manifestaciones de gratitud.

Salvador llevaba el cabo de vela, cuya llama iba defendida del viento por un papel que, recogido por la parte inferior, se abría hacia arriba en forma de fanal.

Este papel era un fragmento del número 7021 del DiarioOficial, uno de los que el doctor había llevado aquella tarde.

Los niños acompañaron al doctor Zaldívar hasta el pie del Alto.

 

Actualmente vive D. Teodolinda Ocampo en una casita muy decente. Matilde paga el arrendamiento y provee á todas las necesidades de su tía. La vieja lo estaría pasando muy ricamente, si su hijo no fuera su azote.

Antes de 1887, Dimas, con toda su adquisividad y con todo aquela gibílibus de que había dado tan gloriosas muestras, desvanecido al verse rico, había entrado en especulaciones aventuradas, para las cuales poco le aprovechaba el rabulismo, y había dado de través conlos valores no raíces que ciertas leyes habían puesto en sus manos.

Ahora anda todos los días husmeando por San Francisco y por los Juzgados Municipales, ver si se presentan negocios, pero los tiempos han cambiado. Los negocios están monopolizados por otros leguleyos que, habiendo ó no habiendo sido colegas ó discípulos suyos, pueden darle quince y falta en materia de triquiñuelas y detrapacerías.

Y ¡qué demonio! Ocurrió esto cuando Dimas se había habituado á la gran vida!

Fuera de casa, habla con suficiencia y desparpajo sobre asuntos forenses y sobre política. No está nada bien con el orden de cosas entablado después de 1885, ni con la administración de justicia.

Cuando vuelve á casa, para desahogar el despecho y la murria negra, la toma con la pobre de D. Teodolinda, á quien siempre hatenido acostumbradísima á aguantarle cabronadas.

 

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