Ficha bibliográfica




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CAPITULO XIII


D.ª Juana Josefa, en cuanto al manejo de los niños, solía estar á las maduras y no á las duras. Recreábase con ellos cuando se les veía aseaditos, conversables y de humor parlero y regocijado. Hacíase cargo de ellos cuando estaba de sobre mesa, mientras Matildey las criadas almorzaban y comían; pero si alguno de ellos se empeñaba con tesón en tirar de los manteles, en juguetear con lo que había sobre la mesa ó en beberse el asiento que había quedado en tazas y copas, metiendo toda la cara y resollando sonoramente dentro de ellas, se fastidiaba y hacía llamar á algún sirviente para que la relevara.

Como sus niños le parecían bonitos y despejados, gustaba mucho de lucirlos en presencia de los extraños. Durante una visita serepetía aquello de salude al señor ... ¿Pero esa mano es la que se da?... A ver, ¿cómo hace el perro? ... Nada, ahora tan pasmado.¡Y si usted lo viera cuando no hay gente! Déle un besito alseñor. (¡Y el rorro está quizás bien mocoso y bien baboso!)

- Usted como que es muy picaro, ¿No?

- Sí.

- ¿Sí qué?

- Sí.

- Sí, señor, será.

- A ver, diga el verso que estaba diciendo ayer ... Dígalo ...Diga ... Antonio, te tengo dicho ...

- Dicho ...

- Que echés ...

- Que echés ...

- Que echés ese gato afuera.

- Fela ...

- Que á mí no me gustan gatos ... ¡Hum! ¡ hum! Ya empezó á meterse las manos á la boca ... Nada, que se lo lleven: ¿Qué dirá este señor de verlo tan esquivo?

Los visitantes se creían obligados á tributar algún elogio ácada angelito, ó siquiera á encarecer su abundancia de pelo ó sugordura ó su mucho desarrollo; á declararlo parecido al papá ó á la mamá, y á entablar conversación con él. Y, como el asunto nosobraba, después de decirle una frase, la repetían como si el muñeco no la hubiese oído.

- ¿De quién son esos ojitos?....

¿De quién son esos ojitos?....

¿De quién son esos ojitos?....

¿Ah?... ¿De quién son?


Y el arrapiezo mudo como un pez.
Si el niño cogía libro ó papel, venía aquello de
-Lea ... A ver, qué dice ahí?.... El niño Alfredito es un niñito muy bonito, pero muy tontico....
No hay para qué decir que los ojos de Dª. Juana Josefa hallaban en sus hijos dotes y anuncios de futuras excelencias que ningunos otros ojos acertaban á descubrir.
Antes de tener á Matilde en su casa, la buena señora había soldio reprender, y aun reprender y castigar á los niños con excesivorigor, cuando lo que hacían la impacientaba; pero nunca cuando, aunque cometieran verdaderos desmanes, su bilis permanecía sosegada. Además, con contemplaciones inoportunas é inmerecidas, y,permitiéndoles pedir la razón de las órdenes que se les daban, los había habituado á reputarse soberanos absolutos éindependientes.
Bajo su gobierno, se había establecido y sostenido el sistema derepresentarles á los niños cuando chillaban y rabiaban porque no seles complacía en algo, que si se callaban verían satisfecho su antojo. Ellos advertían que con llorar lo conseguirían todo, unavez que callando lo conseguían, y que para callar era preciso estarllorando.
Había mirado siempre con indiferencia que después de lasreprensiones que ella ó su marido hacían á uno de los chicos, ó delos castigos que les imponían, una criada ú otra persona se pusieraá consolarles y desagraviarlos, ó á darles vaya con la reprensión ó el castigo, quitando así á éstos toda su eficacia.
Nunca se le habían dado á la matrona dos ardites de que seintimasen. á los niños órdenes contradictorias; ni de que,habiéndoseles amenazado con una pena, se dejase de aplicarla cuandose incurría en ella; ni de que las recompensas prometidas fuesen otorgadas sin que se las hubiese merecido. De este modo se enseñabaá los chicuelos que los recursos empleados para educarlos y la autoridad que los empleaba eran cosa de morondanga. Aquellos niños miraban, y con razón, los castigos como desahogos momentáneos delenojo; y los premios como agasajos gratuitos é inspirados por elcariño.

Todas las riñas y las impertinencias de los niños de Dª. JuanaJosefa, arbolitos que habían empezado ó crecer tan torcidos, fueron para la pobre Matilde origen de diarios é incesantes desvelos y penalidades.
Como ella no estaba sino á las duras, á ella tocaba levantar al chiquillo que se había caído y figurar en la escena. "A ver, ¿dónde se pegó? -Eso no fue nada. -Pero calladito. -Usted es muy guapo."
A ella le tocaba afanarse por curar el chichón, la descalabradura óla lesión, cualquiera que fuese, que no se habría sufrido si se hubiese atendido á advertencias que acaban de hacerse.
A ella le tocaba aguantar al muchacho encalabrinado en una tema."Niñito, no dé palos sobre esa mesa: mire que puede romper el espejo y los candelabros."-No ve que es el caballo, que no quiere caminar?"
Y vuelta á los palos, por más que se hiciese para divertir á otro entretenimiento al tesonudo rapaz. Y vuelta á alegar, con tenacidadde borracho, lo del caballo, en el tono en que se da una respuesta satisfactoria y victoriosa.
En fin, para Matilde eran las incomodidades todas ocasionadas porla indisciplina de los arrapiezos.

- Niño, no corra llevando ese palo, porque si se cae, se puede sacar un ojo con él.

- Niño, no coja esas tijeras, porque se puede picar.

- No coja esas llaves, porque las pierde como las perdió el otro día, y nos hace volver locas.

- No toque más esa cornetica, que incomoda á su mamá y nos saca de tino á todos.

- No arranque el papel de esa pared.

- ¡Ya arrancó esa mata!

- No se hurge las narices.

- No se meta eso a la boca, que es una porquería.

- No coja esos papeles, que son de su papá, y usted los baboseaó los rompe.

- No se moje.

- No se ensucie la ropa.

- No coma más cerezas, que le pueden hacer daño.

- No se coma esas cáscaras.

-No sorba ni se limpie con las mangas : venga lo sueno.

- No se muerda las uñas.

- ¡Conque le pegó á su hermanito!

- ¡Iiiis! ¡ ya hizo sus gracias sobre mi traje!

Y el coronamiento de todo era que D.ª Juana Josefa, oyendo desde su poltrona la chilladiza que se levantaba sin que nadie pudiera impedirlo, prorrumpía: ¡Pero válgame Dios! ¡si es que Matilde y esas criadas dejan llorar á los niños!

D.ª María Pascuala Inguanzo de los Ríos frecuentaba la casa de D. Juana Josefa, como las de muchísimas personas pudientes. Cuando hubo visto á Matilde establecida en aquella casa, se esforzó por hacer patente la amistad que la unía con su vecina, esperando darse lustre con hacer ese alarde.

Ponderando su intimidad con la familia de Del valle, y hablando destempladamente sobre los particulares concernientes á ésta, de que ella estaba al tanto, logró, ya que no dar idea ventajosa de su propia persona, hacer desmerecer la de Matilde en el concepto de D.Juana Josefa, y hasta en el de sus criadas, con lo que mermaron sensiblemente las consideraciones que á los principios se le habían dispensado á la misma Matilde. No podía suceder otra cosa desde quese la reputara par de la fastidiosa vergonzante, siendo ésta, comolo era, el tipo y el non plus de lo vulgar.

La enojosa tarea de recibir á D. Pascuala quedó á cargo de la que reputaban amiga suya. Matilde tenía que oírle relaciones como la de que, cuando le había dado la fiebre á Abigail, el médico había dicho que era una fiebre palurda; que hasta por tres veces le había puesto el tres mómento debajo del brazo, pero que ningún provecho le había hecho, y antes como que había sido para peor. Que le había dado unas cláusulas de quinina y que se las había hecho comprar por cienes. Que al fin había parecido que la fiebre le ibaá hacer eclidse, pero que entonces se le había desgenerado en pulmonía. Que ella misma había estado con unos dolores nerviosos en la cara, para aliviar los cuales le habían hecho tomar van agloriatode amoníaco; pero que luégo había tenido que hacerse distraer unas muelas, y que cierto doctor le había hecho la benefactura de distraérselas de balde. Que le había salido un tumor en la espalda,y que el facultativo había declarado que habría que estripárselo.Que después se le había metido una picada en el pecho, y el médicole decía que eso era la vena mauricia; y que como eso sí no tenía cura, quería mandarle decir una misa á San Martín de Porras, para que le hiciera el milagro de curarla, y que venía á ver si D.ªJuana Josefa y Matilde misma contribuían con su óbalo para lamisa.

D.ª Juana Josefa usó al principio de ciertas delicadezas que Matilde sabía apreciar y agradecer. Verbi-gracia, si determinaba régalarle algunos vestiditos usados, decía como para sí, delante de Matilde: "Ahí están esas piezas haciendo estorbo ... ¡Si hubiera áquién regalárselas!" Y en seguida daba á Matilde el encargo de disponer de ellas en favor de cualquiera que las hubiera menester.

Algo más tarde, ya le decía: "Mire, Matilde, llévese esa ropavieja para sus niños."

A éstos y á Honorio no los veía la desdichada madre sino losdías de fiesta, y eso por pocas horas. En estas entrevistas no podía hallar placer ni consuelo. Mientras departía con su marido y llenaba de caricias á su hijitos sólo pensaba en que tenía que volver á separarse de ellos, y en contar los minutos que faltaban para la hora de la despedida, de una despedida cada vez más triste.

Una vez enfermaron á un tiempo varios de los chicos de D.ª Juana Josefa; Matilde dejó pasar un domingo sin visitar á su familia;Honorio lleno de ansiedad, no pudo ocurrir á otro medio para inquirir la causa de lo que tánto lo sobre saltaba, que enviar á dosde sus hijos mayores á que se la preguntaran á su madre. D.ª Juana Josefa vio en su casa á los dos niños, asaz mal portados, y advirtió que los suyos los habían detenido, y estaba dándoles conversación y tratando de haceles tomar parte en el juego á que se hallaban dedicados. La cosa le disgustó, y no pudo disimular su desagrado; pero nada dijo.

Algunos días después, Honorio, á pesar de sus dolencias, estaba ocupado en mudar de alojamiento. Los chiquillos, mal regidos por un padre que apenas si podía salir una que otra vez del aposento, aménde estar recibiendo perversísimos ejemplos, se solían hallar metidos con los de las vecinas en unos líos que cantaban el misterio, y se veían continuamente sopeteados por ellos. De aquí la determinación que se había tomado de trasladarse á una habitación en que la familia pudiese gozar de independencia.

Con motivo de las indecibles dificultades que ofrecía á uninválido destituido de ayuda el trastear y mudar casa, empresa enojosa y erizada de dificultades hasta para la gente más expedita y acomodada, fue otra vez forzoso enviar á los niños á que dieran un recado á su madre, y esto en ocasión en que la señora de la casa estaba muy climatérica. Esta los vio; los vio más astrositos que la primera vez, y no sólo puso cara de vinagre, sino que llamó á todos sus hijos y se retiró con ellos, con el manifiesto propósito deimpedir que fueran á rozarse con los de Matilde.

La cual, herida entonces en lo más sensible de su ser, sólo representándose la desnudez y las miserias de aquellos hijos porquienes se estaba sacrificando, pudo contener los iracundos ímpetusque la agitaron; y pidió á Dios con más anhelo que nunca ledeparase un medio de atender al mantenimiento de su familia con másduro trabajo si era necesario, pero exentándola de son rojos y humillaciones. No quiso mortificar á Honorio refiriéndole el caso;pero dispuso que jamás le volvieran á enviar recados con los niños,é imaginó pretextos para motivar esta disposición.

De los abatimientos y molestias que padecía en la casa de D.ªJuana Josefa, pronto se vio libre; pero viéndose á la vez privada de todo recurso. La enfermedad de Honorio se agravó hasta tal punto, que la asistencia y los cuidados de su esposa se hicieron indispensables. Sabedora de ello D.ª Juana Josefa, que ya había empezado á hallarle defectos á Matilde, declaró que ésta podíadejar su casa; pero que, si la dejaba, había de ser definitivamente.

Cuando los niños, viendo que Matilde hacía preparativos parairse de la casa, se persuadieron de que se separaba de ellos para siempre, empezaron acariciarla y á hacer duelo. Matilde salió de aquella casa en que tánto había padecido, hecha un mar de lágrimas,y conociendo que el amor á sus propios hijos había dejado en supecho amplio lugar para el de los hijos ajenos.

 

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