CAPITULO XII
De la ciudad de X, debía regresar Honorio trayendo ciertos valores, entre los cuales figuraba una suma poco cuantiosa que se le enviaba á cierto sujeto muy avaro y exigente.
El diablo, que todo lo añasca, hizo que un mozo muy ligero de cascos, pero de buenas explicaderas, con quien Del valle Había hecho el viaje, lo persuadiese de que, empleando la dicha suma en ciertos artículos que eran abundantes y baratos en X, y vendiéndolos en Bogotá á su llegada, podía hacer un negocio loco. A Honorio lo tentó por primera vez la codicia, y tentación fue, que hubo de seguir el mal consejo. ¡Pobrecito! ¿En quién mejor que en él podría ser excusable un desliz como este?
No bien hubo puesto el pie en la capital, el particular exigente y avaro comenzó á instar por la entrega de su dinero. Cuando Del valle le hubo confesado lo que había hecho, pues no tuvo valor para disimulárselo, ni aunque le hubiera sobrado habría querido hacer uso de él, se puso tan alto, y declaró que iba á hacer procesar á Honorio por abuso de confianza.
Nunca el pobre se había visto tan en calzas prietas. Quiso ocultárselo á Matilde, pero ésta le leyó en el semblante, que tenía el pecho inundado en amarguras desacostumbradas, y lo obligó ádesembuchar la cosa.
No había más que un camino que tomar: ocurrir al doctor Zaldívar. Honorio no se atrevió á presentársele: otras veces había acudido á él en sus conflictos, pero pudiendo atribuírlos á la suerte adversa ó á la maldad ajena. Ahora tenía que echarse á sí mismo la culpa del aprieto en que se encontraba, y no sentía tranquila la conciencia.
Esta vez, como otra ú otras, tocó á Matilde ocurrir al abogado,el cual dispuso que Del valle fuera compelido á presentársele. Una vez que lo tuvo delante, le afeó la barrabasada que había cometido, la que, según él, por excesiva que fuese la lenidad con que se la quisiera juzgar, debería ser calificada de grave indelicadeza. Puso en seguida al autor de ella de ciruelo, de pollino y de ganso, que no había por dónde cogerlo; y lo sometió luégo á interrogatorio, hasta quedar él impuesto en el asunto y en todos sus ápices.
No bien hubo el cuitado puesto los pies en su casa, después de haber hablado con Zaldívar, se le presentó un empleado de la policía, notificándole la orden de prisión.
Tenemos, pues, explicado por qué Matilde fue vista en aquella puerta casi fronteriza á la de la Cárcel de detenidos.
Gracias á los buenos oficios del doctor Zaldívar, que se constituyó fiador carcelero y que, empleando su prestigio, redujo al dueño de la suma á desistir de la acusación y á contentarse con recibir lo que se le debía, Honorio fue puesto en libertad.
Felizmente los artículos aquellos pudieron venderse, si bien porprecio algo inferior al que por ellos se había dado.
Vino por entonces para Del valle y su mujer una época de normalidad; una época en que, sin pasar por peripecias ni altibajos, hubieron de considerarse ellos mismos y de ser considerados por los demás, en la situación y asiento á que definitivamente debían llegar. Para ellos no había ya aspiraciones ni esperanzas. Pero decimos mal: la aspiración de Matilde á educar cristiana y correctamente á sus hijos, y la de Honorio, de verlosen posesión de aquellos conocimientos que él se había empeñado tánto en comunicar á los hijos ajenos, aspiraciones que habían nacido tiempo hacía, lejos de extinguirse, crecían en ellos al compás de la edad de sus niños. Salvadorcito ya tenía la edad de empezará aprender algo; pero su madre, por más que se penetrase de que ella y su familia habían descendido de lleno en lleno á condición humilde y plebeya, no se resolvía á enviar á su hijo á una escuela gratuita, en la que ineludiblemente tendría que adquirir los hábitos y los modales de los muchachos de la ínfima clase social.
Honorio ganaba el escaso sustento ocupándose en diferentes menesteres. Solíanlo emplear como escribiente en notarías, enjuzgados y en agencias de negocios; pero, á lo mejor, se le declaraba que no había trabajo, y se quedaba á puertas.
Veíasele á veces de sobrestante de una obra ó de empleado subalterno de una imprenta. Llegó á ser agente de un periódico, con un sueldecito fijo, teniendo por adehala ciertos emolumentos como traductor y como zurcidor de la
Revista Extranjera, para la cual extractaba de los diarios ultra marinos, con mucho más gusto que las noticias políticas, las relativas á descubrimientos y á aplicaciones de las ciencias experimentales.
Ni la virtud sólida, ni la fina educación, ni el afecto entrañable, son parte para mantener siempre la concordia y la paz en los hogares de los menesterosos.
Más que en los grandes infortunios, suele echarse menos la resignación en los contratiempos diarios y menudos.
Todos tenemos inclinación irresistible á echar la culpa de las adversidades que nos afligen, no á entes de razón como la suerte, sino á algún agente de carne y hueso en quien podamos desfogar nuestro enfado.
La falta de alimento suficiente y oportuno engendra el mal humor.
¿Cómo, pues, hemos de extrañar que Matilde y Honorio amargaran á veces las únicas suavidades que podían gustar en su atediada vida, es decir, la comunicación de los afectos tiernos y recíprocos que antes los hiciera mirarse como los casados más amantes y más venturosos?
Entre ellos se cambiaban, aunque raras veces, palabras desabridas, y la expresión habitualmente dulce de sus semblantes,se trocaba por algunos minutos en adusto ceño.
En verdad, poco duraban aquellas desazones, y eran seguidas de ardientes y tiernas protestas; pero nada podía extinguir en cada uno de los dos esposos el pesar y el remordimiento de haber, por inexcusable inconsideración, acrecentado el padecer de quien sólo merecía amorosos halagos y consuelos.
Matilde, por más que quisiese retraerse de la sociedad á que había pertenecido, no podía dejar de acudir á algunas de las casas que antaño había frecuentado y en que fuera recibida con obsequios o agasajo. No pedía limosna, ni mucho menos; pero le era forzoso solicitar ciertos servicios de aquellos que nada cuestan á quien los hace.
En las dichas casas se la trataba aparentemente con urbanidad, pero dejándole sentir que su presencia no era agradable, y ahorrando aquellas manifestaciones de aprecio y de simpatía que uno no les escatima á los individuos que considera como de su misma condición.
Sólo una persona de las de la casa salía, á recibir á Matilde; no alimentaba la conversación, y antes bien con su silencio la estimulaba á exponer sin demora el asunto que la hubiera llevado; si le preguntaba por la salud de los suyos, lo hacía como pensando en otra cosa, y aguardaba y oía la respuesta sin interés.
Una vez, al entrar á una de esas casas, alcanzó á oír que una señora decía á las otras: "¡Ay, que pereza! Ahí está Matilde Ocampo. Yo saldré á recibirla; pero mándenmele pronto una jícara de chocolate, á ver si se va." Matilde, pretextando una indigestión, no aceptó el chocolate.
Iba pasando la temporada de que estamos tratando, cuando por casual incidencia fuimos testigos del siguiente dialogo seguido por dos de las antiguas amigas de Matilde.
- ¡Ah! ¡ Si hubieras salido el día de Corpus y hubieras visto á Matilde Ocampo con sus niños! ¡Aquello partía el corazón!
- ¿Qué? ¿Están muy flaquitos?
- Pues no están nada rozagantes; pero eso no fue lo que me dio mas lástima. ¡Qué trajecitos aquellos! ¡Dios mío, qué trajecitos!
- Puros harapos ...
- Si hubieran sido harapos, tal vez me habrían hecho menos impresión. Mira: se conoce que Matilde no tuvo corazón para dejar á sus muchachitos sin salir como salen todos, y sin ver la procesión; y que, desde quién sabe cuánto tiempo antes, se atareó á acomodarles vestiditos, echando mano de todos los trapos que tenía guardados. Unos vestidos buenos que tuvieron sus niños mayores, los recortó y se los acomodó á los más chiquitos.
-¿De veras? ¡Eso parte el alma!
- Y míra: ¿Te acuerdas de un traje de seda morado con adornos de terciopelo, que tenía Matilde quién sabe cuántos años hace?
- Sí: me parece que la estoy viendo con él.
- Pues bueno. De ese traje sacó dos para las muchachitas, y del terciopelo les hizo quillas. Pero imposible que le quedaran bien hechos: de á legua se conocía que eran acomodados.
- ¡Pobrecita Matilde!
- ¡Pobrecita! ¡Y qué sombreritos, y qué calzado, y qué todo!
- ¡De veras, de veras! da más compasión ver á una persona, como Matilde, que gastó lujo y que estuvo nadando en comodidades, empeñada en poner majos á sus niñitos, que ver con andrajos á una de esas que siempre han sido pobres, y que se con forman con vestirá los suyos como pueden.
- ¡Pero que una persona de tan buen gusto como Matilde ...
- ¡Qué! niña, si con la pobreza hasta el buen gusto sepierde.
Grabósenos en la memoria este diálogo, porque nosotros abundamosen la opinión de las interlocutoras. Los esfuerzos que hacen por no descender de su posición aquellos que la han perdido, siempre infunden lástima.; pero cuando estos esfuerzos son impotentes é inspirados por la ternura de una madre, no se les puede contemplar sin sentir desgarrado el corazón.
Nada exageraba aquella señora á quien oímos, cuando decía que los niños de Matilde no estaban rozagantes. Su desarrollo había sido lento y trabajoso; y no los había perdonado ninguna de las enfermedades epidémicas ni ninguna de las esporádicas que suelen afligir á los niños. La anemia, precoz y aleve, iba minando á la sorda esos organismos mal nutridos y expuestos á todas las infecciones que matan los gérmenes de la vida.
Cuando, por suerte, se consultaba á un médico, éste, cualquiera que fuese, decía á Matilde: "Lo que tienen estos niños y lo que tiene usted misma es hambre. Es preciso que ustedes se alimenten bien, que tomen mucha leche y buen vino, que coman buena carne; que se bañen y que hagan ejercicio higiénico. Por otra parte, esta habitación no me parece buena: es estrecha, húmeda y poco ventilada, y noto que en la casa está aglomerada mucha gente y que hay poco aseo."
Honorio había sufrido en diferentes épocas insultos de reumatismo; y tal vez á causa de las nulidades que los brujos de los médicos habían descubierto en la vivienda que ocupaba, le sobrevino uno mucho más grave, que lo puso en incapacidad de salir de la casa.
Para cuando llegara caso tan extremo, tenía Matilde pensado aceptar una propuesta que se le había hecho por conducto de Teresa, aunque no sin que ésta le desaconsejase la aceptación.
D.ª Juana Josefa Espinel, mujer de un sujeto de mucha suposición y bien adinerado, pretendía que Matilde se estableciese en su casa (se entiende que sin llevar hijos ni marido) hiciese en ella de amade gobierno, de institutriz y de costurera, en cargo de custodiar y regir á sus niños que eran siete.
Habíasele ofrecido como remuneración un sueldo que para quien no estuviera pereciendo de hambre, se habría reputado como muy mezquino. Pero ni lo pesado del trabajo ni lo exiguo de la remuneración habrían acaso retraído á Matilde, si el aceptar lo que se le proponía no importara la necesidad de separarse de todos los que amaba.
Ahora no quedaban sino tres partidos: verlos perecer de necesidad; pedir limosna, y constituírse casi criada de D.ª Juana Josefa. Dados el varonil espíritu y los generosos sentimientos deMatilde, la elección no era dudosa.
Hizo saber á la señora que estaba dispuesta á trasladarse á su casa dentro de una semana, y empleó ésta en procurarse ropa un poco decente, sin la cual echaba de ver que desde su presentación en lacasa aquella, había de hallarse desestimada y tenida en menos de lo que era.
Aprovechó también la man a dando á Honorio menudas instrucciones acerca del modo de cuidar de los niños y de habérselas con los vecinos.
Llegó el terrible día. Matilde, levantándose antes del amanecer, se despidió con un beso de cada uno de sus hijitos, que estaban dormidos, y se fue á la iglesia á llorar en libertad y á buscar la fortaleza que necesitaba para consumar su sacrificio.
D.ª Juana Josefa era una señora buena, pero bien hubiera podido ser más humilde y más accesible y afable para con sus subordinados. Aquejában las dolencias reales ó imaginarias, y por eso había deseado tener sobre quién descargarse del peso de la casa.
Ella dispuso que los niños y las criadas reconocieran á Matilde como su
alter ego, y que como á tál la acatasen; mas exigir esto es pedir cotufas en el golfos.
Mientras los hombres y las mujeres seamos como somos, nos reiremos de las delegaciones de autoridad. Viejos y niños miramos como iguales y aun como intrusos á los que quieren ejercer mandosin ser nuestros superiores naturales. Las primeras mortificaciones que probaron la paciencia de Matilde en la casa de D.ª Juana Josefa, le vinieron de que las sirvientas se reputaban humilladas,y no se sometían á su voluntad sino de malísima gana.
Otra de muy distinta naturaleza, pero muy acerba, fue el estar comparando, como no podía dejar de hacerlo, la suerte de los niños que manejaba, con la de los suyos. Mientras los pobrecitos hijos míos, pensaba, estarán llorando de hambre ó durmiendo un mal sueño en el suelo ó en su incómodo y sucio camastro, éstos, hartados de golosinas tomadas á horas en que no debían comer, ó acostumbrados á no hacer las cosas cuando se les manda que las hagan, rehusan la comida á las horas en que deben recibirla, y no hacen almuerzo ó comida en que no haya que estarles rogando con cada bocado yreduciéndoles con artificios y con invenciones á que lo admitan; ó muertos de sueño y necesitados á tornar la cama, no se dejan acostar sin llanto y rabietas.
No dejaba tampoco de Comparar la vida de D. Pacho, el marido de D.ª Juana Josefa, con la de Honorio. D. Pacho era un hombre de muy buena pasta, que vivía satisfecho de sí mismo y de todo lo que le concernía, que gastaba buen humor y sólo reñía un poco y raras veces por insignificantes contrariedades, dando así la prueba de que no había ninguna grande que lo atormentara.
Parecía rebosarle la satisfacción al sentarse á la mesa. Derramaba en contorno una mirada plácida; extendía la servilleta sobre las rodillas; arreglaba el cubierto; parecía sentir que se le llenaba de agua la boca, y se humedecía los labios.
El despego de los niños cesó en breve: ellos sufrían el hechizo de un trato más culto que el de su propia madre; y, sin que ellos mismos supieran cuándo ni cómo, se encariñaron con Matilde y hasta empezaron á darle muestras de preferencia que, allá en los entresijos del pecho de D.ª Juana Josefa, excitaban un sentimiento muy parecido á los celos, nada propio para disponer á la matrona ámirar con buenos ojos á su ama de gobierno. Hasta el menor de los niños, que, como todos sus congéneres, estaba apegado á su niñera, empezó pronto á echarle los brazos cariñosamente á Matilde siempre que la veía.
¡Los niños, los niños! Criaturas que, siendo en la sociedad la insignificancia misma, alcanzan á embellecer y á hacer amable esta sentina que se llama mundo En ellos está mucho de lo gracioso, ligero, inofensivo y adorable que hay en el ángel, en la mujer y en las avecillas regocijadoras de las moradas humanas.
¡Y qué mucho, si hasta hay animales que nos seduzcan y se roben nuestro afecto cuando empiezan á gozar de la vida!
¿Qué encanto es comparable al de oír al infante que, al despertar del apacible sueño, compite con las aves cantoras que saludan un nuevo día, soltando su vocecita fresca, dulce y argentina?
¿Cuál con el de oír al niño que empieza á balbucir las palabras, cuando, ya descalzo y medio desnudo, y de rodillas sobre su cama, entre uno y otro bostezo; entre uno y otro tierno y mal contenidos ollozo, ó bien entre uno y otro donaire en que desahoga el humor festivo y travieso que le ha sobrado, repite, estropeándolo deliciosamente, el final de cada retazo de la oración al Angel de la Guarda, que la madre ó la niñera va pronunciando?
Pero, ¡oh niños! ¡oh niños! ¿Con qué rapidez y con qué facilidad pasáis del exceso del regocijo y del estado en que arrebatáis caricias, al exceso de la ira ó de la aflicción, y de éste al otro !Adorables y deliciosos cuando os mostráis formales y dóciles, sois objeto de la ternura más intensa y más enloquecedora; y lo sois de enojos ó impaciencias incontenibles, siempre que dais rienda ávuestros caprichos y á vuestros enojos: cuando reñís por envidiacon vuestros hermanitos, cuando con fiero egoísmo oprimís á los más pequeñitos y les arrebatáis sus juguetes, como lo hacéis siempre que veis alguno en sus manos!
Quién va á creer que vuestra laringita y vuestros otros órganos vocales, que forman el instrumento más capaz de producir melodías que lleguen al alma y la inunden de ternura, sean los mismos que producen berridos becerriles que penetran los oídos y engendran el mal humor y alborotan la bilis hasta en las entrañas maternas?
Porque, en efecto, no se oye sin impaciencia ó sin alarma el llanto de niño, cuando habiéndose dado una costalada ó sufrido otra contrariedad, suelta el chillido exhalando en él toda su cólera y todo el aire de sus pulmoncitos, y hace en seguida una pausa,durante la cual se cree que ya está desahogado y que va á seguir sereno y alegre, mientras lo que hace es tomar resuello paracontinuar luégo
rinforzando.
La naturaleza ha dado al llanto del niño esas notas sobre agudas,y esa aspereza, y esa acritud intolerables, i fin de que con él pueda forzar á acudir en su auxilio, cuando necesite reclamarlo, hasta á la madre más indolente, y hasta á los prójimos menos compasivos. Lo malo es que el niño, que al cabo no es sino unhombre en cierne, abusa, en beneficio de sus caprichos, de aquella preciosa facultad como de todo.
Con gráfica expresión suele nuestro vulgo apodar con el nombre de
triquitraque reventado al que se muestra sin aliño alguno en la persona y en el traje, y con piezas de vestir muy desgarradas.
Como triquitraque reventado andaba siempre Enriquito, que había salido díscolo y bullicioso por todo extremo; y así andaba aun desde el tiempo en que Matilde, teniéndolo á su lado, se ingeniaba para acicalarlo en lo posible. Mas, desde que ella faltó de su casa, el pergeño del niño fue igual al de los granujas que andan descarriados ofreciendo sus servicios. Y como el diablillo, indócily pertinaz, hubiese hecho desistir sus padres del empeño de tenerlo sujeto en la casa, vivía callejeando en compañía de los muchachos de peor estofa, y tomando parte en sus ocupaciones yentretenimientos, inclusive el juego á los botones y al
pite.
Una vez lo encontró Matilde llevando de cabestro un caballo por calle muy pública, y en pos del dueño del animal. El primer movimiento de la humillada señora fue desentenderse de la cosa y ahorrarse el sonrojo de ser conocida como madre del chico; pero su corazón no le permitió desconocer á su hijo, ni aun calladamente:se detuvo para reconvenirlo, y obligó al dueño de la bestia ábuscar otro muchacho.
Pocos días después, estuvo Enrique á punto de dar á sus padres una pesadumbre mucho más grave. Un reclutador de muchachos para cierto cafetal, dio con él y lo conquistó con suma facilidad. Yá estaba Enrique en vísperas de ausentarse, incorporado en una cuadrilla de rapaces, cuando una vecina se le presentó á Honorio y lo puso como nuevo, porque consentía, según ella, en que Enrique estuviera sonsacándole un hijo, y persuadiéndolo á marcharse con él al cafetal.
Gran suerte fue que el paste se hubiera descubierto á tiempo, y que, mediante la policía, se hubiera podido estorbar el desaguisado. Sin embargo, de entonces en adelante, Matilde,sabedora de la ocurrencia y de que muchacho que una vez ha resueltofugar, sigue siempre dispuesto á ello, no llegó á tener punto de sosiego.
|