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CAPITULO XI
Durante la dicha cuaresma, Honorio y Matilde se vieron forzados ábuscar alojamiento más barato que el que Teresa les había proporcionado; y no podía ser otro que una pieza de alguna de las casas en que se albergan los pobres de solemnidad, mediante una cuota mensual pagada de ordinario á uno de los inquilinos que se obliga con el propietario á recaudar los alquileres.
El recaudador inquilino (ó no inquilino) muchas veces es persona de no muy buenas entrañas, y aunque las tenga muy tiernas, no puede, por sus circunstancias, dar plazos ni hacer rebajas que á él mismo no se le otorgan.
La casa á que Honorio se trasladó estaba situada en el barrio de Las Aguas; y con estar en Las Aguas, no tenía una gota de ellas. El primer patio y el segundo carecían de corredores y estaban cubiertos de hierbas cimarronas. En uno y otro robaban la luz los pingajos tendidos en cuerdas, entre los cuales algunas mantillas de niños resaltaban por sus colores, bien que se veían desteñidas hacia el centro. En los ángulos de los patios se veían tinajas ó cacharros en que se recogía agua llovediza y en que accidentalmente caían otros líquidos y aun sólidos.
Las paredes, blanqueadas y empolvadas á partes, y á partes desconchadas. En una de ellas, una jaula vieja y deshabitada.
Entre los dos patios un pasadizo pésimamente empedrado, por el que iba un caño mal cubierto, que cuando llovía dejaba desbordar el agua.
La pieza que ocuparon nuestros amigos era grande y de pavimento descompaginado y húmedo, fecundo y asqueroso semillero de pulgas. Tenía una sola ventana, y ésta era rasgada, de suerte que, si se abría para ventilar el aposento y darle luz, ponía á los habitantes del cuarto en inmediata é inevitable comunicación con muchachos carisucios é indisciplinados (aunque á veces azotados condisciplinas), hijos de algunas de las inquilinas, y con perros,gatos y gallinas de las mismas.
A la espalda del patio interior, un solarcito cubierto de maleza, al cual ... no se podía entrar ... pero se entraba.
Entre las penalidades de la persona culta quien la indigencia obliga á ocupar viviendas como ésta, colocamos nosotros en el primer lugar la que hace padecer el mal olor privativo de ellas. Los objetos que contristan, podemos, cerrando los ojos, dejar deverlos; los sonidos mortificantes no se perciben durante el sueño. El mal olor de que hablamos persigue y tortura sin intermisión.
No es éste el que se figurarán los que no lo conocen; no es sólo el que viene del solarcito, ni es únicamente el que se debe á la incuria y al abandono en que viven las criaturitas que andan vagando sin dios ni ley por los aposentos y los patios: es un olorá viejo, olor su generis que se queda adherido á los órganos respiratorios y que se compone de lo que llevamos medio indicado; del humo de tabaco malo que se ha pegado á las paredes; de lasaliva de los que han arrojado ese humo; de la humedad del piso; dela ropa sucia; del tufo del carbón con que se ha cocinado; de la respiración y la transpiración de innumerables vivientes desaseados, y muchas veces enfermos, que han habitado los aposentos sin ventilarlos.
Y en aquellas casas hay algo todavía peor: la falta de armonía entre los que las habitan. Harto difícil y raro es que personas extrañas unas á otras, vivan con cordes, si viven juntas, aun suponiéndolas de fina educación y de exquisitos modales, y libres de cuanto pueda agriar el genio. ¡Cuáles no serán la desconfianza, las sospechas y las inculpaciones recíprocas; la susceptibilidad, la intolerancia, las competencias, las rencillas, los bienes y las susurraciones entre gentes que ó nunca fueron educadas, ó aun siendo cultas, se ven constreñidas á esgrimir contra otras ineducadas las mismas armas con que éstas las ofenden! ¡Cuáles no serán las reyertas de las madres, ocasionadas por las de los niños!¡Cuáles los arranques de celos y de envidia entre aquellos infelices que, hechos un vinagre contra la sociedad ó contra la suerte, y habituados, como todos los empobrecidos, á achacar á menos precio para con sus personas todo lo que delante de ellos sehace ó se dice, han de agitarlos al ver á otros de su misma condición menos abatidos por la fortuna ó más favorecidos por la caridad!
Tipo de esas desdichadas casas era la que ocupaban Matilde y Honorio. Matilde, gracias al irresistible ascendiente que da la educación fina y cristiana, esa educación no artificial ni postiza,que no se aprende ni se enseña como se aprende y se enseña un arte, pudo hacerse respetar y mantenerse fuera del hervidero defanfurriñas y de querellas. A su no aprendida destreza para no hacer sentir su superioridad, se debía el que todos los demás inquilinos la respetasen y acatasen. No era raro oír que se regañaba á algún niño porque, haciendo bulla, podía incomodar á Matilde y á Honorio.
Una de las inquilinas era una viuda anciana, D.ª Pascuala Ríos,que no permitía que se la llamase así, sino D. María Pascuala Inguanzo de los Ríos. Teníase por noble, y en efecto, descendía de familia distinguida; pero, con la miseria á que desde luengas navidades había venido, había olvidado muchísimo de lo que, en materia de modos y de lenguaje, había aprendido ó debido aprenderen tiempos mejores.
Esta señora mortificaba á Matilde con su amistad más que hubierapodido con su malquerencia. Sentíase la viuda realmente atraída porel trato de Matilde, á quien llamaba á secas
Matilde; pero, si nuestra malicia no nos engaña, también se sentía movida por el deseo de pomponearse haciéndose pasar como amida de Matilde y dando á entender que lo era muy de confianza. Secábala con su inclemente charloteo, sin acertar á hablarle más que de sus enfermedades, de los chismorreos y enredos de que aquella casa era hervidero; de las adversidades y flaquezas de los prójimos, que eran la comidilla de los vecinos; y no raras veces, de las prendas que adornaban á su hija Abigaíl, á quien haciendo sacrificios incruentos (como decía ella) para vestirla con decencia, había colocado en una casa, no como sirvienta (ni lo permitiera Dios!) sino como compañera de las señoritas.
Distinguíase la D.ª Pascuala por lo originalmente ramplón y chabacano de su prosa. A un individuo de la Sociedad de San Vicentede Paúl que la visitaba y le llevaba su socorro mensual, se le quejaba de que á su hija la perseguía un pretendiente de calidad muy inferior á la de ella, y le decía: "Ese chingalabís se vale de miles estrapagemias para verse con ella y le manda papelitos floreándola en pro y en verso."
Lamentábase también de que la dicha Sociedad no la socorría bastante porque no se hacía cargo de lo excepcionalmente lastimoso de su situación. "Yo quisiera, decía, que mandaran á un socio á ispetorar mi vivienda y las miserias que sufro. Hasta tengo unas vecinas que me roban, á ciencia y sapiencia de las demás, hasta los pocos trapitos que me habían quedado."
Terminada
la cuaresma de los pobres, Honorio y su familiano cantaron gloria. El, que de suyo era bien para poco en lo que no atañera directamente á su profesión, se hallaba desanimado, abatidoy sin confianza alguna en sus fuerzas.
Matilde en esta época de su vida, como en todas, era el alma de aquella familia. Entendida y diligente para lo atañedero á negocios, intereses y gobierno de la casa, ella era quien sostenía á su marido y á sus hijos al borde del abismo de la mendicidad, sindejarlos caer en él. Sin imponérsele ostensible y despóticamente á Honorio, le comunicaba aliento, le sugería lo que debía hacer, y no lo dejaba renunciar á la esperanza de que Dios habría de mejorar sus horas.
A su agibílibus y á su habilidad para sacar buen partido de lo poco que venía á sus manos, y á una juiciosa economía, se debió el que, sin apelar al repugnante extremo de mendigar, su familia hubiera podido sustentarse y evitar grave desdoro.
Sus disposiciones á descubrir y abrazar todo lo más práctico y positivo, contrastaban con las de Honorio, siempre dado á especulaciones y teorías. Matilde, á fuerza de experiencia, hallaba el modo de ahorrar; mientras á Del valle todo se le iba en estudiarqué artículos alimenticios contenían más sustancia nutritiva en volumen ó peso iguales á los de otros artículos, ó menores que los de éstos; ó por medio de qué procedimientos, nunca aplicados en nuestra tierra, se podía lavar la ropa ó conseguir el alumbrado ápoca costa.
Y si Matilde no hubiera fortalecido y animado á Del valle, ésteno habría ya hecho por obtener clasecitas. Algo hizo, si bien conflojedad y desánimo; pero esta vez sus diligencias fueron infructuosas, La crisis iba á presentarse, si es que no estaba ya presente.
El individuo de la Sociedad de San Vicente de Paúl, de quien dejamos hecha mención, había mucho antes conocido y estimado á Honorio, lo había visto viviendo en la misma casa en que vivía D.ª Pascuala Inguanzo de los Ríos, había inquirido discretamente cuál era su situación, é informado muy bien acerca de ella por D.ªPascuala, había transmitido los informes al Consejo de la Sociedad. El Consejo movió oficiosamente los resortes convenientes á fin de obtenerle á Honorio alguna colocación. Al mismo tiempo le decretó auxilios que debían llegar á sus manos sin que él mismo advirtiera de dónde le venían, ni pudiera rehusarlos.
Consiguióse la colocación: un destino de los que llaman
demanejo; mas, antes de encargarse de él, el agraciado debía presentar un fiador abonado. ¡Aquí era ella! ¿A quién había de ocurrir Honorio, el desvalido Honorio?
Teresa Zaldívar, cómplice muchas veces, y algunas fautora, en las santas maquinaciones de la Sociedad de San Vicente de Paúl, saneó la dificultad, comprometiendo á un caritativo caballero á constituírse garante. La fianza fue aceptada; pero cuando Del valle se hubo presentado ante la autoridad competente, con el fin de tomar posesión del empleo, a quella competente autoridad se negó ádársela. El rostro macilento y la ropa demasiado cepillada de Honorio le dieron á entender que aquél era un jubilado que sólo una caridad mal entendida podía presentar como candidato para un destino.
Todo quedó frustrado.
Teresa Zaldívar y aquellos individuos de la Sociedad de San Vicente de Paúl que habían intervenido en el asunto, al verso batidos, redoblaron sus esfuerzos y le obtuvieron á su protegido el destino de mensajero de correos. Ahora también se atravesaba lo de la fianza; pero ahí estaba el caballero aquél tan dispuesto áprestar ésta cuanto lo había estado á prestar la otra.
Un viaje ál a ciudad de X, una de las más distantes de la capital, considerado como aplicación de nociones geográficas, era para Honorio cosa obvia y llana. El podía dar razón de las comarcas que había de atravesar, de los ríos que habían de salirle al paso, de las poblaciones en que había de demorarse, y de los caminos que había de recorrer. Pero como cosa práctica, era empresa de romanos. No había viajado sino de su tierra á la capital y de ésta á aquélla, y al pueblo de la escuela. Mas la necesidad que aprieta vale por todas las energías; y Del valle, aunque se vio y se deseó para apercibirse á la expedición y para dejar provista de algunos recursos á su familia, la emprendió, y cuando la hubo emprendido, halló, como hallan casi siempre los habituados á la vida sedentaria cuando se ponen á la prueba, que viajar es mucho más fácil y agradable de lo que parecía.
En sus cartas á Matilde, señaladamente en las que le dirigió desde X, se le manifestaba despejado y contento.
De un salto, pongámonos en la primera calle de los Carneros de la ciudad de Bogotá. Según bajamos por la acera derecha, encontramos la iglesia de San Francisco; la entrada del antiguo convento, edificio que ya tenemos descrito; el parque que algún chistoso, aludiendo á ciertas circunstancias, bautizó la
Huertecita de Jaime; y en seguida la puerta de la Cárcel de detenidos. Este montón de paredes y techos caídos al acaso y asentados á la diabla, era anexidad del convento. En éste que no nos atrevemos á llamar edificio, aunque no fuese cárcel, toda incomodidad tenia su asiento. Su fachada pertenece al orden de arquitectura más sencillo: es una pared muy alta, con su cubierta de tejas.
Por el borde opuesto de la calle corren unas tapias y una serie de figoncillos que harían mísero papel hasta en la más desmirriada de nuestras aldeas. Algunos de estos pseudo-edificios tienen alares, por debajo de los cuales un enano se vería obligado, al pasar, á inclinar la cabeza, y están oscurecidos por ventanas, desde las que sólo las rodillas pueden mirárseles á los transeúntes.
Tres meses han transcurrido desde que Honorio emprendió su viaje. En una de las puertas de las casuchas poco há mencionadas, se veía cierto día, á eso de las dos de la tarde, á una señora con una saya de tela de seda, que justamente por ser de seda, publicaba la indigencia de quien la llevaba: saltaba á la vista que únicamente por carecer de saya no demasiado vieja y deslucida, había echado mano de aquélla. Con la mantilla, vieja también, se cubría la señora el rostro lo mejor que podía; y tenía clavados los ojos con cierta ansiedad en una muchacha astrosa que, lo mismo que muchas otras mujeres, aguardaba junto á la puerta de la Cárcel de detenidos que los soldados de la guardia introdujeran las comidas que, en porta comidas, en ollas ó en otros vehículos, llevaban para los presos.
La señora, desde su punto de observación, hacía señas á la muchacha astrosa, y ésta le contestaba á veces con otras señas.
El mudo coloquio podía traducirse así:
- ¿Nada que le reciben la comida?
- Nada. Dicen que todavía no.
- Vea si puede apurar á los soldados.
- Si echan á la espalda á la gente con las culatas de los rifles.
- Mire: ya les están recibiendo á algunas.
- Sí; pero estas mujeres se atropellan y no me dejan arrimar.
Con el hacer señas y mirar ansiosamente, la señora de la saya deseda se descubría el rostro más de lo que quisiera. Lo que la obligaba á taperujarse era el temor de que alguna de las personasde buena sociedad que la habían tratado en mejores tiempos, fuera á pasar por allí y á conocerla. Pero su temor era vano. ¿Quién que hubiera conocido á aquella Matilde Ocampo que vendía salud y sobresalía por su frescura por sus atractivos y por la pulcritud de su atavío, habría podido reconocerla con el traje que ahora llevaba y con la desmejora que su semblante debía á los trabajos y á la miseria?
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