CAPITULO X
En un caduco caserón situado casi extramuros de la ciudad de Bogotá, se ha abierto el Instituto Delvalle. En los avisos y en el prospecto se ha anunciado que la educación que allí se ha de darserá enteramente práctica y encaminada á que los alumnos se hagan capaces de trabajar útilmente en el comercio y en otras industrias, apenas terminen sus cursos.
Los alumnos internos son trece, de suerte que, cuando dos de ellos están enfermos ó
fingidos, ó
han hecho lunes,si Honorio y el pasante no se sentaran á la mesa, resultaría el número ominoso.
Los externos son diez y siete. En la clase de aritmética, fuera del ábaco y de otros cachivaches pedagógicos, funcionan granos de maíz ó garbanzos con que se hacen cuentas materialmente, al mismotiempo que se hacen especulativamente en el tablero ó en las pizarras.
Pero la del diablo es que los malditos muchachos han dado encomerse crudo el grano farináceo y el leguminoso y en servirse de ellos como de proyectiles durante la clase.
En la clase de contabilidad se hacen verdaderos contratos, en que figuran como medio circulante los susodichos granos, y como mercancías muchos trabajos de que Honorio se ha provisto para el caso.
En la clase de castellano se componen cartas, relaciones y discursos; y en las de inglés y de francés se habla en estos idiomas desde el día de su apertura.
En la de geografía, se hacen viajes imaginarios; se representan visitas y otros actos de la vida social, en la de urbanidad; y en todas se procura huir de lo especulativo y dar en lo práctico inmediatamente aplicable.
No tuvo Honorio la fortuna de poder apreciar el resultado de sus ensayos pedagógicos, pues su establecimiento no subsistió sino un año, y eso á malas penas. Aunque él mismo hacia casi todas las clases, y aunque Matilde desempeñaba con una diligencia y una economía por ninguna ama de gobierno superadas ni siquiera igualadas, las funciones que le correspondían, el fondo formado con las pensiones de los alumnos se agotó desde mediados del año. Fue necesario entonces acudir á arbitrios extraordinarios y contraerdeudas. El dueño del caserón despojó de él á Del valle, y no quedó esperanza alguna de hacer que el Instituto pasara de la infancia.
Ya por entonces la familia se había aumentado con dos nuevos retoños.
Para ir tirando durante las vacaciones y hasta que Honorio consiguiera ser colocado como profesor en algunos colegios, ocurrió al expediente de vender los enseres del Instituto y algunos de los pocos muebles que Matilde había podido sacar del naufragio en que se habían hundido los demás bienes de su padre.
Empezó un nuevo año escolar, y Honorio, á fuerza de empeños y de fatigas, logró varias clases, con las que se aseguró una renta anual de setenta y cinco pesos.
Alojóse en una casucha del barrio de Santa Bárbara, situada en una calle no pavimentada con piedra sino con otra materia de que,con la reserva, la delicadeza y el disimulo posibles, hicimos mención al describir el Alto de San Diego. Y no era lo peor el pavimento: las vecindades olían moralmente peor que él; y ponían en riesgo el buen nombre de quien habitase en la casucha.
Pero con vivir allí y con haberse sometido á duras privaciones, Honorio no consiguió que su renta sufragara para todas las necesidades de su familia.
Quedaban en poder de Matilde de algunas pocas joyas, y Honorio empezó á acudir con ellas los establecimientos de los usureros.
El primero que conoció estaba en un almacén dividido en dos recintos por un mostrador. Tras el ulterior de éstos, seguía una pieza grande, oscura y húmeda y todo, desde la puerta que daba á la calle hasta el fondo de la pieza oscura, estaba atestado de muebles, utensilios, enseres y cachivaches heterogéneos, colocados, ó más bien arrumbados, en desorden y confusión. Galápagos, frenos, estribos nones; relojes de bolsillo, valiosos y nuevos unos, y otros desahuciados; relojes de sobremesa con grupos de bronce; piezas de vajilla de plata;
Flores,
Lumbres y
Armonías y
El Siglo XIX, de Madiedo; un breviario; espadas, escopetas, charreteras; tres pianos y otros muebles de madera fina, y otros instrumentos de música; un barómetro, un termómetro, un retrato al óleo del Oidor Alba; sortijas á granel; veinticuatro máquinas de coser; una de tostar café y otra de destilarlo; un binóculo; un anteojo de larga vista; nueve planchas; piezas de vestir, de todo linaje; un peso (es decir, una balanza);una escribanía de bronce; herramientas de diferentes oficios; un corte de pantalones; un revólver; cuatro pailas, un juego de mapas,una caja de música, en fin, la mar de prendas, que estaban allí predicando con muda elocuencia el poder de la necesidad y lo numeroso de las necesidades.
Si las lágrimas derramadas por los que allí habían dejado tales prendas hubieran de juntarse en un lugar y en un momento, el torrente que formarían sería capaz de arrastrar hasta los infiernos el establecimiento con todo lo que contenía y con sus propietarios.
Dos eran éstos: el uno alto, seco, cara de color cetrino y parejo, y como desprovista de músculos. Ojos que miraban con vaguedad hacia el frente, y nunca hacia el interlocutor. Corbatanegra y grasienta, que ocultaba el cuello de la camisa; sombrero viejo de fieltro. Respuestas secas y lacónicas, sin inflexión ni modulación alguna de la voz, y como aprendidas de memoria.
El otro propietario era rehecho y repolludo. El color de la carablanco y rosado; barba de plata con interpolaciones de pelos leonados. Cabeza en que alternaban las canas con los pelos castaños, toda ella de tono más oscuro que la barba.
Este finge interesarse por el parroquiano que va á ser desplumado, y le pondera la cuenta que le tiene lo que se le propone. Encarece el servicio que la agencia presta á los que seven en ahogos, y la liberalidad de que usa con ellos; y, sino fender á las víctimas, vitupera y pone por los suelos el objeto que ofrecen como prenda.
En ese filantrópico establecimiento y en otros de a propia estofa quedaron aguardando en vano su rescate las últimas fincas de valor grande ó pequeño que poseían Del valle y su mujer, sin que el haberlos sacrificado les hubiese servido más que para satisfacer mal y por mal cabo necesidades pasajeras.
Una tarde se vio Matilde sorprendida por una familia encopetada,de aquellas á quienes la suya había estado ligada por estrecha y franca amistad. Honorio y Matilde se habían guardado bien de participar su mudanza de domicilio; pero la familia de que tratamos había descubierto cuál era el de su amiga, y había venido ávisitarla figurándose que ocupaba una quintica muy risueña y muy cuca. ¡Qué son rojos y qué apuros! Matilde estaba trajeada como debía estarlo teniendo que ocuparse en casi todos los menesteres domésticos. Sus manos estaban ya percudidas, las uñas desgastadas y las yemas de sus dedos lustrosas como las de quien por algún tiempo ha tenido que habérselas con el fuego de la cocina. Su única criada era una Maritornes rústica y desharrapada. Los niños descalcitos y hechos unos adefesios.
Y lo peor era que había que dar chocolate con buenos bizcochos y buen dulce, como en otros tiempos.
Ya desde los principios del empobrecimiento, se había visto Matilde en atrancos de naturaleza semejante á la del presente, y había tenido que incurrir en la que á sus ojos era insigne vulgaridad de dejar conocer á la visita que la había cogido desprevenida y que para agasajarla tenía que ocurrir á medidas extraordinarias; pero todo había sido tortas y pan pintado. Sí, tortas y pan no pintados sino reales y verdaderos había habido, aunque á costa de sudores; pero ahora, ni pintados.
Sin embargo, Matilde, tomando cualquier pretexto, dejó por algunos instantes sola á la visita y dio orden á la fámula de ir á una tienda inmediata á traer el matalotaje que era menester. La criada volvió, y sin miramiento alguno enteró á su señora, en presencia de las otras, de que en la tienda á donde venía no le habían querido dar nada al fiado, porque no se habían pagado varias de las vituallas tomadas en las últimas semanas.
Las visitantes le aseguraron á Matilde, enternecidas y confusas, que ellas ignoraban que hubiese venido á situación tan angustiosa,y le hicieron renunciar á agasajarlas.
Amarga y dura es la pobreza; mas para nadie lo es como para los que empiezan á padecerla y abrigan la esperanza de encubrirla y lade no descender en la escala social. Para éstos, las humillaciones y los sonrojos son más crueles que el hambre y la desnudez.
El
Instituto Delvalle no se había sostenido en sus postrimerías sino mediante los préstamos de dinero que, ya con su firma sola, ya con la de algún amigo, se le habían hecho á Honorio. Cuando los acreedores se hubieron cansado de otorgarle moratorias, acudieron á la justicia; y el que, entre todos, tenía prioridad lo ejecutó. Honorio no poseía en el mundo más que los poquísimos muebles que no había mal baratado; de éstos se le despojó, allanando su domicilio, y en éste no quedó otra cosa que las camas, la ropa de uso, y la batería de cocina. Pasó un año. Se acabaron las clases, y Honorio se vio, desde que empezaron las vacaciones, destituído de todo recurso. Ya en su casa se conoció el hambre, y de hambre lloraron los niños. Para el año escolar siguiente había poca esperanza de conseguir clases.
Los fiadores, que tuvieron que lastar las fianzas, sin considerar que Honorio los había comprometido hallándose seguro de que había de poder pagar, se convirtieron en enemigos y detractores suyos.
Uno de ellos, que estaba entonces muy empingorotado, se propuso obtenerle á Del valle algún empleo, no por caridad, sino con el fin de habilitarlo para que le satisficiera si quiera alguna parte de lo que había pagado por él. Al fin le consiguió el destino. ¡Pero qué destino! El de Director de escuela en un pueblo de tierra caliente.
Para que pudiera costear su traslación y la de su familia á este pueblo, se le anticipó el sueldo de dos meses. Sín embargo, el viaje se hizo como habría podido hacerlo la más pobre familia de labriegos.
Para colocar á Del valle en aquella escuela, había sido preciso quitarle el magisterio á una hija del Alcalde del pueblo, la que, interinamente y del modo más deplorable, lo estaba. desempeñando.Con esto hubo para que el funcionario recibiera á Honorio como enemigo. El local de la escuela tenía, además de los salones, unas malas piezas llenas de bichos, en que se acomodaron el nuevo preceptor y su familia. El solar en que se habían edificado estas piezas no estaba dividido sino por una mala cerca de madera, de otro que era también anexidad de la escuela y que, de tiempo atrás, tenía destinado el Alcalde para encerrar sus cerdos. El Alcalde dio en mandar por la noche unos muchachos á abrir portillo en la cerca,con lo que Honorio y su familia vivían en común con los marranos.
En aquel pueblo hay necesidad de proveerse de agua de una corriente distante; se acostumbra tener burros para cargar el agua, y emplear como aguadores á los muchachos de la población.
Uno de los alumnos de la escuela se le brindó á Del valle como aguador; Honorio aceptó su ofrecimiento, y le hizo y empezó ácumplirle el de pagarle lo que se acostumbraba.
Este chico cargaba agua para varias casas sin que nadie lo llevara á mal; pero no bien lo hubo ocupado Honorio, el padre y la madre vinieron á reconvenirlo groseramente por haber, según ellos decían, convertido á su niño en criado. El Alcalde se enteró de lo ocurrido, y al punto informó á la superioridad competente de que Del valle, en vez de enseñar á los niños, los ocupaba como criados suyos.
Aunque mortificado, desde que hubo llegado al pueblo, con estas ruindades lugareñas, Honorio dio principio á su tarea lleno de ilusiones. Nunca había regido una escuela de primeras letras; pero muchas veces había elaborado mentalmente sistemas nuevos, sencillos y, á su parecer, perfectísimos para la educación y la instrucción de los alumnos de tales escuelas. Por de contado trató de aprovecharse de la ocasión que su mala fortuna le ofrecía para poner á prueba sus inventos; pero á poco se desengañó de que tal ocasión era la menos propicia. Los muchachos del pueblo estaban acostumbrados á pasar lo más de la vida á la orilla del río, ódentro de sus aguas, y á reunirse dentro ó fuera del poblado para entregarse á otros entretenimientos, sin acordarse de la obligación. Si Honorio les reprochaba su holgazanería, alegaban como causa de su ausencia de la escuela las órdenes que, según afirmaban, habían recibido de sus padres, de ocuparse en tareas domésticas ó agrícolas.
Si los castigaba, era reconvenido, siempre con descomedimiento,por los padres, cada uno de los cuales atribuía la severidad del preceptor á aborrecimiento por su niño.
De esto resultaba que los alumnos que asistían hoy á la escuela, no eran, en mucha parte, los mismos que habían asistido ayer; y que, por de contado, no se pudiese seguir en la enseñanza plan ni sistema fijo.
Gracias á la malquerencia del Alcalde y de otros personajes del pueblo, á Honorio no se le pagaba su sueldo ni con mediana puntualidad; por lo cual él y su familia vivían en la misma estrechez y sujetos á las propias privaciones que en Bogotá. De mil amores habría dejado el empleo á mediados del año; pero el estado de Matilde no lo permitía. Próximas ya las vacaciones, le vinieron á un tiempo dos frutos de bendición; con lo que la inopia y los apuros llegaron á lo extremo, y ni siquiera fue dable dejar el condenado pueblo al terminarse el año.
Cuando el hacerlo fue posible, ó menos imposible, se emprendió el viaje á la capital, marchando Matilde en un mulo de carga, con uno de los mellizos en el regazo; y sirviéndose alternativamente los demás viajeros de una yegua derrengada y de un pollino.
Así llegaron cierto día, exhaustos de aliento y medio muertos de hambre, á la Boca del Monte.
Honorio había logrado contratar con un acarreador de víveres la conducción de su familia y de su persona desde aquel punto, en uncarro de bueyes. Allí encontraron al carro con su conductor, y ya estaba Matilde tratando de acomodar en el vehículo á sus niños, cuando se vio llegar á un viajero que venía también encaminándose á Bogotá acompañado de pajes que traían excelentes mulas y caballosde remuda.
Este Viajero (¡oh juegos y caprichos de la suerte!) era él doctor Dimas García Zorro. Reparó éste en lo que estaba pasando, y llamando aparte á uno de sus sirvientes, le ordenó que tomase en alquiler aquel carro, sin reparar en el precio. El carretero se resistía á alquilarlo, alegando el compromiso contraído por su patrón; pero al cabo no pudo resistir al halago de llevarle á éste una suma diez veces mayor que la que esperaba recibir, y al más poderoso de tomar para sí otra igual. Recibido que hubo una y otra, le declaró á Honorio, dándole torpemente disculpas descabelladas,que ya no podía poner el carro á su disposición; tras de lo cual, sin ponerse á oír razones, picó los bueyes y al paso más largo de éstos se llevó el carro.
García Zorro desmontó de la mula en que había llegado, hizo poner su montura en el mejor de los caballos, cabalgó en él y partió muy runflante.
Llorando, de rabia los padres y de hambre los niños, se continuó el viaje á pie y á cortas jornadas.
A medida que habían ido menguando los recursos, habían ido mermándose los amigos. Honorio y Matilde llegaban á Bogotá como pudieran haber llegado á la luna: sin saber dónde descansarían la primera noche, ni cómo harían su primera comida.
Honorio dejó su familia en una venta de las afueras de la ciudad, y penetró en ésta proponiéndose buscar cualquier albergue. Acaso nunca se había hallado en tan crítico apuro. En Bogotá no hay costumbre que permita á una señora de buena posición alojarse en hotel ó casa de huéspedes. Alojarse en una posada plebeya es exponerse á irrespetos muy graves. En su tribulación, Honorio se acordó felizmente de Teresa Zaldívar, y se encaminó á su casa. De ella salió con una carta en que la hija del abogado rogaba á una señora conocida suya y que solía recibir como huéspedes á algunas personas de humilde condición, pero de buenas partes, que diese alojamiento á Del valle y á su familia. Salió llevando también una suma de alguna consideración que su protectora lo obligó á admitir como préstamo.
Una vez alojado, Honorio pensó que debía apelar al recurso de las clasecitas. Mezquino era y de no fácil consecución; pero el único. Los institutores, por muy mal que les haya ido en el ejercicio de su profesión, siempre tratan de volver á él considerándose inútiles é ineptos para todo lo demás.
Honorio no podía salir á la calle porque su traje no lo permitía; y se dedicó á escribir cartas en que ofrecía sus servicios como maestro, á directores de colegios y á particulares.
Sólo uno le contestó, un antiguo amigo suyo. No aceptaba suofrecimiento, pero le dio un buen consejo. "Usted, le decía, no adelanta nada con escribir papelitos. Los que los reciben los tiraná un rincón proponiéndose contestar luégo, ó sin proponerse nada; y no vuelven á acordarse de lo que se les ha escrito. Tenga usted presente que
la cara del hombre hace milagros."
Muy bien: la cara de Honorio podría hacerlos, tanto más fácilmente, cuanto estaba demacrada y exangüe; pero el punto nofincaba en la cara sino en el traje.
Del valle había hecho ya todos los sacrificios; pero no había tenido valor para hacer el de pedir limosna, ó el de pedir en préstamo sabiendo que no había de poder pagar. Cuando había ocurrido á Teresa, su imaginación le había representado ese paso como infinitamente menos vergonzoso que el de pedir limosna; y su imaginación no iba errada, si se considera que el exponer uno su situación á una de aquellas personas verdaderamente caritativas que andan á caza de necesidades que remediar y que saben remediarlas discretamente, es cosa que puede hacerse en términos poco humillantes, igual que desahogarse de las penas en el seno de la amistad.
¡Dichosos los que, produciéndose con sinceridad, dicen que, antes que pedir, se dejarían morir de hambre! Esos no saben lo quees ver á una esposa amadísima enflaquecida y macilenta, y á unos hijos pidiendo con lágrimas el pan que no puede ofrecérseles. El orgullo calla cuando habla la naturaleza como, hablaba en el corazón de nuestro amigo.
El acudió por fin, haciéndose violencia, á algunos de los padres de familia cuyos hijos habían pertenecido al instituto Del valle, endemanda de auxilio para poderse vestir decentemente. Los menos manirrotas le regalaron piezas de ropa usadas; los más generosos lo socorrieron con dinero ó con recomendaciones eficaces hechas á los sastres y á los mercaderes. Para no abusar de los favores, no se proveyó sino de las piezas estrictamente necesarias.
La cara y el traje hicieron milagros. No hicieron el de alcanzarle á Del valle muchas clases ni alguna muy bien remunerada; pero sí le procuraron ser escuchado y verse por fin encargado de unas clasecitas en casas particulares.
Algunas de estas casas eran de ricos engreídos que no olvidabanque al admitir á Del valle como maestro de sus niños, le habían hecho una merced semejantísima á una limosna, lo trataban casi como á un parasito que comiera á su mesa, y enseñaban á sus niños y niñas, con el ejemplo, á mirar á su preceptor sin respeto ni miramiento, impidiendo así el buen resultado de los esfuerzos que él hacía. Otros, los menos, eran gente sencilla y de escasos medios, que trataba Honorio como á un personaje de mucha cuenta, pero que solía no pagarle sus mesadas.
La familia era ya numerosa y alto el precio de los víveres. En el curso de aquel año escolar Honorio pudo á duras penas subvenir á las necesidades más premiosas.
So pena de verse despojado de las tales clasecitas, Honoriotenía que vestirse decentemente. Matilde sudaba todos los días repasando la ropa de su marido; y sudaba más muchas noches, mientras éste se hallaba en la cama, lavando, almidonando y planchando su única camisa, su único cuello y su único par de puños.
Vino el tiempo de las vacaciones y del veraneo, tiempo que debería llamarse
la cuaresma de los pobres.
Aquellos de los habitantes de Bogotá que viven de la caridad másó menos pública, y de ciertas profesiones, como la de dar clasecitas, se ven precisados á ayunar al traspaso, desde Diciembre hasta Marzo, mes en que ya están de vuelta los veraneadores caritativos y en que para los infelices que han conseguido clasecitas, llega la fecha de cobrar el primer sueldo del año.
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