PRIMERA PARTE
CAPITULO I
SANTAFÉ, la Santafé de Quesada, de los virreyes, de los oidores, de los conventos, de la capellanías, de la vida exenta de afanes, en que no se había empezado á hablar de la lucha por la vida, al ser barrida por el viento de las revoluciones y de la moderna civilización, se refugió en el barrio de Las Nieves. En él existieron hasta hace poco, y tal vez existen aún en algunos de sus rincones, gentes habituadas á comer á hora fija y poco después del medio día, y á tomar chocolate antes de las oraciones; gentes que no han viajado sino cuando más hasta Chiquinquirá; que madrugan y se recogen temprano, y que consumen velas de sebo.
Las más de las casas del barrio de Las Nieves eran hasta hace pocos años (como lo son aún algunas) de irregular estructura y mezquina apariencia. Lo más común ha sido que en sus aposentos esté á la vista el costillaje de los techos. En tales casas es en donde se han visto las cortinas y los canapés de filipichín, las urnas del Niño Dios, los cuadros que los amateurs han desdeñado por no ser de Vásquez, aunque por su vejez lo parezcan, y los gatos pardos de tabla recortada con que se asustaba á los ratones de una época de más candor y menos malicia que los que distinguen al presente á nuestros contemporáneos de dos ó de cuatro pies.
Cosa de medio siglo hará que se inventó el adjetivo
nieblino ó
niebluno para baldonar lo que parecía cursi, anticuado y retrógrado. Hoy ya el adjetivo mismo se ha anticuado y es obsoleto. Injusticia sería, ahora que la cultura del centro ha trascendido al barrio de Las Nieves, atribuír á éste mayor atraso ó menores medras que á las demás partes de la población.
Con todo, en este es en el que los edificios dan más idea de lo que fue la arquitectura en la primera edad de nuestra capital. A unen el camellón, que, gracias á su macadams central, con zonas asfaltadas y andenes embaldosados, es la parte del barrio más modernizada, abundan casas de planta baja, de ventanas ruines y no simétricas, y de tejados con costra mohosa y negruzca formada por el tiempo con polvo, agua, humo y vegetación parasitaria.
Es digno de notarse que, entre las casas más antiguas y construídas con menos primor y más economía, se encuentran muchas sin alar, como son las de las poblaciones del Antiguo Mundo.
Algunas de las casas altas que descuellan entre las de planta baja, son los más genuinos y característicos rezagos de la capital del Nuevo Reino. No puede uno contemplarlas sin figurarse que va áver asomado á su balcón ó saliendo por su puerta un personaje de capa colorada y sombrero de tres picos; ó que en sus aposentos huele á archivo; ó que se venera el retrato de S. M. el señor D.Carlos IV, ó que se va á percibir el tintín de piezas de plata labrada ó una voz que diga; "Bogotanos, desde los caballetes de estas casas tres siglos y medio os contemplan."
Cuéntase entre las dichas casas altas lo que el vulgo ha bautizado con el nombre de
Casa de los Virreyes, que en su esquina tiene dos arquitos muy bien hechos, sostenidos por una columnita de bastante gusto. Hay quien asegure que lo que sirvió de Palacio de los Virreyes, ó de casa de Gobierno, ó de algo por este arte, fue otra casa de balcón, de harto mezquinas proporciones, que está situada en el costado septentrional de la plazuela que da frente á la iglesia de Las Nieves; iglesia y plazuela que no ocupanínfimo lugar entre los rasgos característicos de la escuela arquitectónica que dominó aquí en el siglo XVI. La iglesia, si pertenece á algún orden, pertenecerá al orden más desaliñado,triste y pobre.
Las tiendas situadas en la esquina de una manzana, abiertas hacia una calle y hacía la que vuelve, y con robusta columna de piedra en medio de las dos puertas, no han faltado por donde quiera,pero son más peculiares de Las Nieves que de los otros barrios.
En la época á que se refiere nuestro relato, carecía aún el camellón del encanto que hoy (aunque adolescentes) le prestan los árboles que en él se han plantado; pero como Bogotá carecía también (lo mismo que al presente) de paseos públicos, aquellos de los habitantes que querían pasear lo hacían recorriendo el camellón de las Nieves, forjándose acaso la ilusión de que su marcha era paseo,por más que anduvieran mezclados con la multitud de los que iban y venían no por placer sino por necesidad.
Empezaba á declinar un día sereno y despejado del mes de Septiembre de 18 ... ; un joven de estatura más bien pequeña que grande, de andar más gracioso y ágil que arrogante; morenito, pero de un moreno fino, iba por uno de los andenes, llevando cierto aire que demostraba la intención de caminar únicamente por esparcirse y por hacer ejercicio higiénico. Ya había rebasado de la iglesia del Hospicio, punto en que parecen partir límites la parte netamente urbana de la población y aquella que hemos habilitado de paseo, y qué forma una dilatada curva. Lo autores del plan primitivo de la ciudad, esperando que ésta se extendiera hacia el Nordeste cuanto se ha extendido, al delinear el camellón, no lo dirigieron, como deberían haberlo hecho, hacia el punto que hoy ocupan los cementerios. De aquí el que los que edificaron las casas que lo cierran, huyendo de las desigualdades de las estribaciones de los cerros, tuvieran que ir tomando la curva.
Encaminábase nuestro joven hacia San Diego; y, aunque ni por su temperamento ni por afición adquirida era dado á observar tipos ycostumbres, á fin de acallar ciertos escozores que traía en el espíritu, iba procurando fijar la atención en los demás transeúntes. Muchas criadas y otras mujeres del pueblo que en esa salida, que había de ser la última de aquel día, iban, ya á las chicherías, ya á las pulperías, á comprar velas y provisiones para la merienda; los artesanos y peones albañiles se iban retirando ásus hospederías, situadas, las más, en la parte septentrional de la ciudad; grupos de presidiarios rodeados de su escolta, se encaminaban hacia el Panóptico; veíanse uno que otro coche, uno que otro jinete en traje de campo, y uno que otro en traje de corte;carros perezosamente arrastrados por bueyes ó caballos y más perezosamente guiados por sus conductores. Finalmente dos ó tres carros enlutados que volvían del cementerio é iban a descansar de su tarea del día.
Aun no había llegado el paseante á la iglesia de Las Nieves, cuando vio cierta joven que, en compañía de una señora de bastante edad, se hallaba asomada á cierta ventana perteneciente á una delas casas de mejor apariencia. Saludó á las señoras cortésmente y no sin manifestar que á ese saludo daba más importancia que á otros varios que había dirigido en ese mismo paseo.
El saludo le fue devuelto con afable sonrisa por la joven y conceremoniosa frialdad por su compañera.
No bien hubo hecho aquella atención el hasta ahora desconocido, emparejó otro individuo con él, y con él siguió andando.
Este individuo gastaba una de esas fisonomías que suelen quedarse indeleblemente grabadas en la imaginación ó en la memoria de quien una vez las ha contemplado. Era el tal de estatura poco más alta que la de su actual compañero; delgado y desgarbado; del color de la greda, pero que tiraba algo á verde; de ojuelos verdes que nunca se fijaban en el interlocutor ni miraban al frente, y que además estaban velados por anteojos de su mismo color; grandes orejas dispuestas como asas. La boca medio hundida y de labios imperceptibles, parecía pertenecer á sujeto de más edad que la que por otros indicios podía suponérsele, que era la de treinta y dos atreinta y cinco años.
En el mismo punto en que se verificó la reunión de que hemosdado noticia, llegaba á la puerta de la casa á que pertenecía la ventana mencionada, un caballero de bastante edad, corpulento, sanguíneo y de ademán imperioso.
Entró éste en la casa y penetró hasta la sala, en cuya ventana hemos visto á las dos señoras.
- ¿Ya ven ustedes, dijo á éstas con cierta agitación en la voz, cómo el maestrico de Inglés, que ya había empezado á estomagarme, es uña y carne con el pillastre del tinterillo? Ahí van los dos como muy buenos amigos.
La joven se sonrojó y se mostró algo alterada con aquel razonamiento; empezó á mover los labios como para hablar; pero alcabo no chistó.
Retirado que se hubo el caballero, la joven dijo á la señora deedad:
- Tía, usted sabe porqué ha dicho eso mi papá?
- Entonces tú no sabes quién es ese que se juntó con Delvalle?
- No, señora.
- Pues ese es Dimas García Zorro, el que no deja vivir á tupapá, el que lo tiene aturrullado con ese pleito ó esa causa, ó yono sé cómo se llama.
- Ah, entonces ése es el que dicen que es pariente mío.
- El mismo. Nada menos que primo hermano tuyo.
- Ay, ¡qué primo tan feo y tan antipático ... ! ¿Y cómo siendo primo nunca nos ha tratado, ni en casa se ha hablado nunca de el sino como de un extraño?
- Y algo más que como de un extraño. La enemistad de su familia con la tuya es muy vieja.
- ¿Y cómo empezó?
- Ah, esa es historia larga. Tu tía Teodolinda Ocampo se casó con D. Blas García Zorro, que era un perdido, jugador, derrochador y pleitista. Apenas se casó, trató de coger toda la fortuna de Doña Teodolinda. Tu papá quiso evitar que la derrochara en el juego, yahí tienes el origen de las disensiones.
- Pero, válgame Dios: cuántos años hará de eso!
- Hazte cargo. El tal García Zorro les tenía tanta afición á los pleitos y á las camorras, que cuando quería comprar una finca escogía la que ya tuviera pleito. Hace algunos años tenía metido á tu papá en cinco pleitos.
- Y después de la muerte del D. Blas ...
- Después de la muerte de D. Blas, el hijo, que ha heredado el odio á tu papá y la afición á los pleitos, ha seguido persiguiendoá Salvador. Parece que ahora la cosa está peor que nunca.
- Ahora, observó la muchacha, ato yo muchos cabos que tenía cogidos.
- ¿Y tú cómo habías cogido cabos? Tu papá cree que las mujeres no debemos meternos en nada que tenga que ver con los negocios, y no puede haberte dicho nada.
- Pero en los refunfuños que suelta suele decir mucho; y,además, yo sin quererlo he cogido al vuelo varias cosas de las que conversa aquí con los abogados.
- Mírenla qué curiosa!
- Pues curiosidad sí he tenido mucha; pero no es natural que yo haya tratado de saber qué es lo que tiene á papá tan desagradado?
- ¿Y qué se adelanta con saberlo?
- Mire, tía, yo no entiendo bien los enredos esos; pero estoy segura de que si mi papa no fuera como es, y yo pudiera atreverme á hablarle ...
- ¿Sí? ¿Qué le aconsejarías?
- Una de las cosas que he comprendido es que él, con su malgenio y sus arranques, no deja muchas veces que se haga lo que convendría para librarse de estas mortificaciones. Yo le rogaría que pensara con calma y que siguiera muchos buenos consejos que leda uno de sus abogados.
- ¡Miren la mosquita muerta! ¡ Y yo que la creía ignorante de todo!
Bastante más pudo haber dicho la señora sobre los particulares que se tocaron en este coloquio; pero era regular que la contuvieran justos miramientos, cuando hablaba á una hija sobre lascosas de su padre. Nosotros sí añadiremos que el D. Salvador había sido criado con mimo y en excesiva libertad, que se había habituado á ver satisfechos todos sus deseos y á no cejar ante los obstáculos. Por lo cual, á él, cuando topaba con alguno, no se les ocurría medio racional y atentado para allanarlo. Así, en todos los incidentes y lances de los pleitos, hablaba, despidiendo centellas,de palizas, de balazos, de puñaladas y de escupir caras, con lo cual hacía difícil ó menos eficaz el empleo de medios adecuados y oportunos para el triunfo de sus derechos, y á veces daba á susadversarios para entorpecer la marcha de la justicia y para intrincar más y más las maravillas que urdían.
Ya el lector puede haber barruntado que el caballero corpulento sanguíneo que vimos entrar á la casa se llamaba D. Salvador Ocampo,y que el individuo de ojos y anteojos verdes era sobrino y enemigo suyo; éste se llamaba Dimas García Zorro.
La joven que hemos visto á la ventana era Matilde, hija única de D.Salvador; y su compañera, D.ª Silveria Metieses, hermana de la madre, difunta, años hacía, de Matilde.
Fáltanos enterar al lector de que el joven despreciativamente designado por D. Salvador con el título de el maestrico deInglés, se llamaba Honorio Del valle.
Había éste seguido hacia el Norte en compañía de García Zorro, compañía que estaba muy lejos de serle agradable.
García Zorro, después de haberlo saludado, había dado principio á la conversación.
- He estado aguardándolo á usted. ¿Porqué no ha ido usted á firmar el poder?
- Excúseme usted, respondió Del valle; yo he debido ir ácomunicarle á usted que ya no lo encargaré de mi asunto.
- ¿Porqué? ¿Pagó aquel sujeto?
- No D. Salvador Ocampo, que por Casualidad supo que yo teníaque gestionar ese negocio, se empeñó en hacerse cargo de él.
- ¿Y le entregó usted la obligación?
- Sí, y se la endosé, como era natural.
- Permítame usted le diga que no ha sabido lo que ha hecho, D.Salvador es un hombre muy
trabajoso.
- Yo siempre he tenido de él la mejor idea.
- ¡Ah! es que usted no ha tenido ocasión de conocerlo. A él se debe la ruina de mi familia ... y de otras. Lo menos que va ásucederle á usted será tener que sostener un pleito. Agregue usted á todo esto que es un godo intransigente y feroz.
Por este arte siguió Dimas poniendo á D. Salvador Ocampo que no había por dónde cogerlo. Fastidiado Honorio con aquel juego de lengua, no bien hubieron llegado al punto en que el camellón desemboca en el Parque del Centenario, preguntó Dimas á Del valle qué vía pensaba tomar. El interrogado, resuelto á preferir aquella por donde era más probable que no lo siguiera el otro, declaró quese encaminaba al Alto de San Diego. Dimas tomó otra dirección, bien enfadado con Honorio: había echado de ver que deliberadamente desechaba su compañía; y no le había caído en gracia el que lo hubiera defraudado, en la esperanza de esquilmarlo.
Libre ya del pegote, Honorio, para tomar la dirección anunciada,dejó á su izquierda las dos hileras de eucaliptos que corren paralelamente al camellón, entre éste y la verja del Parque y el Parque mismo, que siendo algo de lo mejor y más lujoso que tiene la ciudad, es, no obstante, bien triste y sombrío, gracias á la abundancia frondosidad de los pinos de impenetrable follaje; á que el hermoso templete del centro, en que debía campar alguna noble escultura, se ve vacío y degradado por las manchas negras con que el tiempo desluce la piedra de nuestras canteras; y á que tiene demasiado cerca la oscura y desapacible mole del Monserrate, cuyo manto de vegetación ruin y negruzca, con sus parches amarillos formados por las lluvias torrenciales y por el zapapico, semeja lacapa desteñida y llena de desgarrones de un pordiosero.
No contribuye á alegrarle el frente de la iglesia de San Diego,que cierra por el Norte parte del cuadrado que el Parque Ocupa. Monumento es aquél que, siendo la humildad, la irregularidad y la inelegancia mismas, es para los bogotanos objeto de entrañablecariño. La alta cruz de piedra que se levanta sobre su pedestal en el rústico atrio, el frontis y el campanario, todo de aspecto medioeval, despiertan recuerdos sabrosos y melancólicos, que jamás despertarán en nuestra posteridad los monumentos modernos.
Proponíase nuestro paseante continuar su excursión haciendo observaciones, y ahora se lo proponía con más veras, pues deseaba apartar su mente, no sólo de algo que de antemano lo traía preocupado, sino también de las ideas que García Zorro había tratado de hacer nacer en su espíritu. Por genial benevolencia y por un motivo que más adelante conocerá el lector, quería no admitir nada de lo que se le había sugerido contra la fama de D.Salvador; pero le sucedía lo que le sucede á todo el que ha oído una especie desfavorable á algún prójimo. Siempre se dice, y con razón, que de la calumnia algo queda: ¡cuánto no quedará de lo que aún no se sabe si es calumnia!
Iba, pues, Honorio empezando á subir, y dejando atrás la (línea verdadera, con longitud y sin anchura) que bruscamente separa la parte civilizada y hasta elegante de la ciudad, de la población que se asienta en el Alto de San Diego, población más rústica, más primitiva y más pobre que muchas de las que yacen perdidas en nuestras soledades andinas.
Pero ahora nos ocurre que estamos debiéndole al lector la explicación del diálogo que tuvieron Honorio y su acompañante. Somos desmemoriados, y recelando no recordar luégo aquella deuda,nos apresuramos satisfacerla.
D. Siervo de Dios Del valle, autor de los días de nuestro amigo Honorio, que era un tacaño mayor que el de Quevedo, y que residía y tenía su comercio y su grande hacienda en uno de los municipios más ricos y populosos del Sur de Cundinamarca, en un acceso de amor paterno, había cedido y endosado á su hijo una obligación por 7,000 pesos, suscrita por un tal Serafín Centeno, venezolano, que residía y negociaba en el valle de Sogamoso. Habíasela cedido hallándose en la creencia de que Centeno se había arruinado hasta la medula de los huesos y estaba insolvente.
Honorio, recibido que hubo el presente paterno, pensó en los medios de que debía echar mano para hacer efectiva la obligación.
En los términos de ésta halló algo que á él, inexperto en achaque de negocios, le pareció escabroso. Juzgó por otra parte que la cosa no podía desempeñarse sin un viaje á Sogamoso, viaje que para él era difícil, y determinó valerse para el caso de algúna gente de negocios. En aquellos días le había llamado la atención cierto aviso que uno de los tales había publicado, en el que con expresiones muy persuasivas ofrecía pureza, eficacia y puntualidad en el desempeño de las comisiones que se le confiasen. Este agente de negocios era Dimas García Zorro.
Y vaya otra digresión concerniente á Dimas.
El doctor Dimas García Zorro era doctor graduado gratuitamente por el vulgo necio.
El padre de éste, es decir, de Dimas, no del vulgo, antiguo vecino de una de las poblaciones del Valle de Sogamoso firmaba
García Zorro, sin omitir letras, y hasta se ufanaba con este apellido doble, claro testimonio, según afirmaba, de ser él descendiente directo, por línea de varón, del Alférez Gonzalo García Zorro, uno de los compañeros de Quesada.
Dimas, no bien hubo sentido vocación por el foro, echó de verque era una gansada muy grande sacar á lucir el segundo de los dos apellidos ejerciendo la profesión á que se sentía llamado, y determinó llamarse Dimas García Z., proponiéndose eliminar más tarde la Z.
Poco le aprovechó, sin embargo, la supresión del
zorro; pues apenas había quien ignorase la significación de aquella zeta; y aun era común que se le llamase zorro á secas, ya con zeta mayúscula, ya con zeta minúscula.
Empezó el tal su carrera haciéndose cargo de defender á los procesados por hurto de menor cuantía, y entendiendo en demandas ante los juzgados municipales. Pero, envalentonado con algunos triunfos, y poco satisfecho de los proventos, se fue subiendo á mayores, y vino á ocupar puesto bastante distinguido en elhonorable gremio de los tinterillos. Su agencia ó despacho tenía sucursales en muchas de las poblaciones de Cundinamarca, Boyacá y el Tolima, en las que le servían de agentes otros que, no llevando ni el mismo nombre de pila que él llevaba, ni el apellido García, podían, por lo de zorro, considerarse como tocayos suyos.
Siempre se veía atareados á Dimas y á sus agentes, ora desempeñando los asuntos que se les confiaban, ora en minuciosas indagaciones hechas en archivos, notarías y secretarías de tribunales y juzgados, á fin de dar con documentos que ofreciesen algún hilo de que poder tirar para armar un enredo y coger entrepuertas á algún propietario indefenso.
De García Zorro decía un abogado viejo y muy marrajo á quien sele pedía informe acerca de la idoneidad y honradez del mismo:
" Lo que puedo asegurar es que ese individuo, apenas se hace cargo de un negocio ajeno, ya lo mira como propio."
Todo el mundo conocía este dicho y lo tomaba en el sentido que su autor había querido darle; pero, con todo, siempre había borregos que ofrecieran su lana á aquel esquilador.
Honorio no había llegado á conferir poder ni á endosar el documento á García Zorro. D. Salvador Ocampo vivía pagadísimo de su propia habilidad y expedición para los negocios; era afanoso y unpoco aturdido, y estaba siempre aquejado de la comezón de ingerirse en los asuntos ajenos pretendiendo que sólo él era capaz de arreglarlos; y había, por gran casualidad, tenido conocimiento de aquella dependencia que Honorio traía entre manos.
Nada extraño había sido el que su hipo por ingerirse en asuntos ajenos, lo hubiera inducido á apechugar con el de Honorio; pero menos extraño parecerá el que á ello se hubiese resuelto, si se sabe lo que discurrió en esta coyuntura. "Ese tragonazo de Zorro, se dijo, se propone, sin que en eso quepa duda, apoderarse de todolo que cobre, y hay que privarlo de esta ganga.
Así fue que se empeñó con grande ahinco, corno se empeñaba él en todo aquello en que había de empeñarse, en que Honorio le diese á él el encargo de cobrar la deuda de Centeno, ponderando la facilidad con que recabaría de éste cuanto se le antojase. Hacía valer las circunstancias de residir él lo más del año en Sogamoso,y la de tener allí su hacienda y sus negocios. Honorio había tratado de rehusar este servicio; pero habiendo hocicado en el capricho del señor Ocampo, el más irritable y voluntarioso de los hombres, tuvo que rendirse.
Así, en uno de sus viajes á Sogamoso, D. Salvador había llevado el documento endosado á favor suyo.
Sigamos ahora acompañando á Honorio en su paseo vespertino.
Lo primero que le llamó la atención al emprender la subida del Alto de San Diego fue esa subitaneidad con que de la parte propiamente urbana del poblado se pasa á otra que con ésa no tiene más conexión que la que se debe á ser la una limítrofe de la otra.
La principal de las vías por las cuales se puede subir es un sendero angosto, abierto y trillado por los pies de los transeúntes, y que las lluvias y otras aguas traen á mal traer, formando de trecho en trecho pequeñas torrenteras, y atravesando á veces la vía, no por caños sino por cuales quiera sitios en que al agua se le haya dado la gana de cambiar de rumbo ó de espaciarse.
Toda el área de aquel suburbio es desigual: no pueden darse por ella diez pasos hacia ninguno de los puntos cardinales, sin subir ó sin bajar. No faltan parajes en que el piso se vea cortado bruscamente por barrancos profundos.
A los lados de la senda se extienden á trechos espacios baldíos en que vegetan viciosamente las malvas, las ortigas, la romaza y otras hierbas de las que se multiplican y medran sin ayuda en los alrededores de las habitaciones.
Con estos espacios alternan sementeritas de maíz, cuyo aspecto hacía pensar á Honorio que se hallaba en algún pueblo distante de la capital. Y el mismo efecto producían en su ánimo los arbolocos,esos amigos y compañeros del pobre, que eran, fuera del maíz, lo único que por allí vegetaba, debiendo su existencia á la mano del hombre.
Estando las más de las viviendas esparcidas sin plan y sin ordenen aquel suelo undoso, el sendero principal y los subalternos que en él desembocan son sinuosos ó irregulares. Entre estos últimos,hay alguno que, por su semejanza con los del mismo linaje que suelen verse en las parroquias rurales, tiene algo de apacible. Limitan á veces las sendas por sus lados, ya la original cerca de cuernos trabados, ya cercas de piedra ó de madera, viejas y mal conservadas.
No puede transitarse ni por el medio ni por las orillas de las vías, Sin correr inminente peligro de dar alguno de aquellos tropezones que lo hacen caer á uno ... en la cuenta de que faltan limpieza y corrientes de agua, y de que la población de aquel arrabal debe ser numerosísima. Matizan el piso, amén de lo que queda indicado, muchos desperdicios, entre los cuales sobresalen los trapos blancos ó de colores que la miseria ha desechado por inútiles y peores que inútiles.
Por cauces minúsculos que, con ayuda de la lluvia, Se han abierto ellos mismos, corren silenciosos los hilillos de agua. Atajándolos con piedras, tierra y hojarasca, las esmirriadas lavanderas forman pocitos en que lavotean los trapos que luégo tienden y exponen á la vista en cuerdas que levantan y atesan pormedio de horquetas.
Durante los crepúsculos reina en el caserío mucha bulla y animación. Mientras los habitantes permanecen en la ciudad ocupadosen diversos menesteres, las vías están desiertas ó poco menos. Se encuentran en ellas las susodichas lavanderas, no en gran número; y uno que otro grupo de muchachos carisucios y barrigones, medio cubiertos con desechos de los trajecitos de otros niños, y á veces con jirones de las que fueron prendas de vestir de sus padres.
Al sentir los pasos del que en las horas muertas y en calidad de turista, recorre aquellas vías, como Honorio las iba recorriendo, se asoman curiosas y como tímidamente á las puertas las poquísimas mujeres que no han bajado á la ciudad.
Apenas se descubre entre las habitaciones alguna que no haya sido construída con despojos de otras, ni puerta que no dé muestras de haber sido hecha para hueco mayor ó menor que el que, en su vejez, le ha tocado ocupar. La paja de los techos, gracias á la acción del tiempo, de las lluvias, de lo soles y del humo, se ha convertido en una masa compacta , sobre la cual han nacido musgos y á veces otras plantas de más cuerpo. Vense también techos pajizos remendados con tejas.
Honorio dio, sorprendido, con una casa maltratada ya por eltiempo, pero construída con menos economía que las demás y aderezada con cierto primor relativo. Ocupaba un recinto cercado,en el cual, entre malva, artemisa y otras plantas ordinarias, crecían algunas matas de novios y de malvavisco. La barandilla de un corredorcito y las puertas y ventanas de la casa habían sido pintadas, si bien muy económicamente; y adornaban la pared de grabados de los que vienen en los periódicos extranjeros. El techoera pajizo, pero tenía en el alar su ribete de teja.
Incurriendo en una injusticia en que involuntariamente incurrimos todos los que no hemos experimentado lo horrores de laindigencia, Honorio sintió al ver esta vivienda compasión más profunda que la que le había causado la contemplación de las miserias cuya historia se hallaba consignada el las vecinas y destartaladas chozas. La miseria que lucha para procurarse algo delo que embellece la vida, inspira mayor compasión que la que parece contentarse con lo rigurosamente indispensable.
El curioso observador, entristecido por el sosiego letal que allí reina, acaba de amurriarse si, vuelto hacia Oriente, contemplalas inmediatas y agrias faldas de Monserrate, cubiertas de vegetación pobre y negruzca, y desgarradas á partes por los canteros, por las lluvias ó por el tiempo.
Más alegres perspectivas se presentan por otros lados.
Hay parajes por donde la vista puede escaparse y dominar, ora la falda del cerro donde se extiende el barrio de Egipto, abundante en vegetación y en habitaciones mezcladas de paja y de teja; ora la parte plana y baja de la ciudad, en la que es agradable verdes collar infinitos árboles por sobre los tejados y contrastar el verde de los unos con el rosado ó el rojo más ó menos subido de los otros. Descansa sobre todo la vista cuando se dilata por la verde y espléndida Sabana, cuajada de arboledas y limitada de Oriente á Norte por los cerros dispuestos en anfiteatro, y hacia Occidente por la lejana serranía.
No desapacible, pero sí propia para infundir tétricas ideas, esla perspectiva., más inmediata, de los melancólicos recintos habitados por la muerte, por la locura, por la miseria y por el crimen. Decúbrense al pie del Alto el Asilo de San Diego, con sus inmensas arquerías, pegado á la vetusta y triste iglesia; más allá y hacía el Occidente, el grande espacio ocupado por los cementerios; y hacia el Norte, la imponente mole del Panóptico. No lejos de este edificio se yergue presuntuosamente otro en forma de rotonda con su aguja elevadísima, fábrica que se levantó, no há mucho, con fines industriales, y que por no haber resultado adecuada á su objeto, ha venido á quedar destinada á habitación de indigentes.
|