Bucarest, de Trajano a Brancusi
Detenido en Viena
Yendo para Bucarest fuimos detenidos en Viena. El conductor deltren examinó minuciosamente los pasaportes y consideró queestábamos indocumentados. En el más incorrecto francés me dijo:¡Bájense! Ustedes no pueden pasar por Hungría, tienen dos minutos,el tren va a partir... Le expliqué cómo yo no iba a pasar porHungría, sino de tránsito: mi destino era Bucarest, nadie en Parísme había hablado de visa para Hungría...
-Si quiere usted, siga hasta la frontera: allá lo bajarán. Lodemás, corre por su cuenta...
Bajamos una, dos, tres, cuatro... ocho valijas, a toda prisa.Cuando se tienen amigos en Bucarest, y se conocen rumanos en París,llueven encomiendas de los de París para Bucarest. De las ochovalijas, sólo dos eran una de mi hija, otra mía. La solidaridad dela familia rumana es ejemplar. No hay quien pierda la oportunidadde enviar un regalo a sus parientes. Quedó mi hija en el andén,rodeada de valijas, y yo me dirigí a la policía para comunicarmecon mi embajada. Si usted va a Viena, le será muy útil el alemán,lengua que yo ignoro. El forcejo en la policía para hacermeentender fue heroico. Eran las tres y media de la tarde y pudesaber que, a las tres, quedaban cerradas todas las embajadas. Losteléfonos de los embajadores, secretos: no aparecen en el libro, ninadie suministra el número. Rescaté a mi hija y mis valijas, ydesde el hotel, comenzó la batalla por descubrir el teléfono decualquier embajador de un país amigo. Tenía compromisos en Bucarestpara unas conferencias, y, detenido en Viena, se derrumbaban losprogramas. Lo más que pude fue comunicarme con Bucarest y explicarel inexplicable percance.
Una parada en Viena es la gloria: museos, teatro, sótanos dondese bebe cerveza y se canta, palacios, jardines... Nada de estopuede ni olerlo quien está haciendo adivinanzas por teléfono y semueve tras una visa que no se deja agarrar. A las nueve de lamañana comenzó la cacería del permiso. Lograr la visa antes delmediodía, para asegurar el tren de la tarde, sería la obra maestrade mi embajador. El la consiguió, a alto nivel diplomático. Cuandonos sentamos, documentados, en el tren, a las tres de la tarde, nopodíamos creerlo. Subimos una, dos, tres, cuatro... ocho valijas, aun coche en donde los pasajeros difícilmente se veían entremontones y montones de cajas, valijas, paquetes... regalos. Cadauno era un duplicado de mi propia experiencia. El tren no teníacoche-cama. Sentados, pasamos la noche más feliz. Cinco veces nosdespertaron para pedir los pasaportes, y cada vez que nos veíamostan bien documentados sentíamos un alivio y un gozo y unacertidumbre de no haber quedado sobre el asfalto de la frontera.Placeres difíciles de realizar para quien no ha pasado porsemejante experiencia. Los contralores de la documentación ibanacompañados de jóvenes que exploraban con linternas bajo losasientos. Otros caminaban sobre los coches destapándolos, paraestar seguros de que ningún ser humano, ningún indocumentado sehabía escondido. Y desde el fondo de nuestro más profundoreconocimiento agradecíamos al gentil caballero del incorrectofrancés por habernos obligado a descender en Viena, deteniéndonosal borde de la que hubiera sido una aventura mucho peor. Esa otraaventura lo hubiera divertido a usted, mi querido lector, mucho másde lo que hayan podido servirle de distracción estas líneas, degracia muy dudosa...
Cita en Bucarest
Paradoja. Mi viaje a Bucarest -para asistir a una conferenciamundial de futuristas, empeñados en anticiparse a los sucesos delaño 2000-, es tanto más misterioso cuanto que mi vocación ha sidola de mirar hacia atrás. Pertenezco al gremio de los historiadores.Casi soy como aquel incomparable cándido chileno a quien no letembló el pulso para titular su libro
|Recuerdos delPasado... Como periodista, que debe vivir en el presente, delpresente, para el presente, me siento dos veces pretérito, cada vezque me interno por los laberintos del XIV, del XVI o del XVIII. Yen medio de un congreso en el cual participan 554 sabios,geógrafos, sociólogos, ecólogos... empeñados en escrutar el futuro,debo aparecer como el huésped incómodo. De pronto adiviné, sinembargo, que me hallaba como en mi casa. Como si estuvierasumergido en el más antiguo pasado. El presidente, el nobilísimoBertrand de Jouvenel, con ese rostro suyo de mosquetero envejecido,de Quijote blanco de canas, acostumbrado a moverse por las regionesetéreas de las más altas esferas, abrió la asamblea con un mensajeque me llegó al alma: Comenzó por Confucio. "Ossip Flechtheim-dijo-, que si no me equivoco está hoy con nosotros, ha dado alasunto de que vamos a ocuparnos, el nombre de
|futurología-es decir: estudio del porvenir-. De mi parte, no acepto estapalabra. Confucio decía que es muy importante darle su nombre acada cosa. Los nombres tienen su sentido. Yo uso la palabra'futurible', para indicar la apertura hacia el porvenir, señalandoque hay muchos porvenires posibles...". Luego, hizo una afirmacióntan exacta que pienso escapó a muchos utopistas empeñados enseñalar un solo camino a la humanidad: "Creo que al estudiar elporvenir debemos partir de un común acuerdo: que hay muchosporvenires posibles... Y comenzar por estudiar el presente, porqueno hay porvenir posible que no salga del presente"... y del pasado¿verdad?
Tan sabias reflexiones debieron ser escuchadas de dos maneras.Una, la manera rusa, crudamente expresada por uno de los sabiossoviéticos que primero tomaron la palabra: "Para nosotros, dijo, laperfección es el sistema comunista tal como nosotros lopracticamos. La otra manera sería la que yo mismo expliqué luego,cuando tuve que hablar en el grupo de los desgraciados, es decir:los del Tercer Mundo, los subdesarrollados, los que giran en tornoa grandes potencias que los aprovechan e ignoran, los empujan yarrastran, los rebajan y retienen. Mi punto de vista sería el dequien para explicarse el porvenir mira no simplemente al presente,sino al pasado. Si el futuro, para nosotros, satelitizados, ha deser la proyección del presente, el futuro será monstruoso. No esposible seguir avanzando sobre la base actual de grandes potenciasque para ser más grandes van haciendo mayor la diferencia deniveles entre el altísimo en que ellas se mueven, y el bajísimo enque nosotros estamos. Si este presente que estamos viviendo noencuentra una contradicción radical, si el conjunto de las nacionesno se mueve hacia un plan de equilibrio, sino de crecienteinjusticia, el Tercer Mundo, que es más grande, más poblado, másnecesitado, más nutrido en una experiencia que lo mueve hacia laindignación, la revuelta, la desesperación, la revolución acabarápor estallar.
El teatro de los debates, este Bucarest de Rumania, me parecióideal para el congreso. En Bucarest se dan la mano -hablo, comosiempre, a lo histórico- lo eslavo y lo latino, lo bizantino y loromano, lo campesino y lo urbano. Vemos un pueblo que parece decampesinos estrenando zapatos, subir por las anchísimas escalerasde mármol de la ópera. ¿No es éste -me pregunto- el lugar perfectopara hacer lo de los gitanos? Los gitanos dejaron de seranalfabetos leyendo el futuro en las líneas de las manos.
Dónde se leerá el proceso de las desigualdades
Repasando en Bucarest el caudaloso catálogo de concurrentes a laIII Conferencia Mundial de Investigación del Futuro, encuentro quede los 554 participantes sólo aparecen mencionados unos seis deAmérica Latina -sólo he podido hallar tres en los debates-. Hay unodel Africa y dos de la India. China es un país importante. Notienen ni un solo delegado los ochocientos millones de sereshumanos que gobierna Mao Tsé-tung. Así, la primera cuestión quedebemos explorar es irritante. ¿Puede estudiarse el presente,abordarse el tema del futuro, si no llega a esta conferencia unarepresentación que debería ser la más sabia, la más capacitada, lamás numerosa, de los países que representan el problema másdramático del mundo contemporáneo?
En la primera lista de delegados que nos entrega la secretaría-en total 415- encuentro que hay 40 de Estados Unidos, 40 deFrancia, 11 de Rusia... Como es natural, los sabios de esos paísesno ignoran, ni mucho menos, que el problema del mundo está en laconfrontación entre un desarrollo bloqueado de los del Tercer Mundoy la avasalladora economía de las grandes potencias industrialesque vuelcan su polución sobre un hemisferio predestinado por ellasa servirles de base, y aun se aventuran a hacer la interpretaciónde lo que nosotros representamos como problema en el mundo. Pero,¿es exacta la interpretación que ellos hacen de lo nuestro? ¿Seráexacta la que nosotros hacemos de lo suyo? ¿Es posible reducir elcoloquio a monólogos, o antidiálogos? Si de nuestra América se hanformado una imagen los yanquis y le han fijado su destino, o losrusos, o los franceses, o los chinos..., ¿no es imaginario elfuturo que salga de estas interpretaciones ajenas? A lo mejor, uneuropeo que llegue, nos estudie y nos retrate dará con vicios ovirtudes que nosotros mismos ignoramos y quizás tengamos. Lo cualserá exacto en sentido inverso: lo que nosotros descubramos opensemos descubrir de los demás, ¿será así? Lo provechoso sería laconfrontación de estas apreciaciones. El debate dialéctico. El queno aparece a la vista en la conferencia.
Hay similitudes, dentro de abismales diferencias, que unlatinoamericano descubre, o cree descubrir, al sentar el pie en unsitio como Bucarest. Me parece -dije en mi intervención-, queRumania, como Polonia o Hungría o Checoslovaquia, viven dentro deuna circunstancia muy semejante a la nuestra. Nosotros estamosmetidos dentro de la órbita del poderío de Estados Unidos, y aunhemos sido considerados como satélites que en sus momentos degrandes ambiciones espaciales los Estados Unidos han queridoaprovechar para clavar su bandera. Gran parte de nuestro destinoestá determinado por esa lucha ya secular en que nos hemos vistoenvueltos, tratando de afirmar nuestra independencia frente a unvecino tan capacitado y duro. Pues bien -agregué-: en el fondo eslo mismo que ha de ocurrir a ustedes, los rumanos, girando en laperiferia de los Estados Unidos de Rusia, cuyo poderío es como elde los nuestros Estados Unidos de Norte América.
Vistas así las proyecciones de los coloquios de futurologíasurge claro algo de lo que indicó Bertrand de Jouvenel en eldiscurso inaugural. Hay muchos porvenires posibles. Y aun tienetoda la razón un ruso, como el profesor Osipov, cuando dice quepara él el porvenir del mundo se confunde con el de su Rusia. Elcree que el Estado de donde viene ha hallado la mejor de lassoluciones y habla como el francés que piensa lo mismo de Francia oel norteamericano que ama la solución de los Estados Unidos. Estábien que así lo piensen y lo crean. Sería monstruoso que lo queestán haciendo no les pareciera lo mejor. De esta certidumbre nacela fe que ha movido a cada cual a abrirse camino entre las demásnaciones, y llegar a resultados que nos dejan pasmados. Nosotrostambién podemos pensar en un futuro -para nosotros, de nosotros,hecho por nosotros, a nuestra imagen y semejanza- que se expresaríaen otra lengua, saldría de otra historia, se encaminaría en otradirección. Sólo que andar en fila india, moverse como satélites queestán fuera de todo sistema distinto del solar que los mueve, esperder toda la eficacia en el discurso. Seguramente los rumanosencontrarán dificultades muy grandes para formar un frente unidocon sus vecinos en la periferia rusa. Lo sabemos de sobra nosotrosque no hemos logrado hacer del sistema latinoamericano algo que nosponga a nivel con el gran país del Norte. Ese país nació de haberhecho, con su federación, el primer mercado común grande de lostiempos modernos. (El segundo ha sido Rusia). Son potenciassurgidas de haberse federado. Como nosotros andamos sueltos porhabernos disgregado.
¿Seguirán, en el futuro de los futurólogos, haciéndose loscoloquios sobre el año 2000, olvidándose de que este drama de ladesigualdad es la rajadura que va minando la paz del porvenir?¿Seguiremos, los observadores marginados, perdidos en el paraísoilusorio de nuestros orgullos provincianos?
Por el momento, salgo a campo traviesa para ver cómo es elBucarest en donde -por azar- me encuentro. Es mejor esto que pasarlas horas oyendo a norteamericanos, rusos o grandes de Europa.
Hanu-Manuc, la gran posada
El Hotel Intercontinental de Bucarest es tan flamante como elmejor de los de su género en el mundo. El Lido de Bucarest quedaríamuy bien entre los de lujo de París o Londres, pero si lo que ustedquiere es sentirse en Rumania, váyase a la gran posada, alHanu-Manuc, en cuyo patio, grande como cuatro veces el de unconvento en Bogotá, oirá, sin mayor esfuerzo de la imaginación,entrar carretas y diligencias y el eco de los troncos de caballos,que con las patas herradas, levantarían chispas en las piedras alparar, frenados por los rudos aurigas. Con este consejo no estoyhaciéndole publicidad a ninguna empresa. El Lido, y elIntercontinental, como el Hanu-Manuc o cualquier hotel, fonda,posada o paradero, son negocios del Estado...
En Hanu-Manuc -esto es obvio- brillan por su ausencia escalerasde mármol, paredes con espejos, u otras europeidades delIntercontinental o el Lido. Aquí todo es de palo, de piedra, deladrillo. Una planta baja, un primer piso, y los tejados. Sobretodo, los tejados. Grises y campesinos, hay que verlos dos y tresveces para convencerse de que no son techos de paja, sino
|tejados. Tienen, magnificado, el mismo aspecto de lasiglesitas y chozas de las aldeas de Maramures, de Banat, deSeceava, que sacadas de sus montañas se han llevado a uno de losgrandes parques de Bucarest. Y bajo esos tejados, en donde lasventanillas de los desvanes asoman como pechos de paloma, losanchos corredores dan la vuelta al patio como balcón pueblerino, decientos de metros, en arquitectura de madera florida. Las criadas,en la noche echan cera y cera y cera y brillan los entablados hastadejarlos impecables, olorosos a miel. Si brama el viento y laposada no cruje, es por maravilla de los maestros que han erigidoesta obra de gran carpintería. Pero la llave de la alcoba puederechinar, para que salte a la vista el encanto primitivo de cadacuarto, todo cubierto de tapices orientales, con alacenas, camas,sillas, arcones de aldea, olorosos a tilo. Se le hace sentir alhuésped como campesino rico en un palacio rural.
Hay que asomarse en la tarde o en la noche a los corredores dela planta alta, para ver en el fondo del patio doscientos,trescientos, cuatrocientos parroquianos bebiendo cerveza, devorandopollos, trabajando con los cuchillos en los asados. Hanu-Manuc estáa diez pasos del mercado, y nada más natural, en una repúblicapopular, sino atravesar la calle y pasar parroquianos y vendedores,a tomar cerveza. Músicos de acordeón y cuerdas pasan por entre lasmesas. En una carreta de colores se venden chaquetas de cuero. Alpatio llegan las familias que celebran aniversarios, los políticos,los de la boda o el bautizo. En la planta alta los comedoresdesbordan de salones inmensos, al balcón. Allá podrían subir losdel mercado y los aburguesados todavía rudos, porque barreras noexisten: pero el patio atrae como un trozo todavía vigente delpasado que todo el mundo añora. Al patio podrían bajar, y bajaneventualmente, ministros, altos funcionarios, embajadores,visitantes extranjeros, pero, como siempre, prefieren el balcón,para ver mejor las largas mesas del patio que congregan a veinte otreinta parientes de una familia, o pequeños grupos de tres ocuatro camaradas de los que todavía no han descubierto que a lamesa puede sentarse un hombre sin el sombrero.
Estando en Hanu-Manuc va saliendo en colores, como calcomanía,la más auténtica Rumania. Es como ver a Flandes a través deBrueghel. Hanu-Manuc lo tiene todo, es un palacio de carpintería endonde usted se mete a la cama y se cree un rey de la montaña. Y siel viento del progreso pasa por este patio estupendamentefuncional, también trae el recuerdo de los establos.
En Rumania casi se entiende todo
Después de visitar Polonia y Checoslovaquia, llegar a Rumania,abrir el periódico en la mañana y darse cuenta de lo que estáocurriendo en el mundo es la gloria para un latinoamericano. Comolengua latina, el rumano se ha defendido a través de los siglos.Echando a andar por las calles, no hay que detenerse a ver lasvitrinas para darse cuenta de a qué se destina cada tienda, quéprofesión ejerce quien tiene un anuncio a la entrada de su oficina.Un taxi es un
|taxi, como en cualquier parte del mundo, peroademás el autobús es el
|autobuz, y el tranvía, el
|tramvai. Y mirando por la ventanilla vamos encontrando lo decualquier calle de París o de Madrid:
|fotografía, librarie,papetarie, prodyce alimentari, articole de sport, muzica, florario,teatru, restaurant, cofetarie, parfumerie, bijuterii, lenjerie,farmacie... O la
|doctor, la
|dentist, la
|spital. Cuando usted va a pagar en un restaurante pide lacuenta, es decir: la "nota de plata".
Los números son los números:
|zero, unu, doi, tre, patru,cinci, sase, sapte, opt, noua, zace, unsprezece, doisprezece,triesprezece... La semana es como la nuestra:
|luni, marti,miercuri, joi, vineri, simbata, duminica... Y el año lo mismo:
|ianuarie, februarie, martie, aprilie, mai, iunie, iulie, august,septembrie, octombrie, moiembrie, decembrie. En un periódicoliterario del día encuentro que se ha dedicado todo un suplemento aescritores peruanos, y en la página central, con gran despliegue,todo un capítulo de
|Redoble por Rancas, la novela de ManuelScorza cuya traducción total se anuncia para muy pronto. El librode Scorza no es fácil como texto literario. Lo he leído encastellano, y ahora sigo la versión rumana con relativa facilidad.Es decir: en Bucarest no me siento desligado de nuestro propiomundo.
Convengamos en que en el origen, fue Trajano. Este emperadorespañol, queriendo asegurar para Roma el sur del Danubio, conquistóla Dacia, a la manera romana: se construyeron ciudades, setendieron calzadas por todo el territorio, se dotó de teatros ytermas cada centro urbano y se le dio al país una lengua quepenetró hasta en los últimos repliegues campesinos: Del año 101 al105 se hizo la conquista, y durante ciento setenta años nadie movióa los romanos de la Dacia. Luego vinieron los godos, y los turcos,y los eslavos... pero en diez siglos nadie alcanzó a borrar lo quesembró Trajano. En los campos siguió hablando todo el mundo como ensu tiempo, y así hasta hoy. Si el mapa de la Dacia trajana secoloca sobre el Rumania de hoy, se encontrarán las mismasfronteras, y dentro de ese mapa un pueblo que cuando quiereilustrarse se inclina más hacia Francia que hacia ningún otro país.Rumania sigue siendo parte de la frontera de occidente, con todassus consecuencias. Por siglos la han embestido o los turcos o loseslavos. Y por siglos se ha mantenido más latina que bizantina oeslava, aunque turcos y rusos hayan puesto toques en los iconos delas iglesias, en el color del idioma.
Hace años, Miguel Angel Asturias pasó largos meses en elinterior de Rumania, y de ahí quedó un voluminoso libro suyo que esun canto a la nueva Dacia. Y un profesor como Alexandru Georgescume habla de Cortázar o de Borges -no digamos de García Márquez-como de autores que le son del todo familiares. No ha sido difícilpara los traductores lanzar en rumano
|Doña Bárbara, deRómulo Gallegos;
|Los de Abajo, de Mariano Azuela;
|LaVorágine, de José Eustasio Rivera;
|El Señor Presidente,de Asturias;
|Don Segundo Sombra, de Guiraldes;
|Anaconda, de Horacio Quiroga;
|El Mundo es Ancho yAjeno, de Ciro Alegría;
|Huasipungo, de Jorge Icaza, o
|Terra Sem Fin, de Jorge Amado, y
|Cuarto de Despejo,de la negra Carolina María de Jesús... En la antología de poesíalatinoamericana -un volumen de 704 páginas- se han reunido "84forjadores de bellezas líricas, desde el 'fuerte y florido' Pedrode Oña hasta el joven poeta colombiano Carlos Castro Saavedra". Elprofesor Georgescu tradujo respetando el metro original, "Privireasupra poezeiei hispanoamericane" (
|Ojeada sobre la poesía
|hispanoamericana) poemas de José Joaquín Olmedo, JoséEusebio Caro, José Hernández, Jorge Carrera Andrade, ArturoCapdevilla y Jaime Torres Bodet... De Nicolás Guillén, CésarVallejo y, sobra decirlo, Pablo Neruda, los estudios se sucedencomo en cualquier lugar de nuestra América. Con esto se afirma elpuente entre nuestras lenguas latinas, y así el rumano serefresca.
Bucarest visto desde un tranvía
Para hacer una estimación conservadora, las tres cuartas partesde los de Bucarest se movilizan en tranvía. Lo mismo he visto enlas ciudades de Polonia o Checoslovaquia. Si los cientos de milesde personas que se desplazan por la ciudad tuvieran que hacerlo enautomóviles de gasolina, el aspecto de Bucarest sería muy distinto,y la ciudad, hedionda. En el hemisferio americano nos convencieronlos vendedores de automóviles de que el tranvía era un elefantemecánico arcaico, y nos obligaron a levantar los rieles. Hoy vemoslas fotografías de "aquellos" divertidos aparatos, y nos da risa,cuando deberíamos llorar. Europa toda ha conservado sus tranvías, olos ha metido bajo tierra, pero siempre poniendo al margen delautomóvil a millones de gentes que de otra suerte produciríantodavía mayores aglomeraciones de las que sufrimos y peor aire delque respiramos. Para Rumania, el tranvía es doblemente bueno: buenopara hoy y mejor para el futuro. Dentro de diez años se habránterminado las reservas de petróleo del país... (futurología).
Vista Bucarest desde el tranvía nos resulta una ciudadincreíble, desde los puntos de vista europeo y americano. Nosparece que sus habitantes son analfabetos, pues no han aprendido aescribir en las paredes. Quien viene de seguir la políticainternacional y las protestas internas de Francia, escritas enParís en las paredes de los palacios, del Metro, de la escuela deBellas Artes, en los pedestales de las estatuas, sorprende unaciudad en donde no se haya llegado a la edad de la piedrailustrada. Esta novedad es común a todas las ciudades que he vistoen estos países socialistas. Al principio, llegando a Varsovia,creía que había terminado la guerra de Vietnam, y que ya losyanquis no eran hijos de mala madre. Luego me he convencido de quese trata sólo de una cuestión de limpieza urbana en estadospolicías donde no se permiten estas libertades. Esta reflexión meha hecho pensar que más que analfabeto, el rumano, el polaco o elcheco son educados. Así pierda el transeúnte el anhelado contactocon los vietnameses...
Democracia es tranvía. Por un papelito que no vale nada se va depunta a punta en una gran ciudad, y en el coche que corre sobrerieles andan el obrero y el ministro, el estudiante y lamecanógrafa. Ministros tal vez no, pero sí el médico, el abogado,el novelista. Los tranvías -van dos o tres acoplados- parecenpequeños trenes. Hay horas en que pasan atestados, asfixian, ponena prueba el poder de la mecánica. Pero, ¿qué sería de estasciudades sin ese recurso? Es pueril imaginar que con automóvilespodría aliviarse la situación. Por otra parte, mientras másautomóviles, más diferencia de clases. ¡Que se multipliquen lostranvías! Y que los otros pueblos lo sepan: por ahí va lademocracia. Democracia es tranvía...
Eventualmente, puede pedirse un taxi, y quizás llegue. Los hay.Los usan los extranjeros, y a veces hasta los nativos. Pero a laópera vamos, y al concierto y al congreso y a los museos y a launiversidad y al parque, como quien va al trabajo: en tranvía. Ynos maravilla ver así, a todo el mundo, en vagón, aligerando,después de todo, la vida ciudadana.
En el paraíso de los iconos
En Bucarest, a la vuelta de cada esquina, un templo de bolsillo,una iglesia de juguete, con las puertas de madera labrada másbellas del mundo. Adentro Madonas, San Jorges, el San Nicolás delas barbas de lino, que apenas asoman la cabeza entre paisajes,casullas, caballos, dragones, lunas y soles de plata repujada. Encandeleros de mil bocas, velas delgadas -lápices de cera-. Losfieles las encienden entre la memoria y la esperanza. Así lohicieron los padres de los padres de sus padres, y así lo reclamauna fe puesta en un futuro de tinieblas deslumbradas. Lospatriarcas que vemos en la calle -cofias negras, sotanasnocturnas-, en la iglesita entran y salen por las puertas deliconostasio -todos de seda, todos de oro- como aparicionesmísticas. En estos santuarios ortodoxos van entretejidos Oriente yOccidente como la carne y huesos en el hombre, como el cuerpo yalma en el cristiano, como la ficción y la realidad en el mundo,como el aire y la luz en el ambiente.
¿Cabrán cuarenta, cien personas en un templo? A lo mejor sí, alo mejor no. No se trata "de ir a misa" en muchedumbre, de entrarantes de que alcen, de salir con la bendición. El rumano entra ysale, desfila, coloca unas flores, enciende una vela, besa la platalabrada de la Madona, los pies de plata de San Nicolás, la cuna deplata del Niño Dios, o besa sencillamente las alfombras del suelo,y de rodillas se echa bendiciones de cruces griegas: la mismadistancia de arriba hacia abajo que de hombro a hombro. Cada cuallleva consigo su propio misterio, su angustia o su ilusión, salepor unos cuantos minutos del mundo, y al volver a la calle caminacon un disimulo: como si no hubiera estado en conversación con sussantos...
Cuando la iglesita está en medio de un jardín, las flores deBucarest se dan mejor. Hay alguna mano que las riega, las cuida,las limpia, para que todos las contemplen. El pórtico es decolumnas de piedra labradas como los altares barrocos españoles.Columnas floridas de la base al capitel, y en los capiteles,pájaros, guirnaldas, el caballero que alardea, el dragón, lamística floresta imaginaria. Antes de entrar al templo, quien lovisita se encuentra en un balcón que tiene el toque de la linternamágica. Mirando al techo verá en colores ángeles y querubines, elSol, la Luna y las estrellas, el padre eterno bajo el arco iris...y, colgando, canastillas de plata con lucecillas en vasos rojos.Todo lo cual es nada ante las puertas de madera desnuda, sinbarniz, labradas con la misma perfección que los marfiles en lastapas de los libros de horas. Se empuja una de las alas de lapuerta y se entra a volver hojas en el libro del misterio.
Adentro, son las paredes y las bóvedas pintadas, y las series deiconos, enormes, donde la plata alunada brilla a la luz de lasvelas. Alfileteros de cera que son como cabezas en llamas. Por losiconos corre a veces un viento de poesía para mover al másincrédulo. La Trinidad de Pirvu Pirvescu sería ejemplarincomparable. Esta Trinidad, la bien amada en los templosortodoxos, es la de la Philoxenia de Abraham, o la Cena de Mamvri:tres ángeles se sientan a la mesa, las alas apenas desplegadas.Vuelan, sí, y se detienen, las manos sobre la cesta de frutas,sobre las copas de oro. Las tres cabezas se inclinan, las tresmiradas se pierden en el vacío y lo llenan de ternura. En punta depies camina por el aire la gracia bizantina. Los colores, apenasdesteñidos, mantienen la gracia antigua.
Cuando estamos dentro de la iglesita -una de las tres másvecinas al Hanu-Manuc donde nos alojamos- vemos un grupo defeligreses que rodean al sacerdote. Sobre una mesa, cestas detortas, un gran plato con arroz de leche y canela espolvoreada, ymuchas otras delicias que se bendicen. Nueve días después de queocurre un funeral, la familia da una cena para los parientes yamigos, y lo mismo hace en varios aniversarios. Eventualmente,puede ser una gran cena extensiva a los pobres.
Un amigo nos explica: "Nosotros no atacamos a la iglesia. Lareligión está destinada a ir muriendo de muerte natural. De eso, yano habrá nada en el futuro. Pero las iglesias han de quedar comomuseos. Son testimonios de un arte que ha llegado a producir obrasmaestras, y por eso hay que conservarlas. Ya hay muchas puertas queestán en los museos, muchos iconos, muchas
|Bibliastrabajadas con perfección por los miniaturistas. Cuando todo estoquede como el testimonio de épocas ya superadas, las iglesiasmismas serán visitadas por los curiosos que aman el arte".
El casco de oro de Poiana-Cotofenesti
El Museo Nacional de Antigüedades de Bucarest tiene un tesoroque se visita en punta de pies. Ahí, por ejemplo, está el casco deoro de Poiana-Cotofenesti, descubierto en 1929. Cuatro siglos antesde Cristo habría en cierta región de Rumania un pueblo deadoradores del sol. El hombre que llevaría, en tan remotas edades,este casco, se vería como un papa con la tiara, como el rey deInglaterra con su corona, tocado de un esplendor divino que dejamudos hoy a los niños de las escuelas cuando llegan a la sala deltesoro. Ellos, con sus miradas todavía de campesinos apenasdesbrozados, se ven a la puerta de oro de la leyenda rumana.
El casco no es sino una parte del tesoro. En la enorme salasubterránea hay platos, brazaletes, anillos, coronas... Un reflejode las joyas de Tutankamon, de alguna sala del Museo del Oro deBogotá, de las riquezas incaicas de Mujica en Lima. Hay un brochecon una cabeza de águila digno de que traten de duplicarlo Cartiero Tiffany. Y estos lujos de todos los tiempos sorprenden hoy, comosorprendieron hace veintitantos siglos. Todavía no ha llegado eldía en que los ojos del hombre miren con indiferencia las joyas deun metal tocado del esplendor solar.
El casco no parece símbolo guerrero sino clave indescifrable delos secretos sacerdotales. Para la guerra está el fierro; para laimaginación, el oro. Ajustado sobre las sienes, y abierto sobre lafrente, este divino tocado muestra en los lados escenas desacrificios propios de todas las religiones antiguas, y delante,bajo una cabellera estilizada en crespos de oro, la segunda frentedel sacerdote -el sacerdote tendría una frente de dos pisos-: sobrela puramente humana estaba superpuesta la otra, con otros ojos,como para ver dos veces a los hombres sometidos al gobiernoreligioso.
El Museo de Antigüedades no es creación socialista, como no loson la mayor parte de lo grandes museos de estas repúblicas. Esteproviene de los tiempos del príncipe Couza -1864- y como está hoy,en flamante palacio, se arregló en 1932: tiempos del rey Carol.Ciertamente, el Museo es ventana abierta sobre el pasado, y esepasado seduce al niño, seduce al hombre maduro, seduce al viejo. Nohay quien se atreva a clausurarlo. Al contrario, el palacio semantiene resplandeciente, con sus pisos de mármol impecables, comoel día en que se estrenó, y aun mejor. Quien llega a esta casaabierta a todos siente que estos lujos son del pueblo y para elpueblo. La teoría comunista se complace no en enterrar el lujo,sino en ponerlo al alcance del común, y no hay arañas de luz tanesplendorosas, ni mármoles y bronces tan brillantes, ni cornisas deoro tan respetadas como en los teatros, las salas de conciertos,los museos... las iglesias... los viejos conventos abiertos alpúblico... o en las estaciones del metro de Moscú. A todo podríarenunciarse, menos al casco de oro.
No todos los visitantes extranjeros llegan hasta el tesoro, untanto recatado, del Museo de Antigüedades de Bucarest. Hay queencontrarlo, o escudriñar con atención las guías. Faltan libros quelo publiquen. Pero esto no quiere decir que al descubrirlo no seadvierta una muchedumbre de rumanos que desde la escuela pasan porahí, y que miran siempre con el mismo recogimiento estas cosas desus antiquísimos abuelos. Los que adoraban el sol. Como si todavíafuera adorable el sol.
Matrimonio de dos pisos
El primer matrimonio -el civil- estaba fijado para las once dela mañana. En el edificio del Ayuntamiento, a la entrada de laoficina del registro, vi tal gentío, que imaginé un accidente. Elaccidente consistía en la cantidad de matrimonios. Centenares deamigos y parientes, que físicamente no cabían en la antesala.Adentro, era la alegre muchedumbre en un mercado común de bodasciviles. Una ciudadana uniformada anunciaba los turnos. Siguiendo ala pareja que iba a casarse, veinte, cuarenta invitadosdescongestionaban el recinto. Cuando se anunció nuestro turno,avanzamos. Casi llenamos el despacho. El jefe del registro -unaseñora de uniforme oscuro y viril, aire militar, cruzada sobre elpecho la angosta banda tricolor- se inclinó levemente y abrió unregistro. Silencio. De un gramófono salió la música de la marchanupcial. Pasada la marcha, leyó por décima vez en la mañana textosque deben ser semejantes a los de todos los países. Conectó denuevo el gramófono. Tomó las firmas. Cerró el acto. Los amigosfueron desfilando para besar a la novia, llevando cada uno un ramode flores envuelto en celofán. Al final, detrás de la novia habíamontaña de flores...
Al día siguiente, a las tres de la tarde, la ceremonia en laiglesia ortodoxa de la patriarquía. Como enclaustrada, en el centrodel jardín que encuadran las construcciones del monasterio, laiglesita estaba vestida para la boda. A la entrada, los padrinosesperaban, cada uno con un cirio de dos metros de alto, grueso comoel brazo de un hombre, adornado con un enorme collar de claveles.La novia llegó, bellísima, vestida de velo azulado. Tres viejossacerdotes de barbas amarillentas los esperaban cerca del altar.Amplias capas pluviales, azules, bordadas de plata. Al fondo,grandes iconos resplandecientes; la Virgen o los santos muestranapenas la cara y las manos pintadas, asomados a su ventana de platarepujada. La ceremonia duró más de una hora. Cantan los viejossacerdotes o los del coro, sin que jamás los guíe ni acompañeinstrumento musical.
El humo perfumado que salía de los incensarios velaba de azul ygris la escena. Constantemente, sacerdotes y asistentes sepersignaban y santiguaban al revés, terminando la cruz de derecha aizquierda, como es el estilo ortodoxo. Esto, eventualmente, muestrael camino en esa dirección inesperada. El libro de los Evangelios,de pesados enchapados de plata, lo besaron primero el novio, luegola novia, manteniendo la frente contra las chapas, con la mano delpadrino, de la madrina, firme sobre sus cabezas. Dos coronas depríncipe, en bronce, fueron colocadas sobre las cabezas de losnovios. Simbolizaban la nobleza de las vidas nuevas que seiniciaban para ellos. Cambiados los anillos, hechos los votos,cumplida la parte grave de la liturgia, comienza la danza. Asidosde las manos, sacerdotes, padrinos, novios, danzan en ronda entorno al altar. La danza se apoya en bellos poemas del profetaIsaías, el más cumplido lírico (con David, con Salomón), Isaías, elque cantó el primer villancico, siglos antes de que nacieraJesús:
El pueblo que andaba a oscuras
vió una luz intensa.
Sobre los que vivían en sombras
brilló una luz.
Acrecentaste el gozo
hiciste grande la alegría...
Porque toda bota que taconea con estrépito
y el manto revolcado en sangre
serán para la quema
pasto del fuego...
La madrina, joven, no alcanzaba a sostener el cirio de sietekilos en este regocijo: entró otra mujer a ayudarla... Llegado elmomento de los últimos avisos, el patriarca tomó la palabra. Habíaconocido de niña a la novia, y en esta misma iglesia sido testigode las luchas, afanes y esperanzas de sus padres, sus abuelos. Atodos los había conocido. Y recordando estas vidas, hacía reír alos invitados, a los novios...
La vieja de Mogosoaia
El bus que sale de la plaza de la Victoria (
|piataVictoriei) nos lleva a un cierto punto en donde se pasa del busurbano al bus rural. Vamos a visitar el Palacio de Mogosoaia,famoso como muestra del arte que impulsó el príncipe Brincoveanu,abriendo para Rumania las puertas del Renacimiento. Como Mogosoaiaestá a unos veinte kilómetros de Bucarest, el camino que seguimoses un avance sobre el mundo campesino. Al bus suben labriegos,mujeres criadas al sol y al viento, repolludas. Llevan en mochilasde red panes morenos de cuarenta centímetros de circunferencia,olorosos a horno y harina. Como el bus va atestado, el roce sociales caluroso, íntimo, popular. De las chozas, bien abrigadas bajosus techos de paja, brotan las flores, y salen las gallinas y losperros. Y la gente, además.
De la parada del bus al palacio del príncipe tenemos que hacer apie unos quinientos metros; ya dorados por el otoño, son unadelicia. Y una enseñanza. En el mismo bus que nos ha traído, veníauna vieja que al parecer sigue la misma dirección del palacio,vieja pobre, forrada en lana desde los pies hasta el cuello,cubierta la cabeza con la pañoleta de todas las estampascampesinas. Lleva en la mano un grueso mazo de flores. ¿Qué hacecon esas flores, por este camino? ¿Adónde las va a vender?
Una enorme carreta, en forma de canoa, cargada de paja ytrabajadores... Un jeep del ejército... En un huerto, ocho, diez,pavos reales, blancos y de colores... Y, adelante, la vieja. Conunas botas como de fieltro, gruesas medias tejidas, y el mazo deflores, y el cielo azul del otoño. Y nosotros, que la seguimos. Alfondo, la vista del palacio. Aparece recortado por la ancha puertaque se alza sobre el enorme espacio de una plaza abierta. A laentrada, una especie de palacete: fue la cocina del príncipe.
Antes del recinto del palacio, a un lado del camino, una iglesiadiminuta. Se levantó para reposo de los despojos mortales delpríncipe. Del otro lado del camino, tres cruces de piedra. La viejade las flores sigue los pasos que se sabe de memoria: va a laiglesia. Se oyen adentro cantos litúrgicos. Seguimos a la vieja. Hatraído las flores para papá Dios. Las coloca donde ha de ser, ypasa a confundirse con las diez o quince personas que siguen eloficio. Como los demás, se acurruca en las esteras, besa el suelo,se echa bendiciones. Todos hacen lo mismo. Todos son viejos. Todosson pobres. Algunas, con la frente contra el suelo, parecen perrostemblorosos. El monje lee cantando, a la luz de un cirio que en sumano sarmentosa sostiene el sacristán. El sacristán, de pelo blancoflotante, largas barbas amarillas, una frente hecha de arrugas yunos ojos vidriados por la luz de la vela, tiene tanto de fantasmacomo de hombre: mitad, mitad. Arrebujados contra las paredes,hechos ovillos humanos, tocados apenas por la poca claridad de lascandelas, todos son iguales, todos hacen lo mismo bajo la mirada deunos iconos ya negros, cerca de la tumba del príncipe. Y traenflores como la vieja, y encienden velas, y arrastran la frente enlas esteras, y se echan y se echan y se echan bendiciones. "Aquíyace... George Valentín, Príncipe Bibescu"... No muy príncipe, peroahí yace.
Salimos a visitar el castillo. Pasa una hora o más. De regreso,damos con la vieja que casualmente sale de la iglesia en esemomento. ¿Se deja retratar? Le explicamos, mostrándole la cámara.Encantada. Al lado de una cruz verde, de piedra, se quedamirándonos. Y nos da luego su dirección en Mogosoaia para que leenviemos el retrato. Sobre las arrugas de su rostro, hecho detierra, sol y viento, pasa la nube de un sueño.
Bucarest - 1968: Plaza de la República
En aquel día de agosto -año 68- la plaza de la República atrajoa todo Bucarest. A toda Rumania. Dicen que había quinientas milpersonas. Hacía meses venía produciéndose un forcejeo dramático enlos países de la periferia rusa. Entre la libertad y el miedo.Rumania, como Checoslovaquia, comunistas tanto o más que Rusia, ymás seguras en su fe marxista, venían aceptando el desafío de lacrítica. Se permitía una cierta libertad de expresión. Era asuntointerno. Esos países se creían soberanos para decidir de su propiasuerte. Rusia encontraba inaceptables gestos de tamañaindependencia. En el fondo, se proyectaba un duelo entre eldespotismo eslavo, mongólico y estas naciones de formaciónoccidental. Todas -Rusia, Polonia, Alemania Oriental, Bulgaria,Hungría, Rumania, Checoslovaquia-, al producirse la formaciónbélica de la OTAN -poder amenazante frente a los países del gruposocialista ruso- habían firmado el Pacto de Varsovia. Así quedabanenfrentadas una Europa Oriental y una Occidental. Lo que no quedabacomprendido en este acuerdo -según los checoslovacos o los rumanos-era la entrega de la propia independencia al poder de los rusos. Elsecretario general del partido comunista rumano, Nicolae Ceausescu,definió la política internacional rumana así: "Cada país comunistaes libre de seguir su propio curso, sin la interferencia o presiónde otras potencias". En el fondo, era el desarrollo lógico de laley fundamental del país: "La República Socialista de Rumaniamantiene y desarrolla relaciones de amistad y colaboraciónfraternal con los países socialistas, en el espíritu delinternacionalismo socialista, promueve relaciones de colaboracióncon países de otro sistema social-político, actúa en organizacionesinternacionales a fin de asegurar la paz y el entendimiento entrelos pueblos. Las relaciones externas de la República Socialista deRumania se basan en los principios del respeto a la soberanía y ala independencia nacionales, la igualdad de derechos y la utilidadrecíproca, y la no injerencia en los asuntos internos".
En febrero de 1968 se produjo el rompimiento académico. En laconferencia de los partidos comunistas, Rumania se retiró por noestar dispuesta a seguir ciegamente la línea soviética. Entendido.A las reuniones siguientes, Rumania no fue invitada. El 20 deagosto, 200.000 hombres de un ejército montado por Rusia, cubrieronel suelo checoslovaco. Esa noche durmieron
-si durmieron-, en Rusia, los miembros del gobierno checoslovaco.Del golpe se había dado noticia a Polonia, Alemania Oriental,Bulgaria y Hungría. En Bucarest se supo cuando todo era un hechocumplido. ¿Qué podría ocurrir al propio país? Rumania estabacometiendo los mismos pecados de Checoslovaquia. ¿Despertaría, alotro día, con 200.000 soldados en casa, y tanques en las calles deBucarest?
No fueron doscientos mil, sino quinientos mil los hombres que sereunieron en la plaza de la República en Bucarest. El mismo día enque llegó la noticia. Y fue el jefe de gobierno quien habló. No lasbayonetas de los rusos. Quienes vieron aquello no lo olvidaránnunca. Rumania condenó, sin ninguna reticencia, el arrasamiento dela independencia checoslovaca. Los quinientos mil rumanos queestaban en la plaza no tenían un fusil. Al otro lado de la rayaestaba Rusia con sus poderes blindados.
De todas las protestas que en el mundo levantó la agresión rusaninguna es tan valerosa como la de este acto cumplido en la plazade la República, en Bucarest. Quizás todavía no se ha hechojusticia a un hecho tan viril, tan elocuente.
Brancusi, el Huevo y la Columna
Al entrar al Museo de Bellas Artes de Bucarest, en el vestíbulo,hay una muestra de Brancusi. El amigo que me acompaña me da laversión del encuentro de Rodin y Brancusi, tal como se cuenta enRumania, y cómo debió ocurrir. Brancusi contaba ya 28 años yllegaba a descubrir a París. Lo primero, la visita de rigor: Rodin.Rodin, en 1904, era el dios. El Picasso de su tiempo, Brancusi, uncampesino sin desbrozar. El maestro fue enseñando al rumanodeslumbrado bronces, mármoles, dibujos. El rumano abría los ojos, ycallaba. ¿Venía a estudiar escultura? Sí. Poco o nada le dijo de suvida. Hijo de un campesino, nacido en una diminuta aldea, Hobita,en medio de las montañas, en las cercanías del monasterio deTismana que como un pájaro descansa sobre el pico de una roca dedonde brota una cascada, Brancusi fue un muchacho vagabundo. Porfuerza tenía que soñar en el monte, la piedra, el agua, el cieloabierto. Ya de 18 años entró a una escuela de ebanistería enCraiova, y descubrió su destino. Pasó a la escuela de bellas artesde Bucarest. De 27 años echó a andar por Europa. ¿Había hecho algo?¿Traía una pieza que pudiera mostrarle a Rodin? Sí, le dijo: "Hetraído una escultura". Y de una bolsa, envuelta en periódicos, sacóuna piedra. La puso en manos del maestro. Era una piedra sacada delrío, pulida por el agua. Un huevo perfecto. Rodin fue en estemomento quien se quedó mudo. El viejo comprendió. Descubrió en elcampesinote algo. Dos años después, Rodin propuso a Brancusi quetrabajara con él. ¿A quién otro pudo ofrecérsele oportunidad mejor?Brancusi, tímidamente tenso, declinó la invitación. Por sobre todatentación, defendía su independencia. No iba a trabajar connadie.
Brancusi figura en todos los museos del mundo, pero sobre todoen el de arte moderno de París. En éste está la reconstrucción desu taller, una cantidad de esas obras que todos conocemos, y laclasificación, tal como se lee en la guía: Brancusi, escultorfrancés, nacido en Rumania. Visto Brancusi en este museo deBucarest se rectifica: Brancusi, escultor rumano que vivió enParís, sin entregarse. Porque no fue únicamente la tentación deRodin: fue la de los cubistas, la de Picasso, la de todos losrevolucionarios que no pudieron llevárselo. El huevo del primer díalo explicaba todo: ahí estaba "el embrión, el núcleo, el huevooriginal, el óvalo ideal y concreto" de donde salieron bronces ymármoles y pulidísimas figuras espaciales que a distancia denunciansu arte. Brancusi fue como la primera piedra que enseñó a Rodin.Como si él mismo hubiera sentido la lengua del agua, la de lacascada del monasterio de Tismana, lamiéndolo, convirtiéndolo, deun canto rodado de las peñas, en ese huevo que habría que ver alfondo de un remanso, en el lecho de un río. El campesinote quellegó a París a comienzos del siglo había hecho todo el camino, dela montaña brava a la perfección del óvalo ideal. Todo esto quedareunido en un monumento de cierto cementerio de París: la tumba deladuanero Rousseau: allí está esculpido un poema de Apollinaire y laQuimera de Brancusi, tallada al hacha.
En los Cárpatos rumanos, en Torgu Jiu, adonde sólo van losrumanos, se conservan como gran tesoro del arte unas cuantas obrasque sólo se ven o allí o en las páginas ilustradas de todas lashistorias del arte moderno. Son obras que sólo están bien en TorguJiu, porque ésa es la comarca de la infancia de Brancusi. Seerigieron cuando, al final de la primera guerra mundial, había quecantar en alguna forma a los soldados del país cuyas vidas fueronarrasadas. Las obras son talladas en silencio y esperanza. Quien nolas recuerde, búsquelas en algún libro. Es ahí donde la simplicidadde Brancusi se expresa con acentos más callados y más hondos. Lamesa redonda del silencio -esa mesa piedra que apenas se levanta dela tierra entre un círculo de doce sillas de piedra (parecen dosmitades de huevo que se unen por los extremos)- es, en un rincóndel parque, la invitación a callar. Luego, la Puerta del Abrazo,arco del triunfo fraternal, sin ninguna figura que rompa la bellezatranquila. Pero sobre todo, la famosa Columna de la GratitudInfinita, en acero dorado. Es la columna anti-Trajano. En la deTrajano quedó labrada la historia de la conquista de Dacia por losromanos: los moldes de esta parte de esa crónica monumental sepueden ver en el museo de Bucarest, y los tiene en la memoria todorumano. La columna de Brancusi tiene la fineza de un surtidor, esel tornillo sin fin de la esperanza. Girando en la vara dorada, seadelgaza la ilusión, se proyecta hacia el infinito. Es laindependencia del rumano no conquistado ni por los antiguospoderíos, ni por las nuevas tentaciones.
Regreso al silencio
Un montañero salido de las tierras crudas de Rumania llegó a lacapital del mundo. A fines del siglo, cuando se preparaba laexposición universal. Eiffel había terminado la torre de fierro yel tricolor flotaba más alto que nunca. Culminaba el más orgullosode los siglos: se iniciaba la edad de las máquinas.
Del espectáculo que tenía a la vista, recibía, el recién venido,impresiones muy distintas de las que asaltaban a los otrosvisitantes. En su alma llevaba una carga de silencio y paz quecrecían más cuanto mayor era el ruido y agresiva la carga delprogreso. Los tres puntos de referencia que a todos se imponíanprovocaban en él extrañas reacciones. Primero, el Arco del Triunfode las guerras. Cien nombres de generales aparecían grabados enmármol y saltaba a la vista el grito de una Marsellesa de piedradesatando el huracán de los combates. Del Arco partía la másflamante de las avenidas por donde desfilaban las grandezas de estemundo, hasta llegar al
|Rond-point. Luego en el centro de laplaza famosísima, el Obelisco. Lo había traído Napoleón comoseñalado trofeo de las campañas de Egipto.
Durante cuarenta años, todos los días vio el montañero deRumania el Arco, el
|Rond-Point y el Obelisco. Durantecuarenta años creció en él una oposición callada, enfrentamiento desu cultura de los montes a la cultura de la metrópoli. Oponía sucultura del silencio a la del ruido. Su cultura de la paz, a la dela guerra. Veía cómo los otros hacían coro a la fanfarria marcial,al mundanal ruido, transformando en un culto su cultura. El semovía en sentido contrario. Una puerta al amor, una mesa redondadel silencio, la columna del ideal infinito... Monumentosimaginarios para levantarlos en verdaderos Campos Elíseos dondesólo se oyera el rumor de las aguas, de las hojas en el bosque.
El montañero había llegado a la capital del mundo atraído por unescultor genial que renovaba entonces las grandezas de Miguel Angelcon ingredientes sacados de los temerarios desafíos de la nuevaera. Sedujo a Rodin el silencio del montañero escultor que bajo suinfluencia había labrado sus primeros mármoles, pero que no seentregaba y acabó tomando un camino inesperado. En el fondo de sussoledades el rumano acariciaba un canto rodado de sus montañas,pulido por las aguas. Quería hacer con el mármol lo mismo que hacenel agua y el viento...
A los sesenta años, el montañero se había hecho famoso en elmundo y regresó a Rumania. Jamás acabaremos -dijo- por reconocercuánto debemos a la tierra, que nos lo ha dado todo. El montañero,Constantino Brancusi.
En Jobitsa todo es así
Cuando Brancusi, el de la barba gris, regresó a su casa deJobitsa, que no veía desde niño, encontró que todo había cambiado,que todo era igual. Ya no estaban ahí sus padres, pero no había queir muy lejos para leer sus nombres en dos cruces. En Jobitsa, lacasa, las tejas, las columnas, las puertas, la silla, la mesa, lacama, la cuna, el piso de los cuartos, el huso, la cuchara, lacarreta, la iglesia, el cofre, la caja del muerto... todo es demadera. Vienen los inviernos y todo lo cubre la nieve. Llega elcalor, brotan las flores y la casa desnuda, con su madera sinpintar, sigue teniendo el color de las piedras de Jobitsa, de laceniza y los huesos, de la piel del burro y el pecho de lapaloma.
En torno a Tirgu Jiu, la ciudad más vecina al caserío deJobitsa, están grandes fábricas de cemento y uno de los centros deproducción de energía eléctrica más importantes de Rumania. Surgenconstrucciones imponentes multifamiliares. Pero la ciudad vieja sepreserva, y como en la casa de Brancusi, allí todo cambia y todo esigual. Yendo por la calle que va al puente, nos cruzamos con uncortejo. Adelante, una banda de música -un tambor y cuatro cobres-abre la marcha. Luego, una cruz de plata y el sacerdote y susacompañantes de negro y plata. Sobre la cama de un camión abierto,entre coronas, el muerto. La caja destapada, la cara descubierta.Todos podían verlo y decir: ahí va Alejandro, o Constantino, oJorge... Se quitaban el sombrero. Sin abrir los labios le decían:"Adiós". El muerto llevaba a los pies el sombrero. En la iglesia,simbólicamente, le habían desatado el lazo que, en la noche, leataran a los tobillos. Detrás, los familiares. En la casa quedabauna bandera negra. Tirgu Jiu es así. Como hace doscientos años,llevan a los muertos de esta manera. Las fábricas, en plenaproducción, crecen en el vestíbulo de la ciudad.
Brancusi se movía silencioso entre el recuerdo y la pujantepresencia de un futuro inmediato. Cerrando los ojos, al tacto,repasaba él, con los dedos, cuanto acababa de acariciar con lamirada. Encontraba en el labrado de cada puerta, de cada columna,de cada cofre, una geometría -círculos, estrellas, rombos, dientes,flores...- que recogía en lenguaje de siglos los sueños del pueblo.Hasta en las cruces colocadas donde reposaban los huesos de suspadres, estaban labrados los maderos con las mismas marcas desiglos, tocadas de eternidad. Son cruces labradas como se labranlos yugos para los bueyes. En Jobitsa todo se acerca, desde lafaena cotidiana hasta el paso al otro mundo. Forman parte de lafamilia el perro, las gallinas, el buey. Las huellas de lostrabajos y los días van dejando marca en la madera. Brancusipensaría que también en la piedra o en el bronce podrían señalarselos hechos y esperanzas de su pueblo. Así fueron naciendo suscreaciones, como en la cuna de tablas en que lo arrulló sumadre.
Tres momentos del genio
Si estando usted en París abre cualquier enciclopedia o historiadel arte, encontrará siempre, al llegar a la obra de Brancusi, tresilustraciones: La Mesa del Silencio, la Puerta del Beso y laColumna Infinita. Y la falsa indicación biográfica: Brancusi,escultor francés, etc. Lo que haya de francés en Brancusi es apenaslo que cualquiera que haya vivido en París tenga de francés. Fuetan rumano como Picasso español. Y en cuanto a las tresilustraciones -síntesis y culminación de cuanto hizo Brancusi-corresponden a unas obras que, para verlas, hay que cruzar a Europade un extremo al otro y llegar a Tirgu Jiu, en el corazón deRumania, muy lejos de la capital.
Esas tres obras de Brancusi sólo han podido situarse dondeestán. En cualquier museo o jardín de Europa o América resultaríanincomprensibles, sofisticadas. En Tirgu Jiu se les ven las raíces,están en su ambiente, y aunque apenas nacieron allí en 1938 pareceque estuvieran allí siglos, como si un genio del pasado más remotolas hubiera previsto.
Hay en Tirgu Jiu, a la orilla del río, un bosque. No es muygrande, pero adentro se olvida que hay una ciudad en torno. Seabrió en el centro una avenida que sólo tendrá cien o doscientospasos de largo pero que, andando despacio, se puede caminar enmedia hora. A la entrada está la Puerta del Beso. Una puerta,sencillamente. De dimensiones humanas. En rigor, la puerta delParaíso. El marco, geométrico, de líneas rectas. Todo en piedra detravertino, levemente dorada. Quien no sepa de amor no pase poresta puerta. El beso mismo es una abstracción, un jeroglífico. Comosi se hubiera esculpido con los ojos cerrados. Un círculo deeternidad. El arte rumano sabe de la abstracción desde tiempospasados. Los arquitectos vienen representando de siglos la trinidadde su religión y los tres reinos en que se fundió la nación, con uncordón de piedra que se anuda a lo largo de las cornisas, en lostemplos...
De la Puerta del Beso se va por la calzada de las butacas haciala orilla del río. De un río que sólo se ve a través de losárboles. En el extremo se ha pulido un espacio circular, y en elcentro, la Mesa del Silencio y sus doce butacas. Como si lospersonajes que allí se hubieran reunido se hubieran ido hace veintesiglos y sólo quedaran flotando en el aire unas palabras: La paz osdejo... Sobre un cilindro de piedra que sobresale un palmo de latierra, la tabla redonda, de la misma piedra, gruesa, pesada. Lasdoce butacas, muy bajas -medias naranjas unidas en la misma formaque las ampollas de un reloj de arena-. Nada, absolutamente nada.De esa nada se desprende un silencio religioso que se ve crecer ypone a distancia infinita el rumor del río que se pierde, sealeja.
La columna está apartada. El eje que la une a la mesa y a lapuerta es ideal. Catorce inmensos rombos se adelgazan en el aire,uniéndose como en las columnas de las casas, en las cruces delcementerio, en los balaustres de las barandas de los corredores. Sealza la columna en el centro de un espacio circular -árboles entorno-, ligeramente curvo como el casco de una esfera. Metálica,como de bronce, la columna sin ningún pedestal, el primer mediorombo, a ras de la yerba, se alza al infinito. La sucesión derombos toma formas inesperadas en cuanto se mueve la luz o cambiael punto de observación del visitante. Tiene treinta metros dealtura. Parecen ciento. Es un prodigio que se sostenga, siendo tanfina. Tiene en el interior una vara de acero...
Hacia el otro Danubio
Un Danubio lo conocemos todos; es azul y bailable, con aire devals. Ahora se trata del otro, más profundo, bárbaro; el de laspuertas de hierro. Para verlo hay que cruzar media Rumania. Elotoño está de azul y oro. Hacemos trescientos y tantos kilómetrosde llanuras. Luego, nos acercamos a regiones grises, onduladas. Latarde amortigua la luz. Todo, muy bien, para anticipar la gargantade las montañas que estrechan el paso del río. Si el día se tornagris es pura coincidencia. Pero, para quien va cantando por dentroun Danubio Azul, la sorpresa es notable.
Además, hay que moderar la marcha. El vals está en los giros yondulaciones de la ruta. Hay, a cada vuelta, la posibilidad de loimprevisto. Avanzan perezosas enormes carretas campesinas cargadasde heno, tiradas por caballos flacos de paso lento, por yuntas debueyes. En los repliegues de las colinas se forman fantasmas deniebla. Cuando bajan al camino muere la visibilidad. Se corre aciegas, a tientas. A estas horas del año, y cuando aún hay algo desol, la luz amortiguada, los montes que juegan a escondidas sacande sus repliegues el nebuloso grisazul de las leyendas, oponen alazul resplandeciente del otro Danubio, un si es, no es de tristeza.Se camina por otros rumbos musicales.
No hay que olvidar que
|octubre suena a
|cobre.Cuando se dice octubre todo son cobres y músicas de viento en lasmarchas que vienen por el aire. Los árboles, de candela y naranja,forman montes, florestas, tostadas que por estos caminos, sepierden en la niebla. Si por descuido inexcusable caemos en lafalsa tentación de cantar por dentro el vals de Strauss, nos damoscuenta de que este mundo es otro mundo. La imaginación se columpiaen un columpio que cuando está arriba deja ver la realidad que sederrumba, y cuando está abajo, la poesía que se va.
En cierto lugar donde casi avanzamos en línea recta, se ven a ladistancia dos luces. Se bambolean entre la niebla. Las manos quetraigan estas lámparas -si son manos y son lámparas- las mecen comomeciendo campanas, sin premura. Poco a poco la presencia de unarústica invención va tomando forma. Se ve la cornamenta de losbueyes como si los fantasmas avanzaran con cachos y yugo. Crecedesmesuradamente la tolda de la carreta. Las dos lámparas depetróleo, con sus luces amarillas, en los costados, aclaran amedias el misterio que nos intrigaba. Los campesinos, tirados en elheno, hacen su camino al paso de las bestias, menos medrosos quenosotros, con su noche tranquila a la espalda, como sus padres,como sus abuelos, como sus tatarabuelos, que nunca erraron lacuenta de las estrellas y las lunas.
Desde la ventana del hotel, de cara al Danubio, vemos el ríoborroso, de orillas inciertas, todo gris, nada azul. Quizás mañana.Tal vez. Ya se verá.
Las puertas de fierro
Cuando ya el Danubio llegaba a la edad del reposo y laprofundidad -había corrido muchas tierras y pueblos muy diversos-,se volvió loco. Entraba en los Balcanes de historias azarosas e ibadirecto hacia el mar Negro. En la angostura que le cerraba el paso,se tornó como esos ríos de los Andes americanos que corren entrepeñascos y braman en los rápidos. En la lengua de los Sitas sellamó Danubio al río: quiero decir río de la desventura. Subir lasnaves por esa garganta era riesgo mortal. De entonces viene elnombre de Puerta de Hierro que se dio a la angostura del Danubio.Pero como hacia arriba era el camino real para llegar al corazón detantas naciones, por el Danubio subieron "las naves fenicias, lastrirremes griegas, los veleros bizantinos, las carabelas genovesas,los galeones venecianos, los bergantines turcos, las caicascosacas...". Hoy todo esto es arqueología legendaria. Entre rumanosy yugoslavos se construyó una de las represas más grandes delmundo, se contuvo el río, las islas que conocieron turcos, romanos,griegos... quedaron sumergidas, el nivel de las aguas subió doce oquince metros, Rumania sola saca cinco millones de kilovatios delas turbinas que aprovechan la fuerza hidráulica, y se tendió sobreel dique el "Puente de la Amistad". Por ese puente corren losautomóviles entre Rumania y Yugoslavia.
Quien primero respondió al desafío del Danubio fue un españolque llegó al trono del Imperio Romano. De él han quedado descritas,en la columna más famosa de Roma, hazañas increíbles. Trajano llegóa este lugar hace 1.870 años. Llevaba con él al ingeniero Apolodorode Damasco, y decidió hacer un puente para atravesar el Danubio.Apolodoro lo hizo. Tuvo el puente mil trescientos metros de largo,y sirvió por más de dos siglos a los romanos. En menos de tres añosse concluyó esta obra que hoy nos parece increíble. Las patas decada arco eran de aquellas piedras que colocaban semejantesconquistadores para que las respetaran los siglos, y sobre esaspatas se apoyaban con perfección geométrica las semicircunferenciasde madera, trabadas con toda solidez, para cargar con las enormesvigas, unidas como las piedras de una calzada.
Eran aquellos tiempos duros en que los emperadores, ellosmismos, hacían las campañas en países remotos, y ésta, de Trajano,por las tierras que integran hoy el Estado rumano, explicaría porsí sola su fama legendaria. El "triunfador Trajano, ante quien mudase postró la tierra". Vista ahora aquella empresa, pasados lossiglos que han pasado, crece por el milagro de que haya un puebloque hable en una lengua tan latina como el español en el centro delos Balcanes, tan eslavos, tan griegos y tan turcos.
El imperio político romano fue efímero -apenas dos siglos-.Cuando se vio que conservar el puente era exponerse a los ataquesenemigos, lo quemaron los mismos romanos. Para eso los arcos erande madera. Lo quemaron, o echarían las vigas a la corriente paraque se las llevara hasta el mar. Sólo han quedado en pie unosestribos que el visitante mira pasmado, y un modelo del puente enel museo. Eso basta para saber "cuánta fue su grandeza y es suestrago".
El chofer humanista
Del Danubio hacia los Cárpatos, la Rumania que se ve está comocalculada para un chofer humanista. La circulación nunca es pesada,los automóviles individuales, muy pocos. Sólo se ven lentoscamiones gigantescos, tractores, autobuses. En estascircunstancias, las dimensiones humanas se conservan. El chofertiene que estar atento al gato, al perro, a la gallina. Si, depronto, hay que usar de los frenos, es para no matar a un caballo ouna vaca que cruza la carretera o respetar la fila de gansos que vade un lado al otro con su andar de obispos. O la vida del pavo queno ha de morir antes de Navidad. Si los gansos pensaran, pensaríanque la carretera fue construida por el gobierno para que ellostuvieran un paseo. Si el campesino pensara, pensaría que la cintade asfalto se tendió para comodidad de los bueyes o del caballo quetira su carreta.
No miden los kilómetros piedras clavadas por los ingenieros,sino pozos que a todo lo largo del camino forman el acueductotradicional. Son casitas para sacar el agua, con techo de tejas debarro, pintados por dentro con escenas bíblicas -Jesús y laSamaritana, San Juan Bautista, la Madona... -. El balde, la cuerday el torno de que se sirven todos los vecinos vienen de siglos.Como se suceden los pozos y los pozos, se suceden las cruces consus tejados de dos aguas e imágenes del Crucificado. Están ahídesde que Rumania existe.
Los pueblos siguen siendo como fueron. La torre muy alta de unaiglesia ortodoxa marca el centro de cada aldea. Todo el mundodesfila por la iglesia, besa los iconos, toca el suelo con lafrente, enciende velas, se echa muchas bendiciones... y saletranquilo. Todos los rumanos, a pocos días de haber llegado almundo, fueron llevados a esa iglesia. Quienes se casan reciben allíla bendición. Los que mueren -desde el padre del presidente de larepública hasta el último campesino- pasan por ahí antes de que loslleven al hoyo. En la tumba quedará marcado el nombre del difuntoen una cruz.
La claridad de la región es la del Mediterráneo. La casa seconstruye, más que para habitarla, para tener un balcón, unmirador, una
|loggia para ver caer o levantarse el sol, ocontar las estrellas en la noche. Para tener un jardín colgante,cargado de geranios. Una casa, sin ese belvedere, no es casa.Además de los gansos y los pavos, de la carreta y de la mujer queva a sacar agua del pozo, pasan por la carretera las viejas y losniños. Los niños, a las horas de entrar o salir de la escuela,forman menudas muchedumbres de colores, todos bien vestidos, consus maletitas cargadas de cuadernos, lápices, cartillas...disciplinados en medio de su desorden para no exponerse al paso delas máquinas. Las viejas solitarias no se cuidan tanto. Caminandespacio y son de mucho bulto. Siempre con las pantorrillas bienforradas en medias de lana y el pañuelo sobre la cabeza, anudado alcuello. Nadie sabe si son gordas. Deben de serlo. Las faldas y lasfaldas y las faldas y las blusas y camisetas y chaquetas y sacos ypañolones las convierten en un gran repollo de cuero, lana y lino.Si se desnudan del todo al entrar en el lecho -¡quién va asaberlo!- dejarán al pie de la cama un montón de paños y trapos,más grande que el bulto que vemos moverse por la calle.
Siempre, al salir de cada pueblo, se ve una casa inmensa, de másde una cuadra de frente, con chimeneas y rasgos de fábrica. Si elchofer sabe, nos dirá que ahí se fabrican telas, o cemento, oautomóviles. Esto jamás lo dice ninguna leyenda. El visitantepiensa que son fábricas de política, pues invariablemente seanuncia en grandes caracteres:
|Triasca Partitul ComunistRuman (Viva el Partido Comunista Rumano).
Trinidad con ángeles
Venir a una república comunista y entregarse a visitarmonasterios parece una experiencia paradójica. Pero Rumania esRumania y sus monasterios. Tres millones de turistas llegaron elaño pasado, y contados serían los que no entraran a una iglesia aver iconos o no fueran a Moldavia a los monasterios. Esto, elestado no lo ignora, y sería insensato de su parte acabar con estameca del turismo. En Moldavia, el monasterio explica la historia yel espíritu rumanos. Un monasterio es una fortaleza. El vastocuadrilátero que sirve de marco a la pequeña iglesia toda pintadaque está en el centro es una muralla, con sus torres de defensapara los cañones, galerías para la guardia militar y ventanitaspara arcabuces y fusiles. El príncipe dedicaba la iglesia a Dios y,de paso, montaba las defensas para enviar al otro mundo a turcos,eslavos, húngaros o enemigos locales. Quedaba bien con este mundo ycon el otro. Esteban el Grande tuvo unas cuarenta victorias, y paracelebrar cada una fundó un monasterio... con cañones. Hoy puedenvisitarse muchos de los monasterios y ver en cada uno, al centro,como un huevo de Pascua, la iglesita pintada con las mil historiasde la historia sagrada. Pero no hay que ver sólo por fuera estosmonumentos únicos del arte universal.
Se entra a la iglesita, y hasta donde el humo de las velas no haoscurecido mil imágenes que no dejan sin escena pintada un palmo delas paredes, todo semeja un cofre de estampas de colores, el másprodigioso que pueda nadie imaginar. Son las escenas que lleva pordentro el pueblo rumano. A lo largo de cuatro siglos no ha dejadode hojear un solo día esta Biblia iluminada en el claustro de sualma peregrina. La luz que llega a la razón del campesino sequiebra como un arco iris y lo llena de gracia. Cuando digo milesde imágenes, no exagero. La iglesia es en las paredes del interioruna colcha de retazos. Tiene tres cuerpos: el prona, la sala de losmuertos y la nao donde está el iconostat, tras el cual el sacerdotecelebra la parte más misteriosa de la misa. En sólo el prona suelepintarse todo el calendario, es decir, trescientas sesenta y cincoimágenes con las vidas del santo del día. Para hacer un experimentopráctico, busqué en Voronest el 6 de diciembre, y ahí estaba SanNicolás -el santo de ese día- haciendo un milagro. Un San Nicoláscomo sacado de un ex voto.
Entre las bellezas de estas caudalosas colecciones de iconos unade las que siempre hay que ver con la atención que impone un toquede gracia es la Trinidad. La Trinidad en estas iglesias ortodoxasno es la del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo del culto católico,sino la Trinidad presentida en los primeros libros del ViejoTestamento: Abraham ha invitado a sentarse a su mesa a tresángeles, que aparecen compartiendo la divina hospitalidad. Losdueños de casa -Abraham y Sara- aparecen atendiendo los asuntosdomésticos. El pintor no se complicó la vida tratando de darleforma al gongorino misterio con el Padre de respetables barbas enlas nubes, la paloma resplandeciente en el aire y abajo elCrucificado. Le bastó presentar en íntimo banquete a los tresinvitados con sus alas de plumas irisadas, los rostros de bellosángeles morenos y las seis manos animando el diálogo de la pequeñamesa redonda. El anuncio que cada cual lleve en la mente apenas siroza sus frentes con el misterio que complica la historia en elNuevo Testamento.
Por el hilo de esta Trinidad, el curioso visitante se encamina alas moradas de la religión ortodoxa cuyo primer capítulo pareceestar en el viaje de tres Reyes salidos del Oriente Mágico paraadorar a un Dios Niño, recién nacido. Los guiaba una estrella...Otra trinidad simbólica.
Los monasterios de Moldavia
Si se está en Bucarest y se quiere tocar el cielo con las manos,tendrá que hacerse un largo viaje. Primero, ir en avión -si aviónse encuentra- a la antigua capital de Moldavia, Suceava: más decuatrocientos kilómetros. Y de Suceava, por malos caminos, enautomóvil, llegar a Voronet -más de cien kilómetros-. En Voronet,se toca el cielo con las manos.
Hace quinientos años, Moravia era un hervidero de guerras. Lospríncipes de la región o tenían que hacerles frente a los turcos, oa los polacos. De cada victoria brotaba un monasterio. Una iglesitade colores, suspendida entre los montes, como lámpara japonesa.Pintada toda por fuera, con tejados de amplios aleros para defenderlos frescos de los únicos enemigos visibles: el viento, la lluvia,la nieve del invierno, el sol del verano... Y los frescos hansobrevivido por los siglos de los siglos. La iglesita de Voronet laconstruyó Esteban el Grande unos cuantos años antes de que Colóncruzara el Atlántico. Acababa de vencer a los turcos, y ordenóemprender la obra en el mismo lugar donde el monje Danilo habíavivido en una ermita de madera. La iglesia del triunfo sería depiedra. En medio de los montes. Pequeñita: veinticinco pasos delargo, diez de ancho. Adentro, cabrían el príncipe y sus familiaresy caballeros. Pero sobraba entrar. Toda la novela mística, desdeAdán con el arado comenzando a romper la tierra, y Abel segando eltrigo y Caín mirándolo con recelo... hasta el juicio final...pasando por todas las peripecias de las vidas de los santos, losdolores y gozos de la Virgen, los padecimientos de Cristo, lasluchas de los ejércitos celestiales, las tretas del diablo, lavictoria de San Jorge, el árbol genealógico de la Virgen -cada unode sus lejanos abuelos, hasta David, parados sobre el cáliz de unaflor-... todo, todo coloreado, dibujado con simplicidad mayor,vecina a la imaginación de pastores y campesinos... Como esoscofres pintados en donde se guarda la ropa perfumada, en lascabañas... Todo, todo a la vista. Bastaba detenerse a ver laiglesita, y las paredes desataban la lengua, contando historias quenunca terminaban. Que no han terminado. Han pasado cinco siglos, yquien llega a estos monasterios pintados, a esta iglesita decolores de Voronet, oye la poesía que lo llama, se detiene uninstante, y ya no sigue. Ha tocado el cielo con las manos.
¿Cómo ha resistido a todos los embates del tiempo esta pinturade cinco siglos? Desde luego, son los azules del fondo fraangélicosque sostiene los oros de las aureolas, poesía obligada de todas lasleyendas. Se hicieron con lapizlázuli. Pero hay aún secretos queahora se investigan para explicar lo menos importante de todo: latécnica de los divinos artesanos. Lo bueno no es saber la fórmulade la pintura. Sino ver el grupo de los turcos asombrados con suscaras feroces, el despotismo pintado en los ojos, el silencioapretándoles los labios, la pompa inútil en sus trajes de flores,en sus gorros de cucurucho, como pasteles de trapo. Ver al ángel dela trompeta que anuncia el juicio, las alas de iris, la túnicaverde y azul, la cara morena entre el círculo de oro. Santo Tomás,y todos los apóstoles, cada cual con su rollo o libro en la mano,sentados en el escaño más rico, forrado con tela de flores ogeometrías rosas, celestes, verdes, marrones... las túnicasplegadas a lo gótico... los rostros, las manos, los pies morenoscomo los montañeses de Moldavia... y detrás, en la tribuna, lamuchedumbre de los ángeles, las alas de plumas multicoloresplegadas, cada uno con su lanza en reposo, y las aureolas que sepierden en la distancia en un mar de oro.
Si alguna vez en el mundo una iglesita se vistió de fiesta,cuento y encanto, fue en Voronet de Moldavia. Aquí se echaron avuelo las sagradas historias. Y se produjo el milagro de que ni laluz, ni el agua, ni la nieve, ni el sol, ni el verano, ni la noche,ni el viento, ni el tiempo, ni el olvido echaran a perder esaspáginas pintadas en el corazón de los montes de Rumania por unosprimitivos.
La Sixtina de Voronest
Este es el otro Juicio Final. Se dice en los libros de arte "LaSixtina de Oriente", y está bien: Oriente es la palabra. Quizás nosentusiasma más éste que el propio Juicio de Miguel Angel: cuanto enMiguel Angel es de espanto, en Voronest es de encanto. El terriblereparto de quienes llegan al Tribunal para caer en el infierno osubir al cielo, se hace en Roma en el interior de la Sixtina,cuando el Renacimiento llega a su apogeo. En Voronest todo es alaire libre. El enorme mural que cubre el frente de la iglesiadespliega todos sus azules -infinitamente azules, con la luz deldía-, y dora todos sus oros bizantinos al atardecer. El anónimopintor se quedó con el Giotto de Asís, con Fra Angélico, a pesar deestar pintando poco antes que Miguel Angel. Su arte había salido demisales y evangelios caligrafiados por los monjes, donde veía enminiatura escenas de la Pasión, nacimientos, resurrecciones, por elojo de una letra de oro, florida.
La puerta para entrar a la iglesia es pequeña y está en uncostado. Así, todo el frente, siendo la iglesia pequeñita, debolsillo, es un inmenso muro iluminado. Como el frente, loscostados, el ábside, hasta la torre, pintados con cientos deescenas bíblicas. Quien se acerca a la iglesia, desde fuera, loestá viendo todo. Sin necesidad de entrar, pueden pasarse los díasy los meses siguiendo en esta Biblia de imágenes de colores cuantopueden enseñar la pasión y los martirios, los nacimientos y lasresurrecciones, los adormecimientos y las batallas de San Jorge.Como no lo enseñarán nunca los textos ni los sermones.
El Juicio Final tiene lugar en Voronest, no en Josafat. No haysino que ver los trajes de las gentes, y los turcos echados al ríode fuego, a las aguas coloradas de todos los diablos, en compañíade papas y monarcas cismáticos. Todos, con el mismo turbante. Latrompeta que anuncia la resurrección de los muertos no es la deplata que otros acostumbran para estas representaciones, sino el"bucium" de los pastores, largo como el cuerpo de un hombre, cuyoson es familiar a los rumanos. La mano del Padre Eterno, quesostiene la balanza donde se pesan las almas, está ahuecada con unamanotada de almas inocentes sacadas del limbo. Vuelan a lado y ladode la balanza dos viejos, hombre y mujer, como pájaros de otrasedades: Adán y Eva. Como padres de la humanidad, fueronperdonados...
Más que por contraste con el Juicio de Miguel Angel, el deVoronest -y los muchos de los otros monasterios pintados-,deslumbran por su ingenuidad en esta página de azules y oros, aquienes vienen de las catedrales góticas de Europa. En esascatedrales, a la entrada, sobre la puerta principal, hay un juicioesculpido en piedra, en un nicho, fatalmente oscurecido por eltiempo, apretado por las exigencias de la arquitectura, sincolores, sin dorados (si alguna vez los tuvieron). Este de Voronestes un cuento oriental, genialmente distribuido en muchas escenas,con grupos de patriarcas y santos aureolados, Abrahames que llevanen el canto cantidades de almas, profetas sentados en un banco demosaicos orientales, como viejos atentos al resultado de su obra.El Padre y el Hijo y el Espíritu Santo y la Madona, cada cual en sulugar, esperan, mientras se cumple el apocalíptico, escalofrianterito de despertar a los muertos.
Entre las cosas buenas de estos juicios finales de losmonasterios de Moravia hay que apuntar lo que primer salta a lavista: que en nada se parecen al romano del florentino MiguelAngel... Ni a los de las catedrales góticas. Su único parentescohabría que buscarlo en Fra Angélico... que tenía mucho deoriental.
La flecha del gran Esteban
Como todos los guerreros de muchos siglos, Esteban el Grandehabía puesto a su servicio a la Divina Providencia. Cada vez queganaba una batalla, daba gracias a Dios por haberle servido comobuen aliado. Y le erigía un monasterio. 36 batallas, 36monasterios. El de Putna sería uno de los predilectos suyos, puesahí reposan sus huesos. Esteban fue el Sol de Moldavia. Pensabanque lo harían santo canonizado. Esteban dio la batalla más grandecontra los turcos, cuando ya los de la media luna habían convertidoen mar turco el Negro. El Papa lo felicitó emocionado. Siempre,para escoger el sitio en que debería erigirse un monasterio,Esteban subía a la punta de un cerro y disparaba su flecha. Laflecha volaba a alturas increíbles. Donde caía, quedaba señalado ellugar para el altar de la iglesia. En el caso de Putna, si hubieradisparado en otro sentido, el monasterio, o estaría hoy en tierrasde Rusia soviética, o la frontera rumana llegaría más al norte.Yendo hacia Putna elevamos a la vista. Ahí no más, en unos potrerosralos, pedregosos, comienza Rusia soviética.
La devoción que despierta Esteban entre los rumanos correspondea la del gran héroe nacional. Rodeado de enemigos, en los mismosaños en que vivía Maquiavelo y Colón descubría a América, se impusocomo el más batallador guerrero de la cristiandad. En laintroducción al precioso libro de fotografías de Rumania deMariapía Vecchi, resume ella con mucha gracia la política deEsteban: "Contra las expansiones de los vecinos, Esteban aplicó alpie de la letra el precepto de política internacional: Los enemigosde mis enemigos son mis amigos. Contra los húngaros se alió a lospolacos, contra los turcos se alió con los polacos, los húngaros ylos venecianos, contra los polacos se alió con húngaros, losturcos, los lituanos y los rusos moscovitas, contra los tártaros deCrimea instigó a los tártaros del Volga..."
La iglesia del monasterio ha sufrido como corresponde a un lugarque se llama puerta de las tempestades, pero como ahí están loshuesos de Esteban, los tesoros que guarda el monasterio sonfabulosos. Cada vez que han peligrado, los monjes los han salvadoenterrándolos como sólo ellos saben enterrar. El oro no seeconomizó jamás. En las pinturas de Putna era tanto el que se poníaal fondo, que se dice hubo más oro que pintura. Las lámparas de laiglesia son las gigantescas coronas de bronces y oro de los templosbizantinos. Se anudan los encajes metálicos con verdaderos huevosde avestruz. El huevo representa la resurrección y la vida: es lavida que se esconde bajo la arena caliente...
La escuela de miniaturistas formada en Putna dejó en Evangeliosy libros del coro la más bella historia iluminada: se fundenimágenes de Oriente y Occidente. Esos pergaminos y las joyas y losiconos, en el museo en el monasterio, dejan mudo al visitante, perolo que más adorable resulta de estos poemas trabajados por laartesanía monacal son la obras no de la pluma, el buril y elcincel, sino de la aguja. Las capas y estolas encierran, entrocitos bordados con sedas e hilos de oro y plata, escenas de laPasión o los cuadros de la vida de la Virgen y retratos de losdonantes, llevando siempre en la punta de la aguja reminiscenciasgóticas, ensueños orientales, recuerdos italianos del Giotto oCimabue.
Los epitafios son, de todas esas obras de la poesía bordada, lomás vecino al trabajo místico. El epitafio es un mantel en dondefigura el Cristo yacente a cuya cabeza se inclina la de María. Sintender ese mantel sobre la mesa del altar, no pueden celebrar losortodoxos. Y en los epitafios se lleva a extremos de la mayorbelleza la costumbre de seguir el contorno del dibujo con hilos deperlas. Un epitafio, así, prepara a la resurrección entre un nidode perlas. Perlas de Oriente, de Oriente como los magos, la luz delalba, la poesía de los salmos, el arpa de David.
La iglesia de oro
La iglesia de piedra y mármol de
|Los Tres Jerarcas, en elcentro de Iassi, una vez fue de oro. Toda labrada -parece hoy unencaje de piedra-, debió deslumbrar a los turcos cuando llegaron aeste lugar de Moldavia, en plan de bárbaros conquistadores. En elcentro del monasterio se vería a manera de una enorme lámpara deoro, con sus dos torres como dos llamas fulgurantes. Cuentan quelos invasores hicieron hogueras contra los muros hasta derretir eloro, y llevárselo. Apenas dejaron los rastros que aún se ven en losmarcos de las ventanas. Viejas representaciones de la iglesia hacenpensar que hasta las tejas eran doradas. Si en el norte de Moldaviala iglesia de cada monasterio, toda pintada por fuera, se ve aúnentre los montes como una lámpara japonesa coloreada por losángeles, en Iassi, la capital donde fundó su monarquía Miguel elBravo -reuniendo en 1600 los tres principados de Moldavia, Valaquiay Transilvania-, la lámpara tenía que ser de oro. En el principiode ese arte bizantino, el misal, el libro de Horas, los Evangelioslos iluminaban los monjes trasladando versiones de los pasajesbíblicos a hojas de pergamino. Cuando llegó la hora de levantar lostemplos, de esas pinturas tomaron los arquitectos su inspiración.Jamás escuela semejante ha servido para formar constructores connormas parecidas.
Sobre el oro y el arte habría mucho que decir. Se pintabaniconos sobre tablas doradas, y donde la pintura no cubría el fondo,eran las aureolas de los santos, los rayos del sol, o simplementese mostraba a la Madona saliendo de su casa dorada como sueleocurrir en las imágenes de Siena, en Simone Martini, en FraAngélico. En Moldavia de Rumania, en Moldavia de los monasterios,esto toma caracteres orientales. Pudo haber iglesias que fueran,antes de ser pintadas, de oro por fuera y por dentro. En la deIassi se detendría el artífice en medio del camino de lainspiración. Al verla toda de oro, desnuda, labrada íntegramentecomo diadema de la religión, pensaría que así estaba bien. Y sediría: esto ya no es el templo de un monasterio: es la flor delalba en el centro del mundo. Mientras así fue, llegarían de lugareslos más distantes, peregrinos, a ver la maravilla.
Hoy, la iglesia de los Tres Jerarcas, con esta leyenda al fondo,es, a modo de una custodia de piedra, un relicario de mármol. Loúnico que pueden decirnos las gentes del lugar es: "Aquí una vez sevio nacer el sol en la más estupenda de todas las alboradas". O"aquí se derrumbó una época en un crepúsculo radiante". Y esobasta. Hay cosas para ser imaginadas y no vistas.
García Márquez en Rumania
Iassi se considera capital intelectual de Rumania. Antiguacapital de Moldavia, fue la primera ciudad del país en donde huboimprenta, universidad, academia. Su teatro es el mejor de Rumania.
|Convorbiri Literare, una revista que está a la vanguardia enel campo de las letras. Un poeta y novelista de esa publicación meacompaña a ver las cosas de Iassi. Caminando, me habla de GarcíaMárquez. "Si usted lo ve algún día, cuéntele que en Iassi tiene alrumano que más lo admira". La primera edición de
|Cien Años deSoledad abrió el camino, y hoy es la novela más leída decuantas se han traducido de América Latina. La segunda edición,popular, debió de pasar de los cincuenta mil ejemplares. Entramos auna librería. "Quiero -dije a mi nuevo amigo- comprar un ejemplarde
|Cien Años de Soledad". Soltó la risa: no lo encontrará enninguna parte. En tres días se agotó: soy afortunado porque tengodos ejemplares: uno, para prestarlo...
En Bucarest visité al editor de
|Cien Años de Soledad. Conél pude obtener un ejemplar del libro. Es el número 806 de lacolección Minerva, pero pocas novelas han tenido la suerte de éste.Editado con toda pulcritud, la portada es una composiciónsurrealista del pintor Claudiu. A todo color. El volumen, 460páginas. Vale 5 leis. Poco más de lo que se paga por una revistacualquiera.
En la Universidad debía dictar yo una conferencia. Losestudiantes, a una, me pidieron: que sea sobre García Márquez. Elauditorio estaba colmado. Me dijeron: Díganos de su conocimientopersonal: trabajos de crítica, se han hecho muchísimos enRumania... Hablé hora y media. No hubiera sido posible nada mejorpara entrar en contacto con los estudiantes. Uno de ellos estabaparticularmente feliz. Había podido confirmar algunos puntos de quetrata en la tesis doctoral que está haciendo sobre
|Cien Años deSoledad. Como siempre, la mayor parte de quienes me oían eranmujeres. Una de ellas me contó del caso, famoso en el curso, de sucompañera que "había visto a García Márquez". ¡Increíble! ¿Cómo?Fue a Barcelona y se presentó a su casa. El novelista se mostróreticente. "Necesito -le dijo ella- hablar con usted: estoytrabajando en una tesis sobre usted". Le dio informaciones. Loredujo. ¡Habló tres horas con él! De regreso a Bucarest publicó laentrevista. ¿No le parece a usted un milagro?
El profesor Georgescu, que ha movido a todos estos estudiantes aconocer la literatura latinoamericana -ha escrito el mejor librosobre Asturias, y despertado la curiosidad sobre Neruda, Cortázar,Borges, Carpentier, Fuentes, Rulfo, Vargas Llosa... - me hablasobre estudios que han hecho sus discípulos -sobre el tiempo en
|Cien Años de Soledad, o cualquier otro aspecto de lanovela-, y así comprendo cómo el nombre de
|Gabo es el mejorpasaporte que puede presentarse para llegar al corazón de launiversidad en Rumania. Georgescu saldrá muy pronto para Venezuelay dictará cursos sobre el nuevo relato venezolano.
No quedaría completa esta información sin reproducir al menoscuatro, las cuatro primeras líneas de la traducción. Ustedjuzgará...: "
|Multiani dupa aceea, in fata plutonului deexecutie, colonelul Aureliano Buendia avea sa-si aminteasca dadupa-amiaza indepartata, cind tatal sau l-a dus sa faca cunostintacu gheta. Macondo era..."
La doctora Aslan
Visitar Bucarest y no ver a la doctora Aslan es como ir a Roma yno ver al papa. La única diferencia está en que ver a la doctora espoco menos que imposible. Buena parte del año la pasa asistiendo acongresos científicos. Tuve la suerte de verla en mi primer día deBucarest, por eso mismo: porque el congreso ocurría en esta ciudad.Entre los ocho sabios que presidían desde el
|rostrum laConferencia Mundial de Futurólogos, impresionaba la presencia deesta mujer, menuda y laboriosa como una hormiga. ¿Por qué, ladoctora, en este programa? Porque sí. Por derecho muy propio. Unamujer de genio, infatigable y sagaz, que busca la fórmula derejuvenecer los organismos cansados, trabaja para el futuro enforma directa y práctica. Por eso se la conoce en medio mundo. Siusted va a Bucarest, me decían en París, es un hombre afortunado:verá a la doctora Aslan.
De verla, allá distante, en el
|rostrum, a conversar conella, había mucho camino que andar. Tuve la suerte de que elprofesor Georgescu, amigo de ella y hombre de gran influencia, mediera una carta de introducción que me abrió todas las puertas.Pero cuando estuve ya en el corazón de la clínica... la doctorahabía salido para Roma y Viena. "Si usted va a Roma, la alcanza",me dijeron. Y me fui a Roma.
La clínica de Bucarest es un espectáculo. Un edificio enorme, detres plantas, a donde llega, a veces atropellando, gente de todo elmundo. Sobre todo italianos. No hay día que no entren dos grandesautobuses que descargan ciento veinte pasajeros. Se necesita ungenio organizador para registrar a los que van llegando, pasarlos alos laboratorios de cardiología, radiografía, exámenes de sangre yorina, y cuanto sirve para reducirlos a un cuadro clínico, y luegopasarlos por los consultorios en donde un grupo de médicos,jóvenes, despiertos y sabios, pesan y miden los casos. Al final,cada cual lleva, de regreso para Italia... o Venezuela... oFrancia, unas cajas grandes con inyecciones y píldoras de Gerovital(la última fórmula se llama Aslavital, en honor a la doctora) y lasdetalladas hojas de instrucciones para graduar las dosis.
Será millonaria la doctora, pensará la gente. No. Ella ha hechola clínica, ella ha inventado la fórmula, ella trabaja sin treguani fatiga, pero en Rumania es el estado quien hace la recolecciónde los frutos. La clínica, tan suya, ostenta en la fachada, en lospapeles, en todas partes, la indicación de ser un instituto delMinisterio de Salubridad. En este instituto los precios son muybajos, democráticos. Pero en la caja van amontonándose sumas muyapreciables de dólares, francos, liras, esterlinas, marcos opesetas. El estado está dirigido con harta habilidad para agarrarcuanta moneda de otro país entre a Rumania. El extranjero no puedepagar sino en su moneda. Si usted quiere viajar por Rumania, nopuede hacerlo por las empresas que movilizan a los rumanos, sinopor las que transportan a los forasteros de los dólares, las liras,o los francos. Para hacer el cuento corto, la doctora gana lo quecualquier funcionario del estado...
Eso sí, viaja. Lo mismo que todos los que viajan. Si va a Roma,de la frontera hacia fuera ha de hacerlo sin sacar un cobre deRumania, y luego, presentar los comprobantes de que cuanto hagastado ha sido por cuenta ajena. Los límites comunes de lospermisos para salir del país quedan señalados por la duración delcompromiso. Un profesor, por ejemplo, el tiempo que dure su cursoen el exterior. La doctora es cosa aparte, sólo por lamultiplicidad de sus compromisos.
Y me fui a Roma. Me seducía la idea de conversar con ella. "Sealoja siempre en el Excelsior", me dijeron. En el Excelsior nadasabían: "Estuvo, sí; pero cuándo volverá, Dios lo sabe: pecado quenosotros nada sepamos de cierto...". Claro: había que mostrar lacarta del profesor Georgescu, en la Embajada. Entonces, sí. Vendríaen la semana próxima. El propio agregado de la Embajada meintrodujo, muy de mañana, en "su" despacho. Nada de
|suite delujo. Unas habitaciones de trabajo, de conferencias con los médicosque trabajan para ella en Roma. Teléfonos. Telegramas. Libros.
Una hormiga. Los grandes del mundo han dialogado con ella.Kruschev lo recordaba, agradecido. Habla como un profesional; miracomo miran los médicos. Cuantas horas tenga el día. Sin drama. Sinpresunción. Segura de sí misma. De América, me habla con particularafecto de Venezuela, que visitó hace poco tiempo. Es de las pocaspersonas que al hablar del futuro lo hacen con fe. Mañana regresaráa Bucarest...
Pedagogía del otro mundo
Aplicando algo así como una ciencia de computadores, el estadoen las repúblicas socialistas conoce con años de anticipación elnúmero de médicos, químicos o profesores que puede emplear ynecesita. Según este cálculo, se fija la cantidad de estudiantesque se admiten para comenzar una carrera. Quien entra a launiversidad sabe que tendrá ocupación segura al recibir su título yque deberá servir en esta forma a su país. Es un compromiso o pactoque implica obligaciones de parte y parte. Si un profesional quiereabandonar el país, tendrá que pagar al estado lo que el estadogastó en educarlo: desde las primeras letras, hasta coronar sucarrera.
Dentro de este esquema matemático pueden ocurrir pequeñasvariaciones y finos toques políticos, únicos reparos que he oído aesta parte del sistema. Hacia los trece años debe decidir elestudiante de su futura orientación. Con la ligereza propia de suedad, me decía una praguense, escogió matemáticas, para convencerseen seguida de que su vocación no sólo la empujaba al estudio de laslenguas, sino que estaba reñida con los números. Ya su error erairremediable. De otra parte, al hacer el escrutinio de quienesdeben ajustarse a la cuota del primer año de estudios, se dapreferencia a hijos de obreros; a quien tiene antecedentes denobleza o burguesía se le cierra el paso.
Quien comienza una carrera lo hace para estudiar, y punto. Elestudiante profesional, que decimos nosotros, el que repite diezveces el primer año y está sirviendo a otro destino, jamás seexplicaría en estas tierras. Quien queda mal calificado un año sólopuede repetirlo previo el más riguroso control médico, ofreciendorazones convincentes de salud para explicar la pérdida del curso.Otrosí: el estado es un estado católico que echa a la hoguera a losprotestantes: el estudiante que proteste desaparece. Así las cosas,la juventud es muda y la autoridad, sorda. En Praga les fastidiabanlos estudiantes cubanos. Por suerte ya no llegan; hablabandemasiado.
Preguntaba a un profesor sobre su experiencia con losestudiantes de español. Se han reducido a quince, me decía, y enaños excepcionales a veinte, de acuerdo con el cálculo deprobabilidades de empleo. De éstos, dos o tres serán -como ocurreen todas partes- excelentes. Habrá unos diez buenos; y el resto,mediocres. Los excelentes lo son en toda la extensión de lapalabra, y darían más rendimiento si no los recargaran con lasmuchas horas para estudio del marxismo y actividades del partido...Esto es inevitable.
En Rumania me han dicho que quien sale de la universidad ha deganar más que quien pega ladrillos. No he oído lo mismo ni enPolonia, ni en Checoslovaquia. En todo caso, la perspectiva no esde holgura económica -a menos que se le agregue algún ingredientepolítico-, pero la pasión del estudio compensa esta oscuridad.Bertrand de Jouvenel, que se movió dentro del mundo científicorumano, vio sorprendentes progresos. En Praga o Bucarest heencontrado profesores que se saben de memoria páginas de GarcíaMárquez, conocen a fondo a Alejo Carpentier, Cortázar, Asturias...Traen una tradición que viene desde Rómulo Gallegos y no se apagaen Carlos Fuentes.
La historia de las universidades es igual y patética desdetiempos de Copérnico. En Cracovia me enseñaron una vasta sala declases a donde fueron convocados los profesores para cambiar ideassobre temas académicos. Cuando todos estuvieron dentro-eran unosciento cuarenta- cerraron la puerta y les dijeron: "Sigan por acá".Al campo de concentración. Tiempo de los nazis. En Praga, bajandopor el Vtlava, vi al fondo uno de los más hermosos puentes de laingeniería moderna que jamás haya encontrado en parte alguna delmundo. Lo llaman el puente de la inteligencia. Se construyó en lostiempos de Stalin. Al acercarme me hicieron ver que no pasaba porahí ningún automóvil. Sólo unos cuantos peatones. Me explicaron:hubo un error en los cálculos, y, terminado, se vio que nosoportaba el peso de un camión. Se construyó más que todo para quetrabajaran ahí, como obreros, los profesores a quienes se quisocastigar por desafecto al régimen... Pasaron esos tiempos, y hanvenido otros. He preguntado en Praga cómo podré enterarme sobre laliteratura checa contemporánea, y me han dicho: En el occidente, enParís mismo, están los mejores críticos: trabajan como asesores delas editoriales: tuvieron que abandonar el país después de la purgadel 68...
Estado - Izquierda, sin Derecha
Recorriendo de punta a punta el territorio de Rumania, visitandociudades y aldeas, no he visto una sola pared en ningún lugar deninguna parte donde haya un solo letrero. Quien quiera ponerletreros en las paredes, que se vaya a París, a Bogotá, a Caracas.Aquí, como en todo el mundo comunista, el muro es una página enblanco, apenas ensuciada por el tiempo y una escasa polución.
Se entiende que Rumania es un país de izquierda en sentidointernacional, suponiendo que los estados capitalistas representenla derecha. Mirada desde fuera es el estado - izquierda. Vistadesde dentro, no. Izquierda es una palabra que implica relación conderecha. Internamente, en un estado comunista, la contradicción nopuede existir. La derecha o la contraparte está abolida. No hevisto en Rumania un periódico de oposición, una duda que se expresepúblicamente, una opinión pública que se alce para contradecir lapolítica del gobierno. El gobierno es el partido; la asamblea, ladel partido; el presidente de la república, el secretario delpartido. El estado es monolítico. El sistema, totalitario: disponede la totalidad de los medios de expresión. Realizándose trabajosformidables, no quiere decir esto que todo el mundo sea plenamentefeliz, y en la necesidad humana de expresar esa infelicidadrelativa reside el principio de la contradicción, el alivio quebuscan las democracias libres. Si usted quiere leer una opinióncontraria al gobierno, tiene que recorrer dos mil kilómetros, ycomprar en París un libro de Virgil Gheorghiu -el autor de
|LaHora Veinticinco-. En vano lo buscará en ninguna librería, nibiblioteca de Rumania. En las asambleas del partido, cadainiciativa es aclamada por una apretada selva de brazos que sealzan mecánicamente. Paradójicamente, esos brazos son todosmuertos. Son brazos derechos, y la derecha no existe. Se le hancortado la lengua y la mano. Esto no es invención rumana. Encualquier estado de derecha o de izquierda, totalitario, ocurre lomismo, así se trate de Cuba o de Chile, de la Italia de Mussolini ola Rusia de Stalin.
Rumania, nación balcánica, tomó cuerpo, se hizo estado, a travésde una lucha de siglos por ser independiente. Tradicionalmente, hasido atacada por los turcos, los rusos, los polacos, los húngaros.La lengua, la religión, la voluntad, el heroísmo han sidoinstrumentos puestos al servicio de su independencia. Hubo unmomento en Occidente en que los rumanos fueron la barrera quecontuvo a los turcos, y Rumania salvó al Occidente de un imperio dela Media Luna en su interior. Hoy los rumanos, siendo comunistas,han puesto un obstáculo al imperio soviético de Rusia. Eso sí: elestado obra como un partido. No tiene, no admite oposición válidani a la derecha, ni a la izquierda. Y el culto de la personalidadse impone como en los tiempos de Esteban el Grande.
Comunismo a la rumana
Al comunismo universal le pasa lo que al cristianismo católico(universal), que acabó siendo una iglesia a la griega, otra a larusa, otra a la inglesa, otra a la romana... El comunismo a larumana no tiene sino una relación de principio con el comunismo ala cubana, a la rusa, a lo yugoslavo, lo chino o lo albanese.Stalin, para hacer la reforma agraria, les cortó la cabeza a unostres millones de terratenientes (los
|kulaks) como lo hubierahecho Iván el Terrible si de cosas semejantes se tratara. EnRumania, la tierra se nacionalizó, ciertamente, y los antiguosterratenientes dejaron de serlo, pero no hubo cuchillo. Y eltránsito de la idea del rico terrateniente al estado terratenientese hizo en forma pedagógica. Se pusieron en vigor dos sistemas, unoal lado del otro. Unos latifundios se parcelaron para que hubierapequeños campesinos propietarios. Otros los administró el Estado.Luego -me informan- se vio que la hacienda enorme administrada comogran empresa industrial doblaba la producción y la haciendadesmenuzada en pequeñas manos producía menos que en los tiempos delpatrón y los siervos. En la hacienda grande, el nivel de vida ibaen ascenso y había riqueza para repartir. En la desmenuzada serepartían pobreza y fatigas. Los campesinos de las parcelasacabaron por pedir el tratamiento de los otros.
Como es natural, la agricultura industrializada se hace conmenos gente. Rumania se empeñó en planes ambiciosos de desarrolloindustrial para absorber la población sobrante de los campos yllegar al ideal de no dejar a nadie sin empleo. El país venía detener un ochenta por ciento de población campesina: hoy tiene elcuarenta por ciento. Para un futuro muy próximo se ha fijado elideal de un veinte por ciento de población campesina. Lo notabledel proceso está en que la producción agrícola no ha disminuido enningún momento y hoy se señala un crecimiento espectacular enrelación con lo que había hace treinta años.
El proceso de la reforma agraria, visto de esta manera, implicade una parte la formación de un nuevo trabajador del campo, y deotra la educación del sujeto más difícil de educar, después delcampesino: el estado. Para que una hacienda en manos del estadoproduzca lo que no produjo jamás en manos de un hacendado es,teóricamente, fácil. Se trata de aplicar las máquinas, losestudios, los sistemas aconsejados por la estación experimental,por la ciencia, por la técnica. Un particular no tiene cómo saberqué es lo más aconsejable para aprovechar la tierra, ni puedeescoger entre mil semillas la mejor, ni comprar para una extensiónrelativamente pequeña una maquinaria desmesuradamente costosa. Elestado puede disponer de todas estas facilidades. Pero obra bajo elpeligro de crear una nueva burocracia que no tiene el gusto sensualde meter las manos en la tierra. Que no ha sentido el placer delolor de la majada.
Para superar las dificultades que cualquiera puede prever almontar un estado hacendado, industrial, capitalista, el comunismointenta, en cada país, una solución que haga posible tan complejautopía. En el caso de Rumania hay un ingrediente histórico que dael tono de su república comunista: la independencia. Su historia sereduce a una lucha de cinco siglos por lograrla. Algo haconseguido. Y la independencia, si esta vez la logra, es un motorideal que ayuda a sobrepasar muchas dificultades.