Arciniegas, Fundador de Museos
- El Colonial, el Nacional
Dos cartas
Bogotá, D.E., enero 5 de 1990.
Señor doctor
Andrés Pastrana Arango
Alcalde Mayor de Bogotá
E. S. D.
Muy querido Alcalde Mayor:
Mil gracias por su carta y el envío del libro sobre los Museosde Bogotá. Benjamín Villegas se ha superado, él, que edita librostan hermosos, con este que quedará como una de las obras mejoreditadas del año que acaba de pasar. Sólo debo señalar en el textodos falsas historias, en relación con el Museo Colonial y con elNacional, iniciados el primero bajo la administración de EduardoSantos y el segundo en la primera de Alberto Lleras Camargo, en losdos casos siendo yo ministro de Educación. El empeño de ignorarcómo surgieron los dos museos, que viene recogiéndose en la prensapara celebrar el centenario de doña Teresa Cuervo, obedece arazones que no quiero escrutar y que dañan más que benefician lamemoria de tan distinguida trabajadora de la cultura. En los doscasos la llamé a la dirección de esos Museos, una vez que estabanpara inaugurarse. Siempre he recordado como lo que más quise de mipaso por la administración las dos obras, fruto de mi propiainiciativa, y ocupación de la mayor parte del tiempo que pasé alfrente del Ministerio. La omisión de este hecho la tomo como unainvitación para que borre dos años en mi hoja de vida. No sé si seajusto pedirle esto a quien va para los noventa. Pero no está bienque semejante propuesta se formalice en una obra editorial de laAlcaldía a su digno cargo.
La idea de un Museo Colonial estaba en la mente de muchos cuandoen 1945 me llamó Eduardo Santos para ocupar el ministerio quedejaba Juan Lozano y Lozano. Sobre el tema de un museo habíamosplaticado muchas veces con Pepe González Concha y Gustavo Santos.Lo mismo hice entonces con Juan Lozano. Se pensaba en una posibleadquisición de la Casa del Marqués de San Jorge. De lo mismo hablécon Teresita Cuervo y con quienes iban a acompañarme en laextensión cultural que empezaba a tomar cuerpo en ese despacho.Entonces pensé, y creo que a nadie se le había ocurrido,devolverle al edificio en que funcionaba el Ministerio, su destinocasa de la cultura. Había sido parte del San Bartolomé de losjesuitas en la Colonia, y el salón de grados pasó a ser,desterrados los de la Compañía, biblioteca. Luego, pasó a edificiopúblico. Yo, de niño, lo conocí, cuando ahí se reunía en 1910 laAsamblea Nacional que eligió a Carlos E. Restrepo. Ya deestudiante, en 1921, instalé allí la Primera Asamblea deEstudiantes. Para que usted, mi querido Alcalde, se dé cuenta deestas cosas, de esa Asamblea surgió la idea de las reinas deestudiantes, y la primera que nos acompañó valerosamente, yelegimos y coronamos en el vecino Teatro Colón con discurso deLaureano Gómez, fue su abuela. Yo la conocí entonces. Le juro queera la más bella de Bogotá. Me parecía haber descubierto el patiocuando tomé algunas de las primeras fotografías que se publicaron,con la Cúpula de San Ignacio -nosotros decíamos de San Carlos- alfondo. Sobre el patio y la cúpula escribí para
|Cromos una demis primeras páginas. Después se instaló allí la BibliotecaNacional, que en 1938 trasladó Daniel Samper Ortega al edificio quehoy ocupa, pero no bien hizo Daniel la mudanza, cuando cayó sobreel bien raíz el Ministerio. El patio había muerto. Se construyeronoficinas en un horrendo plan de amontonamiento. El salón de gradosse convirtió en dos pisos de depósitos de pizarras, tiza y gises.Sólo había un lugar agradable, mi oficina, con una ventana sobre lacasita cural de la catedral, con el encanto de la cúpula, que noviéndose ya desde el patio muerto, se contemplaba desde el de lavecina. Y así nació la idea del museo en la casa en que usted, miquerido Alcalde, lo ha conocido.
Le dije a Eduardo Santos: ¿Qué tal si hacemos el Museo Colonialen la casa que ocupa el Ministerio? Santos me tenía un cariñopaternal, y sin vacilar: Hágalo. "Hágalo", pero no me dio ni uncentavo. Lo que siguió fue una de aquellas locuras a que mi edad-apenas pasaba de los cuarenta- me empujaba. Haciendo con losministros amigos combinaciones y milagros se tomó en arrendamientoun edificio en la Jiménez de Quesada, y en un tiempo récord nosinstalamos. Lo que ahora se llama restauración se adelantó en lacasa vieja sin expertos. Se trataba de tumbar paredes. Por elzaguán salían camiones y camiones de ladrillos, tejas y basura..El arquitecto me aseguraba que el patio no tenía arcadas sino endos costados. El del lado sur era, según él, muro ciego. Una mañanallegué a las 7 y les dije a los obreros: rompan aquí. Y fueronsaliendo los arcos blanqueados, las columnas de una solapiedra.
La iglesia tenía una capilla que avanzaba al centro del patio.Entré en conversaciones con el
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rector de San Bartolomé, elpadre Mejía. Era un hombre de decisiones rápidas, con gran sentidode la realidad y nos entendíamos a la maravilla. Tenía el edificiouna oficina grande pegada a la iglesia, de norte a sur. No sé como,en un dos por tres, acordamos tumbar la capilla a cambio de laoficina. Quedó mejor la iglesia y se salvó el patio. En el centroinstalé una pila, la del mono, que no sólo se ve muy bien, sino essimbólica porque impuso silencio. Ya el mono no indicaba, como enla Colonia, que no debían murmurar los aguadores, sino losvisitantes amigos del Museo.
Ya estaba todo listo como Museo. Ahora: ¿Cómo llenarlo? Locolonial del entonces muerto Museo Nacional era poquísimo.Necesitábamos diez veces más. Las Pardo, herederas de don Rafael,tenían una colección, única en Bogotá, que me ofrecían en veintemil pesos de los de entonces, que desde luego no tenía elMinisterio. Ciento veintitantos dibujos de Vásquez Ceballos, unportalón dorado como un altar, una cama de Virrey, cuadros deVásquez como el Niño de la Espina... Le dije a Eduardo Santos:Regálame esa colección. Ya le he dicho, mi querido Alcalde, cómo mellevaba el apunte el Presidente. Convine con las Pardo una visita.Felices porque lo adoraban. Llegamos puntuales. El doctor Santosdejó en el vestíbulo su
|Sletson -sombrero inglés- defieltro finísimo, no como nuestros Borsalinos baratos. Las Pardofueron mostrándole 120 dibujos, la cama, el portalón dorado... Elencuentro que teníamos planeado, de pocos minutos, se fueconvirtiendo en lo que eran las visitas de zaguán. Interminables.Las Pardo se desbordaron ofreciéndonos colaciones y agüita deyerbabuena, y el Presidente, que era maestro en despedirvisitantes, no encontró manera de acortar el encuentro. Absurdo,porque él tenía un puesto que no le permitía esos descansos. Alfin, pero había pasado más de una hora, salimos. Las Pardo,dichosas por haber vendido por nada lo que era en realidad un museoque les ocupaba la casa; yo, porque iba a poner las bases delColonial; Eduardo Santos, porque viendo salvado lo mejor de Bogotáen La Candelaria, se había encariñado con lo que se estabahaciendo. Sólo me quedó una preocupación: la del tiempo robado alPresidente.
Ya al recibir los dibujos de Vásquez Ceballos, entre sonrisa ycinismo, les hice ver cómo era excepcional el tiempo que les dedicóel presidente. Figúrese usted lo que pasó: Si usted sufrió nosotrasestábamos muriéndonos. El gato se había orinado en el sombrero, ytuvimos que, a fuerza de agua, jabón y plancha, dejarlo comonuevo...
Se acercaba el final de la presidencia de Santos y parainaugurar el Museo el plazo era improrrogable: 6 de agosto. Acudí alas dos personas únicas que podían poner el toque final de gracia:Lorencita, la mujer de Eduardo Santos, y Gabriela, la mía. En unmes, o menos, llenaron el patio de geranios. Cuando en la nochedel 6 se inauguró, era el patio más bello de Bogotá, y en eseambiente, con el Salón de Grados restaurado, todo lleno de luces yflores, se celebró el final de la administración de Santos.
Lo esencial era llamar a la dirección a una persona que pudieraentregarse de lleno a dirigirlo. Creo haber encontrado la mejor:Teresita Cuervo. Lo tomó como cosa propia y por cuatro años estuvoal frente de la dirección. Se vio entonces que en manos femeninasestas cosas se mantienen con entrañable amor. El 9 de abril de laviolencia y la sangre, cuando la ira se arremolinó en la Plaza deBolívar y de ahí se extendió hacia el norte, el sur, el occidente yel oriente, Sophy Pizano, que había sucedido a Teresita, sola,valientemente sola, detuvo la avalancha que quiso arrasar la casa,como había saqueado el comercio. Y volvió a nacer el Museo...
Me he extendido en este relato, que por otra parte puede tomarsede los periódicos del 7 de agosto de 1942, y de la Memoria delMinisterio que entregué al Congreso, pero no sólo quiero que elautor del texto en el libro de la Alcaldía, el Dr. Enrique PulecioMariño, se entere de la historia, sino que me agrada recordar cómose hacían entonces las buenas obras, sin plata y con ilusiones.
Lo del Panóptico también está mal tratado en el libro, por malainformación del doctor Pulecio Mariño, pero lo dejo para unasegunda carta. El cuento es más largo y usted puede pensar, miquerido Alcalde, que el gato está orinándose en su sombrero.
Cordialmente,
Germán Arciniegas
Bogota, D.E., enero 5 de 1990.
Señor doctor
Andrés Pastrana
Alcalde Mayor de Bogotá
E. S. D.
Mi querido Alcalde Mayor:
Lo del Museo Nacional ocurrió de esta manera. Tocó a AlbertoLleras Camargo ocupar la Presidencia en el último añocorrespondiente a Alfonso López -Alberto me llamó al mismoMinisterio-. Acepté -¿cómo no aceptar?- pero le dije: "Me dejassacar los presos del Panóptico y convertir la cárcel en MuseoNacional"...
Ni yo mismo me daba cuenta de lo que decía, pero Alberto mecontestó: "Luz verde". Luz verde sí, pero el Panóptico era unapropiedad de Cundinamarca, había que precipitar la apertura de laCárcel Modelo, y convertir en salas de exhibición las celdas. Todoestaba fuera de la plata que tenía el Ministerio.
Yo conocía el Panóptico muy bien. De universitario me interesómás que ninguna otra rama del Derecho, el Penal, y fui muchasveces a conocer cómo se manejaban los criminales ya juzgados en laprimera de las prisiones de Colombia.
Era el Panóptico la gran porquería en el centro de Bogotá.Llegaban las mujeres de los presos con las cabezas humeantes,colocados como corroscas braseros en que cocían sus guisos, y elolor a cebolla y ajos impregnaba en dos cuadras a la redonda. De micontacto con los presos saqué una tesis que por poco me corta losestudios. Entonces Colombia era, nacionalmente, analfabeta. Unsesenta por ciento de los niños no tenían escuela. Y para miperplejidad, la población carcelaria correspondía a los pocos quesabían leer y escribir. De letreros estaban llenas hasta lasparedes de las letrinas. Mis observaciones me llevaron a presentaral doctor Rafael Escallón una monografía sobre
|La Escuela enColombia como factor del delito. El doctor Escallón se indignóy me calificó: Dos. Me rajó. Tuve que habilitar.
Era gobernador de Cundinamarca Miguel Arteaga, Jurista insigne.Conocedor de todo mil veces más que yo, me escuchó. Le propuse:Cundinamarca entrega legalmente la propiedad del Panóptico a laNación, instalamos en el edificio principal el Museo Nacional y enlas otras edificaciones abrimos un colegio mayor para mujeres... Lapropuesta implicaba desprenderse el departamento de la más valiosade sus propiedades y contribuir a la creación del Museo Nacional.Veinte mil metros cuadrados en lo que ya era el eje de Bogotávalían. Es cierto que los estaba disfrutando la Nación con lacárcel, y de hecho no le representaban a Cundinamarca sino el olorde las guisanderas. Pero en todo caso había que devolverle aCundinamarca algo
|, y el Colegio Mayor era por lo menos másbueno para el departamento que dejar el Panóptico para cárcelnacional.
El Gobernador aceptó. Se anticipó la apertura de la CárcelModelo. Y quedaba al fondo la enorme cárcel vacía. Lo que había quehacer era desmesurado, sin recursos. Recogí las disponibilidadesdel Ministerio hasta barrer y empecé a buscar ayudas. Alvaro Díaz,ministro de Obras, me daba cuadrillas de obreros, y Luis Fajardo,secretario de Obras Públicas del municipio, con su gente, hizo elarreglo de todo el frente, hasta sembrar los árboles. En lostalleres de la Escuela de Artes y Oficios se fundieron las letrasque anunciaban en la fachada la nueva destinación del edificio:Colegio Mayor de Cundinamarca - Museo Nacional. Todavía se puedever la parte que dice Museo Nacional. La del Colegio se arrancó yechó a la basura más tarde.
Trabajamos día y noche tumbando los calabozos hasta convertircada ala del viejo Panóptico en una galería abierta. Yo llegaba ami casa a medianoche, hecho una porquería, feliz. Entre los presosestaba el coronel Gil, pagando su delito de amarrar en Pasto alpresidente López. Le di el contrato de las obras de carpintería, yél a su turno puso a trabajar a los presidiarios entablando lasgalerías. Como en el caso del Colonial, la fecha límite paraentregar montado el Museo era el último día del gobierno de AlbertoLleras: 6 de agosto. Año de 1946.
Estando todo listo, nombré para la dirección a Teresita Cuervo.Como cuando el Colonial. Con una adehala. Teresita era una especiede Eduardo Lemaitre con faldas en su embeleso fanático por LaureanoGómez, y Laureano tenía manos libres y fondos para preparar laConferencia Panamericana. Teresita le pediría para mejorar lo quequedaba hecho con pobreza. Invité a Laureano para mostrarle laobra. Era increíble ver cómo se había transformado la cárcel.Recorriendo las huertas le mostré el edificio donde quedabainstalado el Colegio Mayor de Cundinamarca, que puse bajo ladirección de Ana Restrepo del Corral. Ahora que usted tiene lo dela Conferencia, si le da una mano a esta obra, será la coronaciónde todo: Teresita Cuervo quedará al frente del Museo... Y con eseimperio que le era innato, me dijo: "Y usted debe seguir hastacompletar lo que ha hecho"...
De la entrevista saqué el convencimiento que le ayudaría aTeresa, y así fue. El teatro que inauguramos el 6 de agosto con lasilletería más modesta, él lo amuebló con espléndidas butacas, lapavimentación se afirmó con baldosines o ladrillos en vez de losentablados del coronel Gil ... Quitó del vestíbulo el busto deSantander fundador del Museo a tiempo con la República, y lapiedra de la inauguración que decía que el Museo se había abiertoel 6 de agosto de 1946 siendo Alberto Lleras presidente y yo,Ministro de Educación. Lo mismo las letras de bronce del ColegioMayor de Cundinamarca. Lo respetable de estas últimas iniciativasestá en lo que dice don Eduardo Lemaitre: "Laureano era laconciencia moral de la República.
No todo el mundo creyó que del Panóptico salieran el Museo y elColegio Mayor. Cuando del proyecto no se había adelantado en losperiódicos información alguna, llevé a Rafael Muñoz, ilustreantecesor suyo en la Alcaldía, le dije qué iba a hacer delPanóptico: "Cómprese usted para el municipio La Perseverancia yconvierta este terreno en un parque donde se pueda construir elHotel Tequendama". Entonces el barrio de la carrera 5ª a la 1ª erade lucecillas verdes y se había podido adquirir a precio dearrabal. Muñoz, que era un gran cachaco, pensó que yo estaba loco.Y nada.
Luis Duque Gómez había instalado lo que fue la base del Museo deAntropología en una de las oficinas de la Biblioteca Nacional. Ledije: "Esto tiene que pasar al Panóptico". "Usted puede llevárselotodo -me dijo-, pero pasando sobre mi cadáver". Luis Duque es deuna pieza, conoce el destino que se espera de estas mudanzas, y yole respondí con violencia: "Se pasan allá, yo soy el Ministro". Másse afirmó en su decisión porque a él palabras semejantes loenvalentonan en vez de reducirlo. El diálogo fue de eslabón ypedernal... Pero se convenció, y con el Museo de Historia se pasóel de Antropología. Lo de que se hiciera el Museo no parecíaposible. Luis Duque acabó viendo que era realidad, y lo único quesucedió entre los dos fue un robustecimiento de la amistad quetraíamos y creció esa vez echando chispas.
Lo de Laureano explica muchas cosas. Como conciencia moral teníaque borrar la imagen de Santander, y erradicar la palabraCundinamarca. Su pasión de litigante lo llevó a ver de qué manerase sacaba a Cundinamarca del teatro, desconociendo los títulos depropiedad. Se buscaba la forma de acabar con el Colegio Mayor...Algún tiempo después, tuve una larga entrevista con el papa PíoXII, que conocía de Colombia mucho más de lo que pueda imaginarse.Incidentalmente le hablé de los Colegios Mayores, cómo los habíainiciado y lo que se estaba haciendo. Me obligó a darle informaciónminuciosa -hablé con él más de una hora- sin más testigos queGabriela, mi mujer, y volviéndose a ella me dijo: "Esa es unasolución admirable... lástima que en Italia no pudiera hacerse algoparecido...". A Dios gracias Laureano no supo nunca de estaconversación. Si la conoce, la arremete contra Pío XII y acude atodos los medios para sacarlo de la silla. Teresita lo veneraba -aLaureano- y acabó abriendo en el eje del edificio una salaconsagrada a glorificarlo... Se mantuvo así mientras ella dirigióel Museo.
Como en el caso del Colonial, el doctor Pulecio Mariño no tienesino que leer en el periódico del 7 de agosto cómo se inauguró, oacudir a la Memoria que presenté al Congreso. El busto deSantander, pasados los años irregulares, volvió a colocarse en elvestíbulo. La piedra que recordaba la inauguración quedó enterradaen la huerta, y se colocó otra de redacción ambigua que pudieraservir a lo que se hace ahora para desconocer a quien lo inventó.El doctor Pulecio Mariño cayó en la trampa. Si él, o usted, miquerido alcalde, quieren mayores informaciones, Jorge Rojas oCarlos Martín, que trabajaron conmigo, pueden darle detallescuriosos. Para mí es fastidioso por lo incómodo que me sientotrajinando estos recuerdos en primera persona. Pero eso sí: Si meobligan puedo llenarle cuadernillos y nadie sabe mejor que yo loatareado que está un funcionario cuando sabe que el término de sugestión se le viene encima... Ya con dos cartas largas es robarmucho tiempo.
Un cordial abrazo de su viejo amigo,
Germán Arciniegas