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Praga, de Jan Huss a Jan Palach
 


El ascensor y el festival

El hotel, espléndido. Los ascensores, muy amplios y, para laocasión, musicales. Subimos a nuestra habitación acompañados de untrozo de la Sonata en si bemol de Schubert (al piano ArturoBenedetti Michelangeli). Bajamos al salón cuando el ascensortransmite algo de Dvorak. Se trata de un hotel modernísimo y eldesayuno, en la cafetería, así: jugo de naranja, huevos, café, pan,mermelada, con Sinfonía -la Pastoral- al fondo. Si por raranecesidad tomamos un taxi, casi no se oye la maquinita que marcalas coronas: se imponen Mozart, Schumann, Stravinsky. Esto escorriente en los festivales, pero en Praga hay algo singular. Desdelos tiempos en que Mozart se hallaba más a gusto a orillas delVltava, que en el propio Danubio.

Si usted quiere oír una gran misa, no vaya a San Pedro de Roma,ni a Notre Dame de París: vaya a un país comunista. La de las oncede mañana en la iglesia de Santiago, en Praga, es para que nadiepueda nunca olvidarla. La iglesia parece totalmente barroca, por ladecoración, pero la estructura gótica levanta las naves a unaaltura tal, que las voces del coro, y la música de un órgano
-milagro de perfección técnica-, encuentran la más justaresonancia. A la iglesia de Santiago se va para oír mejor a Mozartque escuchándolo en Smetana Hall. Es cierto que en Smetana la gentese recoge en los conciertos religiosamente: los sigue callada yatenta como en misa (las misas de otro tiempo). Pero he asistidomuchas veces a las noches de Smetana Hall, y nunca he visto llorarde emoción, llorar a toda lágrima, a nadie, como a la señora quetuve a dos pasos de distancia en la misa del último domingo.

Hasta en la aldea más diminuta o en la casa perdida en losbosques, en toda Checoslovaquia, se están oyendo los mismosprogramas que congregan a melómanos de toda Europa, pero sobre todoa checos, en los cuatro grandes teatros de Praga, en las variassalas de conciertos, en la catedral de San Vito, en los pequeñosauditorios, en la casa de los artistas. En una república popularesto ha de ser así, y quien paga en Viena un billete carísimo parala sinfónica, aquí tiene la misma orquesta por un precio que no esla cuarta parte. Pero, eso sí, al teatro hay que ir como se iba enel XIX o a comienzos de este siglo: las señoras, de largo -sedas ybrocados-; los caballeros, como caballeros. Como en la Opera deParís.

La vida no se alarga mucho en las noches. Las cerveceríaslevantan manteles antes de las doce -con los últimos cantos de losalegres parroquianos-. En las cavas de vino -las Vinarnas- a esahora se cierran las puertas. Apenas en la Rana de Oro la noche seprolonga media hora. Naturalmente, en la Rana de Oro se ha oídotoda la Novena de Beethoven... Por las calles, casi desiertas,regresamos al hotel. En el ascensor, el fondo musical que sabemos,y codeándonos en el pequeño viaje de la planta baja al quinto piso,con Svjatoslov Richter -el pianista ruso-, Carlo María Giuli -eldirector italiano-, Salvatore Accardo -el violinista-, etc., etc.,etc. Cada una de estas etcs. puede llenarla el lector con losnombres más ilustres que recuerde.

 

Praga desde un puente

Esto que va recogiendo la luz y amortiguándola desde los espejosdeslustrados del Vltava hasta las agujas góticas del castillo, delos puentes ahora misteriososo a los palacios perdidos, no esniebla convocada para transfigurar a Praga en estampa poética.Acaso, ¿en qué instante, por qué razón, necesitó nunca Praga deesta circunstancia o artificio? No. No. No es la niebla. Es elmolino lento de los siglos -cinco, seis, siete, ocho- que muele ymuele fina ceniza de perlas y va difundiéndola en el aire. Desdeeste puente del rey Carlos miro hacia uno y otro lado -uno, dos,tres, cuatro, cinco puentes...- y veo pasar por ellos tumultos ysoledades, príncipes melancólicos y guerreros arrogantes, cortejos,fanfarrias, duelos: cuanto conviene al fluir de la leyenda cuandodevuelve a la vida la poesía que le niega la historia. No es laniebla la que pone el castillo por las nubes, la que acariciapiedras en esta calzada tendida de una orilla a otra, la que vaalzando velos desprendidos de las aguas muertas, la que camina delcanal a la rueda del molino, la que convierte en fantasmas la doblecadena de enormes estatuas de las barandas del puente, la quereduce a sombras coloreadas de rojos, verdes, azules, amarillos...esos turistas que van y vienen, como yo, de un lado al otro, poreste camino real montado sobre los ojos líquidos de la recia puenteromana... No, no, no es eso, no es la niebla. Es la luz innecesariaque se ha ido porque no tenía nada que hacer, cargando con los díasabiertos para que vivan las cosas muertas de Praga. Para que Pragase nos entre y difunda por los laberintos del alma.

Las aguas que bañan los primeros estribos están ya verdes. Elrío todo, o no camina, o camina con tal sigilo, que se diría unestanque. Nadan, o no nadan patos que parecen puestos ahí paranada, como conviene a estas inutilidades. Las barcas de lospescadores, quietas, ancladas en su espera sin afanes, cumplen sutarea como si fueran un ocio (divino ejemplo). A distancia, se venlas curvas del río obedeciendo a su destino de que lospuentes
-uno, dos, tres, cuatro, cinco...- no se vean en fila, paralelos,sino abiertos a manera de abanicos. De un puente a otro ladistancia hay que medirla en zancadas del tiempo imaginario. Laúltima silueta - ¿truco de la bruma?- queda colgante entre dosorillas que esfuma la leyenda.

¿Cómo un castillo, el del rey, tan alto y empinado, podría nadiedecir que forma parte inmediata de nuestro tiempo, tiempo sin alas,y sin cortes doradas ni reyes pintados? Mirándolo desde el puente,y a esta hora, se le ven durezas que suben y bajan por caracoles depiedra metidos entre las paredes, reyes asesinos, príncipes decuchillo, nidos de águilas y nidos de búhos, salas de espejos ycaballeros de oro, sótanos para los condenados a morir de hambre,cámaras para coger en la trampa a los traidores, buhardillas paralos bufones, teatros para el carrusel de los caballos, altaresdonde celebran los arzobispos, patio de honor para que entren losreyes visitantes entre rumor de cadenas de oro...

¿Qué tiene que ver todo esto con los tranvías colorados quecorren por el tercer puente como lacayos de los obreros? ¿Qué, conlos turistas de Rolleyflex, cansancio, inglés, sueco, alemán,helados, Coca-Cola? Nada. Entonces... allá queda, como lo veo, elcastillo del rey en su puesto: lejos del tiempo, parado en elespacio, remoto, desplazado. Igual que todo esto que está girando,quieto, en torno a este puente inmóvil -móvil-. Entre los dedosmágicos de Praga la Hilandera.

 

La calle del poeta Neruda

La calle del poeta Neruda es muy singular. Se desprende de lasfaldas del castillo de los reyes, y, a trancazos, bajando, bajandode Praga hacia el infinito, va a dar... a Santiago de Chile. Alcomienzo hay que tomarla por largas escaleras de piedra -de piedraes toda la calle- y luego seguirla a la diabla. Es angosta ybailadora, con el desequilibrio propio de un camino para poetas.Cada casa lleva no un número sino un nombre pintado: la de la Llavede Oro, la de la Estrella del Alba, la de la Espuela. Y como todasson de siglos, y las paredes han ido desconchándose, de laspinturas que les cubrían el frente no quedan sino pedazos deInmaculadas, alas de ángeles, coronas de la Virgen sostenidas en elazul, retazos de Historia Sagrada que a modo de pañuelos de coloresnos despiden desde el otro mundo.

Al llegar a la casa del poeta Neruda -a quien ignoro- me paroante una gran lápida en donde se dicen de él palabras en checo queno entiendo, y de cuyos versos intraducibles no sé nada. Pienso enla sorpresa que este bohemio se llevaría en el otro mundo al saberque su sombra, puesta sobre las anchas espaldas de un poetachileno, entraría al palacio de Estocolmo para recibir un homenajeuniversal. De cómo se produjo la operación en que Neftalí Reyestomó el nombre del checo que habitó esta casa, es historia que debetener tantas variantes como la del brazo partido de don Ramón delValle-Inclán. En Praga la cuentan así: El padre de Neftalí, viendoen Santiago de Chile que su hijo, en quien tenía puestas todas susesperanzas, tomaba el denigrante rumbo de escribir versos,sentenció: "Ahora, que no vayas a salir en las gacetas dañanado elnombre de la familia". El joven puso a girar la ruleta imaginaria,y la aguja paró en el nombre Neruda, de cuya obra tendría menosnoticias él de las que yo tengo ahora. Y se produjo elfenómeno.

Despeñadero o disparate, la calle sigue bajando. Quizás enalguna parte pasará bajo un puente cuyo arco une dos casas: losflancos grafiados, pasadizo de vidrios, tejas de barro. Ya en unaesquina -de esto sí que estoy seguro- hay una cervecería de esasque aquí tienen cien años sin haber estado vacía ni en un día dechubascos y tormentas. Iniciando el descenso, mi acompañante medijo: "Por aquella ventana del castillo que usted ve, echaron undía a los nobles revolucionarios confabulados para dañar al rey".Gracias a Dios los reyes hacían altos los castillos, y ciudadanoque se echaba por la ventana se reventaba en las piedras... O almenos, así se esperaba. Ese fue el primer |defenestramientode la historia... Pero... No hubo pero. Llegábamos a la cerveceríay entramos para seguir ése y otros paliques. Recorrimos todos lossalones. Ni un solo puesto libre. Lo de siempre. Continuamos.

Pablo Neruda ha venido a Praga y a esta calle, muchas veces. Conese lento andar suyo con reminiscencias de marinero, y decoleccionador de caracoles, se habrá echado a cuestas el caracol depiedra de la calle, y lento como una oruga habrá llegado a lacervecería. El sí habrá encontrado mesa libre donde recitarle a lasombra del otro Neruda versos castellanos... Pensando en esto voy,cuando mi compañero, a quien interesan, además, otros sujetos, mepregunta: -"¿Cree usted, profesor, que el hombre americano vino dePolinesia y entró por el sur de Chile?...". Cada cual está en loque está. Yo también. Le respondí: "-Lo único cierto es que estacalle va a dar a Santiago de Chile, y que la poesía cruzó el mar,así no más. Lo otro, amigo, no son sino Kontiquis. Aténgase usted alo que estamos viendo...".

 

Los diamantes de la condesa

Aquí termina la cueva de Aladino, y empieza la historia de lostesoros de Praga. Cuentan que la condesa Ludmila, al casarse,llevaba un traje con 6.222 diamantes. De cómo los cosieron esproblema de modistería y joyería que nadie se ha detenido adilucidar. Lo cierto es que no se perdió una piedra, y la condesa,al morir, dejó como heredero universal de sus riquezas a NuestraSeñora de Loreto... Ahí estaban los 6.222 diamantes.

¡Cosas de los Lobkowitz! En su pasión de católicos, se empeñaronen oponer al protestantismo insurgente todas las armas delacontrarreforma, y sus riquezas de fábula. Cristóbal Popel deLobkowitz abrió la campaña mariana, haciendo una copia para Praga,de la casita de la Virgen que los ángeles transportaron por el airede Nazareth a Dalmacia, y de Dalmacia a Loreto. La casita de laVirgen tuvo tan entusiasta acogida, que varias docenas de casascomo la de Loreto y Praga atraen hoy a los fieles en muchos lugaresdel país, y a visitantes del mundo. Claro: ninguna, enChecoslovaquia, como la de Praga.

Con los diamantes del traje de la condesa se hizo una de lascustodias más ricas del mundo. Una pequeña Inmaculada de oro,apoyándose, como las vírgenes bailarinas sevillanas, en el arco deuna luna de diamantes, mira hacia el sol de donde parten cincuentarayos de diamantes. Esta joya, de poco menos de un metro de altura,brilla por sobre todas las custodias del mundo. O al menos, sobrelos tesoros aladinescos de Checoslovaquia: el de la iglesia deNuestra Señora de Loreto y el de la Catedral de San Vito. Los 6.222diamantes de la Condesa quedaron, en la custodia, suspendidos enese milagro de la orfebrería universal.

El tesoro de la Catedral de San Vito, dentro de las murallas delcastillo, tiene joyas de todos los tiempos. El de Nuestra Señora deLoreto gira en torno a la época barroca de los Lobkowitz. Pero losdos recrean la verdadera edad de oro de las leyendas cristianas,crepúsculo resplandeciente que nunca morirá, al menos mientras seconserven estas colecciones de Praga. Todavía se habla de lasprecauciones y gente armada que se ordenaron cuando se trajo lacustodia de Viena -en Viena la hizo en tres años de infinitadedicación el joyero John Kanischbauer-. Los soldados la guardiabancomo centinelas del Sol.

¡Las cosas que se ven hoy en el tesoro del Loreto de Praga. Lamitra de seda blanca del arzobispo Harrach, con 190 diamantes, y sucáliz de granates y amatistas. Casullas, misales, copas, patenas,altares diminutos... y custodias y custodias y custodias...Filigranas de oro, inverosímiles trabajos en coral, el cofrecilloen que la condesa guardaba los seis mil diamantes... Con quélimpieza, en qué vitrinas más hermosas, aquí y en la catedral, conqué recato muestran estas piezas sagradas del tesoro (turístico)los comunistas, dueños ahora de joyas y reliquias. Y cómo ven losguardias de la república soviética la emoción de los cristianos quelas miran...

Cuando las casas de Loreto se multiplicaban, Lobkowitz yMartinitz (un Martínez polonizado) emulaban sobre quién traería lasmayores riquezas. Los Martinitz, en un cofre, el velo de la Virgen.Los Lobkowitz, una espina de la corona de Jesús... En 1655, lanoble española doña María Manrique de Lara llegó con una edición debolsillo del Niño Jesús. Veinte centímetros de escultura. Como esobvio, en un par de cruzamientos matrimoniales, el Niño Jesús dePraga vino a quedar en manos de los Lobkowitz. Y hoy, de cienpersonas que llegan a Praga, noventa se arrodillan a pedirle cosasal Niño Jesús, y sólo diez van a ver la custodia de los diamantesde la condesa... Al menos, si de señoras de América Latina setrata...

 

El reino de los santos

El Niño Jesús de Praga, chiquitito, parece manejar el mundo conel dedo meñique. Pero en Praga hay otras devociones. La estatua delrey Wenceslao y su plaza son el centro de Praga, de la Praga dehoy. Allá confluyen todas las calles, se reúne toda la gente, seaprieta todo el comercio. Pero Wenceslao, como el Niño Jesús, formaparte de la Bohemia mística. Nació hace más de mil años (en 907), yademás de haber iniciado la dinastía de los reyes de Bohemia, fuesanto. Lleva siglos de estar en los altares. La abuela deWenceslao, Ludmila, es también santa canonizada. El cristianismo seconfunde en Bohemia con la independencia y la libertad. Por elcielo de Praga entran volando santos, como en una pintura deChagall. En tiempos anteriores al propio Wenceslao, quien primerotuvo una idea de fabricar un reino con ingredientes cristianos, aorillas de Vltava, fue el valiente príncipe Ratislao. Se dirigió alemperador de Bizancio pidéndole unos misioneros que hablaran lenguaeslava. Ratislao "se daba cuenta de que su pueblo debería sercristiano pero no quería que su conversión entrañara la pérdida dela independencia nacional". El peligro real que amenazaba a lanación estaba, de un lado, en el imperio germánico, desbordante yavasallador, y del otro, en las tribus eslavas del este, bárbaras yagresivas. El emperador bizantino envió de misioneros a Cirilo yMetodo: otros dos santos. Ellos inventan una escritura -lagaglolítica-, traducen los libros santos al eslavo, introducen lalengua nacional en la liturgia.

La madre del rey Wenceslao era una mujer de fierro. Virago decorazón de piedra, ordenó la muerte de Santa Ludmila. CuandoWenceslao llegó a la edad de gobernar -18 años- se arrodilló antela tumba de su abuela. Ludmila, desde el cielo, estaba obrandomilagros, el pueblo veneraba su memoria, y el reyecito se mostrófuerte. Apartó del trono a los asesinos de su abuela y colocó a sumadre donde no hiciera daño. Tenía el rey más de penitente que deguerrero. En invierno salía descalzo, a escondidas, por los caminosque llevan al monte, para cortar leña y llevarla a los hogarespobres de viudas y huérfanos. Pronto se descubrió que algún ladrónestaba merodeando en el bosque, se redobló la vigilancia, yWenceslao fue sorprendido. No reveló su identidad, lo castigaron,lo azotaron varias veces. Esta leyenda inspiró a un poeta ingléspara el canto de Navidad |The Good King Wenceslas, que secanta... Cuando todos los tranvías de Praga ruedan al pie de laestatua del rey Wenceslao, quienes conocen la historia del reino deBohemia y cantan la de |The Good King Wenceslas, saben que esla de un rey que dejaba la huella de su paso por los caminos delmonte en la sangre de sus pies. Era un rey peregrino que ayudaba ensecreto a los pobres del reino. Esos pobres todavía besan su imagenen la tumba de la catedral de San Vito.

El rey era de paz. Rechazaba la pena de muerte. Sólo quería quesu nación fuera libre. Las batallas que ganó las ganó ya muerto.Llevaban su lanza los ejércitos, y vencían. Los regimientos queiban con su estandarte volvían triunfantes, sin perder un hombre.Dice el doctor Dvornik, biógrafo de Wenceslao: "El primer batallóncheco que se formó en Rusia -la Ceská druzina- en 1914, llevaba ensu estandarte la imagen del santo. El primer regimiento checoformado en Rusia, en 1916, llevaba el nombre del santo". Desde elsiglo XIII se canta en las iglesias; lo dice todo:

San Wenceslao

duque de la tierra checa,

nuestro príncipe

ruega a Dios por nosotros

y al Espíritu Santo:

Kyrie eleison.

Tú, heredero de la tierra de Bohemia,

acuérdate de tu raza:

no dejes que perezcamos

nosotros ni nuestros hijos.

¡San Wenceslao!

¡ |Kyrie eleison!

 

San Nicolás de oro

Todo de oro, en el altar mayor, señor de su iglesia, San Nicolásha visto durante cuatro siglos al bravo viento del barroco sacudirlas faldas de todos los santos que decoran los altares, con unaviolencia que no conoció el buen obispo cuando la tempestad losorprendió en los mares griegos. Más resplandeciente se ve laimagen por la blancura del resto de esculturas que pueblan losotros altares; parecen de mármol y son de madera. Esta es una delas singularidades del barroco checoslovaco o polonés, concentenares de vírgenes y santos, tallados en tilo, nuncacoloreados. Eso sí, el viento huracanado jamás empujó el follaje dela selva ni lo hizo sacudir como estos escultores las vestiduras deprofetas y mártires poseídos de una pasión arrebatada. Quien nohaya conocido estos barrocos no sabe lo que es barroco. LosBerninis de Roma, las tempestades arquitectónicas de los jesuitasen sus iglesias de Italia, México, España, Portugal o Brasil, sequedan en la era de la blanda brisa cuando apenas se insinúa elvendaval. San Nicolás, el del corazón de oro, el de las leyendasque engendraron los regalos de Santa Claus, el de las largas barbasde algodón, queda aquí, en su templo de lujo, como la últimaestatua de oro repulido, en una edad en que los caballos dorados deSan Marcos de Venecia van oscureciéndose en el crepúsculo de unsiglo sucio y corrosivo, cuando el Marco Aurelio de Roma apenasconserva a modo de caricia toques de su juventud dorada, y enFlorencia pierden el brillo las puertas de Paraíso.

¿Por qué en estas tierras polonesas, checas, eslovacas, elromántico barroco apasionado ha tomado una fuerza que supera la delarte contemporáneo universal? Hay en el destino de estas gentes untrágico destino excepcional ? ¿Fueron las luchas sostenidas contrael turco, el alemán, el moscovita, o los propios desgarramientos enlas guerras de la Reforma, más intensos aquí que en el resto deEuropa? ¿Encontró el arquitecto, el escultor, el pintor de estasprovincias el instrumento de expresión que su circunstancia lepedía, en el barroco huracanado?

Entraban en los antiguos templos góticos los del movimientoacelerado, y a lo largo de las naves, contra las pilastras quesostienen las bóvedas, rompiendo la magia contenida de la tinieblailuminada medieval, montaban altares para exaltar el ímpetu deprofetas enardecidos, predicadores que levantan con la elocuenciade sus brazos implorantes multitudes poseídas del fuego sagrado,Jesuses volando del sepulcro al cielo, Marías desgarradas... Estasiglesias no son iglesias: son teatros. Teatros con balcones,cornisas doradas, órganos que enfilan sus tubos entre revuelos deángeles musicantes. ¡Como si para cada misa se prepara una óperafulgurante!

La iglesia de San Nicolás tiene, como todas las grandes, unsegundo piso de galerías y palcos que, en este caso, visitamosuntándole la mano al sacristán. Descubrimos entonces una estupendagalería de pintura, y vemos de cerca el truco de perspectivacelestial en la pintura de la bóveda central: siendo apenas dealtura normal, parece ir disparando las imágenes a alturasimponderables. Esa novedad que de la iglesia del Gesú, de losjesuitas, en Roma, se difundió a todo el mundo, en las iglesiasbarrocas de estas tierras encontró su mejor ambiente, y por eso lavida de San Nicolás pierde el encanto íntimo del viejo que tirabamonedas por las ventanas para salvar la pureza de las doncellas yse convierte en el acercamiento triunfal a la gloria eterna.

El viejo San Nicolás no era de oro como éste: lo único que teníade esta riqueza era su corazón, pequeño como una de las monedasmilagrosas. Praga lo transfiguró en esta imagen resplandeciente porser él puente de oro entre las iglesias cristianas de Oriente yOccidente. Si esta iglesia de mármoles de colores se mantienelimpia y repulida como tacita de plata, es por la vigenica de esaleyenda peregrina. Es un cuento proyectado al infinito que hay queescucharlo desde ese lugar. Lugar donde no se apaga el murmullo quehacen, al pasar, los siglos.

 

Donde el tiempo camina hacia atrás

Hay en Praga un reloj que camina al revés. Las manecillasparecen estar echando las horas en sentido inverso, hacia elpasado. Como en el cuadrante no figuran ni las cifras romanas nilas arábigas, sino las hebreas, para quien no es judío todo esto esmisterioso. Para él es tan lógico como leer de derecha a izquierda.Donde el judío ve, del minuto a la hora, que el mundo va del hoy almañana, nosotros tenemos la sensación de que nos está empujando delNuevo al Viejo Testamento. Que proyecta a cada instante el drama dela historia hebrea. Una historia que en este caso de Praga seaprieta en el pequeño espacio que ocupan las viejas sinagogas, elcementerio más antiguo, el museo de los tiempos nazistas. ¿Cómosobrevivieron estas cosas al arrasamiento hitleriano?

Por Praga pasó la furia nazi con todo su ímpetu exterminador.77.297 judíos fueron sacados de este barrio para matarlos en loscampos de concentración. 77.297 cuyos nombres están registrados, enla sinagoga Pinkas, cubriendo los muros. Es la inscripción funeralmás larga del mundo. Pero Hitler, que daba por terminada laexistencia de los judíos en el mundo, decidió dejar en pie estassinagogas, respetar este cementerio. Como museos. Sería la historiade un pueblo convertido en piedras tumbales, en sinagogas mudas.Irónicamente, con el enorme reloj que camina al revés -ese relojque cantó en su tiempo Guillaume Apollinaire-, se ven rodar, comogranos de arena, hacia la playa del tiempo perdido, los soberbiosímpetus hitlerianos, y tomar cuerpo las historias del ViejoTestamento. En este sentido, el reloj de los judíos de Praga enseñamás que los que decoran nuestras torres cristianas.

He visitado el cementerio en compañía de uno de los queescaparon a la suerte de los 77.297. Se había marchado a BuenosAires, y ha regresado a su tierra, a Praga la de sus padres yabuelos. Aquí se considera más feliz que en ninguna otra parte delmundo. "Yo ya no podría vivir en ningún país capitalista", nosdice, convencido de su utopía inabatible. "Aquí gozo -me comenta-yendo a un gran hotel de vacaciones donde me siento a la mesa conuna campesina que jamás hubiera pensado antes estar a manteles ensemejante casa: no creo que haya un lugar más hermoso, en susilencio mudo, que este cementerio".

El cementerio es un poema. Se han juntado las lápidas tumbalesen tal forma que parecen un libro de piedra, apenas entreabierto.Ahí se narra la historia de los judíos de Praga desde unoscincuenta años antes del viaje de Colón a América, hasta unoscincuenta años antes de la ascensión de Hitler al poder. En lashojas de piedra se recuerdan epopeyas y leyendas que cubren mediaEuropa. Es cierto que a Praga llegaron, y ahí duermen, losfugitivos de España, pero llegaron con sus banderas: en la sinagogaestá el pabellón de Castilla. Lo trajeron quienes, como banquerosde los Reyes Católicos, ayudaron a la conquista de Granada yrecibieron de manos de Isabel esa bandera. Aquí duerme el viejoorganista y poeta Frantisek Skroup cuyo himno "¿Dónde está mipatria?" se ha convertido en el nacional del país. Pero ante todo,está la tumba de Jehuda Liva ben Bezalel; de todas, es la que tieneel mayor número de piedrecitas recordatorias. El judío que visitaestos cementerios pone pequeños guijarros sobre las tumbas, comonosotros flores. Para una librería de lápidas ya verdes por eltiempo que vuelve sobre sus pasos, estos guijarros quedan bien comoflores disecadas.

Jehuda Liva ben Bezalel conocía mejor que nadie los secretos dela Thora y el Talmud; era pedagogo y filósofo, conocedor de lakábala. Modeló, dice la leyenda, de greda, un hombre, y de un soplole dio vida. Este Adán suyo fue su mensajero, su criado, suhermano. Se le veía moviéndose con toda diligencia, atendiendo a sucriador, siempre fiel, nunca dormido. Sólo los sábados se tomaba eldescanso de la ley. Pero Jehuda era, como buen sabio, distraído, yun sábado ordenó al hombre de barro un trabajo cualquiera. En lamisma forma mágica como el muñeco había tomado vida, perdió ahímismo el alma y quedó convertido en estatua de barro... Es, de todolo de Jehuda, lo que más se recuerda. Y como la misma fábula enseñamuchas cosas, los judíos que llegan al cementerio nunca dejan deponer su piedrecita en la tumba del maestro.

 

El antiguo cervecero de Praga

La Casa de Halanek fue, durante mucho tiempo, cervecería ydestilería. Hoy, museo de antropología: El cambio pasó hace cienaños. En 1848 ocurrió en Praga una revolución, y el hijo delcervecero tuvo que escapar a Estados Unidos huyendo de la policíaaustríaca. En Estados Unidos se apasionó por el estudio del hombreamericano. De regreso a Praga, lo único que le interesó fue laantropológica cuestión.

Entró a la vieja cervecería y en vez de olor a lúpulo y cebada,encuentro testimonios de los indios norteamericanos, cerámicas yesculturas en piedra de olmecas, aztecas, mayas, incas, y lacolección más completa que pueda haberse reunido en Europa de losaraucanos. El director del museo, Václav Sloc, me habla encastellano y me regala dos libros: su estudio sobre la culturachiriquí, con muchas reproducciones de cerámica panameña ycostarricense, en inglés, y |Los Aymaras de las Islas delTiticaca, escrito por él directamente en castellano. Ha vividoaños en Sur América, y conoce muy bien los libros del incaGarcilaso de la Vega o la crónica de Poma de Ayala. Pasó una largatemporada entre los araucanos. Sabe tanto sobre cómo fabrican susbalsas los pescadores del Lago Titicaca, que Heyerdahl, elaventurero de Kon-Tiki, su amigo, ha venido a consultarle sobreestas naves
-las |yampu- góndolas de totora, que reflejan en las aguasdel lago más alto del mundo el sueño milenario de los aymaras.

Sorprende hallar en el corazón de Praga a este sabio atraído porel embrujo americano. Por él, hasta los niños de Checoslovaquiaconocen la América de los tiempos más antiguos. Václav Sloc haescrito algunos libros sobre América que, tal como se han editadoen Praga, con ilustraciones de colores en todas las páginas,podrían traducirse al castellano con provecho para los de nuestraAmérica. Sloc me muestra dos de estas obras. Una, |NejtarsiAmericané, sobre los más antiguos príncipes de América, es elcuento maravilloso de nuestra historia más remota. El otro, |Robinsoni z And ( |El Róbinson de los Andes) entra enel campo de la fantasía, sin hacerle daño a la pura realidad.

Tratándome como a un niño -así es su pedagogía- me habla conentusiasmo de la papa de cuatro colores que se cultiva enChecoslovaquia, y que llegó de América en los tiempos de laemperatriz María Teresa. Y de sus aventuras en los Andes, cuando,todavía poco experto para hablar el aymara, preguntaba un día a losindios por la papa y se mostraban confusos; en su mala dicción dela lengua, estaba diciendo "oro" en vez de "papa": las dos palabrasson casi idénticas en aymara, quizás por estar tan cerca de suspropios valores. Los jardines de oro de Cuzco no valían tanto paralos incas como las papas de la sierra...

Ahora alienta Sloc la ilusión de traer a Praga la muestra delMuseo del Oro de Bogotá que está presentándose en otras ciudades deEuropa. Hacer estas cosas explica en parte su entusiasmo por elNuevo Mundo. Obviamente, su campo de acción es el estudio, laexploración, el contacto directo con el hombre americano. Si,accidentalmente, ha pasado a ocupar un puesto administrativo, hasido sacrificando mucho de su vida de sabio investigador. Quizás siel antiguo cervecero que fundó el instituto volviera a esta vida,le diría a Sloc: "Váyase para el Titicaca: aquí me quedaré yoguardándole el museo".

 

Las Casas revolucionario

Más allá de lo que representó la prédica de Bartolomé de lasCasas en favor de los indios, hubo en ella un matizantiimperialista que la hizo entrañablemente eficaz hacecuatrocientos años en los reinos europeos. Entonces se luchabacontra el imperio de España. Así se explica la resonancia de |LaDestrucción de las Indias en los Países Bajos... o en Bohemia.Es notable encontrar en Praga, en papeles del siglo XVI, recogidaslas expresiones americanas del defensor de los indios. Eran uncartel filosófico para salvar la independencia del reino, ante lasamenazas del único imperio peligroso cuyas pretensiones habíandesatado la revolución emancipadora.

El profesor Polisensky es un sabio investigador que, desde suestudio emparedado de libros, hace decenas de años viene explorandoel fondo de los archivos de Bohemia. Lo que ha escrito, en unióndel profesor Vebr, en torno a Las Casas, es fascinante. Da lamedida de cómo la idea de justicia sacada de América pudo llegar aPraga hace cuatrocientos años. Ya con la publicación en idiomacheco de las noticias dadas por Vespucci, se había abierto camino ala revolución científica de Copérnico. Ahora, tocaba el turno a larevolución política de Las Casas. Se han encontrado en unabiblioteca del quinientos, la de Tobías Valentín de Jenstein, la |Brevísima Relación de la destrucción de los indios, y en elColegio de San Clemente de Praga ejemplares del mismo libroeditados en Barcelona en tiempos del levantamiento catalán de 1646,o en Heidelberg y Amsterdam. Esos libros no eran volúmenes muertosy emparedados en los anaqueles. Servían para inflamar elpensamiento de los moralistas y condenar la destrucción en tierrade Bohemia.

La protesta de Las Casas, nacida en América, y por estoamericana, caldea en las páginas de Comenio, el gran pensadorchecoslovaco. "Sabemos -escribe Comenio- cómo hace cien añosentraron a gobernar los españoles en el Nuevo Mundo: aplicando todasuerte de suplicios extinguían a los americanos inermes...". Loescribió Bartolomé de las Casas, arzobispo, quien no creía quenuestro Viejo Mundo tuviese tanta gente como la que en breves añosfusilaron en el Nuevo los conquistadores, tajándolos con lasespadas, ahogándolos en los ríos, quemándolos. Me sobrecojo dehorror al pensar en la ira de Dios al ver así castigada la segundamitad del mundo y dejando desierta la tierra que antes estuvodensamente poblada...". Comenio, como el abate Reynal dos siglosmás tarde, se preguntaba si no había que dudar en que los viajes delos europeos a otros mundos trajeran a Europa buenos o malosresultados: "Es verdad que Europa quedó henchida por la plata deAmérica y el oro del África, pero los precios subieron tanto, quenadie se benefició con la moneda abundante y la moralempeoró...".

Hoy, como hace quinientos años, la posición de las naciones quecaen bajo la subordinación de los imperios es la misma. El tema dela justicia resulta tan actual en nuestra época como cuando LasCasas. El programa de la revolución americana es siempre el mismo.El fraile que nació a la protesta en Cuba, en México, en Guatemalacontraponía su imperio cristiano al de Sepúlveda, su contrincante,que tenía la idea totalitaria. A través del imperio cristianoVitoria, como Las Casas, sacó de la lección americana la filosofíade la libertad de las naciones.

El profesor Phelan resume así a Vitoria en la |Revista deOccidente consagrada a Las Casas: "Los españoles podíanpredicar el Evangelio a los indios, pero debían también respetar lasoberanía política y los derechos de propiedad que las nacionesindias y sus ciudadanos poseían en virtud de su pertenencia a lacomunidad mundial de los pueblos". Reduciendo Phelan a pocaspalabras el famoso debate de Salamanca, puntualiza: "La visión quetenía Las Casas de la soberanía de las Indias era pluralista: la deSepúlveda, unitaria" (digamos: totalitaria).

¡Y pensar que todo esto se había proyectado en la pantalla deBohemia desde el quinientos!

 

El viaje de Colón a Praga

No faltará en Praga persona seria que crea en una venida deColón a esta ciudad después de su grande aventura, y lo lleve a lacervecería en donde el Almirante pasó algunas horas deesparcimiento y comunicación. Es lo menos que puede ocurrir en unpaís que con sólo el nombre de una cerveza -Pilsen- le ha dado unmillón de veces más vueltas al mundo que Magallanes. Así, laexperiencia del marino genovés queda como entretenimiento dequienes meten en una botella un velero diminuto.

En Praga la vida se ve a través del ópalo de la Pilsen, y elresto es pura espuma. Esa cervecería a donde le dicen al viajero,como misterio, de esa supuesta fuga de Colón de España, es un mesóngigantesco en donde en patios enormes, o en salas medievales queparecen refectorios de frailes, pueden reunirse ochocientaspersonas a beber, a beber, a beber! Acabando por cantar, como losalemanes, cogidos por los brazos en cadena y moviéndose con elritmo del vaivén de los barcos. Estas canciones se cantan despuésde la medianoche, cuando ya se han contado muchas historias... ¿Nosería una muy buena, por allá a comienzos del XVI, la deldescubrimiento del Nuevo Mundo?

Todo esto se produce en Praga en forma tan natural como el pasodel doctor Fausto por su historia. El personaje fantástico quetodos conocemos en Praga es tan real como Carlos V. Carlos Vdiscutió con Fausto algunas cosas de brujería, cuando se preparabala dieta destinada a hacerles frente a las herejías protestantes.Si yendo a Praga no se visita la casa del doctor Fausto, la visitaserá incompleta, por no decir que perdida. Un auténtico hijo de laciudad no perdonará a quien cometa semejante falta, tan insultanteolvido.

Lo de Colón tuvo en Praga, como lo de Vespucci, resonancia deauténtica noticia de gran cervecería. El orden es muy claro. En elorigen, fue la ciudad de Pilsen, cuyas aguas siguen siendo de unacalidad misteriosa -fáustica-: así, su cerveza es la mejor delmundo. Luego, vino lo de América. En 1508 se publicó la carta deAmerigo sobre el Nuevo Mundo, en lengua checa, y de una maneraúnica entre todas las ediciones de ese aviso famoso que anuncia laaparición de un nuevo continente: se recogieron en un mismocuaderno la primera carta de Colón, la de Amerigo sobre los paísesnuevamente descubiertos y una descripción de las Antillas. Todoesto, en esa fecha, en esa lengua, en ese rincón del mundo, hacepensar que quizás en Praga estas cosas revolucionaban más al mundointelectual que en lugares más vecinos a aquella Castilla en dondeColón encontró su tierra firme.

De la visita fantasma de Colón a Praga sólo quedan tres cosas:la cervecería del cuento; el librito de Colón y Amerigo, del cualsólo se encontrarán en el mundo unos cinco ejemplares; y unacallejuela. La callejuela se llama del Nuevo Mundo. De unos cienpasos, estrecha, apachurrada y desconocida, corre jorobada a lasombra del castillo. Es refugio de poetas y pintores, y es linda,casa por casa. Si aún quedan ojos para ver en las noches de luna elpaso de los fantasmas, se verán correr por ella las sombras de donCristóbal y Amerigo, como si salieran a la madrugada de lacervecería vieja.

 

El caballero del taxi

El chofer oyó que proyectábamos una visita al castillo deKrivoklat, a unos cuarenta kilómetros de Praga, y se ofreció paraprestarnos ese servicio al día siguiente. Nos explicó que enrealidad sólo hablaba alemán, francés e italiano, pero entendía elinglés. El italiano le ayudaba a darse cuenta del castellano. Noera para sorprenderse. Ya sabíamos que el servicio de choferes loprestaban médicos, arquitectos, ingenieros, o antiguos nobles. Ladictadura del proletariado se expresa colocando al obrero, en laescala de los salarios, por encima del universitario. Si un médicogana hasta mil quinientas coronas, un albañil tendrá dos mil, y sitiene alguna especialidad como pegar ladrillos, subirá hasta tresmil. A los de la antigua nobleza se les ha colocado en la situaciónmás difícil. No es raro que en las embajadas trabajen antiguoscondes como criados. Lo del chofer, sin agradarme del todo, no hubomanera de eludirlo. Nos ofreció estar puntualmente a las tres de latarde en el hotel.

Menos me entusiasmó ver que demoraba en cumplir con la horaconvenida. Se presentó a las tres y quince, con el cuento de quedebía hacerle una reparación al automóvil, cosa que implicó nuevademora. Ya en el camino fuimos viendo que el joven conductor erauna joya. Cuando nos sentamos a la mesa en una heladería para tomarun descanso, nos informamos de que estaba para graduarse dequímico, tenía excelente récord universitario y alternaba elestudio con el servicio del taxi.

-Entonces -le digo-, una vez que usted saque su título dejaráeste oficio.

-No -me responde-. Con el título podré ganar mil doscientascoronas, y con el taxi puedo llegar a tres mil...

-Habrá un ascenso rápido en la profesión... -le pregunto.

-No. En las mil doscientas o mil quinientas coronas tendré quequedarme tal vez indefinidamente. En cambio, con el taxi, ustedve...

-Pero, por qué, si eso es así, ¿insiste en estudiar química?

-Ah, la química ejerce en mí una fascinación irresistible: amoel estudio...

En este punto concuerda lo que me dice el chofer con cosas quehe oído de otras personas, en Checoslovaquia o en Polonia, y conreportajes que se han publicado sobre Rusia. He conocido en Poloniaun matrimonio joven, en que él y ella trabajan en un instituto defísica teórica y tienen que exprimir el cerebro ocho horas al día-de las seis de la mañana a las dos de la tarde- resolviendo losmás intrincados problemas matemáticos, y ganando menos que losobreros de un taller o los cargueros en la estación delferrocarril. La diferencia está en que estos jóvenes científicostrabajan en lo que les apasiona, y los otros en lo que el destinocrudamente les ofrece.

En estos casos, la diferencia entre un país socialista y un paíscapitalista está sólo en la escala de los salarios. En EstadosUnidos un plomero, un albañil, un electricista, gana más que unprofesor de la universidad. Pero en Praga o Varsovia esto ocurredentro del límite exiguo de dos o tres mil coronas, y en EstadosUnidos hay |salarios hora que llegan a los cien dólares... EnParís, el albañil que me ha limpiado los muros del apartamento ganamucho más de lo que me producen estas notas. Etcétera. Y mientrassuda el sabio por tener una biblioteca propia y espacio donde armarlos estantes, en Praga o en Varsovia, cubrir un muro con estantesde libros es cosa que logra cualquiera en Caracas, Buenos Aires,Cuernavaca de México o Iquitos del Perú.

 

En Praga una vez...

Una vez.... hubo una revolución. La gran revolución de launiversidad, del pueblo, del campesino tcheco que tomabanconciencia de sí mismos. Para que no haya equívoco, me adelanto adecir que esto ocurrió en 1400. Cosas de Juan Huss, se entiende.Pero que no todos recordamos con exactitud. Europa ardía por causadel cisma de Occidente, y Juan Huss, que por ningún motivo queríadesprenderse de la Iglesia y buscaba su unidad, desencadenó, sinproponérselo, la primera revolución que habría de conducir a laReforma. El predicador de la iglesia de Bethlem, confesor de lareina, creador de la literatura tcheca... se negó a someterse a ladecisión del Concilio Ecuménico de Constanza. El Concilio se habíareunido para deponer a los tres papas cismáticos, y designar unosolo capaz de afirmar la unidad de la Iglesia. Huss buscaba lamisma solución, pero iba más lejos. Colocando en primer término elEvangelio, propugnaba por un régimen de libertad e igualdad. Loscampesinos se apasionaron por esta reforma que los libertaría delos vejámenes a que los tenían sometidos los amos ensoberbecidos.Los nobles se ilusionaban con extender sus propiedades a expensasde la Iglesia. Y en medio del levantamiento que cada cualinterpretaba a su antojo, surgía una nueva invención política:Bohemia liberada, el pueblo tcheco unificado en una nación...

El primer levantamiento fue el de la universidad. Cuando seconvocó el sínodo de Pisa, la universidad de París que lo habíapreparado invitó a la de Praga para que se sumara a la empresa. Losprofesores alemanes apoyaban al papa Gregorio y se negaron aparticipar. Huss indujo al Emperador a reformar la carta de laUniversidad de Praga en el sentido de dar a la nación tcheca tresvotos, contra uno que tendrían las otras tres naciones, queformaban parte del colegio. Era un golpe brutal para los alemanes:en un solo día se retiraron de Praga dos mil estudiantes yprofesores. En total, hubo cinco mil que fueron a buscar educaciónen otras universidades. La universidad de Leipzig debió su origen aesta desbandada. Huss decía: "Los bohemios deben ser los primerosen el reino de Bohemia, como son los franceses en el reino deFrancia o los alemanes en el de Alemania...".

Cuenta la historia que el partido de la reforma llegó al deliriodel triunfo cuando el sínodo de Pisa eligió papa a Alejandro. Porahí comenzaría la nueva era para reprimir los abusos de laIglesia... Ilusión fugaz. Los dos papas cismáticos se negaron arenunciar y con la elección de Alejandro, en vez de dos papas,quedaron tres. No había que retroceder. Con mayor ímpetu losreformadores de Praga se prepararon para el próximo concilio enConstanza. La opinión se dividió. La universidad y la jerarquía seenfrentaron. Huss, que acaudillaba la universidad, fue excomulgadopor el arzobispo. La excomunión fue confirmada por Juan XXIII(antipapa).

El Concilio de Constanza, presionado por el cardenal Pedrod'Ailly, condenó la rebeldía de Huss. La tesis de Huss era radical:No hay otra ley que la de Cristo, ni otra fuente de inspiraciónsino la |Biblia: La Iglesia no es el papa, los obispos y lossacerdotes, el conjunto de los fieles que ruegan a Cristo y merecensu Gracia. La tesis de d'Ailly rechazaba esta salida democrática yproclamaba la soberanía del Concilio: aunque el Papa se retirara-como se había retirado- del Concilio, las decisiones del Concilioeran inapelables.

Huss volcó su elocuencia contra la corrupción eclesiástica."Poco a poco la emoción pasó de la universidad a las calles. Loscuras que habían aprobado la excomunión pronunciada contra Husseran golpeados en las manifestaciones; las paredes se cubrieron deletreros injuriosos contra el papa; en las calles se cantabancanciones satíricas contra el arzobispo...". Juan XXIII predicó unacruzada contra el Emperador, y con esto arrimó unos haces más deleña a la hoguera... "Jerónimo de Praga, muy adicto a Huss,organizó una gran procesión satírica. Centenares de estudiantespasearon una carreta llena de bulas pontificias. Uno, vestido decortesana, llevaba sobre el pecho una bula de Juan XXIII. Otros,vestidos de ujieres, a grito herido, anunciaban que iban a quemarla carta del Papa tratándolo de hereje y pillo. La procesión fuehasta el palacio arzobispal, donde se encendió una hoguera y sequemaron las bulas del escarnio...

 

El estado capitalista

Después de unas cuantas semanas en cada país -que para unturista tragaleguas serían demasiadas y para mí, muypocas-visitando a Polonia, Checoslovaquia y Rumania, he llegado aformular una hipótesis de trabajo transitoria para explicarme susistema de gobierno. Me he preguntado: ¿Qué es una repúblicacomunista soviética? Por el momento mi respuesta sería lasiguiente: Un estado capitalista empeñado en formar un proletariadoburgués.

Encuentro inexacto cuanto se dice de acabar con el capitalismo.Se trata sólo de hacer del estado una institución capitalista quesobrepase en mucho el poder alcanzando hasta ahora por caminosprivados. La industria soviética reproduce la técnica, la ambición,el poder desmesurado, de la civilización occidental, adoptando losmismos modelos, produciendo las mismas cosas, haciendo trabajar alobrero con mayor intensidad. El nuevo estado realiza lo que pudieraser el más utópico de los sueños que jamás tuvo el más atrevidoempresario de Alemania, Francia, Inglaterra o Estados Unidos, esdecir: defender sus fábricas con el poderío militar del Estado, sinpermitir, no digamos una huelga, ni el más leve reclamo del obrero.Y de otra parte -sueño también del mismo empresario en lasdemocracias libres-, poder darle a todo hombre un trabajo.Relativamente el hombre sin trabajo no existe en estos países,ganancia positiva que no ha sido capaz de lograrse ni en el restode Europa, ni en América.

Si la utilización de las viejas fórmulas se ha hecho pasar comouna revolución, se debe a un truco gramatical tan simple comoeficaz. Se dice "dictadura del proletariado", en vez de "dictadurapara el proletariado". Es evidente que el nuevo estado busca hacerdel obrero y el campesino un privilegiado. Que quien pega ladrillosgane más que un médico. La meta final es la misma que en todaspartes ha fijado el maravilloso engaño de nuestra época: tener untelevisor y un automóvil. El televisor lo encuentra usted hasta enla última choza de la estepa o la montaña -me dice un entusiastadel sistema-, y en cuanto al automóvil lo tendrán primero losalbañiles que los doctores. Y agrega el mismo informante: Es ciertoque un obrero de Alemania, Francia o Estados Unidos tiene hoycomodidades que buscará en vano usted acá, pero tenga presente queallá hace dos siglos viene trabajando la fábrica, y aquí tenemossólo cincuenta años.

Con todos los recursos de la producción en la mano, el estadosoviético ha desatado una revolución industrial como no la conocióManchester en el XVIII. Estos países fabrican hoy toda suerte demaquinaria, unas veces aprovechando lo tomado al antiguo mundocapitalista -Skoda en Checoslovaquia-; otras, iniciando complejoscomo el de Nova Huta en Polonia. Así, todos aquí tienen trabajo, delas seis de la mañana a las dos de la tarde, o de las dos de latarde a las diez de la noche, siempre en jornada continua. Si llegaa necesitarse, habrá el tercer turno, de las diez de la noche a lasseis de la mañana. Con esto desaparecen el ocio y la miseria, locual es evidente. Eso sí, como todo capitalismo, el de estos paíseses implacable. Si Nova Huta ha crecido como un hongo atómico, labelleza del espectáculo va acompañada de una polución que vaextendiendo su sombra negra hasta la resplandeciente -antes-Cracovia.

 

Jan Huss o la verdad a medias

Del viejo ayuntamiento de Praga sólo queda en pie la torremedieval. Fue lo único que no alcanzaron a arrasar los nazis en sufuga rabiosa. Desde lo alto de la torre, la vista de la ciudad escomo un milagro del tiempo. Los tejados de terracota forman el másintrincado juego cubista. Se inclinan por mil lados siguiendo loslaberínticos juegos de las callejuelas, espiadas por los ojos amedio abrir de las buhardillas. Las mismas tejas forman en cúpulasdiminutas linternas de barro. A lo lejos o desde la plaza vecina,cien torres feudales coronadas de cuatro torrecillas. Agujas queensartan en el aire esferas doradas, como burbujas de oro perdidasen la bruma del tiempo. Todo esto, sí: pero lo que vale está al piede la torre: la plaza vieja. Y en la plaza, el inmenso fantasma deJan Huss. Un bronce nada solitario: surge seguido de todo supueblo. Es un monumento multitudinario. La base circular es tangrande que sirve de asiento para cien o doscientos turistascansados, o checos ociosos que dialogan -o callan- sobre todo ysobre nada. Con los trajes de verano, el monumento a Jan Huss se vedesde el mirador de la torre entre una enorme corona de flores atodo color.

¿Por qué se ha salvado este monumento, inaugurado en 1915, alcumplirse quinientos años del suplicio de Jan Huss? Jan Huss fue elprecursor de la justicia social. Recio campesino, un siglo antes deLutero, levantó a los checos contra la iglesia millonaria ycorrompida, dueña de una tercera parte -o de la mitad- de lastierras de Bohemia. Huss, rector de la universidad, propugnó por lajusticia cristiana contra la desigualdad impuesta por las clasessociales. Desafió, seguido de estudiantes y campesinos, a losgrandes señores encastillados en sus fortalezas de piedra, señoresde bosques y praderas que iban hasta los confines de Bohemia yMoravia. Hace quinientos cincuenta años se oían así, a no muchospasos de esta plaza, estas admoniciones socialistas. En la iglesiade los Santos Inocentes, siendo párroco, dijo entonces loscapítulos que luego inventó Lenin. Esto, que es lo que dicen hoy alvisitante de Praga quienes lo llevan a la plaza, es la verdad. Y noes toda la verdad.

La otra parte de la verdad, que no se dice, pero que todo checomantiene callada -no dormida-, en el fondo del alma, es la historiade Jan Huss, inventor de la independencia nacional. En Huss el sercristiano y el ser checo eran dos partes indisolubles de suardiente vida luchadora. Cristiano, quería seguir el ejemplo deJesús hasta apurar la última gota en el cáliz de la sangreredentora. No se contentaba con el pan: había de comulgar tambiéncon el vino: no perder ni una sílaba de las palabras dichas por elhijo de Dios en la cena de su despedida y testamento. Y hacercristiano, de veras, a su pueblo. Eso sí, predicaba en lenguacheca. Sin la altivez de los grandes señores que entre elloshablaban en alemán -el checo sólo lo usaban con los siervos-, parahacer más clara su palabra de explotación y despotismo. La patriacheca se confunde así con el recuerdo de Huss. En el bronce de laplaza, el checo de hoy oye una campanada de siglos de esperanza...que no llega al oído de los extraños.

El año de 1415 Huss comparece en Constanza ante el Concilio dela Iglesia. Se le ha llamado a juicio. De herejía se han calificadosus sermones cristianos, y ante el Papa y el Emperador y losobispos ha de retractarse. La sentencia estaba escrita en la mentede la soberbia que iba a juzgarlo. La víspera del suplicio lollevan a ver la hoguera en que se echan al fuego sus libros, comoleña. El resplandor de las llamas ilumina su sonrisa. Al díasiguiente, escoltado por tres mil hombres armados y una muchedumbrede campesinos y mujeres, se lo conduce al propio sacrificio. Entotal silencio, inmóviles, lo oyen despedirse de este mundo,entregando al juicio de Dios la revisión del proceso que leformaron los hombres. Cuando se apagaban las llamas, se ve elcuerpo calcinado pendiente de las cadenas que lo sujetaron al postedel tormento. Los verdugos removieron la leña para aprovechar hastala última llama. Luego, machacaron los huesos y la cabeza paraacelerar el proceso de la destrucción definitiva. De acuerdo con loque le concedía la ley, el jefe de los verdugos tomó para sí lacapa de Huss. Lo obligaron a echarla al fuego. El representante delRey le daría otra mejor, y se evitaba que quedase de Huss reliquiaalguna. Se prendió un segundo fuego, y las cenizas finales serecogieron con escoba y se echaron en una carreta para arrojarlasal Rhin. No debería quedar nada que pudiera luego llevarse aBohemia.

Aquella noche, sin embargo, cuentan los biógrafos de Huss, loschecos cavaron en el lugar donde se prendió la hoguera, y sellevaron a Praga la tierra que estuvo empapada por su sangre,tocada por sus cenizas. Entre quienes así lo hicieron estaba uncierto Zizka. El mismo Zizka, el tuerto, cuya imagen es la másfamiliar a los checos de todos los tiempos. Aparece hasta en losbilletes de hoy, con un trapo sobre el ojo, como el general Dayan.Esta ya es otra historia, sobre la cual tendremos que volver.

 

Zizka el tuerto

Las guerras religiosas del mil trescientos carecen de sentido enla Checoslovaquia de nuestro tiempo. Lo que fue audacia de incendiocuando Huss tronó contra la corrupción y enriquecimiento del clero,y contra el acaparamiento de tierras por la Iglesia, o el proponercomulgar con pan y vino hasta hacer del cáliz el símbolo de susbanderas son cosas que hoy dice cualquier cura católico en elsermón de cada día. O que introduce la liturgia sin escándalo. SiJan Huss, o Jan Zizka, invencible capitán de las guerras hussitas,resurgen hoy como símbolos de Checoslovaquia, no lo son ya en en elsentido de reformadores protestantes. Son ellos, ante todo, losfundadores de la nacionalidad. Héroes de una lucha de quinientosaños contra los invasores de su tierra. Se levantaron contra losalemanes porque los alemanes ocupaban el país, lo sojuzgaban,hablaban otra lengua. Si el monumento a Jan Huss se alza desde1915, en el centro de Praga vieja, como una catedral de bronce,quien exaltó su memoria, y la impuso, fue Masarik, el primerpresidente, autor de la república checoslovaca. Jan Zizka, a suturno, corre en las manos del pueblo como moneda de buena ley. Suretrato está en los billetes. En los museos, siempre el cuadro másimportante es el de este guerrillero convertido en 1420 en capitánde todos los ejércitos. Entonces, un 14 de julio derrotó aejércitos alemanes armados de fierro y soberbia, con muchedumbresde campesinos, mujeres y niños. Zizka sacó de Praga a los intrusos,y los mandó a la otra orilla del Vltava, venciendo al mismo tiempoal Emperador y al Papa, dos soberanos temporales, dos extranjerosen tierras de Bohemia.

Todos saben la historia de Zizka el libertador. En 1419 no erasino uno en la muchedumbre que invadió la iglesia de Santa María delas Nieves, cuando en ella estaban reunidos los autores de larepresión. Enardecido, pedía el pueblo la liberación de loshussitas detenidos. De las Nieves se encaminó a la iglesia de SanEsteban y forzó las puertas. Se celebró la misa comulgando con lasdos especies. Encabezando las manifestaciones, iba el sacerdotellevando la hostia y el vino. Se movilizaron de la iglesia hacia lacasa en donde los parlamentarios deliberaban. Estaban en el balcón,a la vista de todos. Del balcón se arrojó una piedra que hizoblanco en el sacerdote que llevaba la hostia. Se desató latempestad. Los hussitas forzaron las puertas, invadieron la casa yarrojaron del balcón a los consejeros. Fue la primeradefenestración que hizo el pueblo. Zizka se retiró a Mont Thabor aorganizar a sus campesinos. Cuando regresó a Praga fue paraderrotar a los enemigos del pueblo. Sólo iban con él nueve milinfantes. Lo demás eran guerrilleras airadas, pueblo menudo. Era elpueblo de Dios puesto en marcha. Con ese pueblo Zizka echó de laciudad al enemigo.

Zizka inventó los tanques. Un tanque rural, del medioevo,máquina rústica que espantó a los caballeros de relucientesarmaduras. Era una carreta campesina de cuatro ruedas, protegidacon planchas de fierro. O se fijaba en tierra como fortaleza, oavanzaba movida por veinte hombres dirigidos por señales. Ibacargada de piedras. En las pendientes, se echaba a rodar como unpolvorín del diablo: ya existían las primeras armas de fuego, lapólvora que espantaba y enloquecía a los caballos. El ejército deZizka tenía una moral que no conocieron los cruzados. En sus filasno se admitían falsarios, ladrones, jugadores, pillos, borrachos,libertinos, juradores, adúlteros ni rufianes. Ni adúlteras, niputas. Nada de esa espuma asquerosa de los otros ejércitos en laEuropa medieval. Zizka castigaba toda infracción o indisciplina,con la ayuda de la Santísima Trinidad y el rigor crudo de la ley deDios. Y vencía. Fue invencible. Apenas perdió un ojo, que cubríacon un trapo, como se ve en los billetes, en los cuadros, en losbronces. Invicto murió, y no quiso que lo enterraran en monumento:"entiérreme en un potrero por donde pase el ganao."  Como dice elcorrido de los llaneros...

 

Schweik el buen soldado

No es rigurosamente necesario, en Praga, pararse delante de latorre del Ayuntamiento cuando van a dar la hora, ni ver salir a losdoce apóstoles y al gallo que anuncian la ceremonia, aunque hayaquinientos turistas atentos a esta representación mecánica. Puedeusted omitir la visita a la casa de Kafka y pasar de largo lashojas de piedra en el libro secular del cementerio judío. Quédesesin ver el puente del Rey Carlos y olvídese del Castillo, laCatedral o el monumento a Jan Huss. Pero vaya a la taberna del buensoldado Schweik. No está muy lejos de la plaza del reyWenceslao.

Las guerras han dejado en cada país poemas épicos, novelasdesoladoras o románticas: en Checoslovaquia el libro de JaroslavHasek -hoy clásico del humorismo universal-: |El Buen SoldadoSchweik. Schweik entra en el cuadro en la primera guerra encuanto se produce el asesinato del archiduque Fernando en Sarajevo.Una mujer le informa del crimen que desata la guerra, cuandoSchweik está frotándose la rodilla para aliviarse del reumatismo.Su alejamiento del ejército es completo. Lo habían echado de latropa por idiota, por débil mental, y se ganaba la vida vendiendoperros. Cuando la mujer le dice que han matado a Fernando, Schweikse rasca a cabeza y se da cuenta de que sólo recuerda a dosFernandos: uno que trabajaba con un farmaceuta y se bebió por erroruna botella de tricófero, y otro que vivía de recoger boñiga en elcampo y la vendía como abono. La noticia del tercer Fernando leencendió el patriotismo. Pensó que su deber patriótico estaba enofrecer sus servicios y llegar hasta el sacrificio en defensa delemperador Maximiliano. De sus mil aventuras en el ejército quedóeste libro de Hasek que sólo puede clasificarse con un términovenezolano. Se trata de la mayor mamadera de gallo que conoce laliteratura universal. En este camino, los praguenses son como loscaraqueños de |Morrocoy Azul.

Schweik pone de lado el reumatismo y se dirige a la taberna enbusca de noticias. Llega a la hora en que el gobierno ha soltado ala policía para que con todo disimulo busque a cuanto sospechosopueda considerarse comprometido en el horrendo crimen de Sarajevo.En la taberna, Schweik no acaba de oír lo del asesinato cuandomonta su teoría. "Eso es cosa de los turcos -dice-. Los turcosperdieron la guerra de 1912 contra Serbia, Bulgaria y Grecia.Querían que Austria los ayudara y como no lo hizo, matan alArchiduque... Los de la secreta tuvieron que oír con embeleso estateoría que les estaba indicando los conocimientos enciclopédicos deSchweik en asuntos internacionales, y los ponía en guardia contrael administrador del establecimiento. Para sondear a este último,uno de los policías le dijo: "¿Por qué no tiene usted aquí elretrato del Emperador, como hace años, y ha puesto en cambio unespejo?". El tabernero, a quien la política le importa una higa,elude todo compromiso: "Quité el retrato del Emperador por respeto:ustedes ven la cantidad de moscas que hay y pueden imaginar cómoestaban depositando suciedades en el rostro del Emperador: paraponerlo a cubierta de semejantes porquerías, lo llevé a lugarseguro y decente...".

Fue así como, por imaginar lo de los turcos y por evitar lospuntos negros de las moscas, Schweik y el tabernero fueron a dar ala cárcel. Hasek no volvió a ocuparse del tabernero, y se entregó aseguir los pasos del buen soldado Schweik, quien de paso para lacárcel trató de levantar el sentimiento patriótico de los checoslanzando vivas al emperador del retrato. A lo largo de las 470páginas de su novela, Hasek muestra los enternecedores esfuerzos dedecenas de autoridades del ejército por enviar a Schweik al frentey hacerlo matar. Nunca se logró por el desorden profesional de unejército en donde no se sabe ni para dónde se va, ni cuál es elfrente, y desde coronel hasta capellán nadie piensa en nadadistinto de comer, beber y divertirse. Schweik, como ordenanza,diciendo a cada paso: "Perdón, mi teniente..." llevándose la mano ala sien y juntando los talones, puede hablar sin limitaciones,opinando en todo con el buen juicio de quien ha leído periódicos yse siente autorizado a inventar lo que le dé la gana...

Termina la guerra, sin que el formidable engranaje del másperfecto de los ejércitos del mundo logre encontrar la manera dellevarlo al frente y hacerlo matar. Es triste, en el fondo, lahistoria de una máquina que logró sacar de este mundo a millones degentes, y no logró tragarse al buen Schweik, el único que tantosquisieron ver con las sienes y las tripas fuera de su puesto.

En la taberna cercana a la Plaza del Rey Wenceslao todavía sepueden beber jarros de Pilsen rubia y fresca, en homenaje alsinvergüenza de Schweik.

 

El muerto conversando con su pueblo

A unos cuarenta kilómetros de Praga hay una aldea diminuta-Lany- que tiene, de un lado, los jardines y el castillo y, delotro, el cementerio. Los dominios de castillo o el cementerio sonmás grandes que la aldea. Cuando no hay nadie en el castillo, esdecir: cuando no está el presidente de la república, se abren losjardines y allí juegan los niños, se sientan a no hacer nada losviejos. Cuando el señor llega, se cierran las puertas y se hace elsilencio. El señor habla menos que quienes en el cementerio duermenbajo tierra, con la cruz de piedra sobre el cráneo. Pero más grandeque el cementerio que, como digo, es más grande que la aldea, es elalma de Thomas Masaryk que por allí se mueve. Un martes cualquierallego a cualquier hora y veo a un grupo de gentes silenciosas queoyen crecer la voz de Masaryk, y llenan de flores su tumba. Estoocurre lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado,domingo... Todos los días, todas las semanas, todos los meses,todos los años.

Masaryk es para los checos lo que Bolívar o San Martín o Juárezo José Martí para nosotros, y un poco más. Checoslovaquia fue unainvención suya. Antes de él, ese nombre no existía, y en vano sebuscará en ninguna geografía o enciclopedia anterior a 1920. Lanación checa, sí, como la eslovaca, son tan antiguas como Polonia,Rumania, Prusia o Moscovia. Pero la historia venía cubriendo a esapatria que Masaryk inventó, descubrió, liberó, modeló, llevó alatlas, le dio bandera. Era él un filósofo. Lo primero que escribiófue un libro sobre Platón. Pero bajando a la pura tierra, sociólogoy humanista singular, fue hundiéndose en las profundidades de supueblo y haciendo de la cuestión checa la razón de su vida. Pusobajo una nueva luz a Jan Huss e hizo que lo que el ardientereformador había dicho desde la hoguera volviera a oírse como vozviva. Luchó contra el antisemitismo. Perseguido por los nazis logróescapar para llevar a Suiza o a Inglaterra -al mundo- la queja yesperanzas de sus pueblos
-de su invención-. En 1917 pasó a Rusia y organizó con los noventamil prisioneros checos liberados de los alemanes, las legiones quedieron libertad a su tierra. Cuando terminó la guerra, por él quedóen el mapa un color nuevo: el de la República de Checoslovaquia.Por unanimidad se le aclamó presidente en 1920. Se le reeligió enel 27.

 Liberal, socialista, fundó el partido checo del pueblo. Muchascalles y plazas y bronces llevaron su nombre, por espontáneavoluntad de quienes veían en él lo que era: el Padre de la Patria.De eso no queda nada. Las calles cambiaron primero su nombre por elde Stalin. Luego tuvieron otros nombres. Los bronces se fundieronpara trabajos en escuelas de artes y oficios. Sólo quedó esta tumbaadonde llegan silenciosamente los checos lunes, martes,miércoles... Es lo único que se escucha por acá, y se difunde hastalos confines del país. Del otro lado de la aldea se oyen vocescuando sale, como un muerto, el personaje del palacio y entran losniños. Torna el silencio cuando regresa el señor. El señor es el"presidente" de la república. Tiene ahí su casa de retiro. Casisiempre está de retiro.

En la capital, al pie del castillo real, hay un inmensoedificio: el Ministerio de Relaciones Exteriores. De piedra rubia,imponente y sencillo, tiene una, dos, cien ventanas. Las gentes sedetienen a mirarlo, se sientan a conversar en el café y se quedanmirando una ventana, del piso más alto. Una mañana, al pie de laventana, se encontró destrozado el cadáver de Jan Masaryk, hijo delviejo presidente. Había continuado como Ministro de RelacionesExteriores después de la entrada de los rusos. Se lo había rogadoel presidente Benes, sucesor de su padre. Todavía se discute sobreel mismo tema: ¿Se suicidó? ¿Lo suicidaron?... Desde el mismo lugaren que se coloca usted para ver el palacio y la ventana, se ven latorre y la ventana de la torre del castillo. Desde esa ventana deaquella torre, hace siglos, se tiraron a las rocas los nobles quequisieron conspirar contra el rey. Se inventó entonces la palabradefenestrar.

Todo lo que haya de misterio y silencio en esta historia seaclara y rompe yendo cualquier día a visitar el cementerio deLany.

 

La tumba de Jan Palach

Dicen que en este enorme cementerio de Praga se guardan loshuesos de doscientos cincuenta mil cristianos. La vista se pierdeen una perspectiva de cruces y mausoleos. En cada tumba está muybien grabado un nombre, y se recuerdan unas fechas. Sólo en la deJan Palach falta toda inscripción. Se sabe en qué punto loenterraron, al lado de su padre, porque hay siempre una cantidad deflores frescas y muchas velas encendidas, y es el lugar adondellegan en silencio las gentes más distantes de su familia, y no semuestran menos conmovidas que su madre cuando llega a rezarle.

Jan Palach tenía veintitrés años cuando se hizo negro el cielode Praga, más por las sombras de miles de aviones que por los velosde la noche. Al llegar la alborada, los tanques cubrían de fierrolas piedras de calles y plazas. Mil muchachos decidieron sortear deentre ellos cincuenta para quemarse vivos en señal de protesta. Elprimero en el escrutinio fue Jan Palach. Dicen que veintitrés másle siguieron en su decisión de cumplir el voto del sacrificio. Aalgunos los salvaron, a otros los hicieron desistir del propósito,por inútil. En todo caso, Jan Palach llegó al pie de la estatuaecuestre de San Wenceslao, se bañó en gasolina, se prendió fuego, yquedó para siempre en el recuerdo de todos como la antorcha viva dela patria.

La plaza de San Wenceslao es para Praga lo que la de laConcordia para París. Y un poco más. La vida de la ciudad seconcentra en ese lugar. De allí irradia todo el tráfico. No esprecisamente una belleza urbana, pero sí el centro más activo. Sóloen el extremo, donde la estatua del santo que cristianizó a Bohemiase levanta frente al museo nacional, la plaza toma toda sudignidad. Cuando Jan Palach se convirtió en una llamarada, mil ojoslo vieron con espanto. Hoy, la imagen se multiplica y renueva en laimaginación universal.

Los invasores tuvieron que dejar inmóviles los tanques, bajarlas armas, soportar, para que la muchedumbre siguiera los despojosde Jan Palach hasta el cementerio. Sólo algunos días más tarde setuvo el coraje de arrancar la piedra en donde estaba grabado elnombre del estudiante. Ahora que han pasado cuatro años de lainvasión, Praga ha estado silenciosa. Simplemente, ha ido endesfile al cementerio, y han llovido flores sobre la tumba.

Todo en la muerte de Jan Palach da la medida de cuán trágicaresulta la defensa de un ideal patriótico -a lo mejor, de un idealcualquiera- en esta época en que el poder se arma de máquinasaplastantes, de sistemas policíacos, de instrumentos de represiónque nunca antes fueron tan eficaces y pavorosos. Un muchacho que,inerme, desamparado, tiene a la vista eso que estaban viendo losojos muy abiertos de Jan Palach, puede no hallar otra solución paraexpresarse distinta de convertirse en una llamarada. No leimportaría nada distinto de su sacrificio. Que los otros, los quevinieran, hicieran lo que su conciencia les dictara.

El gesto no resultó fugaz. La llama ha seguido ardiendo. Y lasvelas que se encienden en su tumba sin nombre indican que el fuegono se apaga en torno al estudiante inolvidable.

 

Aquí, Praga

Cuando pasé por Praga, en el mes de agosto de 1972, no se movíala hoja de un árbol. Todo tranquilo, normal. Apenas algunosembajadores, captando transmisiones de Londres, Nueva York o París,sabían lo que pasaba. Estaba desarrollándose un juicio en Praga,Brno y Bratislava, a cuatro años de la intervención soviética enChecoslovaquia.

En todo el mundo produjo enardecidos comentarios esa represióntardía, esa implacable persecución destinada a castigar profesores,políticos, escritores, cuyo delito no era el de tibieza comunista-todos eran marxistas convencidos-, sino el ser defensores de laindependencia de Checoslovaquia frente a la ocupación rusa. Prontome di cuenta de que nadie ignoraba lo que estaba pasando, peronadie se atrevía a decir nada. Si alguien hacía alguna alusión eraen voz baja. El periódico, al fin, aludió a la bajeza de la prensaoccidental que presentaba como represiones políticas procesosinocuos en que no estaba ocurriendo nada extraordinario.

Sólo en París, meses después, lo supe todo. Un comunista checodesterrado, Jiri Pelikan, recogió en un libro el materialclandestino que había circulado en Praga ( |Ici Prague:l'Opposition interieur parle, Ed. Seuil). Así vine a enterarmede lo que era el silencio de aquel agosto. Cuarenta y sietepersonas habían sido condenadas a un total de 118 años de prisión.La mayor parte, comunistas de vieja data -miembros del partido, delcomité central-, o historiadores, periodistas, profesores. Elfilósofo Ladislav Hejdánek, miembro de la iglesia evangélica, dijoen el juicio: "No soy marxista por convicciones religiosas, peroadhiero a un socialismo formal fundado sobre el humanismo". YJoroslav Sabata: "Somos humanistas y no comunistas de la oposición;vosotros, quienes nos juzgáis, no sois comunistas".

El caso de la juventud, de los estudiantes, es distinto. No setrata de gentes con larga tradición de partido, sino de socialistasconvencidos que tratan de explorar las fuentes originales delmarxismo, y caen en la lectura de libros prohibidos: Trotsky, RosaLuxemburgo, Djilas, Che Guevara... forman un partido socialistarevolucionario... y propician la huelga de una hora para condenar,en el primer aniversario, la ocupación de Checoslovaquia por lastropas rusas. Diecinueve líderes estudiantiles que descubre lapolicía son condenados a prisión. Petr Uhl, el más conocido, acuatro años.

El silencio de Praga en agosto era, como todos estos silencios,mitad silencio, mitad miedo. Se decía que ampliando fotografías delaño 68, se identificaban los participantes en las protestas contrala invasión rusa. Ahora, a los cuatro años, los agarraban. Algunosde quienes se estaban juzgando esperaban el juicio desde hacíanueve meses, en la cárcel. Todos sabían de antemano la sentencia.Todo se llevó a cabo a puerta cerrada. No se admitieronperiodistas. Sólo, bajo este silencio, se pasaba de mano en manouna hoja de los socialistas checos en que se iba dando cuenta delproceso. "Aunque la Constitución garantiza formalmente a todos losciudadanos la libertad de palabra... los ciudadanos checos puedenser perseguidos porque se atreven a pensar. Quienes han comparecidoante el tribunal... se han mostrado resueltos a sufrir lasconsecuencias de sus actos... Ninguno ha buscado recobrar lalibertad humillándose... Ninguno se ha reconocido culpable, ni harenunciado a sus opiniones... Se han comportado ante el tribunalcomo comunistas o socialistas, sin renunciar al rechazo de laintervención soviética. Los acusados han sido declarados culpablesy condenados... Pero esas leyes no son leyes socialistas: Son lasde un estado totalitario...".

 

Fidel Castro llega a Praga

No es difícil reconstruir ahora lo que fue la última visita deFidel Castro a Praga. Para el Gobierno era algo que se salía de locomún. Cuba fue el único país de América y de los pocos del mundo,que por boca de su jefe de gobierno aprobó la invasión Rusa, enagosto de 1968. Hasta los más fieles comunistas condenaron el golpebrutal. Fidel Castro, no. Mostró su asentimiento, y semejanteprueba tenía que recibir la recompensa de una acogida oficial. Sehizo que las escuelas estuvieran presentes en el aeropuerto, seayudó a que Cuba entrara a formar parte del mercado común de lasrepúblicas socialistas soviéticas, se otorgó al famoso líder eltítulo de doctor Honoris Causa. No trepidó, quien semejanteshomenajes recibía, al aceptar este galardón, así estuvieranausentes del cuerpo académico insignes profesores que andandesterrados por el mundo, como consecuencia del verano fatal delaño 68.

Otra cosa ha sido la actitud del hombre común que se duele de suindependencia perdida. Aquí el testimonio es al revés. Lo que fueen otro tiempo admiración y encanto es hoy rechazo y acerbidad.Conocí a estudiantes de los que solían ir a La Habana a estudiarhumanidades -antes eran muchísimos, ahora son muy contados y vansólo en plan de adiestramiento político- y a uno le hice estapregunta a quemarropa:

-Si usted volviera a nacer, ¿dónde quisiera ver la primera luz,en La Habana o en Praga?

Casi con violencia me respondió:

-En Praga; en La Habana, ¡jamás!

Es muy posible que el juicio actual sobre las cosas de Cuba estéoscurecido por la amargura y el sentimiento de la humillaciónsufrida, pero no he llegado a oír descripciones más desfavorablesal régimen, a la vida, al acontecer diario de Cuba como las quesalen de labios checos. Les duele tener que ayudar a quiencontribuyó a quitarles la relativa libertad de que gozaban. Lesparece que en La Habana la gente vive una vida radicalmenteinferior a la de la propia Praga. Publican los absurdos de laadministración cubana. Encuentran que Castro ya no es aquel hombredel pueblo que andaba sin guardaespaldas por las calles. Seescandalizan de que los altos funcionarios se muevan en lujosísimosautomóviles italianos.

Castro vino para confirmar su alineamiento con Moscú, lo cual noles hace gracia alguna a quienes se sienten oprimidos por estacausa. Pero hay algo de fondo, dentro de la filosofíamarxista-leninista-cubana que la hermana con la más cruda doctrinade Moscú: el derecho que se asigna a intervenir en la vida de otrosestados cuando en su concepto está en peligro la causainternacional de su revolución. "Nosotros no tenemos la intenciónde intervenir en asuntos que son estrictamente internos del partidoo del Estado checo -han advertido a los checos quienes los hanaplastado con las armas del pacto de Varsovia-, ejercemos lo queKorovine llamó el derecho internacional de la época detransición...". Que es lo mismo que Castro alegaría filosóficamenteal apoyar la acción guerrillera en los países latinoamericanos. Ladiferencia, en síntesis, de la opinión checa sobre la visita deFidel Castro está en la manera como se juzgue aquella operación enque quinientos mil hombres aparecieron, saliendo del vientre deunos aviones gigantescos, armados de tanques y fusiles, en unanoche de agosto de 1968. Para quienes de esa invasión recibieron elpoder, aquello fue un recurso milagroso, que hizo desaparecer enveinticuatro horas a los liberalizantes del régimen anterior. Parael resto de los checos, sólo recuerda el final de suindependencia.

 

Praga musical

A la iglesia vieja de San Nicolás se va siguiendo el laberintode recovecos mágicos de la ciudad arcaica, partiendo de la granplaza, la del ayuntamiento quemado. Para llegar a tiempo al recitalde órgano de las cinco -no olviden, nos dice Ivana, llevar unperiódico- nos ponemos en camino temprano y estamos a las puertasde la iglesia a las cuatro y media. La iglesia está atestada, yapenas hallamos, buscándolo mucho, un puesto libre. Los demás nossentamos en las gradas, al pie de los altares. A poco, jóvenes yviejos van tendiendo periódicos en el pavimento. Jamás he visto unamuchedumbre tan apretada y silenciosa como en este lugar santo,convertido en campamento de melómanos. El programa de Haydn y Bachse oyó con un recogimiento como lo quisieran encontrar en la mañanalos oficiantes de la misa. Pensé que sería algo excepcional, comolo probarían los aplausos que se desataron al final. Al viernessiguiente volvimos con los periódicos y estuvimos antes de lascuatro y media... Era ya tarde. Los periódicos nos salvaron. Esavez sí podría decirse que era excepcional. El concierto era deviolín y órgano -música de César Frank y algunos checos- y lo quenos llegaba del más famoso órgano de Praga y del violín encantadocaía directamente del cielo.

Una noche fuimos a un recital de piano y clavicordio en casa deMozart. Mozart pasó allí algunos de sus día más felices y escribióalgunas de sus páginas mejores. La casa, más de campo que urbana,en medio de árboles magníficos y rosales, conserva, como museo, lasreliquias del músico. La noche estaba negra, azarosa. El conciertoera en el jardín. A la hora justa, los bancos, dispuestos como enanfiteatro, atestados. Se inició con la finísima voz delclavicordio, y un viento amenazador. No importaba. Del clavicordiose pasó al gran piano de concierto, resplandeciente bajo losárboles como en el escenario de la ópera. Cuando iba a comenzarsela parte de Mozart, se desató la tormenta. En un instante sepusieron a salvo clavicordio y piano. Ya a punto de desbandar elpúblico, se anunció: "Deploramos este incidente: el concierto secontinuará en el anfiteatro de la Universidad". De la casa deMozart a la Universidad había mucho por andar... pero el públicofue a la Universidad.

Los jardines del castillo real tienen rincones propios para losmejores momentos musicales. Tan obvio es esto que al pie de la granmuralla se ha creído encontrar el mejor sitio para un teatro alaire, y hemos ido a escuchar allí un concierto del cuarteto dePraga. De maravilla oírlo por cinco coronas -esto es nada- cuandoen Bogotá se pagaban ciento cincuenta pesos. Aquí no hay notaperdida y me parece imposible que en la mejor sala de conciertosdel mundo puedan encontrar los cuatro mágicos condiciones mejorespara sus sortilegios. Pero como estos hombres son de una galanteríavieja, al final, cuando paso a saludar a quien hace de cabeza delgrupo, me ha dicho: "Encontré en Bogotá el mejor público deAmérica: presentar dos veces todo el ciclo de Beethoven es cosa queno puede hacerse en ningún otro lugar...".

La sala de los espejos en el palacio real era también la dedemostraciones de caballería en otro tiempo. Hoy es de conciertos.Dentro del programa que iba a desarrollar otro cuarteto figuraba |América, de Dvorak. Esta página, de belleza insuperable, fueescrita por Dvorak como recuerdo de su visita a una aldea en elestado de Nueva York, poblada toda de checos. El descubrió allí lasmayores intimidades de unas gentes sencillas que en el interior deAmérica mantenían, en lo más recóndito de su espíritu, la poesía desu tierra. Y así, el mismo genio que en la |Sinfonía del NuevoMundo descubrió el cruce de todos los caminos subterráneos denuestra América mágica, inventó una aldea musical checa americana,que traída a Praga parece cosa de ensueño.

Y así, a cada vuelta de cada esquina de Praga, se oye crecer lamúsica. Hasta en el silencio...

 

Concierto en la catedral

Como todas las viejas catedrales de Europa, esta de San Vito enPraga es una oración en piedra rodeada de guerras a través de lossiglos. Peor en este caso, porque la catedral es parte del castillode los reyes y la historia de Bohemia es la de sus guerras. Dentrodel recinto cerrado alternaban el arzobispo y el rey, la oración yla pólvora, el incienso en el altar y la sangre de los degolladosen los calabozos. Por las ventanas de la casa de Dios se filtrabala luz por vitrales de la vida de Jesús y por las del palacio setiraba a los adversarios del rey que quedaban reventados contra laspeñas. Hace treinta años, para liberarse del nazismo, entraron loschecos con los rusos al corazón de Praga y así, el festival de lamúsica de todos los años tiene, además, ahora, el recuerdo de unaguerra más, y un día de victoria.

Raras veces se ha agolpado muchedumbre parecida a la de hoy enlos patios del castillo para colmar la catedral. La gente no havenido a celebrar la guerra tanto como a cantar la paz. La orquestay los coros se han oído tanto como el pulso de los corazones.Siendo Europa el más guerrero de los continentes, el que másmillones de seres humanos ha llevado a las carnicerías del mundo,aquí la paz tiene una razón de invocarse que se confunde con lahistoria de cada familia, con el recuerdo de cada generación.

Britten, compositor inglés, perdió a cuatro de sus compañeros,en la segunda guerra. Los cuatro, marinos. Veinte años después dela derrota nazista, Coventry, reducida a escombros por losbombardeos, surgía de nuevo, e iba a consagrarse la catedralreedificada. Entonces se presentó por primera vez el "Réquiem a laguerra" de Britten. Lo había escrito, en memoria de sus cuatroamigos, sobre un poema de Owen, oficial inglés muerto en la guerrade 1918, en los campos de Francia. Owen, de veinticinco años, habíadenunciado en ese poema -escrito en las trincheras-, lasbrutalidades monstruosas de las hecatombes europeas. Lossobrevivientes, clamaba el poeta, deben levantar su protesta contrael vano sacrificio de los hombres, en favor de la paz.

El poema de Owen, convertido en música, llevado a un corolímpido y profundo, es la expresión opuesta a las músicas heroicasde los cantos guerreros. Aquello que en la gran fanfarria de losque sacan el pecho de fierro para celebrar triunfos militares esostentación de triunfo, en la obra de Britten es plegaria, repudioa las bárbaras contiendas, materia propia no de los teatros sino delas catedrales. Es el canto que sale de los escombros y la muerteen busca de una región más pura, de un aire limpio, transparente.Se oyen las voces blancas de los niños, cuando antes sólo huboespacio para el ronco coro de los regimientos armados.

Europa es así. Un continente que ha vivido entre el clamor de lavictoria y la voz de la venganza o la fugaz esperanza de la paz.Las dos actitudes, con sus interpretaciones musicales. El poema deOwen, la música de Britten han encontrado un eco de maravilla enesta isla de piedra -la catedral de San Vito- rodeada de guerras através de los siglos.

 

Una historia chiquitita

Krecoviche es la aldea de diez o doce casas donde el visitanteno sospecha que puedan toparse más de treinta almas. Perdida en unaregión de montes y pinares, verdes colinas y cielos sin humo, tuvoen otro tiempo muchos castillos en torno. Queda en pie uno, propiopara Blanca Nieves. Si en los bosques quizás no haya ni el lobo niel jabalí, los cazadores se satisfacen con venados y otrasbestezulas. Ir de Krecoviche a Praga sería viaje de jornadas haceun siglo. A José Suk, cuando lo llevó su padre, se le saltaron laslágrimas de miedo, de melancolía y de entusiasmo. Iría a estudiarmúsica en el conservatorio.

Krecoviche viene del siglo XIV. ¿Cómo ha podido quedarse tanpequeña? Nadie lo explica. Allí hay más muertos que vivos, yquienes dan señales de vida son los muertos. El cementerio baja enpendiente de la iglesia a la escuela. De la vieja iglesia góticadel 300 no quedó nada. La nueva, de unos doscientos años, no essino un altar y un coro: barroco pobre, elemental. Lo bello, lagran belleza de Krecoviche -si no tuviera, además, la vida de JoséSuk-, está en el cementerio. Para cada muerto, dos metroscuadrados. Los deudos los encierran en un sardinel de mármol negropara hacer al difunto su propio jardín. En otros lugares al muertole ponen encima una piedra. Aquí tierra negra y plantas:pensamientos, lirios, tulipanes, begonias. Como si lossobrevivientes no tuvieran otro quehacer -en cuanto pasan lasnieves- distinto de reparar los jardincitos de los muertos. Laprimavera luce en el campo santo. Cuando ya José Suk era todo unmúsico, le daba pena ver en la punta del cementerio la tumba comúnde los pobres, menos florida. Tendió sobre esa tierrita un canto yla dejó convertida en música.

El padre de José Suk llegó a Krecoviche de otra aldea, comoayudante del maestro. Trajo al hombro el violín. Pronto la orquestaque formó, y el coro, con los vecinos, resultaron tan buenos que delos castillos los llamaban para animar las fiestas, y algo ganabancon los entierros. José comenzó a tocar cuando tendría seis años. Alos siete, para el cumpleaños de su madre, a alguien, a escondidas,le enseñó una pieza. El día de la fiesta la sorpresa hizo llorar alos padres. Cuando tuvo ocho años, él mismo compuso una polka parael padre. Aún se toca.

En Praga vivió siempre con otros músicos. Estudiaba violín yescribía. Tocaba el piano. No sabía cómo decidirse. El maestro erauno de los grandes: Dvorak. Un día, Suk daba a conocer a suscompañeros algo que estaba escribiendo, cuando de sorpresa entró alaula el maestro: oyó la obra de Suk, y le dijo: "Bien, muy bien,siga por ese camino". Y Suk se dio cuenta de que su destino estabaen escribir música. Además, la hija de Dvorak era bellísima. Secasaron.

El matrimonio, como en los cuentos. Otilia sólo lo acompañó unoscuantos años. Pocos meses antes de morir, Suk tuvo elpresentimiento: escribió para ella un movimiento melancólico: "Unpoco triste". Cuando su hijo tuvo cinco años, le escribió en músicala vida de Otilia. "Así fue tu madre".

Todo pasó en Krecoviche. La pieza en donde nació José es tanpequeña, que apenas cabía la cama (como en la que nació Beethoven,en Bonn). Al casarse, José hizo una casa al lado de la de suspadres. Las dos caben en un mismo jardín. La de José y Otilia tienela alcoba de los padres, la del hijo y, en el estudio de Suk, unpiano de cola que lo ocupa todo, y una mesita no más grande que unlibro de música abierto. Allí escribió obras que hoy se conocen entodo el mundo. Lo espacioso en la casa es afuera, donde se reuníanlos amigos: la sombra del árbol, frente a la casa.

Cuando trajeron a José para enterrarlo, a lo largo del camino elpueblo lo saludó cantando. La tumba es la única grande en elcementerio: en ella descansan José, sus padres y Otilia Dvorak.Cuatro metros cuadrados de flores. En las noches de navidad, llegande los pueblos los niños con linternas encendidas, prenden susárboles en el interior de la iglesia y Suk regresa a la vida. Sumúsica es como un clavel en el heno -lo dijo Góngora- al niño diosde los pastores y los Reyes Magos.

 

Smetana, un símbolo checo

Hay tantos teatros en Praga, que parecerían igualar en número alas iglesias. (Además, también las iglesias son teatros). El granteatro es el nacional. Los mejores arquitectos, pintores,escultores, decoradores del XIX participaron en esta obra. Para loschecos, tiene la gracia de haber sido la escena donde se representópor primera vez |Libuse. La historia de Libuse es la de losorígenes míticos de Praga. Era una princesa que se enamoró de uncampesino, fundó a Praga, y de sus amores salió la dinastía delreino de Bohemia. La ópera de Smetana es el poema nacional. PeroSmetana, que comienza su vida como revolucionario, y acaba sordo yloco, no sólo recogió esa leyenda y le dio un valor universal: dijotodo lo que no siempre han podido decir los checos en palabrasmusicales. El es la voz de la independencia nacional. Algo de loque para los poloneses fue, y sigue siendo, Chopin.

Que el Teatro Nacional hubiera sido el escenario de la historiade la princesa según Smetana, no era bastante para Praga. Selevantó otro teatro, el Smetana, con más amor y encanto que elNacional. Es, si se quiere, un salto que va del alfeñique alrococó. Quien por primera vez lo ve queda deslumbrado. Siendoinmenso, uno diría: La ópera de París puede ser más bella: elSmetana es más lindo. La sala es una floresta de oro, pero el orono está derrochado a borbotones: es una canastilla de finísimosramajes que de la platea llegan hasta la galería. Decenas deestatuas sostienen las cornisas: eso sí, hay que descubrirlas: nose colocaron para imponerlas con ostentación. Las lámparas son dela misma hechura de las de Aladino. Cada palco, una gran litera delos tiempos de marquesas y cortesanas: alfeñique por fuera, rojosdamascos por dentro, y el espejo enmarcado como en tiempo de losLuises, para que la dama estuviera segura de no haber perdido sulunar... Todo esto, ¿en homenaje a quién? Al músico que porcomponer, en 1848, canciones subversivas para la Guardia Nacionalfue expulsado del país por los Habsburgo... Cuando regresó a suPraga, iluminó la lucha por la independencia poniendo en losviolines las palabras que nadie podía escribir en las gacetas.

Todo en Smetana tiene algo de un canto por la independencianacional. Su ópera |Los Burgueses de |Bohemia es, en1866, la protesta de un músico, de un checo, contra la invasiónalemana. |Delibor, la exaltación al héroe legendario checoque lucha por su libertad. Como en Chopin, todo esto es tanhondamente orquestado, que nadie escapa a la resonancia universalde sus mensajes. Praga es musical como Viena, como Cracovia, comola vena azul del Danubio.

Cuando se la oye a Smetana se comprende la razón de ser de unasgentes que por generaciones han soñado en la canción de sulibertad.

En todo festival de música de Praga las dos notas finales son:La Novena de Beethoven, y una ópera de Smetana.

 

Juárez gana la última batalla

En pleno corazón de Praga, en la calle Národní, que es lo que elPaseo de la Reforma para la ciudad de México, el indio BenitoJuárez ha ganado su última batalla. Como la anterior, contra losHabsburgo. De cómo ha ocurrido esto en 1972 -año de Juárez enMéxico y año de Juárez en Checoslovaquia-, es un episodio notablede que hemos sido afortunados testigos quienes ahora visitamos aPraga.

Ante todo, un golpe de teatro. Arrancando de la galería VáclavSpala, una ancha faja de tela blanca anuncia, en letras rojas,sobre la calle, una manifestación artística cuyo texto nos resultaincomprensible. Sólo sacamos en claro las palabras que másresaltan: |Portrétu Benito Juárez. Se ve desde la entrada dela galería, al fondo de una serie de salas, el mejor retrato queeuropeo alguno haya hecho del gran indio mexicano. Para algunos, niel propio Diego Rivera hizo un óleo tan vigoroso, tan realista, tanmexicano, como este de Karel Svolinsky. A Svolinsky la república hadado el más alto título a que pueda aspirar un pintor enChecoslovaquia: Artista Nacional.

Exposiciones en torno a Juárez pueden hacerse en cualquier partedel mundo. Pero ésta ocurre en una ciudad de los Habsburgo, adondevenían a coronarse los emperadores. Bajo las bóvedas de la catedralde San Guy, por las flamantes galerías del castillo fabuloso,siguiendo la estrecha calle por donde se movía el cortejo real,pasando los puentes sobre el Ultava que se reflejan en el espejogris de la melancolía, se ven ir y venir las sombras de losHabsburgo... Sombras que ahora disipa, con su mirada venida delotro mundo, el indio de Oaxaca, que a los once años no sabíapalabra de español. Del nido de estos Habsburgo salió para el NuevoMundo el emperador Maximiliano con la bendición de Pío IX, empujadopor la pasión restauradora de Eugenia de Montijo, llevando en sunave las ilusiones de todas las cabezas coronadas de Europa.Entonces, hasta Praga imperial debió sentir las ansias de estosgozos. Y a México llegaron felices Emperador y Emperatriz, y lloviósobre ellos como torrente de la gloria el repiqueteo de todas lascampanas de todos los campanarios de la ciudad de México... hastaque el Emperador paró frente a la otra campana, la del cerro,cuando la lluvia de plomo. ¿Qué había pasado? Que la república dijo¡alto! Y quien pasó a ocupar el castilllo de Chapultepec vino a serel indio Juárez, el de la Reforma brava que todavía hoy sigue dandobatallas, improvisado Cid americano.

Todo en esta historia del año de Juárez en Praga resultaconmovedor. El inventor del carro del triunfo ha sido BernardoReyes, embajador insuperable, que ha descubierto aquí un tesoroamericano: los dibujos, grabados, acuarelas y pinturas de KarelSvolinsky, que una vez fue a México, pasó allá cinco semanas, yquedó conquistado, invadido, alucinado por el pueblo de don Benitoel Benemérito. La exposición en la calle Národní revela la obra delchecoslovaco, insólita, y hasta hoy desconocida. No en vanoSvolinsky ha recibido el título de "Artista Nacional". Versátil ygenial, ha querido verlo y hacerlo todo, y si como dibujante deprecisión y seguridad magistrales ha hecho los dibujos para cientocincuenta timbres postales checoslovacos  -las flores del país, lascabezas de sus hombres ilustres, alegorías de las artes y losoficios-, como grabador se ha hundido en la interpretación de lospersonajes de Shakespeare, y como contemplador de los humildes hallegado a pisar la misma tierra en que se afirmó Diego Rivera.Bernardo Reyes decía al abrir la exposición: "Emociona de verdadver a Juárez rodeado aquí de su México indígena que tantoamó...".

Convengamos en que esta batalla simbólica es tan grande como lade Puebla. Praga vista en la miniatura de los viejos grabados, yPraga vista desde los puentes, parece una corona real. Las agujasde las iglesias góticas, las del castillo, las de las torresfeudales, y hasta la muchedumbre de estatuas que decoran lasbarandas del puente de Carlos IV no son otra cosa sino la corona deBohemia que, según Bismark, señalaba el poder que podría dominar aEuropa. Pues bien: esa corona, en este año de Juárez, ya no sirvepara adornar ni la sombra de los Habsburgo. En cambio, ha quedadoflotando en el aire -y no se la llevará el viento- la frase delindio mexicano: |El respeto al derecho ajeno es la paz.

 

Un emperador a cambio de una paloma

Entre México y Checoslovaquia existe un viejo litigio: el de LaPaloma. Cuando los músicos que les habían soplado aires marciales alas tropas del emperador Maximiliano -músicos checos- regresaron aPraga, tocaban La Paloma. La Paloma y sólo La Paloma. Se ha llegadoa decir que con La Paloma habían acompañado al desgraciadoHabsburgo a la falda del cerro donde lo fusilaron, y la músicatomaba en Praga o Viena un romántico aire recordatorio. En todocaso, pronto fueron olvidándose las tristes historias de la últimamonarquía mexicana y fue quedando en el aire un solo aire: LaPaloma. Hoy, ya nadie discute si México hizo bien o mal en sacar deeste mundo al emperador intruso. En cambio, se polemiza en torno aLa Paloma. ¿Es música checa? ¿Es mexicana? Si fue mexicana,mexicano es el origen en que se inspiró la canción checa |Camposanto, Camposanto, Jardín Verde, que confundiéndosecasi con La Paloma se tiene por la más checa de las cancionestristes. En un librito de la doctora Jitka Pusová ( |Encuentroscon la América Latina, Ed. Orbis) se recogen los ecos de estapolémica así como la historia de los músicos de Maximiliano. Elpropio embajador Bernardo Reyes me decía: "Es el único tema en queencuentro a veces obstinados a los checos en materia mexicana...".Así, cuando lo del fusilamiento del Emperador o la locura deCarlota se pone escabroso, basta pasar a |Si a tu ventana llegauna paloma... y a la voz de combate: "¡Esa música es checa!"quedarán abandonados al pie del cerro los restos del Emperador, seolvidará la tragedia de su mujer y empezará el combate gentil.

Cuando Maximiliano partió de Trieste, rumbo al México de sufatal destino, hubo algo que se impuso sobre el murmullo de lasdespedidas, los vítores y los sollozos: la banda de música quedirigía el maestro Josef Rudolf Zavrtal. Llevaba el Emperador unejército austríaco compuesto en su mayor parte de checos
-gentes pobres y desesperadas, reclutadas a la fuerza, según lasnormas un tanto bárbaras de la Europa contemporánea-. Pensar enllevarlas a un combate en tierras americanas era absurdo... a menosque hubiera una buena banda de música. Y el maestro Zavrtal,experto en operetas y canciones, era, de todos los músicosmilitares, el más apropiado para semejante empresa. Completaba enla capital azteca los vacíos de los sueldos que la corte no pagabaa tiempo, alternando el cuartel con el teatro. Salvó con La Palomael honor de su banda, después del fracaso de los ejércitos.

Si el imperio y los mexicanos no se entendieron, los expertosdemuestran que entre la música de viento de los checos y el oídomexicano, el acuerdo fue total. Los checos sostienen que la granentrada de los cobres a México no hay que buscarla en las trombas ycornetas españolas, sino en la banda del maestro Zavrtal. Ladoctora Pusová dice: "¿Cómo explicar de otra manera esa identidadmusical entre checos y mexicanos, donde se enlazan la alegretrompeta y el ritmo de la polca, cuando en ninguna otra parte deAmérica Latina hay nada parecido?".

Declarar checa La Paloma queda un poco fuerte. Parece tan propiadel suelo mexicano como |Si Adelita se fuera con otro... Peroen lo de la banda, Bernardo Reyes me ha dicho algo que me ha dejadoperplejo. Está preparando él una fabulosa fiesta mexicana para el16 de septiembre, ¡con mariachis! "¿Sabe -me dice- de dónde hesacado los mariachis? De aquí mismo: son checos, y están alhilo...". Como los quiere el ranchero.

 

Una ciudad como un cuento

Cada cual iba haciendo lo suyo. Uno, una torre; otro, un puente;otro, un castillo. El rey, un palacio. El arzobispo, una catedral.El rico, una capilla; la condesa, una custodia. Y, así, otro puentey otra catedral y otro castillo. Sobre el rizado muy menudo de lostejados de Praga, torres y torres. Sobre el río, puentes y puentes.Arriba, en las lomas, castillos. La ciudad acaba por serinverosímil, más vecina de la fábula que de la mezquina realidad.El más humilde de los ciudadanos o rústicos piensa: si yo fuerarey, haría un castillo; si cura, una iglesia, toda gótica, todabarroca, toda rococó: lo que fuera, o lo que fuere. En todo caso,divina. Hay otros países en donde las gentes piensan de maneradistinta. Si yo fuera rey, me comería a los vecinos; si arzobispo,desataría una guerra religiosa. Ahí está la diferencia entre lasnaciones que hacen historia y las que se pierden entre el laberintodel recrear poético. No diré -¡jamás!- que el antiguo reino deBohemia no tenga historia. La tiene. Pero por encima de suhistoria, están tendidos los puentes, se levantan las torres, seoye la voz de las campanas, hay el castillo.

La torre del Big Ben de Londres es más alta y ostentosa que lastorres de Praga: la torre de un imperio tiene que ser como lainglesa. En cambio, la de un reino antiguo como éste, metido en losrepliegues de Oriente y Occidente -donde se oía el vozarrónmujicoso de los eslavos, el ruido de fierro de los germanos, la vozembrujada de los checos-, ha de ser una torre con misterio, queremate en muchas torrecillas, torrecillas como lámparas o farolesde gran fantasía, como coronas de monarcas más cercanos al reyecitode las tiras cómicas que a los del museo.

A Praga se puede venir sólo por darse el gusto de subir a unatorre o a una colina, y ver abajo el río, los puentes, las tejas deterracota, y las torres, y las torres, y las torres de verde latóny burbujas doradas en el aire. Al visitante se le invita, parasalir del paso, a que trepe la torre del Ayuntamiento, el miradormás a mano, en un costado de la plaza vieja. De ahí se ve bastante,si no todo. Lo primero, las dos torres de la catedral vieja, que notiene fachada. Las dos torres, y punto. Lo que sería el cuerpoprincipal de la iglesia lo tapa un edificio físicamente pegado altemplo. La cetedral nueva, o de San Vito, casi es lo mismo. Hay quemeterse al patio del palacio para ver la fachada. De lejos sólo seven las dos agujas de las torres góticas. Mirando la fachada, sigueviviéndose de tejas para abajo. Y como no se trata de esto, sino dever de tejas para arriba, de situarse en la región del aire, quienve a San Vito desde los puentes, desde la ciudad, desde la otraorilla, sólo encuentra que sobresale de la masa del palacio, de lasmurallas del castillo, el heráldico cuento mágico de lastorres.

Todo lo anterior no es sino una digresión inútil. Lo principales encontrar el gran belvedere de la ciudad, y esto entra ya en unterreno propio de García Márquez y su patriarca, como más adelantese verá...

 

El monumento fantasma

El más grandioso monumento de Praga, destinado a ser tan famosocomo el Castillo, la Torre de la Pólvora o la estatua a Huss, es unmonumento fantasma. Fue erigido para conmemorar el décimoaniversario de la liberación de la ciudad por el ejércitosoviético. Se pensó que así tendría la capital de Checoslovaquiaalgo como lo que son para París la Torre Eiffel, para Londres elBig Ben. A la orilla del Vltava, en el parque de Letná, donde undía quedó señalada la victoria de Zizka sobre el emperadorSegismundo -año 1420-, se construyó una plataforma al estilostaliniano, grande como una plaza, con amplias escalinatas yseveras decoraciones. Sobre la plataforma, el gigantesco grupoescultórico de los soldados rusos guiados por un Stalin colosal,obra del escultor Svec. Era la montaña sagrada, que se encontrarádescrita en las viejas guías de Praga.

Stalin murió en 1953. El 26 de febrero de 1956 Kruschev subió ala tribuna de Moscú para dirigirse al XX Congreso del PartidoComunista, y descorrió el telón. Un nuevo Stalin vino adescubrirse. Se conoció entonces el "testamento" de Lenin, poniendoal comunismo a la defensiva contra el despotismo fanático delcompañero Stalin. Comenzaron a salir de las prisiones cientos deescritores que Stalin había silenciado. Reconstruida la verdaderaimagen del gran dictador, se encontró que detrás del hombre quehabía logrado la industrialización de Rusia y echado las bases desu imperio, había un paranoico cuyos campos de concentracióncolocaban a Rusia en el mismo plano de la Alemania de Hitler. Y enel proceso de destalinización universal, el monumento de Pragadesapareció. No he podido hallar en Praga un grabado, una tarjetapostal que lo recuerden. Apenas se conserva el cerro artificialconstruido para el monumento. Dicen que el escultor Svec sesuicidó. Svec pensaba que había hecho una obra de arte respetable yno pudo sobrevivir al dolor de haber visto la destrucción de sucoloso de Praga. Con más experiencia, los romanos solían hacer lasestatuas de sus emperadores con cabeza desmontable para salvar elcuerpo de los grandes monumentos. En las ruinas de Cesárea, enIsrael, he visto ejemplares de tan inteligente invención.

Las gentes recuerdan algún discurso de la época en que secelebró el XX aniversario de la liberación -el humor es la grandefensa de estos pueblos-, del cual se cuenta esta historieta: Dijoel orador:

-Camaradas: Hasta hoy hemos sufrido privaciones y trabajosinfinitos, que están vivos en la memoria de cuantos me escuchan,pero al fin brilla |en el horizonte la felicidad de unavictoria total: cuanto habíamos acariciado como ilusión se halogrado: vamos a recoger el fruto de nuestros sudores yfatigas...

El auditorio estaba compuesto de gentes enérgicas, sufridas ysencillas. Alguno comprendió casi todo el discurso, pero había unapalabra cuyo sentido escapaba a su comprensión: "Horizonte".Regresó a su casa y afanosamente halló en el diccionario:" |Horizonte. Línea imaginaria en donde parecen juntarse elcielo con la tierra, y que, cuanto más se avanza, más se aleja denosotros...".

 

Entre la amargura y la alegría

Hace treinta años salieron los nazis en derrota. Praga sintió elala de la libertad, y el presidente Benes, regresando de suscuarteles de Londres, fue aclamado en su tierra liberada. De laocupación alemana quedaba flotando un nombre: Lídice. Las nuevasgeneraciones apenas sí saben lo que esta palabra quiere decir. Loschecos no lo olvidan. Hitler cubría con sus cruces pata-de-araña loque fueron los reinos de Bohemia, Moravia y Slovaquia. Su agente ymarioneta, un tal Tirso, declaró la guerra a los Estados Unidos ymontó en grande escala la exterminación de los judíos. Benes, desdeLondres, declaró la guerra a Alemania y vino la tragedia. Cerca dePraga se produjo un atentado contra el gobernador alemán Heydrich.Hitler vengó esa muerte a su modo: destruyó a Lídice, mató a todoslos hombres, envió a las mujeres a campos de concentración, losniños a Alemania. Desde entonces, Lídice, con su vieja plaza, susárboles, sus jardines, sus hombres, sus mujeres y sus niños semantienen en la memoria del mundo tanto más fresca y viva, cuantomayores son las tinieblas en que está hundido el monstruo que ladestruyó. Para hacer corta la historia, 20.000 checos pagaron consu vida la acometida hitleriana. Pero aún quedaron bastantes paraformar una división, unirse a las tropas aliadas y participar enlas jornadas de la liberación. Desde entonces, los festivalesmusicales de Praga tienen ese fondo de resurrección primaveral.

¿Cómo expresar la alegría de la victoria de hace treinta años?¿En qué románticos fondos podría hallarse el canto mejor paracelebrarla? Los checos no vacilaron: En la propia Alemania estabala música simbólica. Beethoven había hallado el tema y la palabra.La Novena Sinfonía. Desde entonces, cada año, al cerrar elfestival, se toca y canta la Novena Sinfonía. El drama se resuelveen un duelo alemán: Hitler, la bestia apocalíptica, y Beethoven ySchiller, los libertadores.

Las batallas políticas de Hitler han dejado una herenciasimbolizada: Lídice. Las batallas políticas de Beethoven, ese cantoque todos los años hace estremecer a los de Praga. Pareceincreíble: Beethoven acaba ganando siempre. Cuando Hitler invadió aViena, dirigía la orquesta de Colón en Buenos Aires un vienés decuyo nombre no me acuerdo. Organizó un concierto sobre Vienamusical. En ese momento Hitler lo reducía todo a silencio, espanto,cárceles y crímenes. Aparentemente se arrasaba a la reina delDanubio. Desde Buenos Aires se veía el absurdo. A través deBeethoven, Viena se volvía eterna. Como una locura universal fue laovación de esperanza y fe de ese día, que aún me parece estarpresenciando.

Cuando Churchill sacó de las ruinas de Londres la V de lavictoria, apoyó cada palabra en los primeros compases de laHeroica. Por cierta anécdota del Sordo sabemos que la Heroica acabósiendo un conjuro contra los desvíos imperiales de Napoleón... Perodonde más conmovedoramente he oído la voz liberadora de Beethovenha sido en Berlín. La ciudad estaba todavía humeante, reducida amontañas de escombros. Sólo se había salvado un teatro, y en él serepresentó Fidelio. Con todo el decoro de unos pobres arruinados,los berlineses salieron de sus ruinas para ir a la ópera. Cuando alfinal se produce el canto de los prisioneros liberados, laslágrimas y la alegría estrangulaban las almas de estas gentes. Elcanto a la libertad de Fidelio puede ser más conmovedor que laAlegría de la Novena. Pero en cualquiera de estos casos, ¡quédistancia más grande la que va de esa música a la de las botas delos regimientos invasores!

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