Polonia, de Copérnico a Chopin
Invitación al viaje
He llegado alegremente a Polonia. Fuera de todos los encantos dela aventura, me entusiasma gastar una cierta cantidad de zlotis queaquí tengo, antes de que se pudran. Hace cosa de 3 años se publicóen Varsovia una traducción de mi
|Biografía del Caribe, conbuena suerte. Desde entonces, tengo a mi disposición las regalíasen el Banco Nacional de Polonia y sólo puedo disponer de ellasviniendo a gastarlas en el propio lugar. Cosa, no sólo razonable,sino, en mi caso, estupenda.
Un amigo polaco me dijo en París: "Procure los coche - camasrusos: son magníficos". Había decidido viajar en tren para ver lascosas mejor. Al comprar los billetes en la agencia: "querría -lesdije- ir en coche ruso". Son los únicos, me respondieron. Y así,desde que subí al tren en la Gare du Nord comencé a hacermeentender por señas. ¿Habla usted inglés? ¿Francés? ¿Italiano?¿Español? Me respondieron los rusos: un poquito de alemán. Sin otraalternativa me lancé al ruso. Un ruso mudo, señalando con el dedonúmeros de los billetes, valijas, pasaportes. El tren iríaatestado, y los funcionarios despachaban con aspereza mi complicadoasunto. Cuando estuvimos en nuestro compartimiento -mi mujer, mihija y yo-, el ruso desató su primera sonrisa, una sonrisa demalicia, de triunfo, de todo comprendido. Su inteligencia habíalogrado lo increíble: colocar en su mundo
-un mundo Ruso- a tres criaturas que no eran capaces dehablar.
Pronto comprendimos que nadie en el coche hablaba ningún idiomaque nosotros entendiéramos, salvo la armenia del compartimientovecino, el francés. Viajaba ella con el nieto, el nieto consentido,que acabamos por adorar en treinta horas de viaje. La armeniaseguiría a Moscú. De allí -cuatro días más de tren- a su tierra.Nos había contado ya la mitad de su vida y sus negocios, cuandoentró al coche, precedido de muchísimas valijas, un eslavodesconocido: ocuparía, para sorpresa de ella, su mismocompartimiento. El lecho del tercer piso. Los cuatro familiares quehabían salido a dejar a este amigo reían desde el andén, viendo sustrabajos con las valijas, con la armenia, con el tercer piso. Todolo cual se lo decían y comentaban con picardía en los ojos, que mehizo gozar lo indecible.
La primera tarde, perfecta. El coche - cama ruso tiene unatradición secular. Creo que fueron los rusos, en el Transiberiano-época de los Zares- los primeros en introducir este progreso. Hoyno tiene ese tren los refinamientos del francés, la gracia delitaliano, la perfección del alemán. Es un coche simple, sin llegara la pobreza. Buena la cama. Lo estrictamente necesario. Alfombra.Al fondo del coche, el samovar. Cuando usted lo desea, el camarerole trae un gran vaso de té, en estuche de plata. Sólo el segundodía nos enteramos de que el tren no llevaba restaurante. Demilagro, para la primera noche habíamos llevado fiambre. Lo que nosesperaba para el día siguiente era la geografía del hambre. Ennuestro caso iban muchos otros.
Al llegar a Poznam nos escribió en el vidrio "20" el camarero.Tendríamos veinte minutos para defendernos. No teníamos ni unzloty, para comprar una salchicha, ni otro vocabulario que el delos dedos. A dedo descubrimos la agencia de cambio, convertimos enzlotis unos francos, rompimos una fila -graciosamente nos cedieronel turno los de la cabeza- y provistos de salchichas y panagarramos el tren en el último minuto. Todo sonriente, el camareronos trajo, en estuches de plata, tres vasos de té. Así llegamos,sin decir una palabra, a Varsovia.
Todo el mundo está en Varsovia
Ya no cabe más gente en los hoteles. Ni hay asiento libre en lostrenes. Esto -dirán los otros- ocurre en todo el mundo. Sobre laCosta Brava se han volcado los alemanes, Grecia está que no soportaun inglés más... Etcétera. Lo de Varsovia, o Cracovia, o los lagoso las montañas de Polonia es distinto. Polonia se llena de polacosy sólo de polacos. Polacos nacidos en Nueva York, San Francisco,Argentina o Brasil. Con cinco, diez o veinte años de anticipación,han hecho las reservaciones imaginarias y cada verano hay aquí unamultitudinaria reunión de familia. El músico del Canadá, elprofesor de Buenos Aires, el negociante de Brooklyn regresan a estasu tierra, o a la de los padres -que es lo mismo-para sentir denuevo el aire de la patria. Una patria mil veces desgarrada.Encogido a causa de los vecinos. El mundo se ha ido llenando depolacos o poloneses peregrinos. No hay rincón adonde no hayanllegado alguna vez los hijos del Vístula, en no pocos casosllevando consigo un genio loco, un espíritu de rebeldía, unaherencia romántica que ha acabado por hacer historia en tierraslejanas.
En la primera mitad del siglo XIX había en París una Polonia tanbeligerante, o más que en Varsovia, y música, novela, arte polacosinfundían a la política una pasión capaz de contagiar a losextraños. En nuestro siglo, estas condiciones se aburguesan oasordinan, y decir hoy "los polacos" no sugiere la misma imagen deotros días. Cosa que nada significa. La trama tupidísima de estasmuchedumbres que llegan a los hoteles derramando montañas devalijas, y recorren las calles de Varsovia rodando en los buses devitrina, se diría que tapa el espíritu polonés. Y no. Es imposibleno ver al fondo el ánima insomne de la más romántica de todas lasnaciones. Estos turistas polacos, nacidos en el otro mundo, cuandollegan a Varsovia, de Varsovia se mueven en todas direcciones. Vana aldeas de que no hablan las guías de turismo, y refrescandiálogos interrumpidos por un cuarto de siglo. Tal vez los niños noalcancen a estimar al tío legendario que andaba por el nuevo mundo.Pero hasta estos mismos niños desligados caerán en las mismasnostalgias que al volver cierta esquina del tiempo, sorprenden almás reseco y desentendido.
Tengo pocos días de andar por Varsovia, y muchos años de mirarla contradanza en la comedia humana. Es posible que me equivoque.Pero estoy convencido de que hay algo distinto del turismocorriente en este de los polacos en Polonia. Habría que saber enqué proporción aparecen aquí entre los que llegan para el veranolos de origen polaco y los que definitivamente son extranjeros. AEspaña o a Italia vuelven todos los años cientos de miles deespañoles o italianos, pero no forman caudal donde los"extranjeros" son corrientes amazónicas. Aquí reverdece Poloniacomo una gran familia. Y no salen de su pasmo los norteamericanoscuando encuentran en Varsovia más polacos que en Nueva York.
Hay momentos en que quien llega a Atenas no se siente entregriegos, ni quien a la Costa Brava entre españoles, ni quien aVenecia entre italianos. Aquí, estando esto cuajado de turistas, dala impresión de que no se oye sino polaco, no se anda sino entrepolacos, y se ha llegado, de veras, a Polonia.
Donde fue, será y es
No quedó piedra sobre piedra, ni ladrillo sobre ladrillo. Losfuncionarios de Hitler cumplieron los deseos del amo, y Varsoviatenía que volver a comenzar a partir de cero. Con menos esfuerzohabrían podido echarse cimientos, para la ciudad nueva unoskilómetros más arriba, unos kilómetros más abajo, siempre a laorilla del Vístula. Pero hay algo en la naturaleza del hombre queno le permite apartarse del lugar mismo, bueno o malo, que haenmarcado todas las tradiciones de su familia, sus amigos. Susromances, sus negocios, su vida. En Varsovia, todo tenía que serdonde fue la placita del mercado, la catedral, la ópera, hasta elpalacio real, aunque sin rey. Han pasado veinticinco, casi treintaaños, y todavía pesa sobre esta gente el problema de tener uncuarto dónde dormir. Varsovia es una ciudad cerrada. Nadie puedemoverse de otra ciudad, o de una aldea, o del campo, para llegaracá a agravar el problema de los nueve o doce metros cuadrados,límite actual que tiene un hombre para su habitación. Cuando porfuerza tiene el Estado que aumentar el cupo de habitantes, lo midecon estricto rigor. Se construyen gigantescos bloquesmultifamiliares, pero todo es poco.
Varsovia había salido de la primera guerra como una pequeñaciudad que creció hasta el millón. Así va al comenzar la segunda.Entonces el problema de alojamientos fue resolviéndose a la maneraburguesa con el contraste que sabemos: entre holgura y estrechez.Hoy la ciudad tiene un millón doscientos mil habitantes, y o paganal Estado el alquiler o son dueños de su vivienda. El alquiler esínfimo, pero hay que esperar turnos de años para lograr unaadjudicación, y podrían escribirse novelas de novios haciendo cola.Comprar es un ideal esquivo, pero hay un sistema elástico enPolonia que la distingue de las otras repúblicas comunistas. Esposible salir a trabajar a otro país. A Suecia, por ejemplo. Quienlo logra, y permanece por fuera unos meses, puede regresar con unautomóvil, o con posibilidades de comprarse un apartamento. Quienes dueño de un apartamento lo puede dejar en herencia.
El ajuste íntimo de la vida tiene que correr las contingenciasde la norma general. Un matrimonio que se deteriora puededivorciarse pero como no es fácil hallar alojamientos, losdivorciados seguirán viviendo bajo el mismo techo, en apretadaestrechez. A menos que se combinen los divorcios y venga sólo uncambio de parejas... Para un escritor, un pintor, un músico, nuevemetros son el tamaño de una tumba. Aquí puede venir, o viene, lamano del Estado que les favorece. Con eficacia relativa. Elministerio autoriza a un escritor para que compre un estudioadicional. Y, ¿de dónde saca el dinero que no deje flotando laautorización como teoría?
He visitado en su casa a dos señoras que en otro tiempo fueronde los ricos de Polonia. Lo que hoy poseen es una sala grandedividida en dos ambientes. Se entra por un pequeño recibo que es almismo tiempo cocina - estufa, heladera, derramadero, despensa -yalgo así como una biblioteca para unos doscientos libros debolsillo-. Como el escaparate de ropas es diminuto, los abrigosestán colgados a la vista -no olvidar que en Polonia hay seis mesesde nieve-. El baño se desarrolla en un metro cuadrado. De ahí sepasa al segundo ambiente. Es un dormitorio - comedor -sala detrabajo. Las señoras son de un decoro exquisito. Nos sentaremosocho a la mesa, a manteles limpios, y deliciosa comida polaca.Ellas se mueven como si estuvieran en una sala ducal. Las dos camasse ven como dos sofás, anchos y acogedores. Todo es grato ycordial. Cuando todos salgamos, y se laven los platos y levante elmantel, una de ellas colocará su máquina de escribir y trabajarátodavía un par de horas más... Y seguirá rodando el mundo comosiempre.
Un museo de lo monstruoso
En un ángulo de la plaza del Mercado Viejo de Varsovia hay quevisitar el museo histórico de la ciudad. Podría prescindirse de iral museo nacional o la casa de Chopin: nunca dejar de lado estepequeño rincón que sólo retiene al visitante media hora. Lo dejaráimpresionado con imágenes que nunca escaparán de su memoria. Elmuseo se compone de un vestíbulo en donde con alguna estrechez semoverán cincuenta personas viendo tarjetas postales y recuerdospara turistas. Al fondo, una sala vacía. En esa sala se proyectauna película, y eso es todo. Viendo la película se llega a los másnegros abismos de la barbarie humana. No existe otro retrato deHitler que lo muestre mejor. Las nuevas generaciones, y lasfuturas, deberían conocer en todo el mundo este documento. Estáhecho en buena parte con películas tomadas por los nazis mientrasiban ejecutándose las órdenes del Führer. Al fondo, música deBeethoven...
La violencia de las imágenes se profundiza por la circunstanciade quedar el museo enclavado en la parte de Varsovia que conamorosa curia han reconstruido sus habitantes, fieles hasta elúltimo detalle. La orden del Führer era tajante: arrasar aVarsovia. Que no quedara piedra sobre piedra. Disciplinados, susoficiales lo hicieron en orden perfecto. Primero, habían echado alos judíos. A culatazos, con el látigo silbando, viejos y niños,mujeres y varones, despojados de todo, avanzan como río de miseriahacia los campos que todos sabemos. Luego, salió todo el mundo. Yya, la ciudad vacía, a cumplir el deseo del capataz ensoberbecido:de la romántica Varsovia sólo habría de quedar el nombre en lahistoria, vagando como sombra perdida. Un oficial guiaba brigadasde soldados lanzallamas; iban llevando los incendios manzana pormanzana. Cada manzana, previamente bañada en petróleo. Luego, elgran director de la orquesta de todos diablos iba apretando, enriguroso orden, unos botones. Se ve en el documental del estadomayor alemán, perfecto. A cada botón que oprimía, se derrumbaba unedificio de seis u ocho pisos. Se ve caer como en las películas.Unos segundos. El oficial se cerciora de que la cosa no falla, yoprime el botón siguiente... En pocos minutos, lo que era lahermosa fachada de una gran avenida, convertido en escombros. Y asíel palacio real, y las iglesias, y los ministerios. Entre montañasde basura, una imagen de Jesús, la mano que saludaba en Jerusalem,queda señalando a un cielo negro de tierra, de humo, de miseria.Pedazos de Cristos, muebles destrozados, espejos rotos, jarrones deSevres en añicos.
Dicen que el noventa por ciento de la ciudad quedó en escombros.Se ve en vistas a vuelo de pájaro. Y lo que hubo antes: aquellaVarsovia, pequeña Viena, risueña, de cara al Vístula, con palaciosa la francesa, barrocas las iglesias, teatros para las noches degala.
Final de la guerra. Varsovia comienza a recuperarse, a partir dela liberación, bajo la bandera de Rusia. En esto hay algoparadójico. Se ve en la plaza del Mercado Viejo de la ciudadantigua, la han reconstruido los polacos como quien le devuelve elcorazón al cuerpo. ¡Es el monumento a la burguesía! Casasitalianas, con cornisas de oro y muros grafiados, de los burguesesque trajo el Renacimiento quizás a un tiempo con la reina BonaSforza. Cerradas las calles con cadenas, en dos cuadras a laredonda, no entra automóvil. Quien se arrima a una mesita a tomarhelados en el centro de la plaza mira ese marco de nuevas casasviejas, con todos sus oros y calcomanías, como un sueño de gloria-pero gloria burguesa-, después de la pesadilla macabra que vio enla película del museo.
A las orillas de un río
Las aguas del Vístula, color arena, cambian con el tiempo. Unasveces parecen de oro; otras, de cobre. En estos días de verano,caminar en la tarde dos o tres kilómetros por el paseo de la orillaizquierda es ver a los enamorados con aire de idilio de otrotiempo. Por los tres puentes que unen las dos mitades de Varsovia,a los lejos, trenes y autobuses rojos: cohetes que llevan lejos denosotros los afanes ajenos. Entre la calzada de nuestro paseo y lacara de cemento y ladrillo de la ciudad, hay una faja verde deárboles y prados de cien metros. Mirando desde nuestra terrazahacia abajo, está el Vístula de todos los tiempos sirviendo paralos del otro paseo: los que se apretujan en el puente de los buquesque llevan hasta el Báltico... Sin correr el río entre muros depiedra
-sus playas de Varsovia hacia fuera se llenan de jóvenes bañistas-estas aguas no están urbanizadas. El Vístula de ahora es más comoun río de América que de Europa. La diferencia está en elcuento.
Caminamos con un amigo, dueño de unas tierras en las afueras deVarsovia. Antes de la guerra tenía allí una fábrica de ladrillos.Ocho millones de piezas al año... Le volaron la fábrica. Sólo quedóen pie el edificio de la administración, ahora su casa. El río, nosdice, corría entre los dos campos. A la izquierda, los alemanes; ala derecha, los rusos. La batalla fue resolviéndose en favor de losrusos. Los alemanes ordenaron evacuar a Varsovia. Mi casa seconvirtió en hospital. Cuatro, cinco veces entré a la ciudad casidesierta para conducir las ambulancias que los propios alemanes medieron. Pude sacar heridos a centenares. Cuando no quedó nadie,metódicamente fueron volando los nazis casa por casa. Los rusosdeberían entrar a una montaña de ladrillos humeantes...
En el museo nacional hay una sala dedicada al Canaletto. De lostres Canalettos venecianos, uno, Bernardo Belloto, se radicó enVarsovia. Lo que los otros hicieron dejando, con Guardi, la visiónmás completa de los canales de San Marcos en la laguna delAdriático, Bernardo lo realizó en la ciudad del Vístula. Es lamejor historia de colores que puede consultar el visitante paraentrar en la ciudad antigua. Este Canaletto reproduce los palacios,jardines, plazas, grandes avenidas de fines del setecientos con laprecisión de un fotógrafo, en una región que no tiene la luz deVenecia sino el aire misterioso que viene de unas llanurascubiertas de nieve profunda seis meses al año y de los bosquesvecinos, bosques de jabalíes, osos, renos y lobos.
Si las aguas del Vístula hablaran -y hablan a quien las quieraescuchar- contarían -y cuentan a quien las interroga- la historiaque se han llevado sus espejos fugitivos. Lo del setecientos, ahíestá en las telas del Canaletto. Entonces bajaban las casas hastala orilla: se bañaban los quicios en el agua. Se reflejaban lindasfachadas, se duplicaban las siluetas de las barcas -casi góndolas-.Oros y granas y marfiles, disputándoles el campo, entre las aguas,a verdes bosques y prados y jardines. Las carrozas doradas, conportezuelas de paisajes en laca, cuatro o seis troncos de blancoscaballos, arneses dorados, lacayos de flamantes libreas, bajaban delas avenidas a la orilla, y versallescamente todo se convertía enuna estampa de alamares, peluca, polvo de arroz. Aquí también hubo,diría Alfonso Reyes, corte de Alfeñique...
El corazón de Chopin
En la avenida del Nuevo Mundo -Nowy Swiat- está la iglesia dondese conserva lo que Chopin quiso dejar a su tierra: el corazón. Elmonumento es sencillo: un medallón de mármol, con el relieve de laromántica cabeza, y la inscripción de rigor. Jamás pasan sin llegara este lugar estudiantes del mundo entero. Dejan como recuerdo losescudos de sus escuelas. No hay nombre de héroe alguno que se oigay repita tanto como el de Chopin en una tierra que de veras llevabaél en el corazón. Cuando Chopin vivía había dos Polonias: la unatenía su capital en Varsovia, la otra era París. Era la épocarevolucionaria de los románticos de la libertad. Las últimaspalabras del héroe: "Polonia ha muerto, pero yo soy polaco",resonaban en la Marsellesa de emigrados que cantaban:
|Polongnevit encore -
|Puisque nous vivons! Todo lo que en lamúsica de Chopin nos hace estremecer como pasión poética, en losnocturnos, para el polaco tiene un sentido nacional. El no puedeolvidar a aquel iluso peregrino que se exaltaba y hacía saltar elpiano con la desmesurada fuerza de su naturaleza enferma y febril,ya estuviera en París o en Mallorca... Era una antena receptora,recogiendo la onda patriótica. Y oír hoy en Varsovia esa música esmeterse por el oscuro laberinto de desencantos, ilusiones,heroísmos, derrumbamientos y resurrecciones.
Si usted va a Varsovia, visite su casa en la calle Przedmiescie;vaya el domingo a oír el concierto de las doce del día en losjardines del palacio Lazienki; conozca la casa en donde nació enZelazowa Wola. Y ante todo no olvide el museo de Chopin... es loprimero que se encuentra en las guías, y lo que cualquier polacodice a quien proyecte venir a Varsovia. Lo mismo aconsejan alllegar. Así, el primer día, he ido al museo Chopin, en la noche. Unpianista venido del Canadá -Czeslaw Kaczynski- daría unconcierto.
Es difícil encontrar una sala de conciertos conservada con tantodecoro, amor y nobleza como esta del museo Chopin. Ese niño que alos ocho años ya escribía una obra importante y que a los diezrecibía una medalla de oro de un artista que lo consideraba genialobligó a Schumann a exclamar el primer día que lo oyó: "¡Hoy hanacido uno de los grandes de Polonia!". Así va apareciendo, através de los documentos del museo abriéndose camino en las largasnoches de Cracovia, de Varsovia.
Czeslaw Kaczybnski inició su concierto con Bach, Brahms, Ravel yDebussy. Se trataba de una simple presentación para entrar enmateria. No se puede ejecutar una obra de Chopin sin ponerse enforma. El atrevido pianista sacudía el alma de los poloneses que loescuchaban. Aquellas notas límpidas que caen en medio de loscantos, aquellas tempestades apasionadas, llegaban con dobleeficacia al auditorio. Jamás, nunca pasó por la mente de Chopinhacer nada vecino a una Marsellesa. Pero ese fondo universal de sumúsica que para el buen polaco es fácilmente perceptible convierteen música patriótica el más cándido pasaje. Es algo de aquello queocurría en Paderewski, o que pasa en Casals en nuestro tiempo. Loobvio en Chopin es haberle dejado a Varsovia su corazón. Lo obviopara el polaco es el estar Polonia toda en el corazón deChopin.
Zelazowa Wola
No sé si Zelazowa Wola sea el rincón más romántico de Polonia,pero puede ser el más romántico del mundo. Vieja casa de campo, a54 kilómetros de Varsovia, se agazapa entre el jardín más floridoque pueda recordar el nombre de un músico. A este santuario lleganlos hijos de Polonia todos los días. A ver brotar malvas y rosas, acerciorarse de que su patria conserva la frescura original. Bajolos árboles, de lejos, se ve el pórtico entre las ramas de losmanzanos en flor. Suben tanto como la altura de la casa. Los muroscubiertos por las enredaderas. Atrás, las malvarrosas de las casascampesinas de Polonia. En torno, en cuadras a la redonda, flores yflores en desorden romántico, estanque de lotos, y a cien pasos, elrío estrecho y callado reflejando la bóveda de los árboles queapenas mece el aire. Todo esto, en recuerdo de aquel FedericoChopin que allí nació el 22 de febrero de 1810, y de donde debíapartir en 1830 para no tornar nunca a Polonia. Llevaba en un cofrede plata un puñado de su tierra, y en el alma, polkas, cracovianas,polonesas, para tenderlas sobre el mundo como eterno manto musical.Chopin vivió poco en su casa natal. Pero siempre que estaba enVarsovia venía a pasar ahí sus días de ocio y ensueño. La últimavez, cuando ya el coche rodaba camino del viaje sin retorno, oyó,al alejarse, la música con que sus amigos lo despedían. Esa músicapopular de donde sacó él una inspiración revolucionaria, con airesque no entendían los maestros, pero que fueron abriéndose caminopor el mundo.
La casa Zelazowa Wola parecía olvidada. Hoy, las flores brotancon un furor que hubiera enloquecido a Chopin de ternura si algunavez hubiera visto tantas en unas cuadras alrededor del sitio dondese meció su cuna. Quienes más hondamente lo recordaban, a cuarentay tantos años de su muerte, decidieron devolverle a Zelazowa Wolala fisonomía que tuvo cuando él nació. Con Paderewsky a la cabeza,retomaron la casa y la convirtieron en lo que es hoy: el lugar endonde el espíritu de Polonia se convierte en flores, los visitantesrecorren en silencio los senderos del jardín, se detienen frente alestanque de los lotos, caminan lentamente y en un cierto momentoparan. Entonces no se oye ni el paso de un niño. De la vieja salasale una música que se difunde en torno. Como si las manos del delos nocturnos estuvieran diciéndonos sus confidencias. Razón tuvoHitler, en su tiempo, prohibiendo que esta música pudiera ser oídaen esta tierra... Y es tremendo hoy oírla, no en una sala de Paríso Nueva York, sino en Zelazowa Wola.
Aquí la música está en el aire, en el ambiente. Cuentan quecuando se devolvió a la casa su ser original, un antiguo sirvienteseñaló el árbol a cuya sombra Chopin tocaba. En ese lugar sesentaron al piano los dos más famosos de la época. Fue algo comoaquella canción con que lo despidieron sus amigos: "Aunque te vayasde nuestra tierra, aquí queda tu corazón...". Había algo decompensación sentimental. Chopin llegó a París con 14 polonesas, 20mazurcas, 9 valses, 8 nocturnos: Toda Polonia en una caja demúsica. Como aquí, entre los cuatro costados de una casa vieja.
Los rusos en tierra ajena
En el centro de Varsovia se alza una torre de treinta pisos. Esel Palacio de la Cultura. Domina la ciudad. La construyeron losrusos como un regalo a la ciudad que resurgía de los escombros.Modelo de arquitectura staliniana es, al propio tiempo, elmonumento que a sí mismo se erigieron los rusos en recuerdo dehaber sido los libertadores. Los hijos de Varsovia dirán siempre alvisitante que la más bella vista de la ciudad se logra subiendo alúltimo piso. ¿Por qué? Porque no se ve la torre.
El estilo staliniano, desde luego, choca con el espíritu polaco.Pero en este caso simboliza lo peor para un pueblo que durante diezsiglos viene luchando por ser independiente y libre. Cuantas vecesha perdido estas conquistas, ha alentado su voluntad dereconquistarlas. Es irónico seguir hablando del ejército libertadory de la liberación de Polonia, cuando los libertadores seapresuraron a imponer el régimen en que hoy se vive, en que nadiese atreve a hablar, y si lo hace es en voz muy baja. Los mismostanques que aplastaron a los nazis volvieron la cara paraamedrentar a los polacos.
Seguramente Varsovia libre sería tan socialista como Estocolmo.Nadie desconoce las ventajas de tener médico, medicina y hospitalgratuitos, escuela obligatoria o gozar de un sistema de tranvíaseficaz a precio mínimo. Lo que nadie acepta es la independenciaperdida. En cien habitaciones de una residencia de estudiantes enParís se encontrarán cien enormes retratos de Lenin, como encualquier estudio de un latinoamericano de menos de veinticincoaños, en Bogotá, México, Caracas o Lima. Donde no se ve uno es enVarsovia.
A lo mejor habría muchos retratos de Lenin en Varsovia siPolonia fuera libre, tan libre como la imaginaron quienes le dieronla vida hace mil años. Toda piedra que recuerde algo querido a lospolacos es piedra consagrada a quienes en esos mil años han luchadopor hacerla independiente y libre. En diez siglos este paísatormentado ha tenido que enfrentarse o contra una Alemaniaavasalladora que los ha perseguido desde los tiempos de losCaballeros Teutónicos hasta Hitler, o contra una Rusia que, desdeque Polonia se hizo, el año 966 hasta hoy, ha tratado dereducirlos, de colonizarlos. Los polacos sueñan en su liberación lomismo dormidos o despiertos. Ese ha sido y es su destino. Cuandodándole la espalda al palacio del partido -grande como el másgrande parlamento del mundo- mira el polaco la grande avenida quetiene al frente, siente un alivio de esperanza. Se llama NowySwiat: Nuevo Mundo. A Varsovia ha llegado la anécdota de un ricocolombiano que se mostraba satisfecho de que su hijo se hubiera idoa estudiar a Moscú. Un amigo se lo censuraba, y él le dijo: -¿loque usted quiere es que lo mande a París para que se me vuelvacomunista?
Si el Palacio de la Cultura es la Torre de Varsovia, el Palaciodel partido es para la ciudad como el capitolio para Washington.Desde sus centenares de oficinas -tiene más cubículos que un panal,y más calculadoras que el Banco del Estado- se controla la vida dePolonia, al modo soviético, en sus menores detalles. Desde allí sepremia a quienes se someten y escriben loas, y se castiga a quienesresisten, piensan o dudan. Sobre el mecanismo normal de laadministración se impone lo que el partido decide. Pesaba menosEspaña absolutista, con su Inquisición, sobre América colonial, queRusia socialista sobre Polonia. La paradoja sangrienta en lahistoria de estas "democracias" está en habérsele dado el nombre deVarsovia al pacto bélico que hace cuatro años sirvió para arrasar aChecoslovaquia con tropas de Polonia misma, y de Rusia, Alemaniasoviética, Hungría y Bulgaria. Esas tropas fueron a echar una capade plomo sobre la muy relativa independencia del país hermano.
Nadie habla tan apasionadamente como el polaco cuando calla. Nihay una patria más viva y elocuente que esta Polonia ardientementemuda.
La apasionante historia de Jan Matejko
Entre los más grandes y los más ignorados pintores de Europaestá Jan Matejko. Matejko es para Polonia lo que Delacroix paraFrancia o Rubens para María de Médicis, y un poco más. Si Matejkoestá marginado en la historia del arte, si no está en el Louvre, espor el avaro y justo deseo de los polacos de retener en Varsovia oCracovia la totalidad de su obra. Genial y grandioso en laproyección de los momentos estelares de la historia polaca, eltestimonio que él aporta no es sólo la continuación de una pinturade acontecimientos con antecedentes tan ilustres como la "Rendiciónde Breda" de Velázquez o la "Ronda Nocturna" de Rembrandt, sino querefleja esa otra Polonia profunda y atormentada que llevan en elalma los hijos de Cracovia, de Varsovia. Lo que no dicen hoy lospolacos, a gritos lo publican estas inmensas pinturas. Ante ellasdetiene los pasos aun el más premuroso visitante del museo. No hayen cada cuadro de éstos un solo personaje que no esté retratado encuerpo y alma, con una profundidad que crece cuanto más se locontempla.
Matejko coloca delante del hijo de Polonia aquellos tiempos enque sus reyes extendían las fronteras de la patria del Bálticohacia oriente y las llevaban hasta el mar Negro, cuando reducían yhumillaban a zares y a príncipes de Alemania y en manos de losreyes de Polonia estaba la defensa del mundo occidental. Estremecever hoy, teniendo al fondo todo lo que luego ha ocurrido, al duquede Prusia, Alberto de Bandeburgo, de rodillas ante el reySegismundo. El Rey le presenta, abierto, el libro de los Evangeliospara que Alberto, último maestro de los Caballeros Teutónicos, conla mano puesta sobre él, le jure sumisión. De un lado aparece allíla humillación de los prusianos; del otro, la magnanimidad delvencedor que tiende la mano victoriosa con aire de nobleza parecidoal de Marco Aurelio en el bronce del capitolio romano. Tirado alpie del trono está un bufón que mira irónico el significado de todoesto. El bufón es el propio Jan Matejko, el pintor, notariosimbólico de la vida de su pueblo.
La presencia de Rusia en este teatro de la pintura es parecida.El duelo mortal en que se empeñaron Rusia y Polonia ocurrió entiempos de Iván el Terrible y el rey Estaban. Iván, movilizando sushordas bárbaras, empujaba hacia el Báltico resuelto a poner allálas banderas de Moscú. El rey Esteban decidió detener la amenaza.Reunió un ejército de 60.000 hombres con 600 cosacos en lavanguardia y 10.000 caballeros de Lituania. Se unió a los suecos.Convirtió el país en fábrica de cañones. Iván el Terrible teníapara oponerle 200.000 hombres. La guerra duró cinco años. Estebanfue tomando una a una las ciudades fuertes del moscovita, con unaprecisión estratégica de maravilla, hasta que cayeron los últimossoldados de Iván en Psków, y el Zar tuvo que rendirse firmando lapaz en Kiwerowa Horka. Toda Livornia quedó en manos de Polonia. JanZamoyski, el gran canciller, cuyo retrato en el lienzo de laprofecía de Skarga es una de las obras maestras de Matejko, decíaante el gran consejo del Rey en 1851: "Es cosa probada que elenemigo moscovita no respeta la paz sino mientras la necesita. Nonos basta arrancarle las plumas e impedir que reaparezcan. Hay quecortarle las alas y echarlo del mar para que no le lleguensocorros, ni material de guerra, ni ayuda humana. Sí: hay quecortarle las alas, y echarlo atrás...".
Matejko ha recorrido toda esa historia en un cuadro monumental:"Esteban después de la victoria de Psków".
El rey bajo la tienda está sentado en su silla de campaña másseguro que en la del trono en Cracovia. Sobre las piernas ha puestola espada. El embajador moscovita, de rodillas, le presenta en unabandeja los símbolos de su entrega. Quienes lo siguen, grandes deMoscú, en cuatro patas, pegan la cabeza contra el suelo, o mirancon los ojos saliéndose de las órbitas, la escena increíble. Unjesuita, de los que están recién instalados en Polonia, mira con lamirada de acero y las manos inmóviles de los de su orden, esto queno esperaba de su paso por el reino. Los generales de Poloniaasisten a este final de la victoria con un aire de reposo ygrandeza. El cuadro no representa un incidente insólito en laPolonia de otros tiempos. Todavía en 1610 el capitán Zolkiewski secubrió de gloria en la batalla de Kluszyn, llevando prisioneros aVarsovia al Zar y a sus hermanos...
Quienes nos llevan hoy a los museos no se detienen a explicarnosnada en los cuadros de Matejko. En las librerías no se encuentranreproducciones de esta obras. Pero una vez que se las ha visto, nose olvidan. Jan Matejko es un pintor cabal, grande entre losgrandes de Europa. Si lo ignoramos es por el misterio de suespíritu patriótico, que se pierde en las llanuras sin límite de lagran Polonia, adonde no llega la curiosidad del mundo.
Faras la maravillosa
Entre Nubia y Egipto existió una vez un reino cuyo nombre quedóescrito en la arena. Mil años de soledad lo borraron de la memoriade los hombres. Se llamó Faras. Un estrecho brazo del Nilo loseparaba de las móviles arenas, infinitas. Al frente habría unasminas de oro, fabulosas. Lavando arena era mucho el oro que quedabaen el fondo de las bateas, en los primeros siglos. Luego, el polvodorado fue adelgazándose, y todo fue arena, arena, arena. Entiempos faraónicos, Faras tembló como una llama bajo el ala mágicade Tutankamon. Luego, sus torres -si las hubo- se vieron coronadas:Los soberanos de Nubia fijaron en Faras su capital. Más tarde pasóa ser la de un reino cristiano: bajo esta luz hay que verla conarcángeles y apóstoles bizantinos, y el soplo de la emperatrizTeodora que en las paredes pintadas de la catedral mecía las alasde los ejércitos celestiales. En esas mismas paredes -se comenzarona pintar en el siglo VII, y pintándolas siguieron artistas anónimoshasta el X- se ven saltar unos ágiles caballos árabes urgidos porel afán de tres reyes magos, y la estrella de Belén abriendo suspétalos agoreros en un cielo de tierra coloreada. Luego Faras quedóabandonada. Todo lo borró el viento. Caminaron las dunas a paso decamello y cubrieron patios, estancias, los muros de la fortaleza,el viejo monasterio, la catedral. Hay un momento de diez siglos enque el paso del tiempo y el de la arena caminan al mismo ritmosilencioso, y así el viento se lleva su memoria. Lo que hoy quedade Faras lo dice una Santa Ana enigmática, de grandes ojos abiertosal misterio, con un dedo sobre labios. El silencio de esta bellezarescatada hace apenas diez años es el poema de la gracia de Faras.Esta Santa Ana se ha comparado, por lo insoluble, y por lo bella, aGioconda, la de Leonardo. La Santa Ana de Faras, por eso, se hallamado la Gioconda de Varsovia. Y, en efecto, llegará un día enque gentes de todo el mundo se detendrán a ver esta imagen,infinitamente más simple que la dama del Louvre, pero nunca menosintrigante, ni menos sugestiva, ni menos bella.
El trabajo para rescatar a Faras del olvido fue empresa de años.Hace sesenta, el arqueólogo Griffith, de Oxford, encontró en eserincón de Nubia restos faraónicos y griegos, y árabes de lostiempos de Sarib el-Gebel. Griffith tocó la frontera dondecomenzaba el mundo cristiano de los arcángeles, sin avanzar. ElColón de este otro mundo vino a ser un polaco de nuestros días,Michalowski, a quien he encontrado en el museo de Varsovia. El, deviva voz, me ha narrado su aventura. Siguiendo los pasos deGriffith, Michalowski comenzó con ochenta hombres a abrir un fosoque alcanzó 33 metros de longitud, seis y medio de ancho, diez deprofundidad. Arenas, arenas, arenas que los obreros iban arrojandoal Nilo, dejando atrás búhos y escarabajos faraónicos labrados enpiedra, y largas alas de sagrados pájaros egipcios -aviones depiedra que todavía hacen guardia a las esfinges-. Hasta que un día,el 6 de marzo de 1961, comenzó a salir de entre la arena ¡lacatedral!
Lo que vino luego es cinematografía de contener el aliento. Larepresa de Aswan va levantando el nivel del agua. Ahora las dunaslíquidas, irremediablemente, dejarán para siempre sumergidas estasFaras de siglos, borrada por el hombre. Michalowski moviliza lospoquísimos recursos humanos de que dispone para desprender comocalcomanías los frescos de la más antigua ciudad artísticacristiana del Egipto y de Nubia. Mientras va levantando loscolores, el agua le llega a los tobillos. Si naufragan estasimágenes, Faras quedará suspendida en la memoria como tela inasibleque sólo han visto los ojos de estos sabios alucinados. Nada pasó.Los frescos rescatados se salvaron y hoy pueden verse, la mitad enKhartoum, capital de Sudán; la mitad en Varsovia, patria deMichalowski...
La tumba del obispo Johannes
Falta por escribir el misterio, el estupor, el deslumbramientodel arqueólogo cuando con su lamparilla va rasgando tinieblas desiglos y arranca a la piedra los secretos perdidos. CuandoMichalowski, el descubridor de Faras, fue sacando de las arenas deNubia la catedral que nadie conocía, lo primero que tocó fue unapiedra con una larga inscripción en lengua griega. Fecha: El año606 de nuestra era. Con una escobilla iría él limpiando letra aletra, palabra a palabra, la oración que grabaron allí los fieles,hasta dejar en limpio este texto que leería con infinita emoción:"Dios de los espíritus y de toda carne, que destruiste la muerte yla arrojaste al infierno y que diste vida al mundo, concede reposoa tu servidor Johannes, obispo de Pakhoras, en el seno de Abraham,Isaac y Jacob, en el lugar de la claridad, en el lugar de laverdura, en el lugar del descanso donde ya no existen ni tristezas,ni penas, ni llantos. Perdónales todos los pecados cometidos depensamiento, palabra u obra, tú que eres bueno y misericordioso,porque no hay hombre que viva y no peque. Tú eres el único que nopecó y tu justicia es una y eterna. Señor, tu palabra es la verdad.Tú eres la paz y la resurrección de tu servidor Johannes, obispo, ynosotros te glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ahora y enla eternidad, por los siglos de los siglos. Amén. Murió después delmartirio el año 322 del mes Toth, a los 82 años de su vida".
Devolviéndole la voz a quienes hace mil cuatrocientos añosdejaron dormido este coro sobre el mármol, el arqueólogo seguiríaapartando la arena y viendo la imaginería de aquel cristianismoprimitivo, elemental. Deslumbrado, iría colocándose ante uno de losfrescos más bellos en la historia del arte de Oriente y Occidente.Los artistas que los pintaron dejaban de lado la maestría -queconocieron- de escultores egipcios o griegos, para figurar no unrenacimiento, sino el nacimiento balbuciente de la nueva fe. Concolores muy diversos -rojos, verdes, azules, blancos, brunos,oros... -, representaron a San Mercurio jinete atravesando con sulanza a Juliano el apóstata; a San Miguel arcángel protegiendocontra las llamas del horno a tres judíos: Ananías, Azarías yMisael; a la reina Marte con la Virgen protectora al fondo; a unjoven príncipe bajo la misericordia de Cristo... a la Trinidad delas representaciones más antiguas: tres rostros iguales, como trespersonas no distintas sino idénticas, para hacer más accesible elmisterio teológico. Todo en un estilo pueril. El estilo en queparece nacer el arte. El arte niño.
Veintisiete obispos, con sus nombres y sus fechas, han salidoasí a la luz de nuestro tiempo y vienen hasta nosotros con trajes yornamentos que aún conserva -si los conserva- la Iglesia. Así, enAfrica de Nubia, retroceden las fechas de la historia del arte, yuna nueva imaginería sale, intacta, a recibirnos. Lo hemos visto -yhay que verlo-, en el museo de Varsovia donde el descubridorMichalowski ha colocado como en santuario la mitad de las pinturasdescubiertas. Quien no vaya a verlas perderá una de las visitasmejores que puedan hacerse en la Europa de nuestro tiempo.
La Torre de Cracovia y el "Hejnal"
¡Esta de Cracovia sí es la plaza vieja! Las piedras y hasta losladrillos, todavía están en su puesto desde hace mil o milquinientos años, y más. Eso, y cuanto se fue agregando, en cámaralenta, en diez siglos, parece de milagro que se haya salvado. Haceochocientos años se trazó este enorme cuadrilátero -doscientosmetros por cada lado-. Europa entonces era pequeña y en tinieblas,y la plaza de Cracovia como la plaza abierta del mundo. Llegabanlos reyes con sus cortes y era un espectáculo de fierro, seda,encajes, oro y pedrería. Debió de ser una tapicería viviente verarrodillándose ante el rey de Polonia al orgulloso humilladomaestro de los Caballeros Teutónicos, príncipe de Prusia,rindiéndole vasallaje. Cuánto lujo y emoción en los torneos, cuántoduelo y pasión ahorcando traidores, cuánta liturgia y rezos en lasprocesiones, cuánto negocio en el mercado de trapos de losburgueses... para que ahora vengan en muchedumbre suecos yamericanos a chupar helados cayendo como moscas en las mesitas queduplican en Cracovia el espectáculo de la plaza de San Marcos enVenecia.
De los cobres medievales sólo queda el de un trompetero que cadahora, desde lo más alto de la torre mayor en la iglesia de NuestraSeñora, entona un aire medieval -el
|hejnal- en cada una delas cuatro esquinas. Da una señal vida que ha de expandirse a lascuatro puntas del globo. Al final, la melodía se corta bruscamente,y queda flotando una sensación de tragedia. La leyenda dice que eltrompetero en los tiempos antiguos debía dar la alarma al acercarselas hordas de los tártaros, y que alguna vez no había terminado el
|hejnal cuando una flecha le atravesó la garganta. En elpunto preciso de la melodía que ahora, en su recuerdo, seinterrumpe.
La iglesia de Nuestra Señora tiene dos torres de distintaaltura, cuadradas, de ladrillos. Van elevándose en la simplicidad ysencillez del gótico más austero, hasta un cierto punto en que launa se corona con mucha gracia y engreimiento, dejando a la otravencida en su ascensión. Dos hermanos se propusieron levantar cadauno su torre en señal de devoción y penitencia. El hermano mayorterminó la suya -la más alta que se eleva a noventa metros- y tuvocelos de que el otro pudiera superarlo rematándola con mayorbelleza. Como correspondía al estilo de su tiempo, asesinó alhermano menor. Todavía puede verse en el museo el cuchillo delhomicida. Al consagrarse la torre mayor, el fratricida confesó sucrimen, y se arrojó desde lo alto del campanario. Desde el balcóndel trompetero...
Las calles principales de Cracovia, las que vienen de laspuertas de la muralla, las que entran de los cuatro puntoscardinales, van a dar a esta plaza de mercado en signo de sumisióna la burguesía. Arriba, afuera, quedan el castillo y la catedral,montados en las peñas agrestes, alevosas. Aquí, en el centro, sonlas galerías del bazar por donde circula la clientela como en lastiendas orientales, como en Estambul. Y está la Torre delAyuntamiento: único trozo del edificio viejo que se derrumbó o loderrumbaron. La torre es de piedra color calavera, ruina en huesos.Pero no tan ruina. Metiéndose a los subterráneos, el pequeñoespacio de la base de la torre se extiende en un laberinto degalerías inmensas adonde llegan en rebaños cracovinos y forasterosa tomar limonadas o café, en ambientes un tanto tenebrosos,burlando la resplandeciente belleza de siglos que se despliega enla plaza. La que intrépido divisó el trompetero legendario cuantotuvo abajo, insultándolo, las hordas de los tártaros. Los turistasahora tratan de agarrar al vuelo, quebrándose la nuca, el diminutoanillo de cobre, única cosa que alcanzan a ver del trompeteroquienes tienen ojo zahorí, cuando llega la hora y aparece a noventametros de altura la corneta.
Los católicos de Polonia
Para el polaco, el catolicismo es una manera -a veces la másvehemente- de expresar su patriotismo. Y Polonia una nación depatriotas. Por mil años la historia nacional ha sido de luchas ocontra Rusia, o contra Alemania o Turquía. Polonia ha tomado labandera católica para hacer frente al paganismo, a los mahometanos,a los protestantes. El ingrediente que une a este pueblo, cuyasfronteras se han ensanchado o encogido en un dramático forcejeo demil años, ha sido el cristianismo católico. Lo mismo en la luchacontra Iván el Terrible que contra los caballeros teutónicos, ocontra Hitler o contra el comunismo ruso. En el año 992 murió elpríncipe Mieszko I habiendo creado el reino cristiano de dondearranca la historia nacional. Legó a su pueblo una Polonia libre eindependiente, que bajo el rey Boleslao colaboró con el Emperador aimponer el orden cristiano, marchando contra las tribus eslavas,todavía paganas. Esto es lo primero que sabe un niño cuando se leenseña su historia. El año 1079 Boleslao II sometió a muerte cruelal arzobispo de Cracovia -Estanislao- por sospechas de altatraición. El pueblo se levantó contra el Rey. El Arzobispo fuecanonizado y es hoy patrono de Polonia. En la monarquía polonesa,donde el rey era elegido, quedó fijado un destino en que se unieronel Estado y la Iglesia, no para gozar de una vida tranquila, sinopara padecer en una lucha heroica.
Boleslao es un rey cuyo sepulcro no se encuentra en el panteónde Cracovia. Su tumba legendaria está en un claustro olvidado deCarintia, donde fue a expiar su falta. Y Polonia quedó abierta parala vida de las santos. La reina Santa Eduviges es la Santa Juana deArco para los polacos. Siguen poniéndole flores en el bellísimomármol de su tumba, en la catedral de Cracovia. La universidad larecuerda como la fundadora en 1399. San Casimiro fue hermano delrey Ladislao... A lo largo de las carreteras se ven en Poloniaimágenes de la Virgen, antiguas y modernísimas, como en cualquiercamino de Antioquia en Colombia. En las plazas de las ciudades hayCristos, siempre con flores frescas. Les encienden velas que ni elviento apaga. Me ha sorprendido no ver en parte alguna retratos deLenin. Sistemáticamente he acabado por comprobarlo en casa por casade las no pocas que he visto. En cambio, la vieja tradición delicono familiar se refresca con imágenes de todos los tamaños ycolores. Jamás faltan en las salas, que hoy son alcoba y comedor,el Sagrado Corazón, la Cena de Leonardo, Jesús en el Monte de losOlivos, y ante todo la Virgen Negra de Czestochowa que toda Polonialleva en el alma. Por curiosidad he contado en una sola sala sietepinturas religiosas. Y retratos. Los polacos se encantan con lasfotografías -ahora en colores-. La primera que se ve siempre es lade la primera comunión. No creo que haya empedernido comunista enesta tierra que no conserve con vidrio y
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moldura sufotografía de la primera comunión, y la de sus hijos... Las niñascon sus coronas de flores, los niños con la cinta en la manga.Todos con el cirio en la mano. Con natural impertinencia hepreguntado si los políticos van a misa. Cada día se reúnen en lasiglesias de Polonia cientos de miles de personas. Más que en laplaza el Primero de Mayo, que sigue siendo el mes de la Virgen. Mehan dicho: si van los políticos locales a misa, pero no a laparroquia en donde ejercen... Este rasgo de humor es posible quesea tan cierto en quienes me lo dicen como en quienes de veras lohacen. Lo que impresiona es ver en cada ciudad el gran museo deLenin. El de Varsovia es un palacio enorme, vacío. Al menos cuandolo visité. No he ido a ningún otro museo, ni castillo, ni palacio,ni iglesia con tesoro artístico, en donde la afluencia devisitantes polacos, de niños de escuela, no obligue a abrirsecamino con los codos. De las once a las doce de la mañana, en elmuseo de Lenin, sólo había dos visitantes: mi señora y yo.
La iglesia de Polonia es hoy más flamante que en el resto
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del mundo. En Poznan visitaba la prodigiosa iglesia de losfranciscanos, del más amazónico barroco, cuando se celebró unmatrimonio. No duró menos de una hora la ceremonia. Leyeron a losnovios no sólo la epístola de San Pablo, sino mil cosas más que nopude
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entender. La comunión no se recibe de pie sino, como enlos tiempos pasados, de
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rodillas. Los curas, las monjas, losfrailes andan por la calle con sus antiguos hábitos. En una aldeanueva, saliendo de Cracovia, vi aglomeración de gente un domingo.Creí se trataba de alguna manifestación obrera. Era la misa. Secelebraba en la calle, pues aún no se ha construido la iglesia. Hevuelto a ver casullas bordadas con hilos de oro.
Al conocer el maravilloso retablo de la iglesia de NuestraSeñora en Cracovia llegan en muchedumbre los turistas. Pero haysiempre más polacos que turistas. Es parte de 1a educación culturalllevar a los niños de las escuelas. En este caso, los niños lleganhasta el altar, se arrodillan y, como decimos nosotros, se echan labendición. Todo hijo de esta tierra, en diez siglos, ha tratado deestar lo más cerca de la protección divina en tiempos difíciles. Yasí hoy.
El oro del retablo
Media hora antes que el trompetero anuncie las doce, desde loalto de la torre de Nuestra Señora, entramos a este templo deCracovia y del mundo. La música del órgano llena el aire yfísicamente se tiene la sensación de irse acercando al misterio dela creación humana o en la noche iluminada del gótico o en laardiente liberación del barroco. Estas palabras -gótico, barroco-nos llevan de la mano en toda Polonia, sin que nos sea posibledesatarnos de ellas. Lo que se ve al fondo de la iglesia, en elaltar mayor, es ya algo como las puertas del paraíso. Son las delretablo, ahora cerradas. En doce escenas de oro y esmaltes, la vidade la Virgen. Desde el encuentro de Santa Ana y San Joaquín, hastala aparición de Jesús Jardinero. ¿Se ha escrito, jamás, una novelamística que pueda superar a ésta en dramatismo, en milagrosabelleza, en frases como aquella de "Llena eres de gracia"? Todoeso está en esta puerta.
El templo conserva los colores del gótico, cuando las paredeseran una geometría de celestes, bermellones, negros, rojos, ylegiones de ángeles y querubines... Naves, arcos, y ventanalestenían la misma magia. La luz pasa a través de vidrios de colores:leyendas sacadas de los Evangelios, vidas de santos. Bajo un cielode azul de mediodía, cuajado de estrellas de oro, colgando del arcotriunfal, un Cristo. La cruz bizantina, gigantesca, sube rompiendoel aire puro, como decía fray Luis. (Lo primero que el visitanteencuentra al entrar es la imagen de la Virgen Negra de Czestochowa,presente en las casas humildes, y en las altas de Polonia).
El órgano lleva
|en crescendo la música. Pero hay uninstante en que se adelgaza casi en silencio. Se acercan las docedel día. Un viejo sacristán, melenudo y cano, el pecho cubierto demedallas, se acerca al altar con una vara rematada en gancho defierro. Se alcanza a oír el toque del trompetero que anuncia desdela tierra, con el aire del
|hejnal, la hora. El sacristán,lentamente, abre las puertas del retablo. La vida de la Virgenescapa a la vista... y va apareciendo el más famoso de los retablosdel mundo, consagrado por el maestro Wit Stowsz al adormecer de laVirgen. La música termina: carece de sentido. Ahora, es unsilencio que cae de rodillas. Un rito, único en el mundo.
Hoy el retablo tiene mucho más oro del que le puso Wit Stowszaños antes de que Colón llegara a América. Stowsz tallaba en maderade tilo que ha resistido a los siglos. Más que dorar, policromaba.Pero no hay que alarmarse. No todo es oro en el retablo. Es unafloresta de oro, son mil ramas doradas, que sirven de pajas de nidoa esta obra.
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La Virgen se está adormeciendo y es la másbella durmiente. Ya no la sostienen las rodillas. Se vadesgonzando. Las manos caídas son como si la oración que lasjuntaba se le escapara. Los doce apóstoles miran al cielo laascensión anticipada, o contemplan el vacío en torno, como si suspropias madres estuvieran derrumbándoseles. Juan, el que solíadormirse, más alto que todos, con los brazos unidos en las manostrenzadas, forma una corona que anticipa la que le colocarán enlos cielos a María, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Prodigios. Hay que verlos o parándose sobre la tierra firme delsiglo en que ocurrieron, o en el milagro de nuestro tiempo. De cómose salvó Cracovia de la ira monstruosa de los nazis, de cómo elretablo de Wit Stowsz tornó a su iglesia es caso de rara fortuna.El tríptico tiene trece metros de altura y once de anchura. Elterror se apoderó de los polacos, durante la invasión nazi, cuandosintieron los pasos de la bestia. ¡A desmontarlo! A esconderlo enSandomierz, donde los alemanes lo encontraron, llevándoselo aNuremberg, a un subterráneo. Cuando terminó la guerra, se dieronlos polacos a la caza del tesoro perdido, lo hallaron y a Cracoviallegó. Les volvió el alma al cuerpo. En 1957 se colocó en supuesto. Ahí, cada día abre las alas a las doce, y se renuevacotidianamente la maravilla de su descubrimiento.
Segunda visión del ignorado tesoro de Cracovia
El arte móvil de nuestro tiempo es apenas un entretenimientoinfantil de juegos visuales y mecánicos, comparado con estetríptico del siglo XV. Wit Stowsz presenta entre las ramas doradasdel crepúsculo medieval, imágenes escultóricas de colores que semueven sobre el crepúsculo de un siglo, aurora del Renacimiento. Elaltar es el más grande de la Europa gótica. En doce tablerosescenas de la vida de Jesús y su madre desde el poético encanto deMaría niña cuando sube ya sola la escalera del templo y descubre enel altar ¡un niño Dios! hasta los dramáticos momentos de lacrucifixión, el descendimiento, el entierro del Señor. Doce páginasen colores se cierran por encanto, y se abren las dos alas y quedaa la vista la representación del gran teatro místico. La escenacentral, el adormecimiento de la Virgen. Los apóstoles, en tamañonatural, asisten al tránsito. María lentamente se desmaya, apenassostenida por San Juan, viril, de barbas mesiánicas y melancólicamirada distante.
Este arte de bisagras mágicas fue en siglos pasados común enlos trípticos. Hasta las familias viajeras llevaban cofrecillosdiminutos que eran altares portátiles. Cuando los abrían en lanoche en las posadas, se prendían colores a la luz de las candelas.El altar de Cracovia es la misma idea en proporciones tales quecuando el altar abre sus alas, se abren las puertas delparaíso.
Entonces, se ven ángeles voladores entre rayos de oro, diablosde piel comida por la sífilis con narices de pico de águila,taimados doctores de la ley, figuras divinas de santos, manosentrelazadas como las letras de monogramas místicos, manossuplicantes, manos rudas de apóstoles que fueron campesinos ypescadores, ángeles con el cuerpo todo de plumas, verdugos groserosque sacan la lengua maldiciente, el soldado incendiario quelevanta la tea contra el viento, una Eva desnuda que se arrodillaen el Limbo cuando llega Jesús, diablos medievales con cuerpo delagarto que descienden de las rocas para interponerse entre elSalvador y la humanidad suplicante, batallas entre soldados que vana prender a Jesús y apóstoles que por un momento se atreven adefenderlo... Todo esto, diabólico y divino, contradictorio ybatallador, levemente tocado de un barroquismo apenas contenido. Lohizo Wil Stowsz en el filo del cuatrocientos al quinientos, cuandoa Cracovia llegaban la oleada del humanismo, el aviso delRenacimiento, los resplandores últimos de los siglos góticos.Cracovia de la frontera, mitad eslava, mitad germánica. Ese mundohumano y divino, en rostros bigotudos, de vigoroso realismo, es laépoca de Stowsz. Todo, tallado a la maravilla, con oro que, a pesarde no ser aún de América, se fundía como en El Dorado. Los ángelesvolantes, las telas en cuyos pliegues se complacían entonces losartistas, la mesa familiar, la armónica de fuelle que toca elángel, el fuego que envuelve en llamas la caldera donde hierve elagua... ¿qué no hay en el altar de Cracovia?
Wit Stowsz fue oriundo, quizás, de Nuremberg. Viajó a Cracoviade treinta años. De regreso a Alemania Jacobo Boner lo dejó sin uncobre. Algunos lo tuvieron por escandaloso y turbulento. Dejótrece hijos de dos mujeres: Estanislao, que hacía tallas enmadera; Florián, aurífice; Jan, pintor, etc. Nació Stowsz añosantes que Tilman Riemenschneider, el de los altares de madera deRotemburgo, pasmo de Alemania.
Auschwitz
A unos cuarenta kilómetros de Cracovia, Auschwitz. Una enormeentrada, como la del jardín de un castillo, abierta hoy a todo elmundo. En lo alto, una leyenda en alemán, pedagógica:
|El TrabajoLibera. A cien pasos, las carrileras para los trenes quellegaban de Francia, de Alemania, de Polonia... Al fondo, edificiosde ladrillo. Fue un cuartel. Muchas barracas, decenas de barracas.Se hicieron para alojar a los recién llegados. Fuera de quienesllegan hoy de visita -cinco mil al día-, por avenidas y establos ytalleres y depósitos de esta hacienda que fue de Hitler, deHimmler, de Rudolf Hess, de Eichmann, se mueven las sombras decuatro millones de seres humanos, traídos a este lugar, entre 1940y 1945, a una cita con la muerte. No es Auschwitz un latifundio:tiene el tamaño de una hacienda en la Sabana de Bogotá. Deberíaalojar a doscientos mil judíos o cristianos. Y en las haciendas deBogotá no caben quinientas vacas. Como los trenes llegabanrepletos, la administración llegó a sacrificar veinte mil diarios.No podía ser de otra manera: en cada cama dormían -o se acostaban-cuatro personas. Se aprovechaba hasta el límite el espacio físicode las barracas. Las camas eran de tres pisos, como en loscuarteles. Hubo que hacer un campo adicional para mujeres. Todoestá ahí, a la vista, y hoy mismo, caminando por las barracasvacías, apenas es posible moverse entre cuatro millones de sombrasque hacen irrespirable el aire.
Ahora es un museo. Algunas salas se han arreglado paradeterminados testimonios. En una, de unos cuatro metros por tres,hay una montaña de pelo. Todavía se ven trenzas rubias... Veníanlas mujeres de Holanda, de Francia, apretujadas, sin posibilidadde sentarse, en vagones para bestias, después de un viaje de días,y se las pasaba a una inmensa sala: ¡A bañarse!, anunciaba elcapataz. Velozmente les rapaban el pelo, y las hacían desnudarse.Después de todo, era un descanso pasar a las duchas delestablecimiento hidráulico. Qué orden el de estos militares-pensaban las mujeres-. Entraban, confiadas, a buscar descansohigiénico. Los guardas empujaban y empujaban a cientos y cientosde mujeres. El baño sería para recibirlo apretadas como sardinas.Al fin, se cerraban las puertas. Y se abrían las duchas... del gas.El cyklon B. Todo en silencio. Cuando se abrían las puertas, sesacaban los cadáveres para el crematorio. Despachar a veinte milen un día era la gran proeza de organización que sólo podíancumplir hombres como Rudolf Hess, como Eichmann...
En otra sala la montaña de anteojos. En otra, ropas. ¡Y la dezapatos! En una se han recogido miles de zapatitos de niño: haysiempre flores frescas que dejan al pasar los visitantes. Haytambién una muestra de los sacos de pelo que se despachaban a lafábrica instalada en las vecindades por la Ig-Farbenindustrie.Hitler provocó un renacimiento industrial de la región,aprovechando los desperdicios de esa mina de cuatro millones dehombres libres asesinados.
Los trenes llegaban a la estación, y un jurado de capataces ibahaciendo la selección de entrada. Los que juzgaban aptos paratrabajar pasaban a las barracas. Los que parecían incapaces,directamente al baño. Un día llegó en uno de los trenes una familiade judíos de Holanda. 5 de septiembre de 1944. El padre, la madre,y dos niñas: Anna y Edith. Eran los Frank... El primer grupo deprisioneros de Varsovia llegó el 15 de agosto de 1940. Eran1.666.513 provenían de Pawiak, 1.153 agarrados en una tarde en lascalles de Varsovia. Imposible mayor diligencia y eficacia.
El santo de los anteojos
En la iglesia de los franciscanos en Cracovia hay un altarconsagrado a un santo con anteojos. Del fondo de un paisajeidealizado, avanza hacia la eternidad un personaje pulcramenterasurado, sano, con el aire de un rozagante varón de nuestrotiempo, y límpidos anteojos enmarcados en carey artificial. Si SanSebastián es el Apolo traspasado por las flechas, Lorenzo el de laparrilla, Bartolomé el despellejado, el padre Kolbe será,sencillamente, el de los anteojos de carey.
A distancia de una hora de esta iglesia de los franciscanos,está la celda donde pasó el padre Kolbe sus últimos veinte días. Lahistoria todo el mundo la sabe. Del campo de Auschwitz se fugó unprisionero, y la dirección decidió castigar esta burla condenando adiez personas a morir de hambre. Se trataba de un refinamientoespecial. Bastaba salir al patio y caminar treinta pasos parallegar al muro de la muerte, donde todo pasaba en un instante. Elmuro se había estrenado el 11 de noviembre de 1941 fusilando enmenos de un cuarto de hora 151 prisioneros polacos. Luego, aquellose convirtió en ejercicio de rutina. Bastaba registrar en unprisionero una sonrisa irónica para que el atrevido tuviera quecaminar los treinta pasos del patio y llegar al muro. Esta vez setrataba de un crimen mayor. De los que se pagaban en la celda delhambre. Si el fugitivo escapaba de los verdugos, se castigaba laidea de la fuga sacando al azar, del montón, a diez prisioneros.Nueve escucharon tranquilos la decisión. Sólo uno dejó escaparlágrimas que no pasaron inadvertidas a la mirada del padre Kolbe.El condenado a muerte se acordó de su mujer, de sus hijos. Elpadre Kolbe no lo conocía, pero no lo pensó dos veces: se ofreciópara reemplazar a este hombre.
Los de la celda del hambre resistieron esta vez más de loordinario. Pasaron los días. Al fin, halló el guarda que todos,menos uno, habían muerto. Quedaba vivo el padre Kolbe. Lo sosteníauna extraña voluntad increíble. Tras los cristales de sus anteojos,sus ojos brillaban con una mirada insoportable. Una mirada que noresistían los carceleros, que ofendía al capataz, que siguehoradando las tinieblas del tiempo. El capataz tomó la decisiónnazi: le hizo inyectar el veneno de la muerte. Es muy posible quetodavía esa técnica fracasara. La mirada del padre Kolbe debióseguirlo mucho más allá de la vida y de la muerte.
Que uno, entre cuatro millones de víctimas, se recuerde, essingularidad que hace del padre Kolbe un símbolo. Toda estahistoria ha podido evitarla el funcionario del campo dando alsacerdote heroico un castigo que no alcanzó a inventar su falta derapidez en el juicio, por carecer de imaginación. Hubiera podidooponerse a que el padre reemplazara a la víctima señalada por elazar. La tranquila
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decisión del padre Kolbe -y su mirada-fueron más poderosas que la razón de un nazi. El oficial cedió, sindarse cuenta de que estaba abriendo las puertas del cielo a unsanto. Los cuatro millones de seres humanos que fueron asesinadosen el campo Auschwitz forman la imagen simbólica de un solo puebloinocente. El pueblo que a los ojos de Hitler se interponía paracerrar el camino a su soberbia, Hitler lo condujo a ese calvariosin relieve, a esa llanura de Polonia, y le colocó sobre las sienesuna corona de alambre de espinas... Han pasado 27 años, y aún llegaa este lugar una mirada de piedad: la del padre Kolbe. Los polacosque visitan todos los días, por millares, el campo, se detienenante la vitrina donde están los zapatitos de millares de niñosasesinados, ante el muro de la muerte, ante la celda en donde murióde hambre de justicia el padre Kolbe, y dejan claveles, rosasfrescas. Maximiliano Kolbe fue beatificado por Pablo VI en 1971 ycanonizado en 1982 por el papa polaco Juan Pablo II.
Polonia en los socavones
Se ha dicho que entre las maravillas del mundo y el hombre,Wieliczka es comparable a las pirámides de Egipto, a la murallaChina, el coloso de Rodas. Durante diez siglos el hombre ha venidocavando una fabulosa red subterránea en la montaña de sal más ricadel planeta. Las galerías se extienden a 180 kilómetros -y vanhasta una profundidad de 400 metros-. Quien entra a este laberintono admira tanto la riqueza de la mina, como la voluntad de quienesla han trabajado. Se trata de un pueblo bueno como la sal, que hapasado siglos soñando en su libertad desde las catacumbas. APolonia puede vérsela mejor desde estas profundidades que sobre lamisma tierra.
Medio mundo ha pasado por Wieliczka, y hoy mismo quinientos milturistas la visitan al año. Siglo y medio antes de que Colóncruzara el Atlántico, el rey de Polonia, Casimiro el Grande,festejaba a sus visitantes reales en estos socavones. En 1424llegaron allí el Emperador de Alemania, el Rey de Dinamarca ycuantos príncipes acudieron a Cracovia para la consagración de lareina Sofía. Sabios desde Copérnico hasta Humboldt, poetas comoGoethe, santos como quien iba a ser el papa Juan XXIII, bajaron aestos subterráneos. El Rey de Polonia los recorría en trenes detrineos, tirados por perros o caballos. Hoy, a una profundidad decuatrocientos metros, se ha abierto un hospital para curas dealergia. Se internan los pacientes por un par de semanas y el airehace lo que los médicos no logran. A 135 metros, en la enorme salaWarszawa, más que sala un teatro, se hacen bailes y fiestas,torneos deportivos. Al lado, están las salas del museo, y elanfiteatro para conferencias científicas internacionales. Lascomunicaciones se hacen por ascensores eléctricos. En tiempos nomuy remotos -ahí están los testimonios en el museo- se bajaban alfondo, en maromas de red, los caballos, para mover tornos de cincometros de diámetro.
Polonia ha sido nación de poetas, de cristianos, decampesinos. No llevaba cinco años de establecido el Premio Nobel,cuando se le adjudicó a Sienkiewicz -el de
|Quo Vadis- yveinte años más tarde a Reymont -el de
|Los Campesinos-.Cuanto haya en estas obras del alma del pueblo que más adentrolleva su ilusión de ser libre, cristianamente libre, se refleja enel arte popular de los mineros. Escultores de veras geniales hanvenido tallando desde hace tres siglos esculturas de santos, reyes,trabajadores, personajes fabulosos. Cuando la sal es gris se vencomo labradas en granito las estatuas; cuando es el cristal blanco,es transparente como alabastro. Las esculturas y el trabajoarquitectónico de la capilla de San Antonio vienen del año 1689.Las más recientes están inconclusas: sólo trabaja en ellas elescultor minero en horas libres.
La leyenda original de Wieliczka se remonta al siglo XIII.Boleslao el Tímido, príncipe de Polonia, obtuvo entonces la mano deKinga, hija del rey de Hungría Bela IV. Kinga no quiso que ledieran por dote ni oro ni piedras preciosas, fuentes de sangre ylágrimas, ni ricos vestidos, signos de vanidad y orgullo. Pidió lasminas de sal de Transilvania: la sal -dijo- es buena y va a todo elpueblo. En signo de posesión de las minas, Kinga arrojó al fondo deuna fuente de sal su sortija. Llegados a Polonia los novios para laboda, Kinga propuso a los invitados un paseo fuera de Cracovia, aWieliczka. Los mineros celebraron la llegada de la princesa, yKinga les pidió cavar en un pozo. ¡Cavando, hallaron la sortija queella había echado al agua en la remota Transilvania! El escultorminero ha tallado en piedra de sal los personajes principales deesta leyenda. Se ven, como vivos, en un gran teatro.
A la misma bienaventurada princesa han consagrado los minerossu iglesia subterránea, donde se celebran oficios el día de SantaBárbara y para la Navidad. Es una iglesia de cincuenta y cuatrometros por quince. Todo de sal: los retablos, el altar mayor, labaranda del comulgatorio, las losas del pavimento. La obra de losescultores, monumental. En los muros han labrado escenas delAntiguo y el Nuevo Testamento. Es posible ver el progreso con quehan ido perfeccionándose en su arte estos escultores de catacumba alo largo de su vida. Cuando se baja por la ancha escalinata queconduce al templo, es maravilloso ver las enormes lámparas quecuelgan de la bóveda, a diez metros de altura. Parece que fueran decristal de Bohemia. Son de sal.
He hecho un recorrido de tres kilómetros por las ampliasgalerías de la mina, llevado de la mano del estupor y la sorpresa.Surgen al paso fascinantes grutas de estalactitas, lagos profundos,y hasta esa cueva gigantesca en donde Hitler montó una fábrica paramotores de avión -tenía que ser subterránea- donde trabajaronjudíos cautivos. Al cerrar los talleres los asesinó... Todo aquíes poético, dramático, grandioso, y escondido. Como el alma de salde una Polonia, más para ser cantada, que dicha.
La gran novela de Solzhenitsyn
Estando en Polonia, hubiera querido leer la última novela deSolzhenitsyn. Siendo esa novela el gran telón de fondo de dondesale la historia de la Rusia revolucionaria, todo ocurre en tierrade Polonia. Los famosos lagos mazurianos, que se anuncian hoy enlos prospectos de turismo polacos como la comarca ideal para loscazadores, fueron la escena de la gran batalla que dio celebridad aMackenzie y Hindemburg en una hora crucial de la Primera GuerraMundial. Donde hoy se dan cita los grandes de la caza paraperseguir jabalíes, lobos, ciervos, gamos, linces, liebres y patos,en agosto de 1914 perseguían los cosacos a los prusianos, y losartilleros del Káiser reducían a escombros las aldeas del Zar. Perotodo eso era en la Polonia milenaria, cubierta con mapas deanilina a causa de las reparticiones. El Káiser y el Zar, con todossus ejércitos, encontraron allí el campo señalado por susrespectivos dioses para servir los designios de la muerte. SiSolzhenitsyn pudiera circular libremente en Polonia,
|Agosto1914 sería la novela más leída en estos días.
En Polonia nadie sabe que
|Agosto 1914 haya sidopublicada, y sólo nos dicen que, reproducidas en mimeógrafo,clandestinamente, circulan
|Un día en la vida de IvánDenissovitch, y otras obras del gran Solzhenitsyn.
La suerte de la última novela es típica de lo que lograsalvarse, casi por azar, de la Inquisición moscovita. Dios y loseditores sabrán cómo logró llegar a París el manuscrito ruso, y enesta lengua se publicó. Ahora, ha salido la versión francesa quepublica Seuil. Los otros libros los han editado Julliard yLaffont. Más afortunados fueron Dostoiewsky o Tolstoi, cuyas obrascirculaban en la Rusia de los zares, sin mayor dificultad. ASolzhenitsyn, ruso hasta la médula de los huesos, nadie logrótentarlo para que saliera de su tierra. Tuvieron que echarlo. En sunueva novela inicia una reconstrucción ambiciosa de la Rusia de suinfancia, de su juventud.
|Agosto 1914 proyecta con precisióny poética maestría cosas que nada tienen que ver con el comunismode hoy, si no es por la coyuntura que lo relaciona con la derrotarusa de los lagos mazurianos. Los generales, el estado mayor, loscosacos, los campesinos, los nobles de las grandes haciendas, lasmujeres que por primera vez iban a las universidades, aparecendentro de un fresco monumental que sólo puede compararse con
|LaGuerra y la Paz de Tolstoi, cuya figura, por cierto, entracomo el personaje vivo que el propio Solzhenitsyn alcanzó aconocer. Los suecos del Premio Nobel han unido a los dos escritorescon los mismos laureles. Pero todos estos méritos no le servían aSolzhenitsyn ni para poder recibir el dinero del Premio Nobel, nilo que le produzcan sus libros editados en tierras extrañas.Seguía siendo el díscolo que se anticipó a condenar a Stalin -comoluego lo hicieron todos-. El pagó ese delito en el campo dereeducación por el trabajo, donde estuvo prisionero de 1945 a 1953,condenado a relegación perpetua... Rehabilitado en 1956, siguiósiendo el solitario que se atrevió a acompañar los despojos deKruschev al cementerio...
|Agosto 1914 aparece como novela. En realidad es historia.Es la crónica humanizada de un episodio tan moscovitamentedramático, que acaba en ciertos capítulos por convertirse en poema.Caballos y hombres agonizan entre cañones, morteros,ametralladoras, fusiles, en un basurero hirviente. Como en
|SinNovedad en el Frente de Remarque, o en Guernica de Picasso, elgrito desgarrador de los caballos deja atrás las quejas de loshombres. Ahí está la tierra de Polonia; ahí, el drama del puebloruso, para que lo lean todos... menos los polacos, menos losrusos.
América en Cracovia
Cómo Cracovia descubrió a América es toda una novela. Habíasalido de la ciudad, para Bolonia, un seminarista inquieto que,además, se interesaba en medicina y tenía el poético impulso decontar las estrellas. Entonces la tierra era plana, estaba firme, yel sol y las constelaciones se complacían en darle vueltas entorno, lo cual servía para saber del destino de cada hombre. Sinació bajo Capricornio sería así, si bajo Taurus, de otra manera...¿Acabaría de astrólogo? Se preguntaría el seminarista la nocheantes de llegar a Bolonia, mientras veía girar las esferas devidrio que sostienen las estrellas.
Siguió en Bolonia el polaco con sus medicinas y su teología, eldestino que le había señalado su tío el canónigo: sucederlo en tancómoda prebenda. Con estas vacilaciones, con esos estudios y conligeras dudas, algo le impulsó a ir a Roma para el jubileopropuesto por el papa español Alejandro VI, el Borgia. Alejandro sehabía iniciado firmando unas bulas en favor de los Reyes Católicos.Les daba el derecho a las conquistas ¡del otro mundo! En siete añoslo de las Bulas fue creciendo, y cuando el seminarista llegó a laCiudad Eterna se encontró con que la tierra era redonda y grande.Turbado regresó a Cracovia. Lo verían entrar con un globo sobre loshombros. Decía que era la tierra. Por suerte entonces Cracovia,como toda ciudad medieval, estaba llena de locos, y suexcentricidad pasó inadvertida. Pero el hombre era ya otro, seencerró en un estudio lejos de Cracovia, y allí pasó treinta añosdándole la vuelta al globo, y mirando a cada vuelta un nombre queacabó por apasionarlo: América. Fue entonces cuando tuvo la ideagenial de que esa tierra estaba girando alrededor del sol.Semejante temeridad la comunicó a los amigos, hubo estudiantes quele oyeron, y el cuento llegó hasta Roma. Y hasta en Roma huboquienes qusieron oírlo. Acabó sabiéndose que sobre este tema, queél llamaba de "Las Revoluciones", tenía escrito un libro, que pusoen manos de un editor. Al publicarlo, se lo dedicó al Papa. Estabaen ese momento en la silla un obispo ilustrado, y le decía: "Porlas páginas que vas a leer habrá muchos que pondrán el grito en elcielo: pero como tú eres sabio y pienso que las leerás con gusto,las pongo bajo tu benevolencia...". El autor, de tanto haber vistocorrer el sol y las estrellas, estaba ciego. Cuando el libro quedóhecho, se lo llevaron. Tuvo que sentirlo con las manos. Ymurió.
¡Cosas que pasan en Cracovia! Murió así Copérnico, y desdeentonces puede decirse que Cracovia quedó como el símbolo de unafrontera entre dos edades, entre dos mundos. Fue el primer granmilagro de la aparición de América. Cuando se va a Cracovia lagente habla con religioso encanto de las revoluciones deCopérnico, le enseña al visitante la estatua del sabio con elglobo, y en la universidad, donde hay todo un museo de esferas, hayuna que muestran con singular afecto: La primera en donde aparecegrabado el nombre de América.
Dos alas de oro
Las plazas en las ciudades y aldeas de Polonia son plazas congrandes cruces de piedra o madera, adonde llegan las mujeres,colocan flores, encienden candelas. Los caminos son caminos endonde se levantan estatuas a la Virgen. Polonia continúa víctimade los desgarramientos de siglos. Quienes tienen hoy la edad delPapa nuevo han sufrido lo mismo bajo el paso de las botas militaresde los que llevaban la bandera de patas de araña de Hitler, quebajo las de los que llevaban la hoz de cortar cabezas, el martillode golpear duro de Stalin. Lo único que no han perdido es una fetozuda que se confunde con el ser de la nación. Se entra acualquier casa de cualquier pueblo, y en la salita de familia no seven sino imágenes de la Virgen, retratos de las niñas que han hechola primera comunión...
Una vez, camino del horrendo campo de Auschwitz -el horno dondelos nazis quemaban a millares de judíos-, vi a la distancia unapequeña aldea con una inmensa concentración de gentes. Me pareciósería una manifestación política. Supuse que habrían movilizado amuchedumbres de las vecindades, como es de rigor en lasdemostraciones comunistas. Pregunté al chofer de qué se trataba.Como es domingo, señor, y no ha sido posible construir el templo,la misa se celebra en la calle.
En Auschwitz fui recorriendo por patios y galerías la historiadel exterminio, pero al llegar a una cierta celda vi que la gentetiraba flores. Cada polaco, al pasar, dejaba una rosa. Allí habíatranscurrido la última noche del padre Kolbe. Para castigar la fugade un detenido, la dirección del campo había decidido fusilar adiez, y entre ellos estaba un buen hombre que imploró en nombre desu mujer y sus hijos. El padre Kolbe le salvó la vida: se ofreciópara reemplazarlo; y pasó tranquilo a que lo fusilaran. En lasminas de sal de Wieliczka, a unos 150 metros bajo la tierra, losmineros han hecho una iglesia maravillosa, con imágenes esculpidas,sus capillas, sus altares, sus lámparas, todo de sal. Como si seentrara en un templo de alabastro, enorme. Así es Polonia. Untemplo que se alumbra por dentro, en las entrañas de la tierra ydel hombre. La patria se confunde con esta religión que todo lo ataen una esperanza sin límites ni en el tiempo, ni en la historia delos hombres.
Se pierde ya en la memoria el año en que hubo otro Papa polaco.Al proclamar ahora al arzobispo de Cracovia, y ver abrirse lashojas de la ventana en donde hizo su primera aparición, se vuelvela imaginación a recordar las dos abras del retablo que labró en elcuatrocientos Wit Stwos. Si hay otras dos hojas en el mundo demayor belleza, no las conozco. Todos los días, a la hora de lasdoce, el retablo se abre. Tiene trece metros de altura. Es unmomento en que la muchedumbre, dentro del templo, se recoge enprofundo silencio. El sacristán va abriendo la hojas del retablo ybrilla como el primer día el oro. Se ven los doce apóstolessaliendo de todos los crepúsculos de los siglos de los siglos, paraver la ascensión de la Virgen. Ahora el Papa polaco, en Roma,recuerda al bendito sacristán. Las puertas de San Pedro, como deoro, en memoria de las de su iglesia de Cracovia.