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América Ladina
 

Podría pensarse que es un chiste el título de |AméricaLadina dado a mi libro que acaba de lanzar en Bogotá el Fondode Cultura Económica. No es así. Cuando yo digo América Ladina,respondo sí a un chiste del  |New York Times, que se haincorporado ya como un hecho histórico en la prensa de EstadosUnidos y que viene aceptándose por todos nosotros.

En Nueva York, el gran diario resolvió que cada noticiadesagradable salida de Queens, Manhattan o Brooklyn, proveniente delas barriadas hispánicas, fuera de gente latina. Para efectosperiodísticos, decir latinoamericano es una expresión muy larga.Desde entonces viene extendiéndose la costumbre de quedarclasificados nosotros como latinos. Latino quiere decir lo mismouno de Chihuahua que de Chichicastenango en Guatemala. Latinos sonlos del Caribe, latinos los del Perú.

De esta simplificación periodística resulta que en las balsas deenea del Lago de Titicaca, que atraviesan el lago con velas dejuncos, esas velas son latinas. Los indios de Asunción que llegan aBrooklyn van a figurar en la crónica con los del Putumayo, como sivinieran de la tierra de los Césares.

Para ser justos, debemos decir que la enseñanza del latín ennuestras escuelas casi desapareció al comenzar la República. Yo norecuerdo sino esta frase recogida por Martiñón en sus recuerdosuniversitarios. " |Mortus est qui non resollat.. Vivus est quipataleat". Pero ya, declinar |insulae, lo hace mejor unestudiante de Harvard que uno de Los Andes en Bogotá.

Cuando se traslada lo latino a la realidad americana del sur,surgen unas escuelas que no nos convencen. Nosotros tenemos laprueba hasta en el Himno Nacional. Ahora que se recuerda elcentenario de Núñez, me viene a la memoria aquella escena del himnoen que las viudas vírgenes se tiraban las mechas para colgarlas deun árbol.

Esta estrofa, que se ha puesto a un lado piadosamente,corresponde a lo latino de que habla el diario de Nueva York. Deesta suerte, la América Ladina que yo he tratado de explorar, la dela melancolía de nuestro Armando Solano, no está inspirada en elaguafuerte de Alberto Durero, sino en el sol de los venados de laSabana bogotana.

Juan Gustavo Cobo, que ha realizado la recopilación de estelibro, como de tantos otros míos, me ha hecho feliz en laescogencia de los textos esta vez. Porque siempre me ha tentadoexcursionar esa zona en donde nos movemos con astucia y con maliciapara defender la herencia de lo que vale de un pasado que, comoopone sus resistencias, tiene muchas cosas buenas.

La América, como latina, lo que heredó fue el recuerdo de lasgrandezas imperiales, y hasta el derecho romano está lleno de esossignos de grandeza que nos hicieron tanto daño. Por la parteladina, se conservaban de España las canciones que formaron lasbellezas del cancionero.

Yo he recordado la experiencia de Carlos García Prada, que,enseñando una vez en la Universidad de Portland, al salir de laclase oyó a una niña que cantaba viejas canciones españolas. Se leacercó y le preguntó de dónde las había sacado, y ella: "eso locantamos en mi casa de toda la vida", Carlos se hizo invitar yencontró unas docenas de canciones que hoy están recogidas en elcancionero español. Se trataba de una familia de judíos que lasguardaban, lo mismo que otros tesoros, como la llave de la casa deSevilla.

El caso se repite en los indios de Chichacastenango que, alsalir de la misa, se van con los sahumerios a perfumar lossantuarios de sus dioses tutelares. Son estos caminos secretos, queyo llamaría caminos ladinos, los que he tratado de explorar paravalorar las intimidades de la América Ladina.

En la familia de las pasionarias están las curubas indias y lascurubas de Castilla. Las indias son apretaditas y verdes. Paracomerlas se chupan y a sorbos, se traga el almíbar. Las de Castillason gordas. La cáscara es blanda y se abre con una gran facilidad.Se desgranan las semillas con generosa blandura. El comerlas es unafiesta, como colarlas para hacer sorbete en una licuadora. Losindios con humildad dicen: "éstas sí son de Castilla". Y Castillase las apropia.

 

|El Tiempo, 3 de octubre de 1994, p. 5A.

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