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El Sapo
 

Los sapos en las charcas
serenatas jocundas
van a decir
a las deidades zarcas
en las noches profundas
para reír...

Leo Le Gris

A las alturas de la vida en que me encuentro, cuando ocurre undesajuste en el organismo o se va a la clínica o se pasa latemporada en casa, la diferencia está en que la tertulia de losvisitantes, si es en la clínica, habla de política; si es en lacasa, de medicina. Este tropezón que me ha inhabilitadotemporalmente y me ha retenido en la cama por la afección de unapierna decidimos pasarlo en casa.

Colocamos mi pierna en la mesa de conversación, y recordaron mishermanas que, hace añísimos, tuve una erisipela, en nuestratierrita de San Antonio en la Sabana. Por acuerdo de campesinos, seconvino en que el remedio era de sapo. Cogido el animalito de patasy manos, me sobaron con la barriga el empeine del pie afectadohasta que ésta se le puso roja al sapo. Cumplida la faena, se tiróel sapo a la basura, y a los dos días yo estaba caminando,totalmente curado. Ahora, en la tertulia, estaba un sabionaturalista que tomó la palabra y dijo: "No me sorprende el cuento,porque hay un fenómeno que explica cómo esto puede ocurrir con losbatracios y las culebras". Dio algunas explicaciones que deben sermuy exactas y que yo acepto respecto de los sapos y no me seducenpensando en las culebras.

Oía la conversación un amigo panadero que tiene finca cerca deSilvania e intervino diciendo: "Yo les traigo mañana el sapo de lafinca". Cosa que ocurrió con toda puntualidad. Intervino laenfermera que venía asistiendo al debate: "Don Germán, yo quieroanticiparle con mucha pena que, lo que soy yo, no le paso el sapo".La malicia natural me hizo pensar que la enfermera no rehusabapropiamente por razones profesionales, sino teniendo en cuenta quelos sapos toreados tiran leche.

Al día siguiente, el panadero trajo de Silvania el sapo en unacaja. El portero, más valeroso que la enfermera, en medio de unsilencio sepulcral -pues todos se quedaron como en misa para notorear al sapo- empezó su trabajo y fue repasando el empeine comosi se tratara de una ceremonia religiosa. Al cabo de un tiempoprudencial, la barriga del sapo estaba sonrosada y yo habíaprestado mi paciencia como hago siempre con las experienciasmédicas. Terminada pues la función, se abandonó al sapo en un lugardespoblado, y a los dos días yo estaba caminando tranquilo ysereno.

No sé hasta qué punto pueda contribuir este relato a la entradade los sapos en la vida académica, pero creo que la cosa viene desiglos atrás. El primer servicio registrado en los libros deciencia es en la época de Franklin. Todos sabemos cómo deslumbró elamericano a los franceses haciendo el experimento del pararrayoscon una rana en las afueras de París. Acudieron los reyes, ynaturalmente toda la corte y fue con la ranita como pudo mostrarante los monarcas del reino la primera gran experiencia que ilustróel comienzo de la física moderna en la capital francesa.

No es de extrañar, pues, que los sapos traten de hacer valer suposición social, esto desde el comienzo de los tiempos. Nosotrossabemos desde las primeras clases de literatura cómo, ya en Grecia,se hablaba de las ranas pidiendo rey. ¿Qué de extraño tiene quevenga ahora un sapo a obrar prodigios médicos en un pobre patojocolombiano?

 

|El Tiempo, lunes 18 de septiembre de 1995, p. 5A.

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