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Paso del Tiempo
 

He cumplido 94 años. Es la quinta parte de la edad del NuevoMundo. Cuando empecé a leer, era con vela de sebo. La luz,amarillenta, daba a lo que se leía color de cosa vieja, como sifuera apergaminada. Pasé pronto a la esperma que dejaba en elcandelero unas lágrimas transparentes. La luz, ya blanquecina.Luego vinieron la lámpara, primero de petróleo, también con luzamarillenta, más tarde de gasolina, con luz como de esperma. Elideal era la luz blanca de las lámparas de arco: había unas pocasen lugares muy destacados de la ciudad. Cuando vino la electricidadfue lo mismo. Primero eran los bombillos con luz de filamento decarbón y luz de otoño. La entrada del filamento metálico -enlámparas Osman- fue el inicio de esa evolución constante que havenido hasta hoy mejorando, llegando a que en nuestros días losinteriores y las noches son tan claros como la luz del día. Ya alllegar a este punto, perdí la vista, se hicieron en mí lastinieblas y empecé a ver claro en las cosas esenciales. De esto,hace apenas meses.

Lo del movimiento ha sido semejante a lo de la luz. Mi padre eraun campesino del Tolima que acabó avecindándose en Bogotá y susahorros los fue poniendo en potreros en la Sabana. Así, en milejana juventud, yo vivía parte del año en la Sabana, parte en lacasa de Bogotá, montando primero en burro y luego a caballo. Aveces iba a San Antonio, la pequeña finca en Mosquera, a pie.Veinte kilómetros. Cuando pasábamos temporadas en San Antonio,tomaba el tren en Tres Esquinas para llegar a la Estación de laSabana y de ahí el tranvía de mulas para ir a la Escuela deComercio, primero, y luego a la universidad. Del tranvía de mulasse pasó al tranvía eléctrico.

Mi padre salía de la casa antes de las 7 de la mañana. Nosdesayunábamos al tiempo, él para tomar el tranvía e ir a su tren enla Estación de la Sabana y yo para la escuela. El se ponía suruana, su sombrero suaza, tomaba su guayacán y nos despedíamos alsalir de casa. Cuando él llegaba por la tarde, dejaba sus arreos decampesino, se acicalaba un poco y salía para el Gun Club, a jugarbillar con los Samper, los Díaz, los Sáenz, los Umaña, losSantamaría, los Jimenos, los Gutiérrez... Nos sentábamos a comertemprano y llegaba un criado del Gun con una boleta: "Mando por misobretodo y mis zapatones...".

La política cambió como el tranvía de mulas y como la luzeléctrica. Fueron reuniéndose en Bogotá gentes venidas de todos losdepartamentos, cansadas todas de la violencia y de las guerrasciviles. La gana de una reconciliación nacional coincidió con elpaso del siglo XIX al XX. Mi padre venía de los radicales delTolima y ya he contado cómo asesinaron al suyo en Natagaima. Cuandoyo tuve uso de razón nos acercábamos al año de 1910, en que launión republicana fue un puente de enlace de liberales yconservadores en busca de un acuerdo patriótico. Fue lo delCentenario. Conservaban los recuerdos de radicales y godos, perolos envolvían como quien pone un algodón entre dos vidrios.

En mi casa poco se hablaba de política. Pero recuerdo unaselecciones en que nombraron a mi padre jurado de votación. Vivíamoscerca de los cuarteles de San Agustín y le tocó presidir un juradode votación. Mi padre se pasó la noche leyendo los reglamentos yleyes que establecían las reglas de los jurados. Lo eligieronpresidente de la mesa, y puntualmente se abrió la votación. Iban avotar en la mesa los militares. Llegaron los de la tropa en fila yel oficial que la mandaba pasó de primero a votar con su uniforme yarmado. Mi padre, respetuosamente, le dijo: "Usted debe dejar elarma afuera, antes de pasar a votar". Era lo que decía elreglamento. El oficial se negó a desarmarse. Mi padre, como eradomingo, estaba de cubilete (sombrero de copa). Se quitó elsombrero, lo puso sobre la caja de votación y repitió: "Usted nopuede votar mientras no deje el arma antes de entrar al recinto devotación". El oficial en un forcejeo no accedía. Mi padre como unaroca le pidió a la guardia que cuidaba el puesto que retirara aloficial mientras no cumpliera la orden de desarmarse. No hubo caso.El oficial tuvo que someterse. Ya se había armado una gritería,pero el escándalo se apagó porque mi padre fue inflexible. Lo únicoque ocurrió fue que nunca más lo volvieron a escoger para jurado devotación.

En las salas de mi casa se mantenía una litografía muy bienenmarcada de Murillo Toro. De resto, mi padre no funcionaba comopolítico, pero me llevó de niño a una escuela anexa de laUniversidad Republicana, que era un Instituto Politécnico dondeestudiaban los liberales venidos de los departamentos que no iban ala Universidad Nacional, entonces dirigida exclusivamente porpersonal conservador. La primera conservaba en algunos sectores unaferocidad del siglo XIX y el republicanismo se abría camino en |El Tiempo y más tarde en |El Espectador de Medellín,que vino a establecerse también en Bogotá.

Quedaban algunos restos de ferocidad. En la puerta delMinisterio de Educación estaba la lista de los colegiosexcomulgados. En primer término, la Universidad Republicana...

 

|El Tiempo, jueves 8 de diciembre de 1994, p. 5A

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