Tiempos Duros
Los de ahora no pueden imaginar la dureza de los años de mijuventud. Empezando por la ropa interior. Cuando no habían llegadoni los interiores de seda, ni de nailon, la ropa blanca de lasmujeres era almidonada y planchada, pero la pieza esencial era elcorsé. Una faja apretada a la cintura montada sobre unas varillasde barba de ballena. Como este cetáceo ya escaseaba, se cambiaronpor varillas metálicas, con pequeños casquetes en las puntas parano herir a las damas. Se bailaba pues, en esa época en que el baileera abrazando a las damas, como llevando en los brazos un canastolleno de frutas. Digo canasto, para diferenciar de las canastas demimbre, pues los canastos eran de chusque.
Lo de los hombres era más serio. La pieza fundamental de la ropainterior era la camisa. Ropa interior, porque entonces eran derigor el chaleco y el saco. La camisa tenía unas partes móviles: elcuello, los puños y la pechera. Las partes móviles almidonadas yplanchadas eran duras y le daban tiesura al cuerpo masculino. Losjuegos de botones se guardaban en estuche. Los del cuello y lapechera, los de los puños. Eran de oro y algunas veces con perlas opiedras de acuerdo con el traje. Todo esto acompañado de lujos quehacían del caballero un sujeto tan enjoyado como la dama. Otra cosaterrible eran los zapatos. Recuerdo siempre como una descripcióngráfica lo que me decía el doctor Alejandro López, I.C. Lo sacabana visitar monumentos el Viernes Santo, que era el día de estrenar.Llegaba adolorido a la casa después de visitar cuatro o cincoiglesias, tiraba los botines lo más lejos posible, abría los dedosque habían estado prisioneros y exclamaba feliz: "¡Viva lalibertad!". Porque una de las cosas más duras de entonces eraestrenar zapatos. Los cueros eran duros y teníamos que someternos alo que daba la zapatería nacional...
La otra parte que más me impresiona recordar es el sombrero. Elde las mujeres, no se diga, porque era tan complicado e ineludibleque parecían cariátides vivientes. Pero el de los hombres no erapara menos. El más corriente era el que llamaban en Europa de hongoy aquí coco o media calabaza. Se sabía de la mayor edad cuandoempezaba en las ceremonias el caballero a usar el sombrero de copa,que llamábamos el cubilete. Pero el coco o media calabaza le daba ala ciudad su categoría, porque desde luego nadie podía salir con lacabeza destapada. Ni hombre, ni mujer.
Debemos convenir en que nuestra vida empezó a ser flexible y seablandó en el vestido al contacto con la civilizaciónnorteamericana. Comenzó a hablarse del cuello flojo, empezaron adesaparecer los puños y se acabó la pechera. Personalmente meimpresionó siempre la fidelidad de Carlos Lleras, que usó el cuelloduro tal vez hasta el final de su vida. A los americanos del nortedebemos esa flexibilidad que se ha impuesto en la camisa, que haeliminado el coco sobre la cabeza, y que ha hecho la vida menosdura. Yo recuerdo que cuando tendría unos 20 años empezó a hablarsedel cuello flojo casi al mismo tiempo que el sinsombrerismo vino aser una oleada revolucionaria que modificó la vida nacional. Lesorprenderá a la generación actual enterarse de que por losnorteamericanos perdimos ese acartonamiento del corsé, el cuelloduro, los puños y las mancornas. Todos guardamos como una reliquiade nuestros padres los juegos de mancornas y botones de la camisa.Al inventor del cierre de cremallera, como al de la raya blancapara el orden de la circulación en las carreteras, se le deberíanlevantar monumentos, porque cambiaron la dureza y el orden de lavida que nos tocó en la juventud a los que vamos hoy sobre los 90años.
La parte más dura del traje estaba en los uniformes. Losmilitares, condenados a los uniformes prusianos que traducían lasviejas armaduras en trajes de cuero con suplementos metálicos quedaban a los soldados y oficiales un aspecto brillante, reproducidoen los batallones de plomo de nuestros juegos infantiles. Esemilitar que vemos hoy, deportivo, fácil para moverse hasta en lavida civil, está muy lejos de lo que fueron los soldados prusianosque sirvieron de modelo a nuestros ejércitos, inspirados en losprusianos de Chile. No se podía inventar una corporación religiosao civil sin uniformes duros que obligaran al cuerpo a moversedentro de ellos como dentro de armaduras. De la república sajonadel norte vino ese militar que fue perdiendo la cárcel del uniformealemán. Siguió el ejemplo de la república protestante nuestraIglesia, facilitándoles a los clérigos y monjas moverse por laciudad sin la coraza de los hábitos antiguos. Basta ver un cuadrode las antiguas corporaciones y las procesiones para darse cuentadel martirio que sería vestir con los trajes rituales de las viejasceremonias. Yo ahora me doy cuenta de cuánta razón tenía el tuertoLópez cuando, hace 50 años, expresaba en un soneto su amor a loszapatos viejos.
|El Tiempo, lunes 23 de octubre de 1995, p. 5A.