EL SEÑOR RUEDA
Tenemos hoy el gusto de ofrecer á los lectores de este Almanaque la noticia biográfica del Ilustrísimo Sr. Dr. Juan Nepomuceno Rueda, actual Obispo de Antioquia. La tarea de recoger estos datos nos ha sido tanto más grata, cuanto que no se trata de un ilustre Prelado colombiano, sino también de un obrero infatigable del progreso, de un espíritu elevado y de un escritor hábil y correcto.
Nació el señor Rueda en Zapatoca, importante población del Departamento de Santander, el 23 Mayo do 1823.
Es de suponer que su familia mudara pronto de domicilio, puesto que fué en Tasco, Pueblo del Departamento de Boyacá, donde algunos años más tarde nació su hermano menor Francisco de Paula, honor que fue del foro colombiano y uno de nuestros hombres públicos más notables por la integridad de su carácter.
El Obispo señor Rueda principió sus estudios en el Colegio oficial de Boyacá, y los terminó en el Seminario de la Arquidiócesis.
El Ilustrísimo señor Manuel José Mosquera, entonces Arzobispo de Bogotá, le confirió las sagradas órdenes el año de 1850. Pasó luégo á servir el curato de Chinavita, pequeño pueblo de la Provincia de Oriente en el Departamento de Boyacá, donde permaneció trece años.
Por aquel tiempo conocimos al señor Rueda en Tunja, con motivo de una Cámara ó Asamblea de la que él formó parte; pues es de advertir, que antes de la guerra civil que dió por resultado la caída del Gobierno del señor Ospina, los miembros del clero secular podían ser elegidos para las Corporaciones legislativas, llamáarnse éstas Congresos, Cámaras ó Asambleas.
Parece que el señor Rueda era yá conocido como escritor público, puesto que, si no estamos equivocados, fué uno de los que impugnaron con mayor brío y acierto el ruidoso opúsculo que con el titulo de "El Clero ultramontano" publicó entonces el señor Dr. José María Samper Agudelo.
Y advertimos de paso que no consignamos esto aquí como un ingrato recuerdo á la memoria del ilustre Dr. Samper, sino como un dato bibliográfico que en esta ocasión no carece de importancia.
A mediados del año de 1865 se anunció el Sr. Dr. Rueda como Cura de Sogamoso á sus futuros feligreses, por medio de una especie de alocución, en la cual halagaba con el tacto exquisito que le distingue, el amor patrio de los altivos hijos de Iraca.
Desde luego se manifestó allí como un párroco diligente y operario. Atendió al aseo y ornato del templo, que desde años atrás yacía en el lamentable abandono; levantó el templo del Cristo sobre los escombros de la antigua Capilla consagrada al Nazareno, y dirigió por si mismo la construcción del Hospital.
La fundación de este establecimiento bastaría por sí sola para hacer grata y duradera la memoria del señor Rueda, y nos parece oportuno recordarla.
El año de 1872, si la memoria no nos es infiel, murió cerca de Vélez el acaudalado señor José María Castillo Vargas, sin dejar sucesión. En su testamento apareció una cláusula en la cual legaba una gran parte de su fortuna al Hospital de Tunja y á los pobres de Paipa y Sogamoso.
El señor Rueda tuvo oportuno conocimiento de esto, y determinó sacar de este legado un provecho permanente para los pobres de Sogamoso, de acuerdo con una disposición del Código de Beneficencia.
Al efecto, convocó algunos importantes vecinos de los que pudiera secundar su pensamiento, tales como los Dres. Jacobo de la Parra, Cayetano, Félix Maria y Cristóbal Camargo, y los señores Vicente Gómez Maz, Manuel Ignacio Archila, Anacleto Holguín, Florencio Briceño y algunos otros, varios de los cuales no viven yá sino en la memoria de sus amigos.
Todos ellos acudieron presurosos al llamamiento del señor Rueda, quien les expuso sin preámbulos su proyecto.
Como una prueba de su actividad y su prestigio, diremos que aquel mismo día quedó fundado provisionalmente el Hospital, y fundamentalmente establecida la Sociedad ó Conferencia de San Vicente de Paúl, que luégo se elevó la categoría de entidad jurídica.
Como corolario de tan importante fundación, y por iniciativa del señor Dr. Jacobo de la Parra, se trajeron más tarde de Francia algunas Hermanas de la Caridad con la eficaz intervención del mismo señor Rueda y con el auxilio pecuniario que dió para tal fin la viuda del señor Castillo Vargas.
El señor Rueda no se limitó á las mejoras materiales que estaban dentro de su esfera, sino que atendió también al mejoramiento moral del pueblo. Con tal objeto emprendió en tiempo oportuno una serie de conferencias dominicales, que si hubieran sido recogidas y publicadas podrían servir de modelos de oratoria en su género, tanto por la precisión del lenguaje, como por la elección y el desarrollo de los temas. Sin pretender ser jueces ni apologistas suyos, forzoso nos es reconocer en él datos literarios y oratorios de primer orden. Habla y escribe con naturalidad, sencillez y elegancia, poniéndose siempre al alcance de sus oyentes ó de sus lectores, según el caso, y desdeñando todo lo inconducente á su asunto, pero sin rebajar jamás el estilo, hasta la vulgaridad ó el desaliño. Por este camino alcanzó el Señor Rueda mucho más que lo que otros hubieran conseguido con fastidiosas declamaciones ó pomposos panegíricos.
Diez años sirvió el señor Rueda el curato de Sogamoso, al cabo de los cuales fué á servir el de las Nieves de Bogotá. Vanas fueron las súplicas de sus amigos para que desistiese de su propósito: él había pronunciado yá irrevocablemente para sí aquella célebre sentencia latina: Alea jacta est. El informe que dirigió entonces al Illmo. señor Arzobispo contiene datos preciosos, de alguno de los cuales nos aprovechamos en otra ocasión para trazar un cuadro histórico, geográfico y estadístico de nuestra querida ciudad natal.
Durante los ocho años siguientes, la culta sociedad de la capital tuvo tiempo de reconocer y apreciar las eminentes cualidades del Sr. Rueda, tanto en su trato social, como en las augustas tareas de su ministerio. Pero el estaba llamado á más altos destinos, como vamos á verlo.
Se trataba en la Curia Romana de erigir la diócesis de Boyacá, y recayó la elección de primer Obispo en el benemérito señor Dr. Severo García; pero sus seniles años requerían un coadjutor, y el Consistorio se fijó en el señor Rueda para Obispo para Obispo auxiliar.
Preconizado como tál en Agosto do 1882, fué consagrado en Tunja el 15 de Octubre del mismo año. Recorrió luégo la nueva diócesis con aplauso y satisfacción de sus numerosos amigos, y compartió con el señor García el honor de abrir la era episcopal de Boyacá y de organizar el Obispado.
Cuando el señor García se retiró del puesto á que lo llamaron sus merecimientos, el señor Rueda fué nombrado Vicario Apostólico de Casanare con residencia en un punto de la cordillera llamado Laguna-seca, no lejos del antiguo pueblo de Secha.
Aquél fué una especie de inmerecido confinamiento que servía para probar su resignación y aquilatar su virtud y sus méritos. Allí tuvo el dolor de perder á su digna hermana María del Rosario, golpe terrible que comprometió seriamente la salud y la vida del sensible Prelado. Ella era todo para él, y retribuía con creces el afecto paternal del hermano con la ternura de una hija y los cuidados de una madre. En la corona fúnebre que el señor Rueda consagró á la memoria de aquel sér querido, el lector más indiferente siente que se agolpa el llanto á sus ojos, al recorrer con dolorosa ansiedad aquellas páginas empapadas en lágrimas. Jamás el afecto fraternal ha encontrado frases más tiernas, expresiones más adecuadas para pintar el dolor de una alma desolada por el infortunio.