VILLAPINZÓN

Luis Antonio Escobar

 

TRADICIONES

LA FUERZA DE LAS TRADICIONES

Por Luis Antonio Escobar

NUESTROS ANTEPASADOS INDIGENAS

La mayoría de los habitantes de Villapinzón aún conservan muchos de los rasgos y costumbres de sus antecesores, los muiscas. Ellos siguen pisando las mismas tierras que transitaron los antiguos sacerdotes, caciques y gente común, en sus peregrinaciones a los sitios religiosos o políticos como Tunja, Ramiriquí, Sogamoso, Duitama o Bacatá. Es la misma tierra que dibuja los caminos que por Hatoviejo, hoy Villapinzón, llevaron a Bolívar y Santander a encontrar la gloría de la libertad. Los muiscas se encaminaban a las lagunas que para ellos significaban algo sagrado, que veneraban y de las cuales habían surgido los cuerpos de sus dioses. Por eso el agua era amada y visitada y se convertía en resumen de tradiciones milenarias. Recordemos lo que nos dice Fray Pedro Simón en sus Noticias Historiales:

"En el distrito de la ciudad de Tunja, a cuatro leguas a la parte del norte-este y una de un pueblo de indios que llamaban Iguaque, se hace una coronación de empinadas sierras, tierra muy fría y tan cubierta de páramos y ordinarias neblinas, que casi en todo el año no se descubren sus cumbres sino es al mediodía por el mes de enero. Entre estas sierras y cumbres se hace una muy honda (laguna), de donde dicen los indios que a poco de como amaneció o apareció la luz y creadas las demás cosas, salió una mujer que llaman Bachué...." Más adelante la preciosa historia de nuestros antepasados continúa, salida de la misma pluma:

"Estaban todavía las tierras en tinieblas, y para darles luz, mandó el cacique de Sogamoso al Ramiriquí, que era su sobrino, se subiese al cielo y alumbrase al mundo hecho sol como lo hizo. Pero viendo no era bastante para alumbrar la noche, subióse el mismo Sogamoso al cielo e hízose luna, con que quedó la noche clara y los indios obligados a adorar a entrambos, como lo hacían..." Otra relación, de Charles Safra y en su "Viaje a la Nueva Granada" relata:

"La luz, o el Dios creador, se llamaba Chiminigagua; el día en que se disiparon las tinieblas, vióse salir de la laguna de Iguachué, cerca de Tunja, una mujer admirable, Bachué, llamada también Fuzachogua, es decir, Buena Mujer. Llevaba en sus brazos un niño de tres años, cuando éste llegó a ser hombre, casóse con Bachué, la cual dió a luz cinco niños a la vez, con lo que se pobló la tierra rápidamente. Cuando vio Bachué que ya había bastantes hombres, volvió con su esposo a la laguna de Iguaqué, donde ambos desaparecieron bajo la forma de serpientes".

Era natural que comenzaran las peregrinaciones a los sitios sagrados, las lagunas, donde se cumplían los rituales, y posteriormente en la Colonia, a los santuarios católicos, especialmente al de la Virgen de Chiquinquirá. En Villapinzón continúan aquellas tradiciones. Hasta hace poco tiempo, no era raro escuchar el canto de las campesinas que en las alboradas de diciembre se dirigían a Chiquinquirá "apagar una promesa".

Se desgajaban por los atajos y caminos veredales antes de que saliera el sol; pasaban alegres con sus cantos por el pueblo que silencioso los escuchaba. Especialmente los campesinos de la vereda de Soatama (Soratama?), guardan esas auténticas costumbres de andanzas por varios días, arropados por sus mismos cantos, danzando y echando coplas al aire, llevando atuendos floridos, entrometiéndose en el paisaje, repartiendo comidas guardadas en canastos, pero siempre sintiendo muy adentro el suave temblor de lo religioso milenario.

La Virgen de Chiquinquirá fue modelo para los pintores. Crearon bellísimos óleos, algunos con auténticas y preciosas joyas que colocaban como adorno en la corona de la Reina. ( Museo de Arte Religioso. Popayán)

El hombre de Villapinzón sigue pisando esos mismos terrones y caminos de tradición indígena. Aquel sentido de "fiestas religiosas" provenía esencialmente de lo indígena. Recordemos lo que pinta el poeta e historiador del siglo XVI, Don Juan de Castellanos en sus Elegías de Varones Ilustres de Indias, Canto Tercero:

"...mas entonces en ellas celebraba
las fiestas que tenían de costumbre,
con muchos entremeses, juegos, danzas,
al són de sus alegres caramillos
y rústicas cicutas y zampoñas,
cada cual ostentando sus riquezas
con ornamentos de plumajería
y pieles de diversos animales;
muchos con diademas de oro fino
y aquellas medias lunas que acostumbran."

Aquellos ritos y costumbres de visitar a sus dioses y a sus santos, creó un sutil pero muy fuerte vínculo religioso entre indígenas y conquistadores que, sin duda alguna, hizo más fácil la transición de una a otra cultura. Por otra parte, hay que recordar que Bochica rompió la roca que represaba las aguas de la sabana de Bogotá con lo que propició la agricultura y aumentó el amor por la naturaleza. Ese fuerte sentido del hombre de Villapinzón, del campesino atado a la tierra, es otra profunda y hermosa tradición.

RELACION SOBRE LAS TURMAS DE DON JUAN DE CASTELLANOS

‘‘aunque las casas todas proveídas de su maíz, frijoles y de turmas, redondillas raíces que se siembran y producen un tallo con sus ramas, y hojas y unas flores, aunque raras, de purpúreo color amortiguado; y a las raíces desta dicha hierba, que será de tres palmos de altura, están asidas ellas so la tierra, del tamaño de un huevo más y menos, unas redondas y otras perlongadas: son blancas y moradas y amarillas, harinosas raíces de buen gusto, regalo de los indios bien acepto, y aún de los españoles golosina."

"flores, aunque raras, de purpúreo color amortiguado".

Los campesinos de Villapinzón siguen sembrando y produciendo las mismas "turmas" a las que se refiere el poeta historiador Juan de Castellanos que sin duda las vio crecer en nuestras tierras en sus viajes a su querida Tunja. Se sigue usando el mismo vocablo "turmas" que posiblemente desde tiempos pretéritos ya incluía las otras acepciones, desdeñosas y jocosas y aún muy populares. Debió ser muy grande la primera impresión que le causaron las turmas al poeta, tubérculo alimento predilecto de los indígenas muiscas, hoy industrializado en Villapinzón, que sirve a todas las naciones.

Así que las papas o turmas eran como huevos, "so la tierra", es decir, bajo tierra. Ni aún así, el mismo Don Juan de Castellanos alcanzó a pensar que aquella "de los españoles golosina", las papas o las turmas, regalo de las culturas indígenas, fuera a convertirse en uno de los alimentos universales, salvación en las hambrunas de Europa, al igual que los frijoles y el maíz.

Según Charles Saffray en su citado libro "Viaje a Nueva Granada" (Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, tercera edición, pág. 298), "De Bogotá procede la patata que fue enviada por primera vez a Europa por el inglés Juan Hawkins".

Pero el poeta Castellanos se engolosinó tanto con las turmas que no dejó de referirse a las de diferentes calidades y colores, incluyendo las "arenosas", "amarillas", es decir, nuestra exquisita papa criolla.

Releyendo estas historias de nuestros antepasados indígenas y españoles, resulta muy fácil comprender el apego profundo a la tierra del hombre de Villapinzón. De niño, precisamente jugando a sembrar papas en el campo, me di cuenta que no era sólo la serena y profunda alegría de crear alimento, ni el ganar con el producto; intuía que era algo más lo que percibe todo campesino: la sensación de integración con la naturaleza, de formar parte del paisaje dibujado por árboles, nubes, animales, comunión que se recibe al palpar la calma de los vientos y al escuchar el silencio profundo de la soledad. Por eso se ha creado tan bella poesía en los campos de Colombia, la de aquellos que cantaban acompañados de la vihuela o del requinto o de los que hoy lanzan sus requiebros amorosos como quejas que quedan enredadas en los montes:

"No me digás que otro día,
qu’esta vida es un segundo,
y endespués que yo me muera,
¿qué saco con que haiga mundo?"

Indudablemente, las comarcas que por tradición han venido sembrando la papa o el maíz, estuvieron y siguen ligadas a la cultura indígena, su poesía y su música. La cultura es la que debe fundamentar la llamada descentralización, que más bien se debería llamar revitalización del espíritu tradicional campesino.

LAS ARTESANIAS

El amor continúa, también venido de lo indígena, por las artesanías y la elaboración de tejidos cuyos productos alcanzan muy merecida fama. Es impresionante mirar los dibujos del célebre indígena, cronista y sociólogo peruano Waman Poma de Ayala, quien pinta las costumbres y oficios de las doncellas y ancianas dedicadas a los telares en los que hacían toda suerte de obras, desde toscos costales hasta las más refinadas y bellas mantas y tapices que siguen causando verdadera admiración. Dice el cronista:

"La primera calle de las Yndias mugeres casadas y biudas que llaman AUCA CAMAYOCPA UARMIN, señoras de los militares, las cuales son del oficio de texer rropa delicada para CUMBE (tejido fino), ... Fueron de edad de treynta y tres años, se casavan; hasta entonses andavan vírgenes y donsellas".

Desde aquellas épocas remotas viene la costumbre de los tejidos. En Villapinzón existen aún 36 telares en el campo y en el pueblo. Y no olvidemos lo que ahora se sigue relacionando con esta hermosa artesanía; pastoreo de ovejas, esquilar, escarmenar, limpiar y pulir con los mismos cardos de antaño, hilar y luego usar el negro añil y las plantas naturales como el eucaliptus, el arrayán o la uvilla para lograr los hermosos y vívidos colores y así, finalmente, tejer ruanas, cobijas, monteras o sweteres.

Luis Alberto Riaño, uno de los tejedores que con su familia guarda esta tradición milenaria.

En Villapinzón se ha afianzado la tradición de los telares con un verdadero maestro, Luis Riaño, quien, al mismo tiempo que recibió enseñanzas de Luis Onofre Espitia, en Madrid Cundinamarca, ha sabido transmitirlas. Así, las familias González, Parra, Contreras. Fonseca, Rincón, lo han acompañado en tan noble labor artesanal, continuando de esta manera el trabajo de los primeros tejedores de comienzos de este siglo, los Pinzón, Otálora y Quevedo.

Imagenes 1, Imagenes 2.

LA CULTURA DEL FIQUE

Pero no es sólo el tejido de la lana. Olvidamos la tradición y utilización del fique y del cuán. Prácticamente, antes de que aparecieran los derivados del plástico, el fique y el cuán eran indispensables para suplir todas las necesidades. Recordemos la cabuya de amarrar, el lazo para los animales, el cuán para unir las maderas, los alpargates de fique, las brochas, costales, mochilas, sombreros, enjalmas, cinchas, colchones y, desde luego, toda clase de figuras y de muñecas para los niños campesinos. La cultura del fique precedió en importancia a la actual cultura del plástico.

Tampoco podemos olvidar otras tradiciones, por ejemplo, los utensilios de madera: las cucharas y el cucharón de palo, el molinillo para batir el chocolate, el macerador de ajos, el bolillo para la masa, las paletas para sacar el pan del horno, y hasta la simple tabla para cortar la cebolla. La cestería, que incluye las famosas petacas para los viajes, los balayes para el pan, el cedazo y canastos de todos los tamaños y para todos los usos. Debemos darnos cuenta de que todos estos materiales utilizados por tradición indígena, son biodegradables, provenientes de la propia naturaleza: matas de fique, mimbre, cañas, raíces, pajillas, cuán y maderas.

LA MUSICA COMO TRADICION

Según las crónicas de Don Juan de Castellanos, Turmequé era llamado pueblo de las Trompetas porque allí las fundieron con sus propias pailas. Naturalmente se refiere a otros poblados importantes como Chía, Suba, Tuna, Cucunubá, Suesca, Nemocón y "Cipaquirá", entre otros más o menos cercanos a nuestro pueblo cuyos moradores de ese tiempo debieron escuchar y tocar los caracoles que venían de la Costa. "Hallaron también grandes caracoles marinos, de oro fino guarnecidos, y estas eran las trompas o cornetas que se tocaban en los regocijos y en los sangrientos trances de la guerra; los cuales, según hemos colegido, venían por rescate de la costa de gente en gente por diversas vías, los cuales como cosa peregrina entre estos indios eran estimados’’.

En Villapinzón sigue vigente la tradición material y espiritual. La tradición, afortunadamente no se ha perdido, sigue vigorosa bien sea en la vivienda, en el vestido, en la comida, en sus expresiones poéticas, coplas, en su modo de saludar y en su porte; denota una cultura ancestral, refinada, que proviene principalmente de sus antepasados indígenas.

Apenas se comienzan a estudiar la inmensa cantidad de escritos de los cronistas de la Conquista y a valorar el inmenso potencial de los campesinos.

En los pueblos se siguen utilizando productos naturales, biodegradables, manufacturados con chusque, mimbre, fique, madera, lana otros.


OTROS DATOS HISTORICOS

TESTIMONIO DEL SABIO CALDAS

Desde la ciudad de Tunja el 18 de marzo de 1812 el sabio Francisco José de Caldas dirigió una carta a don Benedicto Domínguez importante testimonio que se refiere a Hatoviejo, hoy Villapinzón.

"Así que se sale de lo que hoy es Cundinamarca (en ese tiempo perteneciente a Boyacá) se avista la parroquia de Santa Bárbara de Hatoviejo, que se deja a la derecha del camino. Tiene algunas casas cubiertas de paja, muy bien agrupadas, y una iglesia decente. Su situación y el campo que la rodea es agradable. El río de Chocontá, que es una de las fuentes del río Funza, corre por sus inmediaciones, le suministra aguas puras y con los giros caprichosos y variados que hace, da vida y movimiento a estos lugares. El barómetro se sostuvo en 247.2, es decir, una línea más abajo que el salón de nuestro Observatorio. Admire usted el pequeño descenso del terreno y de las aguas en el espacio de veinticinco leguas que median entre este punto y el del Tequendama, en que se precipita el Bogotá. Yo no dudo, mi amigo, que nuestra expaciosa explanada no haya sido algún día el fondo de un lago, y que Suba, Tibitó Grande y Tibitó Chico y todos los montecillos que existen en su medio no hayan sido otros tantos islotes habitados por los hombres o por las aves acuáticas que debió alimentar este gran lago... ...Es fértil su terreno y muy semejante al de Chocontá. Según el último censo, verificado por el Gobierno de Tunja en 1811, tiene 2.259 almas ".

LA COLONIA Y LA REPUBLICA

Los estudios más importantes sobre Villapinzón en la época de la Colonia y la República se deben a dos eminentes historiadores que han recopilado los principales hechos: Roberto Velandia, distinguido miembro de la Academia Colombiana de Historia, autor de la Monografía Histórica escrita especialmente para este libro, y Ramón C. Correa, noble escritor de los ya célebres, "Apuntes sobre Hatoviejo hoy Villapinzón". También miembro de número de la Academia Colombiana de Historia, de otras academias colombianas y Secretario Perpetuo de la Academia Boyacense de Historia durante más de sesenta años, de los más de noventa de su ejemplar vida. Con cariño, como se hacen las cosas que valen la pena, y además, con disciplina y entusiasmo, logró compilar los documentos más importantes para escribir las monografías de más de cincuenta pueblos de Boyacá y la historia de Villapinzón. Aflora cierta ternura cuando expresamente se dirige a los niños, por ejemplo, al comienzo de sus Apuntes:

"Si a los niños de las escuelas primarias se les enseña la historia no sólo del Departamento al que pertenezcan sino la de la República en general, con mayor razón se les debe poner al corriente de los principales acontecimientos de las poblaciones donde vinieron al mundo, y de las limítrofes, porque es muy triste que las generaciones que se levantan no tengan ni la menor noticia de los hechos que se llevaron a cabo en tiempos memorables tanto en el municipio de sus mayores como en los circunvecinos." Y más adelante, como para corroborar lo que ha dicho, dice:

"Quiero que los niños de Villa Pinzón aprendan que en parte del territorio donde se fundó siglos después a Hatoviejo, y no muy lejos de la población de Chocontá, población que data desde tiempos prehistóricos, que en lenguaje chibcha significa sementera de páramo... hubo un combate indígena entre Michua soberano de Hunza, hoy Tunja y Saguanmachica, Zipa de Bacatá, hoy Bogotá".

En torno a la personalidad y obra de Ramón C. Correa hay que expresar el deseo de que sus "Apuntes sobre Hatoviejo hoy Villa Pinzón" pronto sean reeditados para ser leídos por los niños a quienes tan cariñosamente se dirige.

Los dos historiadores mencionados ganaron ya la gratitud y el reconocimiento de los villapinzonenses. Otro narrador de los acontecimientos de Villapinzón es Pablo E. Sánchez, nacido en el pueblo, recopilador de informaciones y tradiciones, citado por los estudiosos de la historia. Su obra también debe ser publicada. En otra parte de este libro aparecen algunas de las informaciones compiladas sobre el tema religioso del ilustre y joven sacerdote e historiador villapinzonense, Jorge Orlando Contreras.

Pero estas notas sobre los historiadores de Villapinzón quedarían truncas si no se destacara el beneficio de los primeros periódicos como "El Faro" que se editó en 1936 bajo la dirección de Pedro Antonio Sánchez A. y, recientemente, "El Paladín". Su fundador, ingeniero de profesión, constructor de varios acueductos veredales, Orlando Lizarazo, reúne también las condiciones del periodista, analista y crítico en bien de su pueblo. La publicación de "El Paladín" ayudó a la organización de los festejos del bicentenario de la fundación de Villapinzón -1776 1976-, fecha que se celebró muy dignamente.

Además, surgió en torno al periódico una nueva sensibilidad creada por un grupo de destacados profesionales que ayudaron con sus colaboraciones periodísticas, críticas y observaciones al engrandecimiento y progreso de nuestro pueblo. Todos eminentes villapinzonenses entre los que se destacan Fabio Farfán, Esteban López, Campo Elías Lizarazo, Santiago Barrero, José del Carmen Escobar, Rémigio Melo Otálora, Misael Lizarazo Arévalo, Fabio Sánchez, Joaquín Cuevas Fernández, Mariano Barrero, Lilia Helena Cortés Gómez y otros ciudadanos no menos importantes.

Este y otros grupos de nuevos profesionales, todos unidos por el cariño a su tierra natal, son los que han venido impulsando el desarrollo del Villapinzón moderno, el de ahora, el que aglutina a sus ciudadanos en torno al progreso de esta nueva ciudadela educativa de Colombia.

Dentro de ese panorama actual sería injusto no referirse, al menos, a los tres últimos alcaldes, vástagos de antiguas y nobles familias del pueblo, quienes se han distinguido por su honradez y entusiasmo al cumplir diversas tareas en bien del municipio. Ellos son: Raúl Arévalo, Fabio Sánchez, y el actual Alcalde Especial, Zalatiel Barrero Farfán.

Al terminar estos comentarios históricos se presentan en mi memoria muchos seres queridos, merecedores de afecto y elogio. Qué decir de ese hombre excepcional, maestro de maestros, Pedro Julio Ospina, que enseñó a muchas generaciones a leer y con su buen ejemplo a comportarse dignamente? Cómo olvidar la dedicación y generosidad de quien todos llamaban "el doctor Granados", hombre que llegaba listo con la medicina y el afecto hasta los más humildes campesinos? o, a José María González, rector del Colegio Próspero Pinzón, o a la Reverenda Madre Verena Roldán de la comunidad franciscana, constructora material y espiritual de la Normal que tanto beneficio ha traído al municipio?

Imposible seguir nombrando a tantos que llegaron de otras tierras, que merecieron y recibieron el cariño de los villapinzonenses.

Pero hay algo principal que aún falta. Me refiero a la mujer de Villapinzón. Han sido mujeres compañeras, trabajadoras, verdaderas matronas llenas de hidalguía, madres cariñosas que han sabido enseñar a sus hijos y llevarlos, como aún se dice, por el buen camino. Mujeres que con el azadón han acompañado a sus maridos, sembrando y cosechando, en la lluvia y bajo el sol; hilando y tejiendo; cocinando, ordeñando, barriendo y, en fin, haciendo todos los trabajos para lograr la más bella felicidad, la de amar a sus maridos o compañeros con todo apego, dignidad y lealtad.

Ahora las jóvenes mujeres trabajan como jueces, abogadas, personeras, secretarias, profesoras, profesionales ejemplares que recibieron y siguen dando el ejemplo del trabajo, la dignidad y la constancia. Son ellas las que junto al hombre, están haciendo historia buena, bella y ejemplar para Colombia.

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El asiento, la ruana, el uso..., lo esencial y nada más.

La mujer campesina cose galones de colores para sus hijas o agrega remiendos a los sacos y calzones de sus hijos y su esposo. El gatito de la casa la acompaña en sus quehaceres.

FIESTAS PATRONALES

Por Amparo Angel

Varios meses antes del 4 de diciembre, todos los años, desde hace mucho tiempo, comienzan los preparativos para la celebración de la fiesta en honor de la patrona de Villapinzón, Santa Bárbara.

Se reúne el Concejo Municipal para discutir los pormenores de la fiesta popular que se llevará a cabo inmediatamente después de la celebración religiosa, ya que el Municipio costeará el evento. La parte religiosa estará a cargo de la Iglesia, representada por el Párroco, la Junta y los Alféreces quienes, a su vez, correrán con los gastos de la fiesta de la Patrona.

Tal vez pocos Villapinzonenses saben quién fue en realidad Santa Bárbara y conviene recordarlo:

En tiempos de los Romanos, existía una provincia dominada por el Imperio, llamada Bitinia, situada a orillas del Mar Negro. Su capital era Nicomedia. En esos tiempos, el Cristianismo era perseguido hasta el punto de quitar la vida a miles de personas que profesaban la religión fundada por Jesucristo. Una joven de 16 años, de nombre Bárbara, hija de un funcionario del Imperio, profesaba la nueva religión. Su padre, Dióscoro, se atrevió a denunciarla ante los tribunales, martirizarla haciéndole cortar un seno y además, a ejecutar la sentencia de decapitación por su propia mano. Esto ocurrió hacia el año 235 d.C. Cuenta la leyenda que, poco después de la muerte de Bárbara, su padre fue fulminado por un rayo. Su fiesta se celebra el 4 de diciembre, desde hace muchos siglos. No obstante, por problemas históricos, dejó de figurar en el Calendario Oficial de los Santos, desde el año 1969.

La tienda de doña Aura María de Cárdenas, situada en la carrera 5 No. 5-17, un domingo por la tarde, nos sirve de sitio de reunión con esta auténtica matrona que recuerda cómo, desde niña, ha presenciado la celebración de la fiesta de Santa Bárbara y también nos relata los detalles de otras fiestas, como la de la Virgen del Carmen de quien es especialmente devota. Doña Aura María, mujer fina y sencilla, atiende con dedicación a sus innumerables clientes mientras nos narra todo lo que recuerda de estas fiestas tan especiales para su pueblo, Villapinzón.

FIESTA DE SANTA BARBARA

Los Alféreces son los devotos de Santa Bárbara y, por consiguiente, los que costean la fiesta; no obstante, hay una junta que es la encargada de organizar el evento. Se deben armar los pabellones con flores y cintas, definir el orden de la procesión, hacer el programa, comprar los voladores, etc., en fin, organizar todo para que la fiesta sea espléndida, en todo caso, "más lucida que la del año anterior".

El 3 de diciembre, a las doce del día, comienzan las "Vísperas", costumbre muy antigua en los rituales de las fiestas religiosas del cristianismo. Se escuchan las marchas, danzas y bambucos tocados por la Banda Municipal que desde su iniciación le dan ese toque de alegría y regocijo a la celebración. Se quema mucha pólvora según la antigua tradición española y enseguida, esa misma tarde, comienza la Confesión de los Alféreces, que son numerosos, 150 a 180, que se prolonga hasta bien entrada la noche. A las 6 de la tarde, mientras se lleva a cabo la confesión, se celebra la Santa Misa por los Alféreces muertos.

El día 4, a las 10 de la mañana, hay una Misa Solemne, toca la Banda nuevamente y se hace gran despliegue de voladores para que se escuchen desde muy lejos. El paso o anda donde es llevada Santa Bárbara, va adornado con arco de luces y un arbolito de Gaque en la parte de atrás. Adelante va la Santa Cruz con cirios llevados por acólitos y detrás, el paso de la Patrona, precedido por el Párroco y rodeado de los pabellones que portan los Alféreces.

Esa misma tarde se hace la fiesta popular con toreo. Antiguamente el sitio de la corrida se cercaba con barreras de varas y se toreaban terneros. Hoy, el evento se hace con toreros profesionales, reses de casta y en la plaza de toros municipal. Las fiestas se prolongan hasta el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción.

Santa Bárbara, Patrona de Villapinzón. Hermoso cuadro del célebre pintor santafereño. Gregorio Vásquez.

FIESTA DE LA VIRGEN DEL CARMEN

El 16 de julio se celebra tradicionalmente en Villapinzón, la fiesta de la Virgen del Carmen. Comienza la víspera, el día 15 a las doce del día, con música, pólvora y globos. Esa noche hay fuegos pirotécnicos y mucho derroche de pólvora mientras dentro de la iglesia se lleva a cabo la Misa por los Alféreces muertos y la confesión de los nuevos.

El 16, a las 10 a.m., hay Misa Solemne y frente a la Alcaldía, la bendición de los automotores que han comenzado a llegar desde muy temprano: automóviles, camperos, camiones, buses, tractores, tractomulas y hasta los carritos de juguete de los niños, pasan para ser bendecidos y recibir el agua bendita y una imagen de la Virgen.

A las 12 se oficia una misa en la Estación del Ferrocarril y a las 2 p.m. comienza la procesión. La imagen de la Virgen va en andas, sin arco y adornada con muchas flores; recorre el pueblo y visita las cuatro estaciones o Ermitas que los devotos le han preparado en distintos lugares: Molino San Antonio, Barrio Bella Vista, Barrio Próspero Pinzón y nuevamente la Estación. En estos sitios se escuchan las plegarias y las Salves entonadas por los fieles y un pequeño sermón. Después del recorrido se llega nuevamente al atrio donde los padres han llevado a cientos de niños que esperan ser bendecidos por la Virgen del Carmen.

Sin duda alguna, la devoción por la Virgen del Carmen es una de las más arraigadas en el pueblo, y no sólo en Villapinzón. Su imagen se había convertido en el símbolo de la religión católica pues ningún cristiano podía dejar de llevar en su pecho el escapulario de la Virgen del Carmen. Este, según las creencias, lo salvaba de todos los males y dentro de las leyendas populares, se llegó a decir que las balas no penetraban en el cuerpo por estar defendido por el escapulario.

En la fiesta de la Virgen uno de los actos principales y más fervorosos lo constituía la Bendición de los Escapularios que los había de todos los tamaños, desde los infantiles hasta los elaborados con finos paños de color carmelito, y bordados a mano.

En cuanto a otras fiestas religiosas, hay que recordar los Aguinaldos, que precedían al nacimiento del Niño Dios. Se percibía en el pueblo una alegría ingenua, sostenida por las divertidas apuestas de Aguinaldos. También, cada noche se celebraban las novenas en las cuales se cantaban hermosos Villancicos. El 24 de diciembre, a las 12, se celebraba la Misa de Media Noche. Una estatuilla del Niño Dios bajaba del coro en medio del sonido de campanillas hasta posarse en la cuna de paja del pesebre. Sonaban los Villancicos que remedaban el canto de las aves, las panderetas, castañuelas y sonajas.

Otras fiestas como la de San Isidro, San Antonio, el Corpus Christi y la Semana Santa, revistieron especial devoción y esplendor.

UNA FOTOGRAFIA PARA RECORDAR

1952. Homenaje en el restaurante Temel a los doctores José Domingo Farfán, Roberto Barragán y José Miguel Cruz. Entre otros, aparecen los abogados Buenaventura Guzmán, Adonías Torres, Luis Barragán, Hernando Cuevas, Alfonso Segura. Los educadores, Carlos Alberto Guzmán, Didacio Segura, Pedro Julio Ospina. Los odontólogos. Hugo Fernández y Mario Ospina.

De las figuras ya fallecidas, y que aparecen en esta fotografía, se recuerda con gratitud al doctor José Domingo Farfán especialmente por su empeño y logro de la convivencia pacífica y el progreso del pueblo. Hombre destacado en la Administración Pública, persona amable y bondadosa que supo atender con auténtica gentileza a sus paisanos.

Alfonso Segura, luchador constante por el bien de Villapinzón, realizador de muchas obras en el pueblo y las veredas. Continuó con la honestidad y el tesón de sus antepasados.

Sería imposible enumerar, por su cantidad y calidad, a los profesionales y personajes actuales que le están dando honor, no sólo a su pueblo sino a la nación.

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LA MIL UNO

Agustín Cuevas Fernández

Para la fecha del episodio que ahora cuento, el año de 1.928, frisaba yo entonces en los 5 años. Desde hacía meses había observado durante mis paseos de la mano de mi padre, al igual que todas las demás personas, la ejecución de muchas actividades salidas del normal desarrollo de la vida pueblerina de mi terruño, agrícola y ganadero por tradición. Unos señores altos de cuerpo, monos, de ojos claros, de hablar ininteligible; vestidos con raros atuendos como polainas, chaquetas especiales, sombreros "corchos", conducían toda una peonada para abrir trocha por entre el monte de maleza y también de árboles añejos; trazar caminos; triturar a golpe de almádena la piedra; apisonar la vía y nivelarla, para instalar luego una interminable serie de trozas de árboles que habían crecido en nuestros bosques y a los que llamaban durmientes". Qué "apelativo" si encima de ellos iban los rieles paralelos.

Después de indagar varias veces sobre lo que pasaba, un señor me informó que unos técnicos belgas (no entendí), estaban construyendo la línea férrea (entendí menos), para que por allí pasara el ferrocarril (entendí muchísimo menos) "o el tren como tú quieras llamarlo". Pero estas obras de los extranjeros no terminaban en el centro del pueblo, pues luego de traspasar el casco urbano continuaron extendiéndose a lo lejos. Una vez organizaron un paseo mis hermanos y unos amigos, a un sitio de la tal carrilera, que me pareció extremadamente lejos, y que llamaban (y aún hoy se llama) la "Y", porque los rieles (y esto lo aprendí por lo menos ocho años después), se construyeron en forma parecida a la letra "Y" a fin de que la máquina y algunos pocos vagones, después de dar un corto rodeo, pudiesen regresar de frente. Es decir, en sentido contrario, pero no en reversa.

Pues bien: un día el Alcalde Municipal, promedio del "bando" informó la fecha en la que llegaría por primera vez el tren a mi pueblo. Por los comentarios que hacía mi padre con sus amigos, aquello sería algo nunca visto. Figúrense lo que significaba para un conglomerado de labradores que nunca, o casi nunca, salía de sus parcelas. Pocos tenían idea de estos fantásticos vehículos. Algunas personas, entre ellas mi padre, hacían un viaje de por lo menos seis horas a caballo, en muy buena bestia, para "coger el tren del Norte" en la estación de Nemocón. Pero esta jornada era de una o dos veces al año y por motivo muy especial.

Debió parecerles imposible cambiar el mugido ansioso de la vaca que pide a voces el ordeño o que busca el corral para descansar a la hora en que el día recoge sus pendones, por el alarido de la máquina de vapor. Tornar el multiforme ronroneo del viento entre las frondas, que es himno y ofrenda, en el chirrido de vagones, resortes y enganches. Cambiar el tranquilo, el pausado carro de yunta, movido por la pereza de dos bueyes, por los rugientes y desafiantes impulsos de la inmensa máquina locomotora. Pero lo hicieron. Vistieron de gala la casa que se destinaría para la estación. Llegó el Párroco con capa pluvial y agua bendita, acompañado de su séquito de acólitos. El Alcalde y el Personero con sus vestidos domingueros y una tropa de gentes de todas las edades y condiciones. Flotaba sobre las cabezas el nerviosismo, según me cuentan, y la curiosidad empujaba a los presentes con sus brazos de ágil maromero.

Mi padre resolvió que, como debíamos estar a prudente distancia (por lo que pudiera suceder) lo óptimo sería ubicarnos en El Rudal, un potrero de nuestra propiedad, situado a pocas cuadras de la Estación, bordeado precisamente por la tal línea férrea. Allí fuimos con mi padre, mis hermanos mayores y muchos curiosos.

Cerca de la hora anunciada se percibió un resoplido feroz y el ensordecedor impacto de cinco pitazos prolongados y penetrantes que rasgaron la mantilla que cubría la faz ingenua del mi pueblo; y en el mismo instante, los peritos en la materia comenzaron a lanzar verticalmente los cohetes que colmaron el espacio con su bullicioso y alegre reventar. Pero, también en ese mismo instante, comenzó mi corazoncito a saltar con desbocado asombro, ya casi presa del pánico.

A cada instante los rugidos se hacían más cercanos y más abrumador el silbido insistente de su pito que golpeaba, con fuerza convertida en eco retumbante, la testa veneranda de los cerros; se desmayaba en el regazo florecido de Altamira y a veces se zambullía en las heladas aguas del Río Funza. Yo tiritaba. Comenzaba a gemir y cuando sentí el traqueteo del suelo y divisé la enorme máquina negra que amenazaba con su rugido, me reventé en llanto innenarrable, solté la mano de mi padre y me lancé a correr como un cervatillo potrero adentro para guarecerme entre el matorral de alisos, morales, escobas y junquillos. Allí gritaba desaforadamente como si una hecatombe oprimiera mis entrañas infantiles.

Desde el escondite y por entre los visillos de las lágrimas, vi cruzar la gigantesca máquina negra, con su penacho de humo gris-oscuro, lanzando carbones encendidos por su infinito abdomen y emitiendo golpes de vapor por todos los costados a través de sus válvulas de escape.!!! Y ese pito que me aterrorizaba!!! Rompía en mil pedazos los placenteros castillos del espacio pueblerino construidos con finura en purísimos cristales de paz campestre y de fe sencilla pero profunda. Mis ojos desorbitados siguieron abismados el paso audaz del "tender" colmado de carbón, seguido de uno, dos, tres y cuatro vagones que hacían trepidar el suelo, enantes regazo generoso de los surcos que acunaban con deleite amoroso las cosechas. Permanecía agazapado y atónito. !Inmensamente petrificado!

Pienso ahora que mi padre y mis hermanos, por la violenta emoción que los embargaba, no se percataron que yo había perdido el control de mis actos por algunos segundos.

Como por entre las neblinas de un ensueño me parece haber escuchado en ese momento que mi hermano mayor gritaba, atafagado de la felicidad: ¡Sí, es la máquina mil uno! Esa es.!!! la 1 .001!!!

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