aunque las casas
todas proveídas de su maíz, frijoles y de turmas, redondillas raíces que se siembran y
producen un tallo con sus ramas, y hojas y unas flores, aunque raras, de purpúreo color
amortiguado; y a las raíces desta dicha hierba, que será de tres palmos de altura,
están asidas ellas so la tierra, del tamaño de un huevo más y menos, unas redondas y
otras perlongadas: son blancas y moradas y amarillas, harinosas raíces de buen gusto,
regalo de los indios bien acepto, y aún de los españoles golosina."
"flores,
aunque raras, de purpúreo color amortiguado".
Los campesinos de
Villapinzón siguen sembrando y produciendo las mismas "turmas" a las que se
refiere el poeta historiador Juan de Castellanos que sin duda las vio crecer en nuestras
tierras en sus viajes a su querida Tunja. Se sigue usando el mismo vocablo
"turmas" que posiblemente desde tiempos pretéritos ya incluía las otras
acepciones, desdeñosas y jocosas y aún muy populares. Debió ser muy grande la primera
impresión que le causaron las turmas al poeta, tubérculo alimento predilecto de los
indígenas muiscas, hoy industrializado en Villapinzón, que sirve a todas las naciones.
Así que las papas o
turmas eran como huevos, "so la tierra", es decir, bajo tierra. Ni aún así, el
mismo Don Juan de Castellanos alcanzó a pensar que aquella "de los españoles
golosina", las papas o las turmas, regalo de las culturas indígenas, fuera a
convertirse en uno de los alimentos universales, salvación en las hambrunas de Europa, al
igual que los frijoles y el maíz.
Según Charles Saffray en
su citado libro "Viaje a Nueva Granada" (Biblioteca Popular de Cultura
Colombiana, tercera edición, pág. 298), "De Bogotá procede la patata que fue
enviada por primera vez a Europa por el inglés Juan Hawkins".
Pero el poeta Castellanos
se engolosinó tanto con las turmas que no dejó de referirse a las de diferentes
calidades y colores, incluyendo las "arenosas", "amarillas", es decir,
nuestra exquisita papa criolla.
Releyendo estas historias
de nuestros antepasados indígenas y españoles, resulta muy fácil comprender el apego
profundo a la tierra del hombre de Villapinzón. De niño, precisamente jugando a sembrar
papas en el campo, me di cuenta que no era sólo la serena y profunda alegría de crear
alimento, ni el ganar con el producto; intuía que era algo más lo que percibe todo
campesino: la sensación de integración con la naturaleza, de formar parte del paisaje
dibujado por árboles, nubes, animales, comunión que se recibe al palpar la calma de los
vientos y al escuchar el silencio profundo de la soledad. Por eso se ha creado tan bella
poesía en los campos de Colombia, la de aquellos que cantaban acompañados de la vihuela
o del requinto o de los que hoy lanzan sus requiebros amorosos como quejas que quedan
enredadas en los montes:
"No
me digás que otro día,
questa vida es un segundo,
y endespués que yo me muera,
¿qué saco con que haiga mundo?"
Indudablemente, las
comarcas que por tradición han venido sembrando la papa o el maíz, estuvieron y siguen
ligadas a la cultura indígena, su poesía y su música. La cultura es la que debe
fundamentar la llamada descentralización, que más bien se debería llamar
revitalización del espíritu tradicional campesino.
LAS ARTESANIAS
El amor continúa,
también venido de lo indígena, por las artesanías y la elaboración de tejidos cuyos
productos alcanzan muy merecida fama. Es impresionante mirar los dibujos del célebre
indígena, cronista y sociólogo peruano Waman Poma de Ayala, quien pinta las costumbres y
oficios de las doncellas y ancianas dedicadas a los telares en los que hacían toda suerte
de obras, desde toscos costales hasta las más refinadas y bellas mantas y tapices que
siguen causando verdadera admiración. Dice el cronista:
"La primera calle de
las Yndias mugeres casadas y biudas que llaman AUCA CAMAYOCPA UARMIN, señoras de los
militares, las cuales son del oficio de texer rropa delicada para CUMBE (tejido fino),
...
Fueron de edad de treynta y tres años, se casavan; hasta entonses andavan vírgenes y
donsellas".
Desde aquellas épocas
remotas viene la costumbre de los tejidos. En Villapinzón existen aún 36 telares en el
campo y en el pueblo. Y no olvidemos lo que ahora se sigue relacionando con esta hermosa
artesanía; pastoreo de ovejas, esquilar, escarmenar, limpiar y pulir con los mismos
cardos de antaño, hilar y luego usar el negro añil y las plantas naturales como el
eucaliptus, el arrayán o la uvilla para lograr los hermosos y vívidos colores y así,
finalmente, tejer ruanas, cobijas, monteras o sweteres.
Luis
Alberto Riaño, uno de los tejedores que con su familia guarda esta tradición milenaria.
En Villapinzón se ha
afianzado la tradición de los telares con un verdadero maestro, Luis Riaño, quien, al
mismo tiempo que recibió enseñanzas de Luis Onofre Espitia, en Madrid Cundinamarca, ha
sabido transmitirlas. Así, las familias González, Parra, Contreras. Fonseca, Rincón, lo
han acompañado en tan noble labor artesanal, continuando de esta manera el trabajo de los
primeros tejedores de comienzos de este siglo, los Pinzón, Otálora y Quevedo.
Pero no es sólo el
tejido de la lana. Olvidamos la tradición y utilización del fique y del cuán.
Prácticamente, antes de que aparecieran los derivados del plástico, el fique y el cuán
eran indispensables para suplir todas las necesidades. Recordemos la cabuya de amarrar, el
lazo para los animales, el cuán para unir las maderas, los alpargates de fique, las
brochas, costales, mochilas, sombreros, enjalmas, cinchas, colchones y, desde luego, toda
clase de figuras y de muñecas para los niños campesinos. La cultura del fique precedió
en importancia a la actual cultura del plástico.
Tampoco podemos olvidar
otras tradiciones, por ejemplo, los utensilios de madera: las cucharas y el cucharón de
palo, el molinillo para batir el chocolate, el macerador de ajos, el bolillo para la masa,
las paletas para sacar el pan del horno, y hasta la simple tabla para cortar la cebolla.
La cestería, que incluye las famosas petacas para los viajes, los balayes para el pan, el
cedazo y canastos de todos los tamaños y para todos los usos. Debemos darnos cuenta de
que todos estos materiales utilizados por tradición indígena, son biodegradables,
provenientes de la propia naturaleza: matas de fique, mimbre, cañas, raíces, pajillas,
cuán y maderas.
LA MUSICA COMO
TRADICION
Según las crónicas de
Don Juan de Castellanos, Turmequé era llamado pueblo de las Trompetas porque allí las
fundieron con sus propias pailas. Naturalmente se refiere a otros poblados importantes
como Chía, Suba, Tuna, Cucunubá, Suesca, Nemocón y "Cipaquirá", entre otros
más o menos cercanos a nuestro pueblo cuyos moradores de ese tiempo debieron escuchar y
tocar los caracoles que venían de la Costa. "Hallaron también grandes caracoles
marinos, de oro fino guarnecidos, y estas eran las trompas o cornetas que se tocaban en
los regocijos y en los sangrientos trances de la guerra; los cuales, según hemos
colegido, venían por rescate de la costa de gente en gente por diversas vías, los cuales
como cosa peregrina entre estos indios eran estimados.
En Villapinzón sigue
vigente la tradición material y espiritual. La tradición, afortunadamente no se ha
perdido, sigue vigorosa bien sea en la vivienda, en el vestido, en la comida, en sus
expresiones poéticas, coplas, en su modo de saludar y en su porte; denota una cultura
ancestral, refinada, que proviene principalmente de sus antepasados indígenas.
Apenas se comienzan a
estudiar la inmensa cantidad de escritos de los cronistas de la Conquista y a valorar el
inmenso potencial de los campesinos.
En
los pueblos se siguen utilizando productos naturales, biodegradables, manufacturados con
chusque, mimbre, fique, madera, lana otros.
OTROS DATOS HISTORICOS
TESTIMONIO DEL SABIO
CALDAS
Desde la ciudad de Tunja
el 18 de marzo de 1812 el sabio Francisco José de Caldas dirigió una carta a don
Benedicto Domínguez importante testimonio que se refiere a Hatoviejo, hoy Villapinzón.
"Así que se sale de
lo que hoy es Cundinamarca (en ese tiempo perteneciente a Boyacá) se avista la parroquia
de Santa Bárbara de Hatoviejo, que se deja a la derecha del camino. Tiene algunas casas
cubiertas de paja, muy bien agrupadas, y una iglesia decente. Su situación y el campo que
la rodea es agradable. El río de Chocontá, que es una de las fuentes del río Funza,
corre por sus inmediaciones, le suministra aguas puras y con los giros caprichosos y
variados que hace, da vida y movimiento a estos lugares. El barómetro se sostuvo en
247.2, es decir, una línea más abajo que el salón de nuestro Observatorio. Admire usted
el pequeño descenso del terreno y de las aguas en el espacio de veinticinco leguas que
median entre este punto y el del Tequendama, en que se precipita el Bogotá. Yo no dudo,
mi amigo, que nuestra expaciosa explanada no haya sido algún día el fondo de un lago, y
que Suba, Tibitó Grande y Tibitó Chico y todos los montecillos que existen en su medio
no hayan sido otros tantos islotes habitados por los hombres o por las aves acuáticas que
debió alimentar este gran lago... ...Es fértil su terreno y muy semejante al de
Chocontá. Según el último censo, verificado por el Gobierno de Tunja en 1811, tiene
2.259 almas ".
LA COLONIA Y LA
REPUBLICA
Los estudios más
importantes sobre Villapinzón en la época de la Colonia y la República se deben a dos
eminentes historiadores que han recopilado los principales hechos: Roberto Velandia,
distinguido miembro de la Academia Colombiana de Historia, autor de la Monografía
Histórica escrita especialmente para este libro, y Ramón C. Correa, noble escritor de
los ya célebres, "Apuntes sobre Hatoviejo hoy Villapinzón". También miembro
de número de la Academia Colombiana de Historia, de otras academias colombianas y
Secretario Perpetuo de la Academia Boyacense de Historia durante más de sesenta años, de
los más de noventa de su ejemplar vida. Con cariño, como se hacen las cosas que valen la
pena, y además, con disciplina y entusiasmo, logró compilar los documentos más
importantes para escribir las monografías de más de cincuenta pueblos de Boyacá y la
historia de Villapinzón. Aflora cierta ternura cuando expresamente se dirige a los
niños, por ejemplo, al comienzo de sus Apuntes:
"Si a los niños de
las escuelas primarias se les enseña la historia no sólo del Departamento al que
pertenezcan sino la de la República en general, con mayor razón se les debe poner al
corriente de los principales acontecimientos de las poblaciones donde vinieron al mundo, y
de las limítrofes, porque es muy triste que las generaciones que se levantan no tengan ni
la menor noticia de los hechos que se llevaron a cabo en tiempos memorables tanto en el
municipio de sus mayores como en los circunvecinos." Y más adelante, como para
corroborar lo que ha dicho, dice:
"Quiero que los
niños de Villa Pinzón aprendan que en parte del territorio donde se fundó siglos
después a Hatoviejo, y no muy lejos de la población de Chocontá, población que data
desde tiempos prehistóricos, que en lenguaje chibcha significa sementera de páramo...
hubo un combate indígena entre Michua soberano de Hunza, hoy Tunja y Saguanmachica, Zipa
de Bacatá, hoy Bogotá".
En torno a la
personalidad y obra de Ramón C. Correa hay que expresar el deseo de que sus "Apuntes
sobre Hatoviejo hoy Villa Pinzón" pronto sean reeditados para ser leídos por los
niños a quienes tan cariñosamente se dirige.
Los dos historiadores
mencionados ganaron ya la gratitud y el reconocimiento de los villapinzonenses. Otro
narrador de los acontecimientos de Villapinzón es Pablo E. Sánchez, nacido en el pueblo,
recopilador de informaciones y tradiciones, citado por los estudiosos de la historia. Su
obra también debe ser publicada. En otra parte de este libro aparecen algunas de las
informaciones compiladas sobre el tema religioso del ilustre y joven sacerdote e
historiador villapinzonense, Jorge Orlando Contreras.
Pero estas notas sobre
los historiadores de Villapinzón quedarían truncas si no se destacara el beneficio de
los primeros periódicos como "El Faro" que se editó en 1936 bajo la dirección
de Pedro Antonio Sánchez A. y, recientemente, "El Paladín". Su fundador,
ingeniero de profesión, constructor de varios acueductos veredales, Orlando Lizarazo,
reúne también las condiciones del periodista, analista y crítico en bien de su pueblo.
La publicación de "El Paladín" ayudó a la organización de los festejos del
bicentenario de la fundación de Villapinzón -1776 1976-, fecha que se celebró muy
dignamente.
Además, surgió en torno
al periódico una nueva sensibilidad creada por un grupo de destacados profesionales que
ayudaron con sus colaboraciones periodísticas, críticas y observaciones al
engrandecimiento y progreso de nuestro pueblo. Todos eminentes villapinzonenses entre los
que se destacan Fabio Farfán, Esteban López, Campo Elías Lizarazo, Santiago Barrero,
José del Carmen Escobar, Rémigio Melo Otálora, Misael Lizarazo Arévalo, Fabio
Sánchez, Joaquín Cuevas Fernández, Mariano Barrero, Lilia Helena Cortés Gómez y otros
ciudadanos no menos importantes.
Este y otros grupos de
nuevos profesionales, todos unidos por el cariño a su tierra natal, son los que han
venido impulsando el desarrollo del Villapinzón moderno, el de ahora, el que aglutina a
sus ciudadanos en torno al progreso de esta nueva ciudadela educativa de Colombia.
Dentro de ese panorama
actual sería injusto no referirse, al menos, a los tres últimos alcaldes, vástagos de
antiguas y nobles familias del pueblo, quienes se han distinguido por su honradez y
entusiasmo al cumplir diversas tareas en bien del municipio. Ellos son: Raúl Arévalo,
Fabio Sánchez, y el actual Alcalde Especial, Zalatiel Barrero Farfán.
Al terminar estos
comentarios históricos se presentan en mi memoria muchos seres queridos, merecedores de
afecto y elogio. Qué decir de ese hombre excepcional, maestro de maestros, Pedro Julio
Ospina, que enseñó a muchas generaciones a leer y con su buen ejemplo a comportarse
dignamente? Cómo olvidar la dedicación y generosidad de quien todos llamaban "el
doctor Granados", hombre que llegaba listo con la medicina y el afecto hasta los más
humildes campesinos? o, a José María González, rector del Colegio Próspero Pinzón, o
a la Reverenda Madre Verena Roldán de la comunidad franciscana, constructora material y
espiritual de la Normal que tanto beneficio ha traído al municipio?
Imposible seguir
nombrando a tantos que llegaron de otras tierras, que merecieron y recibieron el cariño
de los villapinzonenses.
Pero hay algo principal
que aún falta. Me refiero a la mujer de Villapinzón. Han sido mujeres compañeras,
trabajadoras, verdaderas matronas llenas de hidalguía, madres cariñosas que han sabido
enseñar a sus hijos y llevarlos, como aún se dice, por el buen camino. Mujeres que con
el azadón han acompañado a sus maridos, sembrando y cosechando, en la lluvia y bajo el
sol; hilando y tejiendo; cocinando, ordeñando, barriendo y, en fin, haciendo todos los
trabajos para lograr la más bella felicidad, la de amar a sus maridos o compañeros con
todo apego, dignidad y lealtad.
Ahora las jóvenes
mujeres trabajan como jueces, abogadas, personeras, secretarias, profesoras, profesionales
ejemplares que recibieron y siguen dando el ejemplo del trabajo, la dignidad y la
constancia. Son ellas las que junto al hombre, están haciendo historia buena, bella y
ejemplar para Colombia.
Imagen
El
asiento, la ruana, el uso..., lo esencial y nada más.
La
mujer campesina cose galones de colores para sus hijas o agrega remiendos a los sacos y
calzones de sus hijos y su esposo. El gatito de la casa la acompaña en sus quehaceres.
FIESTAS PATRONALES
Por Amparo Angel
Varios meses antes
del 4 de diciembre, todos los años, desde hace mucho tiempo, comienzan los preparativos
para la celebración de la fiesta en honor de la patrona de Villapinzón, Santa Bárbara.
Se reúne el Concejo
Municipal para discutir los pormenores de la fiesta popular que se llevará a cabo
inmediatamente después de la celebración religiosa, ya que el Municipio costeará el
evento. La parte religiosa estará a cargo de la Iglesia, representada por el Párroco, la
Junta y los Alféreces quienes, a su vez, correrán con los gastos de la fiesta de la
Patrona.
Tal vez pocos
Villapinzonenses saben quién fue en realidad Santa Bárbara y conviene recordarlo:
En tiempos de los
Romanos, existía una provincia dominada por el Imperio, llamada Bitinia, situada a
orillas del Mar Negro. Su capital era Nicomedia. En esos tiempos, el Cristianismo era
perseguido hasta el punto de quitar la vida a miles de personas que profesaban la
religión fundada por Jesucristo. Una joven de 16 años, de nombre Bárbara, hija de un
funcionario del Imperio, profesaba la nueva religión. Su padre, Dióscoro, se atrevió a
denunciarla ante los tribunales, martirizarla haciéndole cortar un seno y además, a
ejecutar la sentencia de decapitación por su propia mano. Esto ocurrió hacia el año 235
d.C. Cuenta la leyenda que, poco después de la muerte de Bárbara, su padre fue fulminado
por un rayo. Su fiesta se celebra el 4 de diciembre, desde hace muchos siglos. No
obstante, por problemas históricos, dejó de figurar en el Calendario Oficial de los
Santos, desde el año 1969.
La tienda de doña Aura
María de Cárdenas, situada en la carrera 5 No. 5-17, un domingo por la tarde, nos sirve
de sitio de reunión con esta auténtica matrona que recuerda cómo, desde niña, ha
presenciado la celebración de la fiesta de Santa Bárbara y también nos relata los
detalles de otras fiestas, como la de la Virgen del Carmen de quien es especialmente
devota. Doña Aura María, mujer fina y sencilla, atiende con dedicación a sus
innumerables clientes mientras nos narra todo lo que recuerda de estas fiestas tan
especiales para su pueblo, Villapinzón.
FIESTA DE SANTA BARBARA
Los Alféreces son los
devotos de Santa Bárbara y, por consiguiente, los que costean la fiesta; no obstante, hay
una junta que es la encargada de organizar el evento. Se deben armar los pabellones con
flores y cintas, definir el orden de la procesión, hacer el programa, comprar los
voladores, etc., en fin, organizar todo para que la fiesta sea espléndida, en todo caso,
"más lucida que la del año anterior".
El 3 de diciembre, a las
doce del día, comienzan las "Vísperas", costumbre muy antigua en los rituales
de las fiestas religiosas del cristianismo. Se escuchan las marchas, danzas y bambucos
tocados por la Banda Municipal que desde su iniciación le dan ese toque de alegría y
regocijo a la celebración. Se quema mucha pólvora según la antigua tradición española
y enseguida, esa misma tarde, comienza la Confesión de los Alféreces, que son numerosos,
150 a 180, que se prolonga hasta bien entrada la noche. A las 6 de la tarde, mientras se
lleva a cabo la confesión, se celebra la Santa Misa por los Alféreces muertos.
El día 4, a las 10 de la
mañana, hay una Misa Solemne, toca la Banda nuevamente y se hace gran despliegue de
voladores para que se escuchen desde muy lejos. El paso o anda donde es llevada Santa
Bárbara, va adornado con arco de luces y un arbolito de Gaque en la parte de atrás.
Adelante va la Santa Cruz con cirios llevados por acólitos y detrás, el paso de la
Patrona, precedido por el Párroco y rodeado de los pabellones que portan los Alféreces.
Esa misma tarde se hace
la fiesta popular con toreo. Antiguamente el sitio de la corrida se cercaba con barreras
de varas y se toreaban terneros. Hoy, el evento se hace con toreros profesionales, reses
de casta y en la plaza de toros municipal. Las fiestas se prolongan hasta el 8 de
diciembre, día de la Inmaculada Concepción.
Santa
Bárbara, Patrona de Villapinzón. Hermoso cuadro del célebre pintor santafereño.
Gregorio Vásquez.
FIESTA DE LA VIRGEN DEL
CARMEN
El 16 de julio se celebra
tradicionalmente en Villapinzón, la fiesta de la Virgen del Carmen. Comienza la víspera,
el día 15 a las doce del día, con música, pólvora y globos. Esa noche hay fuegos
pirotécnicos y mucho derroche de pólvora mientras dentro de la iglesia se lleva a cabo
la Misa por los Alféreces muertos y la confesión de los nuevos.
El 16, a las 10 a.m., hay
Misa Solemne y frente a la Alcaldía, la bendición de los automotores que han comenzado a
llegar desde muy temprano: automóviles, camperos, camiones, buses, tractores, tractomulas
y hasta los carritos de juguete de los niños, pasan para ser bendecidos y recibir el agua
bendita y una imagen de la Virgen.
A las 12 se oficia una
misa en la Estación del Ferrocarril y a las 2 p.m. comienza la procesión. La imagen de
la Virgen va en andas, sin arco y adornada con muchas flores; recorre el pueblo y visita
las cuatro estaciones o Ermitas que los devotos le han preparado en distintos lugares:
Molino San Antonio, Barrio Bella Vista, Barrio Próspero Pinzón y nuevamente la
Estación. En estos sitios se escuchan las plegarias y las Salves entonadas por los fieles
y un pequeño sermón. Después del recorrido se llega nuevamente al atrio donde los
padres han llevado a cientos de niños que esperan ser bendecidos por la Virgen del
Carmen.
Sin duda alguna, la
devoción por la Virgen del Carmen es una de las más arraigadas en el pueblo, y no sólo
en Villapinzón. Su imagen se había convertido en el símbolo de la religión católica
pues ningún cristiano podía dejar de llevar en su pecho el escapulario de la Virgen del
Carmen. Este, según las creencias, lo salvaba de todos los males y dentro de las leyendas
populares, se llegó a decir que las balas no penetraban en el cuerpo por estar defendido
por el escapulario.
En la fiesta de la Virgen
uno de los actos principales y más fervorosos lo constituía la Bendición de los
Escapularios que los había de todos los tamaños, desde los infantiles hasta los
elaborados con finos paños de color carmelito, y bordados a mano.
En cuanto a otras fiestas
religiosas, hay que recordar los Aguinaldos, que precedían al nacimiento del Niño Dios.
Se percibía en el pueblo una alegría ingenua, sostenida por las divertidas apuestas de
Aguinaldos. También, cada noche se celebraban las novenas en las cuales se cantaban
hermosos Villancicos. El 24 de diciembre, a las 12, se celebraba la Misa de Media Noche.
Una estatuilla del Niño Dios bajaba del coro en medio del sonido de campanillas hasta
posarse en la cuna de paja del pesebre. Sonaban los Villancicos que remedaban el canto de
las aves, las panderetas, castañuelas y sonajas.
Otras fiestas como la de
San Isidro, San Antonio, el Corpus Christi y la Semana Santa, revistieron especial
devoción y esplendor.
UNA
FOTOGRAFIA PARA RECORDAR
1952.
Homenaje en el restaurante Temel a los doctores José Domingo Farfán, Roberto Barragán y
José Miguel Cruz. Entre otros, aparecen los abogados Buenaventura Guzmán, Adonías
Torres, Luis Barragán, Hernando Cuevas, Alfonso Segura. Los educadores, Carlos Alberto
Guzmán, Didacio Segura, Pedro Julio Ospina. Los odontólogos. Hugo Fernández y Mario
Ospina.
De las figuras ya
fallecidas, y que aparecen en esta fotografía, se recuerda con gratitud al doctor José
Domingo Farfán especialmente por su empeño y logro de la convivencia pacífica y el
progreso del pueblo. Hombre destacado en la Administración Pública, persona amable y
bondadosa que supo atender con auténtica gentileza a sus paisanos.
Alfonso Segura, luchador
constante por el bien de Villapinzón, realizador de muchas obras en el pueblo y las
veredas. Continuó con la honestidad y el tesón de sus antepasados.
Sería imposible
enumerar, por su cantidad y calidad, a los profesionales y personajes actuales que le
están dando honor, no sólo a su pueblo sino a la nación.
Imagen
LA MIL UNO
Agustín Cuevas
Fernández
Para la fecha del
episodio que ahora cuento, el año de 1.928, frisaba yo entonces en los 5 años. Desde
hacía meses había observado durante mis paseos de la mano de mi padre, al igual que
todas las demás personas, la ejecución de muchas actividades salidas del normal
desarrollo de la vida pueblerina de mi terruño, agrícola y ganadero por tradición. Unos
señores altos de cuerpo, monos, de ojos claros, de hablar ininteligible; vestidos con
raros atuendos como polainas, chaquetas especiales, sombreros "corchos",
conducían toda una peonada para abrir trocha por entre el monte de maleza y también de
árboles añejos; trazar caminos; triturar a golpe de almádena la piedra; apisonar la
vía y nivelarla, para instalar luego una interminable serie de trozas de árboles que
habían crecido en nuestros bosques y a los que llamaban durmientes". Qué
"apelativo" si encima de ellos iban los rieles paralelos.
Después de indagar
varias veces sobre lo que pasaba, un señor me informó que unos técnicos belgas (no
entendí), estaban construyendo la línea férrea (entendí menos), para que por allí
pasara el ferrocarril (entendí muchísimo menos) "o el tren como tú quieras
llamarlo". Pero estas obras de los extranjeros no terminaban en el centro del pueblo,
pues luego de traspasar el casco urbano continuaron extendiéndose a lo lejos. Una vez
organizaron un paseo mis hermanos y unos amigos, a un sitio de la tal carrilera, que me
pareció extremadamente lejos, y que llamaban (y aún hoy se llama) la "Y",
porque los rieles (y esto lo aprendí por lo menos ocho años después), se construyeron
en forma parecida a la letra "Y" a fin de que la máquina y algunos pocos
vagones, después de dar un corto rodeo, pudiesen regresar de frente. Es decir, en sentido
contrario, pero no en reversa.
Pues bien: un día el
Alcalde Municipal, promedio del "bando" informó la fecha en la que llegaría
por primera vez el tren a mi pueblo. Por los comentarios que hacía mi padre con sus
amigos, aquello sería algo nunca visto. Figúrense lo que significaba para un
conglomerado de labradores que nunca, o casi nunca, salía de sus parcelas. Pocos tenían
idea de estos fantásticos vehículos. Algunas personas, entre ellas mi padre, hacían un
viaje de por lo menos seis horas a caballo, en muy buena bestia, para "coger el tren
del Norte" en la estación de Nemocón. Pero esta jornada era de una o dos veces al
año y por motivo muy especial.
Debió parecerles
imposible cambiar el mugido ansioso de la vaca que pide a voces el ordeño o que busca el
corral para descansar a la hora en que el día recoge sus pendones, por el alarido de la
máquina de vapor. Tornar el multiforme ronroneo del viento entre las frondas, que es
himno y ofrenda, en el chirrido de vagones, resortes y enganches. Cambiar el tranquilo, el
pausado carro de yunta, movido por la pereza de dos bueyes, por los rugientes y
desafiantes impulsos de la inmensa máquina locomotora. Pero lo hicieron. Vistieron de
gala la casa que se destinaría para la estación. Llegó el Párroco con capa pluvial y
agua bendita, acompañado de su séquito de acólitos. El Alcalde y el Personero con sus
vestidos domingueros y una tropa de gentes de todas las edades y condiciones. Flotaba
sobre las cabezas el nerviosismo, según me cuentan, y la curiosidad empujaba a los
presentes con sus brazos de ágil maromero.
Mi padre resolvió que,
como debíamos estar a prudente distancia (por lo que pudiera suceder) lo óptimo sería
ubicarnos en El Rudal, un potrero de nuestra propiedad, situado a pocas cuadras de la
Estación, bordeado precisamente por la tal línea férrea. Allí fuimos con mi padre, mis
hermanos mayores y muchos curiosos.
Cerca de la hora
anunciada se percibió un resoplido feroz y el ensordecedor impacto de cinco pitazos
prolongados y penetrantes que rasgaron la mantilla que cubría la faz ingenua del mi
pueblo; y en el mismo instante, los peritos en la materia comenzaron a lanzar
verticalmente los cohetes que colmaron el espacio con su bullicioso y alegre reventar.
Pero, también en ese mismo instante, comenzó mi corazoncito a saltar con desbocado
asombro, ya casi presa del pánico.
A cada instante los
rugidos se hacían más cercanos y más abrumador el silbido insistente de su pito que
golpeaba, con fuerza convertida en eco retumbante, la testa veneranda de los cerros; se
desmayaba en el regazo florecido de Altamira y a veces se zambullía en las heladas aguas
del Río Funza. Yo tiritaba. Comenzaba a gemir y cuando sentí el traqueteo del suelo y
divisé la enorme máquina negra que amenazaba con su rugido, me reventé en llanto
innenarrable, solté la mano de mi padre y me lancé a correr como un cervatillo potrero
adentro para guarecerme entre el matorral de alisos, morales, escobas y junquillos. Allí
gritaba desaforadamente como si una hecatombe oprimiera mis entrañas infantiles.
Desde el escondite y por
entre los visillos de las lágrimas, vi cruzar la gigantesca máquina negra, con su
penacho de humo gris-oscuro, lanzando carbones encendidos por su infinito abdomen y
emitiendo golpes de vapor por todos los costados a través de sus válvulas de escape.!!!
Y ese pito que me aterrorizaba!!! Rompía en mil pedazos los placenteros castillos del
espacio pueblerino construidos con finura en purísimos cristales de paz campestre y de fe
sencilla pero profunda. Mis ojos desorbitados siguieron abismados el paso audaz del
"tender" colmado de carbón, seguido de uno, dos, tres y cuatro vagones que
hacían trepidar el suelo, enantes regazo generoso de los surcos que acunaban con deleite
amoroso las cosechas. Permanecía agazapado y atónito. !Inmensamente petrificado!
Pienso ahora que mi padre
y mis hermanos, por la violenta emoción que los embargaba, no se percataron que yo había
perdido el control de mis actos por algunos segundos.
Como por entre las
neblinas de un ensueño me parece haber escuchado en ese momento que mi hermano mayor
gritaba, atafagado de la felicidad: ¡Sí, es la máquina mil uno! Esa es.!!! la 1 .001!!!
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