VILLAPINZÓN

Luis Antonio Escobar

 

SENTIDO RELIGIOSO

LA RELIGION EN VILLAPINZON

Por Luis Antonio Escobar

EL SENTIDO DE LO RELIGIOSO

La esencia del hombre, antes y después del llamado Descubrimiento de América, fue el sentimiento religioso. Por quince siglos, simples pescadores, anacoretas, frailes, reyes, emperadores, monjes, sacerdotes, doctores, obispos, cardenales y papas, habían conformado el poder espiritual y material más grande que haya existido en la historia de la humanidad, el Cristianismo. Y así como el viaje a la luna y las explosiones atómicas siguen transformando al hombre del siglo XX, en la Europa de entonces, con la primera división permanente del cristianismo en el siglo XVI, se iniciaron las más profundas convulsiones cuyas consecuencias aún sentimos.

Las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg en Alemania principiaron a incendiar el espíritu religioso de Europa. Allí aparecieron, para ser leídas, en 1517, las 91 tesis de Martín Lutero y un poco después, en 1520, en la plaza de la misma ciudad, se elevarían las llamas que consumieron la bula pontificia en la cual el Papa exigía a Lutero su retractación. Con las llamas que quemaban la bula del Papa como respuesta de Lutero, también se atizaba el fuego más poderoso, el de la intransigencia religiosa. Cada uno se creía el único verdadero intérprete y representante de Jesucristo en la tierra.

La guerra llegaba a los campos y a las ciudades de Europa y América. Aquí llegó a los extremos de la monstruosa inquisición contra los indígenas, que algunos europeos consideraban sin alma y a quienes en ninguna forma se había referido Jesucristo Redentor ni las Sagradas Escrituras.

Aquellas catástrofes, choque entre cristianos, protestantes y católicos, y sus consecuencias, choque de culturas, indígenas y europeas, siguen conmoviendo el mundo actual. Inclusive, en Colombia, algunos grupos, lamentablemente, ponen en duda el derecho universal del hombre a escoger su propia religión.

EL ARTE Y LAS IGLESIAS

En relación con el arte, los protestantes desalojaron de los templos todas las manifestaciones escultóricas y pictóricas: imagenes, santos, ángeles, adornos, pinturas, dejando solamente la música como su expresión religiosa. Los católicos, por el contrario, por siglos, habían propiciado la creación artística como forma de alabar a Dios. De ahí surge el boato, la exaltación, el adorno en todas sus manifestaciones, lo cual se trata de resumir, ya para el siglo XVII, con la palabra Barroco.

El sentimiento despertado por las artes, se utilizó para ganar adeptos, para alabar a Cristo Rey, en ese momento como Dios Triunfante. La Iglesia Católica seguiría como hermana de las artes y en el Nuevo Mundo ganaría su batalla religiosa o de evangelización por medio del idioma de la música, la arquitectura, la escultura, expresiones que los indígenas entendieron y aceptaron.

LA EXALTACION DE LA FE

La Danzarina de la Iglesia del Nuestra Señora del Topo en Tunja, bellísima escultura de Bernardo de Legarda, renombrado artista quiteño.

Reproducciones de su obra pasaron por los caminos de Villapinzón rumbo a Tunja.

Los evangelizadores trajeron de Europa, especialmente de la España reinante, las expresiones del Barroco que se sintetizaban con la exaltación de la Fe. Esta conquistó a los pintores y escultores que se embelesaron con su propio poder narrativo, que muchas veces sobrepasó el relato religioso auténtico para solazarse con lo fantástico. En otros casos bastaba la simple narración de las arrebatadoras historias que conmovían y creaban la fe.

El incomparable Francisco de Zurbarán, nos conmueve con la expresión de fe que pinta en San Lorenzo, uno de los siete diáconos y discípulos del Papa Sixto II. Este santo se dirige firmemente hacía la ardiente parrilla para ser asado lentamente. Es espeluznante también el cuadro de Santa Bábara, Patrona de la Parroquia de Villapinzón, quien entrega su propia cabeza, y la escultura (Museo de Arte Religioso de Santafé de Bogotá), del artista Pedro de Laboria, que muestra a la santa con uno de sus senos rebanado por la cuchilla que lo deja sangrante. Los lienzos de José Ribera sobre San Sebastián y de tantos otros santos lacerados, exaltan la fe de los creyentes.

Ese sentido de lo fantástico como trueque de la realidad, llega al Nuevo Mundo y atiza el otro sentido de las religiones precolombinas, para después mezclarse con lo traído y danzado por los negros. La pintura y escultura se convertían en el más poderoso medio de comunicación de la religión católica, especie de audiovisual presentado permanentemente en las iglesias.

INFLUENCIA DEL BARROCO EN LOS PUEBLOS

Hermosísimas Vírgenes de muchas advocaciones llenaron los nichos de los templos de pueblos y ciudades. Talleres de pintores anónimos crearon escuelas con estilos propios y con alumnos destacados, especialmente en Cuzco, Quito, Lima, Popayán, Santafé de Bogotá. (Museo de arte religioso. Popayán).

Este sentimiento religioso del Barroco se incrustó dentro de la nueva mentalidad indígena y su influencia llegó no sólo a Hatoviejo y a Villapinzón. Se podría decir que, aparte del sentido religioso, los pueblos percibían por primera vez la organización en las expresiones artísticas y que, más que comprenderlas, las gozaban. Así se creó el sentido de solidaridad, a veces impuesto, como cuando se exigía que toda persona debía ir a misa en Hatoviejo.

Se creó un estado o sentimiento religioso ascético, duro, fantástico, sustentado en creencias sobre las Animas Benditas del Purgatorio, los Mártires, los cielos, los infiernos, los pecados, excomuniones y demás medios para impresionar a los fieles.

Como contraste con lo violento y desproporcionado de los castigos por el pecado, surgía la esperanza, la dulzura de la Virgen María, el goce de los colores con los cuales revestían a los santos que, increíblemente, aparecían junto a la Madre de Dios y al Padre Eterno. Aquello era fantástico. Se podía llegar a estar junto al Divino Salvador y a sus amados santos.

Era apenas natural que también se tuviera fe en el poder de Dios y los Santos en la tierra. Esa fe en llamaradas, pintada como lenguas de fuego, iría a producir milagros que se multiplicaban por medio de las devociones a los santos, intermediarios ante Dios. Por ésto se llega, como si se tratara de hospitales y consultorios modernos, a las más curiosas especializaciones. Un determinado santo le hacía el milagro a los ciegos, otro se encargaba de los paralíticos, aquel detenía los terremotos, otro hacía aparecer las cosas perdidas, y hasta novios y novias podían surgir según la devoción, sin excluir lo que aún se practica, la devoción a San Judas Tadeo a quien muchos ladrones tienen por su benefactor. Era, y quizá lo sigue siendo, una religión de santos y milagros.

EL MILAGRISMO

Ese milagrismo, durante mucho tiempo auspiciado por muchos sacerdotes, llegó al Nuevo Mundo y encontró terreno amplio. Ese inmenso río de la fe popular llegó de Europa para unirse con los mundos mágicos de los precolombinos, con la fe del Piache o del Brujo negro. Era también una especie de primera socialización de la religión ya que el pobre, el humilde, el enfermo, el pueblo, recibían de primeros el premio de la Vida Eterna junto a Jesucristo.

Las artes habían ennoblecido al hombre y humanizado al Dios del cristianismo. De aquellas imponderables creencias y corrientes sigue brotando diariamente la magia del mundo latinoamericano. Esa fe salvadora de los católicos fue el río desbordado que en pleno siglo XX iría a chocar con el mar de creencias religiosas, emociones, milagros científicos (la radio y la televisión especialmente) y demás perplejidades que la mayoría de jerarcas y creyentes aún no han podido descifrar.

EL SENTIDO DE LA LIBERTAD

El haber aflojado las riendas al pueblo, y aún más, el haberle dado a probar las delicias del arte y de la sensualidad, iban a producir la más bella exigencia, el anhelo más íntimo y profundo: el sentido de la libertad. Hasta entonces la libertad había sido goce de los pocos cultos, de los poderosos. Ahora el pueblo, atraído y consentido por la Iglesia, conquistaba su primera victoria, la de intuir la libertad como su más profundo placer. El primer paso se daba en el Barroco y el Rococó, con los goces del hombre, con el arte y la religión humanizados, en este caso la religión Católica, Apostólica y Romana.

Ya no sería pecado que la mujer cantara ni escandalosa la utilización de los instrumentos en la iglesia. Pocas décadas más tarde, hombres y mujeres del pueblo entonarían la Marsellesa. Beethoven encontraba su propia libertad. Entonces se obtendrían otros derechos del pueblo y así también llegaba la Independencia de todas las naciones americanas que abrirían el camino para conseguir otras liberaciones, la más importante, la del mismo ser humano.

Los indígenas ya podrían ser libres, seres humanos respetables, con derecho a la escogencia y no a la imposición de determinada religión y forma cultural, principio fundamental de los derechos del hombre que está por encima de los intereses de cualquier gobierno. Reiteremos que el proceso de la liberación del hombre se aceleró por medio de las expresiones artísticas.

EL ARTE RELIGIOSO EN EL NUEVO MUNDO

Otro de los milagros es la espléndida floración del arte en el Nuevo Mundo. Se contagiaban las fantasías de los españoles y de los indígenas, se unían sus aspiraciones y se plasmaban en los bellísimos retablos, pinturas, esculturas y partituras musicales. Asombra, no se sabe qué más, si la prodigiosa y prolífica obra, o el desdeño que perdura hasta nuestros días. Como verdaderos apóstoles, sencillos, pedagogos hermanos de los indígenas, los primeros franciscanos que llegaron tanto a México como a Quito, inciden definitivamente en la creación artística. De esta última ciudad parte el desarrollo de las artes plásticas.

Esta viñeta de la Virgen del Rosario fue pintada en el año 1588 en Quito por el Padre Pedro Bedón quien, desterrado por defender a los indígenas, pasó a Tunja en donde realizó pinturas, dibujos, ornamentaciones en la iglesia de Santo Domingo y posiblemente en el Convento del Desierto de la Candelaria.

Por Villapinzón, en ese tiempo ni siquiera Hatoviejo, debió pasar fray Pedro Bedón, camino hacia Tunja. En 1588 había pintado el cuadro más antiguo de la pintura quiteña, la Virgen del Rosario.

Venía desterrado de Quito por defender a los indígenas. Dice el historiador José Maria Vargas: "Su presencia en Santa Fe determinó la creación de la Cátedra de Teología en la Universidad de la capital del Nuevo Reino de Granada. En el Convento de Bogotá decoró los claustros con pinturas murales. Asignado temporalmente a Tunja, construyó ahí la Capilla del Rosario cuyos muros adornó con pinturas de Santos Dominicos".

Su influencia en el Nuevo Reino debió ser definitiva. Bajo su dirección se formaron algunos pintores indios, entre los cuales sobresalió Andrés Sánchez Galque. De allí, Quito, surgiría la escuela de los famosos pintores: Angel Medoro, Miguel de Santiago, Nicolás Javier Goribar, Manuel Samaniego y, especialmente, los más conocidos: Manuel Chilli (Caspicara) y Bernardo de Legarda cuya famosa Virgen, La Danzarina, pasó transportada a lomo de mula por los caminos de Villapinzón cortada en dos pedazos, para ser armada en su altar de la iglesia de la Virgen del Topo en Tunja.

LOS RITUALES

Durante los primeros siglos del cristianismo, San Ambrosio, obispo de Milán, San Agustín y, posteriormente, San Gregorio Magno, organizaron la liturgia, es decir, las celebraciones de los ritos, especialmente con el canto como medio de oración.

Durante el Barroco son los decretos salidos de los Concilios como el de Trento, 1551, con el Papa Julio III, "De Sanctissima Eucharistia" que creó el culto al Santísimo Sacramento expuesto en el altar, "Dios Presente en la Hostia Consagrada". Estas influencias y nuevas manifestaciones de esplendor religioso se afianzaron en los pueblos. Aún recuerdo las ceremonias del Trisagio, el canto, las flores, y en especial, el verdadero sentimiento religioso de los villapinzonenses cuando el primer jueves de cada mes, a las tres de la tarde, se exponía el Santísimo.

También el Concilio apoyó definitivamente el culto a los santos, a las reliquias y a la Virgen Recomendó e instruyó sobre las invocaciones y el uso de éstas. En cuanto a las imagenes, deberían evitar toda belleza escandalosa. Era necesario que el arte trasmitiera, en forma directa y simple, la idea de dolor, la humillación y sufrimiento de Cristo, de cientos de santos y mártires. Las estatuas policromadas, muchas con articulación y cabellos humanos, hacían más cierta la idea de sufrimiento, apuraban el arrepentimiento y aseguraban el sentido de la fe.

Naturalmente en Villapinzón, como en todos los pueblos de Colombia, se afirmó el sentido de lo Barroco propiciado por la religión. Las fiestas de las Santas Vírgenes, Perpetuo Socorro, de Chiquinquirá, del Carmen, Santa Bárbara, y de decenas de santos mas, se convirtieron en esencia de la religión.

El honor de celebrar las fiestas se ponía en venta, como en los juegos de la bolsa de New York, a quienes dieran más. Allí entraba a regir la cantidad de dinero y en las plazas, la exuberancia de las fiestas que tenían de pretexto la fe y las devociones. Lo superficial, las fiestas religiosas a santos y vírgenes, los derroches, se habían convertido en esencia de la religión, en folclor atractivo que ahora, en muchas regiones, incluye la competencia con las "reinas de belleza".

Hace falta un examen serio del comportamiento religioso en nuestros pueblos, de sus cambios, de sus grandes virtudes y defectos y de los nuevos problemas que ya los están afectando: falta de educación adecuada a la realidad actual, pues ya no se vive en la edad de la fe y el púlpito, sino de la televisión; consumo excesivo de alcohol, no sólo de los hombres sino de las mujeres, sin que exista programa para solucionarlo; pérdida preocupante de sus tradiciones artísticas; juventud numerosa sin bibliotecas, sitios de recreo y sana distracción; divorcio entre párrocos y alcaldes. En fin, se va a entrar al siglo XXI y hay necesidad de replantear la educación y el comportamiento adecuado a la nueva época.

LAS IGLESIAS EN VILLAPINZON

Ya sabemos, por las relaciones de nuestros historiadores, que la primera iglesia en Hatoviejo fue una capilla al pie de la quebrada de La Quincha. Después se construyó otra y al respecto nos dice el Padre Contreras: "Por el año de 1.780, el alcalde de aquella época, don Francisco Monroy y Vargas Figueroa, "apoderado general de los vecinos de dicha Parroquia", manifestaron al corregidor y justicia mayor de Tunja, que los vecinos habían acordado levantar Iglesia de Tapia y Teja, con una contribución, para reemplazar la existente, de madera, paja y embarrados desde los cimientos".

Después se construirá otra iglesia, en el año 1.876, por el cura Manuel Silvestre Anzola Vera, según el estudio del Padre Contreras quien posteriormente nos dice: "Por los años de 1.880 los viajeros hacia el norte de la República veían al acercarse al pueblo de Hatoviejo una torre de pocos metros de altura y una Iglesia de construcción rudimentaria. Eran paredes de tapia pisada a excepción de la Sacristía, que alguno de los tres Párrocos anteriores había levantado de adobe". (Con el número 39 está el pie de página que dice: Centro Histórico de Tunja, "Repertorio Boyacense" T.VII No. 79 págs. 420-423).

Ahora volvamos nuestra atención sobre lo que se llamó en su tiempo, "La Nueva Iglesia". Me sustento, nuevamente, en el estudio del Padre Contreras: Con enorme respeto se refiere al Presbítero Sr. Don Simón Bernal que llegó como cura de la población en el año 1.886. "Su gran preocupación se centraba en hacer de las almas de sus feligreses dignos templos vivos del Espíritu Santo, sustentados en la fe sencilla. Juntó recursos y empezó los trabajos de la nueva iglesia y los sostuvo con inquebrantable constancia durante 18 años que estuvo administrando la Parroquia. Este mismo sacerdote hizo levantar los muros de piedra y la nave central; cubrió la nave principal, edificó un frontis y una cúpula a media naranja que fueron demolidas después por uno de los sucesores; hizo el bautisterio, precioso con un estilo dórico tallado en piedra y la capilla del calvario, luego adornó hermosamente la iglesia con estatuas y cuadros de arte religioso que deleitaba la vista".

Aquí se podría preguntar en dónde están aquellas obras de arte. Siguiendo la transformación del templo se llega al Reverendo Padre Francisco Angulo quien sucedió el 18 de mayo de 1.903 al Dr. Simón Bernal. "virtuoso sacerdote a quien tocó descargar la nave central pues amenazaba ruina. Construyó una especie de enramada, levantó los muros de la nave sur, pero fue trasladado a Carmen de Carupa el 23 de febrero de 1.908. Viene luego a regir los destinos de la parroquia el presbítero Ismael Téllez quien llegó a Villapinzón el 28 de febrero de 1.908. Encargó el plano para el nuevo frontis de la iglesia al ingeniero Doctor Ruperto Ferreira. Comenzó la obra de reforma. Los sillares de la cúpula y del frontis sirvieron en gran parte para la nueva obra. Pronto se vió levantado el nuevo cuerpo de la nave central y de las capillas del crucero junto con el arco toral, cubrió la nave principal y la capilla sur del crucero, levantó el paredón que acortaría la nave como hoy se ve. El frontis se erguía esbelto y sencillo ante la sorpresa y admiración de los pasajeros hasta ver terminada la torre norte y bien adelantada la torre sur, y como anuncio de regocijo general resonaron dos campanazos en la torre, de las campanas que había llevado desde Bogotá, el doctor Téllez. La nave sur se vió ya muy hermosa con sus adornos procurados por el artista Sr. Colombo Romelli. (Archivo Parroquial de Villapinzón, "Libro de Providencias", T. II.)

"Pero nuevamente era trasladado el sacerdote párroco de Villapinzón, esta vez a Manta el 8 de marzo de 1911. Le sucedió el Dr. Vidal León. Reanuda con gran optimismo y confianza en el Creador, la obra emprendida anteriormente por los padres Simón Bernal C. e Ismael Téllez. Termina el Dr. León la torre sur; construye el coro que reposa sobre dos columnas esbeltas y correctas; hace el cancel, adorna con gusto exquisito y refinado la nave central asesorado por don Colombo Romelli, luego con planos de don Ricardo Acevedo Bernal, construyen el altar mayor y el de Nuestra Señora del Carmen, donde colocan la estatua de la Virgen con el mismo nombre, de gran devoción para el pueblo colombiano.

Iglesia de Villapinzón en plena construcción. Aún no se levanta la segunda torre y el atrio está lleno de tierra y piedras. Los hombres llevan sus grandes sombreros y ruanas, las mujeres con faldas negras largas, sombreros, alpargates y pañolón. El color predominante y casi único era el negro.

En la torre sur coloca el reloj donado por el Pbro. Ricardo Muñoz el Párroco y le sucede el Dr. Eliécer Medina quien hace algunos arreglos en la iglesia y en la casa cural. Para febrero de 1.918 ya hay un nuevo párroco que es el Pbro. Luis María Bernal León quien construye el púlpito. Todavía no se inauguraba el famoso templo y es ahora, en 1.920, cuando es nombrado otro nuevo párroco, el Dr. Eliécer Garavito. Termina la ornamentación de la capilla norte y de las naves laterales y hace el altar del santo patrono, basado en el plano de Ricardo Acevedo Bernal."

O sea, que este famoso pintor y escultor hizo los planos del altar de la patrona Santa Bárbara, es decir, el Altar Mayor, que era tan bello y que fue derrumbado hace algunos años. También diseñó el altar del patrono, San Juan Bautista. Pero además, "cambia la mesa y el frente del altar mayor, el cual era de madera, por uno de piedra tallada con buen gusto y corrección; hace razgar las ventanas de la nave sur y ponerles sus bastidores de vidrio; ornamenta el bautisterio y la capilla del calvario; edifica el humilladero o sala de "profundis", en donde fueron veladas las reliquias de la consagración del templo en la víspera de la ceremonia; enriquece la Iglesia con finos ornamentos y vasos sagrados; manda a hacer dos confesionarios; empieza y lleva a cabo el parquecito que llevara por nombre Simón Bernal concluyendo con el acarreo de materiales para la reedificación de la casa cural.

Más adelante le corresponderá, sin lugar a dudas, la construcción del atrio, el cual tendría que conjugarse bellamente con la esbeltez, sencillez y elegancia de la casa de Dios".

El Padre Contreras no se refiere a la venta del "parquecito que llevara el nombre de Simón Bernal" en el cual ahora, desconociendo la voluntad de los feligreses, en vez de flores existen tiendas y comercios.

La obra estaba terminada. Se nota la constancia de los sacerdotes y de los pobladores de Villapinzón pues todos, en una u otra forma habían levantado esta hermosa iglesia. La inauguración y consagración reunió a los más distinguidos sacerdotes. Dice así el Padre Contreras:

"El siete de diciembre, día tan esperado por los Villapinzonenses había llegado; ya salían de Bogotá a las seis y media de la mañana en dirección a Villapinzón con la comitiva eclesiástica para la ceremonia: Ilustrísimo Sr. Dr. Leonidas Medina, Obispo Titular de Cámaco y auxiliar del Ilustrísimo Señor Herrera; M.R. Padre Ezequiel Villaroya, provincial de los misioneros hijos del Corazón de María, los tres canónigos Dres. D. Nepomuceno Fandiño E. y D. Eliécer Medina y el familiar Sr. D. Andrés Restrepo Sáenz, prosecretario del arzobispado; los señores Pbros. Doctores D. Víctor Barros Morales, Oficial de Dispensas de la curia primada y Maestro de Ceremonias de la Santa Basílica y D. Emilio de Brigard Ortiz, Secretario de Visita Pastoral; Antonio María Muñoz, organista y maestro de capilla de la Santa Basílica, notario esclesiástico del arzobispado.

Por un inesperado accidente automovilístico, tuvieron que regresar a Bogotá los Sres. canónigos Dres. Fandiño y Medina. El pueblo de Villapinzón esperaba impaciente desde las 11 A.M. al ilustrísimo Señor Medina y a su comitiva. Al tener noticia de tan desafortunado accidente se devolvió hacia la población con la banda de música, muy entristecido, pero con una gran espectativa ante el momento en que se anunciaba la llegada del Señor Obispo. Al llegar el ilustrísimo Señor Medina, el pueblo volvió sin demora a su espiritual regocijo".

Se nota en las páginas escritas por el Señor Presbítero Jorge Orlando Contreras, el entusiasmo espiritual, como si él mismo hubiera vivido aquella fiesta que culminaba con la consagración de la iglesia.

Es de esperar que las páginas de los historiadores Sánchez, Velandia y Correa y, desde luego, del presbítero e historiador Contreras, sean publicadas para obtener mayor y más profunda información sobre los hechos principales de nuestro pueblo.

Para terminar, nada mejor que percibir la emoción que siente el sacerdote villapinzonense, historiador Jorge Orlando Contreras al finalizar el capítulo dedicado a la iglesia.

"Este templo cuyo frontis, bautisterio, coro y mesa del altar mayor son un esfuerzo de elegancia y corrección, es no sólo una gloria de la arquitectura religiosa, sino una presea de la fe y desprendimiento de los hijos de Villapinzón. La pureza de líneas, la gracia de las torres, que parecen buscar entre las nieblas las casitas de hogares parroquiales, la majestad de la puerta principal, aquel conjunto armonioso, símbolo de la unión y paz en que habrán de vivir los hijos generosos de Villapinzón, todo ésto será predicación muda pero elocuentísima de que esas almas, ennoblecidas por sincera hidalguía, y agradecidas con el Señor por su hermoso templo.

Gloria y reconocimiento a aquellos sacerdotes que dejaron en esta obra no sólo fruto de sus esfuerzos, sino tal vez gran parte de sus haberes y de sí mismos".

Yo quisiera agregar que así como los hombres han dejado sus huellas de bondad y tenacidad con las construcciones magníficas de Chartres, de Notre Dame, de Chichén Itzá, Tepozotlán y otras más, así también los hijos de Villapinzón ya han impreso la huella de su tenacidad y de amor por lo bello y lo religioso.

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