PRELUDIO
Nuestros antepasados
indígenas se sustentaron con los frutos desentrañados de la tierra, el maíz, la
calabaza, la papa, las hibias y demás tubérculos que con otros alimentos siguen
nutriendo al hombre actual. Al mismo tiempo, los indígenas se vigorizaban con las más
bellas expresiones espirituales y creaban espectaculares templos, ciudades y joyas en
honor de sus amados dioses.
Con los siglos, llegaron
otros hombres a estas tierras. Traían la rueda y el arado, el trigo y la cebada, animales
y costumbres, todo lo cual, unido al aporte indígena, enriqueció al mundo llenándolo de
nuevas perspectivas, nuevos hombres y alimentos. Comenzaba el Nuevo Mundo, la
transformación, el ensamblaje que afanoso aún persiste en nuestros genes. Como por
encanto, brotaron pueblos trazados con cabuyas, iglesias con santos labrados en yeso o en
madera, amplias plazas empedradas, casi perdidas entre nieblas y recodos.
En mi pueblo, entonces
Hato viejo, con fina humildad se levantaba la primera iglesita de barro y teja que gozosa
escuchaba los rumores del agua pura de la quebrada de la Quincha (colibrí). El tiempo
empujaba y haría llegar la Revolución de los Comuneros. Los hombres de mi pueblo recién
nacido, serían de los primeros en adherirse a esas justas causas. Aquellos indígenas y
primeras mezclas de hombres y mujeres, construían la historia y se juntaban para luchar
al lado de Bolívar. Entregaban próceres y mártires, derramaban sangre que amasaba la
hechura de la patria, la que otorgaba libertad a los esclavos.
Después, nacieron otros
nobles generales, capitanes y soldados como Próspero Pinzón y Román Segura, que
lucharon por los ideales de su tiempo. Pero, como hierba mala, también creció la insidia
y el desmedido afán por el poder. Las malas guerras persistieron, las batallas se
trocaron en odios y rencillas que propiciaron horrendas matanzas fratricidas. Ya dolía la
patria. Entre las nieblas de los pueblos aparecieron pedazos de hombres que con su palidez
alumbraban la tristeza. Acaso el paso lento de las mujeres que gemían por sus muertos, la
severidad en las caras de los niños o la inteligencia de los hombres de mi pueblo, o todo
junto, fue lo que hizo que se comenzara otra vida, la de la hermandad o tolerancia, la de
buscar los alimentos, surcar, crear tenerías y telares, levantar industrias y comercios.
Y se llega a nuestros
días cuando las armas son los camiones, carretillas, arados, buses y tractores. En
verdad, hay que decir que Villapinzón es un pueblo que ha conseguido la felicidad con el
trabajo, que ha desterrado la pobreza y que ahora comienza una nueva etapa al albergar a
miles de estudiantes, de jóvenes que saben admirar el tesón, la honradez y la hidalguía
de esos campesinos de mano dura y piel tostada pero con alma delicada y de preciosas
tradiciones.
Se siente el orgullo al
saber que Villapinzón es buen ejemplo de Colombia. Pero es más. Sus habitantes ya han
comenzado la noble guerra en favor de la naturaleza. Saben que las nuevas armas consisten
en sembrar árboles acuíferosy en derrotar el horroroso cáncer de la erosión que afecta
sus propias tierras, labradas con tanto amor desde hace siglos. Saben que el agua debe
crecer para calmar la propia sed, la de sus sementeras y la sed de todos los hombres de la
tierra.
Luis Antonio Escobar