VILLAPINZÓN

Luis Antonio Escobar

 

PRELUDIO

Nuestros antepasados indígenas se sustentaron con los frutos desentrañados de la tierra, el maíz, la calabaza, la papa, las hibias y demás tubérculos que con otros alimentos siguen nutriendo al hombre actual. Al mismo tiempo, los indígenas se vigorizaban con las más bellas expresiones espirituales y creaban espectaculares templos, ciudades y joyas en honor de sus amados dioses.

Con los siglos, llegaron otros hombres a estas tierras. Traían la rueda y el arado, el trigo y la cebada, animales y costumbres, todo lo cual, unido al aporte indígena, enriqueció al mundo llenándolo de nuevas perspectivas, nuevos hombres y alimentos. Comenzaba el Nuevo Mundo, la transformación, el ensamblaje que afanoso aún persiste en nuestros genes. Como por encanto, brotaron pueblos trazados con cabuyas, iglesias con santos labrados en yeso o en madera, amplias plazas empedradas, casi perdidas entre nieblas y recodos.

En mi pueblo, entonces Hato viejo, con fina humildad se levantaba la primera iglesita de barro y teja que gozosa escuchaba los rumores del agua pura de la quebrada de la Quincha (colibrí). El tiempo empujaba y haría llegar la Revolución de los Comuneros. Los hombres de mi pueblo recién nacido, serían de los primeros en adherirse a esas justas causas. Aquellos indígenas y primeras mezclas de hombres y mujeres, construían la historia y se juntaban para luchar al lado de Bolívar. Entregaban próceres y mártires, derramaban sangre que amasaba la hechura de la patria, la que otorgaba libertad a los esclavos.

Después, nacieron otros nobles generales, capitanes y soldados como Próspero Pinzón y Román Segura, que lucharon por los ideales de su tiempo. Pero, como hierba mala, también creció la insidia y el desmedido afán por el poder. Las malas guerras persistieron, las batallas se trocaron en odios y rencillas que propiciaron horrendas matanzas fratricidas. Ya dolía la patria. Entre las nieblas de los pueblos aparecieron pedazos de hombres que con su palidez alumbraban la tristeza. Acaso el paso lento de las mujeres que gemían por sus muertos, la severidad en las caras de los niños o la inteligencia de los hombres de mi pueblo, o todo junto, fue lo que hizo que se comenzara otra vida, la de la hermandad o tolerancia, la de buscar los alimentos, surcar, crear tenerías y telares, levantar industrias y comercios.

Y se llega a nuestros días cuando las armas son los camiones, carretillas, arados, buses y tractores. En verdad, hay que decir que Villapinzón es un pueblo que ha conseguido la felicidad con el trabajo, que ha desterrado la pobreza y que ahora comienza una nueva etapa al albergar a miles de estudiantes, de jóvenes que saben admirar el tesón, la honradez y la hidalguía de esos campesinos de mano dura y piel tostada pero con alma delicada y de preciosas tradiciones.

Se siente el orgullo al saber que Villapinzón es buen ejemplo de Colombia. Pero es más. Sus habitantes ya han comenzado la noble guerra en favor de la naturaleza. Saben que las nuevas armas consisten en sembrar árboles acuíferosy en derrotar el horroroso cáncer de la erosión que afecta sus propias tierras, labradas con tanto amor desde hace siglos. Saben que el agua debe crecer para calmar la propia sed, la de sus sementeras y la sed de todos los hombres de la tierra.

Luis Antonio Escobar

Foto 2-3,   Foto 4-5.

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