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(continuación
capítulo Región, democrácia...)
SE
TRATA DE SER UNO MISMO
No
es el regionalismo una creación espontánea de la comunidad que reivindica.
Existen minorías de iniciativa que lo proponen, lo difunden y lo imponen al
punto de que la comunidad representada puede llegar a asumirlo como su expresión
auténtica. El discurso regional, ciertamente, es performativo —pretende hacer
realidad lo que propone por el hecho de su enunciación— pero está lejos de
ser arbitrario. Su eficacia requiere que el grupo al que se dirige pueda
identificarse con él por razón de los rasgos culturales y económicos que
comparte, porque revela su condición subordinada o sus anhelos de igualdad.
El
regionalismo aspira a legitimar unas fronteras que la definición vigente
desconoce y que al desconocerlas ningunea al grupo humano que vive dentro de
ellas. Alcanzando su reconocimiento, la comunidad regional gana legitimidad,
configura un sujeto político y hasta se constituye en entidad administrativa
para expresar su autonomía.
Gramsci
expone la percepción que de los habitantes del sur de Italia habían impuesto
los grupos dominantes del norte: biológicamente inferiores, semi-bárbaros
cuando no bárbaros completos, holgazanes y criminales, lastre que impedía el
progreso de Italia. Estigmas que no han desaparecido y que hoy reaparecen con
mayor fuerza.
A
estas marcas hostiles se agregaban el atraso y la subalternidad del sur. Así,
aparecerá la reivindicación regionalista. Gramsci no la desconoce. La solución
de los grandes problemas de su país, en su opinión, requería asumir los
asuntos del sur. Aún más la posibilidad de triunfar nacionalmente pasaba por
reconocer estas realidades y ganar a quienes las padecían. Y es que en el
concepto gramsciano de hegemonía se combinaba la disputa por el poder simbólico
—reforma intelectual y moral, en sus términos— y la contienda por dirigir
políticamente la sociedad.
No
se deduce de lo dicho que es propio del regionalismo la exaltación de lo
particular por sí mismo. Por el contrario, la afirmación en lo propio se hace
universalmente válida y éticamente aceptable, cuando expresa la aspiración de
reconocimiento de los excluidos, el anhelo de justicia de los postergados y el
afán de libertad de los oprimidos, condiciones que se asumen en la oposición a
los usufructuarios de un determinado orden social.
Más
que una realidad preexistente o un dato preconstituido, la región es una
realidad a construir social y políticamente, como dice Sergio Boisier. Un
proyecto colectivo que no se hace realidad por decreto como las regiones de
planificación de nuestros Corpes, sino en la brega por encontrar un desarrollo
más equitativo y justiciero.
Frente
a esto la Constitución de 1991 plantea la configuración de regiones y
provincias —con posibilidad de ser entidades territoriales— por la asociación
voluntaria de departamentos y municipios. Propuesta limitada por las fronteras
departamentales, fruto, en muchos casos, de estrechos intereses partidistas.
Acaso las regiones sean el camino necesario para realizar la promesa
constitucional de un desarrollo armónico y una de las expresiones válidas del
carácter pluriétnico y multicultural de nuestra nación.
FECUNDIDAD
DEL TEMA REGIONAL
Yo
no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio
feliz habla en cristiano y en quechua. Deseaba convertir esa realidad en
lenguaje artístico y tal parece, según cierto consenso más o menos general,
que lo he conseguido.
José
María Arguedas
Una
vez independientes, los americanos profundizamos la búsqueda de una expresión
propia. Ajuicio de don Andrés Bello, nuestras obras no sólo debían ser
originales, igual que para el maestro Simón Rodríguez —“o inventamos o
erramos”—, sino también representativas de nuestras realidades.
En
el afán de afirmación, se niega a veces el valor de los aportes foráneos para
subrayar con ingenuidad lo nuestro. Este localismo, pese a su buena intención,
genera una exaltación débil de lo propio y en la práctica una afirmación
mentirosa.
Así
nos pese, nos inscribimos en la historia de occidente. Por ello, el
cosmopolitismo ha sido nuestra tentación permanente. En ocasiones, nos
convertimos en meros y malos imitadores de los usos y maneras de fuera y
menospreciamos lo propio que resulta apenas como un dato pintoresco, típico,
frente a lo universal.
El
siglo XIX latinoamericano está marcado por la tensión entre cosmopolitismo y
localismo. Bajo el lema de civilización
o
barbarie, no quedaba otra alternativa que borrar de la existencia
las expresiones americanas en tanto que bárbaras. Debíamos ser europeos.
Sin
embargo, ajuicio del más moderno de los latinoamericanos de su tiempo, la
formulación del dilema no era válida. Para José Martí, la oposición real
era entre la falsa erudición y la naturaleza. En su texto programático Nuestra
América, advierte que “los jóvenes de América se ponen la camisa
al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su
sudor. Entienden que se imita demasiado y que la salvación está en crear”.
Una creación que no supone desconocer lo global, pero que sí implica partir de
lo propio: “Injertarse en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de
ser americano”.
Y
no podía ser de otro modo pues como lo explica Angel Rama, si “la modernidad
no es renunciable y negarse a ella es suicida; también lo es renunciar a sí
mismo para aceptarla”.
MODERNIDAD
Y REGIONALISMO
Este
fue el gran reto de los latinoamericanos a lo largo del siglo XX: crear su
propia expresión en el contexto traumático de la modernización. Una
modernización que se entendía más como la generalización de usos y técnicas
modernas y que arrasaba a su paso con las identidades y tradiciones locales.
Los
primeros intentos —novelas terrígenas e indigenistas— traen el lastre del
romanticismo del siglo XIX. Es Cierto que se exalta el paisaje en su
grandiosidad o se crean tipos humanos cargados de fuerza como los personajes de
La Vorágine. Pero aún no maduran ni son suficientemente profundas la
manifestación y la comprensión de lo nuestro.
Un
hito importante en este proceso de maduración fue el modernismo brasileño
—1920-1940—:
un complejo movimiento cultural que asumió las formas narrativas y poéticas,
pictóricas y musicales e incluso las del ensayo. Para uno de los mejores críticos
del Brasil, Antonio Cándido, el modernismo es “un nuevo momento en la dialéctica
de lo universal y lo particular, que inscribe lo particular con fuerza y hasta
arrogancia, por medio de las armas tomadas del arsenal de lo universal”.
Los
modernistas brasileños romperán con la retórica académica que los precede:
dejarán de lado el patriotismo ornamental para amar con vehemencia lo exótico
descubierto en el propio país. Recurrirán al psicoanálisis, la etnografía y,
en general, a las ciencias sociales, para llegar a lo profundo del hombre de su
tierra. Su expresión se pondrá a tono no sólo con las realidades europeas
contemporáneas sino además con las nuevas de su país. Fue un momento de
liberación franca y dionisíaca, quizás “la tendencia mas auténtica del
arte y el pensamiento brasileño”, en opinión de Cándido. Se destacan en ese
proceso los narradores nordestinos —Jorge Amado entre ellos— que imprimen a
su obra un marcado carácter regional.
Pero
el grado más alto grado de desarrollo llega con los creadores en la década del
60, en el llamado boom de la literatura latinoamericana. El reconocimiento
universal es sólo constatación de su madurez. Curiosamente, los temas, en su
mayoría, son realidades locales y regionales: el mundo del Caribe en
Carpentier, la sierra peruana en Arguedas, el sertón en Guimaraes, Comala en
Rulfo, Macondo en García Márquez, para no abundar.
Angel
Rama, con precisión y finura en el análisis, anota que no se trata de una mera
reproducción de las realidades locales. Hay un proceso de apropiación y
reconstrucción del habla regional, de sus estructuras narrativas y de la visión
de sus gentes acerca del mundo, a partir de lo cual pudieron ser más nacionales
y más universales.
EL
PARADIGMA DE BARRANQUILLA
En
una ciudad nueva como Barranquilla, sin pergaminos coloniales ni republicanos
pero abierta con avidez al mundo, se incubó la hasta ahora más alta
manifestación de las letras colombianas.
El
nido fue un grupo bohemio que combinaba gozón el ron con las preocupaciones
intelectuales más variadas: la prensa y la pintura, la crítica de cine y la
literaria, el agenciamiento de empresas culturales y la promoción de nuevas
formas de expresión. El oficio periodístico forzó no sólo el difícil
aprendizaje de la comunicación eficaz sino también el desarrollo de la mejor
sensibilidad frente a la realidad local e internacional.
El
grupo tuvo su antena con el mundo en el maestro Ramón Vinyes, un catalán que
sintonizaba las ondas más actuales del orbe y que además de generalizarlas
imponía su exigente parámetro a lo que se desarrollaba en su ciudad. Barran
quilla era más amplia en sus horizontes pues, como ninguna otra vivía el
ambiente del Caribe.
Mientras
Bogotá paladiaba con admiración provinciana la producción francesa,
Barranquilla se abría con apetito sin estrenar a las obras de ingleses y norteamericanos.
De ellos aprendieron, además de técnicas, las nociones ciertas de que la vida
cotidiana podía hacerse arte —Joyce— y de que a partir de la realidad local
podía llegarse a la universalidad —Faulkner. Lo nuevo en esta academia
rumbera fue el riguroso aprender en el contacto con el resto del planeta.
De
ese ambiente surgió lo esencial de la obra de Gabriel García Márquez, un
ambiente que no era precisamente el de la parroquia sin horizontes, vanidosa en
su ensimismamiento, ni el del cosmopolitismo sin raíces que cree aprender por
imitación. Se entiende, entonces; que Cien
Años de Soledad o La
Casa
Grande al tiempo que reflejaban un mundo particular —lenguaje, imaginario,
historia— lo elevan a una condición universal.
Cuando
aún no había ocurrido el suceso del Nóbel, ya nuestro periodismo y la
narrativa, estaban infestados de macondismo. El secreto del éxito, se descubrió
con afán, era imitar las formas de quien lo había conquistado. Vana ilusión
que abortó los mejores esfuerzos de los grupos regionales que pretendieron
emular con el de Barranquilla.
Hoy,
las letras colombianas y las regiones deseosas de voz, están urgidas de
parricidio, literario, es obvio. Los investigadores del crimen, silo hay, a lo
mejor descubran que se siguió similar ruta: amor a lo propio, y éste puede ser
urbano, lejos del parroquialismo; acercamiento sin servilismo a lo universal y
trabajo, mucho trabajo, en procura de una expresión propia.
Y
a todos estas, ¿qué explica la fecundidad de lo regional? Por qué, en
aparente paradoja, lo particular regional es la puerta a la universalidad? Quizás
porque somos países en construcción; ante todo, mundos de contrastes en los
que nos definimos a partir de lo local y regional, sólo superables conquistándoles
rasgos universales. Única forma de salvar la encrucijada de la modernidad
inevitable y la identidad necesaria.
Si
el núcleo de la modernidad es la conciencia que el hombre toma de sí mismo, de
su circunstancia y de su historia, no la tecnología, nuestra narrativa pudo
hacerse universal, plenamente moderna, al expresar las circunstancias de sus
gentes, reconociéndolas.
¡RESPETO
POR LA PROVINCIA!
Un
importante acervo de experiencias regionales que han procurado conquistar para
las provincias un lugar digno y reconocido, sugiere hoy el camino hacia una real
democracia.
En
nuestro país, la primera gran expresión de autonomía local se presentó con
el grito de independencia. Entonces, Mompós quiso gobernarse
sin Cartagena y las Ciudades Amigas y Confederadas sin Popayán y la
villa de Purificación otro tanto y las villas del Socorro y San Gil se dieron
su propia constitución. No podía ser de otro modo en territorios a los que la
geografía aislaba y en los que no existía homogenización alguna.
Viendo
el largo plazo, quienes pretendieron construir una República de verdad por la vía
del federalismo estaban más cercanos a lo requerido por las circunstancias.
Si
el federalismo expresó la preponderancia de los caudillos y las oligarquías
lugareñas, es igualmente cierto que permitió desarrollos considerables, no
siempre debidos al radicalismo como en Antioquia. No se ha hecho un balance
objetivo de los Estados Unidos de Colombia, acaso porque quienes debían asumir
su defensa la han abandonado plegándose a las razones de sus adversarios.
Y
es que las urgencias impusieron en 1886 el régimen centralista. Las expresiones
locales se vieron entonces ahogadas por las instituciones bogotanas desde las
que se dirigía un país desconocido para sus gobernantes. La receta del
autoritarismo centralista para asegurar la concordia y la unidad nacionales
demostró no ser el remedio. La separación de Panamá es una prueba, y si de
sumar disturbios se trata, a la Constitución de 1886 no le fue mejor que a la
de 1868.
PARA
SALIR DEL LETARGO
La
vida de las comunidades fue ahogada. Eran menores de edad incapaces de definir
lo que les conviniera y por ello sujetas a perpetua tutela. A lo largo del siglo
XX, la autonomía quedó latente como una secreta aspiración que se revelaba de
manera intermitente por las élites del caso. En la creación de nuevos
departamentos por ejemplo.
En
su libro Notas de pueblo en pueblo, Carlos Jiménez Gómez muestra la vida
ensimismada y sin horizonte de la provincia. Esta, en un proceso lento pero
vigoroso, fue saliendo del letargo. Fue el movimiento que emergió en los años
60 y alcanzó su momento culminante a finales de los 70 y comienzos de los 80.
Frente cívico o civil fue el nombre que se dio al movimiento que tumbé la
dictadura rojista a través de un paro general de actividades. Lo cívico se
hizo sinónimo de la legítima soberanía popular y el paro se generalizó como
respuesta al abandono secular o el desgreño de las administraciones.
Las
localidades de reducida población son escenario de los paros ocurridos entre
1957 y 1977. En un principio los encabezan dirigentes de los partidos
tradicionales, pero un nuevo clima político que los descarta lleva al
surgimiento de nuevos liderazgos.
Por
el movimiento cívico buena parte de los colombianos entraron en la escena
nacional. Ante todo las regiones encontraron en él su mejor expresión e
hicieron el reaprendizaje del sentido de pertenencia. Cuando se haga la historia
del siglo XX se dirá que fue el despertar de la provincia.
A
su propio ritmo, las comunidades fueron creciendo. Del aislamiento original se
pasa a coordinaciones regionales más amplias; de las reivindicaciones
inmediatistas se salta a plataformas de lucha permanentes y aun a los planes de
desarrollo; de esquemas organizativos episódicos a estructuras estables. Hay
incluso movimientos cívicos regionales que derivan en movimientos políticos.
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