X. REGIÓN Y REGIONALISMO

7. REGIÓN, DEMOCRACIA
Y DESARROLLO

El porvenir de las regiones

Se parte de mostrar la génesis de la región, su fecundidad en las artes y el protagonismo de los movimientos cívicos en el caso colombiano, para establecer el estado del desarrollo regional en América Latina y sus perspectivas.

Temple sobre tela de Alipio Jaramillo

Camilo Castellanos: Investioador Cinep.

REGIÓN Y REGIONALISMO

El mundo social es también representación y voluntad, es existir socialmente y también ser percibido como distinto.   Pierre Bourdieu

Y a es un tópico decir que Colombia es un país de regiones. Su aceptación es apenas la constancia de la variedad de gentes y paisajes. Pero acaso exprese el que todavía las partes no se articulan y predominan los particularismos. Pero vaya usted mis allá del tópico e intente definir regiones concretas, para que la realidad esquiva dificulte la tarea. ¿Qué es, pues, una región? En las ciencias sociales, los pioneros en el tema fueron los geógrafos. Para los primeros entre ellos, la región era un espacio de esta frágil corteza terrestre al que uniformaba un paisaje demarcado por fronteras naturales: ríos, cadenas de montañas o el súbito y definido cambio en la naturaleza.

Pronto se discutió este concepto de región natural. La historia, la acción de los hombres en el tiempo, determina el territorio que habitan. Son los hombres en sociedad los que definen los confines de sus dominios, los que amojonan lo propio y lo ajeno. Fue sin duda un paso adelante la introducción de lo social como determinante de la región. Pero este adelanto estuvo signado por la pretensión ingenua de reducir lo social a los objetos. Para algunos, un dejo particular, unos usos gastronómicos, un tipo de familia establecían la homogeneidad de un espacio regional. En el caso colombiano, las regiones se definirían por el tipo de mestizaje generalizado en cada espacio, aun más específico según la dominancia en éste de una u otra etnia.

Para otros, el espacio se homogenizaba por la generalización de determinadas prácticas económicas, el predominio de una expresión del capital o la constitución de un mercado. A pesar de ser fenómenos objetivos, cuantificables y comparables, no explicaban la constitución de la región. Grupos humanos muy homogéneos culturalmente se reconocían más como etnias que como comunidades territoriales. Espacios económicamente homogéneos no siempre reclamaban su condición regional. Quizá porque la región no existe antes del regionalismo, como no existe nación antes del nacionalismo. Unos y otros —región, regionalismo/nación, nacionalismo—tienen en común el hecho insólito de que la gente deponga sus intereses particulares frente a lo que se considera común. Esta magia, irritante para algunos, exige explicación, más cuando quienes ganan con ella son precisamente las minorías que la manipulan.

Lo cierto es que regionalismo y nacionalismo son procesos de ese espacio de poder que es el dominio de lo simbólico: mundo de las representaciones de lo real y mundo real de las representaciones. Este dominio impone conocimientos, reconocimientos y desconocimientos; exalta determinadas percepciones como las legítimas al tiempo que puede hacer inexistentes realidades. Puede hacer invisibles grupos enteros corno los negros o hacer irrelevante el trabajo de las mujeres en sus casas. Es obvio, este dominio simbólico se arma desde intereses muy concretos. Pero conviene destacar que el regionalismo es un recurso para entrar al dominio de lo simbólico, bien sea para encontrar reconocimiento sin alterarlo, bien para alterarlo radicalmente modificando las percepciones dominantes y los intereses que sustentan.


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