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(continuación
capítulo Entorno y Derechos...)
Para
los excluidos, UNA NACIÓN
Los
antecedentes más próximos del AT 55 tienen un nombre: procesos de paz con
movimientos guerrilleros.
Entre
los orígenes de la reforma constitucional colombiana vale recordar el proceso
de paz con el M-19, el Movimiento Manuel Quintín Lame y el Partido
Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Se llevó a cabo desde el final de
1988 y el comienzo del siguiente año. El condicionamiento de la dejación de
armas se agregó al compromiso del gobierno del presidente Virgilio Barco para
abrir un espacio político que le permitiera a los disidentes y a las minorías
proponer maneras de reestructurar el carácter de la nación.
Se
instalaron entonces tres Mesas de concertación y análisis con la participación
de guerrilleros desmovilizados, funcionarios gubernamentales, políticos, académicos
y adalides agrarios y sindicales. En ellas se presentaron y discutieron
propuestas de reforma, incluyendo las relacionadas con asuntos de medio ambiente
y etnicidad.
Se
habló de dar pasos que hacia el futuro permitieran idear una nación para los
excluidos, conformados en su mayoría por los amerindios y los afrocolombia
nos.
Unos y otros sufrieron la discriminación que, tanto por su apariencia física
como por su conducta diversa, se instauró durante la Colonia. Fueron
denominados irracionales, en el primer
caso, y bienes muebles en el segundo,
de modo que los colonizadores obtuvieron una justificación moral por la forma
como se apropiaron y explotaron el trabajo de ambos pueblos.
La
propuesta llevada a las mesas de concertación y análisis, consistió en hacer
permanentes los derechos histórico-culturales que la ley 89 de 1890 reconocía,
de manera transitoria, a los indios; y que el dominio ancestral de la gente
negra sobre los territorios que había ocupado al huir de las minas y haciendas
por cimarronaje o automanumisión, le fuera reconocido con plena legitimidad. Se
buscaba poner fin a la odiosa tradición jurídica nacional de tratarla en
calidad de colonos que habían
invadido tierras baldías del Estado, conforme la lucha que la Asociación
Campesina Integral del Atrato (Acia) llevaba a cabo desde el comienzo del
decenio de 1980.
Formada
bajo los auspicios de la Iglesia católica y siguiendo el modelo de Orewa
—organización
que aglutina a los indígenas de la misma región—, Acia comenzó a
independizarse. Yen ese proceso buscó la asesoría de especialistas en derechos
étnicos indios, quienes fundamentaron sus alegatos en la normatividad
internacional desarrollada por la Organización Internacional del Trabajo y
ratificada por el Congreso colombiano. No obstante la fortaleza de los
argumentos presentados en pro de la territorialidad étnica de los
afrocolombianos del Atrato, los funcionarios del Incora se empeñaron en
mantener la práctica de restringir la noción de etnia —en el sentido
exclusivo de la sociedad de indios— y, por lo tanto, de frustrar la formación
de territorios afrocolombianos.
LOS
NEGROS ANTE LA CONSTITUYENTE
La
posibilidad de explorar modos de legitimar las tierras ancestrales de las
comunidades negras, volvió a repetirse entre octubre y noviembre de 1990, en el
marco de las sesiones preparatorias de la Asamblea Nacional Constituyente, luego
de que la reforma constitucional hubiera recibido votación favorable, en
cumplimiento del plebiscito de mayo de 1990.
Dentro
de la Subcomisión de Igualdad y Derechos Etnicos, ocurrieron dos cambios que
merecen destacarse: se integraron las cuestiones étnicas con las ambientales y
se logró un acuerdo con respecto a una propuesta de articulado dentro de la
cual se superaba la noción restringida de etnia. De ese modo, fue posible idear
un modelo de estatuto que equiparaba a los dos pueblos en cuanto a derechos
territoriales, políticos, educativos, médicos e históricos.
Aunque
ese proyecto fue el resultado de un proceso de concertación —entre las
organizaciones indígenas y negras, los académicos que simpatizaban con ambas y
los abogados que asesoraban a las primeras— no fue tenido en cuenta dentro de
las deliberaciones de la Asamblea Nacional Constituyente. Este divorcio figuró
entre los temas de la reunión titulada Los
negros ante la Constituyente, la cual convocó a Cientos de adalides
afrocolombianos.
Patrocinada
por el movimiento Viva la Ciudadanía, la reunión tuvo lugar el 26 de mayo de
1991, en la sede del Concejo Municipal de Cali. Se esperaba con ansiedad los
constitucionalistas Lorenzo Muelas, indígena guambiano del Cauca, Francisco
Rojas Birry, emberá del Chocó y Orlando Fals Borda, sociólogo: eran ellos los
más proclives a satisfacer las reivindicaciones de la gente negra. Pero ninguno
de los tres llegó. En su reemplazo, el constitucionalista Gustavo Zafra oyó la
queja sobre el articulado de la
preconstituyente. Explicó que no lo habían tomado en cuenta porque la
asamblea a la cual ellos habían sido elegidos aspiraba a obrar sin presiones
del ejecutivo. Dada la autonomía con la cual dentro de las sesiones
preparatorias había operado la subcomisión responsable del modelo de estatuto,
laopinión de Zafrafue descalificada por maniquea, simplista, unilateral y
ofensiva. Desconocía el proceso de concertación que había tenido lugar
durante las deliberaciones preliminares.
HACIA
EL AT 55
Las
adversidades acicatearon a los adalides del movimiento negro para recorrer el
litoral pacífico. Redoblaron esfuerzos por escribir y hacer que se firmaran
memoriales ratificando la urgencia de incluir a sus comunidades dentro del
articulado definitivo de la nueva constitución. Comenzaron a surgir comités
municipales y veredales que llegaron a realizar tomas pacíficas como las de las
alcaldías de Quibdó y Pie de Pató y a discutir sobre su identidad como fuente
de derecho y no tan sólo de discriminación.
Un
año más tarde los participantes en las dos expediciones etnográficas que llevó
a cabo la Universidad Nacional en el Baudó, se encontraron a los grupos de
presión sesionando los domingos alrededor del AT 55. Los de Puerto Echeverry
—sobre el río Dubasa— y los de Platanares, expresaban dudas sobre la
propuesta de que los títulos fueran colectivos; les preocupaba algo que aún
está por resolverse:
las
entidades que ejercerán el dominio sobre las propiedades y, por lo tanto, serán
depositarias de las correspondientes escrituras.
Esas
unidades de concientización local fueron integrándose con otras de la misma área,
hasta constituir entidades representativas de cada uno de los departamentos del
Pacífico —Chocó, Valle, Cauca y Nariño. De estas estructuras aglutinantes
saldrían las comisiones consultivas departamentales que, una vez aprobado el Al
55, quedarían representadas en la Comisión Especial para las Comunidades
Negras.
No
es de extrañar pues que estas conmociones comenzaran a tener efectos en los
propios pasillos del recinto constituyente. Resultaba casi imposible, ante la
oposición de los grandes grupos de poder a los cuales se ha referido Fals
Borda, incluir a los negros dentro de los textos de los artículos que le definían
a los indígenas sus derechos territoriales, culturales, educativos, médicos y
políticos. Así, la Organización Nacional Indígena de Colombia ejerció presión
para nombrar una comisión accidental que incluía al propio Fals ya Francisco
Rojas Birry, quienes redactaron el AT 55 e hicieron las maniobras necesarias
para que no fuera eliminado de la aprobación final.
El
éxito de Birry y Fals Borda se apropió como un suceso colectivo del cual se
manifestaron protagonistas muchos de los adalides negros que se habían
movilizado por ríos y esteros buscando que la gente asumiera una nueva
conciencia sobre su identidad étnica como personas negras. Pero algunos académicos
que habían acompañado el proceso tendían a disentir con respecto a esta
euforia. No se resignaban a aceptar la forma como había sido sepultado el
modelo redactado en la asamblea preparatoria e insistían en que, al continuar
nombrando como baldías a las tierras sobre las cuales los negros han ejercido
dominio, el Al 55 ratificaba la tradición asimétrica que habían buscado
superar desde los inicios de las mesas de concertación y análisis. También
porque la integración entre los asuntos de etnicidad y ambiente, mantuvo la
arraigada práctica de reconocerle carácter étnico tan solo a los indios,
negando que, entre otros pueblos, los afrocolombianos también poseen una
sabiduría ancestral consecuente con conductas cuyos efectos son positivos para
la preservación de los suelos selváticos, así como de la diversidad de
especies vegetales y animales.
EL
LABERINTO CON MUCHOS MEANDROS
No
obstante las divergencias, ambas opiniones confluyeron en la Comisión Especial
para las Comunidades Negras, según lo preveía el Al 55. Y lo hicieron en torno
a la prioridad de elaborar el proyecto de ley que le diera vida a la
juridicidad, referente a los efectos de la identidad histórico-cultural
afroaniericana. Durante nueve meses, los comisionados —conforme anota Nina S.
de Friedemann— recorrieron [...] un laberinto con muchos meandros [...].
Al
gobierno le tomó desde julio de 1991 hasta abril de 1992, expedir el decreto
referente a la membresía y, más aún, hasta el 14 de julio de ese mismo año
para hacer la instalación oficial del grupo de trabajo. Mientras tanto, el
ejecutivo hacía malabares para lograr lo que los adalides negros habían
tratado de evitar: incluir representantes de la clase política tradicional.
Parecería,
a primera vista, como si la exclusión de esos representantes riñera con el espíritu
tolerante que inauguraba la nueva Constitución. Sin embargo, adalides como
Carlos Rosero, de la comisión consultiva del Valle, se justificaron explicando
que esa clase nunca había reconocido ni la identidad histórico cultural como
factor capaz de generar derechos, ni las formas de discriminación sociorracial
basadas en los patrones de segregación de la Colonia, ante las cuales tampoco
habían reaccionado.
Más
de una vez, la Comisión estuvo a punto de naufragar: el gobierno demoraba los
dineros que les permitieran a los doce comisionados elegidos por las comisiones
consultivas de sus respectivos departamentos, movilizarse desde sus comunidades
de origen en las costas y en lo profundo de los valles selváticos. La
paquidermia de estas gestiones contrastaba con la agilidad con la cual —por
esos mismos días— se diligenciaron los fondos para pagar reinserciones o las
recompensas requeridas por los delatores de narcotraficantes y guerrilleros.
En
la segunda y tercera sesiones de la Comisión Especial, algunos comisionados
llamaron la atención al presidente de la misma, el viceministro de gobierno,
por la forma como la administración premiaba el uso de la violencia y castigaba
a quienes, durante los últimos 150 años, han persistido en buscarle soluciones
pacíficas a los conflictos políticos, sociales y económicos.
Invisibilidad,
DESAFRICANIZACION
Un
forcejeo constante y difícil para lograr que otros acepten que existen la
historia, la Identidad y la actualidad de los negros.
Al
Instituto Colombiano de Antropología (Ican) le correspondió, por decreto,
ejercer la secretaría técnica de la Comisión Especial para las Comunidades
Negras. No obstante la eficiencia que desplegaron los funcionarios delegados
para el trabajo secretarial, el haber optado por una
entidad que durante su medio siglo de existencia le ha dado máxima
prioridad al profesionalismo en la indianidad, llevó a que el soporte académico
que deberían de recibir los comisionados, en más de una ocasión fuera engañoso
y tuviera que rectificar.
El
26 de febrero de 1993, la Comisión tuvo que dedicar sus esfuerzos a corregir y
responder la relatoría de la reunión auspiciada por el Ican a principios de
noviembre de 1992, con la meta de que sus antropólogos y los de otras
universidades se manifestaran sobre la naturaleza y características de la
identidad étnica afrocolombiana. Los conceptos invisibilizadores y
desafricanizantes de los convocados habían girado en torno a que las
manifestaciones de etnicidad afrocolombiana eran falaces. Que “se estaba
inventando una categoría cultural negra con base en unas características
raciales negras”, o que las manifestaciones conteniporáneas de esa identidad
más dependían de la oportunidad política que de la raíz histórica.
No
es de sorprender que desde ese entonces, los doce comisionados elegidos por las
consultivas departamentales introdujeran en sus versiones del proyecto de ley la
creación de un instituto de investigaciones afroamericanas, con diseños
curriculares sobre gentes y culturas de África occidental y central durante
los siglos XV a XIX; historia y características de la trata de esclavos y el
comercio que se originó en Europa y América alrededor de ella; la producción
cultural de los africanos en América o la literaria de los afroamericanos, y
las luchas en contra de la esclavitud, entre otros temas.
Quizás
lo más importante en una institución de esa especialidad consista en el
desarrollo de métodos de investigación que permitan aproximaciones mis
profundas a las que se emplean en el caso de los estudios sobre indígenas: la
trata, la esclavización, la represión militar de las rebeliones palenqueras y
la persecución inquisitorial de las manifestaciones religiosas africanas,
llevaron a que quienes la Colonia había convertido en negros
hicieran clandestinas sus memorias de africanía o escondieran deidades y
ceremonias por detrás de los santos y los ritos católicos.
Aunque
la ley sancionada no contempla la creación de la institución académica que
los comisionados negros solicitaron, sí se requiere que el Ican sea
reestructurado para responder a las necesidades de investigación, docencia y
extensión que crea el nuevo status de la gente negra dentro de la nación
colombiana. Reforma indispensable para apuntalar los modelos de desarrollo
sostenible, en especial porque tanto ellos como sus raíces étnicas, se han
convertido en blanco del sindicalismo.
¿FORMAS
INFERIORES DE PROPIEDAD?
Durante
la ceremonia de sanción de la ley, los sindicatos chocoanos afiliados con la
CGTD repartieron el volante titulado
¿A
qué viene al Chocó, señor presidente?
“[...]
Ninguna
organización chocoana solicitó [...] —decía el volante en uno de sus
apartes— la adjudicación de terrenos en forma de propiedad colectiva e
inenajenable [...] Esta forma inferior de propiedad [...] sólo es aceptada por
algunas comunidades indígenas que permanecieron incomunicados (sic) en
resguardos [...]Zulia Mena explicó —horas más tarde, cuando Gaviria y el
director nacional del Plan Nacional de Rehabilitación instalaron el
Consejo Chocoano de Rehabilitación— porqué los miembros de las
organizaciones de las comunidades negras habían presionado para que la titulación
fuera colectiva: el sistema de producción de los campesinos negros que ocupan
zonas ribereñas del litoral no se basa en una sola actividad, sino que combina
la agricultura con la pesca, la explotación forestal y, donde pueda hacerse,
con la minería. La titulación individual rompería con la unidad que debe
existir entre río, orilla, bosque y —en el caso de las comunidades
costeras— estero, playa y mar, máxime cuando algunas de las faenas, como la
minería de la época de lluvias, tienen que hacerse de manera colectiva,
convocando a los miembros de las grandes parentelas que ejercen dominio sobre
los yacimientos y que la gente distingue con el apelativo de troncos.
Algo
parecido puede decirse —explicaba Zulia— de la floresta, pocas veces objeto
de explotación individual: la colectividad, asociada en sus troncos, vigila la
preservación de los recursos. De otro modo, la caza y la recolección de frutos
silvestres también se harían imposibles. Por último, argumentó que la gente
negra siempre ha mantenido vínculos con los grandes poblados y los puertos.
Apelando a las relaciones que existen con miembros del propio tronco, hombres y
mujeres pasan temporadas laborales por fuera de sus fincas ribereñas. Otra vez,
dijo, si la propiedad se fracciona, también lo harán las redes de familiares
que unen orilla, poblado y puerto.
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