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ENTORNO Y DERECHOS
TERRITORIALES
Afrocolombianos
sus selvas y derechos
La
Constitución de 1991 nos puso a vivir en otro país. Un cambio nada fácil que
nos exige aprender a ser tolerantes con indígenas y negros, das pueblos cuya
existencia se negó desde la época colonial. También imaginar que nuestra
riqueza depende de la conservación de la infinidad de especies vivientes que
pueblan la región pacífico y no de la extracción inmisericorde de su oro, sus
maderas y sus peces.
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Fotografía
Fototeca Cinep
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Jaime
Arocha: PhD., profesor asociado, Director Centro de Estudios Sociales, Facultad
de Ciencias Humanas, Universidad Nacional de Colombia.
Cultura
afrocolombiana
LA FUERZA DE LO PROPIO
Los
mismitos que hicimos la ley, la pondremos a funcionar.
Durante
aquel medio día del 27 de agosto de 1993, la intensidad con la cual se oyó el
coro Salve, salve ¡oh tierra madre! aumentó
cuando —refiriéndose a la ley 70 que reglamenta el artículo transitorio 55
(AT 55) de la Constitución de 1991— Mercedes Porras le cantó al presidente César
Gaviria Trujillo, lo mimito que la hicimo, la ponemo a funciona.
Después
de 142 años de haber sido manumitidos, el nuevo estatuto por fin hace un
reconocimiento sociohistórico de la identidad cultural de la gente negra, así
como de sus raíces africanas y, en consecuencia, delimita derechos
territoriales y culturales. Sin embargo, los afrocolombianos guardan
escepticismo. Como lo hace Zulia Mena, adalid de la Organización de Barrios
Populares (Obapo), ellos se interrogan si el primer mandatario no sacrificará
la oportunidad de hacer historia con ese pueblo, y más bien responderá a las
presiones que ejercen los países de la cortina de bambú, los gremios y la
clase política para que profundice la apertura económica, aumentando la oferta
internacional de todo lo que abunda en el litoral pacífico —oro, platino,
petróleo, maderas, aguas para hacer electricidad, llanuras para sembrar palmas
africanas, manglares para talar y erigir criaderos de crustáceos; en fin, mares
de los cuales extraer atún—; y, además, construir nuevas carreteras, como la
que va rompiendo las montañas selváticas del Baudó para unir a Pereira con el
mar y convertir a Tribugá en puerto alterno de Buenaventura.
Es
innegable que la nueva carta crea ilusiones con respecto a la democracia
participativa. Empero, tanto sus artículos sobre modernización como la
coyuntura económica internacional, tienden a contradecir esa opción y más
bien dan lugar a tensiones como las que hoy delimitan la incertidumbre que
enmarca la existencia de los pobladores tradicionales del litoral pacífico,
afrocolombianos e indígenas emberaes, waunanaes, cunas y kwaikeres.
PERPLEJIDAD
ANTE LO DIFERENTE
La
ceremonia para que el presidente sancionara en público la nueva ley, tuvo lugar
en la plaza Mosquera Garcés de Quibdó. En ella se repetía la escena vivida el
14 de julio del año anterior, cuando el mismo presidente instaló la Comisión
Especial para las Comunidades Negras: el protocolo no contemplaba ni la aparición,
ni el protagonismo de personas de ascendencia africana que carecieran de alguna
investidura y provinieran de las riberas selváticas o de los barrios más
populares. Pero, en ambas ocasiones, miembros de las organizaciones que
representan a las comunidades negras lograron que Mercedes se tomara el
escenario, lo compartiera con el primer mandatario y, desde allí, le hiciera
explícitas parte de su historia, sus agravios y exigencias.
No
con la retórica de los políticos tradicionales, sino valiéndose de uno de los
medios privilegiados que la gente de esas regiones emplea para expresar sus
sentimientos más profundos, el alabao. Así
la prensa no lo haya registrado con la propiedad que semejantes manifestaciones
merecían, las intervenciones de Mercedes han sido los puntos climáticos de
ambas ceremonias. Su canto y poesía logran transformar las crónicas de hitos
pasados y futuros en expresiones profundamente conmovedoras.
En
los dos casos que menciono, el rostro de la primera autoridad nacional y los de
las cúpulas que lo acompañaban, daban muestras de la perplejidad que despierta
lo distinto, desconocido e impredecible. Aquello tan asociado con las
manifestaciones no hispánicas a las cuales la Constitución de 1991 les otorgó
la legitimidad que la carta anterior no les reconocía. El nuevo artículo séptimo
podrá leerse y repetirse con facilidad: el
Estado reconoce y protege la
diversidad étnica y cultural de la
nación colombiana. Lo difícil será hacerlo parte de nuestra cotidianidad,
porque implica aprender a ser tolerantes con lo diverso, es decir, realizar el
ejercicio opuesto al que veníamos practicando desde 1886, cuando la constitución
de entonces nos enseñó que el sello de la nación colombiana consistía en la
unidad en torno al catolicismo y a lo hispanoamericano. La esencia de esa lección
aparece resumida en las enormes letras doradas que adornan el recinto de la sede
de la Academia Colombiana de la Lengua en pleno centro de Bogotá:
una
sola lengua, una sola raza, un solo Dios.
HISTORIAS
ALTERNAS
Acatar
las voluntades atípicas que han adquirido legitimidad, demanda aceptar
versiones distintas de nuestra historia. Como aquella que precisa cambiar
nombres y significados, por ejemplo, el de esclavo,
por el de esclavizado; protagonismos como el de la Revolución Francesa dentro
de los antecedentes de nuestro proceso emancipatorio, por el del movimiento
cimarrón que impulsaron, desde los comienzos del siglo XVI, quienes habían
sido secuestrados en África; nociones como la referente a que la colonización
antioqueña inauguró la verdadera ampliación de la frontera nacional, por
aquella que habla de las migraciones hacia lo profundo de las selvas del Pacífico,
iniciadas hace más de dos siglos, cuando los esclavizados comenzaron a
automanumitirse.
Versiones
que la historia hegemónica descalifica dizque por apócrifas
y que, bajo el calor y la humedad chocoanos del medio día de ese viernes,
le fueron recordadas al presidente de la república ya su comitiva por parte del
presidente de la Asociación Campesina del Baudó (Acaba), Rudecindo Castro, y
de la ya mencionada Zulia Mena. Interpretaciones para las cuales progresar es lo opuesto de permitir que —para extraer el
oro—retroexcavadoras y motobombas dejen la tierra como podría hacerlo un avión
bombardero, y los ríos con una contaminación de barro y metales tóxicos, cuyo
nivel sobrepasa lo que pueden soportar peces y gente. También, lo contrario de
permitir talas masivas de árboles que los buldóseres jalan hasta las orillas
de los ríos, llevándose en rastras la capa vegetal y dejando a su paso
tremedales sobre los cuales se siembra pasto, con miras a redimir la devastación
y obtener más divisas.
Los
dos adalides hablaron de una noción de desarrollo que fue contradicha por los
oradores que los procedieron. Estos últimos urgían al gobierno para que
adelantara macro-programas de
carreteras que penetren la selva y permitan extraer los recursos de ella;
hidroeléctricas que le sirvan a todo el país; nuevos puertos que aumenten los
nexos con los mercados internacionales y plantaciones que generen empleo y
divisas.
Hoy
ese modelo está sometido ajuicio por basarse en la extracción de recursos, sin
contemplar la naturaleza del ámbito que los origina; porque toda esa región es
patrimonio universal debido a los servicios que le presta a ¡a humanidad en
cuanto al reciclaje y purificación del aire y las aguas, y también porque la
complejidad de las relaciones entre los seres vivos que sustenta, así como la
diversidad de sus formas de vida, contienen claves importantes para desarrollar
desde nuevas medicinas, hasta materiales para fabricar aviones (la libélula
gigante del Baudó).
Castro
y Mena hablaron, en cambio, de formas de prosperidad que, al ser responsables
con el futuro, permitan legarle a las próximas generaciones ámbitos distintos
a los desiertos y los tugurios urbanos. Modalidades de bienestar que se han
denominado sostenibles, a partir del examen que los gobiernos del norte y del
sur llevaron a cabo en Río de Janeiro a propósito del porvenir de la Tierra.
La propagación de nuevas maneras de que la gente se relacione con el medio que
la sustenta resulta impensable sin devolver el curso de la historia actual.
Porque persiste en no rendirle cuentas al futuro. Ambos dirigentes hablaron de
moldes de mejoramiento social. Su esencia consiste en perfeccionar los sistemas
tradicionales de producción de tal modo que les permitan mejores ingresos a los
campesinos e indígenas que los mantienen funcionando, sin que ello se haga a
costa de las capacidades que esos mismos sistemas han demostrado para defender
la biodiversidad que contienen los bosques, los ríos y el propio Océano Pacífico.
Valle
del río Baudó
POLIFONÍA
TECNOAMBIENTAL
Andanzas
de quienes presenciaron una coexistencia dialogante y técnicas amorosas y
efectivas con la naturaleza.
El
primero de diciembre de 1992, un equipo de investigación de la Universidad
Nacional regresó del valle del río Baudó, la franja noroccidental de selvas
tropicales húmedas que yace por debajo del Darién, al occidente del Atrato y
de la serranía del Baudó, y muere en el Océano Pacífico. Allá se llevó a
cabo la
segunda
encuesta etnográfica sobre la
cultura
que portan los descendientes de los africanos esclavizados, quienes comenzaron a
ocupar ese territorio a partir de los últimos 25 años del siglo XVIII, después
de comprar cartas de libertad, mediante el trabajo de domingos y feriados, ya
fuera en las minas de oro de sus amos o de otras personas, en el Atrato o el San
Juan.
Diez
candidatos al título de antropólogo, la etnohistoriadora Adriana Maya y yo,
ratificamos uno de los principales hallazgos de la expedición que habíamos
llevado acabo seis meses antes: los campesinos afrobaudoseños han desarrollado
un modo de producción polifónico que
sincroniza la alternación de colinos —lotes
de cultivo— con otras actividades productivas y con los cambios climáticos,
de una manera tal que hay poca degradación del ecosistema. De hecho, la región
que visitamos aún figura entre los principales refugios de biodiversidad del país
y del Continente.
Quienes
participamos en estas experiencias en el terreno, consideramos que las prácticas
económicas baudoseñas dependen de un modo de solucionar problemas muy distinto
al que rige en nuestro medio. Uno de sus sellos distintivos es el de la
improvisación ingeniosa que los antropólogos franceses llaman bricolage
y que en nuestro medio recibe el nombre de cacharreo.
Otro, el de una forma de idear soluciones que —siguiendo el libro de los
abrazos de Eduardo Galeano— hemos denominado sentipensante, debido a la alta integración que alcanza entre
pensamiento y sentimiento.
Somos
de la opinión que chacharreo y sentipensamiento guían una agricultura muy
distinta a la que conocemos en los Andes. Se la designa como de tumba
y descomposición porque involucra
el desmonte parcial del bosque, cuyos árboles carentes de valor comercial se
dejan sobre el suelo para que se pudran con la humedad y formen camas fértiles
para las semillas que se riegan o los esquejes que se entierran. Ni éstos, ni
aquéllas son de una sola planta. Así cuando crecen, quedan intercalados frutas
con granos o tubérculos con cereales.
Esta
clase de policultivo funciona mediante la formación de equipos comunales que
laboran con base en el intercambio de faenas conocido con el nombre de mano
prestada. Siembran arroz, maíz, plátanos y frutales en una de las riberas,
mientras que en la otra mantienen cerdos ramoneros que se mueven con libertad
por las parcelas que antes estuvieron sembradas, o por la floresta. Después de
cosechar, y cuando ya a las áreas de siembra tan sólo les quedan pajas
dobladas, cañas secas o tallos caídos, mudan de lado a los puercos para que
hagan el cañeo, es decir, se alimenten de los residuos. La alternación de
estos espacios y el óptimo uso que los campesinos negros le dan a la energía
alimenticia derivada de sus cultivos, hablan de toda una filosofía ecológica o ecosofía
comparable a la que los etnólogos han descrito para los indígenas de la
misma región.
Los
campesinos negros del Baudó comparten con los indios emberaes la producción;
les delegan el cuidado de los marranos y la limpieza de los cultivos, entre
otras tareas. Lazos tradicionales de compadrazgo integran a ambos pueblos en una
coexistencia dialogante, la cual, con todo y sus tensiones, ha servido de vehículo
para la formación de territorios compartidos por las dos etnias.
Así,
con otros sectores del Chocó, el Baudó constituye un refugio de paz,
desprovisto de guerrilleros, grupos paramilitares, soldados o policías. De
manera significativa contrasta con
otros lugares de Colombia, donde la gente se vale de balas y metralla como
medios privilegiados de resolver conflictos territoriales, sociales y políticos.
De ahí el interés de la Universidad Nacional por apoyar nuestro estudio
antropológico sobre los patrones de convivencia interétnica que imperan allá.
Su realización abre la posibilidad de ofrecernos claves fundamentales para
proponer alternativas que contribuyan a detener la sangría sufrida por los
pobladores de muchos ámbitos de la geografía colombiana.
ASIMETRÍAS
EN LA DEMARCACIÓN TERRITORIAL
El
equipo de la Universidad Nacional también halló que en varios puntos del valle
del Baudó, se estaban desintegrando algunas de estas formas de coexistencia
entre indígenas y negros. Este cambio tiene que ver con la manera como la
Constitución de 1991 arrastró la asimetría que durante los últimos ciento
cincuenta años la legislación colombiana ha mantenido en cuanto a la
delimitación de derechos étnicos.
La
ley 89 de 1890 permitió que mientras los salvajes
iban reduciéndose a la vida civilizada continuaran viviendo en sus
resguardos, bajo el régimen de sus propias autoridades. No obstante el sentido
discriminatorio de la norma, la resistencia indígena se amparó en la
legitimidad temporal y fue consolidando un movimiento que, en regiones como el
Cauca y el Tolima, para el decenio de 1970, mostraba una solidez que le servía
de ejemplo a otras organizaciones. Dos lustros más tarde se extendió por las
sabanas y las selvas yen 1985, la Organización emberá-waunaná (Orewa) ya se
mostraba como ente capaz de ejercer presión sobre el Estado para que éste
creara nuevos resguardos o los desenglobara de la reserva nacional creada por la
ley segunda de 1959.
Semejante
tenacidad explica que hoy en el Chocó haya 78 resguardos, con una extensión de
un poco mis de un millón de hectáreas, de los cuatro millones del
departamento. Infortunadamente, con mucha frecuencia, la expansión tiene lugar
en tierras que han sido habitadas o cultivadas por los negros. Como hasta ahora
la legislación colombiana no le había reconocido derechos ancestrales sobre
los territorios ocupados por los descendientes de quienes hace por lo menos 200
años iniciaron su proceso de automanumisión, los campesinos negros resultan
amenazados de expulsión y hasta expulsados, a medida que avanza el saneamiento
de los resguardos.
Se
esperaba que, con su énfasis en la democracia participativa, la nueva
constitución echara pie atrás en ello, pero retroceder sobre tradiciones tan
arraigadas no ha sido fácil. Los artículos 286 y 287 equiparan la autonomía
territorial y política de los resguardos y los cabildos que los gobiernan con
la de municipios y departamentos. Así, mientras que desde julio de 1991 las
organizaciones indígenas se esforzaron en el reordenamiento territorial de sus
comunidades y el fortalecimiento de las autoridades tradicionales, el AT 55
pospuso por dos años el reconocimiento de la territorialidad étnica
afrocolombiana.
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