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2.
MINEROS, AGRICULTORES,
PESCADORES Y CONCHERAS
Afrocolombianos
creadores
de riqueza
La
gente del Pacifico sale muy rápido de sus vacas: con las patas entre el barro
sufren muchas enfermedades. Tampoco abundan las ruedas: cadenas de piernas y
brazos mueven guijarro, piedras o troncos entre humedad, fango, montañas y
selvas; Legendarias redes, por la terquedad con que terremotos, maremotos,
incendios y corrientes marinas persisten en acabar con todo. incertidumbre y
creatividad se atan aquí como en ningún otro lugar de Colombia
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Fototeca
Cinep
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Bernardo
Leal Chaparro: Antropólogo, estudiante maestría de historia, Universidad
Nacional. Jaime Arocha: PhD., profesor asociado, Director Centro de Estudios
Sociales, Facultad de Ciencias Humanas, Universidad Nacional.
Riberas
para sacar oro,
RIBERAS PARA CULTIVAR
Pasos
paso, el encuentro con un lugar, a la vez muy singular y característico de la
región.
LA
LLEGADA
Una
tarde lluviosa de noviembre llegué al río Bebará, afluente del Atrato en su
curso medio, siguiendo la ruta al mar. La canoa, con un motor de baja potencia,
apenas trepaba por la corriente. El río bajaba de la Cordillera Occidental con
un marcado tinte café oscuro, arrastrando a su paso troncos y piedras, los
cuales nos amenazaban con un naufragio. A lado y lado sólo veía unas pocas
casas, platanares y, como queriendo tragárselos, la selva. Devoradora
de hombres, la había llamado Arturo Con, en La Vorágine y le había
gritado a ella
inhumana,
caótica.
Esta
primera impresión comenzó a disiparse semanas mis tarde cuando, a través de
los habitantes negros, vi el verdadero Bebará. El río, esa calle por donde había
entrado, los comunicaba, les proporcionaba pescado y delimitaba hasta cierto
punto, su territorio con el de los cholos indígenas
embera que habitan las partes altas. Cercas naturales de chontaduro
y nacedero alinderaban viviendas y
parcelas de los grupos domésticos, es decir, de los parientes que tienen una
misma residencia.
Supe
que el Chaquenendó o Chequenendó, tributario del Bebará, es el río agrícola:
allí se localizan las principales parcelas de cultivo. En contraste, la
margen opuesta alberga la quebrada minera de
Carreo, el río minero, residencia del
oro y el platino. Entre los dos, el río mayor, el Bebará, asiento de viviendas
paradas sobre pilotes y del principal caserío: El Llano, trasladado por los
curas de la parte alta,.al sitio que ocupa actualmente en el medio Bebará.
Dependiendo
de la actividad que realice, la gente de la vecina La Villa, se mueve entre los
tres ríos. Se la puede ver canaleteando —palanqueando— en la champa
de arriba abajo, o atravesando por los caminitos del monte.
Recordé
una vez más a Arturo Coya; quizás él y sus acompañantes no pudieron romper
con la visión europea sobre la selva. Sus sentimientos agresivos y confusos se
reflejaron en cada árbol, en las aguas de los arroyos y en cada mirada de los
habitantes de la floresta; la selva sirvió de espejo a viejas concepciones
hispanas asociadas con el salvajismo, el desorden, la locura y la muerte.
Al
otro lado del espejo, los descendientes de los esclavos y los embera, dieron un
orden particular a la espesura, a las aguas, a los ritmos y ciclos biológicos,
hicieron habitables estos lugares sin depredar ni derribar.
LA
BATEA
Antes
de irme de Bebará, conseguí una batea hecha de insibe, madera fina de la
familia del chachajo, al decir de las gentes del río. A cada paso alguien me
interrogaba: - ¿
Qué va a hacer paisa con esa batea? ¿Para qué la quiere?-. -Es un
recuerdo o de pronto me pongo a mazamorrear en los caños de Bogotá-
,
les respondía en son de burla. Los cierto es que ese sencillo
artefacto, similar a un gran plato o bandeja de madera, semicóncavo, con dos
asas opuestas y con un diámetro entre 50 y 90 centímetros, conectaba historia,
explotación minera y relaciones familiares o parentales.
En
efecto, por esos lares, minería e historia son casi sinónimos. Los
antiguos, como dice la gente, dejaron huellas rasgando peñas, construyendo
canalones, edificando bodegas para los españoles. Los pocos europeos
abandonaron a su paso campanas traídas de la península, restos de pueblos
fantasmas los de las cabeceras del río, monedas de oro y plata con la efigie de
Carolus
III acaso perdidas por un explorador descuidado.
Algunos
descendientes de aquellos antiguos decían, tal vez no muy lejos de la verdad,
que la misma quebrada Carreo, era un viejo canalón: raspando un poco sus
orillas puede salir oro. En otros cortes ya no corrían ni el agua ni el metal.
La selva ya cubría gran parte de los zanjones utilizados en otros tiempos por
esclavos para lavar arenas auríferas con instrumentos como la batea que tenía
en mis manos.
Mientras
andaba con el minero Humberto Mosquera hacia los cortes, pensaba que muy cerca
de ese pasado, se explotaban nuevos placeres mineros, con las mismas técnicas,
formas organizativas y faenas que imperaron en la Colonia, y que es tan sólo
ahora que la gente comienza a introducir aparatos que agilizan la explotación
minera.
Mi
acompañante me señalaba a cada paso una planta curativa, un árbol de buena
madera o un peligro inmediato; yo trataba a un tiempo, de seguir el hilo de la
conversación y de aprender cómo pisar, de qué rama cogerme, a cruzar un cauce
por un tronquito liso y sin barandas. Ya cerca de Carreo, le pedí a Humberto
que me contara cuáles eran las formas de extraer el oro. Él me señalo el banqueo
o mazamorreo y la forma
tecnificada.
El
mazamorreo
—me
dijo— se puede hacer en el plan —playa— de los
ríos. Evoqué en ese instante el viaje por el Atrato donde algunas mujeres,
batea en mano, se inclinaban a recoger arenas de la playa, y luego iban a la
orilla de la corriente y lavaban rítmicamente las arenas hasta separarlas del
oro.
DELATUCAA
LA MOTOBOMBA
Del
barequeo se desprenden otras modalidades, por ejemplo, la llamada molino
o agua arrimada: consiste en represar el agua con maderos, troncos y arena
para que por un canal lateral el líquido fluya hasta la parte alta del cerro de
donde se extraerá el oro. Previa limpieza del terreno, el agua cae por la peña,
y con el almocafre, la pica y la pala, se levantan las gredas, que rodarán con
la corriente hasta los canalones construidos en la parte baja. Allí con la
batea, como en el trabajo de la playa, se separan las arenas del oro. Esta
modalidad es de verano, cuando es difícil acumular en la parte alta del cerro
agua lluvia.
En
la orilla opuesta de Cárreo, Humberto me mostró otra forma del barequeo:
la
hoyación.
Me
explicó que se abría con pica y pala. Las gredas y arenas extraídas se
colocan en la batea, para ir a lavarlas a un río o quebrada.
En
otro punto del recorrido vi restos de la modalidad conocida como tuca
o guache, especie de túnel no muy profundo que se abre a medida que van
sacando arenas para lavarlas en los ríos. La idea es internarse despacito por
entre el ceno, con el fin de extraer el oro y colocarlo al final, en un
recipiente: el totumoagüero. De una tuca se pueden abrir ramales en otras
direcciones. Estos túneles no son tan profundos ni largos y se hacen incluso
pasando bajo las raíces de los árboles.
El
canalón o brecha es similar al molino
o agua arrimada, con la diferencia que en él se utiliza agua lluvia en vez de
agua de río.
Después
de varias horas de caminata y diálogo sobre minería, llegamos a la casa de la
parentela de la mujer. de Humberto. Al frente se asomaba, una vez más, el río
Bebará. Mis tarde, rodeados por varios niños y adultos, continuamos el diálogo.
Algo me inquietaba: las personas que trabajaban en las minas eran casi siempre
familiares. Por eso le pregunté a él quienes tenían derecho a trabajar en los
cortes. -Los parientes, los miembros de familias-, respondió.
Poco
a poco entendí que no trabajaban sólo los miembros de familias nucleares,
es decir, padres e hijos, sino que también tenían derechos abuelos, tíos,
primos hasta en tercer grado, cuñados, yernos, nueras, hijastros; en síntesis,
los miembros de
familias
extendidas.
Creí
también por un momento que al morir alguna persona dueña de cortes mineros, su
señora e hijos heredarían dichos cortes y se los repartirían entre ellos.
Pues no. Primero, porque la esposa no hereda del esposo, ni él de ella. Las
tierras mineras las reciben sólo los descendientes: el padre le da a sus hijos
sin importar que sean de distintas mujeres, y la madre les lega a los suyos pero
no a los engendrados por su cónyuge con otras mujeres; éstos últimos heredan
de sus respectivas madres y padres, aunque hay casos en cuales los hijastros
reciben del padrastro o madrastra.
En
segundo lugar, muerte y herencia no están necesariamente asociados. Un hijo
puede recibir tierra en vida de su padre o de su madre. En tercer lugar, los
terrenos mineros no se los dividen los herederos. En un principio yo pensaba que
allá sucedía lo que en 1974 Nina de Friedemann halló en el río Güelmambí,
afluente del Telembí (Nariño): había una mina del grupo doméstico llamada mina
comedero, y otra de la familia extendida, denominada mina compañía. Pero en Bebará no se dividían entre los miembros
de las familias extendidas. Esta forma de inenajenabilidad ancestral quedó
ratificada por la ley que legitima los derechos territoriales afrocolombianos
que el presidente Gaviria sancionó el 27 de agosto de 1993.
Entendí,
pues, que los hilos invisibles del parentesco, trazados tanto por el lado
materno como por el paterno, regulan la explotación del oro y del platino. De
igual manera, que ellos determinan la posesión de las minas por parte de los
descendientes.
-La
otra forma de sacar oro es con técnica-
dijo
Humberto. No había gran diferencia con las modalidades llamadas molino o agua
arrimada y canalón o brecha, pero a diferencia de ellas, el agua era
transportada a presión hasta el corte mediante motobombas. Así, la tierra
lavada rodaba hasta el canalón y los cajones, donde las jóvenes, con sus
faldas anudadas en las caderas y los pies resistiendo la corriente, se
inclinaban a lavar las arenas y cascajos cogiendo la batea de sus asas y
metiendo los dedos entre las gredas para sacar alguna piedra en busca de
adherencias de oro y platino.
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