(continuación capítulo Poblamiento)

 

EL ESPACIO se hispaniza

Finales del siglo XVII. Felipe II se apoya, para consolidar el Estado, en una política expansionista y de colonización cuyo principal rasgo fue la búsqueda de El Dorado.

ASENTAMIENTOS PRIMERO

D esde que llegaron a las costas de tierra firme, los europeos buscaban el oro con el que la Corona se liberaría de sus acreedores genoveses.

El Nuevo Mundo fue pues para los conquistadores —aventureros sin tierra— la posibilidad de enriquecerse. Aparte del pillaje de las tumbas indígenas durante las expediciones, los españoles fueron explotando los placeres auríferos con lo cual se generó un poblamiento itinerante de campamentos de minería de aluvión. Al tiempo, el hallazgo de depósitos daba lugar a establecimientos de minería de yeta con la consiguiente y relativa sedentarización.

Entre los pobladores, los cuna fueron los primeros en conocer a los buscadores de oro: en 1509 los españoles incursionaron en el golfo de Urabá y lo invadieron, fundando las poblaciones de San Sebastián de Urabá y Santa María la Antigua del Darién. En 1535 se instalan en San Sebastián de Buenavista.

Un año después, Pascual de Andagoya penetró la llanura sur de las tierras bajas del Pacífico y estableció un puerto en Buenaventura el cual estaba conectado por el cañón del Dagua con la recién fundada ciudad de Cali. Desde entonces, noticias sobre el oro navegaban la floresta. De ahí que los ríos San Juan y Atrato fueran los nuevos espacios por explorar

En 1573 Melchor Velázquez salió de Anserma, cruzó la Cordillera Occidental a la latitud de Cartago y fundó la ciudad de Toro en las cabeceras del río Ingará, un tributario del Tamaná, donde se hallaban las minas. Después de la fundación de la ciudad y del establecimiento de campamentos mineros en el río, se estableció el Real de Minas de San Francisco de Nóvita. El antiguo campamento se había convertido en un centro administrativo que tenía jurisdicción política, económica y religiosa sobre el territorio donde se hallaban las minas.

En el mismo año de la fundación de Toro, los españoles salieron hacia el valle del río San Juan. Los expedicionarios se internaban en territorio embera. Los españoles llamaron chocó a los embera y a los waunana: la palabra chokó que los embera utilizan para denominar los cántaros para la chicha, fue escuchada por los españoles y luego utilizada para nombrar la familia lingüística embera-waunana cuando aún no se había consolidado el proceso de diferenciación dialectal (Patricia Vargas, Henry Wassen).

OTROS NOMBRES YA RESISTIR

Kathleen Romoli, etnohistoriadora, nos cuenta como fue visto el territorio embera por los españoles de Toro quiénes se encontraron con que “la tierra de sola la lengua chocó es más de cincuenta leguas pobladas sin hacer interrupción alguna, es todo de población trabada y entre otros caciques que hay tiene este testigo por memoria y cuenta ciento y treinta y seis caciques que sujetan y tienen gente...

Romoli cuenta también que, según el informe del capitán de la expedición Pedro de Moriones, este territorio se dividía en “...cinco provincias todas de una lengua que son la primera de mamananbira donde entró el capitán Juan de Sabala, la provincia de Tabira que está a las espaldas de Anserma, la provincia de Termiji que va rodeando a los chancos, tootumas e ingaraes y la provincia de Isaza que está en medio de toda la tierra del Chocó y la provincia de Guaya que es donde este testigo con los demás entraron...”

Son historias que nos hablan de dos cosas. Una es la percepción que los españoles tuvieron de este territorio: un espacio humanizado por grupos de gente que expresaban su noción de pertenencia a un lugar en la misma lengua. Sin embargo hablan de poblaciones trabadas como si no percibieran las cadenas de relaciones que daban orden a ese espacio.

La segunda tiene que ver con la manera como los europeos nombraron esos espacios. Ellos percibieron las diferentes territorialidades de los embera puesto que hablan de cinco provincias. Empero este término no correspondía a la manera como los nativos nombraban su propio territorio: el espacio embera se articulaba sobre el eje del río y de su cuenca mientras la provincia, modelo espacial que los españoles traían de la península, lo hacía a partir de un eje centro-administrativo que cumplía funciones políticas, económicas y religiosas. Pedro de Moriones lee el espacio embera en términos de la nueva espacialidad que los españoles pretendían controlar desde el recién fundado Real de Minas de San Francisco de Nóvita, es decir, como territorios potencialmente tributarios.

El modelo ibérico fue impuesto mediante la presión militar y el sometimiento. Una vez que los territorios eran conquistados, es decir invadidos, los españoles procedían a fundar poblaciones: llevaban a cabo un repartimiento del territorio de los sometidos.

Tal fue el caso de Toro. Inmediatamente después de su fundación en 1573, el capitán general Melchor Velázquez procedió a distribuir solares entre los pobladores de dicha ciudad. Estos eran pequeños lotes de tierra de forma rectangular, situados alrededor del nuevo eje espacial: el marco de la plaza principal en la cual se hallaban la iglesia y el cabildo.

A partir de ese momento la cuadrícula ibérica, diseñada alrededor de la plaza, es superpuesta al modelo indígena articulado longitudinalmente a lo largo de los ríos. La hispanización del espacio comienza al igual que la resistencia indígena.

La resistencia se compone de dos fases: una que va desde los primeros contactos en el siglo XVI hasta 1640, momento en que, según los españoles, los indígenas fueron pacificados. En este período, los nativos hacen la guerra. La segunda fase comienza a principios del XVII y se prolonga hasta finales de siglo. La gente enfrenta, además de las armas de los conquistadores, dos nuevas invasiones: la espiritual, conducida por los misioneros, y la corporal que dejó marcas de viruela y castigos. Cuando su sobrevivencia demográfica y cultural estuvo en peligro, cambia de estrategia y pasa del enfrentamiento activo a la huida. Se inician entonces las migraciones, puntos de partida de nuevas construcciones territoriales.

IMPOSICIÓN A TODA COSTA

Para finales del siglo XVII el espacio indígena había sido fragmentado a causa de la invasión territorial y sociocultural de los españoles. La explotación del oro en el Chocó comienza a hacerse a gran escala. Las minas del Tamaná y el real de Nóvita se restablecieron y se fundaron campamentos a lo largo de los afluentes orientales de las zonas altas del Atrato y el San Juan. La región minera del Atrato se conoció entonces como la provincia de Citará compuesta por los campamentos mineros de Certegué, Bagadó, Neguá y Bebará. El centro administrativo fue la población de Citará (Quibdo),  donde se hallaba la tesorería real.

Hacia el sur, en el delta del Patía, se habían restablecido las minas en el Timbiquí e Iscuandé. Santa Bárbara se convirtió en el centro comercial y político de la parte sur de la llanura costera. A principios del siglo XVIII los depósitos del río Micay y Naya estaban en explotación y a finales del siglo Iscuandé, Santa Bárbara, Timbiquí y San Francisco de Naya eran los pueblos más grandes de la costa occidental de la Nueva Granada.

Es así como la región del Pacífico aparece formada por dos tramas espaciales superpuestas: la de la espacialidad indígena fragmentada que da lugar a migraciones y nuevos poblamientos, y la de los españoles que se extiende en una red de asentamientos mineros tanto al norte como al sur de la región. El nuevo orden territorial impuesto por la economía minera, debilitó la población indígena y los mineros españoles optaron por introducir masivamente gente de origen africano, esclavizada, para el trabajo en las minas. Los viejos placeres a lo largo del Tamaná fueron reabiertos y más de 100 esclavos venidos de Popayán y Anserma reemplazan a los indígenas. El Atrato fue poblado por mineros antioqueños y del Alto Cauca que vivían en los centros urbanos de Anserma, Cartago. Cali y principalmente, en Popayán. En la provincia de Nóvita, las minas más ricas pertenecían a las familias Arboleda y Mosquera de Popayán.

Estos amos de tierra caliente transfirieron los esclavizados de las minas de Antioquia y Panamá, ya en decadencia.

EL COMIENZO DEL ARRIBO

Llegaron cautivos a reemplazar diezmados.

Mientras los españoles prolongaban en el Nuevo Mundo las estrategias y el espíritu de la Reconquista para someter las almas y los cuerpos, los portugueses se lanzaban al reconocimiento territorial de las costas occidentales de África: las recorren en su totalidad entre 1454 y 1494. Los primeros contactos con los africanos se dieron a finales del siglo XV cuando llegaron al reino del Kongo.

En el momento de los descubrimientos, portugueses y españoles pasan de una fase de prospección de las riquezas, a una de sedentarización de naturaleza diferente en cada caso: así lo determinaban las especificidades de las riquezas que se querían explotar: el oro en América y las personas en África.

Hacia 1575 la población indígena del Pacífico colombiano estaba diezmada. Loa españoles seguían encontrando oro pero ya no tenían gente para explotarlo. En ese momento, los portugueses habían establecido ya el fuerte de El Mina (actual Ghana) en territorio akán, bautizado así a causa de las minas de oro que se encontraban en sus alrededores. Fueron numerosas las tentativas para conocer la ubicación de la minas. Sin embargo, el oro africano seguía llegando a Europa mediante el comercio de las caravanas transaharianas de los musulmanes del Maghreb.

Entre 1580 y 1592 los españoles descubren en el Nuevo Mundo, las minas de Remedios, Zaragoza y Cáceres en Antioquia. Es entonces cuando Felipe II, rey de España, anexa Portugal a la corona de Castilla. El oro, pues, estaba en el Nuevo Mundo y el reemplazo a los indígenas —que morían en las minas y cuyo exterminio afectaba los intereses económicos del Imperio— en África. La solución consistió en deportar a los nativos africanos para explotar el oro americano.

Con la anexión de Portugal, el rey convertía a los navegantes y comerciantes portugueses en sus súbditos, allegando su saber acerca de la navegación marítima y del África, región condenada, desde finales del siglo XVI, a producir gente para explotar el oro americano. A partir de entonces Cartagena se convierte en el principal puerto negrero de la América hispánica.

EL NEGOCIO REAL

La Corona creó un sistema de contrato, el asiento, mediante el cual un particular —el asentista— se comprometía a surtir a las Indias occidentales de un número determinado de personas esclavizadas por año, A cambio podía beneficiarse del monopolio de ese particular comercio.

Los asentistas residían en Sevilla, pero tenían administradores de sus negocios en las costas africanas y en las del Nuevo Mundo. En África se hallaban los pombeiros quienes se ocupaban de constituir las cargazones, es decir, el número de esclavizados que debían zarpar En Cartagena, estaban los factores quienes recibían los navíos de los asentistas y se encargaban de pagar los impuestos por cada persona esclavizada que llegara.

El comercio triangular o trata atlántica, se había establecido mediante el ir y venir de los navíos, verdaderos bazares navegantes que transportaban anuas, telas y licores de Europa a África y allí los cambiaban por seres humanos con quienes zarpaban rumbo a América a cambiarlos por el oro encontrado en el territorio de los nativos de este continente. En África, los portugueses dedicados al comercio vivían especialmente en los puertos, desde donde manejaban sus negocios. Si bien los pombeiros penetraron el interior de las tierras, su propósito no era establecerse en la selva sino ir en busca de los cautivos que venían de sociedades apartadas de las costas.

LLEGARON AL PACÍFICO

Los primeros buscadores de oro trajeron consigo africanos esclavizados. Antes de 1580, dice Nicolás del Castillo Mathieu, debía haber ya alrededor de 3 mil personas venidas del África occidental, sirvientes de los conquistadores en los primeros años del siglo XVI, y posteriormente de los funcionarios de la Corona.

Llegaron, hasta principios del siglo XVII, provenientes de la región comprendida entre el Senegal y la Sierra Leona actuales. Los yolofos y serere, y los cazangas venían del Senegal; los biáfaras y los branes de la Guinea-Bissau y eran embarcados en el puerto continental de Cacheo y en las islas de Cabo Verde. Bartolomé de Las Casas cuenta que Vasco Núñez de Balboa los utilizaba en la construcción de barcos en el Pacífico.

Es posible que, a principios del XVIII, se hallaran en las minas del Pacífico africanos de cultura ewefon y akán puesto que en ese momento los asentistas eran holandeses y controlaban la trata en el golfo de Benín. Los akán fueron embarcados por los ingleses situados en la Costa de Oro.

A finales de la primera mitad del siglo XVIII, la presencia de los akán, llamados minas, es mayoritaria en el puerto de Cartagena. Eran traídos por los británicos quienes tenían su base de operaciones en Jamaica. En este momento las minas del Pacifico eran el primer distrito minero de la Nueva Granada. Las regiones de Nóvita, Citará, Raposo, Dagua, Barbacoas, Iscuandé y Caloto se convierten en la principal fuente de oro para el Imperio español. En las minas del Pacífico debían trabajar —según las pocas informaciones que se tienen— africanos provenientes del centro-occidente de su continente. De esta región llegaron también los yorubas, llamados lucumíes por los españoles. También habría gente de las diferentes provincias del reino del Kongo y en particular de Loango. La presencia de los yolofos, branes y biáfaras fue quizás menor puesto que, para este período, el puerto de Cabo Verde y de Cacheo estaban en decadencia.


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