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VII
REGIÓN PACÍFICO
1.
POBLAMIENTO
Afrocolombianos
se
lleva la misma sangre
Octavino
es un adalid del Alto Baudó. Pudo apedillarse Akán, pero los portugueses
cambiaron el nombre de la etnia de sus antepasados africanos por el de Mina,
puerto donde los embarcaron. Al comprarle la libertad a su dueño, los negros
tomaron su apellido: entonces Mina se volvió Palacios. Libres se llamaron al
manumitirse como recordando que el poblamiento del Pacífico es impensable sin
lucha por la libertad.
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Fotografía
archivo El Colombiano
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Adriana
Maya Restrepo: Directora Departamento de Historia, Universidad de los Andes.
El
Pacífico colombiano
DIVERSO Y PLURAL
Una
de las porciones más ricas del mundo en especies vivas y formas culturales.
D
elimitada
por el Océano Pacifico, la Cordillera Occidental, el Darién y
la
provincia de Esmeraldas en el Ecuador, se encuentra una franja selvática, cálida
y húmeda, serpenteada por ríos que arrastran oro y platino,
y
por la historia donde convergen tres mundos: Europa, África y América. Es el
Pacífico
colombiano.
El
río Atrato enlaza la región con el Caribe, a donde llega desde tierra adentro,
expandiendo sus brazos y formando un delta majestuoso que extiende la selva
tropical chocoana hasta el golfo de Urabá. Los planchones bajan desde Quibdó
hasta Turbo recogiendo madera y dejando los productos que la gente de las
riberas necesita para vivir. Navegando entre selva y aves, se llega a Riosucio,
donde la tranquilidad de las aguas puede reflejar con total simetría amaneceres
rosados y violetas o la floresta atravesada por caños y rodeada de bruma, hasta
sorprender al viajero con los contornos de la ciénaga de Unguía y la visión
de la serranía del Darién.
El
río San Juan desemboca en el Pacífico y con el Atrato drenan la depresión
situada entre la Cordillera Occidental y la serranía del Baudó. Descendiendo
desde esas tierras bajas, se llega al Cabo Corrientes. Al sur de éste último
nace la baja costa aluvial que se extiende por 640 kilómetros, hasta
Esmeraldas. La mitad norte de esta explanada va desde Buenaventura a Guapi, y la
irrigan los ríos Micay, Naya y Timbiquí, entre los más caudalosos. En la otra
mitad, el río Patía y sus tributarios forman la planicie déltica que se
conoce como la región de Barbacoas (West 1972: 24).
Desde
antes de la Conquista, estos ríos producían grandes cantidades de oro, y
cuadrillas de esclavizados negros lavaban esos placeres, en la Colonia, para los
amos de tierra caliente que vivían en el sur de la región, en Popayán y Cali.
A los indígenas se les impuso el trabajo agrícola para alimentar a los
mineros. Fue de ese modo como a finales del siglo XVIII, el Chocó llegó a
producir más oro que el resto de
distritos mineros de la Nueva Granada.
En
este panorama de filones abundantes, la serranía
baudoseña es la excepción. Aquí las memorias del oro no tienen que ver
con la historia de la tierra, sino con los recuerdos de los mineros del río
Quito o de Bojayá. Mazamorreando domingos y días feriados, le fueron comprado
a sus amos las cartas que acreditaban su libertad. Así, convertidos en agentes
de su propia emancipación desde los finales del siglo XVIII, comenzaron a
establecerse en tierras sin amos.
De
esa manera, el Baudó permanece aislado dentro de un territorio de por sí
bastante escindido del mapa vial colombiano. No hace mucho llegó al filo de la
serranía la carretera que pretende unir la región cafetera risaraldense con
Tribugá, puerto en construcción sobre el Océano Pacífico. Cuando el viajero
se desplaza hacia el norte puede observar a su derecha, desde la vertiente
oriental, la extensa llanura chocoana y vislumbrar la ciudad de Quibdó. A su
izquierda, la vertiente occidental es una pendiente selvática que conduce a las
márgenes del río Baudó. Muchas zonas de la primera son de árboles talados
que intentan darle vida a potreros para ganado. La segunda, en cambio, aún
retiene su exuberancia original. Las dos vertientes y la carretera, resumen la
actual encrucijada ante la cual se halla no sólo la región, sino el país
entero. El que hordas de colonos atraídos por la nueva vía no conviertan las
zonas de la izquierda en los tremedales de la derecha depende, por una parte, de
la voluntad política para que los gobernantes le den vida al modelo de
desarrollo sostenible que introduce el artículo 80 de la nueva Constitución
colombiana; por otra, de que las organizaciones que representan a las
comunidades indígenas y negras, logren las formas de afianzamiento territorial
y político que la misma carta también contempla para los pueblos étnicos de
Colombia.
A
lo largo de la base de la cordillera, desde el área del alto río Atrato hasta
la actual frontera colombo-ecuatoriana, se extiende una franja casi continua de
tierra alta de gravas, de unos 8 a 16 kilómetros de anchura. Esta región es
conocida como las tierras bajas del Pacífico colombiano.
LA
GENTE
Los
embera son los descendientes de Carabagi (Patricia Vargas). Sus territorios
cobijaban los afluentes orientales del Bajo Baudó y los cursos altos de los ríos
Atrato y San Juan. Esta región de la llanura norte de las tierras bajas del Pacífico
era nombrada por los embera con las palabras Marnananbira
y Tabira, significando su territorialidad, puesto que bira
es un sufijo que, en embera, indica pertenencia a un lugar.
El
espacio se articulaba a partir de las relaciones de la gente con el entorno: los
habitantes de las partes altas de los ríos Atrato y San Juan se reconocen como los
eubida, es decir, gente de la montaña. A su vez los que se relacionan con
el río son
los
dobidá.
El
espacio embera se conformaba de caseríos, ocho o diez casas que mantenían vínculos
entre sí: una cadena de relaciones entre los miembros de la familia nuclear, la
familia extensa y las parentelas. Estas redes se articulaban en cinco sociedades
que reconocían un territorio propio, con zonas neutrales entre ellas, formadas
por espacios no humanizados.
Los
waunana, según la tradición oral, fueron creados en la costa pacífica.
Existen varias versiones sobre su origen: la primera cuenta que “el pelícano
creó los primeros seres humanos, en la playa de arena de la desembocadura del río
Baudó”; otra nana como Ewandama creó al mundo y a la gente en ese mismo no.
Una
tercera versión habla del mismo héroe, pero en ella, Ewandania vino de Panamá
con la mujer y los hermanos. Al volver a Panamá los dejó en la playa y les
recomendó que no hicieran casa que él la haría a su regreso. Sus hijos no
obedecieron porque el diablo les dijo que él les ayudaba. Ewandama regresó al
Baudó y fue muerto a flechazos por sus hijos. Este fragmento de la tradición
oral waunana concuerda con los planteamientos de la lingüística según los cuales
la lengua hablada por la familia embera-waunana se dividió en dos idiomas
diferentes en el río San Juan. Ambos grupos pertenecían a la misma tradición
cultural.
Además
de la gente de la montaña y la de los ríos, estaba la de los valles. Cuna
significa llanura y se refiere a
quienes habitaban las zonas planas de las cuencas del Atrato y el Baudó. Los
tule, otra sociedad de llanura norte del Pacífico, representaban a los cuna
como los animales-hombre que hacían parte de la descendencia de Piler, hijo del
creador Pad Tumamat. Además en el Atrato, los cuna tenían caseríos de tres a
cinco mil habitantes (Patricia Vargas).
Hasta
finales del siglo XVII, los territorios waunana, embera y cuna se mantuvieron
relativamente independientes del imperio español. La llanura norte de las
tierras bajas del Pacífico había sido humanizada a partir de un patrón de
asentamiento longitudinal siguiendo los ejes de comunicación delineados por la
naturaleza, es decir los ríos y sus cuencas.
Sin
embargo, los españoles incursionaron desde 1509 en esos territorios, los
invadieron buscando oro.
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