Hasta mediados del siglo XIX
UN LAPSO DE DESACATOS
José Escorcia 

Las provincias del Cauca tuvieron un papel definitivo en la Nueva Granada, las diferencias con el conjunto de la República y sus pugnas Internas.  

El orden colonial tenía dos pilares ideológicos, dos lealtades: al rey, y a Iglesia que se identificaba íntimamente hasta entonces con la causa de la monarquía. La independencia derrumba la primera y en su lugar habla de una nación basada en formas republicanas de gobierno.

Empero, en un buen número de provincias no era tan clara su integración a la Nueva Granada. A la Convención que redactó en 1832 la primera Constitución de la Nueva Granada, no concurrieron las del Cauca por encontrarse en un estado de conmoción interior, uno de cuyos aspectos protuberantes era el surgimiento, en todas ellas, de movimientos que querían incorporarlas al Ecuador —ambición que acabó el ejército de la Nueva Granada. 

El ejemplo más notorio en la región y en toda la república fue la provincia Pasto, convertida en escenario de endémicas revueltas realistas. Con ello y con las ocasionales guerrillas también realistas en otras partes, se creó una situación verdaderamente crítica a finales del año 1822 y comienzos del 23. 

UN ROL CONTUNDENTE  

Los pastusos cortaron las comunicaciones por tierra entre el Ecuador y la Nueva Granada. Santander entonces tronó con nuevos decretos contra los conspiradores internos, y los oficiales del ejército colombiano iniciaron una política de virtual arrasamiento en la provincia. 

Pasto se mantuvo como escenario de revueltas contra distintos gobiernos de la Nueva Granada, expresión a veces de tendencias separatistas en tanto había sectores de la población que se sentían, ya por intereses económicos ya por identidad cultural, muy cerca del Ecuador. Tal fue el caso del intento separatista vivido durante la Guerra de los Supremos —1839-1842— que comenzó como una asonada promovida por frailes en Pasto; o en la guerra de 1851, comenzada por los hacendados esclavistas de Cali y Popayán contra el gobierno liberal de José Hilario López.

En otras oportunidades los tintes eran religiosos o sociales: esa sociedad de pequeños propietarios y de comunidades indígenas no sentía simpatía por los proyectos políticos de la élite criolla de las otras provincias de la Nueva Granada.

Lo cierto es que en las provincias del Cauca se incubaron casi todas las guerras civiles del siglo XIX: el conflicto armado de 1828 cuyo centro fue Popayán, la Guerra de los Supremos, la guerra civil de 1851, la guerra de 1860-63 contra la Confederación Granadina y, por último, la guerra civil de 1876 que tuvo como uno de los focos principales la Guerra Religiosa en el Cauca y el saqueo de Cali.

TRAS EL VELO 

La complejidad de los conflictos tiene detrás de sí la pluralidad de relaciones en estas sociedades multiétnicas. En Pasto las haciendas alternaban con comunidades indígenas y con pequeñas propiedades que generaron una estructura especial: se basaba en la evolución del trabajo indígena iniciado con la encomienda y la mita, seguido por el concierto para terminar con la agregación permanente de peones en las haciendas. 

En Popayán entretanto, hubo mano de obra indígena y esclava en las haciendas y allí el contacto con las comunidades indígenas fue complejo y difícil. En el Valle del Cauca, en cambio, eran escasos los aborígenes en la banda más ancha del río, con lo cual los únicos límites para que los propietarios individuales se apropiaran de la tierra fueron los obstáculos geográficos naturales y el uso mano de obra esclava. 

En este escenario, la fricción entre los blancos y los pardos, mestizos y libres de todos los colores —el primer tipo de conflicto que se presentó en toda la Nueva Granada— se agravó con la esclavitud en suroccidente, empeño de los grandes propietarios de haciendas y minas que mantuvieron hasta 1851. 

En otra forma de pugna, la eminentemente política, afloran los resentimientos sociales por la discriminación y la exclusión. Se desarrolla entre la élite de propietarios y un estrato social con ansias de un espacio político, estimuladas por la guerra de independencia: no era propiamente una clase social pero sí constituía, para la década de 1840-1850, un segmento definido dentro de la sociedad criolla. 

Había en el estrato mencionado, blancos, mestizos e incluso pardos que se hicieron militares de oficio desde las guerras de independencia; y abogados y letrados que ocupaban posiciones de funcionarios antes reservadas a los peninsulares. Para 1840 conformaban círculos que se veían excluidos por la oligarquía propietaria. 

ADHESIONES Y OPCIONES 

La pugna social se expresaba en la época, bajo los discursos vigentes del liberalismo republicano, como un antagonismo político: mientras la élite propietaria se identificaba con la causa conservadora y gobiernista —en las provincias de Cauca, Popayán y Buenaventura, durante la guerra civil de 1839-1842—, el grupo de políticos y militares pobres se unió al caudillo militar José María Obando. Este conformaba la mayor parte del núcleo rector del liberalismo del suroccidente. 

El segundo grupo fue derrotado, marginado y hasta desterrado de la vida política después del 42. No obstante creyó que con el triunfo liberal nacional detrás del gobierno del General José Hilario López en 1850, tendría la oportunidad del desquite: identificados los grandes propietarios de la región con el conservatismo, la religión y la esclavitud, el gobierno liberal nacional se vería obligado a conformar los gobiernos locales con líderes de su sector social. En efecto, luego se convirtieron en dirigentes abiertos o soterrados de la presión popular contra la élite. 

Fue precisamente entre 1850 y 1854 que volvió a manifestarse la inestabilidad del Cauca. La conmoción nacional por la llegada al poder del primer liberal, López, se  convirtió en el Cauca en confrontación explosiva. Para el patriciado de la región acostumbrado al mando, los resultados de la elección causaron profunda sorpresa.

El poder ejecutivo nacional utilizando las ventajas que le otorgaba la todavía vigente Constitución de 1843 —hecha por conservadores—, nombró agentes de la rama ejecutiva, es decir gobernadores y jefes políticos de cantones, entre personajes adictos al régimen. Las élites de Cali y Popayán, enceguecidas por su cerrada defensa de la esclavitud y su viejo odio a José María Obando, no se precavieron de repartir a sus integrantes entre ambos partidos políticos y para formar los gobiernos locales el gobierno liberal tuvo entonces que apelar a grupos cuyo denominador común era, por no pertenecer al cerrado circulo de la élite, estar tradicionalmente excluidos del poder.

UN ASUNTO DE FONDO 

La intensidad del conflicto obedecía al hondo abismo social existente entre las fuerzas y no solamente a sus diferencias políticas. Lo más preocupante para la élite Caucana era la conjunción entre los liberales y los sectores populares, libres o esclavos, lo que reavivó la agitación sobre candentes problemas regionales como la abolición definitiva de la esclavitud y el asunto de los ejidos en Cali.

Es curioso que mientras en el resto de la república la dirigencia criolla pudo lanzarse a la ofensiva ideológica promulgando ideas republicanas de libertad e igualdad ante la ley, las élites de Cali y Popayán entraran a la vida republicana a la defensiva. Es que detrás de su adhesión a la República estaba siempre latente el temor al desorden social y a la guerra de castas.

La documentación de la época está llena de alusiones a grupos de hombres alzados en armas que se lanzan en abierto desafío a las autoridades. Su existencia, casi endémica, obedecía a un complejo haz de circunstancias sociales, políticas y geográficas —las montañas y bosques les servían de refugio—: por un lado, representaban un bandolerismo de grupos qué no encontraban ubicación fácil en la sociedad civil que los criollos pretendían organizar. Por otro, eran expresiones políticas ante la ausencia de partidos que sólo se consolidarían más tarde: el pronunciamiento armado se les aparecía como la única forma de hacer oposición política.

El enfrentamiento a escala nacional, se sabe, se resolvió con el triunfo de la coalición de liberales gólgotas y conservadores contra el liberalismo draconiano. En el Cauca, ante la fortaleza de draconianos y obandistas, la tarea de desmantelar al liberalismo draconiano y a la Guardia Nacional obandista fue labor de una alianza del liberalismo gólgota de afuera con el conservatismo de adentro. Concluyó así una etapa en la vida política del Gran Cauca para dar comienzo a otra de características diferentes.

 

DESINTEGRADO EL GRAN CAUCA
Humberto Vélez Ramírez

Las enconados esfuerzos por conservar el territorio, fueron finalmente acallados en el gobierno de Reyes. 

La Regeneración fue primero, y principalmente, un fenómeno asociado a la constitución de un centro político, con base territorial en la Sabana de Bogotá. Así la concibieron don Miguel Antonio Caro, su máximo arquitecto normativo, y don Rafael Núñez, su mas destacado líder político. 

Así tuvo que ser. En un país sin realidades nacionales que transcendiesen las regiones —quizás con las excepciones de la iglesia católica y de un incipiente ejército único—, no se encontraban otras fórmulas para atar la población y el territorio a la nación, que el universo de lo jurídico - constitucional. 

El Gran Cauca —donde la Regeneración se anticipó desde 1879— participó con Juan de Dios Ulloa y Rafael Reyes en el Consejo Nacional de Delegatarios de 1885 que daría origen a la Constitución de 1886. Ambos —más el primero— se destacaron en la construcción tesonera de un centro político, poro se opusieron con vigor a toda medida que debilitara el estatuto territorial del Gran Cauca. Para salvar la esencia del proyecto regenerador, aconsejó Núñez la máxima prudencia. Por eso en materia de división territorial todo quedó reducido a dos puntos bastante desteñidos, si se los confronta con los afanes centralistas de Núñez y de Caro: a un cambio nominal, de Estados Soberanos a Departamentos; y a la fijación de requisitos altamente rígidos que, en la práctica, imposibilitaban la creación de nuevos departamentos. 

SOLO UN INTENTO DE REFORMA 

El 20 de julio de 1887, don Juan de Dios Ulloa se posesionó como primer gobernador del departamento del Cauca con competencias jurisdiccionales en regiones geográficas y económicas tan amplias como el Valle del Cauca, Chocó, la Hoya del Quindio, Popayán, Pasto, Túquerres y la Amazonia. Desde un principio, leal y entusiastamente identificado con los regeneradores que hegemonizaban el centro político, Ulloa se dedicó a buscar fórmulas que facilitasen el manejo de la difícil situación fiscal, al impulso de las comunicaciones, al fomento de la educación y a la apertura de nuevos caminos. Además, utilizó la Ley 61 —la famosa Ley de Los Caballos—, el instrumento más eficaz para reprimir y acallar a la oposición .  

Empero, el regenerador caucano se distanció, con iras no disimuladas, del gobierno central en el tratamiento de la política territorial. En 1889 se opuso al proyecto de reforma constitucional presentado por Carlos Holguín, el cual facilitaba la creación de nuevos departamentos. En carta dirigida a un amigo antioqueño, don Marceliano Vélez le manifestó que la oposición de Ulloa había irritado tanto a Holguín que éste pensaba separarlo de la Gobernación. 

En adelante las relaciones de Ulloa con los dirigentes nacionales de la regeneración se deterioraron en tal forma que escribió en 1891: “No es de ahora, hace mucho tiempo que desconfío de Núñez, de Holguín y de ese enjambre de farsantes que administran la nación y dirigen la política”.

Para evitar el desmoronamiento ideológico, político e institucional de la regeneración, Núñez le aconsejó a don Carlos Holguín en 1898 retirar del Congreso el proyecto. 

LA SUERTE POR PARTES 

Comerciantes, hacendados y políticos vallecaucanos fincaban en la obra del ferrocarril Cali - Buenaventura, desde la década del 70, todas las esperanzas de redención económica. Pensaban que la agricultura se transformaría con los estímulos del comercio exterior. Pero fue la región de frontera cafetera, instalada en el sur de Antioquia y en la Hoya del Quindio, la que verdaderamente incidió: se incremento aceleradamente la demanda de alimentos producidos por las haciendas vallunas (carne, miel, panela y cacao). 

El Valle entró al siglo XX al ritmo de nuevas tendencias económicas, demográficas, sociales y políticas asociadas a la transformación capitalista de su agricultura y a la creación de nuevos grupos sociales y de poder. Las restantes regiones del Gran Cauca vivían otro proceso y esa diferenciación se hizo evidente cuando se acentuó la centralización del poder: durante el modernizante, reformista, autoritario y personalista gobierno de Rafael Reyes (1904-1909). 

Había llegado la hora, pensaba Reyes, de subordinar efectivamente la dirigencia regional al centro político. Hubo entonces decisiones que lesionaron el estatuto territorial de Antioquia y que desintegraron con radicalidad al Gran Cauca, por tradición los mayores y más fuertes émulos del Estado central. 

Los primeros pasos se dieron en 1905. Se crearon 6 nuevos departamentos, dos de los cuales formaban parte del Gran Cauca: Caldas —Manizales— y Huila —Neiva. En 1908 se vivió una fase más radical de desintegración: el país quedó descuartizado en 34 departamentos y un distrito capital, y el Gran Cauca se fraccionó en ocho departamentos con capitales de igual denominación: Túquerres, Pasto, Popayán, Cali, Buga, Cartago y Manizales. 

Mediante la Ley 65, en 1909 se regresó a nueve departamentos y en ese mismo año el cabildo de Cali aceptó la restauración del Gran Cauca, pero bajo su liderazgo; a esa posición adhirieron los cabildos de Caloto, Pradera, Florida, Guacarí y Tuluá. Los dirigentes bugueños, a su turno, reiteraron sus pretensiones autonomistas, mientras el cabildo de Palmira volvía a pensar en Popayán como capital. En 1910 se expidió el Decreto 340 que creaba al departamento del Valle. 

El nuevo departamento del Cauca se quedaba en el siglo XIX con su problema agrario sin resolver. Que a los caucanos les habían quitado la hacienda y que sólo les dejaron el mangón de sus terrenos, declaró gráficamente el maestro Valencia al evidenciar los efectos de la desintegración territorial del Gran Cauca en el siglo XIX; y que el Cauca había quedado reducido a un cerco de cordilleras inexplotadas escribió más tarde don Diego Castrillón.

 

Primeros años del XX
MOVIDAS Y PELIGROS DE LA HEGEMONÍA
Lenin Flórez Gallego

Las marcadas diferencias departamentales tuvieron un denominador común: los movimientos sociales. 

Valle, Cauca y Nariño tuvieron procesos sociopolíticos y económicos bien diferenciados en las primeras décadas del siglo XX. En el Valle se vive con euforia la creación del departamento y se elabora una idea de progreso y civilización en las élites, las que, en medio de las contiendas bipartidistas, se ponían de acuerdo para construir el ferrocarril del Pacífico, la carretera central, los acueductos, disponer de luz eléctrica, elaborar proyectos agropecuarios de exportación, utilizar el canal de Panamá y tener alguna  iniciativa industrial y bancaria. 

En el Cauca —particularmente en Popayán—se prolonga el duelo de la desintegración territorial. Nostalgia y depresión sufre la élite payanesa hasta el punto de emigrar un gran número de sus componentes. Se llegó a olvidar la consigna ¡Reintegración o muerte! y la expectativa eran sembrar café y trigo más que tener ganado. En las haciendas se producía tabaco, frutales, mieles y caña de azúcar y las industrias se reducían a los molinos, destilería de licores y cervecería y se encontraban algunas fábricas —en 1926— de baldosas, teja, tubos, ladrillo, concreto, joyería, vinería y artesanía de alguna importancia. 

Sólo hasta 1926 llegó el ferrocarril, casi 15 años después de estar en el Valle. Nariño entretanto mantiene cierta reclusión conservatizadora.

SALTA LA LIEBRE 

Variados fueron en el Valle los conflictos políticos durante estos años: por la entrega de los colegios a los hermanos maristas y la creación del departamento del Valle, en Buga; alrededor de la polémica ente los franciscanos e Ignacio Palau en 1913, en Cali; en Yotoco, Guacarí y Cali hubo zambras en 1911 con motivo de las elecciones; y en casi todo el Valle los rumores de levantamientos liberales, entre 1912 y 1913, provocaron tensiones y el movimiento de tropas.

Sin embargo, fue la bolchevización del país, y ya no el Partido Liberal o las amenazas yanquis, el peligro para la hegemonía conservadora y la nación. En 1920 la gobernación expidió una circular sobre orden público por los sucesos del Hortigal —problemas de tierras—, Cartago —luz eléctrica—, Puerto Tejada, Palmira, Pradera y Florida —contra abastecedores de carne. Se habló de introducción de armas para preparar el golpe de cuartel que darían los liberales y socialistas en Pasto, Popayán y Cali. 

Además, surgió un fenómeno nuevo entre 1915 y 1930: el de las huelgas. Hubo 17 organizaciones obreras en 15 poblaciones y sobresalían los activistas Miguel Olave y Laurentino Castillo en Cali, Nepomuceno Benítez en Bolívar, Salvador Rodríguez en Florida, Ramón Ureña en Jamundí, Agustín Morales en Buenaventura, Lisímaco Espinosa en Pradera, Luis C. Santacoloma en Tuluá, Emilio Bejarano en Buga, Salvador Barbosa en Dagua, Abraham Jiménez en Cerrito y Neftalí Arce en Palmira. Contra el peligro comunista, se creó en 1928 en Cali la Junta de Defensa Social encabezada por José Manuel Saavedra Galindo, Mariano Córdoba, Fray Tomás Becerra y Manuel J. Gutiérrez; es decir, por liberales, conservadores e Iglesia.

INTRÍNGULIS ELECTORALES 

En la campaña para suceder a Abadía Méndez hubo desde un principio mucha incertidumbre. Carlos Holguín Lloreda y José María Otoya candidatizaron a Ignacio Rengifo pero sus antecedentes como gobernador y ministro de guerra le restaron fuerza. Después se definieron los bandos Vasquista y Valencista. 

La mayoría optó por Alfredo Vásquez Cobo, más aun cuando Luis Adriano Díaz, obispo de Cali, recomendó votar por él en circular de enero de 1930. El grupo de Primitivo Crespo y Rodríguez Diago estuvo con Valencia de quien decía Rengifo que representaba el conservatismo de pálidos tintes, indeciso, vacilante y liberalizante. Peor que Olaya, comentaban otros conservadores. 

Entre los liberales la dirigencia nacional creó indecisión. Que era improcedente tener candidato propio: así opinaban con el general Cuberos Niño el periódico El Relator y Mario de Caicedo, presidente del directorio. Definida la candidatura de Olaya Herrera, la mayoría optó por su apoyo. Doce mil personas concurrieron a la manifestación en Cali el día de su proclamación y el día de su posesión 30 mil.

PUNTO APARTE 

En el Cauca la historia política estuvo marcada por las dos candidaturas presidenciales de Valencia y por el gran movimiento social de Quintín Lame. En esos sucesos se definen las relaciones Estado - Iglesia y sociedad - Estado, en una región donde pesaba lo tradicional en las costumbres políticas. 

La fiesta del centenario y la campaña presidencial de Guillermo Valencia movieron la sociedad política; pero el candidato no contó ni con el apoyo oficial ni con el de la iglesia. Por estos mismos años (1915-1918) entraron en polémica Guillermo Valencia, Jorge Ulloa y Laurentino Quintana —liberal que dirigía el periódico Opiniones— alrededor del tratamiento a los indios y a Quintín Lame. Desde el periódico Cauca Liberal también intervino Teófilo Sarria.

El problema religioso se agitaba por momentos: para detener la presidencia de Valencia —apoyado en un principio por el Arzobispo Crespo de Popayán — o en debates — como el de 1920 entre el presbítero Laureano Mosquera y el liberal socialista Marcelino Valencia o entre el periódico La Unión Conservadora y Juan de la Cruz— acerca de la reforma de la instrucción pública y las pautas del Concordato en 1923; o por la venta de biblias protestantes en 1924.

Pero nada causó tanto descontrol en la sociedad caucana dominante como el movimiento de Quintín Lame, entre 1915 y 1930. Siempre fue parte del desenvolvimiento del sistema político la historia de las indios. También desde 1915 —y durante todo el período considerado— se encuentran movimientos de comunidades negras en Puerto Tejada. A eso se suma el quehacer del Partido Socialista Revolucionario que llegó a tener en el Cauca, en 1928, cuatro organizaciones obreras y 16 activistas en Popayán y Puerto Tejada. Se expresaban en los periódicos Opiniones y Bandera Roja. El clima de tensión se alimentó con la crisis mundial de los años 30. "Nada por acá de particular que merezca contarse fuera de la política cada día más agitada —decía Carlos Holguín a Ignacio Rengifo en ese año—. Todo está paralizado por completo. Se esperan muchas quiebras. La crisis ha llegado a su colmo, y no se le ve remedio por lo pronto".

 

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