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3.
POLITICA
Cultura política: un
claroscuro
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Se trata de la cultura
política de la región; los conflictos de la sociedad colonial, la consolidación del
Cauca después de la Independencia. La confrontación de las fuerzas políticas caucanas
con las de Nueva Granada y la afirmación del Estado soberano del Cauca. Además la pugna
región - nación que condujo a La disolución del Estado, los rasgos de la violencia
partidista y los comportamientos electorales mas recientes.
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General José María
Obando.
Óleo de I.C. Valencia Siglo XX.
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Margarita Garrido:
Ph.D. Historia Moderna, profesora Depto. de Historia, Univalle. Almer Granados García:
Docente, investigador, Maestría en Ciencia política, U. Javeriana. Cali. Humberto
Velez Ramírez: Profesor titular, Depto. Historia, Univalle. Lenin Flórez Gallego:
Profesor, Depto. Historia Univalle. Adolfo Atehortúa Cruz: Licenciado y Magister
en Historia, docente - investigador, maestría en Ciencias Políticas, U. Javeriana, Cali.
Sociedad colonial ORDEN Y CONFLICTO
Margarita Garrido
Diferentes tipos de sociabilidad,
interacción y resolución de los conflictos. Algunos casos muestran la cultura política
Caucana en el atardecer colonial.
Amplia y diversa fue la región. En el siglo
XVII, Popayán ya era la cabeza de la Gobernación. Los descendientes de los primeros
fundadores Belalcázar, Cobo, Delgado, Mosqueras, Velasco y Campo Salazar
habían formado linajes fuertes, reforzados con las familias de comerciantes llegados a
mediados del siglo Arboleda, Hurtado del Aguila y estaban ligados a los
poderes locales y provinciales. La apertura de la frontera minera del Chocó a finales del
XVII revitalizó la precaria economía regional. En el siglo XVIII mineros y comerciantes
compraron tierras y pusieron las bases para unidades productivas, las haciendas de
trapiche, donde con mano de obra esclava producen mieles y aguardiente, carne de ganado
mayor y menor para surtir las minas del Chocó.
CONTROL
DEL PODER Y DE LAS LEALTADES
Las ciudades de fundación española
Pasto, Popayán, Caloto, Cali, Buga, Anserma y Toro eran los centros de la
competencia por el poder. Sus plazas eran el asiento de los poderes de la república
y donde se cumplía el reconocimiento social. Aunque sus cabildos tenían una autoridad
limitada y vivieron una persistente crisis financiera, los linajes viejos y nuevos se
repartían y disputaban los cargos en dichos cuerpos. Los méritos para estar en el
cabildo, parece, debían tener dos sentidos: su nobleza, generalmente asociada a las más
altas virtudes morales, y su interés por el bien común.
Por eso, vemos repetidas veces a grupos
familiares enfrentados por el control del cabildo de una localidad, gozando del apoyo de
sectores del pueblo y a éste interviniendo sobre las elecciones de alcaldes que tenían
lugar en enero de cada año.
A mediados del siglo, los Caicedo, quienes
frecuentemente habían ocupado los cargos, vieron realmente confrontada su hegemonía en
el cabildo de Cali por los recién llegados comerciantes españoles liderados por Gaspar
de Soto y Zorrilla, apoyados por algunos criollos como los Garcés de Aguilar. Al salir
elegidos para el cabildo por segunda vez en 1743 los miembros del grupo español, algunos
familiares y partidarios caicedistas concitaron a la mayor parte del pueblo e hicieron un
motín, sacaron a los presos, despedazaron la picota, y vituperaron a los alcaldes
gritándoles mueran los perros chapetones. Los recién llegados significaban una
amenaza a la posición de los notables criollos no por ser españoles, ni por ser
comerciantes pues les disputaban el poder local, el cual les daba una disposición
que consideraban derecho heredado.
Ambos grupos el liderado por Don Nicolás
de Ospina, Alférez Real, y el de Don Joaquín Fernández de Soto, alcalde ordinario de
primer voto, enfrentados en Buga en 1798 por la elección de alcalde, alegaron que
sus miembros eran de familia noble y se desvelaban por el bien de los pobres, y que sus
adversarios tenían espíritu de discordia y deseo de perpetuarse en el poder local como
grupo.
En Cartago, en 1776, los vecinos principales se
quejan por la elección de Don Nicolás de Perea como alcalde. Estaba implicado de alguna
forma en un crimen cometido por su sobrino y no se eligió. La sola sospecha exponía el
honor del cargo a menosprecios y vilipendios. Los vecinos de Supía acusan en 1791
de nepotismo a los hermanos José Pablo y Esteban de Castro y de abusos de la justicia,
sobre todo con los pobres.
Aunque los jueces tuvieran un poder limitado,
las elecciones cadañeras marcaban el ritmo de la vida política de las localidades. La
asociaciones se hacían alrededor de notables que tenían en su patrimonio el derecho a
ejercer el poder y el
deber de ser moralmente sin mácula.
CONTRA LAS NOVEDADES
En la segunda mitad del siglo XVIII, las protestas se encaminaron principalmente contra
las innovaciones hechas por los Borbones en materia de impuestos: cambiaban lo establecido
y sancionado por la costumbre o el pacto social por lo cual eran percibidas como injustas,
inconsultas, abusivas. Las maneras de protestar y las de resolver estos conflictos tienen
unas características regionales particulares.
Cuando en la década de
1760-70 se instauran los estancos de aguardiente, los sectores de cosecheros se ven
afectados y protestan. En Cali en 1766, la plebe hizo tumulto contra el estanco y un año
más tarde en Cartago, los mulatos recurrieron al uso de pasquines, los insultos y la
amenaza de incendio si no se quitaba el estanco. Los alcaldes tuvieron que ir a Santa Ana,
donde estaban reunidos, y entenderse con los mulatos en una especie de cabildo abierto. La
situación se puso al punto de que el estanco tuvo que ser suprimido y las acciones de
castigo pensadas no se realizaron a pesar de las sugerencias de los funcionarios de Chocó
y Popayán.
Las más estrictas órdenes del visitador
Gutiérrez de Piñeres en 1778 sobre el cultivo y producción de tabaco y la destilación
de aguardiente, se unieron a la orden del virrey de que el vecindario de Buga concurriera
a la apertura del camino al Chocó. Ello produjo una fuerte protesta en varios lugares. El
cabildo de Buga se reunió y mandó delegados a Llanogrande principal centro de
agitación y al partido de Tuluá y después de oír las quejas y algunas amenazas,
el cabildo dispuso suspender los trabajos y apresar a los cinco cabecillas en espera de lo
que decidiera el virrey.
En Hato de Lemus
hoy La Uniónel 19 de agosto de 1781, 300 ó 400 personas armadas con lanzas,
espadas, sables machetes, y escopetas, acudieron al estaquillo y derramaron los
aguardientes y despedazaron los tabacos y
el 20 pasaron a Toro e hicieron o mismo. No robaron la plata del estanco. Fueron las
mujeres las que sacaron el aguardiente y lo derramaron. Los sublevados fueron finalmente
indultados.
En esos casos se combinaron la expresión de
respeto a las justicias junto con la amenaza de sublevación de los de abajo, y la
disuasión, la tolerancia y el arreglo directo por parte de los gobernantes locales
En las otras provincias fue diferente. La
lectura del decreto sobre estanco del aguardiente produjo en Pasto en 1780, la protesta de
los indios que terminó con el asesinato del doctor José Ignacio Paredo, encargado por el
visitador general. Parece los vecinos temieron una sublevación general de los indios; no
hubo castigos sino exhortaciones al orden y sermones.
En 1800 se presentó en Túquerres una de las
protestas más violentas del período colonial motivadas por una de las situaciones más
extremas de abuso y extralimitación de las reglas del pacto colonial. Los indios de
Túquerres y Guaitarilla se rebelaron contra los hermanos (Rodríguez) Clavijo
corregidor y asentista de diezmos, quienes les cobraban y exigían más de lo
normal y de quienes se habían quejado formalmente en varias ocasiones. La lectura del
último recudimiento exaltó a los indios. Entonces quemaron la fábrica de aguardiente y
persiguieron a los Clavijo hasta darles muerte en la Iglesia donde se habían refugiado, y
al día siguiente los enterraron y pidieron un juez para esclarecer los actos. A pesar de
las explicaciones del gobernador y de los principales del pueblo de Túquerres, en este
caso no hubo clemencia sino castigo ejemplar. Los tres inculpados fueron ejecutados el 22
de noviembre de 1802.
POR EL HONOR Y LA
JERARQUÍA
Puesto que cada población tenía un lugar en un
orden jerárquico, sus habitantes derivaban su posición y su dignidad, al menos
parcialmente, de su pertenencia a ella. La importancia de este sentimiento de pertenencia
local y de la identidad que de él se derivaba, puede verse en los conflictos ocasionados
por la aparición de nuevos poblados.
En el
Valle del Cauca
escenario privilegiado de aparición de nuevos pueblos durante la segunda mitad del
siglo XVIII y todo el XIX las nuevas poblaciones del centro y norte, aparecen
alrededor de capillas doctrineras de las haciendas o en tierras cedidas por los
terratenientes para los pobladores con el ánimo de garantizar mano de obra para el
cultivo de sus tierras. Son los casos de Llanogrande cosecheros de tabaco,
Tuluácapilla doctrinera de indios, Cerrito, Bolo, Florida
cosecheros, La Victoria, Naranjo y Hato de Lemus.
Al principio los asentamientos se calificaron
como de gentes de mala vida y recibieron todos las degradaciones étnicas. Empero con el
tiempo, algunas comunidades se fueron organizando económica y políticamente hasta ser
reconocidas por las autoridades virreinales, primero como viceparroquias, luego como
parroquias y finalmente en calidad de villas o ciudades. Los hacendados aceptaron las
ventajas de tener arrendatarios de tierras y posibles jornaleros ocasionales.
En Quilichao, en cambio, los nuevos pobladores
lograron sólo temporalmente su reconocimiento. Los terratenientes caloteños, muchos de
ellos vecinos de Popayán, se opusieron tenazmente.
La rivalidad entre
Cartago y Buga, ambas ciudades viejas, se reprodujo entre esta última y Llanogrande, y
sería aprovechada por Tuluá para ganar el apoyo de Cartago en su reconocimiento, como
una forma de oponerse a Buga. De todas maneras Llanogrande y Tuluá sólo lo lograrían en
cuanto villas con el apoyo de Cali y al calor de la libertad en 1813, mientras
Florida (Perodias), Candelaria y Pradera, continuaron sujetas a Llanogrande por más
tiempo. Las seis de temprana fundación Anserma, Buga, Cali, Caloto, Cartago y
Toro, unidas como Ciudades Confederadas del Valle del Cauca desde 1811,
lideraron la oposición al gobernador Miguel Tacón de Popayán.
Así en el Valle, los blancos pobres, mestizos y
mulatos concentrados, lucharon por salirse del control patrimonial sobre recursos
naturales y laborales de las ciudades tradicionales. Hicieron de la autonomía la base de
su identidad y de su dignidad frente a la pretensión de las grandes ciudades de
convertirlos en pecheros, tal como lo expresaron en las protestas contra los
estancos y la apertura del camino al Chocó. Aun los esclavos fugitivos según lo
contaron los catorce huidos de Cartago en 1785 planteaban entre sus aspiraciones
convertirse en parroquia.
ASIMILACIONES
DIFÍCILES
En un proceso largo, el Patía se convirtió en
lugar de asentamiento de cimarrones esclavos huidos y de resistencia a la
formas culturales propias del patrón colonial. Los criollos propietarios optaron por
tolerar el abigeato y trabar relaciones más bien afables con los cimarrones. Los lazos de
parentesco y compadrazgo propiciaron la estabilidad de las sociedad patiana y el contacto
entre criollos y negros. En la Independencia estos grupos de patianos logran legitimarse
como realistas.
El caso de los indígenas fue diferente. Los
paeces lograron sostenerse en una situación de semi - integración que les permitió
defenderse parcialmente del sometimiento. No obstante su dispersión, a principios del
siglo XVIII logran el reconocimiento de cacicazgos y resguardos por parte de la Corona.
Ello no los salvó de sufrir la presión de algunos jueces sobre sus tierras. En varias
ocasiones los pueblos indígenas supieron hacer uso de las leyes que los favorecían. Al
final del período colonial, se dieron procesos de recuperación demográfica y
reconstitución de bases sociales.
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