Siglo XVIII EN RECUPERACIÓN
Entre las minas y las haciendas se
desarrolló un apoyo mutuo, y como en espiral crecieron ambas economías.
La economía minera se revitalizó a partir de
1680 con la incorporación de la frontera del Chocó comprendida en una franja
longitudinal entre Quibdó y Barbacoas. Por su riqueza aurífera, su incorporación era un
viejo anhelo desde la época de la conquista. La reducción de los indígenas que la
ocupaban y la posibilidad de evadir los controles fiscales de la Corona, impulsó a los
terratenientes y comerciantes de Popayán, Cali, Buga, Toro, y Cartago a conformar
cuadrillas de esclavos y desplazar las existentes en las minas de Caloto y Almaguer hacia
esta región. El objetivo era monopolizar grandes extensiones de tierra y eliminar los
posibles competidores, obteniendo reservas para explotarla una vez que las vetas y
aluviones se agotaban.
Sobre la frontera se asentaban los reales de
minas poblamientos aledaños a las minas que pertenecían a diversas
ciudades del interior: Barbacoas era jurisdicción de Pasto, Nóvita y Citará de
Popayán, y Raposo conformado por Dagua y Buenaventurade Cali. Su objetivo era
proveer de alimentos a las cuadrillas y servir de dormitorio para sus integrantes. Estaban
compuestos por viviendas para los esclavos, la casa del minero, iglesia, fragua, sitios de
almacenamiento y, en algunas ocasiones, cultivos de plátano y maíz. Regularmente estas
construcciones eran transitorias: la apertura de nuevos cortes y la búsqueda de
depósitos mayores obligaban a su traslado.
Entre cinco y
quinientos esclavos conformaban las cuadrillas las del Chocó y las del interior. El
número dependía de la capacidad económica del propietario quien se denominaba a sí
mismo señor de minas y de cuadrillas de esclavos, título que le garantizaba
privilegios económicos y sociales.
Las explotaciones de los yacimientos mineros
generaron un mercado de esclavos procedente de Cartagena en el Chocó (Novitá
y Tadó), en Popayán y en menor escala en Cali y Buga. Los negros eran destinados a
engrosar las cuadrillas de los reales de minas y, en menor medida, al trabajo en las
haciendas. La trata estuvo controlada por comerciantes de Cartagena, Mompox, Honda,
Santafé y algunos vecinos de Popayán, que actuaban individualmente, o en representación
de compradores de otros sitios del virreinato o del extranjero.
El auge de la minería originó un segundo ciclo
de oro en el virreinato de la Nueva Granada, consolidando a la hacienda en calidad de
unidad económica complementaria de las explotaciones auríferas. Las cifras de
producción de oro en la Gobernación comprueban un aumento durante buena parte del siglo
XVIII. El crecimiento promedio anual del 2%, influye en el desarrollo de la economía,
especialmente en el sector agropecuario.
La recuperación minera
venía operándose desde mediados del siglo XVII, En 1680 se quintuplicó la producción
con la incorporación de los nuevos yacimientos. El crecimiento continuó hasta la década
1740-1750, disminuyendo con cierta estabilidad hasta 1770. A partir de este año, se
incrementa de nuevo hasta lograr niveles muy altos en el último decenio de la centuria.
EN
MOVIMIENTO
La lenta formación de las haciendas se
intensificó en la centuria del XVIII: el auge de la minería las transformó en unidades
productivas proveedoras de carne de res y de cerdo, miel, azúcar y otros productos
alimenticios para las zonas mineras y las ciudades.
A partir de la segunda mitad del siglo XVII, las
estancias y los grandes latifundios de frontera se descompusieron por efectos de las
sucesiones patrimoniales, la crisis económica y la puja permanente de mineros y
comerciantes por comprar terrenos para destinarlos a la producción y obtener prestigio
social. Mineros y comerciantes desplazaron con la compra de tierras a la vieja capa de
terratenientes quienes, para evitar ser desalojados de su preeminencia social,
establecieron alianzas matrimoniales con los nuevos poseedores y diversificaron sus
actividades económicas hacia el comercio y las explotaciones auríferas. Surgió entonces
un nuevo tipo de propietario que combinaba todas las actividades, y la diversificación
permitió la transferencia de recursos derivados del comercio y la minería hacia la
hacienda: los capitales fueron utilizados en su montaje y en mano de obra esclava
proveniente del traslado de cuadrillas del Chocó hacia el interior.
NECESIDADES
ESTIMULANTES
Con la conformación de la hacienda, el ganado
dejó de ser cimarrón. Era controlado por medio de acequias para evitar el daño a los
cultivos. La ganadería se especializó en la ceba de novillos destinados al
abastecimiento de carne de las ciudades, y de las cuadrillas de esclavos de las minas, y
en menor medida a la producción de leche para la fabricación de quesos. La producción
ganadera, incentivada con la consolidación de los centros mineros, siguió un ciclo
similar al del oro: una rápida expansión hasta mediados de siglo (1747-1751) y luego un
estancamiento hasta 1780.
A su vez, la demanda de alimentos motivada
por la incorporación de los nuevos yacimientos mineros y el desplazamiento de las
cuadrillas de esclavos hacia las haciendas estimuló la actividad agrícola. Se
intensificó la explotación de las áreas cultivadas, ampliadas con nuevos desmontes y
roturaciones y hubo en ellas más utilización de bueyes. La extensión de los cultivos
variaba de acuerdo al número de personas que debían alimentarse y a la importancia de la
hacienda. Se cultivaron la caña de azúcar cuyos sembrados ocupaban una fracción
mínima de las tierras disponibles y que era utilizada en la elaboración de mieles y
aguardiente, el plátano y el maíz, productos complementarios de la dieta de los
esclavos basada en carne, frijoles y arroz.
TRADICIÓN
CAMPESINA
El trabajo esclavo había sido la forma
dominante de la explotación de las haciendas. No obstante, desde principios de siglo
existieron campesinos en áreas marginales interiores, en calidad de agregados o
arrendatarios, quienes junto con blancos pobres, mulatos, montañeses, mestizos y libres
que habitaban en los ejidos de las ciudades, la vera de los caminos, los indivisos,
las ciénagas y orillas de los ríos, configuraron finalmente un campesinado
dedicado al pastoreo de ovejas, cabras, cerdos y un pequeño número de vacunos, y al
cultivo de especies de pan coger cuyos excedentes comercializaban en los mercados
aledaños.
La vinculación de los arrendatarios a las
haciendas no contemplaba solamente una forma de trabajo: más bien una amplia gama de
modalidades como el alquiler de potreros o parcelas a cosecheros destinados al
cultivo del tabaco y, en algunos casos, permisos para dejar pastar algunas reses en
su propiedad. Los habitantes de los ejidos también fueron considerados arrendatarios. Los
terrenos donde habitaban eran otorgados por el cabildo local a vecinos sin tierra y a
artesanos, quienes instalaban galpones y talleres en sus parcelas, cultivaban plátano,
maíz y otras especies y criaban cerdos y vacunos.
Los habitantes de los
indivisos adquirieron sus tierras por herencia o por compra. Lograron construir con
trabajo familiar parcelas altamente productivas. Entretanto, los pobladores de las orillas
de los ríos y ciénagas y de la vera de los caminos, eran propietarios sin título cuyas
parcelas contaban, además del rancho o vivienda, con un platanal, árboles frutales, aves
de corral y, en algunos casos, con una o dos reses; participaban también en el trabajo
todos los miembros de la familia. Durante los primeros 50 años del siglo XVIII dedicaron
parte de su tiempo a la cría de cerdos aportados por los grandes propietarios;
posteriormente se independizaron de los hacendados criando sus propios marranos. Todos
estos campesinos lograban excedentes que eran comercializados.
A lo largo del siglo el
campesinado experimentó un amplio desarrollo demográfico. Los cabildos entonces dictaron
medidas de control político, judicial e ideológico, disposiciones con un carácter
ambiguo: por un lado, reconocen su existencia y por otro lo reprimen, suscitándose
fuertes conflictos. El resultado fue su incorporación en calidad de mano de obra cautiva
a las haciendas en forma de arrendatarios, agregados o terrazgueros, hasta convertirlo en
la mayor fuerza laboral del siglo XIX.
La segunda mitad del siglo XVIII marca el inicio
de la crisis del sistema esclavista.
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