ORA GOZAR, ORA REZAR

Solo la historia ha permitida un abanico tan variado de celebraciones. 

Un juego de fuerzas étnicas, culturales y sociales se deja ver en la conformación de las fiestas regionales, combinación de elementos paganos y espirituales, que revelan en su origen un complejo proceso de aculturación y las visiones delirantes de indígenas y negros recientemente evangelizados. 

Fueron numerosas las festividades durante la Colonia, y tenían un carácter comúnmente religioso. Cubrían todo el año, pero se concentraban en los épocas de pascua, resurrección y natividad. En ellas se manifestaban expresiones propias de cada comunidad, su integración y cohesión, a través de cofradías y grupos de custodios.

 

ARRAIGOS 

Las procesiones de Semana Santa de Popayán aparecieron desde las primeras décadas de vida colonial. Ya en el siglo XVI había tres: el Viernes Santo salía del primitivo Templo de La Ermita, el anda o misterio con la imagen del Amo Jesús acompañada por San Juan, el Cristo y la Virgen; el jueves y Sábado Santo partían de la Catedral las mismas andas de La Ermita y a ellas se unían la Cruz a Cuestas y cofradías de penitentes vestidos de animasolas. Por aquella época las procesiones ya eran costumbre arraigada en el corazón español de los encomenderos. En la pompa del ritual católico tenían el medio más propicio para ganar prestigio o status, exhibiéndose ante la comunidad durante los desfiles al lado de las autoridades principales. Les daba también oportunidad de hacer penitencia por sus pecados, llevando palio o cargando las andas arregladas con elementos regionales e imágenes traídas de España. 

En el siglo XVII la Semana Santa comenzó a tomar las características de autenticidad y a convertirse en la celebración más suntuosa del año. Pero fue en el XVIII cuando ganó la riqueza y ostentación religiosas que la distinguen hoy. No de otra manera se explica que la mayoría de las imágenes daten de entonces. Artesanos y artistas de Quito fueron traídos a la región. Formaron escuelas con los maestros, a quienes encargaron la talla de las más hermosas imágenes de santos, de retablos y pedestales de plata, vasos sagrados y coronas de oro con piedras preciosas. 

La permanencia y trascendencia de la Semana Santa en Popayán se deben probablemente a que esta ciudad fue el centro urbano regional más importante del período colonial. En ella, la Iglesia y la élite regional alcanzaron la prosperidad que les permitió consolidar las tradiciones hispánicas, fomentar y sostener la continuidad de este ritual religioso.

 

LA ANTESALA 

Las carnestolendas eran los últimos momentos de regocijo antes de entrar al reposo y la meditación propios de la Semana Santa. Su origen era igualmente español. Comenzaban el domingo anterior a la cuaresma y concluían el miércoles de ceniza. Se festejaban como carnavales, con bailes y disfraces, y fueron convirtiéndose en fiestas de carácter popular, con la participación destacada de indígenas, negros y mestizos. Se incluyeron riñas de gallos, corridas de toros y competencias de arcos y parece que bajo esta modalidad existieron hasta mediados del siglo XIX. 

 

MÚSICA, POLVORA, AGUARDIENTE 

En los primeros meses de cada año los pobladores negros de muchas localidades del norte del Cauca y del sur del Valle, celebran la Adoración del Niño Dios, manifestación más importante de la población negra de la región. 

Nunca coincide con la Navidad. Se realiza principalmente en febrero y marzo, quizás porque, como algunos ancianos señalan, durante la época de la esclavitud los negros tenían que asistir a las celebraciones organizados por sus amos, y sólo podían dedicar algún tiempo a sus propias festividades cuando habían cesado en las haciendas toda celebración conmemorativa del nacimiento de Jesús. Otros cuentan que las Adoraciones coincidían en el pasado con épocas de cosecha, el momento propicio, pues se disponía de dinero, para celebrar con decoro. 

Probablemente las Adoraciones se fortalecieron cuando los esclavos se consolidaron como campesinos libres, cuando ya no tenían la mirada fiscalizadora de los curas doctrineros y de los hacendados. El resultado ha sido la producción de un ritual que dramatiza el legado lírico del romancero, enriquecido con la danza, el canto responsorial, elementos profanos y una coreografía revestida de formas rítmicas de la lejana tradición africana. 

En esta fiesta son imprescindibles los músicos, la pólvora y aguardiente. Lo demás corre por cuenta de las dueñas de la fiesta o síndicas, quienes aportan su conocimiento de las loas, de los versos o coplas de las jugas, y quienes enseñan a los niños las danzas y las vueltas; y de los jóvenes, adultos y ancianos que participan en los bailes y los cantos. 

Para propiciar el robo del Niño Dios, el viernes hay un apagón premeditado en la vivienda de la síndica, donde ha permanecido todo el año. Salen a buscarlo de casa en casa, aprovechando para hacer visita y tomar aguardiente. 

El Niño aparece el sábado y lo empiezan a adorar. Se inicia un desfile o procesión: adelante va una niña vestida de blanco, con alas y corona y lleva en la mano una vara que tiene una estrella grande y dorada. Tres niñas de blanco la siguen, portando el pabellón nacional. A continuación van los reyes, niños entre diez y doce anos de edad, que visten capas de colores y coronas. Un estandarte con un abanico dorado lleno de festones blancos, en cuyo interior marchan la primera madrina y el primer padrino. La madrina lleva una canastilla que servirá de cuna para el Niño Dios. En seguida, el segundo estandarte con flores rojas y festones azules y en el centro, la segunda madrina con el segundo padrino. Desfilan los gitanos, las indias, los soldados y toda la gente de la población con velas y al final los músicos. 

De pronto, surge una niña vestida de blanco, alas y corona dorada sobre un anda con arco blanco y la transportan dos hombres a una altura de dos metros y medio. Es el ángel de las nubes. Todos aplauden, y entre pólvora y música sigue la procesión hasta llegar al patio de una casa donde se encuentra un pesebre rústico con la imagen del Niño Dios, acompañado por los demás personajes en vivo. Y entonces comienzan las recitaciones. Todos los personajes van diciendo sus loas, y entre una y otra hay música, piden nuevas jugas, cantan, bailan y beben. Después de varias horas de dramatizado algunos se retiran, mientras las capitanas y las cantoras seguirán bailando hasta el amanecer. 

 

DÍAS MERECIDOS 

La Fiesta de Negros y Blancos se celebra todos los años en Pasto y en las principales ciudades nariñenses. Se remonta al año de 1607, cuando los negros huidos de la población antioqueña de Remedios, indultados por Cédula Real, siguieron hacia el sur. En Popayán se enteraron de lo sucedido en Remedios y los esclavos en masa se presentaron a las autoridades coloniales para solicitar que se les concediera un día totalmente libre de verdad, en recompensa por el trabajo de doce meses. La solicitud fue a España y retornó con la declaratoria del día 5 de enero, vísperas de los Reyes Magos, como el día de los negros. 

En el día libre todos los negros del Gran Cauca se lanzaban a las calles, revivían su música ancestral, vestían trajes de colorines y tiznaban a todos los blancos que se encontraran en el camino. 

“Todos se vuelven locos —dice en 1854 Cordovez Moure acerca del festejo en Pasto— y las mujeres no reparan en medios para embadurnar a los hombres sin que en aquellas bacanales se ofenda el pudor de nadie”. A finales del siglo pasado los hacendados escogían los mejores caballos para el desfile en que competían las cuadras de Pandiaco, el Potrerillo, la Josefina, Pucalpa, los Lirios. El día cinco todos se tiznan de negro y el día seis de blanco, con polvos de talco. Hasta los años veinte de la actual centuria se realizaba el corso de las flores, actividad en la que los caballeros esparcían pétalos de flores a las damas pastusas y obsequiaban ramilletes a la elegida. 

Hoy por hoy el festejo se abre el día 4 con un desfile a pie con ancianos, niños, jóvenes, caballos, burros, gallinas y carretas, acompañados por el cura, el barbero, el boticario, el curandero y la banda de música. Son recibidos con un discurso al que debe responder Papá Castañeda. Es un carnaval donde eligen reina y hay un sinnúmero de bailes y diversiones. Resulta curioso que esta fiesta se conserve únicamente en Pasto, donde precisamente la población negra no fue, como si en otras regiones del Gran Cauca, la predominante: en ocasiones, la ausencia es quizás lo que permite que la expresión perdure. 

 

LA TRADICIÓN RELATA 

Fue la piedad humilde de una india lavandera, la que alcanzó el milagro del Señor de Buga. Hacía ella su oficio al pie del río Guadalajara, cuando pasó un escolta de alguaciles, conduciendo a la cárcel a un padre de familia pobre, acusado por deudas. Como averiguara a los gendarmes la causa de la detención, dejó su afán, se dirigió a su choza y allí, deshecha en llanto, sacó de su alcancía los ahorros con los que compraría un crucifijo que había soñado durante muchos. De regreso entregó sus dineros al inflexible oficial, quien devolvió sin más la libertad al prisionero. 

Transcurrido el tiempo y hallándose un día dormida, la piadosa mujer despertó sobresaltada por repetidos golpes en el lugar donde estaba un cofrecito de madera; encontró en él la imagen de Jesús. Se levantó al instante y observó que tanto el cofre como el Santo Cristo, habían tomado dimensiones mayores. De allí en adelante no cesó de crecer el crucifijo, hasta que un tiempo después alcanzó la talla de un niño de siete años. 

Paulatinamente se hizo público el milagro reconocido por el cura párroco y muchas personas empezaron a ir a la cabaña de la india. Pensaron entonces construir una capilla para que reposara la imagen, lo que significaba trasladar el Cristo atravesando el caudaloso río Guadalajara. Según cuentan, la noche en que estaban discutiendo el cambio, hubo una creciente y el cauce del río cambió, facilitando la tarea. Se construyó entonces La Ermita, de la que se conserva la torre. Luego, para finales del siglo XIX, la Basílica. 

La devoción por el Milagroso de Buga se ha extendido a otras regiones del país e,  incluso, a otros países. Cada siete años se festeja, en forma especial, en una procesión con la imagen.

 

POR QUE IR

La romería a la Virgen de Nuestra Señora de Las Lajas, de Ipiales, reviste igual magnitud. El motivo, su milagrosa aparición, data de finales del siglo XVIII.  

Según las crónicas una indígena de la población de Ipiales, María Quiñones, salió un día de su casa para visitar a sus familiares. Cuando pasaba por las peligrosas laderas cercanas al puente sobre el río Pastarán, se desencadenó una fuerte tempestad y fue a refugiarse en una cueva natural. Asustada, invocó el auxilio de la Virgen del Rosario, devoción propagada por los Dominicos en esa zona. Sintió que la tocaron en la espalda, volteó pero no vio nada; entonces salió corriendo hasta llegar a Potosí, su destino. 

Días después venía de regreso con su hija sordomuda de nombre Rosa a sus espaldas. Paró a descansar en la misma cueva. La niña se acercó a la roca y le dijo: ‘Mamá, vea esta mestiza que se ha despeñado con un mesticito en los brazos y dos mestizos a los lados”. Atónita María al oírla hablar por primera vez y puesto que no veía ninguna mestiza, siguió su camino hasta Ipiales. Un día Rosa desapareció y la encontraron en la cueva; esta vez María si vio la imagen. 

Estas visiones se conservaron en secreto, hasta cuando la niña murió; su mamá decidió enterrarla en la cueva y allí solicitó el milagro de la resurrección. Cuando esto sucedió María se dirigió a Ipiales y a la madrugada del día siguiente tomaron camino algunos vecinos junto con el párroco del pueblo. Al encontrar la imagen enmudecieron y a mediodía del 15 de septiembre se ofició la primera misa en el sitio de Las Lajas. Desde entonces ha sido sitio de permanentes romerías. 

 

JUEGOS, CHANZAS Y DIVERSIONES 

La Pelea de Gallo, tradición que se remonta al período colonial, se realizaba en los solares de las casas, con la autorización de los funcionarios de la época. Ante una demanda en Cali, don Agustín Caicedo manifestó en un memorial que “en consideración a que el ejercicio de tales riñas juiciosamente ejecutadas no sólo puede concurrir como lícito divertimiento a la sociedad de la nobleza, sino distraer a la juventud de los entretenimientos tal vez nada decentes en que podría ocuparse no habiendo otra pública diversión suplico reverentemente a VS. se sirva concederme que pueda mantener por año forzoso un patio para riñas de gallos que se hayan de jugar todos los días de fiesta...”. 

Para fines del siglo XVIII se tiene evidencia de la creación de las galleras como sitio exclusivo para las apetecidas peleas de gallos. Algo más: en informes de la tesorería municipal de Cali, del año 1850, se puede constatar que luego del impuesto por degüello de ganado mayor, el más importante ingreso a la ciudad era la tributación que pagaba la gallera, lo que nos muestra que esta forma de diversión prosiguió a lo largo del siglo XIX, hasta hoy. Es más, la actual carrera 3a. se llamó hasta hace poco la Calle de la Gallera. 

Otra forma de diversión importante fueron y siguen siendo los toros. De obvia raíz española, también se remonta a los tiempos coloniales. Según lo señala Andrés J. Lenis en sus crónicas, en el año de 1892 vino a Cali la primera cuadrilla de verdá. El circo fue construido de guadua en la margen izquierda del río Cali, un poco más adelante del puente Ortiz. Las corridas se celebraban en la mayoría de los centros urbanos de la región. Por el contrario, el juego de dados, bastante difundido, era considerado como un vicio. 

Hoy por hoy, durante las festividades de diciembre hay una serie de formas de entretenimiento muy sencillas que contienen cierto humor y algo de coquetería. Son las inocentadas, las adivinanzas y los aguinaldospajita en boca, hablar y no responder, dar y no recibir, estatua. Estos pasatiempos que vienen de tiempos remotos, se encuentran mencionados como evocaciones en las memorias de Gustavo Arboleda. 

Los bailes de gala surgieron hacia fines del siglo pasado y principios de éste, en los nuevos clubes sociales. Inicialmente se realizaban en las casas. El Gran Club de Cali contaba con cantina, billares, restaurante y salón de música, y era lugar predilecto para las actividades de la élite, especialmente las de los hombres. 

Con las construcción de los teatros proliferaron en las ciudades la zarzuela, el teatro y los conciertos, espectáculos que se tenían que ofrecer antes en escenarios improvisados como la casa del Cabildo —posteriormente Casa Municipal. 

Los carnavales con reinados de belleza, se iniciaron en Cali en 1922. Lo principal en ellos era el desfile de carrozas adornadas con alegorías y acompañadas de personajes locales y de comparsas. Las reinas provenientes de todas las partes del país eran el orgullo de estos carnavales.

 

FOGÓN, MESA Y CONFITES

Una rápida mención al gusto culinario, preámbulo a mayores deleites. 

Al igual que en toda la cocina colombiana, la del suroccidente se deriva de tres fuentes: la indígena, la española y la africana. La primera dejó el maíz, la papa y el chocolate; especies, plátano, caña de azúcar, animales domésticos, algunas verduras y el hábito de comer frutas, la segunda; y la tercera, más que elementos, introdujo costumbres de cocinar lo que se encontrara en el medio. 

Hoy se distingue el claro sabor hogareño en la comida regional: ha sido típico lo hecho en casa, sencillo en condimentos y más bien modesto. El mundo gastronómico era de puertas adentro y es muy reciente la costumbre de salir a restaurantes. “Sea dicha la verdad —se cuenta en La María—: en el almuerzo no hubo grandezas; pero se conocía que la madre y las hermanas de Emigidío sabían disponerlo. La sopa de tortilla aromatizada con yerbas frescas de la huerta; frito de plátanos, carne desmenuzada y roscas de harina de maíz, el excelente chocolate de la tierra, el queso de piedra, el pan de leche y el agua hervida en antiguos y grandes jarros de plata, no dejaron que desear”. 

El viajero francés André, quien describe una pulpería de Cartago, nos ilustra acerca de los alimentos de consumo corriente: confituras, artículos de mercería, tabaco, maíz, sal, chocolate, ron, chicha, anisela, queso, canela, espejos, quincallería, candela y betún. Comúnmente se distribuía a los esclavos carne, maíz y plátano con adiciones de aceites y azúcares para sus mujeres embarazadas. 

 

¡SABOR! 

Diferentes son las maneras de preparar el plátano, el maíz y el azúcar. El variadísimo plátano se prepara verde, maduro, frito o en forma de masa. Combinado con otros alimentos se puede degustar en sancocho o como deliciosos aborrajados. Pero es el maíz la esencia del famoso pandebono —tan despreciado por los viajeros extranjeros que atravesaron la región en el siglo XIX—, de masas y bebidas como la mazamorra y el champús; puede también simplemente cocinarse. 

Sin duda la presencia de los trapiches a lo largo del valle del Cauca desde el período colonial, alimentó la creatividad alrededor del azúcar y la panela. Alrededor de Buga, principalmente, ha tenido gran prestigio la dulcería en general, confitería de alfeñique, de azúcares, de alfandoque, los postres y el manjar blanco. Los panderos, las polvorosas, las cucas, las caspiroletas, las melcochas, las gelatinas de pata y las macetas, regalo para el día de los ahijados, continúan también presentes en las dulces costumbres de la región. 

Con la destilación del azúcar se pudo festejar y celebrar desde muy tempranas épocas con aguardiente. 

El chocolate es otra bebida sobresaliente, de muy agradable preparación según dicen los viajeros. Es más reciente el gusto arraigado por los jugos de fruta, de lista interminable.

 

ESE DELICIOSO RINCÓN 

Las cocinas estaban localizadas por lo general en un ala de las casas, aisladas de la  zona de dormir. Los fogones de leña daban un especial sabor a las comidas. Los hornos, construidos en los solares de las casas y a las afueras de las haciendas, eran  de arcilla, de forma redondeada sobre una base de madera para ser utilizados con leña. Los enseres para cocinar eran de madera, arcilla o de mate. A medida que los españoles se fueron estableciendo llegaron otros materiales como la loza, el cristal, el hierro, el cobre y el acero, con los que podían elaborar utensilios de cocina y mesa como ollas, pailas, sartenes, bandejas, jarras, platos, tazones, pocillos, cuchillos, cucharas, tenedores, morteros, cedazos, molinos. 

Los hábitos de comida —horario, normas de comportamiento en la mesa, reglas de aseo, ayunos y elaboración de comidas especiales, para celebraciones como la Navidad—fueron paulatinamente impuestas por los ibéricos. Se conservaron especialmente en los centros urbanos y en las clases más prestigiosas. Una rutina que se extendió hasta entrado este siglo fue la de las cinco comidas diarias: desayuno, media mañana, almuerzo, comida y cena. 

Las comodidades derivadas de la energía eléctrica y el acueducto significaron cambios notables en la cocina regional. Hubo quienes se dieron a la tarea de introducir mejores utensilios de cocina y de popularizar las maneras de mesa. Con todo, las costumbres en la alimentación se conservaron en el cotidiano vivir de este siglo y algunas perduran sin mayores variaciones.

 

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