4. VIDA COTIDIANA

Días hechos a mano

Se delinea la historia de la vida cotidiana desde finales del siglo XVIII. De aquí a las primeras décadas del XX es la época llamada de tránsito entre en antiguo régimen y la modernidad. Se resaltan aspectos de la familia, los ritos de sociabilización, las fiestas, las devociones, las diversiones, la comida y el vestido, sugiriendo la permanencia de algunas tradiciones y los cambios de otras.

 

 Indios del Puracé. Acuarela de M.M. Paz, Siglo XIX, B.N. Bogotá

Beatriz Castro: Antropóloga, magister en Historia. Pablo Rodríguez, Historiador, profesor titular de la Universidad del Valle.

  

VIDA EN ARCOIRIS

Fines del siglo XVIII. El perfil social de la región contrasta asombrosamente con el de las dos primeras centurias de vida colonial. 

Al declinar la Colonia, las principales ciudades de la región dejaron de ser simples aldeas. Cali, Buga, Pasto y Cartago enseñaban una arquitectura lustrosa y animaban actividades de variadísimo orden. La población, crecida en número y condición, se había concentrado en las ciudades y en nuevos poblados de gente libre. En el campo, las haciendas ganaderas o de trapiche constituían los parajes más visibles. En poco tiempo se convirtieron en asiento de formas de vida social sumamente complejas. 

Basada en la esclavitud, la vida en las haciendas era un crisol de relaciones interétnicas —de las que no estaban ausentes los peones indígenas—, de procesos de aculturación y de búsquedas, no siempre felices, de opciones de vida individual y familiar. En conjunto la región alcanzaba, al final del régimen colonial, los rasgos que identificaban el barroco hispanoamericano: sociedades en proceso de masificación, multiraciales y estamentales. 

De Cartago a Pasto se delineaba un corredor, nada monótono y quien iba de un extremo a otro de la región, debía recorrer valles de diversa altitud, ascender mesetas de incontables montañas, seguir las vegas de caudalosos ríos y soportar el cambio del clima. Si el paisaje era variado en color y textura, no menos lo era la gente que lo habitaba. Un mayoritario grupo de pobladores mulatos, pardos, zambos y negros, habitaba los campos y las goteras de las ciudades. A los indígenas, desplazados de los valles hacia las tierras altas de la cordillera Central, se los advertía sólo en forma estacional en las haciendas. Los blancos criollos y los peninsulares, de escasísima presencia en la región, tenían su asiento en las ciudades y, en forma secundada, vivían temporadas en sus haciendas administrando e imponiendo orden. 

Pero, ¿quiénes fueron estos hombres y mujeres que nacieron y murieron en la región?, ¿qué formas de vida familiar atemperaban sus afectos?, ¿cómo vivieron sus vidas, qué ritos, ceremonias y festejos marcaban sus días y cuáles palabras daban tonalidad a su característico lento hablar?

 

POBLACIÓN Y MESTIZAJE 

Antes de iniciar la comprensión de los tipos y las formas familiares que se forjaron en la región, conviene tener en cuenta algunas cifras generales de su demografía. De acuerdo con el primer Censo General del Virreinato de la Nueva Granada de 1779, la Provincia de Popayán contaba con 100 mil 290 habitantes, de los cuales el 64,26% eran mujeres. Desde el punto de vista racial, los libres —gente mestiza, parda, mulata o negra libre— comprendían el 32,67% de la población; los esclavos el 18,64%, los indígenas el 27,68% y los blancos el 20,49%. En este mismo censo se señala que en la Provincia había 510 religiosos monjes, clérigos, frailes y legos. 

Para entonces, la base racial era de color mezclado. Así lo muestra cristalinamente la composición de la población de Popayán y Cali: en Popayán, de los 7 mil 74 habitantes que había en 1807, 3 mil 5 eran mestizos, 354 indios, 1.218 mulatos, 120 negros libres, 1.359 esclavos y 1.018 blancos nobles. Cali por su parte poseía, en 1797, 6 mil 693 habitantes. De ellos, 2 mil 493 eran pardos, 1.218 mestizos, 1.120 esclavos, 256 mulatos y negros libres, 26 indios, 658 montañeses y 665 blancos y nobles. 

Un cuadro similar se daba en poblaciones menores como Cartago, Buga y Caloto. En otras recientes como Tuluá, Santander de Quilichao y Mercaderes, el elemento mulato era mucho más dominante. El fenómeno del mestizaje —que para la región es mas acertado definirlo como mulataje— constituye uno de los elementos sociales y culturales distintivos de la región. De la manera particular como se forjó el ser mulato, surgen las claves para comprender la mentalidad caucana y valluna. 

Todo eso se inició con el traslado masivo de esclavos africanos para la explotación de las minas de oro de la región, entre las últimas décadas del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII. Para sorpresa de los esclavistas de por allí y de todos los empresarios del Antiguo Régimen, las economías mineras eran marcadamente efímeras. Al sobrevenir la crisis de rentabilidad de la minería del Pacifico, muchos propietarios no tuvieron otra opción que trasladar sus cuadrillas de esclavos a las haciendas del Valle y del Cauca que, sin embargo, no eran industrias: no vivían un régimen de plantación en el que la disciplina de trabajo y el ordenamiento de la vida diaria impidieran la expresividad de los esclavos. 

Antes que operarios de una factoría, los esclavos se fueron convirtiendo en una especie de servidumbre y peonía. Incluso los viajeros y novelistas de la época no dejan de sorprenderse con la presencia pintoresca, pero también imprescindible, de los mulatos, pardos y esclavos negros en las haciendas. 

El mulataje es un fenómeno histórico sumamente complejo. Los férreos prejuicios raciales propugnados por el Estado colonial y por la Iglesia, obligaron a la clandestinidad de las relaciones entre gente de color opuesto. Por ello, en cierto sentido el mulato fue visto como ilegitimo. Empero sería ingenuo suponer que todo el origen del mulataje estuvo en las relaciones sexuales opresivas y violentas que algunos hacendados impusieron a sus esclavas. Por debajo de la delgada capa social de la élite regional, existía un vasto conjunto de gente de condición mediana y pobre que compartía sus días por igual. Fue en este grupo de blancos pobres, de montañeses, de mulatos, de pardos y de negros donde el mulataje se consolidó como forma cultural. 

De otro lado, la presencia de la Iglesia en el suroccidente colombiano fue muy débil. Se remitía a las principales ciudades y, aunque en el siglo XIX incrementó sus parroquias y sacerdotes, nunca cubrió las diversas áreas de la región. Las visitas pastorales a las haciendas y a los pueblos de gente libre eran escasas. Así, la prédica eclesiástica sobre el sacramento matrimonial y sobre la sexualidad se reducía a la población urbana. Sin embargo, aun allí se notaban sus limitaciones para contener las conductas desviantes de la población. En 1797 había en Cali 794 madres, de las cuales 199 eran solteras con 386 niños. 

El viajero norteamericano Isaac Holton —de religión presbiteriana— advertía con estupor a su paso por el valle del Cauca, que el matrimonio católico en los caseríos no era una norma y que con frecuencia hallaba mujeres con hijos de distinto color de piel. Su puritanismo se vio sacudido cuando acudió a un matrimonio en La Paila y observó que la novia se hallaba embarazada. La ilegitimidad parecería no haber constituido un drama social y sociológico para muchos individuos. Lo era si, la miseria en que vivieron estas comunidades a lo largo del siglo XIX. 

No obstante, no debería olvidarse que en los ámbitos de la política y de las alianzas sociales de las élites, la legitimidad y la pureza de sangre actuaban como mecanismos de exclusión. Los casos de David Peña, Manuel María Victoria y el Negro Tejada, en el siglo XIX, revelan ejemplarmente esa velada discriminación. 

 

Siglos XVIII y XIX EN FAMILIA

Compañía y soledad, respeto o abandono, ritos sociales. Rasgos de una Institución que se va moldeando con los años. 

Las familias de Popayán y Cali no constituían una unidad. Por el contrario, en ellas coexistía, desde el siglo XVIII, un conjunto sumamente variado de formas de vida colectiva. Fueron excepción familias con 12 y 14 hijos: lo corriente era la familia reducida compuesta por los padres y, máximo, cinco hijos. Aquellas muy numerosas eran eminentemente urbanas, es decir, habitaban en el marco de la plaza y pertenecían al círculo de los beneméritos. En los barrios más pobres, de mestizos y mulatos, el número de hijos sólo alcanzaba a tres. 

Por lo pronto es difícil decidirse por una sola hipótesis acerca del factor que las hacía más prolíficas: si su condición económica les permitía salvar de la muerte a sus bebés, si se hallaban sociológicamente con mayor confianza para la procreación, o si su catolicismo les impedía practicar una sexualidad no reproductiva. 

Un hecho que llama la atención es la existencia de un tipo muy particular de grupo doméstico en nuestras ciudades: los solitarios. Al menos en Cali, el 18,24% de los hogares estaba compuesto por personas mayores que no conformaban una estructura familiar: dos o tres mujeres adultas que se acompañaban en la vejez, una viuda anciana que convivía con una esclava, dos hermanas o hermanos solteros. 

De interés resulta también la convivencia de varias familias en una misma residencia a comienzos del siglo XIX. Fenómeno asociado grandemente con la pauperización y la migración hacia las ciudades modernas, ya traía una significativa importancia. El 11% de las residencias de Cali y Popayán albergaban dos o más familias. 

Una forma familiar imperfecta resultaba de la temprana muerte de los maridos. Luego de una corta vida conyugal, un grupo notable de esposas encontraba la viudez. En Cali, 106 hogares estaban compuestos por viudas con hijos, mientras en Popayán existían 291 hogares de idénticas características. Aunque las segundas y aun terceras nupcias no eran desconocidas en los siglos XVIII y XIX, éstas no se presentaban para la totalidad de las viudas. La mayoría quedaban en la indigencia, obligadas a rebuscar el sustento para sus hijos. 

Asimismo, un tipo de familia bastante frecuente era la dirigida por una madre soltera. El amancebamiento y el concubinato constituían formas familiares no legitimadas que tenían su duración y procreación. Es difícil determinar la fragilidad de estas relaciones o los estados sicólogos que vivían sus miembros; o qué experiencias emocionales mantenían ellos con la comunidad. Existen fuertes evidencias de que hasta comienzos del siglo XIX, ni en el Valle, ni en el Cauca, existieron persecuciones sistemáticas contra los amancebados o los concubinos, como sí las hubo en otras regiones colombianas. 

 

AFECTOS, DESAMORES Y ABANDONOS 

La imagen de la vida familiar que ofrecen los registros históricos y que observaron los viajeros en el siglo pasado se asemeja más a los contrastes de una pintura cubista que a la placidez de un cuadro renacentista. Los ideales de respeto y amor que la Iglesia y la literatura romántica pregonaron en el país, calaron profundamente en los sectores sociales más acomodados de la región. 

Los visitantes sajones y franceses, se sorprendían del trato respetuoso de los cónyuges en los campos y ciudades, aunque deploraron la falta de caricias entre los esposos. Y de besos, al menos públicamente. El trato de los padres con los niños era completamente austero. No existía el mimoseo. Y cuando los niños besaban al padre, lo hacían en la mano. 

Las nociones de respeto y deferencia eran ley entre los esposos. Cierto manto de religiosidad católica las cubría. No obstante, en muchos casos, parecían alcanzar rasgos de supremo sentido de la autoridad. Holton, por suerte, no olvidó consignar en su cuaderno de notas que, en el campo, los hombres se sentaban a comer primero, mientras las mujeres observaban. Después, lo hacían ellas. 

Pero las familias sufrían desgarramientos motivados por factores diversos. Uno de ellos era el ausentismo de los maridos en los hogares. Se dedicaban ellos al comercio o a la agricultura y habitualmente establecían un segundo hogar con una mujer del campo de algún paraje. Se forjaba entonces un clima de tensión emocional paradójico. Cuando las esposas los acusaban de infidelidad, ellos le aventaban tratos con algún vecino, las azotaban o amenazaban. En muchos casos esta situación concluía en un claro abandono. En el nombrado censo de Popayán, 68 madres son definidas como abandonadas; otro tanto debía ocurrir con las llamadas madres solteras de Cali. 

Asimismo, las mujeres de Popayán expusieron reiteradamente el persistente alcoholismo de sus maridos —a lo largo del siglo XIX ellas solicitaron amparo a la justicia. Según alegaban, el aguardiente era el causante de sus desdichas, sus esposos se volvían torpes e irracionales. En los sectores populares de Palmira, en la segunda mitad de la centuria, los alcaldes debieron prestar especial atención a una costumbre de castigo para las esposas denominada el vapuleo, que se ejercía por causas aparentemente insignificantes. Castigo que si bien no ponía en riesgo la vida de la víctima, le dejaba marcas irreparables. Tal parece, esta violencia era vista equivocadamente como el derecho a corregir a la esposa, extensión simple de una autoridad natural. 

NACER, CASAR, MORIR 

Han existido tres ritos de paso obligados en todas las culturas. No menos en la nuestra. El nacimiento era celebrado fastuosamente en familia el día del bautismo. El festejo del niño - muerto o de los angelitos, una fiesta ya perdida, estaba muy emparentada con el rito del nacimiento. 

Según el doctor Saffray, viajero francés del siglo pasado, al morir un niño en los sectores populares, “los padres le visten con sus mejores ropas, cúbrenle de alhajas y le depositan en el centro de una pequeña capilla improvisada con cortinas, imágenes, espejos, inscripciones doradas, cintas y flores. Recomiéndase a los amigos la asistencia; pero la reunión no tiene nada de fúnebre: no se asiste a un duelo sino a una fiesta; la muerte, al hacer un vacío, deja en pos una alegría; hay un niño de menos y un angelito más. La madre misma, no llora, no mira el ataúd, sino el altar del querubín; su presencia es una bendición, la alegría debe reinar bajo el techo que le cobija, y de consiguiente se ríe y se canta, y lo que parecería una profanación, expresa aquí una idea religiosa”. 

Las nupcias no tenían mayor ostentación. Para la misa debía irse de vestido oscuro, y las mujeres con un manto que les cubriera el cabello. No había un traje que distinguiera a la novia de las demás mujeres de la ceremonia. A no ser que se tratara de gente prestante, todos iban descalzos. El sermón de los sacerdotes, insistía siempre a los novios en la obligación de procrear. Ellos, tomados de las manos, también eran unidos al cuello por dos cadenas de oro enlazadas con cintas. Sobre la cabeza de la novia y los hombros del novio, extendían yardas de mantilla blanca con flecos. 

Al término de la misa nupcial, las mejores viandas esperaban en casa. Los novios, el cura, los amigos y los vecinos, se reunían a festejar. Comían cerdo, pollo y se bebía aguardiente. Normalmente, el baile de valses y bambucos, amenizados con tambores, flautas y vihuelas, duraba hasta el día siguiente. 

La muerte, el tercer rito, no era extraña. Por elementales que fueran, las enfermedades hacían presa fácil a esta gente carente de médicos y de conocimientos. Sin embargo, no existía una industria del féretro. En las haciendas se improvisaban cajones de guadua y en las ciudades, los carpinteros, de acuerdo con la calidad del cliente, apuraban durante el día el pulimento de sus mejores maderas. Los cadáveres eran ataviados con la indumentaria que se les reconocía en vida, menos su sombrero. Sus mejillas eran rasuradas y empolvadas. 

Durante el siglo XIX era de rigor en Popayán que quienes arrastraban el duelo de un ser querido, y los amigos, asistieran al entierro con sombrero de pelo y levita. También era costumbre, dar las manifestaciones de pésame el domingo inmediatamente siguiente en la casa del difunto y su familia. Debía vestirse en la forma ya indicada y con guantes negros de piel, puestos y no sostenidos en una mano. Las salas de recibo exteriorizaban de alguna manera el dolor de la casa; se adherían crespones a los muebles, cuadros y adornos. 

El historiador Gustavo Arboleda, indicó en un curioso libro, que en nuestra región hacia 1870 surgieron las esquelas de invitación a honras fúnebres. Asimismo que, aunque desde antes se conocían las coronas fúnebres, fue en esta época cuando se generalizaron.

 

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