3. POLÍTICA  

Vocación de libertades

Primera aproximación global a la constitución política del Tolima Grande, se describe la secuencia de momentos e intereses particulares y las fuerzas y relaciones de las comunidades locales. Aborda los principales esfuerzos por construir un orden social y presenta los rasgos comunes, las diferencias de ritmo, los tipos de procesos y la participación de las diferentes zonas y grupos sociales de la región.

Don José Miguel Lozano, Marqués de San Jorge. Óleo de Joaquín Gutiérrez, s. XVIII, Museo de Arte Colonial, Bogotá

 

Reynel Salas: Presidente Academia Huilense de Historia. Elsy Marulanda: Investigadora CORPODEC. Hernán Clavijo: Profesor Universidad del Tolima.

 

Desencubriendo LA COLONIA

En medio del conflicto se construyó un precario poder patrimonialista

Timaná fue fundada por Pedro de Añasco en 1538. Previamente, Sebastián de Belalcázar había reconocido esa zona, uno de los más grandes núcleos poblacionales del Alto Magdalena. Tocaima, en el extremo norte de la región, fue fundada en 1544. Los dos hechos inauguran políticamente la primera etapa de la historia colonial en el Alto Magdalena. 

Esta etapa termina con tres momentos complementarios: 

1.    El final de la guerra que el presidente de la Real Audiencia de Santafé, el capitán Juan de Borja (1605-1629), organizó y dirigió contra los pijaos en 1610; 

2.    La fundación definitiva de Neiva por el capitán Diego de Ospina en 1612 y el otorgamiento a éste del gobierno de las provincias de Timaná, La Plata, Neiva y Saldaña; y, 

3. el poblamiento del territorio de los indios Coyaimas y Natagaimas en 1611-1613.  

 

GUERRAS CONTRA LOS INDIOS  

La etapa comprendida entre 1538 y 1619 se divide a su vez en dos fases: la primera, los asedios de los conquistadores contra los timanaes, yalcones, andakíes y pijaos, en el sur, y con menor intensidad y frecuencia contra los guanes y marquetones en el norte. La segunda, la guerra contra los pijaos ante la frecuencia y amplitud de sus ataques desde Timaná hasta Buga, Cartago e Ibagué. 

En la primera fase también se produjo la rebelión política del conquistador Alvaro de Oyón y su hueste qué asesinó algunas autoridades de la Villa de la Plata, de Timaná y Neiva. 

Es de este tiempo, igualmente, la rebelión de La Gaitana contra el fundador y principal encomendero de Timaná. Cuando el conquistador español distribuyó al nativo en encomiendas y exageró sus exigencias, la pacífica y recelosa hospitalidad se tornó en guerra total contra el intruso. En este proceso surgió La Gaitana—líder de los indígenas del sur y occidente huilense—, quien federando a todos yalcones y paeces vengó la muerte de su hijo, asesinado por Añasco para escarmiento de los rebeldes. 

Vencido, el pueblo nativo se alejó y colocó como defensa la fragosidad del terreno y desde donde perdurara en su empeño de resistir por más de dos siglos. El del río Suaza y Tierradentro testifican esta gesta. 

El contraataque de La Gaitana simboliza y funda una tradición viva aún en la región: la resistencia ardorosa y sutil contra la tiranía, la defensa de la libertad y del honor racial y la solidaridad guerrera contra la opresión y la injusticia. La guerra de los pijaos reforzó esta tradición. 

El dominio español sobre las comunidades que lograron reducir a servidumbre a través del sistema de encomiendas fue cuantitativamente menor que en Pasto, Santafé y Tunja. 

Buena parte del oro obtenido, lo invertían los españoles en las campañas militares contra los indios —entradas— para dominarlos y aumentar la mano de obra. Por lo anterior, los encomenderos debieron intensificar la explotación de los indígenas. Algunos de éstos para resistir, practicaron el mimetismo cultural: aprendieron las actividades económicas propias de los españoles, la ganadería y la extracción autónoma de oro, especialmente desde el establecimiento de los resguardos indígenas a comienzos del siglo XVII. 

La fundación de ciudades implicaba al mismo tiempo la formación de las instituciones de poder y gobierno local: cabildos con regidores, más alcaldes (primera vara, segunda vara, de la Santa Hermandad) y alguacil mayor, decisivos en la organización y abastecimiento de los ejércitos.

 

PODERES PATRIMONIALES 

No faltaron durante este período las disputas por limites territoriales —sobre todo cuando suponían el derecho al tributo de indígenas— y los líos entre autoridades y vecinos encomenderos por el control del poder local en tanto de él dependía el otorgamiento de mercedes de tierras, la fijación de precios, el abasto de la ciudad y hasta la venta de sus ganados en el mercado de Santafé.  

El final de la guerra contra los pijaos dio comienzo al establecimiento de hegemonías familiares en el gobierno patrimonial de ciudades y provincias de la región. La más notoria fue la del capitán Diego de Ospina y Medinilla quien —como gobernador de las tierras al sur del río Saldaña—, tuvo facultad, igual que sus descendientes, para repartir tierras, minas, monopolizar el comercio, cobrar tributos e impuestos e incluso privilegio para capitular la fundación de nuevas poblaciones —como ocurrió en el caso de la villa de Purificación en 1664. Todo a condición de organizar y sustentar a su costa la campaña contra los andakíes, que hacia 1656 estaban atacando a Timaná y sus hatos - estancias en desmedro de la economía y el poblamiento locales. 

De otra parte, la provincia de Mariquita, con frontera en el rico y legendario río Saldaña —integrada por las ciudades de Tocaima, Ibagué, Mariquita y la villa de Honda—, fue objeto de dominios patrimoniales más fragmentados, sin mayor sujeción en lo político - militar a un gobernador. Estas autoridades ni integraron ni expresaron los intereses políticos de las élites locales de la provincia como lo haría en Neiva la familia Ospina. 

Desde finales del siglo XVII, el avecindamiento de comerciantes intermediarios y nuevos terratenientes inauguró nuevas hegemonías locales de familias como los Caicedo (Purificación), Los Messa y Armero (Mariquita), los Buenaventura (Ibagué) y los Cacho de Velasco y los Viana (Honda). En Neiva no fue muy nítida la hegemonía de una familia, durante el siglo XVIII. 

La notoria pobreza de las rentas municipales —producto de los ejidos, los pontazgos y los pasos de los ríos, entre otros—, parece explicar la ausencia de los gobernantes para atender sus haciendas y los consecuentes descuidos de estas autoridades frente al gobierno. Este fenómeno trató de ser corregido durante el siglo XVIII por las reformas borbónicas. 

No obstante la existencia de otras autoridades, los curas párrocos y las comunidades religiosas coadyuvaban en el gobierno. Con todo, una característica de la vida política local en esta época y todavía durante buena parte de la República, fue el progresivo debilitamiento de la autoridad fuera de los centros urbanos. A ello contribuyó a menudo la privatización de las relaciones sociales en el interior de las haciendas y latifundios. Empero, dicho modelo —sustentado en valores señoriales como el paternalismo, el compadrazgo, las lealtades personales y las retribuciones mutuas—, dio cierta cohesión social al mundo rural de la región.

 

UNA TRADICIÓN DE RESISTENCIA  

Desde la guerra de los pijaos hasta el fin del dominio español encontramos una constante en la resistencia indígena a los intentos desintegradores de su vínculo cultural con la tierra ancestral. 

Esa constante es notoria en los Coyaimas quienes, según tradición oral, integraron a algunos pijaos que sobrevivieron a la guerra. La resistencia continuó con la derrota de uno de sus ex-encomenderos (Alonso Ruiz de Sabajosa) y con el enjuiciamiento que el tribunal de la Santa inquisición hiciera de su cura doctrinero hacia 1645. 

Luego, desde mediados de la década de 1750 hasta el año de 1770, los Coyaimas sostuvieron el conflicto más fuerte y resonante de todos, esta vez con su propio corregidor, el capitán Miguel Correcha, quien pretendió rematar ante la Real Audiencia las tierras de Cucuana, que los Coyaimas consideraban parte de su resguardo. 

Los indios hostigaron al corregidor y ante su obstinación le quemaron la casa, lo mataron y arrojaron su cadáver al río Cucuana. También retuvieron al cura doctrinero y al teniente - corregidor. Como se levantaran en asonada, el gobernador de la provincia debió intervenir militarmente durante un mes. El propio Virrey falló en 1770, a favor de los indios por razones de orden público. 

Al finalizar el siglo XVIII y en los primeros años del siglo XIX, los indios principales del pueblo Coyaima sostuvieron y ganaron pleito contra el cabildo de la villa de Purificación y su cura que pretendieron cambiar las tradiciones en materia de autoridades étnicas y del protocolo en las ceremonias religiosas.

 

Las provincias se tornan ESTADO SOBERANO

El regionalismo pasajero de la Patria Boba sólo tomó forma con el general Mosquera.  

El movimiento comunero fue el acontecimiento político del siglo XVIII en todo el virreinato de la Nueva Granada. Luego de pactadas y traicionadas las capitulaciones de Zipaquirá, el valle del Magdalena —desde Caguán hasta Honda— fue escenario de protestas, saqueos, tumultos, liberación de esclavos e incluso asesinatos como los del gobernador de Neiva, Policarpo Fernández y del comunero Toribio Zapata.

 

LOS COMUNEROS DEL RÍO MAGDALENA  

Desde mediados del siglo XVIII a raíz del establecimiento de los monopolios del tabaco y del aguardiente, las tensiones entre el campesinado y las autoridades virreinales ganaban intensidad. Al marginar éstas al campesinado peujalero —pequeños arrendatarios cultivadores de caña y productores de miel— a favor de los hacendados, produjeron resentimientos, frustraciones y reacciones que redundaron en el contrabando y la prevención frente a las autoridades. 

El campesinado con ingenio asombroso eludía al Estado. Sus prácticas llegaron a ser constitutivas de su folclore y cultura política. Las actividades propias de las vaquerías, la arriería y el mazamorreo contribuyeron a ello. 

El acoso de los oficiales de la Real Hacienda —funcionarios especializados en el cobro de impuestos y castigo de los deudores y evasores—jugó un papel significativo en aclimatar la protesta comunera. 

Por su conducta ante los insurrectos, la mayoría de las élites locales de la región terminaron distanciadas en mayor o menor medida del pueblo. Sin duda la que más fuertemente actuó contra la insurrección fue la élite mercantil de Honda, principalmente la fracción de españoles recién avecindados, liderada por el alcalde Joan Blas de Aranzazu. En cambio, en la provincia de Neiva el movimiento comunero tuvo el liderazgo de miembros de la élite de Neiva, como los Charro de Aipe.

 

EL DERRUMBE DE LA CORONA  

Sin embargo, la diferenciación social entre y dentro de las élites se hizo mayor después de la insurrección comunera en virtud de la politización de sus contradicciones y sobre todo por la fuerte presión contra los deudores de los oficiales de la Real Hacienda quienes remataban, igualmente los esclavos y las haciendas de los jesuitas. 

Los principales hacendados de la provincia de Mariquita tenían parentesco o negocios con parte de la élite santafereña. Ello explica la formación de ciertos bandos entre las élites locales, indirectamente subordinados a ésta o sensibles a las relaciones del cabildo de Santafé con las altas autoridades virreinales. 

Hecho notorio en Ibagué, Purificación, Mariquita, Chaparral y Neiva alrededor de la figura del marqués de San Jorge (Jorge Lozano de Peralta) y su pariente, el alférez real de la capital del virreinato, don Luis de Caicedo y Flórez, y partidarios de éste como don Manuel Torrijos, quienes simbolizaban una actitud crítica hacia el gobierno virreinal. 

En el caso de Neiva, un grupo de españoles y americanos (quiteños) se avecindaron en esta ciudad a finales del siglo XVIII en calidad de comerciantes y/o recaudadores de rentas fiscales de la Corona (alcabalas, correos, diezmos). Entre ellos se destacan los López, los Salas, los Tello y los Díaz, quienes también se relacionaron en asuntos de negocios con notables de la capital del virreinato (González, Acevedo). 

Por último, activó la vida política local el cambio en los patrones de poblamiento y relación social en la región en la segunda mitad del siglo XVIII con el surgimiento de parroquias. Se destaca una tendencia a impugnar las conductas impropias de las autoridades, sobre todo de corregidores, alcaldes y curas, e incluso del poder de algunos caudillos. Esta actitud crítica revela una creciente politización de los vecindarios de estas jurisdicciones antes de la Independencia. 

Un ejemplo de lo anterior es la resistencia de las élites locales contra los costos fiscales que impuso el corregidor de la provincia de Mariquita, Manuel Santiago Vallecilla y Caicedo, en su sorpresiva visita de Tierras y Trapiches, que concluyó en la devolución de los dineros recaudados por este en 1805.

 

LA REGIÓN NACE A LA POLÍTICA  

Durante el siglo XIX, la pugna entre los modelos federalista y centralista —mezclada con el intento secularizador de cambiar la sociedad campesina y religiosa por una inspirada en los ideales del progreso económico— caracterizó la vida político - militar del país. La región del Alto Magdalena participó de manera intensa en dicho proceso. 

Con las muertes de don Luis Caicedo y Flórez y de uno de sus mejores aliados en la provincia de Mariquita, don Ignacio Nicolás de Buenaventura, ocurridas en 1813, la causa del centralismo se debilitó. No obstante, fue grande el apoyo militar, económico y político al general Antonio Nariño en su campaña del sur. 

Uno y otro acontecimiento favorecieron que los intereses particularistas y federalistas de sectores ilustrados de Mariquita y de Neiva se expresaran en la retórica constitucionalista. 

Estos fueron más intensos en Neiva donde, en 1812, se expidió su constitución de provincia - estado, cuya independencia absoluta seria declarada en febrero de 1814. Don José León Armero, miembro de una familia esclavista hegemónica en Mariquita, concibió, redactó y promulgó la constitución política de esta provincia el 21 de julio de 1815. El 31 de agosto de este año Neiva expidió una nueva constitución de carácter federalista.

Estos aires regionalistas y libertarios pronto fueron reprimidos. El ejército de la reconquista española al mando de Pablo Morillo ordenó liquidar a algunos de los
jefes patriotas de la región: miembros de las familias Salas, Tello, Díaz y Armero. Esta represión violenta y los atropellos a los bienes de muchas familias de las élites de Mariquita, Ibagué, Chaparral, Purificación y Neiva, fomentaron sentimientos de cohesión antiespañola entre sectores de las comunidades locales que favorecieron redefinir ciertos liderazgos políticos y formar sentimientos republicanos más que regionalistas, que sólo aparecieron en el marco de la guerra de 1860 bajo la forma del Estado Soberano del Tolima. 

Uno de los hechos sociopolíticos más significativos en la región, luego de la Independencia, fue la transformación de los principales comerciantes de Honda en el siglo XVIII, los Viana, los Diago y los Aranzazu en grandes terratenientes y su adscripción a lo que se denominó luego el partido conservador. Si asociamos este hecho con el dominio señorial que ejercían las familias Caicedo, Leiva, Camacho Torrijos en los municipios de Purificación, Guamo y Espinal podemos concluir que hasta la guerra civil de 1851 las provincias de Neiva y de Mariquita fueron de hegemonía conservadora con un fuerte centralismo, como lo revela su adscripción político - administrativa al Estado de Cundinamarca. 

Esta hegemonía fue cuestionada por las transformaciones transitorias (migración, economía monetaria y liberalización) introducidas por el auge del tabaco en el norte de la región. En la década 1850-1860, Chaparral, Neiva, Ambalema, Honda e Ibagué encabezaron este cuestionamiento. A propósito dé la revolución de 1854, las élites legitimistas del Alto Magdalena tuvieron ocasión de reconocerse solidariamente unidas contra la dictadura de un caudillo extraño a ellas, sin representatividad de sus intereses terratenientes y mercantiles, el general José María Melo, oriundo de Chaparral. 

Con ocasión de dicha revolución la sede del poder constitucional de la República fue trasladada a Ibagué, capital política de Colombia entre septiembre y octubre de 1854, cuando sesionó el Congreso de la República presidido por el vicepresidente José de Obaldía y la protección militar del general Tomás Cipriano de Mosquera. Dichas sesiones se realizaron en el conventillo de Santo Domingo, sede del colegio San Simón. 

La guerra de 1860-1862, fue muy popular en la región, sobre todo a partir del 12 de abril de 1861 cuando su caudillo, el general Tomás Cipriano de Mosquera —influido, entre otros, por el expresidente José Hilario López, a la sazón propietario de una gran hacienda cerca de Natagaima y por los doctores Manuel Murillo Toro, José María Rojas Garrido, Aníbal Galindo, Eugenio Castilla, Clímaco Iriarte y José María Samper—, decidió crear el Estado Soberano del Tolima, integrado por las antiguas provincias de Neiva y Mariquita, adscritas de nuevo en 1857 al Estado de Cundinamarca por iniciativa del doctor Domingo Caicedo Jurado, líder de los conservadores del Alto Magdalena.

 

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