(continuación capítulo Vida Cotidiana)

Quien haya nacido en la ciudad o en alguna región diferente del altiplano, difícilmente entenderá este hipotético y forzado diálogo mañanero entre el padre y la hijastra de una familia campesina cualquiera. De entrada, necesitará un glosado para traducir los términos que configuran lo que los expertos llaman un subdialecto regional.  Los lingüistas han definido las singularidades de este habla que forma parte del superdialecto andino, por el uso del arcaico su merced, pronombre utilizado en la Colonia para dirigirse ceremoniosamente a personas de rango social alto. Pioquinto no tiene nada fuera de lo común, a no ser que el historiador nos revele que el curioso nombre, muy notable en la región, puede rastrearse en el siglo XVI cuando Pío V reinaba en el Vaticano. La detención colonial del idioma puede también atestiguarse en otros nombres como Cristo, Deogracias y José del Carmen. El bautizo impuesto a los muiscas no impidió que se colocaran nombres propios como Cabuya, Guauque o Ituria, utilizados en la actualidad. El apellido fue borrado menos de memoria cuando los muiscas asimilaron el sistema patrilineal español, por eso hoy la abundancia de familias con nombre indígena como Cuta, Pacanchique, Igua, y otros, al lado de los obvios Rodríguez, Pérez, Hastamorir y Sánchez.

Cuja (cama), romadizo (resfriado), entenada (hija adoptiva), huiga (huya, subjuntivo), escudilla (plato), turmas (papas) y váguido (desmayo), son algunos de tantos ejemplos del lenguaje que provino de los conquistadores y conservó hasta hoy la dicción de la edad de oro española en el siglo XVIII. Expresiones encantandoras como malhaya (caramba), y otras como a prima noche (al anochecer), indujeron a Cuervo en 1872 a comentar que esa cristalización temprana del habla popular española contrastaba con la lengua culta y literaria que obedece a su influjo pero que va “cada día alejándose de ella por la acción pedantesca de los latinizantes e imitadores de lo extranjero”. Este encanto de un idioma anticuado es el resultado del aislamiento cultural y educativo en que se mantuvo la población rural hasta bien entrada la segunda mitad de este siglo.

Cuba (pequeño) es, a diferencia de las anteriores, una palabra chibcha que, junto a chiza (gusano), yemogoe (papa), tunjo (ídolo) y a un centenar de términos más, constituyen vestigios realmente pobres de la aculturación indo­hispánica en esta región. El exterminio cultural de los muiscas fue tan contundente que ya desde mediados del siglo XVII los visitadores no necesitaban intérpretes, y cuando en 1783 se ordenó desde Madrid eliminar la enseñanza de la lengua muisca en Santafé, la medida no tuvo efecto pues hacía tiempo que era innecesaria.

Taita (papá) y guache (bravucón) tienen otro origen; lo mismo que choclo (mazorca de maíz), pucho (puñado) y pisco (pavo), provienen del idioma quechua que jugó un importante papel en la etapa formativa del habla campesina y que se debió al frecuente contacto entre los muiscas y algunos yanaconas del Perú, al servicio de los conquistadores en el primer período de la colonización (Leonardo Tascón).

El habla popular del altiplano rural presenta además, como todos los subdialectos, innumerables expresiones locales o provinciales. Delicarse (disgustarse), chambiar la cara -punzar a una persona con observaciones mordaces-, visita (menstruación), sacanza (cosecha), nombrado (prometido), son ejemplos de expresiones rudas pero imaginativas e irónicas. Una habitante de las ciudades no define la pobreza como quedarse solo con el día y la noche, ni califica una fruta podrida como desleída, ni llama amisticio a la amistad. Pero sí se burla del bruto campesino por decir jiestas en lugar de fiestas; por su costumbre de conjugar incorrectamente el participio pasado de los verbos irregulares (ponido, puesto; cubrido, cubierto); y por acentuar las silabas donde no es (cáida, óido, áhi).

Ya podemos entender entonces la conversación que sostiene el padre con su mujer, su preocupación por el niño enfermo y el afán de desayunar para irse a trabajar Podemos también comprender la ofuscación de su hijastra por las ironías del padre, su pereza matutina y la ansiedad que tiene por divertirse con su novio. El diálogo, más allá de las singularidades linguísticas, no sirve para descubrir otros aspectos de la vida campesina. Podemos inferir el autoritarismo paterno y la costumbre de aceptar una hijastra, producto seguramente de unas relaciones sexuales tempranas de su esposa y no de un improbable matrimonio pasado. O adivinar el conflictivo mundo familiar que supone esta adopción; la división sexual del trabajo en el minifundio; y la religiosidad cotidiana que se expresa en términos corrientes como bendito o en el ciclo festivo de la vereda dominado por la religión. Podemos también sospechar el conservadurismo de ciertas normas sociales que hacen del noviazgo un asunto íntimo y secreto de las jóvenes. Incluso imaginar la monótona rutina del campo. Y nos llegarán imágenes de melancolía y austeridad. Pensaremos que esa vida es sombría y brilla a veces en los días de mercado o en una buena cosecha. 

Intentaremos entonces, adentramos en estos seres enigmáticos de temperamento poco efusivo, que hablan con calma, con lentitud y casi sin levantar la voz. Nos sorprenderemos de su habilidad para comprender murmullos, señales y misteriosas miradas. Dudaremos si se trata de una cultivada reserva o de una timidez ingenua que los hace corteses y, al mismo tiempo, temerosos de importunarnos. Nos cultivarán con su hospitalidad franca y aprenderemos a respetar su delicada sensibilidad. Pasado el tiempo, dejaremos de sorprendernos de que esa sensibilidad sea algo irascible y que sus decires críticos, punzantes y de doble sentido nos revelan una cierta agresividad quisquillosa. Compartiremos su orgullo y amor propio y tendremos paciencia por su sentido de culpabilidad algo cínico. Nos molestará su resignada paciencia moldeada por la Iglesia y su sentido fatalista que no espera mucho de la vida. Nos preguntaremos de dónde viene esa curiosa imagen de hipocresía con un puñal debajo de la ruana. Y si tenemos la mala suerte de asistir a una amenaza grave, veremos que esa contenida calma puede dar lugar a una reacción ciega y cruel. Por lo demás, veremos que las envidias, los celos y la codicia no se distinguen de los nuestros. Y que las disputas por el incumplimiento de una deuda o por un problema de linderos se arreglan a punta de juzgados y con una que otra agresión física o de palabra.

DE PUAQUÍ

Si usted, amable lector, nació en el altiplano rural, estará familiarizado con este pequeño pero inmenso universo. Si es un adulto tradicionalista, pasado de cuarenta años, seguramente irá a misa el próximo domingo no como esos condenados muchachos que se van a ir al infierno, y si no pudiera asistir por estar atareado en la cosecha, prenderá la radio para escuchar el sermón del cura que transmite la emisora local, cuidándose, eso sí, de apagarlo cuando el acólito recoja las limosnas. Guardará sus menguados ahorros para gastárselos el día de mercado tomando cerveza en las tiendas con sus amigos, especialmente con sus compadres con quienes tiene negocios pendientes y hay que tratarlos bien pues uno nunca sabe qué pasará el día de mañana.

Se levantará temprano con el gallo de las cinco, y después de un tinto clarito cogerá el azadón para ir a desyerbar la papa, lamentándose porque sus hijos mayores ya no están con usted y porque ya casi no se consiguen obreros. Cuando los hay, no se contentan con el guarapo y la comida que su mujer les ha preparado. No como antes que, al grito jubiloso de viva San Juan! y una cantinada de guarapo fuertoncito, podían durar las 14 horas trabajando. Ahora ya no respetan y el patrón tiene que cuidarse de no tratarlos duro no va’y le casquen. Se acordará de su papá y de lo que le aprendió en la agricultura: cómo yuntar unos bueyes y domesticarlos con paciencia para coger el surco; cómo secar fique y torcer lazos. Pensará en su finada madre que le enseñó a tejer mantas y ruanas para vender y para vestirse. Las cosas han cambiado muchísimo ahora con el tractor que en una horita hace lo de un yuntero todo el día. Y con las manilas y los sacos de fibra sintética que siempre la ahorran a uno el trabajo. Mirará las plantas de la papa que, Dios mediante, darán buena cosecha. Pero cómo están de carisísimos los líquidos para fumigarla y, con semejantes precios, de golpe toca regalar la santa comida. Las sembró en marzo porque ya que cabañuelas si el clima esta muy distinto.

El clima y todo. Si no, considere usted, que, antiguamente, el obrerismo ayudaba mucho. Así para un convite, a vuelta de mano, a ayudar a trabajar a los vecinos, a ganarle la fuerza al azadón con 10 y 15 obreros. Eso se cultivaba trigo, alverja, cebada que se daba con poco abono, y todos en grupo tapando trigo, ahí, déle con el azadón de lado a lado. Ya por la tarde salíamos todos a la cabecera, contentos, y eche para la casa donde el dueño del trabajo a ver la comida. Le servían a uno tres o cuatro jayacas de maíz y más guarapo. Ya unos se iban para sus casas, tranquilos. En partes otros se quedaban en la tienda y por dos centavos le servían una totuma doble de chicha. Ya borrachos echaban por áhi sus coplas: Ay! la chicha es buena bebida / pero es algo discortés / que se sube a la cabeza / y hace turtubiar los pies. Y al otro día a madrugar a trabajar.

Cuando yo me casé, por allá en el 50, me saqué a la china una noche a escondidas y me la llevé al rastrojo. Después, claro, llegaron los hermanos a amenazarme porque el mal ya estaba hecho. Y como no tenía con qué pagarles me tocó casarme. Pero yo no malhayo ni me arrepiento, porque me ha salido buena, trabajadora. El matrimonio fue improvisado: por áhi un banquete de carnero y pollo, cerveza, guarapo y chicha de la buena, la de siete granos. Nos amaneció tocando y bailando. Ella que tenía sus reales guardados pagó el viaje a la Virgen del Amparo. Desde entonces, vamos toiticos los años, sin falta. Esas romerías sí eran buenas. Eso era un rosario de gente con sus avíos de arepa, gallina y una que otra costillita de cordero y los muchachos ayudando a maletear. Y donde se hacía el campamento, a tomar y a cantar. Después, bueno, a echar el baile. En cambio, ahora uno dice: “vamos mis muchachitos a la romería, que a la Virgen de Chiquinquirá, o a la Patrona del Carmen” y, ¡no qué va!, prefieren quedarse viendo la televisión. Esta juventud de hoy ya no le tiene sentido a las cosas de antes. Anticuados nos dicen porque bailamos torbellino cuando a la patrona le da por cantar. Ellos se ríen y ponen sus cassettes, sus cositas modernas ... Pero en gustos, ¿quién puede mandar?

 

A FIESTAS FUE QUE VINIMOS

La experiencia religiosa del cundiboyacense, expresada en el culto exterior católico y el comportamiento introvertido que se volatiliza los días de fiesta, es una de las tantas dualidades que intrigan a los estudiosos. Se ha insistido en que esta dicotomía es el último espacio de resistencia indígena que no pudo ser borrado por los españoles. Ya desde los primeros años de la conquista se llamaba la atención sobre el peligro que entrabañaba la repetición mecánica de la doctrina por parte de los muiscas, su interés por las formas externas del culto y su incapacidad para asimilar profundamente el cristianismo. En palabras de Juan y Ulloa: “toda enseñanza se reduce más al aire de la tonada que al sentido de las palabras”.

Los etnohistoriadores nos han demostrado que los conceptos cristianos no encajaban en el molde chibcha. La palabra alma, por ejemplo, no tenía equivalencia en el universo lingüístico de los indios; lo más cercano era fihizca (aliento) o chunsoz-bquyscua (idolatrar, fabricar tunjos de oro). Además, se ha vuelto un símbolo legendario de sincretismo el cacique de Cogua que murió con un crucifijo hueco dentro del cual fue encontrada una imagen de Bochica.

Desde esta perspectiva, es un lugar común de los indigenistas afirmar que las actuales procesiones y romerías religiosas son una huella de la religiosidad muisca por su costumbre de visitar y ofrendar en sitios sagrados. De manera que la aparente fatigabilidad de los campesinos proviene del arraigo a los sentimientos religiosos que delega en la iglesia y en los sacerdotes las responsabilidades de la vida y el comportamiento festivo provendría de atavismos que la Iglesia no pudo extirpar.

Pero las cosas no son tan simples. Desde otro ángulo, se ha comprobado suficientemente que el pueblo español fue más devoto a la Iglesia que fiel al cristianismo. El día de la Asunción de Nuestra Señora, el propio Jiménez de Quesada y otras personas principales se confesaron y comulgaron para “ir con más devoción a robar al cacique de Tunja (y) para que no se les fuera el hurto de las manos”.

La herencia hispánica se expresa hoy en la costumbre del campesinado que asiste a misa para negociar los favores de los santos y evitar la acumulación de penitencias al momento de la confesión, por temor al desagrado divino y la condenación eterna. Claro que también por los sermones del sacerdote, la música del coro, la vida ejemplar de los santos que como Santa Teresa mueren porque no mueren; y porque el dorado y grandioso barroco del altar mayor es un deslumbrante contraste con su oscura y austera vivienda.

INTELIGENCIA PIADOSA

La Iglesia no ha sido monolítica y muy pocos sermones hoy las fórmulas del valle de lágrimas, la corona de espinas y el temor al infierno. Pero en la conciencia de los viejos campesinos, religión y resignación, fe y salvación, son lo mismo. Su religiosidad domina casi todos los aspectos de su vida, no es solamente bautizos, confirmaciones, matrimonios, extremaunciones y entierros: consiste además en las celebraciones de Nuestra Señora del Carmen, en los rosarios nocturnos o familiares o en los colectivos a la Virgen el mes de mayo; en la Inmaculada Concepción y en las candeladas; en los aguinaldos decembrinos y en las navidades; en las fiestas de San Pablo y San Pedro y en la Semana Santa; en las cruces a la vuelta de la casa y a la orilla del camino; en las banderas azules y blancas y vivas a la Virgen; en los santos pegados al cuerpo en escapularios o estampados en la pared, en las cruces de bolsillo y de cadena; en pequeñas tarjetas y en los dulces de las romerías. En el código de gestos como quitarse el sombrero, arrodillarse y persignarse. En las palabras Dios mediante, si Dios nos da vida, que la virgen lo acompañe... Y, al lado y con todo esto, las fiestas.

La Iglesia entendió muy rápido el éxito de las romerías y devociones populares que se aplicaban en Europa desde la Edad Media cuando los cristianos iban a Roma y aplicó correctamente la metodología de instaurar devociones precisamente en los lugares sagrados de los paganos. Las leyendas milagrosas de la Virgen o del Cristo aparecidos y el combate de piadoso santos contra el diablo, jugaron un papel determinante en la evangelización y la fundación de parroquias. Así sucedió en Ráquira en el lugar donde se construyó el Convento de los Agustinos; en el municipio de La Capilla con su monumento a la Virgen de la Candelaria; en Somondoco con el Cristo del Cerro y en tantos otros pueblos.

ESO Y MÁS

Se dice que las fiestas proporcionan a las colectividades tiempos periódicos para descargar las tensiones acumuladas en la vida cotidiana (Jesús Martín-Barbero). Siendo así, la abundancia de fiestas en el ciclo anual del altiplano cundiboyacense es un síntoma preocupante del capital de angustia de sus habitantes. Pero las fiestas son mucho más que eso y cumplen diversas funciones además de la de memoria religiosa: político-sociales, de cohesión, de reforzamiento colectivo, de intercambio comercial. Yo me voy pa’Chinavita /a cumplir una promesa / si tá Dios que me case / pu ahí tará mi sinvergüenza.

Tales funciones, especialmente las de catarsis y expansión, han generado un conflicto permanente con la Iglesia católica que ha oscilado entre la prohibición expresa de acciones profanas y su tolerancia complaciente. En 1864 el Arzobispo de Bogotá le avisa al público en general “que no habrá en las próximas fiestas de aguinaldos chirriadera en los templos, como las funciones de zarzuela que se dieron en los años pasados. Por consiguiente no habrá títeres en la iglesia, ni música de tiples, guacharacas y panderetas; ni se tocará la jurga, ni el palito ni la caña ni alguno de los sones populares de las ventas y los figones”. Hoy nadie tiene semejante prohibición: primero porque tales actividades no se dan ya en el interior de los templos y, segundo, porque la organización estricta de cualquiera festividad ha separado los ritos religiosos de los programas culturales, ahora en manos de autoridades civiles y/o empresarios privados.

Aun cuando las fiestas religiosas han perdido este espacio de circularidad cultural en Santafé de Bogotá, todavía en los pueblos del altiplano constituyen el acontecimiento principal de cada año. Las celebraciones patronales y algunas otras del calendario religioso jalonan el tiempo festivo que esperan ansiosamente sus habitantes. Las fiestas estrictamente civiles o profanas ocupan un modesto lugar en su ciclo vital.


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