|
(continuación capítulo
Vida Cultura)
A GOLPES DE VISTA
La fascinación de un
género artístico, el paisaje, que se inició en conjunción con la ciencia. Una
veta
para encontrar lo propio.
D
urante el siglo
XVIII, bajo la influencia del pensamiento ilustrado, apareció en Colombia el género del
paisaje. La Expedición Botánica, cabal representante de la Ilustración, inundó la
sociedad neogranadina con el espíritu de la aproximación a la naturaleza hasta afectar
sus costumbres su territorio y su arte. La fauna nativa se introdujo en la ornamentación
de las iglesias Santa Clara en Bogotá, por ejemplo, e incluso los paisajes
que servían de telón de fondo a las estampas religiosas denominadas Milagros se poblaron
de caimanes, culebras, jaguares y en reemplazo de los tradicionales y bucólicos bosques
europeos extraídos de la pintura flamenca surgieron los accidentes de la topografía
nacional: los Llanos, el río Magdalena, las cordillera. A este ánimo de inventado
topográfico y naturalista, se agregó la demanda de cartas geográficas de precisión
científica exigidas por los estadistas españoles que durante el reinado de Carlos III
dirigieron la explotación comercial, agrícola e industrial de los recursos naturales.
La presencia de José
Celestino Mutis (Cádiz, 1732-Bogotá, 1808) en Bucaramanga, Girón, Pamplona y la región
del Táchira significó la traducción a nivel regional del nuevo lenguaje ilustrado
ávido de observar, dibujar, coleccionar y clasificar la naturaleza. Seguidores del
pensamiento mutisiano y activos partícipes de la Expedición Botánica fueron, en primer
lugar, su pariente político Eloy Valenzuela y sus sobrinos Sinforoso y José Mutis
Consuegra.
La estética originada en la
conjunción ciencia-arte tiene en Eloy Valenzuela un gran exponente. Este gironés
con cuyo nombre se bautizaron varias plantas que figuran en el panorama botánico
universal formó parte del equipo que bajo la dirección de Mutis estableció las
pautas científicas y artísticas para la elaboración de los iconos botánicos. Sinforoso
encabezó una comisión que, en viajó hacia Cartagena y La Habana, herborizó y dibujó
numerosas plantas nativas de los actuales departamentos de Santander y Norte de Santander,
cuyos caminos había transitado años atrás el sabio gaditano cuando estuvo a cargo
de la explotación de minas en dicha región. Tuvo también la gloria de culminar parte de
los trabajos de su tío, como El arcano de la quina.
Es indudable, pues, que las
provincias santandereanas vivieron como influjo directo de carácter familiar las muchas
aproximaciones a la naturaleza derivadas de la Expedición, entre las que se contó el
hábito de salir a dibujar del natural, con lo cual el paisaje no sólo revistió interés
en tanto recurso para el progreso económico sino que fue temprana fuente de admiración
estética.
VERSUS EN ARMONÍA
Superadas las luchas por la
independencia, algunos viajeros que a imitación de Humboldt proyectaban publicar las
memorias de sus travesías, recorrieron la región con ojos positivistas e hicieron
anotaciones de corte periodístico sobre su industria, su producción agrícola o sus
costumbres. Fueron ellos Gaspar Mollien, en 1823; en el mismo año, Mariano de Rivero,
Jean Baptiste Boussingault y otros miembros de la comisión científica que venía desde
Francia a establecer en la capital la Escuela de Minas y el Museo Nacional; y durante la
década de 1830, el comerciante inglés Joseph Brown.
Juan María Céspedes,
sacerdote, botánico y docente al igual que Eloy Valenzuela, no limitó sus observaciones
al reino vegetal sino que, en el marco de una experimentación antropológica, se
consagró al estudio de las costumbres de las tribus indígenas e intentó, hacia 1837,
aplicar un proyecto pedagógico entre las tribus no reducidas del Opón y el Carare, cuya
sede fue el Socorro.
Progreso versus tradición,
fue el conflicto capital que polarizó al país a mediados del siglo XIX. La Comisión
Corográfica estudio del país región por
regió
n logró armonizar la postura positivista
con el recuento de los valores tradicionales, dado que esto último equivalía a su
perpetuación. La Comisión se inició en los primeros días del mes de enero de 1850 en
las Provincias de Norte actuales departamentos de Cundinamarca, Boyacá y
Santanderes. Su director, Agustín Codazzi, y Manuel Ancízar, encargado de elaborar la
memoria escrita de la expedición, recorrieron estos territorios sobrecogidos por el
asombro y la admiración; un año después se vincularon el pintor venezolano Carmelo
Fernández y el joven botánico José Jerónimo Triana quienes se contagiaron del alto
vuelo de espíritu de sus directores.
Sin duda, ser pintor de
paisaje en un país y en una región en los cuales la naturaleza pródiga asedia por todos
los puntos cardinales, representa una opción difícil. Es posible que frente a tal
exuberancia y riqueza, la imaginación y la fantasía se debiliten y la capacidad de
selección se pierda. Sin embargo, los paisajes abruptos de la Cordillera Oriental se
condensan en las acuarelas de Fernández y en la frase de Ancízar: Un simple lecho separa lo bello de lo terrible.
El acto de contemplar, propio
del romanticismo, fue tarea esencial de la Comisión: Mirar aquel conjunto grandioso
de animación y soledad, la exuberancia de la vegetación, la grandeza de las serranías
estrechaban el espacio, [...] la pequeñez del hombre en presencia de la naturaleza
salvaje que parece desafiar el poder de la inteligencia. Estas expresiones, al ser
interpretadas por el pintor, produjeron notables acuarelas de la región. La Vista de
Cachirí y los Callejones de Ocaña, son auténticos paisajes dignos del pintoresquismo
inglés y del romanticismo alemán.
Los lugareños quizás vieron al artista en el
proceso de dibujar a la acuarela sus castas y tipos, sus santuarios indígenas y
republicanos, su arquitectura sus vías de comunicación, sus puentes temblorosos de
bejucos. Seguramente observaron con curiosidad a Ancízar cuando criticaba la fealdad de
las imágenes de ciertas iglesias o su deleite en una fonda cercana al Socorro, cuando
encontró en las paredes una interpretación en ocre y bermellón de la imagen de América
coronada de plumas que miraba a Europa con ojos
tiesos y espantados.
AMPLITUD QUE ELEVA
Sólo al finalizar el siglo
XIX se entendió el género de paisaje como una apropiación sensible despojada de todo
carácter utilitario o, según la definición de Joachim Ritter, como el momento en el
cual el hombre se torna hacia la realidad sin una
finalidad práctica, en una contemplación libre y gozadora.
De la primera Junta Auxiliar
(1888) de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá (1886), formaron parte dos artistas
santandereanos: el grabador Froylán Gómez y el fotógrafo Demetrio Paredes. Dicha junta
reglamentó la Cátedra de Paisaje y en su instalación se escuchó el discurso del poeta
Rafael Pombo, quien reclamó con urgencia el aprendizaje del género por considerarlo la especialidad del pintor americano sin temor de
competencia en el mercado europeo.
La cátedra de paisaje y el
cultivo del mismo se convirtió en una salida armoniosa para los artistas, atrapados entre
la anhelada academia ya pasada de moda y los planteamientos modernistas que enseñaba el
pintor Andrés de Santa María, encargado principal de esta asignación. La amplitud del
género permitió tanto la experimentación como el rigor académico. A este último se le
designaron funciones tales como narrar gestas históricas de la cual es buen ejemplo la
Alegoría a Mercedes Abrego, de Marco Aurelio Lamus.
En el medio artístico, la
teoría según la cual el paisaje era un estado de
ánimo sirvió de colofón a los dos últimos años del siglo. Hacia 1904 ya la
controversia había sido capitalizada por la redefinición de lo bello y lo emotivo;
cambio que evidencia un período de transición ideológica: el paso de la filosofía
positivista a la búsqueda de la renovación espiritual preconizada en el Ariel de José
Enrique Rodó. El rechazo al utilitarismo condujo inevitablemente a los intelectuales a
revisar los valores del paisaje, de la arquitectura, de las costumbres.
Uno de los inmediatos
beneficiarios de la nueva situación del paisaje y de la docencia de Andrés de Santa
María fue el pintor Domingo Moreno Otero, quien, imbuido de los colores y el estilo
modernista, emprendió un proceso de reinterpretación de los paisajes del Socorro y
Bucaramanga; con pinceladas amplias, verdes viridianos y azules violáceos inició desde
la Escuela de Bellas Artes de Bucaramanga una aproximación al paisaje abrupto, a la
cultura del precipicio y a los cultivados minifundios que conforman el nororiente
colombiano.
DE VUELTA A LA PROVINCIA
El éxito del género de
paisaje era rotundo. Lo corroboraba su difusión. O al menos lo fue, hasta el momento en
que los críticos de la capital de la república comenzaron a poner en cuestión la
capacidad de los artistas de mirar de dentro hacía
afuera.
En esa lucha entre
nacionalismo y acratismo estético, entre academia y vanguardias modas
europeas, el paisaje fue perdiendo terreno hasta recibir el golpe de gracia con la
inminente derrota que significó la ausencia de premios a una obra del género en el
Salón Anual de Artistas Colombianos (1940). Rechazado por los círculos capitalinos, el
paisaje se refugió en la provincia donde encontró sociedades amables que lo solicitaron
porque en él se veían reflejadas. Este fenómeno de descentralización, de retorno al
núcleo provincial, explica el éxito y la permanencia de artistas como Segundo Agelvis,
quien se convirtió en intérprete de sentimientos y gustos regionales.
Agelvis encarnó una
tradición pictórica que durante las últimas décadas ha impregnado también el ámbito
de la fotografía. Jóvenes como Oscar Martínez y Freddy Barbosa practican a través de
la lente el culto al paisaje, y en su ejercicio perdura la búsqueda de identidad.
FOTOGRAFÍA EN
ORÍGENES
Siempre al tanto de las
innovaciones en fotografía, el Gran Santander se destacó por su experiencia y actualidad
en el arte, reflejadas en personas inquietas y atractivas imágenes.
Francia da a conocer al mundo
en 1839 el descubrimiento del daguerrotipo, resultado de las investigaciones de Niépce y
Daguerre. Dos años más tarde el pintor Luis García Hevia es premiado en Bogotá por sus ensayos en daguerrotipo (El Constitucional,
Bogotá, diciembre 1841). Es probable que hubiese aprendido la técnica del Barón Jean
Baptiste Louis Gros, diplomático francés a quien se le atribuye la introducción de la
fotografía en el país.
Hacía 1847, Luis García Hevia viajó a Santander, tierra
natal de su esposa, a la novedad. Las gentes del pueblo miraban la operación de los
retratos como una cosa misteriosa, y se confirmaban en su creencia cuando veían que el
retratista cubría la máquina con un paño negro y que luego cuidaba siempre ocultarse en
un cuarto oscuro, de donde salía a poco rato, con el retrato ya formado. (José
Joaquín García, Crónica de Bucaramanga).
Otro aporte de gran
significado para la historia de la fotografía en Santander lo hicieron don Victoriano de
Diego Paredes y sus hijos entre 1856 y 1860 en el Establecimiento de Educación que
fundaron en Piedecuesta. Ofrecieron a los alumnos de la cátedra de química que
dirigía Demetrio Paredes la posibilidad de elaborar daguerrotipos. Al finalizar el
año los alumnos debían exhibir algunos ensayos fotográficos
(A Los Padres de Familia, minutas condiciones para la Admisión de Alumnos en el
Establecimiento Paredes e hijos, 1859).
Los daguerrotipos son
imágenes únicas, algunas veces iluminadas, que se hacen
visibles al mirarlas desde cierto ángulo. Guardadas en pequeños tafiletes muestran
damas y caballeros de Bucaramanga, Pamplona, El Socorro y Piedecuesta posando con trajes y
tocados europeos propios de la década de 1840.
SE INAUGURA UNA
ERA
Pronto fueron introducidas
nuevas técnicas como el ambrotipo. La imagen conservada en tafiletes tenía un menor
costo y la ventaja de poder ser observada desde cualquier lado. Luis García Hevia,
Demetrio Paredes, Domingo de la Rosa y algunos fotógrafos viajeros captaron a damas,
caballeros y niños en actitudes más espontáneas y en atuendos informales que incluían
ruanas y una variedad de sombreros que perdieron vigencia en el siglo XX.
El proceso del colodión
húmedo dado a conocer por Demetrio Paredes y la tarjeta de visita,
inauguraron la era del retrato en Santander. La economía, la rapidez y la ventaja de
obtener múltiples copias encontraron respuesta en la invención del francés Adolphe
Disdéri, quien patentó el método de hacer virios retratos en una sola placa.
Las imágenes (9x6 cms.
aprox.) en color sepia montadas sobre un cartón, muestran a los santandereanos posando de
cuerpo entero, en escenarios con telones pintados que sugieren bosques y jardines, muebles
y objetos europeos. Se conservaron en álbumes importados que comenzaron a llegar al país
hacia 1860. Igualmente se inició el intercambio y la colección con familiares, parientes
y amigos. Este procedimiento fue traído a la región posiblemente por Demetrio Paredes y
García Hevia hacia 1859. Para gobernantes y figuras prominentes del Estado Soberano se
utilizaron viñetas, las cuales confieren una mayor individualidad y un toque de
elegancia.
Demetrio Paredes utilizó el
formato de tarjeta de visita como propaganda política cuando incluyó la alocución que
su padre don Victoriano de Diego Paredes dirigiera a los santandereanos en su posesión
como Presidente del Estado Soberano en 1867.
Pronto surgieron fotógrafos
que abrieron sus estudios o viajaron hasta las más apartadas poblaciones de la región
para captar imágenes en las que se sustituían los telones por escenarios naturales, los
muebles europeos por los taburetes y los trajes europeos por los nacionales.
En el año de 1890 existían
en las provincias de Santander quince estudios fotográficos, de los cuales dos se
localizaban en Chinácota, dos en Pamplona, dos en San José de Cúcuta, dos en el Socorro
y uno en Ocaña (Cala Roso). Ocho años más tarde figuraban 61 estudios fotográficos en
16 municipios colombianos, de los cuales 11 se situaban en Santander, informe que
demuestra la acogida que tenía la fotografía como retrato.
APORTE ITALIANO
A Cúcuta llegaron
procedentes de Italia los fotógrafos Vicente Paccini, Quintilio Gavassa Mibelli y los
hermanos Antonio y Juan Faccini. Faccini se anticipó a la visión aguda del reportero
gráfico al documentar la ciudad de Cúcuta antes y después del terremoto de 1875. Las
fotografías de los hermanos Faccini se destacan por los escenarios cuidadosamente
elaborados, que además incluían plantas naturales.
Antonio Faccini alternaba sus
labores fotográficas con la decoración de escenarios, y por ello su nombre está
vinculado a la decoración del teatro Colón en Bogotá.
En 1883, Quintilio Gavassa
constituyó con el comerciante italiano Francesco avalle una sociedad con el fin de especular con una máquina fotográfica,
quedando el joven fotógrafo obligado a
servir con la mayor actividad para que produzca los resultados más convenientes, pudiendo
trasladarse a los puntos que estime conveniente para ejercer su profesión. (Archivo
Notaría Primera de Bucaramanga).
Su actividad fue realizada
inicialmente en Pamplona y luego en Bucaramanga, de inauguró un estudio con accesorios
lujosos y telones importados. Gavassa convirtió en el testigo ocular de los hechos que
documentan la vida y la evolución de la ciudad. Como reportero gráfico, al igual que
Nazario Flórez en Pamplona, produjo una privilegiada documentación sobre los
combatientes la guerra de los mil días.
NO SE DETIENE
De la mano del siglo XX
entraron novedosos equipos y se simplificaron las técnicas. Gracias a ellos se
multiplicaron y especializaron los estudios profesionales.
En Cúcuta, para 1912, los
fotógrafos Cárdenas y Briceño se dedicaron a la fotografía infantil:
por
muy pequeños e inquietos que sean quedarán bien corregidos los movimientos y defectos en
la impresión del rostro, (El Artesano, San José de Cúcuta). Entretanto, ganaron
en lujo y variedad los telones pintados utilizados durante las sesiones fotográficas para
la elaboración de tarjetas de visita. Aun cuando muy pronto estas fueron reemplazadas por
los estilos Boudoir, París y Tarjeta Postal que se conservaban en cartones plegables
decorados con atractivos intaglios y que aparecieron con la variación de los tamaños de
los formatos fotográficos.
Entre las nuevas técnicas
introducidas al retrato, la iluminación y el retoque exigían destreza y aguda
observación.
En San Gil y en el Socorro se
destacó la pareja formada por Moisés Berbeo y Juan Nepomuceno Gómez, éste último
natural del Socorro y quien habría de convertirse en el talentoso retratista de la
década de los años treinta en Bogotá. Utilizaron el montaje para reunir en un mismo
grupo a los parientes dispersos.
Es justo destacar por su
calidad y buen gusto a los estudios de Eulogio Cabrales en Cúcuta, de Delfln Quintero en
Pamplona, y en Bucaramanga los de Quintilio y Rafael Gavassa, Carlos Liévano y los
conformados por los miembros de las familias Serrano y Navarro, quienes por más de
setenta años han mantenido allí su tradición fotográfica. Además de retratos se
especializaron en tarjetas postales, las cuales gozaron de gran popularidad a partir de
1910.
La reportería gráfica que
se inicia hacia el año de 1920 tiene inherente un nuevo concepto de información. Ya no
será la nitidez de la imagen, la composición o el contraste lo que más habrá de
tenerse en cuenta, sino el momento preciso de la toma y el impacto que producirá
posteriormente en el espectador desprevenido. Dentro de la larga lista de importantes
reporteros sobresalen los trabajos de Floro Piedrahita, quien por sugerencia del líder
sindical Raúl Eduardo Mahecha se trasladó de Medellín a Barrancabermeja para documentar
el malestar social de los años veinte que tendría trascendentales repercusiones en la
vida nacional.
CONTINUAR
REGRESAR AL ÍNDICE
|