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(continuación capítulo
Vida Cotidiana)
PARA CANTAR,
BAILAR Y CONTAR
La
manifestación más sobresaliente de la tradición oral santandereana es la copla. Tiene
una estructura bastante rígida con giros muy elaborados y una proliferación cuantitativa
en un amplio abanico temático. La trova repentista,
tan
difundida entre los paisas, no es de uso
corriente en la región precisamente por los severos patrones de forma y contenido. Puede
improvisarse excepcionalmente en la guabina, pero sólo un escaso número de estas coplas
logran quedarse en el folclor.
Hay
provincias particularmente copleras, si bien la copla aparece en toda la región. Ellas
son García Rovira y Vélez, en las áreas del torbellino y la guabina.
Este
tiple ya no suena
porque tiene cucarachas,
la vergüenza no me deja
darle un beso a las muchachas.
Si
me siguen molestando
y me la hacen calentar,
bajo los santos al suelo
y me trepo yo al altar
Para
cantar y bailar
pa eso sí que valgo
yo, cuando es para trabajar
mi hermano el que se murió.
Para montar en la enjalma
ninguno me la ganó,
ayer montaba en la enjalma
y mita la enjalma en yo
.
No quiero aguardiente
en copa
ni amasijo en servilleta,
no quiero que por tu amor
otra me arrisque la jeta.
Esta
es la dicha guabina
que cantamos puallá abajo,
por aquí también la cantan
pero con mucho trabajo.
Aquí me siento a cantar
en esta piedra caliente,
a ver si la dueña e casa
se porta con aguardiente
.
Yo
canto por divertirme,
no por divertir a nadie,
el que quiera divertirse
que lo divierta su madre.
Pedío
le tengo a Dios
y a las ánimas benditas,
que mi mujer y la otra
se queran como hermanitas.
Cierto jue que yo la quise
y en ella tuve un chiquillo,
si Dios me priesta la vida
le acotejo el paresito.
La
leyenda, el cuento folclórico y el romance popular alimentan también la tradición con
demostraciones análogas a las del resto del país. Ha sido escasa, sin embargo, la labor
de recopilación y en ella se destacan los escritores José Ortega Moreno, Juan de Dios
Arias y Ernesto Valderrama Benítez.
LA
PIEDRA DEL MUERTO
A
unos diez kilómetros de Mogotes, sobre la nueva carretera que une esta población con San
Gil, y en el punto en que la vía se acerca más al río para continuar paralela hasta la
quebrada del Bosque, existe en medio de la corriente una gran piedra que se destaca entre
las aguas. Por su rara configuración y el
relieve que sobre ella han
tallado las olas es llamada desde épocas inmemoriales La piedra del muerto.
Con poco que la fantasía
ayude a los ojos, la piedra ofrece al turista el espectáculo de un cadáver amortajado,
yacente sobre un bloque de basalto. Las ondas le cantan su eterno de profundis, y las espumas le tejen guirnaldas
de efímeras blancuras.
Hoy, desgraciadamente, han
levantado una casita entre la carretera y el río, y aquella curiosidad natural no puede
divisarse desde un vehículo. Pero sin lugar a dudas y como lo dice la gente de la
región, aquí está la piedra del muerto.
¿QUIÉN ES
DIFUNTO?
Nos refirieron hace ya muchos
años la leyenda, cuando aún niños pasábamos por primera vez por aquel sitio:
En estas tierras vivía un
hombre rico, codicioso y cruel. Habitaba en una mansión custodiada por mastines de fina
raza y de sin igual fiereza; en las pesebreras podíanse ver los mejores ejemplares de
caballos, y las sillas que empleaba estaban enchapadas en oro y plata. Estas piedras que
se ven en gran número en las lomas eran ganado; en las hondonadas verdeaban las más
opulentas sementeras. Todo era lujo y abundancia en la morada de aquel señor. Inmensos
graneros recogían sus cosechas y en sólidos arcones guardaba tejos de plata, oro en
polvo y esmeraldas de un extraño color.
Pero nunca se dio allí
posada a un viajero, nunca un pobre recibió una limosna, jamás se pagaron diezmos ni
primicias, de allí no salió un grano de maíz para auxilio del hospital, ni una caña
para el paso de San Isidro Labrador.
Una tarde se presentó un
mendigo en el portalón de la entrada. Pedía por amor de Dios un mendrugo de pan y
albergue en un corredor, pues venía desfalleciente y había en el horizonte amagos de
tormenta. Despachen ese vagabundo, gritó enfurecido el señor, y como el
mendigo siguiese implorando mandó soltarle los perros, los cuales saciaron en el pobre su
furia salvaje. Herido, desangrándose más bien que caminando, se alejó el pordiosero y
en el primer recodo del camino volvió por última vez la mirada hacia la mansión de
aquel buitre humano y le arrojó tremenda maldición.
Aquella vez la noche
descolgó sus más fúnebres paños de sombra, el viento principió a aullar
siniestramente, el trueno hizo resonar con furor sus roncos tambores y finalmente la
tempestad se desató impetuosa. Las nubes vaciaron estrepitosamente sus tanques sobre la
tierra, llovió pedrisco sobre los sembrados, hincháronse las quebradas y el río, y el
rayo con brutal insistencia fustigaba la noche como un látigo de llamas sobre las
espaldas de un esclavo negro. Aquello fue un verdadero cataclismo. La ira de cielo se
había descargado vengadora sobre la malicia humana. Como en la época del diluvio
bíblico las aguas borraron el pecado de la tierra.
Casas y sembrados fueron
arrasados por la tormenta, y hombres y animales arrebatados por las aguas bravías.
Y el rico
quedó petrificado en medio de la corriente. Tal la leyenda.
Miren los baúles, nos
decían mostrándonos unas piedras rectangulares en la mitad del río. Y más abajo nos
enseñaban la silla de montar, los perros, un armario, restos de camas y mesas, y multitud
de objetos que ve allí aprisionados por las aguas la fantasía popular.
El pueblo mogotano es
hospitalario y acogedor y estas virtudes reposan con sus profundas creencias, que el cielo
no perdona al que ha cerrado su casa o su corazón al viajero errabundo o al ignoto
mendigo.
SONIDOS Y PASOS
Tienen un dejo muy propio en
Santander. Bambuco, pasillo, danza, guabina y torbellino, ritmos de la región andina.
De espíritu popular y
fiestero es el pasillo santandereano. Contrasta con el romántico y mesurado bambuco de
estas tierras, diferente del alegre del Tolima y Huila y del paisa. El paradigma regional
de estas dos expresiones es la obra del maestro José A. Morales.
Pero son la guabina y el
torbellino los ritmos musicales más caracterizados de la región. Se diferencian
radicalmente de los interpretados en otros espacios del país y conservan en Santander su
expresión más auténtica, especialmente en la zona oriental de la provincia de Vélez,
en la parte surcentral de Santander y en toda la provincia de García Rovira. Son muy
escasas las diferencias musicales en las dos provincias aunque es más reconocida la
expresión veleña.
Con toda su importancia, son muy pocos, sin
embargo, los elementos de juicio que permitirían reconstruir el origen y la evolución
del torbellino y la guabina.
ARTE EN MELODÍA
El torbellino como forma
musical se caracteriza por ser unitonal, siempre en tonalidades mayores y con una
estructura rítmica inalterable. Desde el punto de vista melódico el torbellino se inicia
con un dededo en primera posición que va
ascendiendo hacia la parte aguda, en la que se produce un segundo dededo virtuoso para
luego regresar a la posición inicial en la que concluye el dededo es un término
usado convencionalmente entre los tiplistas santandereanos. Es un pasaje virtuoso que
consiste en la utilización rápida de todos los dedos.
La estructura rítmica del
torbellino es común a varias expresiones folclóricas presentes en otras regiones
colombianas, incluso en el Caribe, pero en Santander tiene un carácter perfectamente
diferenciable. Puede presentarse como torbellino instrumental, como baile y como música
de preludio e interludio de la guabina.
El instrumental se interpreta
en su parte melódica con tiple o tiple requinto, aunque excepcionalmente pude hacerse con
flauta traversa de caña de cuatro dígitos. La
línea melódica es ejecutada por un solo instrumento de los anteriores acompañado por un
tiple, sin que se presenten otros cordófonos en su organografía. El resto del
acompañamiento del torbellino lo hacen dos membranófonos (pandereta y sambumbia). Otros
instrumentos acompañantes son idiófonos (guacharaca, carraca, quiribillos, esterilla,
chucho y alfandoque).
AQUÍ ME SIENTO
A CANTAR
La guabina en Santander es el
canto a capella de coplas con preludio e
interludios de música de torbellino, organizados en una estructura en la que hay,
primero, un breve preludio; luego, el canto a capella de los dos primeros versos de una
copla; después viene un interludio también breve de música de torbellino seguido del
canto a capella de los dos versos siguientes de la copla que a su vez antecede a otro
interludio. Cíclicamente se repite la estructura hasta cantar un máximo de tres o cuatro
coplas.
El canto siempre se produce a
dos voces, generalmente individuales y femeninas. Nunca ocurrirá que la primera voz sea
interpretada por más de una persona, mientras que la segunda sí puede duplicarse. La
individualidad de la primera voz obedece al manejo relativamente libre de la medida de las
notas, fenómeno que entre los portadores primarios se denomina dejos y revueltas:
no puede duplicarse porque se refundirían los períodos libres. La segunda voz sí lo
puede hacer puesto que sólo sigue los dejos y revueltos de la primera.
La copla cuarteta de
octasílabos utilizada en la guabina no es improvisada, salvo casos excepcionales:
ya existe en la región una gran variedad temática con lo cual la habilidad de las
cantoras de guabinas consiste no en improvisar la copla sino en recordar la apropiada para
el caso. El interludio existente cada dos versos se explica por la necesidad que tienen
las guabineras de acordar la copla.
Es
muy común en Santander la copla denominada picosa, censurada
por sus contenidos sexuales. Las guabineras se abstienen de cantarla en público pero
tiene una amplia acogida en pequeños círculos. Es muy común regalar la copla, es decir, susurrar la copla
picosa al oído.
TODO UN REMOLINO
Pareja, tres, copa y moño son las cuatro
modalidades del baile del torbellino. La pareja es la base de las demás y su paso
fundamental es un trote menudo y rápido conocido popularmente como trote indio o paso de pentiz.
El torbellino es por
excelencia un baile de galanteo caracterizado por una expresión muy discreta del
requiebro sin movimientos bruscos. Su desarrollo tiene más o menos las siguientes etapas:
el hombre invita a bailar a la mujer aproximándose a ella, baila y le insinúa con los
pies que salga a bailar, pues no está permitido hacerlo extendiéndole la mano. Si la
mujer acepta sale a iniciar el baile, tomando la iniciativa y el hombre se ve obligado a
desplazarse según el capricho de su pareja, buscando enfrentarla dentro de una
planimetría siempre circular pero sufriendo todo tipo de desplantes por parte de ella.
La modalidad del tres se
realiza entre dos mujeres y un hombre que sucesivamente van haciendo desplazamientos en
forma de ocho y entrecruzándose, interponiéndose alternativamente cada una de las
mujeres entre su rival y el hombre.
El baile de la copa es un desafío. La mujer pone su
sombrero en el piso y el hombre lo acepta colocando el suyo en forma invertida sobre el de
su pareja, formando una copa. Sucesiva y alternativamente hombre y mujer bailan el
torbellino girando alrededor de la copa y quien tumbe el sombrero pagará una penitencia
que generalmente consiste en dedicarle una copla al ganador. Tanto la ejecución
instrumental como el baile se suspenden inmediatamente se cae la copa.
El moño o torbellino versiao se caracteriza por ser un baile
de pareja que sucesivamente se interrumpe junto con la ejecución instrumental por el
llamado que hace uno de los intérpretes instrumentales diciendo moño parel o moño parella. El o ella deben recitar una
copla, generalmente picosa, a su pareja y tiene que ser contestada en el siguiente llamado
por quien la recibe. Llegan a declamarse así hasta seis u ocho coplas.
Otras modalidades baile son
el zapatiao, el arrancapaja y el de la manta, no tan frecuentes ni difundidas como las
anteriores.
UN ATUENDO PARA
LUCIR
El traje típico de Santander
guarda una relativa uniformidad en las áreas donde aún se conserva y que coinciden con
las de dispersión del torbellino y la guabina. Las ilustraciones de la Comisión
Corográfica realizadas a mediados del siglo XIX presentan las primeras imágenes
gráficas que se conocen del traje, el mismo que se usa hoy, prácticamente sin
variaciones, en las áreas mencionadas.
El de la mujer se compone de
sombrero de jipa con cinta negra adornada con una pluma de pavo, aretes de oro muy
pequeños, gargantilla de cinta negra con una medalla, blusa blanca de algodón bordada en
el cuello y las mangas, falda negra de paño plisada en contorno, excepto en la parte
central delantera donde proliferan bordados en hilo y canutillos, alpargates de fique
anudados con cinta negra de seda o algodón y pañolón negro con flecos en contorno,
utilizado sobre los hombros y doblado por el centro.
El traje del hombre consta de
sombrero y alpargates iguales a los de la mujer, camisa de tela burda de algodón con
botones sobre uno de los hombros, mangas largas, cuello cerrado, amplios pliegues en la
espalda, pechera y puños bordados; pantalón de paño burdo en colores generalmente
grises o azules amarrados con crineja y ruana de lana.
Se trata de un atuendo lujoso
usado en los festivales donde puede ser bailado el torbellino, y durante las salidas
domingueras de los campesinos ancianos.
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